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miércoles, 25 de diciembre de 2024

¿el infierno son los otros?

El gato era pequeño. De tan pequeño, podríamos asegurar que sólo tenía cabeza. Ni tronco ni extremidades, sólo cabeza. Estaba hambriento, era evidente, se glorificaba famélico contra las fauces de la luna llena. Quizás tuviese frío. Pudiera ser, a la vista de su imperceptible temblor como provocado por la gélida mordida del atardecer andino.

Mallaba. ¿Mallan o maúllan, los gatos? A mí me suena mejor que mallen encendiendo enredaderas. Así que mallaba. Lo hacía de manera insistente, lacerante, con ese quejido que nos recuerda al humano recién nacido y recientemente expulsado a la inhóspita atmósfera de una aséptica sala de partos. Todos hemos sentido un escalofrío alguna de esas noches en que hemos dejado deambular en libertad a nuestros fantasmas interiores cuando escuchamos, proveniente de la calle pero como si se originase en la habitación de al lado, o en la cocina, el salón, o la asepsia azul desvaído del cuarto de baño, el prolongado y lastimero mallido de un gato en celo o simplemente abandonado, tan similar al del hijo que aún no pero ya por siempre tenemos, tan peligrosamente cercano a la máxima expresión acústica de desdicha del ser humano: he aquí el llanto.

Aquella no era la primera ocasión en que se encontraba con algún animal abandonado. No era la primera vez que recordaba, ante la vista de un gato callejero, la singular preferencia por tal animal que le llevaba a detenerse para contemplar sus merodeos de cazador mínimo regalando, de paso, a los viandantes, el incómodo espectáculo de un hombre de mediana edad estático en medio de la calle, como a punto de extraer del bolsillo interior de su chaqueta un revólver con el que comenzar a disparar a diestro y siniestro. Siempre lo había afirmado, no sin cierto ánimo de escandalizar: puestos a elegir animal de compañía, después de la mujer y el aparato de música, elijo al gato. Jamás un perro. Los perros son serviles hasta lo grotesco, no me apetece tener encima, todo el día, un enjambre de pelo y babas que sólo pretende mis caricias. Prefiero el gato, más parecido a la mujer, o al menos a las que clamaron por mi piel: independientes, altivas, autosuficientes... así las prefería antes... o también ahora, y por eso es que siento tal cúmulo de contrariedades cada vez que ella me asedia con sus besuqueos y arrumacos.

El caso es que los gatos formaban parte de su imaginario, digamos poético, desde hacía tiempo. Tal vez desde que leyese por vez primera Las Flores del Mal. Pueda ser. Quizás desde que descubriese el caminar de tan sigiloso animal embarrando en misterio las más gloriosas páginas de la literatura, desde Herodoto hasta Umbral, pasando por Allan Poe, Cortázar o Bukowski. De nuevo, incluso cómodamente aposentado en un terreno tan hueco de disquisiciones como puede ser el del reino animal, él aprovechaba para tirar de literatura y ennoblecer las supuestas virtudes de los gatos recordando sus ingrávidas lecturas de juventud.

Pudo ser esta la razón de que cediese a un repentino sentimiento de ternura hacia aquel animalillo que, cabezón y mugriento, se retorcía entre los restos de basura que hacían frontera con el inicio de la barriada.

Tiempo después se cuestionaría sus más íntimos sentimientos. Lo del gato ocurrió recién finalizada una de las confusas jornadas de voluntariado en San Simón, la más miserable y desatendida población del valle.

Como cada día, antes de hallar al diminuto felino, emprendía el camino de regreso por la polvorienta carretera, dejando atrás un desastrado vendaval de niños alucinados de lamparones, un tropel informe de chiquillos asediados por suciedades perennes y enfermedades venideras. Y resulta que, ajeno a tanta miseria, de repente, el gato se le aparecía como la quintaesencia de la indefensión y el desamparo, y le causaba mayor pesadumbre que las manos mordidas de labor agrícola de Cinthia (5 años de edad), o la respiración moribunda de pegamento de Cristian (9 años de edad) o la quiebra mental asomando al cráneo de Yonni (7 años de edad). El pequeño felino le resultó, en aquel momento, más necesitado de atención y cuidado. Son cosas que ocurren y a las que quizás no debiésemos prestar más atención de la precisa. Así lo decidió él, sin apenas valorar las consecuencias de su proceder. De igual manera que llevaba actuando desde que había regresado al país.

