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viernes, 24 de enero de 2014

el extranjero

Que esa desmesurada nación que da en autonombrarse líder mundial (los Estados Unidos, o sea) aviva un crisol de vidas y vivencias tan amplio como extravagante, está fuera de toda duda. Por ello acuden los noticiarios patrios a las agencias de prensa norteamericanas, cuando carecen de novedad con que llenar el vacío informativo que provoca la provocativa ocultación premeditada de los pornográficos latrocinios de El Mercado, la peligrosa deriva del Gobierno hacia pitecantrópicas actitudes predarwinianas, la vergüenza de una población más muda que un protagonista de cine ídem,  y un largo etcétera que ya nos atraganta a más de uno la gana de seguir viviendo en España y nos hace dar el salto definitivo que nos convierta en inmigrantes ilegales.

De tal desesperada búsqueda surge una, en principio, cómica primicia. Resulta que en Kentucky (¡qué sonoridad!), hace unos días, un preso de 41 años (la edad es importante) logró burlar las estrictas normas de seguridad de la institución penitenciaria en que cumplía condena por robo y falsificación documental. Hasta aquí todo normal, si de alguna libertad gozan los presos es de la de poder soñar con ella. El cautivo se liberó y así permaneció (libre) durante casi 20 horas. Resulta que más tiempo no pudo pasar en el exterior, las temperaturas en la zona rondaban los -20º, y el infortunado fugitivo decidió reingresar, por propia voluntad, a la cárcel de la que había escapado horas antes.

Vivo estos días en Marruecos, donde me acunan abrazos de vendaval y arrumacos de borrasca. O sea, que el país del norte de África se ve azotado por una gélida temperatura a la que uno (ya dije que la edad es importante) no comprende cómo adaptarse. A pesar de ello, el espantajo desvaído de mi figura despieza el empedrado con sombras de extrarradio. Mientras los marroquíes me acribillan con pupilas de óxido y tiempo detenido, yo merodeo las menudencias de relojes que se deshilachan en ternura de minutos perdidos, caminando sin rumbo ni prisa, sin motivo ni propósito alguno más allá del de permanecer en movimiento.

En ocasiones me invade una suerte de saudade de saldo y me pregunto por qué viajar, para qué sigo viajando, qué obtengo de aquí o de allá, si sólo logro sentirme El Extranjero. No somos pocos quienes acudimos cual tropa de Ulises a la ebria llamada de sirenas que habitan no sólo mareas sino también selvas, arrecifes, cadenas montañosas, pueblos, ciudades, poblados, metrópolis. Recorremos los senderos que otros hollaron pretendiendo descubrir ocultos caminos de migas de pan que devoramos como si en su dieta de esponja habitase la pócima de la eterna juventud. Creemos apurar la vida mientras es ésta quien nos consume a nosotros. Es por ello que, a medida que los años desnudan su vendaje de momia recién nacida, comenzamos (al menos, tal es mi caso) a elucubrar con la posibilidad de un hogar. Anhelamos regresar a casa, a alguna casa.

Marruecos, ya decía, es frío estos días, y sus calles son revuelo de chilabas y multicolor aguacero de babuchas, las voces de los imames colorean el cielo de Allah con tormentas engendradas por un Van Gogh africano, los minaretes se esfuerzan por hacer cosquillas a una manada de nubes ansiosas de vegetal condumio... Es por ello que decido emprender nuevos caminos. Lamento reconocer que la temperatura (al menos a mi edad), cuando juega en los sótanos de los termómetros, se torna ingrato recreo del que deseo huir, como cuando regresaba a aquellas aulas en que aprendimos que incluso las palabras duelen (además de a despejar de raíces las raíces cuadradas, descubrir que la caída de una manzana tiene burda belleza de ecuación, o cosas igual de inservibles para eso que llamamos vida). Pero ademas de abandonar el frío, reingresaré (al menos, temporalmente), como el recluso frustrado de la noticia, a mi cárcel favorita, la que unos llaman amor, otros sexo, y yo no logró discernir qué porcentajes de ambas contiene al nacer de su dulce cópula. O sea, que es lo mismo, el amor, ese presidio.

Así, a mí, como al preso de Kentucky, me vence el frío, y anhelo ya reingresar en la celda infructuosa de la pasión. Encerrarme tras los inquebrantables barrotes de su abrazo de metal y promesa, ingresar a la mazmorra húmeda de su voz de lluvia, cumplir condena por hurtarle un beso procaz o por rebanarle, con daga de filo de orgasmo, el cuello a la madrugada, confinarme tras los muros de una celda que la argamasa dúctil de flujos, caricias, susurros, dientes, dedos, cabellos y saliva tornaron inexpugnable.

Lo sé, no seré allí tan libre como cuando viajo y mis decisiones trazan el camino, cuando soy El Extranjero. Pero ahora, ya digo, en Marruecos hace frío, y tras las rejas del amor, aunque carezca de libertad de decisión, sé que hay una temperatura de labios. Allí, ella caldeará mi piel marchita con su valiente frazada de sonrisa, y refulgirán como fusibles sus divinos barrotes de cuello, cabello y pubis.

Deberíamos hacer caso del de Kentucky, quienes nos creemos más libres por andar siempre de viaje. Parece ser que dijo, a su regreso al penal: "... en la cárcel, al menos, no me moriré de frío..."

domingo, 14 de julio de 2013

bienaventurados los viciosos

Vengo del abandono vegetal del Trópico, de la desbandada de guacamayos ensuciando de color la noche de la jungla, de charlas como paseos en compañía de tu propia sombra, cuando ésta, más que oscuridad, es alergia de luz. Vengo, por resumir, del Paraíso. Y no hay serpientes parlantes ni manzanas de doble filo a la luz de los farolillos que agasajan la palabra y la camaradería inauguradas por la espuma de unas cervezas que no pagan más impuesto que el de la ebriedad bien entendida y mejor compartida. En el Trópico, ya digo, compartir un trago es alargar el momento del diálogo y la cercanía.Y regresar al catre es intentar anular el recuerdo de aquellas noches incendiadas en nicotina y alta gradación alcohólica de una juventud que ya apenas creo haber vivido.

Pero la memoria juega al escondite y se aparece, de tanto en tanto, como queriéndonos advertir que nunca fuimos tan presentables y dignos de confianza como aparentamos a día de hoy. Es entonces que me atropellan recuerdos de noches gastadas al ritmo de rock de garrafón y tabaco intoxicado en THC, alboradas como revoluciones de la nada en que escondíamos nuestros más vivos deseos, cuando la ebriedad y la ausencia de horizonte tiznaban de melancolía los placeres y los días.

"¡Vicioso!", te decían tus padres, cuando el vínculo fraterno se deshilvanaba en las frases inconexas con que intentabas animar la humilde cena familiar, regresado del tráfago de alcohol adulterado, revestido por un aura de nicotina festiva y torpeza de fin de semana.

Y "una cosa es libertad, pero otra bien distinta es libertinaje, así va el país", escuchabas mascullar a tu progenitor, indignado ante tu aspecto de mendigo de centro comercial dos en uno. Él trabajaba duro para poder proveerte educación y alimento, y tú malgastabas el frágil vidrio de su sudor entre nubes de alquitrán y monóxido de carbono, sumergías sus esfuerzos en mareas de Johnnie Walker más fraudulento que tus sueños de un futuro prolijo en felicidades y experiencias.

Regreso del paraíso y leo (prensa cibernética) que en mi tierra de origen han vuelto, los lúgubres teleñecos del mercado, a subir los impuestos al alcohol y el tabaco, una vez más, amparados en su contradictorio socialismo de todo a 1€, ése que les obliga a cuidar de la salud y el porvenir de sus votantes con más encono quizás que el bolsillo de sus propietarios. Y es que el vicio siempre hiere, tanto al organismo humano como al sistema, parece. Los mismos gobernantes del miedo y el tedio oficinista juegan a mermar, por otra parte, la delicada salud de aquellos que les auparon a la grupa insaciable y bailarina del más vicioso de los poderes, y privatizan hospitales, deniegan auxilio médico, tarifican a precio de Givenchy las medicinas y las intervenciones quirúrgicas, ponen cerco a la puerta que intitula como URGENCIAS los desastres a que da la bienvenida.

Mi padre, así me lo dice (conexión cibernética), añora mi vicioso retorno. Tal vez, y eso no me lo dice, para que adquiera vino del caro y, de esta forma, además de celebrar el reencuentro, pueda yo aportar mayor porción de impuestos con que poder cubrir el agujero del gasto médico. Tal vez los tributos que el Estado me intervenga por obra y gracia de mi desmedida ingesta de alcohol y tabaco puedan facilitar que el sistema abone las medicinas que mi padre ya no puede pagar. Tal vez, con mis vicios, pueda él seguir malviviendo un par de años más.

Y yo viniendo del paraíso, donde los vicios son de contrabando. Allá (no todo es perfecto) creen en Dios y en Jesucristo. Yo creo en el Estado, que vela por nosotros con igual celo que el mesías cristiano.

¡Amén!

domingo, 24 de febrero de 2013

los sótanos del Vaticano

Iniciaba el siglo pasado cuando André Gide puso punto final a una obra cuya fama llegaría más por el sarcasmo con que afiló su pluma para malbaratar los proyectos de la institución católica que, quizás, por su calidad literaria. Al menos así piensa un servidor, del autor francés prefiero sus Diarios de Viaje, por ejemplo. El caso es que avanzaba, la citada novela, de nombre Los Sótanos del Vaticano, esa impía ansiedad por amasar riquezas que despliegan los mandatarios de tan piadosa organización y que hoy aviva las tertulias radiofónicas y los titulares de la prensa.

Resulta que el autodimitido máximo mandatario de la fe de Cristo se atreve, ahora que sueña con jubilación de calzón largo y espumoso daiquiri en las playas de Malibú (o en las costas inversas del séptimo cielo, vaya usté a saber) a poner en solfa los tejemanejes del Maligno para hacer mella en la milenaria fe cristiana. O sea, que ahora que abandona el barco critica a las ratas que corretean por su cubierta. Ya no es necesario bajar a los sótanos, como hizo Gidé allá por la época en que los papás del actual Papa contemplaban la posibilidad de tener un vástago que, desde las filas del nacionalsocialismo que todo lo arrasaría o las del catecismo que todo lo podría, les asegurase una cómoda jubilación. Ahora la suciedad se cuela por las rendijas del mármol que observan los ojos extraviados de Dios, allá arriba, en los milagrosos frescos que decoran la Capilla Sixtina.

