viernes, 31 de julio de 2026

X os ha mencionado a ti y otros seguidores en un comentario

Salgo de la oficina deliciosamente agotado y deliciosamente pienso qué vacío supone, siempre, ese paréntesis eterno que llamamos trabajo. Arrinconado, ignorado y casi vilipendiado me veo obligado a someterme, día tras día, durante 5 de los 7 que cumplimentan cada semana, a un estricto régimen de hueco que intento llenar con los latidos que me habitan cuando fuera del paréntesis. En los márgenes, donde tan bien me encuentro. 

Ahorro a quien lea esto explicar en qué consiste cada una de mis jornadas laborales. Las suyas siempre serán peores. Más duras. Más intensas. Más de crear vacío incluso fuera del paréntesis. Lo escucho, cada mañana, en el Metro, a las pocas personas que hablan en vez de someter sus pupilas a una transfusión inversa de sangre que se pierde frente a la pantalla de un smartphone. Que si mira la zorra esta, que no da palo al agua, y encima se cuelga todas las medallas, que si mi jefe, el muy cabrón, como sabe que soy la mejor, me exprime. Que si qué asco y qué triste y qué bien lo hacen los mercados porque al poco de la absurda charla que la persona al otro lado del teléfono no escucha surge el que menudo fin de semana me pasé, tía/o, fui con mi chica/o y unos colegas a la terraza esa en Castellana que lo está petando y me puse hasta el culo. En fin. Sólo añadir que quienes mantienen esas conversaciones para que todos los que habitamos el mismo vagón las escuchemos ya no van a cumplir 40 años.

La cuestión es que salgo del trabajo con la sensación de vivir rodeado de aspirantes a estrellas de telenovela o figurantes del musical ese del Rey León cuando se reproduzca (como los animales que no piensan pero a los que la sangre dicta pasos) en Almuñécar o Almansa, porque Madrid y sus veraneantes low cost, unidos a los extrarradiados del pueblo a la capital, ya no den para llenar un teatro en Gran Vía. Todos y todas (perdónenme que no utilice el todes ni cuestiones del estilo que no entiendo) son aspirantes a estrellas de su propio serial. Todos y todas se colocan el tripalium y todes tan felices. O felizas, no sé.

Yo camino, de regreso al Metro, por esa vereda que recién he descubierto mientras John Lennon me susurra all you need is love y recuerdo que, junto a la pérdida, amor es lo único que tengo. El suficiente para cumplimentar mis márgenes, esos en que tan a gusto me encuentro. Grabo vídeos, hago fotos, le dicto insensateces a los cielos gobernados por un dios que ya nadie comprende. Y mejor que así sea, porque si descubren que es hembra volverían a enloquecer buscándole un término políticamente correcto.

Hay una vereda mordida de ramas y raíces, en Madrid, que me ayuda a respirar más hondo mientras me acerco al lugar en que trabajo. Un festival de aspersores inaugurando en humedad la mañana. Un breve puñado de paseantes que pasean mascotas mientras estas los pasean a ellos. Un susurro de saludos comedidos y un cigarro consumiéndose mientras deformo aún más mi cuerpo en un banco de madera desorientada por la labor fugitiva pero tenaz de las hormigas y los orines de perro como mojado en lluvia que no pierde, nunca, el olfato. 

Camino hacia el trabajo y después regreso. A la noche, antes del THC y el aspirar hondo, antes del latido y el verbo a borbotones acalorados, regalo un pedazo de mi tiempo a las redes sociales. Breve, pero se lo regalo a los mandamases, aun así. Y es entonces que comprendo que no hay escapatoria si no es la de decidir, definitivamente, exiliarse en los márgenes. Pensaba que el ir cada día a trabajar, la rueda de hámster del capital, el produce para consumir lo producido mientras te consumes a ti mismo se detenía fuera del paréntesis laboral. Pero no. La maquinaria está perfectamente engrasada y entro en Facebook para descubrir más de 20 notificaciones de las cuales más de 19 me avisan de que un X que no es Glez. ni Rajoy me ha mencionado a mí y otros seguidores en un comentario. Y descubro que es una nueva manera de llamar la atención sobre lo que, quien me menciona a mí y otros tantos hastiados de jornada laboral y necesitados de descanso, ha decidido compartir.