El gato lloriqueaba. Mallaba y balanceaba su enlodada cabezota por entre los restos de cochambre del rincón que hacía las veces de vertedero en la comunidad de San Simón. Mientras el felino sollozaba él aseveraba, mentalmente, que a pesar de toda la desdicha que arreciaba sobre sus difusos futuros, los niños continuarían sonriendo, tal vez carcajeándose abiertamente con la impudicia del que nada tiene que perder.

Ellos siempre abandonaban el polvoriento recinto del aula en primer lugar, sin siquiera preocuparse por despedir correctamente a los «profesores», ese desbarajuste lingüístico de juventud deseosa de cumplimentar buenas acciones que se le comenzaba a antojar el grupo de voluntarios (incluido él). Corrían campo a través, entre disputas de juguete, piedras como proyectiles y polvo de trinchera falsa y ya estarían en casa, bajo el mísero techado de barro y maderos, acunados al albur de la ebriedad hoy, tal vez, ojalá, inofensiva del padre, como momentos antes, en clase, cuando rememoraban a carcajadas los errores del voluntario belga que pretendía rezar en español y en alta voz el Padrenuestro.

Sí, ellos reían siempre, y su propia pobreza o su desnortada miseria sólo suponían novísimos campos de juego en que dilapidar los días. A pesar del hambre, de los guantazos nocivos de la paternidad mal entendida y la hambruna mal encajada, era muy probable que ellos, en estos momentos, mientras él sopesaba la conveniencia de tomar entre sus manos a aquel animal indefenso, sostuviesen entre sus labios el peligroso milagro de una sonrisa sincera. Al menos algo había seguro: el gato lloraba. Pero, pensó, ¿qué haría con aquel animal? ¿Lo llevaría consigo de regreso a eso que se había acostumbrado a llamar hogar por más que lo sintiese cada día más lejano? ¿Lo depositaría entre los brazos de ella, como cálido y equívoco recuerdo de las noches de pasión consumidas al implacable ritmo del exceso y los relojes ebrios de deseo? ¿Podría ser, el animal, digno sustituto y afelpado bálsamo para la herida en que ya comenzaba a ahondar el presagio de su partida?

El milenario polvo que zurcía los bordes de la carretera comenzaba a cobrar vida y ejecutar silenciosa danza en la frontera visual de un atardecer redundante. Sobreponiéndose al llanto desconsolado del pequeño animal, comenzó a advertir el rugido acatarrado de la combi que ya se acercaba a marchas forzadas por la carretera, repleta como cada día de labriegos trasnochados de trabajo que evadían horas al sueño para acometer la difícil tarea de vender, ya en la ciudad, los productos que sus garfios como manos habían arrancado, durante el día, a la Madre Tierra.

La combi se acercaba. El gato, como consciente de su titubeo, redoblaba afligidos lamentos.

Él quiso creer hallarse ante uno de esos momentos en que con una decisión podemos cambiar el rumbo de nuestras vidas. Miró alternativamente al gato, cada vez más pequeño, hundiéndose a cada esfuerzo en el lodazal de desperdicios, y a la combi, cada vez más grande contra el polvoriento atardecer, como uno de esos recortables que utilizaba cuando niño: cortar con tijeras sin filo el contorno del vehículo, mordisqueada su carrocería de colores chillones, y situarlo sobre alguna de las opciones que hacían de paisaje y fondo para el mismo: ahora un verde prado, ahora la ordenada salida de un colegio, después la avejentada carretera de una ciudad de provincias, luego una ciudad en guerra siglo veinticuatro.