Desde aquí alabamos la iniciativa del Papa para ("paparapapá paparapapá"...disculpen, me sonaba a marcha militar lo recién escrito) denunciar las nefandas actividades de alguno de una parte de sus acólitos que, lamentablemente, contaminan el sacrosanto nombre de Jesucristo. Es edificante comprobar que, a día de hoy, el ciudadano medio puede tener conocimiento de las estrategias desarrolladas por los poderes fácticos para mantenerse en el ídem. Así sabemos de las pederastias de iglesias o los latrocinios de monarquías y gobiernos...la prensa, oiga, que todo lo cuenta...salvo la reacción en las calles de esos mismos ciudadanos al tomar conocimiento de tales actos...tampoco vamos a ser puntillosos a estas alturas, ¡alabada sea la prensa!

Fue hace no mucho que tuve la gran fortuna de visitar y gozar la milenaria ciudad de Estambul, ese fronterizo limbo que une, más que dividir, mundos, culturas y civilizaciones. Perderse en sus calles y atender al murmullo leve de las gaviotas del Bósforo enredado en los acordes engendrados por los diversos artistas callejeros de intrincado nombre y larga melena, es delicia que no puedo más que evocar cada cierto tiempo. Y fue en Süleymaniya Camii (lo escribo así, en turco, porque me resulta más poético que Mezquita de Suleiman, no por dármelas de políglota) que pude atender, entre bambalinas, al rezo del imán, esa epopeya de musicalidad etérea con que gustan de alabar a su Dios los súbditos de Mahoma. Cientos de fieles me ofrecían su retaguardia en cuidadosa ida y venida de la verticalidad a su contrario, apoyando la frente en la lujosa alfombra que cubría el mármol del piso del templo, y elevando sus manos hacia un cielo que, imagino, pretendían acercar con sus movimientos y súplicas. Sinceramente, ver rezar a cualquier feligrés de cualquier fe, es algo que deberíamos hacer al menos una vez en la vida.

Finalizada la prédica fueron abandonando la mezquita los numerosos ciudadanos y, pasados unos minutos, un hombrecillo con aspecto poco religioso, cubierto de oscura levita más cercana al andrajo que al uniforme de trabajo, comenzó un lento y meticuloso deambular por sobre la alfombra del santuario. Acompañaba su silencioso pasear una ruidosa aspiradora industrial. Desinfectaba de posibles residuos toda la superficie. 

Pienso que la limpieza a que fue expuesta, tras el rezo, el suelo de la Süleymaniya Camii, pretendía evitar que la mugre moral de los que pretenden lavar conciencia con sus prédicas al Altísimo pudiese traspasar y filtrar, alcanzar el sótano. Tal vez hubiesen leído, los gestores de la fe musulmana al cargo de la citada mezquita, la célebre obra de Gide, y pretendían evitar que la fe de Allah fuese mancillada como lo fue la de Cristo por la disoluta daga de la literatura. 

Limpiar el Vaticano parece más sencillo, o menos necesario, no sé. Teniendo en cuenta el extenso horario de apertura del templo a turistas y groupies, a la mayor gloria del sacrosanto dividendo, veo difícil aplicarse con idéntica pericia que en el caso turco a su higiene. Tal vez por ello los sótanos del Vaticano abunden de mugre. O tal vez sea sólo que los feligreses de uno y otro bando sean los portadores de los virus de miseria y corrupción que aquejan ambas instituciones, al pisar la casa del Señor sin la debida higiene moral previa, pensando que la beata incursión en la casa del Señor les deshollinará de toda culpa. 

Me asaltan las dudas. Quizás debiese embriagarme de nuevo de las páginas en que Gide desnuda sus sentimientos al hilo de sus expediciones. Esos Diarios de Viaje en que el francés desviste no sólo su alma sino también su cuerpo, son la prueba definitiva de que lo más precavido, antes de sostener ningún dogma pretendidamente inquebrantable, sea viajar y conocer y enredarse y envenenarse de distintas costumbres, diferentes culturas...pueda ser. O tal vez salir a la calle con el puño en alto y piedra oculta entre sus falanges, atento a cualquier escaparate que, al hacerse añicos, llame la atención de los medios de comunicación y consiga que la prensa informe del descontento que provocan esas informaciones que nos regala sobre la podredumbre implícita en cualquier organismo u institución que detente algún tipo de poder...pueda ser.

jueves, 20 de diciembre de 2012

vuelo sin motor

A pesar de las calamidades y universales señas de fin de los tiempos que dan a diario los noticieros, queda el reverencial bálsamo de la anécdota que se convierte en noticia sin apenas quererlo. Al menos dudo que el protagonista de la noticia que hace unos días (sí, recuerden, escribo con retraso, como vivo, ¡ay!) pude leer, estuviese interesado en que saltase a los medios informativos su frustrada peripecia.

Resulta que un intrépido parapentista, una de esas personas que osan ignorar las leyes de la física y deciden dotar de falsas alas a sus, imagino, sinceros deseos de volar, vio interrumpido su apócrifo planeo por los cables de alta tensión de una torreta de ídem. Parece ser que el frustrado aeronauta de sí mismo, tuvo que sufrir largo tiempo suspendido en el vacío, a la espera de que llegasen las fuerzas del desorden para poner fin a su calvario.

Recuerdo numerosas ocasiones en las que he desado volar, desprender el hastiado chicle vital de las suelas de esos zapatos manufacturados con el cuero de las ilusiones que me calzo cada día, al despertar. Momentos en que un roce premeditado o un beso a media oscuridad me han sorprendido deseando despegar los pies del suelo, para mejor observarme desde lejos, para con seguridad cerciorarme de la realidad de lo vivido y no pensar que sólo soñaba. Es evidente, sí, hablo de esa raíz multiforme que hemos dado en llamar amor, y que es el salto en parapente a que se someten, sin calibrar bien las consecuencias de la caída, casi cada uno de los humanos. Digo casi cada uno porque hay quien afirma no encontrar más amor que el de Jesucristo y parientes, y me pregunto: ¿acaso no corría él peligro de chocar contra numerosos cables de alta tensión en su despiadado vuelo sin motor en pos del amor universal?


Allá cada uno con sus intimidades amatorias. Yo, más bien, prefiero refugiarme en el chapoteo húmedo de unas sábanas que hieden a noche en vela, en la embestida sutil de la carne a flor de labio, en el agreste aroma animal exhalado cuando el orgasmo, en la resudada refriega de las manos que se buscan, en la marea incesante de vientres que se dilatan y mejillas que se incendian, en el paladar loco e inexacto de las llamas como lenguas, en el laberinto voluble de la piel en retirada, y descubrir que no es realmente por objetivizar y ver desde fuera por lo que deseo volar, en tales instantes, sino por arrancar un pedazo de esa carne que me inunda y, sostenido entre mis garras, llevarlo lejos, pasearlo por las autopistas huérfanas del cielo, ascender a la roca más alta y devorarlo sin dar razón ni argumento a nadie de mi locura.

Volar, ya digo, burlar la gravitatoria ley que nos envejece a la tierra adheridos, y surcar los cielos de la gloria que el amor, tantas veces promete y tan pocas nos cede. Porque amar es rizar el viento en una cabriola loca de eternidad y deseo, y nada nos sería más grato que enredarnos por siempre en la cabellera aérea de su promesa de plenitud y suicidio.

Ignoro si el esforzado deportista de los cielos que quedó prendado a los cables de alta tensión como yo a la piel de las mujeres, tantas veces, buscaba eternizar los goces que la noche anterior le proporcionara su amada. Lo que es seguro es que su vuelo, ¿cómo no?, se vió interrumpido. Tal vez le hubiese venido mejor encomendarse a ese Cristo gimnasta que decidió suspender su ascenso a los cielos en la eternidad dolorosa de una crucifixión de sangre, madera y leyenda.

El parapentista de la noticia sufrió, en la espera de su rescate, varias descargas eléctricas. Como yo en cada una de las amorosas batallas perdidas, como Cristo en cada estigma en su piel tatuado durante el suplicio.

Tal vez debamos asumir definitivamente que volar es imposible, y que cuando creemos estar haciéndolo sólo seamos recolectores de intensidades que duran apenas un instante. O que todo vuelo sin motor acaba, inevitablemente, en desastre.

jueves, 4 de octubre de 2012

economía del corazón

Estos días son propicios a que sepamos de extravagantes incidencias. Resulta que una marea de ciudadanos desesperados rompe una y otra vez contra la estridente orilla de la desesperación.
Así una mujer de avanzada edad que decidió encerrarse en la sucursal bancaria a que había confiado, desde hace años, sus escasos (o no tanto) ahorros. Creo que la cifra eran 24.000 €. Sí, en 24 ocasiones había, la buena mujer, ahorrado la cantidad de 1.000 € desde que hubiese decidido abrir cuenta corriente en la entidad financiera que hoy, tras años de cobro de comisiones y sugerencias de planes de pensiones, se negaba a reintegrar de inmediato a su legítima propietaria la cantidad confiada.

Nuestra protagonista decidió, no nos atrevemos a decir si con buen o mal criterio, encerrarse en la sucursal bancaria, junto a los asalariados del miedo y los clientes del terror que la circundaban, hasta que se le reintegrase céntimo a céntimo cada uno de los miles de unidades monetarias que esforzadamente había conseguido acumular, con el paso de los años y el desgaste de la vida. Es lógico que el Banco no quiera devolver su dinero a la ciudadana referida. El Banco vela por la fluidez del capital. Los Bancos existen para que el dinero fluya, y no quede estancado en el bolsillo de cualquier cliente malhumorado.