Al final, el yugo, el trabajo, el paréntesis, puede ser un lugar en que habitar porque ya conoces como suena el chasquido del látigo. Y no te sorprende. Y no te molesta. Y da de comer a tu hijo. Todo lo demás sólo me provoca una tremebunda sensación de hastío.

Compartir es amar, me dijeron, desde niño, los Padres Agustinos. Y no los culpo. Tenían razón. Pero amar yo lo entendí como hacerlo para que lo que decidas compartir llegue únicamente a quien desee encontrarlo, sin necesidad de gritárselo para que te mire. Nunca pensé que compartir supusiese meter una cuchara hasta la glotis a quien te dignas de llamar amigo, aunque sea en las redes sociales. Al final, de tanta cucharada, uno se atraganta y le dan ganas de estrellar contra la pared el plato con sus restos de sopa fría como fósil de latidos que a nadie servirán ni para fotograma de cortometraje feo.

Mira. Mira lo que me sucede. Míralo, escúchalo, atiéndeme aunque no quieras porque yo también sueño, como mis jefes, ser escuchado, leído, observado, comentado, desnudado en mi desnudo de corazón sin ritmo más que el de los tiempos orates en que hemos decidido ampliar el paréntesis del mercado hasta que no quede espacio para vivir y morir sin necesidad de haberlo contado. Hasta que no exista margen que habitar. Algo así, pienso mientras tengo claro que me quedo con el amor y con John Lennon, que, pase lo que pase, no me podrán decepcionar.

sábado, 18 de julio de 2026

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He llegado a comprender la fugacidad de los cielos. La violenta lentitud de los besos. El indolente perfil de los reptiles cuando sombra inquebrantable. El parpadeo agnóstico de las galaxias. Me ha golpeado la sien el aleteo de una mosca. Mejor que diez, recuerdo, me decía aquel chiquillo apesadumbrado de costillas en flor cuando por vez primera me internaba en la medina de Tánger, soñando poder arribar a la casba sin molestia y sólo guiado por mi olfato y mis pies. 

Lengua de mar que no pude lamer. Ya vendrían otras. Ya vendrían la lengua y el lenguaje, para qué correr. Ya he dicho que comprendo la lentitud de los besos tanto como la fugacidad de los cielos. Pero entonces no comprendía aún siquiera la dicción, y aquel chaval parecía estar a malas conmigo cuando ya le advertí que prefería no me hablase, que simplemente ejerciese su labor de mosca amable que sabe espantar al resto de la manada. Espanto de la belleza derruida mientras subíamos escalinatas de sombra y raspas de pescado. La mochila me pesaba y el puñado de dirhams que anhelaba el chicuelo se lo di, pero le ahorré cargar con mis bártulos. No por desconfianza. Nada que perder más que prendas sucias. Sólo es que había ya comprendido el parpadeo agnóstico de las galaxias. ¿Lo he dicho? Creo que sí, perdonen que no relea. Si lo hiciese no sería capaz de escribir y ya comprendí que si no escribo, aunque sea mal, para qué todo lo demás, cómo me vuelco, cómo vomito esta mala borrachera de vida que perpetra en mi estómago las digestiones más violentas.