Levantó el brazo para que el chófer pudiese verlo y no pasase de largo. Las combis solían llegar atestadas de gente a estas horas, pero los conductores tendían a apiadarse de aquel extranjero que caminaba calmo el arcén de la más peligrosa carretera de la comarca. El resto de voluntarios, sensiblemente más jóvenes y adinerados que él, tenían por costumbre llamar al único taxista que operaba en la zona para que les acercase a la casa común en que compartían carcajadas, cervezas, ideas más o menos brillantes, piscos de saldo y contradictoria desidia por comprender mejor el país al que habían llegado con la sana intención de HACER EL BIEN, así, en letras mayúsculas. Al menos de tal manera consideraba él que ellos lo sentían, a pesar de no preocuparse ni por un instante de pasear la ciudad, comer en sus boliches, ayudar con una mínima moneda a aquellos a quienes repartían la mirada en pedazos de sonrisa más o menos complaciente. Pero no se permitían el lujo de favorecer de la manera más obvia una mínima porción de la mermada economía nacional. Él siempre prefería caminar por la carretera, entrar en la combi y rodearse del huraño murmullo de los trabajadores del atardecer, arriesgarse a perder sus pocas pertenencias por el sigiloso avance de una mano huérfana de monedas. Después, llegar a la ciudad y buscar la taberna más tranquila en que engullir una cena escueta y apurar una considerable cantidad de pisco. Eso le hacía sentirse mejor pero, en el fondo, no se creía tan distinto a sus compañeros de voluntariado, y… la combi reducía velocidad. El conductor le hacía señas acústicas con el claxon.

Ya en el interior del vehículo, amortiguado por el mustio parloteo de los campesinos que, tras arduas horas de siembra, emprendían el viaje a la ciudad para intentar arañar migajas o monedas con el producto culinario a que sus manos, durante el día, habían conseguido dar a luz, pudo abrirse paso entre la marabunta de petates, cubos, sacos de papa y útiles de labranza, hasta el asiento del que aquella señora de mirada amable despegaba a su pequeña hija para indicarle a él que podía ocuparlo. Agradeció e hizo una carantoña a la chiquilla que, sin queja alguna, se acomodó en el regazo de su madre.

Los kilómetros se difuminaban al ritmo de polvo en nube que, irremediablemente, invadía el interior de la combi asediando ventanas, rejillas de ventilación y cristales rotos. Por momentos se hacía imposible reconocer el rostro más cercano, tal era la cantidad de partículas en suspensión. Él entrecerraba los ojos sin dejar de apretar con fuerza la mochila, temeroso de los muchos latrocinios que propiciaban tales momentos de nula visibilidad. Lo más difícil era aguantar la respiración, o adecuarla de manera tal que los pulmones no quedasen insertos en el ámbar de una insuficiencia respiratoria.

Eso debió ser lo que molestó al pequeño felino, enredado hasta el momento en el fondo de la mochila, asediado por la turgencia inexacta de la chaqueta y los irregulares bordes de libro, libreta, bolígrafo, paquete de tabaco, bolsita de filtros, encendedor, librillo de papel.

Fue entonces que arreciaron sus mallidos (porque los gatos, ya lo sé, mallan y enredan) y la chiquilla adormilada decidió hacerles eco con gritos de irrefrenable emoción.

Ya no pudo mantener al animal por más tiempo en el fondo de la mochila. Introdujo sus manos en su vientre, cuidadosa, pausadamente, y extrajo de su interior la hidrocefálica masa de peluche para depositarla con calma entre las manos de la niña, no más grandes que las zarpas del gato.

Arreciaron las miradas en rededor. Algún que otro de los campesinos esbozó una sonrisa.

Los gritos de la niña apenas dieron a su madre para agradecer el haberla depositado en su regazo a efectos de que él pudiese tomar asiento. No fue necesario, la mujer se encargó rápidamente de retribuirle con una sonrisa amplia como sandía recién asesinada que permitiese a la chiquilla tomar al gato entre las manos,  independientemente del aroma a estercolero que este exhalaba. Y al momento: no se preocupe, yo estoy acostumbrada a cargar con la niña, además ella prefiere, toma más fácil el sueño, aunque ahora no dormirá, es seguro, hasta que usted se baje, mírela, le encantan los animales, jugar con ellos, en el campo hay hartos perros pero pocos gatos, la verdad, muy pocos, perros sí, pero ladran y son poco de amistad y a Yeni no lo gustan, pero este gatito se ve le encanta, si consigo plata suficiente quizás le compre un gato para que juegue con él después del trabajo...