Ahora que las líneas del corazón se trazan en otras geografías, comienza la distancia a traerme recuerdos de amigos, reflejos de momentos álgidos de sonrisas y plenos de efervescencia sentimental. Es ahora que transcurren los días alejado de aquellos que en tantas ocasiones han decidido rellenar con palabras, sonrisas, abrazos los inevitables huecos del corazón, que comienzo a valorar en mayor medida su palabra cercana, su cercanía silenciosa, su silencio cómplice, su complicidad sonriente y caudalosa.

Creo que buscamos, todos, en nuestras vidas, estabilidades que nos provean amistades periódicas como un salario a fin de mes, amistades de fin de semana o fiesta de guardar, camaraderías aseguradas como lo están nuestras viviendas o automóviles, cariños estables, fijos, planos como las tarifas que contratamos para nuestros teléfonos. Quiero decir que nos agrada y hace sentir seguros el abrazar a ese amigo al que sabemos abrazaremos de nuevo en un plazo no mayor de 15 días. Que desearíamos retener por siempre esos momentos de plenitud que nos provoca su compañía.

Pero es en la lejanía, digerido ya el espinoso momento de la separación, cierta ya la agria sensación de carencia, cuando la siguiente reunión se antoja lejana, que comenzamos a asimilar lo positivo de ver cómo la amistad fluye libre de cadenas y normas, y hacemos de ella cauce torrencial en vez de regato estancado. Es en la distancia que nuestro latido se torna vendaval en el recuerdo del abrazo amigo. Es con los sentimientos en fuga que mejor apreciamos su pureza o falsedad. La melancolía, bien lo saben los cantantes de fado, puede ser catálogo de eternidades.

Ahora que encuentro lejano el abrazo pero muy adentro la amistad cierta, me estoy volviendo un poco banquero del cariño. Creo que no está de más dejar fluir el amor o esas fraternales sensaciones que en más de una ocasión nos encadenaron a una madrugada sucia de alcoholes y tabacos, de sábanas revueltas y fluidos desperdiciados, sólo por seguir deseando a nuestro lado ese aliento permisivo que nos embadurnaba la vida de plenitud y ganas de vivirla sólo porque quien nos acompañaba, besaba, abrazaba, hablaba o miraba era ese alguien especial que desbarató nuestro rumbo al cruzarlo con su vértigo de caricia y afectos: ése al que ahora, en la distancia, estamos seguros de poder llamar amigo.

Puede, pues, que esté equivocada la señora que se encerró en la sucursal bancaria para reclamar su dinero. Tal vez debiese dejarlo que siga fluyendo, para mejor apreciarlo. Al recuperarlo no hará más que dilapidar su valía en unas vacaciones, cubrir parte de la hipoteca de sus hijos, o alguna nimiedad del estilo. 

Posible es que los dirigentes del mercado financiero sean los nuevos filósofos del corazón y apliquen a lo material aquello que más nos conviene aplicar a los espiritual: que fluya el dinero y tome distancia, para que aprendamos a dejar fluir los sentimientos y, en la lejanía, mejor aprendamos a valorarlos.


O simplemente pueda ser que a mí la distancia me está equivocando el entendimiento. En mi descargo diré que los sentimientos, al contrario que los flujos económicos, dudo que sean ciencia exacta.

lunes, 17 de septiembre de 2012

el peso del silencio

Inesperadamente, me asesinan la memoria ciertos mediodías del estío, a la sombra mermada del bochorno levantino, cuando aún húmedos de inmersión playera y ducha fría regresábamos al pequeño apartamento alquilado en que mi abuela se afanaba a los fogones, con un collar de sonrisas decorándole el delantal. Anticipaba, con su inequívoco entusiasmo, el festín de besos y carantoñas con que agradeceríamos, los nietos, las delicias que aún andaba cocinando.

Mi abuelo, por el contrario, derrochaba maña y prisa en disponer los cubiertos, platos y bandejas sobre el desvaído hule con que pretendíamos adecentar la desnudez amoratada de una mesa camilla maltratada por el transcurrir macho de años y uso excesivo. Quería terminar pronto con su labor, a tiempo para amordazar su osamenta sexagenaria a los musicales muelles del sofá del salón. Desde que sobre la mesa quedaban dispuestos los elementos no órganicos que ayudarían a más fácil devorar el festín, hasta que las viandas humeaban entre sus fronteras de aluminio inoxidable, remoloneaba un peluche de minutos muy querido por mi abuelo: la hora de "el parte".

Así llamaba él al noticiero o telediario: "el parte". Y nosotros respetábamos su avaricia de información ocupándonos, silenciosos, en diminutos quehaceres como sacudirnos el salitre en la bañera, o mudarnos la camiseta húmeda para evitar cortes de digestión. En silencio, ya digo, "el parte" era sagrado.

En estos días se ha organizado cierta algarada informativa, o más bien desinformativa, respecto al poco ético comportamiento de la televisión pública española, al relegar a la última fila del noticiero, como si de un alumno díscolo y bromista se tratase,  una información que al menos deberíamos considerar de "cierto calado", por tratarse de la pública manifestación de una importante parte de la ciudadanía de su deseo de independencia del Estado Español (y disculpen si equivoco los términos...estado nación país territorio y ese largo listado de términos más propios de un listín telefónico, en ocasiones, me nublan el entendimiento). La importancia del hecho en sí ha quedado casi oculta tras el chaparrón de opiniones encontradas al respecto de la manipulación televisiva. Pero no quiero detenerme en este breve tropiezo que sufre nuestra Historia.

Y no me detengo porque caigo en la cuenta, al intentar desentrañar la realidad, exponer a la luz la hipócrita y premeditada falsedad de unos y otros, de que sea cual sea la noticia, en realidad nadie presta atención a "el parte", y mientras las vísceras de la Historia son expuestas con mayor o menor rigor por los voceros de los mass media, todos hablan, nadie escucha.

No me vanagloriaré públicamente de la sabiduría de mi abuelo, pero sí quiero recordar aquellos momentos de silencio impuesto. Al más mínimo comentario o risotada que nuestras infantiles gargantas osasen proferir, restallaba el verbo grueso y grave de mi abuelo para espetarnos "silencio, dejadme oír el parte". Y es así que callábamos, obedientes y sumisos, y reptaba en nuestro sistema auditivo una serpiente de datos que, sin llegar a comprender, inoculaba tersamente en nuestro entendimiento su reflexivo veneno. Un veneno pesado y macilento que, intuyo, nos imposibilitaba para el comentario irreflexivo.

Es así, guardando silencio y escuchando "el parte", que podemos llegar a comprender los mecanismos con que se fabrica la mentira, la falacia, la partidista opinión que malbarata la Historia. Asimilamos así la gravedad del asunto. Caso de parlotear opiniones recién fecundadas al más mínimo comentario informativo nos convertimos en torpe remedo de torpe contertulio de los muchos que habitan las ondas hoy día. Opinar sin reflexionar, sin escuchar "el parte".

Añoro, ya digo, aquellos minutos que precedían a la comida familiar. Minutos de sosiego recogido en que sólo se escuchaba la voz de corresponsales y presentadores, incluso la de "el hombre del tiempo". Después, ya en la mesa, los adultos conversaban y opinaban sobre lo escuchado en "el parte", intentando desenmarañar el ovillo de medias verdades oculto en las noticias del día.

Descubrí así el valor del silencio. Ése que hace que las farsas y las manipulaciones caigan por su propio peso. O, como la manzana de Newton, quizás, por la gravedad que encierran.

jueves, 16 de agosto de 2012

agua de fuego

Parece ser que en un pequeño comercio londinense, hace unos días, el dependiente pudo defenderse del imprevisto intento de robo de unos agresivos atracadores gracias a unas botellas de cerveza. Así lo deducimos viendo las imágenes que la cámara de seguridad del establecimiento registró el día de los hechos. Los encapuchados ladrones se acercan peligrosamente al dependiente, empuñando diversas armas blancas, hasta que éste comienza a lanzarles, con olímpicas celeridad y puntería, una tras otra, numerosas y voluminosas botellas de cerveza.
Finalmente los ladrones tuvieron que huir, con su cuerpo dañado seriamente por los impactos del vidrio, de tal manera que los agentes del orden pudieron darles alcance al poco tiempo. El dependiente, como consecuencia de su heroica gesta, fue nombrado "empleado del mes" por sus superiores. Sí, pensábamos que eso de entretener el maleable ego del sufrido trabajador con públicos nombramientos carentes de acompañamiento monetario era invento al que se suscriben únicamente los guionistas de telecomedia norteamericana, pero ya ven (signo de los tiempos) que es costumbre real y extendida.

Recuerdo, de cuando la adolescencia comenzaba a poblar de erupciones cutáneas la piel de mi rostro y de indecisiones e inquietudes la dermis etérea de mi alma, los sabios consejos de mis progenitores al advertirme, en las horas precedentes a cada nuevo fin de semana, de los insoslayables perjuicios que me causaría la ingesta desmedida de alcohol.

Salíamos a la calle, en atropellada manada de camaradería y feromonas, con la firme intención de embriagarnos para mejor ocultar la más sana necesidad de entregarnos a los brazos delicuescentes de alguna hembra niña dispuesta a pasar por alto nuestra falta de experiencia y lo poco agraciado de nuestro físico. Es así que bebíamos en los parques, a la sombra hiriente y presuntuosa del atardecer. Agotábamos botellas de litro de cerveza al mismo ritmo endiablado con que ibamos finiquitando las pocas opciones de gozar un frugal encuentro sexual, pues la ingesta de alcohol nos situaba, de inmediato, lejos de la órbita de interés de las chicas del grupo, que preferían siempre pasear los matorrales del parque en compañía de otros más serenos. Nada más patético que un adolescente borracho. Claro, que esto lo comprobamos ahora que la adolescencia es, tan sólo, una fotografía sepia con los bordes carcomidos por la digestión del tiempo.

Podemos resumir que tenían razón nuestros padres, y que aquel irresponsable consumo de cerveza (de alcoholes más agrestes los chicos que tenían "posibles") no nos producía mayor rédito que una torpe borrachera de la que tendríamos que dar cuenta una vez regresados al hogar.