El primer mercachifle de alfombras beréberes made in China se encorvó a mi alrededor como el espíritu de las navidades pasadas allí por William Burroughs en 1953. Alí, que así se llamaba mi mosca, me sonrió y ya sabía lo que iba a preguntarme. Yo, antes de que hablase le expliqué que drogas tan duras no necesito, que sólo hachís y sé que tú llevas en los bolsillos y ya te lo cambio por billetes cuando encuentre el lugar en que alojarme y no me lleves a ninguno donde te den propina que para eso vengo del primer mundo y cuento con caudal suficiente. Qué asco me doy, ahora que lo recuerdo. Nada de eso le dije, pero memoria es perversa y sólo saca a ondear al patio de luces los trapos oscuros. 

© Miss.Tic
Desde el pináculo desorientado de la casba contemplamos el estrecho de Gibraltar, mira ahí abajo, el puerto, donde te he encontrado. Yo carcajeándome le pedí que se encendiese el primer petardo y le recordé que no me encontró sino que me iba buscando. Así todos. Seguimos buscando. Lo jodido es haber encontrado y comprendido la fugacidad de las mareas, la violenta lentitud de los versos, el quieto perfil cansado del lagarto y el mirar hacia otro lado del universo cuando le cuestionas acertijos que nunca se ha planteado.

Al segundo porro me preguntó si me gustaban los Stones, ya bien stoned ambos dos o al menos yo. Qué bobada, claro, ya lo sabes y ya sé que hemos pasado por la puerta del Baba, pero no me apetece que me enredes para que el camarero me conduzca a una suite nupcial sin más nupcias que las del cielo y el infierno. Blake en la memoria posterior y Bowles amarrado a su enfermedad sin salir de la cama en esa casa que también, sí, lo sé, acabamos de merodear. Pero ya te dije que no me hables. Sólo pásame el porro y déjame mirar el estrecho. Tu mirada no es mediterránea, me dice y contesto que no comprendo. Miras el Mediterráneo con mirada Atlántica. Le regalo un billete de 10 dirhams que no formaba parte del acuerdo. Creo que es la única persona que comprende el estrabismo de mi cerebro. Escribí un libro entero sobre ello, desde aquel mismo Tánger, pero creo que nadie se enteró. Para eso se escribe, al fin. Para eso escribo ahora.

Ríos de desperdicios nos conducen callejas abajo hacia el Zoco Chico y le digo que ya llegaré yo sin su ayuda al Hafa, que no hay prisa, que cuánto el material que me deposita entre las manos y que dónde desayunar mañana lejos de este antro en que he decidido, por más que él me ha insistido yo conocer sitio mejor, alojarme. Necesito mugre, chaval, aunque no lo comprendas. Necesito saborear mi propio abandono. Porque he comprendido la urgencia del atardecer y la pereza de la alborada y sé que las gaviotas hacen banquete de bufé frío entre las costuras remendadas con salitre que me habitan el envés del pecho. Ahora necesito entregarme a la palpitación de mi corazón. Utilizaré mis manos para reavivarlo, como en esos cursos de primeros auxilios a que nunca acudí. Aunque me falta el aire y sí, ya sé que lo primero, para los ahogados, son los labios y una bocanada de oxígeno. Tengo en las pupilas las mareas del estrecho donde tantos murieron erectos. Ungidos por Neptuno. Empujados por ilusiones de billetes como estos que deposito entre las manos de Alí antes de que eche a correr en busca de buen material y ahuyentando a las moscas pero no al temporal que en mi mente fragua quincenas de intermitencia y sirenas premonición de hospital en que se teje la mar.

Abajo, a lo lejos, la orquesta sin vals del estrecho, lenguas de marea forzando lo angosto, la humedad confundida de Mediterráneo en que no nací y Atlántico en que tampoco. He llegado a comprender los días en serie y el deslizar de mis músculos entre sus vísceras de horas muertas. Enciendo otro porro en el interior de una habitación con vistas a uno mismo y pienso en invitar, mañana a Alí a desayunar. Si es que lo encuentro de nuevo y no anda ejerciendo de mosca amable en los alrededores del puerto.

De repente tu mano y es noche y luz y comprendo.