El trabajo. Sí, otra chiquilla trabajadora. ¿Qué edad tendría? ¿Cinco? Puede ser. Seis a lo sumo. Y sus manos, más sucias y desgastadas que la piel del gato. El trabajo le gusta, no lo hace mal, eso asegura su madre. La recogida de maíz no es de lo harto duro que hay en el campo, y si la pequeña no la ayudase ella sería incapaz de recolectar una carga suficiente para preparar los tamales que se disponía a vender a la puerta del mercado, cuando la pleamar silenciosa de la tarde y la dentadura azul imposible de la bajada. Después pasarían la noche bajo algún techado público y a la mañana, temprano, comenzaría la venta de los que no hubiesen podido despachar la tarde anterior. La niña le ayudaba bastante: no se crea, es bien viva y llama la atención a la clientela, se acercan con más facilidad a nuestro puesto, y de vez en cuando regalan alguna moneda, ese algo de más que sacamos nos permite regresar en la mañana para de nuevo iniciar  a recolectar.

Así que ahí se veía, preguntándose quién, hoy, puede hablar así, cómodamente apoltronado y en cordial coloquio con la amable mujer, contemplando a la niña hacer cosquillas al pequeño felino que, momentos antes, se asfixiaba de costuras entre los retales de basura que bordean las callejas de la comunidad de San Simón.

El gato parecía haber recuperado la calma. Mordisqueaba los pulgares de la pequeña. Hambriento, se proclamaba y los restos orgánicos que deformaban las manos de la niña parecían ser suficientes para dar de comer a una camada entera de animales de compañía. Surcos como grietas geodésicas reteniendo miríadas de oscuros gérmenes en deleitosa procreación, como una escena microscópica de un relato perpetrado por el Marqués de Sade.

El animalillo mordía y mordía. El efecto de sus fauces, en la pequeña, no iba más allá de una leve cosquilla que se deleitaba en desvelar al resto de los viajeros con profusión de carcajadas.

El trayecto continuó entre nubarrones de polvo que anunciaban la tormenta de baches previa al alcanzar la ciudad. Las luces del día habían ya trocado su espesor de calima por un brochazo grueso de neones, y en las calles comenzaban a arracimarse los vendedores nocturnos y holgazaneaban, como en probeta de laboratorio, los ensayos de delincuencia que darían, cómo no, tarde o temprano, violentos y gloriosos frutos.

Como cada tarde, una vez la noche inauguraba su dominio de sombras en esquinas y tenderetes, él desalojaba los lentes de su rostro, abría desmesuradamente la mandíbula y exhalaba su ya hediento hálito sobre los cristales, para posteriormente pretender limpiarlos con el borde más gastado de su roída camiseta. Acto seguido volvían las gafas a ocupar su lugar habitual, cómodamente apoyadas en el tabique nasal. Intentaba, con tan teatral aspaviento, recuperar la visión que, en el atardecer, parecía perderse copulando con la oscuridad circundante y comenzaba a jugarle malas pasadas. Aunque sabía bien que no era la suciedad de las lentes, sino el difumine de las callejas atestadas lo que provocaba su desorientación, siempre ejecutaba la misma rutina. Era consciente de que identificaría sin problema el lugar en que debía apearse de la combi, pero aun así insistía en su cotidiano acto de impostada pulcritud. En la repetición anida el germen de la sabiduría, se decía, y sonreía de manera algo torpe, casi cretina, como si acabase de recitar un mal chiste a un compañero de viaje hacia los confines del cementerio.

Aquel día su sonrisa se topó de bruces con la carcajada de trapo de la chiquilla, que continuaba proporcionando al diminuto felino sus caricias de betún y sus deditos de mimbre viejo.