Pero había siempre el compañero, amigo que, apurada ya la botella, aún tiritando en los labios el último trago, la tomaba entre sus manos para lanzarla con fuerza contra la pared más cercana. El vidrio se convertía, a su impacto con el hormigón, en una verbena de ruido y brillo esmerilado, y el autor de la fechoría proclamaba así esa rebeldía juvenil que a pesar de ser bien cierta no hallaba, de esta manera, el cauce adecuado para paliar sus desvelos. Era entonces que solía hacer acto de presencia algún adulto de los que gustan pasear al perro en la noche frondosa de los parques urbanos, o de los que ejecutan paquetes de tabaco asomados a la ventana, para recriminar nuestro vandalismo y espetarnos un par de violentas maldiciones.

¿Contra qué se rebelan los jóvenes? Difícil saberlo. Pero pienso que quizás, cuando adolescentes, cada vez que lanzábamos una agotada botella de cerveza contra ese muro cercano que hacía de beoda frontera a nuestros sueños e ilusiones, es posible, ya digo, que anduviésemos entrenando nuestra futura capacidad de lucha. Así, el joven dependiente británico, imagino que lanzaba vidrios contra los muros de su infancia, y lo que ayer fuese incordio para los vecinos circundantes hoy le ha capacitado para acometer cívica gesta que salvaguarda los beneficios de el propietario que le proporciona pan y salario a cambio de horas laborales.

Nunca se acierta del todo con el objeto de nuestra ira, con el receptor de nuestra rebeldía. Tal vez deberíamos ayudar a los adolescentes de hoy a canalizar su rebeldía, para que no acabe accidentada y moribunda a los pies de cualquier muro.

No hay más fuego que el que arde, y el que provocan el alcohol, o una rebeldía mal encauzada, queda normalmente extinto antes de inaugurar el incendio. Quien continúa lanzando botellas no podrá evitar que otro menos rebelde, siempre, se largue con la chica. O, con mucho, podrá beneficiarse de una breve mención pública, un torpe grabado perdido en el corcho de un comercio que asigne a su nombre el apellido de "empleado del mes".




lunes, 30 de julio de 2012

días sin huella

Gustamos de enredar efemérides y datos, como para hacer guarida en la memoria a intemporales momentos. Quiero decir, al caso, que nos gusta ubicar instantes que vivimos, demasiado intensos, en el mentiroso calendario de la Historia, y recordar que mientras caían las torres de Manhattan nosotros embadurnábamos de sudor y sexual exceso la piel ajada de nuestras vidas. Que aquel día fuimos agraciados con un buen polvo, o sea. Mientras anónimos ciudadanos cruzaban el cielo neoyorquino, en caída libre, por huir de las llamas, nosotros incendiábamos músculos y latido en la hoguera inconsciente del sexo. Cruel paradoja que pervierte la memoria de los fallecidos para mejor rescatar la de los vivos.

El hombre, ese animal, necesita ubicar su vida en los espacios muertos que deja la tinta fresca de un periódico o un libro de texto, por dar entidad a su exiguo paso por la Historia y el Tiempo.

Prefiero yo abotonar el frescor de ocaso de los días con la chaqueta roída de lo nimio, lo carente de importancia, esos momentos que a mí me enredan los sentidos pero a mis semejantes permanecen ocultos. Y es así que salgo a flote, hoy, de un naufragio de Poesía, miradas, palabras y abrazos que ha impreso por siempre, en mi pueril biografía, su firma de tinta y fuego, su fogonazo de sentimiento. La voz de los poetas, esa que refresca el irregular empedrado de una ciudad castellanoleonesa al albur del olvido popular pero al calor irredento de mi recuerdo.


Soy consciente de que mañana, en un futuro, no recordaré estas fechas en que la melodía hiriente del abrazo sincero y el intenso violín de la palabra exacta cosieron en mi rostro sonrisas de verbo y en mi alma cicatrices de luz. Repaso los periódicos y no encuentro efeméride o mundial acontecimiento que pueda hacerme recordar, pasado el tiempo, León en julio de 2012.
Pero quedarán indelebles en mi latido ebrio los fulgores de Vicente, los latigazos de David, los incendios de Xen, la luminosidad de Julia...y tantos otros milagros hilvanando su reflejo azul cobalto en las mordisqueadas pestañas de mi conciencia.

Aunque...2012...fin del calendario maya...efeméride al fin, cierto. 

Quizás tengamos, a pesar de todo, una excusa para recordar el año en que inauguró el fin del mundo y, aunque yo no recordaré cuándo fue, sé ahora que en este año dió inicio el enero que alejará mi vida del tiempo del hombre muerto, ese tiempo que no deja espacio para los libros y en que el merodeador toma posesión funesta de nuestras más preciadas pertenencias.

Tiraremos mañana de hemoroteca para recordar la pirotecnia de este fin del mundo que hoy nos acorrala. Yo me quedaré tumbado en la cama, entre sábanas enredadas de acartonado sexo, ajeno a los gráficos erróneos de la Historia, ¡tan sucios!, mientras advierto: no todo está perdido, aún resuena la voz de los poetas.

Gracias, hermanos, por permitir que mi literatura tartamuda se envenene de vuestra Poesía, por ser aún conscientes de cuánto os necesitan la Historia y el Tiempo.

lunes, 25 de junio de 2012

aproximación a Goytisolo en Xmáa-El-Fna

De Marraquech nunca se parte. A Marraquech siempre se llega.
Marraquech se desdibuja, a la caída de la tarde, con un tímido rubor de brisa que no logra exiliar la asfixiante temperatura, como desvaída en la humareda de los portátiles puestos de comida que invaden el epicentro de su nervio de vida y Literatura: la plaza de Xmáa-El-Fna. Y es que a la Literatura, como a esta ciudad, siempre se llega.

Comienza a poblarse el irregular espacio medieval de sus cafetines con el tintineo naufragado en hierbabuena de cucharillas, con la charla mordaz de parroquianos eternamente adscritos a la tragedia de mesas desvencijadas e incómodos asientos que pastan la irregular costa adoquinada de la plaza.

A uno de esos cafetines, el que aún mejor sobrevive a la marea inconsciente de turismos ávidos de exotismos que nunca existieron, acude regularmente Juan Goytisolo, para mejor seguir viviendo el perímetro en que decidió, hace años, exiliar el arte exhuberante de su voz y sus días.

El autor, ajeno ya al fragor de una patria que nunca tuvo, invertebrado habitante de un mundo que a muchos resulta incomprensible, abandona, a la caída de la tarde, al sonar el despertador mirífico de los cantos del muecín, su fresco retiro agazapado en lo más oculto de la medina de Marraquech, para arribar al café en que camareros y concurrentes le ofertarán bendiciones y palabras: Gran Literatura. Allí consumirá y compartirá agua tibia y charla voraz, mirada curiosa y canícula mortal.

Acepta y engalana, el poeta, la conversación pausada con aquel que se le acerca para desbaratarle el idioma y la memoria. Y recuerda sus visiones de la Capadocia, rememora la obra magna de un Gaudí que nunca llegó a pisar las tierras agrestes en que las más sublimes de sus creaciones decorarían por siglos la visión de otros turistas que allí llegan, como aquí, a recolectar instantáneas y olvidar esencias. Anda descolgado del mundo, ya digo, sin conexión a internet ni noticia incluso ya de la prensa escrita con que aún gustan de perder los domingos no pocos nacionales. Pero jamás abandona su mundo, este en que se ha quedado a vivir por siempre y desde el que nos envía, de tanto en tanto, sus gloriosas postales desde el frente.

Juan Goytisolo, como Gaudí en Capadocia, ha dado inmortal relumbrón a ésta su creación máxima que es la Plaza de Xmáa-El-Fna, en Marraquech. Y de su garganta brotan por igual los gritos de los aguadores, las intrincadas narraciones de los cuentacuentos, la brisa aflautada que despierta a las serpientes, la inacabable oferta vociferada de zumos y viandas, los ingeniosos chascarrillos de los ciudadanos...

Ya estuve, desde que caí en la enredadera feroz de tu sintaxis, agradecido. Hoy quiero añadir a tu lento equipaje nuevos agradecimientos.

Gracias, por enseñarme que el futuro de la lengua no se escribe en libros ni academias, sino que se habla en la plaza mirífica de una desértica ciudad sureña, se fija en las callejas retorcidas de siglos de una sucia medina y adquiere esplendor en la garganta raída de tiempo de borrachines, paseantes y buscavidas que pervierten ortografías con la lucidez exacta de su gramática de hambre y risa. Algún día comprenderán los ciudadanos (ni pizca de fe en las autoridades) dónde habita la esencial semilla del habla y la literatura (tan despreciada hoy, tan de saldo), que viene al fin a ser lo mismo. Y tú seguirás aquí, a la sombra de una temperatura mortal, en la fresca penumbra de ese gérmen de tormenta con que el cercano desierto incendia las horas, en Marraquech, en la Plaza de Xemáa-El-Fna, moldeando la gloriosa gangrena de la palabra, coloreando las esquinas verbales que los tiempos anhelan dejar fuera de foco.

Gracias, Maestro, por enseñarme que a la Literatura, como a Marraquech, siempre se llega.

viernes, 8 de junio de 2012

hermosos malditos

Mentiría si dijese que lamento repetirme y traer de nuevo, en tan poco tiempo, a este desquiciado rincón, al sublime artesano de palabras, el amado artífice de sensaciones, el autor, poeta, genio Francisco Umbral.
Llegará la canícula feroz de un agosto de fierros y soles incandescentes para remozar las ilusiones de la vacación y el sosiego. Y será entonces que habrá transcurrido un lustro desde que la magia de la palabra dejó de trazar filigranas en las páginas de la literatura española. Cinco años desde que la prosa castellana quedase huérfana, ¡ay!, quizá por siempre.

Me encontraba yo, por aquellos días, disfrutando de la enmarañada recolecta de callejas que la eterna ciudad de Oporto quiere desembocar en las mordisqueadas lindes del Duero. Saboreaba con deleite los tallos tiernos del amanecer, asomado a la baranda de los barcos pesqueros y la ropa tendida. Y, de repente, sin previo aviso, con la súbita violencia de la sorpresa, supe del fallecimiento de mi amado autor.
Juro que juré no dejar en el olvido la exhuberante cosecha lírica con que el verano del poeta quiso inundar la soledad de mis estancias más íntimas. Cinco años después pude cumplir la promesa y, ayer, el recuerdo de Francisco Umbral embraveció mis palabras y golpeó las cuerdas del arpa desvencijada de mis sentimientos.

No he gustado de mencionar nunca nombres en este desquiciado rincón en que me refugio, más allá de los que forman parte de mi enmarañada galería de hermosos y malditos: músicos, poetas, artistas... Pero vengo hoy aquí sólo para iluminar un fresco regato de nombres que sirven para identificar a personas más hermosas y menos malditas que aquellas. Las personas cuya compañía tuve ayer el honor de compartir, durante la presentación de mi novela, Los Cuadernos del Hafa.

Sabéis todos quienes sois, y de sobra conocéis, la mayoría, lo que para quien escribe significáis. Pero al torpe murmullo de las páginas de mi novela o de las letras con las que, aquí, pretendo sembrar efímeras bellezas, habéis acudido otros. Nuevos compañeros de travesía, novicias promesas de amistoso futuro, camaradería tierna y trago largo. Son vuestros nombres los que quiero que inauguren hoy una nueva galería. No de hermosos y malditos, no, sino de hermosos malditos.
Pero resulta que, puesto a la labor, encuentro vacío el sucio bolsillo en que gusto de guardar las palabras, y me falla la sintaxis. Sé, y de antemano lo reconozco, que me quedaré corto y no seré capaz de expresar mis sentimientos, pero no quiero dejar pasar el tiempo. Perdonadme el torpe intento, que al menos lo es. Perdonadme todos:

Marisa con tu pausada sonrisa de tímido fado tierno.
Sole con tu caricia de cálido musgo y corazón cantarín.
Esther con la daga tierna de la sinceridad a flor de labio.
Maica con el susurro de la poesía iluminándote el gesto.
Chema con el temblor de la sorpresa en el bolsillo del corazón.
Inma con la franqueza mordiendo el vino de tu sonrisa.
Manuel con la festividad de la carcajada deshilvanándote el rostro.
El tipo del sombrero que vivió en Tánger...con el insólito arrebato de lo imprevisto...
 
Sois más, lo sé, muchos más. Pero ya no recuerdo si llegásteis, los que no he nombrado, al calor del humo del hachís que se disuelve en las terrazas del Hafa o estábais ya en el Cuarto de los Veteranos esperando mi presencia. Sí puedo aseguraros, a todos los que ayer arropásteis el obsceno desnudo de mis ilusiones, que sois la esperanza que el mundo reclama y no comprende que llegó ya, para quedarse. Sois y seréis todos poesía, y hoy, lejos de Oporto, cerca de ningún lugar, renuevo la promesa que me hice resbalando el empedrado sutil de sus calles, y certifico que no caerá en el olvido el aterciopelado aguacero de vuestros abrazos, como no lo ha hecho la prosa gloriosa de Francisco Umbral
 

lunes, 14 de mayo de 2012

la ventana indiscreta

He tenido la fortuna de recuperar, durante unos años, aquellos tiempos en que, de niño, mi curiosidad podía asomarse al patio interior del edificio que habitaba. Descubrir el vuelo frágil de los gorriones y la voz de las vecinas jugueteando entre las cuerdas de tender la ropa. Aprehender murmullos y susurros, tal vez gemidos, provenientes del interior de numerosas viviendas, a la hora frágil de la limpieza, ésa en que las ventanas se abren para dejar correr el aire y que vuelen lejos los aromas encerrados de las horas nocturnas.

Lamentablemente, los edificios modernos no disponen de patio interior. Pero puedo considerarme afortunado. El que yo vengo habitando en los últimos tiempos reúne sus ventanales alrededor de un patio que, dada su amplitud, no permite en demasía escuchar las historias de antaño pero sí, al menos, poder disfrutar de la visión de escenas cotidianas cuyos protagonistas ignoran son contempladas. Como aquel protagonista de la película de Hitchcok, puedo yo acodarme en la baranda cálida del verano a contemplar a mis vecinos, utilizando como coartada un cigarro a medio consumir. No he podido intuir aún asesinato alguno o violenta reyerta brotada de los rescoldos de una pasión amorosa equívoca, en algún domicilio situado frente al mío. Sólo escenas cotidianas. La vecina que tiende las sábanas ataviada sólo con ropa interior, en el mejor de los casos. Los etílicos movimientos espasmódicos de un vecino en la cresta de la ola de la embriaguez, en el peor.

Ahora desarmo la casa. Aireo las habitaciones que comienzan a perder vida a medida que se desocupan de muebles, enseres, recuerdos, fetiches. Según la vivienda va quedando vacante de objetos comienza la edad adulta un eco feroz que infantiliza las voces que hasta ayer habitaron sus estancias.

No es fácil desmantelar un hogar cuando en él has dado forma, durante años, al barro milagroso del amor y el sufrimiento. Ocupamos domicilios con la loca fantasía de establecer las líneas maestras de nuestros días. Creamos hábitos y sentimientos que se pretenden eternos entre las cuatro paredes que nos permiten abrevar el regato cristalino de nuestro descanso.

Mi casa va quedando vacía, ya digo. Estamos de mudanza. Pero no hay otro hogar más amplio y luminoso, con mejores vistas y guarda de seguridad a la custodia de nuestro levantisco sueño, esperando nuestro traslado. Nos espera el exilio. Voluntario, cierto, pero exilio al fin y al cabo. Y ahora comprendo que lo más doloroso de este traslado que nos hará cruzar océanos y desdibujar caricias es la ausencia de voces que lo rellenen de acústica gomaespuma. Me asomo a la terraza y no escucho nada. Sólo puedo imaginar conversaciones, al amparo de movimientos corporales desdibujados en la terraza de enfrente. Si me retiro las gafas ni siquiera eso.

Añoro el patio interior de la infancia. Hubiesen podido, allí, los vecinos, ser testigos de los sollozos que estas cuatro paredes aúllan hoy, tan cercana la marcha, tan inminente el abandono. Aquí, ahora, mañana, sólo podrán los habitantes limítrofes a la que durante tanto tiempo ha sido mi morada, como el protagonista del hitchcokiano filme, ver e imaginar. No llegarán hasta ellos los lamentos de los libros empaquetados, de las fotos descolgadas, de la cubertería jubilada.
Añoro el patio interior de la infancia, ya digo. Allí hubiesen podido las vecinas escuchar nuestros gemidos, prestar oídos a la polifonía doliente de nuestros recuerdos abandonados.

sábado, 12 de mayo de 2012

la voz

Dicen que fue su inigualable timbre de barítono y la presencia escénica con que desenvolvía los corazones como si fuesen caramelos de fresa, lo que consiguió que pasase a la Historia con el apelativo de LA VOZ. Dicen que Sinatra merodeaba meloso los rincones turbios de los escenarios, esos en que se cocinan a fuego lento las vísceras de la melancolía.
Dicen que Sinatra entreabría los labios y desperdigaba aterciopeladas tormentas de ensueño y borrasca a medio hacer.
La voz, es lo que tiene.

Vivimos absortos, hoy, en una marea de vibrátiles volatilidades. Cantamos en la ducha, por ejemplo, y olvidamos o no conocemos o ignoramos el funcionamiento de ese mecanismo que nos permite vocalizar y que los demás comprendan las palabras a que nuestra garganta da forma, sonido, molde, latido.
Fue por ello, dicen, que hace más de una década, la Federación Internacional de Sociedades de Otorrinolaringología (¡ahí es nada!), decidió que cada 16 de abril se celebraría el Día Mundial de la Voz (lo sé, de nuevo escribo con retraso, hablar hoy del 16 de abril es como hacerlo de las Guerras Napoleónicas). Explico esto porque es norma desconocer quién decide instaurar la mundialidad de la voz, de la paz, de la salud, de las bombas de neutrógeno, del napalm, de la malaria, de la bicicleta, del triciclo, del abrazo, del niño noruego o de la leche en polvo. Se deciden fechas conmemorativas pero ignoramos quién y por qué lo hace. Ya conocemos, pues, el motivo del anual homenaje mundial a la voz. Pero no se trata, en esta curiosa efeméride, de homenajear al gran Sinatra, no. Resulta que el motivo último es advertir a la ciudadanía mundial de la importancia que tiene el hecho de que proporcionemos a la articulación de vocablos (la voz) el mayor de los ciudados. ¡Bravo por la citada Federación!

En estos tiempos que corren es bueno saber que hay instituciones internacionales preocupadas por el buen uso y salubre bienestar de nuestros órganos vitales. Claro que, escuchando las noticias, cuando hablan de la importancia que la voz tiene no sólo para nuestras relaciones personales, sino también laborales, y escuchando a posteriori la interminable enumeración de posibles dolencias o enfermedades que puede acarrearnos la despreocupación hacia tan preciado órgano de comunicación, nos surgen las preguntas.

Nos enseñaron desde jovencitos, aunque muchos hayamos decidido ignorarlo, la importancia de la revisión dental habitual. Pero nada nos dijo nadie de la importancia de idénticas rutinarias revisiones de nuestra garganta, cuerdas vocales y pulmones que, al fin, son los esforzados portavoces de aquello que deseamos expresar mediante palabras que suenan. Con motivo de la celebración a que venimos aludiendo se han organizado campañas gratuitas de revisión médica en medio mundo. Sí, a pesar de ser Día Mundial las actividades se limitan a la mitad (o menos): el medio mundo sano y delicadamente preocupado por su salud. El medio mundo en que los ciudadanos podrán pagar la posterior revisión anual a que les conminarán los profesionales de la salud que han empleado sus esfuerzos en las citadas revisiones gratuitas.

Frank Sinatra (cortesía de "la red")
Ahora comprendo por qué Sinatra era La Voz. Imagino que sus cuantiosas ganancias le permitirían acudir a profesionales exámenes periódicos de su órgano más preciado. Tal vez fuese la magia de la ciencia sanitaria la que le permitió seguir fumando sin dejar en la cuneta un ápice de su valioso don. Quizás fuese él quien inspiró a los gerifaltes de la Federación Internacional de marras. Y, por tanto, gracias a ellos, podremos disfrutar en años venideros de nuevos Sinatras, imagino. Cierto es que se hacen desear ya en exceso, no lo niego. Pero tengamos fe, es seguro que tarde o temprano llegarán.