La madre le miró atentamente cuando él comenzó a agachar la cabeza intentando enfocar, entre la marabunta humana del interior de la combi, la geografía de piedra de las calles que se sucedían al ritmo de los socavones y los violentos virajes, y le preguntó dónde tenía que apearse. Él explicó que no había problema, que conocía el camino, pero continuó asomando la mirada entre los contornos de los numerosos cuerpos que abarrotaban el interior del vehículo.

Fue entonces que ella intentó recuperar la conversación explicándole que les quedaba aún largo camino hasta llegar a las calles aledañas al mercado. Allí se apearían, y necesitarían ayuda de alguno de los presentes para poder arriar los fardos que portaban consigo. Él dudó entre preguntarle o no cómo era posible que cargara ella sola con su pequeña y con todos aquellos bultos. No lo hizo, pero convino, mentalmente, que en su tierra natal sería imposible trasladarse así, que no sería fácil encontrar en cada interrupción del camino alguien dispuesto a echar una mano en tan ingratas tareas. Sólo era un pensamiento. Uno más, provocado por esa manía que había adquirido, desde que aterrizó de nuevo en aquellas tierras, de considerar a sus conciudadanos mucho más aletargados por el consumismo y el poder del individuo. En el fondo sabía que esto no era tan cierto, que aquí tampoco se destacaba el común de los habitantes por su amabilidad y solidaridad con el prójimo. Pero es más fácil culpar al país de origen, siempre, de ser la cuna de todo mal ignorando que también es la propia.

El infierno son los otros, se repetía mentalmente. Sí, esa fue la frase que legó a la posteridad el alegre Jean Paul Sartre. No recordaba en que libro se hallaba la manida frase. Era en una de sus obras de teatro, eso no lo dudaba, pero, ¿cuál? Mientras dudaba entre La puta respetuosa y A puerta cerrada, recordó que el gato de Sartre se llamaba Nada. Un nombre muy acorde con el carácter del pensador, aunque demasiado deprimente. Es fácil tener un gato llamado Nada y creer que el infierno son los otros, aunque se trate de aquellos que se guían por idénticos impulsos vitales que uno mismo. Tal vez, entonces, el infierno seamos nosotros, quién sabe.

Perdió de vista, por un momento, la sucesión de irregulares intersecciones que configuraban el transcurso de su habitual trayecto, extraviando momentáneamente la noción del tiempo y el hilo de kilómetros que se enmarañaba en un punto concreto, en el lugar en que él debía apearse.

Sabía que muchas de las taciturnas personas que viajaban junto a él, en el destartalado interior de aquel vehículo, trocarían su cercanía con el sueño por un repentino despertar en que ayudarían a la señora a depositar los bártulos fuera del mismo. Cómo los transportaría hasta el lugar en que decidiera, aquella noche, establecer su negociado portátil, era distinta cuestión. No obstante, para demostrar a sus lejanos compatriotas que él no compartía su desidia y afán de superioridad primermundista, decidió continuar trayecto charlando con la mujer con la sana intención de ser él quien le prestase ayuda en su cometido. Así aprenderían sus conciudadanos, y los de la buena mujer, de paso, que el extranjero no siempre es portador de males, enfermedades, conquistas, violencias... y él podría seguir afirmando, cual Sartre de arrabal, que el infierno son los otros.

Un nuevo socavón en la calzada provocó otro de los tremendos vaivenes que, redoblado en su violencia por la desvencijada maquinaria de la combi, balanceó a todos los viajeros en un  movimiento como de reloj de cuco ebrio, lanzando a unos contra otros y a todos contra asientos y cristales. La niña exclamó uy, y el gato reemprendió su mantra de mallidos quejosos. El mismo gato que le había llamado la atención, hacía escasa media hora, y que había provocado que ahora reposase su pelaje enlodado sobre la harapienta faldita de la chiquilla sin edad ni futuro.