Yo lo tengo claro. Registraré en la agenda de mi teléfono móvil el 16 de abril  y, cada año, llegada tal fecha, iniciaré la jornada escuchando a Frankie susurrar ...in the wee small hours.

sábado, 5 de mayo de 2012

el buen ladrón

Sorprendido gratamenta al conocer que el robo y posterior venta de tapas de alcantarilla se ha convertido, en los últimos tiempos, en lucrativo negocio para quienes a tan peligrosa labor dedican sus horas de asueto. Vivimos tiempos de inalcanzables cifras que, enloquecidas, bailan al son del chasquido que, con sus dedos, ejecutan personas de mucho nombre y poca presencia. Creemos así, el común de los mortales, que el asalto al Parnaso idealizado de lujos y permanente descanso dominical sólo podrá ejecutarse entrando con los pies manchados de barro obrero en los parqués de las Bolsas y Bancos, de las grandes corporaciones. Eso desalienta a muchos. Agachan la cabeza y se proclaman incapaces de generar mayor beneficio que aquel que les haya contratado tenga a bien proveerles.

Pero resulta, a la vista de lo que los noticieros nos advierten, que las tapas de alcantarilla producen jugosos réditos y, más de uno, azuzado por la necesidad (o el desenfreno, ¡vaya usté a saber!) pone en danza las sombras nocturnas con el vuelo sigiloso de la propia sólo por arrancar el fierro troquelado que nos protege de caer en lo más hondo del enrevesado sistema de alcantarillado público. ¡Dios nos libre de semejante infortunio!

Recuerdo una lamentable disputa conyugal, durante una cena de amigos. Los anfitriones de la velada comenzaron una escalada de violencia verbal provocada por la mayor o menor implicación de uno de ellos (no importa cuál) en la preparación y disposición en la mesa de los alimentos que íbamos a degustar. La discusión parecía seguir los parámetros políticos de la cordialidad y la corrección hasta que uno de los invitados se atrevió a levantar la tapadera que cubría uno de los numerosos platitos de barro que decoraban la mesa. Invadió la atmósfera un delicioso aroma a cilantro y comino, y todos los allí presentes no pudimos evitar el impulso inicial y, en pie, orientamos las miradas y la ráfaga certera de nuestros olfatos hacia lo que el cerámico cuenco, hasta aquel momento, había ocultado. Es entonces que arreció el griterío. Al parecer, el encargado de la condimentación del supuestamente suculento aperitivo había dejado caer en su interior el corcho de una botella de vino. 
No es tan grave, lo sé, basta con extraer el tapón y dar inicio a la manduca. Pero lo que aconteció a partir de ese momento fue terrible.

En ocasiones pretendemos ocultar nuestras vergüenzas tras velos de respetabilidad o incluso luminosos maquillajes y onerosos modelos prêt-à-porter. Utilizamos máscaras y disfraces, aunque no sean fechas de Carnaval, sólo por evitar que los demás conozcan nuestros más íntimos pensamientos y también, ¡ay!, nuestras más recónditas perversiones. Supimos aquella noche que quien dejó caer el corcho de la botella en el suculento guiso arrastraba una larga querencia por el alcohol nunca confesada, salvo a la persona con que compartía lecho. Todo quedó a la vista de los invitados. Pero es bueno y sano que los demás conozcan los entresijos de nuestras motivaciones. Después de aquel día, con el amable consejo y apoyo de quienes allí nos reuníamos, comenzó una dura lucha contra el demonio del alcohol que, más tarde, daría muy provechosos resultados.

Así, no puedo más que agradecer a quienes ganan el sustento robando tapas de alcantarilla el hecho de que, amén de ganarse la vida, logren de esta manera poner al descubierto las inmundicias de nuestra sociedad. 
Sí, que todo quede a la vista. Quizás así tomemos la sana decisión de intentar enmendar nuestros errores, una vez que estos dejen de flotar en la oscuridad suburbana de los estercoleros y seamos capaces de verlos, asumirlos y reconocerlos como propios.

A más, me temo que en el futuro inmediato más de uno deberá ingeniar nuevos métodos para obtener un salario, de la manera que sea. ¿Tendrá algo que ver con el grotesco volumen de residuos que durante tanto tiempo ha pretendido enterrar esta sociedad del "bienestar" que al fin, ahora, parece asustarnos?


lunes, 23 de abril de 2012

redecorar la casa

Recupero de "la red" la curiosa noticia sobre la talla en madera de ataúdes con diversas, extrañas, estrambóticas formas, en un suburbio de Accra, la capital de Ghana. Recuerdo cómo, en su momento, la noticia se difundió por diversos medios con el desenfado de la sonrisa y la chanza. Cierto, conseguían alejar nuestro reverencial pánico al final suspiro, haciéndonos evitar, por unos instantes, toda visión fatídica de la parca. Y tenía su lógica. Difícil evadir la sonrisa ante el colorido despliegue de féretros primorosamente tallados como réplicas algo naïf de vehículos deportivos, aerodinámicos aeroplanos, esféricos balones de fútbol, tornasolados crustáceos, demediadas botellas de burbujeante cerveza o popular refresco, e incluso aparatosos teléfonos móviles de penúltima generación.
La insólita costumbre de este suburbio africano, desde que se dió a conocer por las ondas de la información, ha transformado al poblado en novedoso destino turístico, proporcionando a sus habitantes inesperados beneficios que podrán invertir en mejorar, si cabe, el diseño de sus ataúdes. Numerosos excursionistas occidentales visitan hoy día los artesanales talleres en que se confeccionan los cubículos encargados de custodiar a buen recaudo los cuerpos ya sin vida de los habitantes de la zona. Al fin y al cabo no sorprende, llevamos ya años de fascinación por las artes decorativas de nuestros lugares de esparcimiento. La diferencia es que aquí se trata del esparcimiento definitivo, aquel del que ya no se regresa, el último recreo.

No me considero en exceso preocupado por el relumbrón estético del entorno que me rodea, siempre agradeceré poder tener un techo bajo el que vivir como bendición más que suficiente. Pero uno no vive en soledad, y la opinión del otro cuenta, cómo no. Así que permito a quien me acompaña las horas hogareñas desplazar muebles y enseres, reordenar fruslerías y decoraciones, colorear paredes o añadir florilegios a los rincones más inesperados del domicilio. Y me gusta, que conste. Es sano poder redecorar la vida, de tanto en tanto. Antaño, nuestros padres, invertían gran parte de sus ahorros en costosos moblajes de resistente y noble madera, con la intención de dotar a cada estancia del aspecto acogedor que les acompañase por el resto de sus vidas. Hoy la vida es móvil y, tal vez, el único mobiliario definitivo que podamos elegir sea, como en Ghana, el que acoja, al fin, nuestros cuerpos ya ausentes de latido.

La gente del poblado que nos ocupa continúa habitando coloridas e improvisadas barracas confeccionadas con lo que podríamos considerar restos de stock de la habitabilidad, esto es: irregulares listones de carcomida madera, discontínuas techumbres de deshilvanada uralita, y en este plan. Parece que sus escasos recursos económicos prefieran invertirlos en la decoración de ese otro hogar en el que, de seguro, deberán residir larga temporada. Lo que a nosotros podría parecernos ausencia de interés por la comodidad cotidiana, imagino que es para ellos empleo de una lógica aplastante: ningún hogar de los que, en vida, habitemos, tendrá por más que queramos el carácter de permanencia de que, con nuestros relumbrones de mobiliario caro y cómodo butacón de cuero, pretendemos revestirlo.
Hoy, ya, me veo forzado a desmantelar la que durante años ha sido mi casa. Nada permanece, ningún hogar salvo, quizás, el definitivo. La vida late de puertas afuera. Allá nosotros si preferimos encerrar entre cuatro paredes nuestra ilusión de habitualidad. Más dura será la caída...dijo alguien. Más dura será la salida...digo yo: la salida del domicilio que tan primorosamente hemos adecuado, cuando llegue el momento de abandonarlo.

Por otra parte, no debería sorprendernos tanto la elección de caprichosos motivos ornamentales con que los oriundos del suburbio ghanés deciden ataviar su postrera morada. Paseando los camposantos de nuestra civilización podremos admirarnos ante la desbordante fantasía de piedra y cenefa que engalana ciertos panteones más o menos ilustres. Inolvidable el de Oscar Wilde en el cementerio Père-Lachaise de París, decorado por sus admiradores con más besos de los que quizá pudiese disfrutar el genial escritor en vida.

Quiero decir que comprendo la africana obsesión por redecorar el fin, su despreocupación por el ornamento de la vivienda habitual, su deleitosa costumbre de hacer vida de puertas afuera.

viernes, 23 de marzo de 2012

harén literario

Popularizaron los gerifaltes del Imperio Otomano el término harén para designar aquellos lugares en que confinaban, sumisas, dóciles y dispuestas a los delicuescentes deseos del sultán, a las más bellas y cultivadas de entre las mujeres del Imperio. Sí, he dicho cultivadas, no sólo de sexo vivía el monarca. Quiere decir esto que el harén turco suponía lugar de esparcimiento, no sólo sensual sino también intelectual, de aquel que dirigía, con férrea disciplina, los designios de la gran nación. Y, a pesar de haber instalado, los otomanos, en el imaginario colectivo, imágenes de suntuosas orgías, delineadas fronteras de piel resbalando en la lubricidad refulgente del exceso, no fue invento suyo el harén, sino que el reservado recinto ya había sido utilizado por los antiguos griegos y egipcios, los musulmanes de la India y los señores de Al-Andalus. El Gran Sultán otomano, ya digo, fue quien embadurnó tales impúdicos recintos con un barniz de deliciosas erudiciones, confinando allí a las mujeres no sólo en virtud de sus talentos amatorios sino, además, de sus capacidades intelectuales. Concedamos pues a estos antiguos emperadores el beneficio de la duda, antes de recluirlos en la lóbrega mazmorra del crimen.