Al contrario de lo que hubiese sucedido en su ciudad natal, se dijo él, no se escuchó lamento ni imprecación alguna. Nadie amonestó groseramente al conductor, y al inicial desbarajuste de cuerpos y fardos sólo sobrevino el más absoluto silencio. El infierno son los otros, y los otros son los occidentales, pensó de nuevo para, al momento, contradecirse al ver los manejos de uno de los tripulantes en el bolsillo del que más cerca de él se encontraba, aprovechando la tumultuosa situación. Dudó entre decir algo o guardar silencio, pero la mujer que estaba junto al carterista puso fin a sus desvelos reprendiendo a aquel que, con la misma precaución que hasta el momento había guardado, sacó la mano del bolsillo del vecino y la introdujo en el suyo propio.

El infierno son los otros... y los otros son todos los demás.

Quizás fuese esta recién adquirida certidumbre lo que le llevó a afianzar su intención de mostrar que él era distinto y dejar pasar, sin remedio, el lugar en que habitualmente descendía de la combi tras gritar al conductor baja en la esquina. Sí, él ayudaría a la señora a descender sus bultos y a su pequeña hija. Estaba decidido. Y casi al mismo tiempo de tomar tal resolución, recordó que debía hacer una excursión al pueblo ese del que tanto hablaban sus compañeros de voluntariado, donde un amable anciano dispensa ayahuasca y cobijo. Al fin y al cabo, Sartre quizás decidió que el infierno eran los otros tras alguna de sus repetidas ingestas de mescalina.

Ya tartamudeaban las luces del mercado, titilantes de abandono. Él se preguntó cómo era posible que la mujer fuese a pasar la noche en tan desapacible lugar, vendiendo tamales a las cuatro sombras que por allí paseaban su pesadumbre de horas vacías y preparando los que vendería al día siguiente, con el amanecer, a los trabajadores de la madrugada.

Casi a la par que la mujer gritaba baja en la puerta del mercado el gato redobló sus desamparados mallidos y la niña hizo lo propio con sus risueñas carcajadas mientras le cogía a él de la manga de la camiseta y le preguntaba a voz en grito ¿por qué llora tanto?

Él, por un instante, mientras se ponía en pie para dejar a la señora ir acomodando sus bultos en el pasillo, quedó mudo y sólo pensó lo ignoro como ignoro por qué tú ríes. Ellos siempre ríen, concluyó sin verbalizarlo, mientras le explicaba a la pequeña, adelgazando la voz como si se dirigiese a un duende o un muñeco de cartón: es un pequeño gatito que está solo y triste porque su mamá se ha marchado sin él, no como la tuya que siempre te acompaña, ¿ves? La mujer le disparó una sonrisa a bocajarro que definitivamente le animó a decir a la pequeña: ¿te gustaría cuidarlo para que ya nunca más vuelva a sentirse solo?

La niña miró a su mamá y gritó, cercana a la histeria, ¿puedo, mamá?, ¿puedo quedármelo?

Él comenzó, entonces, a dudar si el infierno, en vez de ser los otros, no estaría en uno mismo, que en estos precisos instantes añadía a la carga de trabajo, prole, hambre y bultos de la buena mujer, la crianza inesperada de este pequeño y maloliente felino cabezón.

Ella musitó, con un tono cercano a la reverencia, gracias, amigo, muchas gracias, sonrió a la pequeña, la espetó un brusco apurate, y comenzó a agradecer también, al hombre que minutos antes intentaba agrandar su de seguro escueto salario con el del bolsillo ajeno, el hecho de que estuviese ya disponiendo los bultos de maíz cerca de la puerta de la combi.

Pretendió hacer una digna despedida del bufonesco balanceo de mano que dirigió a la niña y al gato mientras volvía a preguntarse si el infierno, en verdad, son los otros. Tomó asiento de nuevo y, sin querer ya asomarse a la ventanilla más cercana, sonrió al frustrado ladrón y le agradeció con voz muda el que hubiese colaborado para que la señora pudiese bajar sus fardos.

Ahora debería estar atento a las calles. No sabía bien cómo volver a casa. Posiblemente alguien le ayudaría a encontrar el camino que él ya había aprendido a llamar hogar sin comprender qué cosa era esa.