Cuando niño, a temprana edad, comencé a cultivar yo la huida como iniciática expedición. Jugaban los compañeros, en la arboleda ruidosa del recreo, a perseguir la elipse furiosa de un balón de cuero. Yo huía de aquellos juegos. Mi fuga me orientaba a transitar las amarillas páginas en que Holden Caulfield trocaba los infantiles pasatiempos por filosóficas charlas con el profesor Spencer, o tiernas intimidades con Sunny, la joven prostituta. Escabullía yo, pues, los juegos de la niñez, por pasar un rato sintiéndome El Guardián entre el Centeno. Por jugar a la vida, no al fútbol. Como Brian Jones en Los Cuadernos del Hafa.
Cada nuevo día me veía ignorando las atropelladas escaramuzas deportivas de mis compañeros, y me guarecía entre las páginas de un libro en que Emil Sinclair aprendía a comprender que en todo Dios conocido debe habitar un Diablo, que el amor no es coto cerrado para los adolescentes, sino luminosa fuente de conocimiento brotada de los brazos tallados en sueño de Frau Eva. Me guarecía yo, sintiéndome Demian, en las refriegas emocionales de una vida más real que la de la escaramuza balompédica.

Es así que paseé mi adolescencia por entre los suntuosos salones de mi particular harén literario. Buscaba goce, sensualidad, volptuosa concupiscencia, no lo niego. Pero, a la par, anhelaba aprehender los ritmos aciagos del conocimiento y la duda.

Igual los sultanes del extinto Imperio Otomano. No hallaban en el harén, únicamente, el goce sensorial que las odaliscas extraían de sus miembros aletargados. Disfrutaban también el espiritual deleite de una canción susurrada, unas líricas líneas dulcemente declamadas, una pugna dialéctica apenas murmurada. El harén como huida y refugio de una vida que no lo era, una vida de absurdas batallas de las que debía emerger un absurdo vencedor. Como en el fútbol.

Hoy, aún, existen, aunque sean otros, los sultanes. Se disfrazan de demócratas defensores de la igualdad femenina, y confinan a la hembra en cárceles sin barrotes, disfrazando su encierro con ropas, vestidos, perfumes, cremas y afeites. Nunca más la mujer recluida en un inmundo harén. Liberación e igualdad. Ya incluso puede la mujer jugar al fútbol, esa vida falsa.

sábado, 17 de marzo de 2012

amando al extraterrrestre

Desde que, en la más tierna infancia, al atardecer de los juegos y las batallas impostadas en el descampado aledaño a mi vecindario, creyese haber visto, en compañía de mis compañeros, un platillo volante, pensé que no había tenido nuevo contacto con lo extraterrestre.
Cierto, no me avergonzaré de proclamar algo muy común en aquellos años de mi niñez. Eran tiempos en que la televisión atosigaba nuestras tiernas neuronas con teleseries norteamericanas en que los humanos tenían contacto con criaturas llegadas de otra galaxia, como lo hacen hoy con seres venidos del extraradio de la sociedad para ocupar su nicho de popularidad infame. Así, nuestras impresionables fantasías guerreaban por suponer reales aquellas historias de hombrecillos verdes y, en la neblina mágica del crepúsculo, adivinaban metálicas plataformas volátiles suspendidas a pocos metros del suelo, a punto de incendiar las higueras que ejercían las veces de frontera entre el mundo conocido y el prohibido. Al poco, sigilosos entes ataviados de indescifrables ropajes, acariciaban, con sus brazos como garrotes, la brisa fresca de la noche venidera que se enredaba entre las ramas de los frutales.

Todo tiene su explicación. Hoy comprendo que las luces voladoras no pasarían de ser las del despertar de neón de la ciudad lejana, y los individuos que paseaban la plantación de chumberas, imagino, eran los labriegos que aprovechaban la temperatura amable del atardecer para ejercer la recolección del dulce fruto.
Asistíamos, ya digo, a tales avistamientos alienígenas, con el temor acariciándonos los párpados y recomponiéndonos la piel. Así mantenían nuestros padres cercadas las infantiles ansias de aventura, y permanecíamos quietos, atenazados por el temor, más cerca del hogar que de aquel exterior en que nuestros progenitores nos prohibían internarnos. Teníamos miedo al extraterrestre, a lo que viene de fuera, a lo extraño, lo alienígena.

Hoy, mordisqueados ya los retazos de nuestra infancia por la agreste dentadura del tiempo, sonreímos al recordar tales encuentros en la tercera fase. Encendemos la televisión, cómodamente sentados en el sofá, sin necesidad de apretar más botón que el que señala ON en el mando a distancia. Cambiamos de canal del mismo modo y, descubriendo que hay al menos 50 disponibles, paseamos nuestra indolencia por entre gran parte de los mismos, ensimismados, ausentes, alienados.
Finalmente, tras haber abandonado la esperanza de hallar en el televisor alguna información digna de ser contemplada, definitivamente detenidos en uno de esos programas en que se enseña a los humanos diversas y divertidas artes como las de la decoración, la cocina, la educación de los vástagos, las buenas relaciones de pareja o incluso la escalada de grandes cordilleras, ausentamos nuestro discurrir mental y acariciamos la porción de tela que nuestra posición en el sofá deja libre del peso de nuestro cuerpo. Nada más. Tumbados, con la mirada perdida y lejana como la de aquellos extraterrestres de nuestra infancia.

Es entonces cuando unos monótonos y estridentes ritmos de verbena atronan desde el receptor desmadejándonos el ensueño. Retornamos entonces la mirada a la pantalla y sorprendemos, danzando en su interior, a unos seres de enjuta y consumida morfología, coloreada la piel cetrina en chillonas ráfagas de fluorescencias imposibles, avanzando hacia el foco de la cámara con firme contoneo, casi militar, para, una vez ocupada la totalidad del visor con su mirada ausente, dar media vuelta y desvelarnos las gasas eléctricas y volubles en que se enreda su famélica anatomía. Rostros pintarrajeados como por un empleado de pompas fúnebres epiléptico. Vestiduras decoloradas de tijeretazos que, en su irregularidad, muestran más que ocultan. Son los dueños de las pasarelas, los visionarios modistos que nos acercan lo extraterrestre para que lo incorporemos a nuestra vida y desechemos así, definitivamente, de nuestras vidas el temor reverencial hacia lo alienígena.

Cuando niño, ya digo, temíamos lo extraterrestre. Pero también nos invitaba al sueño esa lejanía desde que nos visitaban, de tanto en tanto, los seres de otro planeta. Podríamos llamarlo magia.
Hoy, lo extraterrestre invade nuestras vidas, lo amamos y anhelamos. Y es bueno, sí. Sólo que quizás lo esté haciendo demasiado deprisa y, de esta forma tal vez dejemos un día de comprender por qué un aldeano sigue calzando alpargatas, y éstas nos parezcan pezuñas propias de un ser de otra galaxia. El labriego que recorría en el atardecer los campos de higueras de mi infancia, al fin, va a resultar un verdadero extraterrestre.

Ya lo avanzó David Bowie, ese glorioso marciano: "living the strangest things, loving the Alien".

domingo, 4 de marzo de 2012

cerca del cielo

inspirado por la canción homónima de Nacho Vegas


Hubo un tiempo en que los héroes existieron. Calzaban sandalias aladas, enredaban su agreste musculatura en sogas y martillos que armordazaban a los malvados, y derrumbaban la solidez de las fortalezas enemigas. O nacían de huevos engendrados por un cisne de ultraterrena belleza para repeler las agresiones de aquel que soñaba con la esclavitud eterna de los miserables humanos, por ejemplo.

Hoy los héroes son muy otros. Antaño nacían sólo por reconducir el mal en confortable existencia, luchaban a brazo partido contra las pérfidas huestes de cualquier dictador que pretendiese someter a pueblos y sociedades. Hoy, ya digo, los héroes son otros, muy diferentes. En la actualidad, el rasgo único que comparten con aquellos que la Antigüedad nos legó es el de la musculatura egregia y macho y, quizás también, el de la identificación con ellos de todo un pueblo o nación. Hoy los titanes, los ídolos, vistén vistoso calzón y ergonómico calzado deportivo. Luchan contra otros semidioses, sí, pero en este caso no son los adversarios emisarios del mal y la crueldad. No, sólo son, los enemigos, héroes para otras naciones, otros pueblos. Y me pregunto quién de los dos adversarios sostiene el mirífico regalo de la libertad, ¿quienes son los buenos?

Tuve la oportunidad, cuando visité Perú, de enfrentar mi débil resistencia física a ciertas hazañas que hoy creo no sería capaz de repetir. Ascendí cumbres andinas, trepé escuetos senderos de altitud extrema, quise llegar, ignorando el motivo, a lo más alto, quizás perturbado mi cerebro por la falta de oxígeno, no sé. Así pude coronar la cima del monte Machu Pichu, casi 3.000 metros de altitud desde los que se observan las gloriosas ruinas de la ciudad sagrada de los incas. El mundo a mis pies, y nadie a quien contarlo, ningún espectador que aplaudiese mi hazaña, ningún público jaleando mi esfuerzo. 

Pude comprender el espíritu de sacrificio de aquellos que dedican sus vidas a superar alturas de vértigo, a escalar escarpadas cordilleras, sólo por demostrarse a ellos mismos la capacidad de superación del ser humano. Creo, sí, que en esas personas, anónimas en su mayoría para el gran público, para el común de los mortales, anida silencioso pero firme, el espíritu del verdadero héroe, ése que no ha venido aquí para mostrar su fuerza humillando al contrario, el que sólo pretende superar las trabas que nos impone nuestra terrenal condición. No funda nuevas ciudades como hacían los de antaño. No humilla las capacidades del adversario, no, porque comprende que el único adversario reside en nosotros mismos, en nuestro miedo y en las limitaciones que día tras día nos imponemos. La lucha más épica de cualquier héroe que se precie no es contra otros sino contra sí mismo, y de esa batalla íntima germinan valores que el resto de mortales deberían admirar y respetar.

Hoy, el hombre, desorientado y feroz, sólo aplaude la victoria cuando existe un enemigo visible, un adversario real y similar a nosotros mismos, pero de distinto color, de nacionalidad diferente, de condición muy otra.

Yo, personalmente, me quedo con los humildes héroes que sólo aspiran a vivir cerca del cielo y cuyo único combate conocido es el que con ellos mismos inician al dar el primer paso hacia el primer campo base.

martes, 28 de febrero de 2012

simulacro de fiesta

Se suceden en diversos lugares de la geografía patria unos orquestados simulacros en que intervienen diversos cuerpos de seguridad. 
En uno de estos ensayos, los agentes de la autoridad, persiguen y neutralizan a un supuesto terrorista dispuesto a volar por los aires un edificio de viviendas. En otro, se hacen con el mando de la situación en un complejo fuego cruzado de disparos entre bandas rivales de narcotraficantes. Muy edificativo todo. Muy preparados los agentes del orden, oiga. Y además buenos actores. Sí, cualquiera podría decir que han elegido para los citados simulacros a los más apuestos, más altos, fuertes y machos integrantes de los cuerpos de seguridad del Estado. Y disculpen por el término "macho", porque cierto que hay también mujeres entre los agentes/actores, pero su porte y maneras adecuan perfectamente al calificativo. Y esto imagino que me obliga a pedir disculpas nuevamente. Así sea.

El caso es que las espectaculares maniobras congregan, en los alrededores, a un no poco nutrido grupo de ciudadanos que corean las acciones más espectaculares y aplauden a los agentes, que ni por esas esbozan al menos una tímida sonrisa. La violencia como edificante espectáculo, o sea.

Fue en Cusco (sí, con "s", así citan a esta gloriosa ciudad sus habitantes), el pasado año, durante las celebraciones del Corpus Christi, que pude asistir, perplejo, a diversas procesiones religiosas que pretendían glosar tan señalada fecha. El caso es que las procesiones de Cusco distaban mucho de parecerse a las que en nuestro país se desarrollan. Eran, aquellas, más romerías carnavalescas que doloridas muestras de pasión. Tanto que los cófrades de las distintas congregaciones religiosas que habían tomado el centro de la ciudad vestían colores de fiesta y portaban, amén de diversas figuras del santoral y los evangelios, instrumentos musicales a los que arrancaban sonidos cercanos a la milonga, la bachata o el vals peruano. No encontraron mis oídos símil alguno con los ténebres tañidos de la religiosidad hispana. 
Pude, al calor de esta algarabía jaranera y colorida, comprobar que numerosos extranjeros acudían con sus cámaras digitales prestas a inmortalizar tan vertiginoso desfile. Ellos, imagino, ignoran el significado último de los pasos religiosos. Pero yo, que lo conozco, no pude menos que gozar aquella marcha como una celebración de la alegría en vez de como una glosa del sufrimiento, que sería el fin último de toda procesión piadosa. Esto es, asistí entusiasmado a un simulacro de júbilo.

Recuerdo aquellas celebraciones cusqueñas e imagino que ocurriría de convertir, los cuerpos de seguridad del Estado, sus terroríficos simulacros en algo más amable, más cercano. Descubrir públicamente el truco del trilero, sorprender al carterista con una billetera de gominola, beberse lo que reste en el cartón de vino del dipsómano mendigo que incomoda a los viandantes, amarrar a un caballito del tiovivo al chiquillo que asusta a ritmo de petardos a quienes pasean la feria, y en este plan. Claro, que eso no da miedo, y resulta pueril, poco hollywoodiense, e impediría a los agentes de la autoridad hacer gala de su buen hacer y sus dotes interpretativas.
Y, lo peor, para qué engañarnos, es que dichos simulacros congregarían poco público.

¿Acaso habíais olvidado que vivimos en la sociedad del espectáculo?

miércoles, 22 de febrero de 2012

flor de una noche

El baobab es un espectacular árbol que crece especialmente en el África Subsahariana y que se convierte, en lugares como Madagascar, con su tremendo aspecto de arbusto invertido, en símbolo paisajístico y cultural. Asemeja, sí, el baobab, un ciclópeo árbol plantado al revés, con las raíces peinando la escueta brisa del ardor africano. Como un gigante que horadase la tierra a dentelladas, airea sus ramas como bulbos a la tórrida intemperie de la mañana subtropical. Es sólo en la noche, al amparo del opaco aleteo del murciélago, cuando el baobab florece. Sólo en la noche, únicamente durante unas horas, el colosal arbusto eyacula esplendorosos ramilletes de níveas flores, disfrazando así su árida corteza de fiesta y galanteo.

No es que pretenda ahora sumergirme en los misterios de la botánica, no. Pienso en esta especie vegetal y, más que en ella, en los científicos que escalan su corteza, en la fugacidad del crepúsculo, sólo por gozar el milagro de su floración durante unos minutos. Es por ello que, aunque tildados de enajenados dichos estudiosos de la flora, los considero yo más cuerdos que al resto de la civilización.

Fue en Suwon, una pequeña ciudad de Corea del Sur, que asistí, hace tiempo, a una diminuta floración de la belleza comparable a la del baobab. Tras mucho deambular entre calles angostas en que la más absoluta modernidad copulaba violenta con la más ancestral tradición, decidí entrar, dispuesto a alimentarme, en un modesto local escondido en una enredadera de caminos sin asfaltar.

Mi aparición en el humilde restaurante alarmó a quien supuse el dueño del negocio: un venerable anciano de andar pausado que, imagino, veía a un occidental, cara a cara, por vez primera. Sin saludar apenas, alterado por mi presencia, corrió hacia la cocina, enredando la atmósfera con pequeños gritos de sorpresa. Al momento apareció una joven coreana de tez marfileña y sincera sonrisa que, en un inglés de andar por casa, me invitó a tomar asiento. Así lo hice, y dispuso la mesa como si de la de un rey se tratase. Lamentablemente, su inglés, del que tan orgullosa parecía sentirse, no alcanzó lo suficiente para explicarme la composición de las viandas. Pasamos largo rato mirándonos, sonriéndonos e intentando explicarnos el uno al otro. Demasiado tiempo si estás hambriento como yo lo estaba. Finalmente conseguí hacerle saber que me parecía bien cualquier cosa que trajese a mi mesa, que comería con gusto lo que a ella le pareciese más adecuado.
Imagino que cualquier viajero hambriento hubiese abandonado el local y corrido en busca del primer Mc Donalds. Yo tuve la fortuna de esperar, deleitarme con los platos servidos y, sobre todo, encontrar entre mis manos, creciendo como una flor maleable, la suavidad de las de la joven cuando abandoné el local, mientras escuchaba de sus esculpidos labios un "come back, please" que apetecía seguir escuchando de por vida.

Quiero decir que, en ocasiones, merece la pena esperar, esforzarse, sólo por gozar unos instantes de la belleza de un gesto, sea una sonrisa fugaz, una solícita caricia, una palabra susurrada, o una flor que nace a la luz apagada de la noche sólo para morir instantes después.

Los investigadores botánicos que se desplazan hasta Madagascar, recorriendo kilómetros de polvo, alimentándose durante días sólo de vegetales y enlatada manduca, para escalar en la noche la corteza agreste del baobab, y asistir durante un instante a su floración milagrosa, me comprenderán. Estoy seguro de que saben que la belleza es flor de un día...o de una noche.

miércoles, 8 de febrero de 2012

sexo urgente

Recordamos aquella noche eterna en que nuestros labios se enredaron en besos y enfebrecidos recorridos que pretendían agotar la piel de quien nos acompañaba. Lo recordamos sí, pero la nebulosa de un sueño nos equivoca la memoria y sólo conservamos fogonazos, destellos, imágenes que eternizan en nosotros la sensación de haber vivido, aquella noche, los momentos más intensos de nuestra vida.
Recordamos con mayor claridad el camino, paso a paso agotado, hasta llegar a esa noche perfecta en que nuestros cuerpos fueron uno sólo. Las breves zancadas del galanteo, las huellas frescas del enamoramiento, quedaron por siempre impresas en nuestra sangre, y aún las hacemos viajar, de tanto en tanto, por entre los circuitos locos de nuestra melancolía.

El amor, con suavidad y ternura, lo vamos alimentando día tras día. Son esos momentos los que jamás olvidaremos. 
La pasión, el deseo encabritado, la flama insensata del sexo, dura lo que un latido, lo que un beso que se pierde entre los pliegues tiernos del cuerpo amado. El sexo como arritmia violenta del sentimiento amoroso, ya digo. Y está en nuestra naturaleza el olvidar la arritmia, la irregularidad, el éxtasis, por potente e intenso que este sea. Es el camino recorrido hasta llegar a tal momento, el que jamás arrinconaremos en la lóbrega esquina del olvido.

Quise durante muchos años cultivar el amor, el cariño, sembrar y ver florecer los brotes tiernos de la amistad y el abrazo, el florecer silencioso de la caricia y el beso. Ayer todo el cuidado que, mejor o peor, presté a muchas personas, el que ellas me regalaron a mí, brotó en un sonoro estallido de afecto que dibujó de primavera la gélida noche madrileña. 

Quiero decir que fue en la tarde de ayer cuando presenté de manera oficial mi novela, Los Cuadernos del Hafa, y que, aunque el bombardeo de sensaciones a que me ví sometido pueda pasar a formar parte algún día de mis olvidos, jamás olvidaré todo el camino recorrido hasta llegar aquí. A pesar de que me falle la memoria al intentar recuperar alguno de los mágicos momentos que ayer todos me regalásteis, jamás desterraré al olvido el cariño que, con el transcurso de los años, me habéis y os he profesado, ese amor serena y cálidamente cultivado. Anoche sólo fue la culminación tangible del amor que por todos vosotros siento, el momento de pasión, el estallido del deseo, como en el sexo ya digo. 

A la noche que culmina la senda tortuosa del deseo, sigue inevitablemente el reguero sensato y sereno del amor verdadero. Así, hoy sólo espero que al día de ayer suceda el afianzar los lazos que a todos vosotros me unen.

Es con la urgencia airada del deseo, aún enredándome el entendimiento, que os doy las gracias: gracias siempre por lo que ya me habéis ofrecido, gracias anticipadas a todo lo que aún, mutuamente, nos regalaremos.