Mientras esperaba su avión de regreso, en el aeropuerto, el extranjero pensó que, aparte sus besos y caricias nunca aprendido si ciertas, sólo dejaba en esta tierra un gatito cabezón. Estaban los niños, sí, pero a ellos nunca les había visto llorar tan desconsoladamente. Tal vez debería dar la razón a quienes afirman que la vista es el más culpable de los sentidos. A quienes dicen que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

domingo, 23 de abril de 2023

viajar y leer

Hay en Lisboa una librería que no aparece en los mapas ni guías con que se guían el tiempo a consumir los turistas del consumo. Que hoy, ahora, ya es lo mismo una ciudad que una prenda made in Bangladesh de un solo uso durante el selfie en un restaurante caro de un país barato. Hoy ya todo se consume, incluidas las ciudades, con todos sus habitantes incluidos y consumidos a sí mismos en ansias de acumular las propinas del turismo. Una ciudad, ya digo, Lisboa, por ejemplo, que tiene librerías para los turistas que no saben leer y bacalao a bras para esos otros que agasajan la paella precocinada. Una ciudad que entre sus calles esconde una librería que no aparece en las guías. Me la quisiste enseñar. Tenías la firme intención, al menos. Pero la perdiste en el interior de un avión que perseguía el sol como deseando salvarle de su ocaso en mareas atlánticas que ya rugían tu nombre.

Uno ha perdido media vida viajando y más de la mitad de esta leyendo. En los viajes, siempre, como obedeciendo un decreto ley aún no sancionado, buscaba las librerías escondidas, los recónditos lugares de recogimiento entre párrafos y polvo acumulado. Hasta de Varanasi me traje un volumen de fotografías torpes pero deliciosamente editado. De Berlín un catálogo de ignominias en blanco y negro. De Perú numerosos libros que más parecían fanzines de los que, cuando joven y simpático, robaba en los bares de Malasaña para mejor acunar los excesos del fin de semana. De Marruecos librillos artesanales con poesía en tamazigh y de Estambul un Pamuk que no sé leer porque ni me gusta ni entiendo el turco. De Roma aquel volumen en que William S. Burroughs habla de sus gatos, comprado a saldo, pero también sin comprender por estar traducido al italiano. De París volúmenes de Camus, Baudelaire, Rimbaud y Celan, junto a uno de Henry Miller que, como el resto, poco tenía que ver con la France, pero hacía más evidente el desaire. Hasta de Bolivia, que apenas tiene librerías, me traje al hermano Ferrufino empaquetado, porque sabía que ni él tenía sus propios libros. Media vida viajando, ya digo, y de esta, su mitad o más, leyendo. 

Porque leer es viajar y, aunque mis pupilas son ya dos llagas que supuran una ordalía de párrafos viajeros y viajados, llegué a Lisboa por enésima vez buscando una librería que no aparece en las guías y encontré mis lacrimales ordenando tantas lecturas sólo para conjugar los múltiples verbos que esconde tu nombre. ¿Vamos a ir a la librería esa?, te pregunté. Tu lengua pronunció el silencio y acabamos recitándonos versos ebrios como veleros de nuestra propia carne, exhibida sobre unas sábanas que jugaban a mostrador de carnicería vieja y bien trabajada. 

¿Qué librería?... y encorvas las corvas y la vida es poesía sin más verso que el de un tropel de nervios acunados en el vaivén de mis músculos isquios mientras reconozco, para conocer por vez primera, París y Clichy, la Place des Vosgues y algún que otro libro robado al paso. La librería esa que me dijiste... y vertebras una danza en que se buscan las letras como barahúnda de prosa por hacer acorralándote la cintura en que se desangra Lorca muslos abajo. Después degollamos la mañana como quien lucha por derrotar un árbol. Y tus dedos teclean mi piel como dios redacta los milagros. Y mi torso hecho de tajos en que puedan pastar tus uñas con el alevoso ánimo de engañarte las pupilas. Floreces y es luz y eres párpado y es diente, y Lisboa se queda huérfana de tus pasos en una librería en que rellenan fichas de volúmenes no vendidos como las medidas y el color de los ojos de Genet en el primer orfanato. Y el machete entre los dientes y la mirada ciega a lo Borges mientras Quique González susurra no sé qué falsedad de amores vencidos. Y mis dedos ensalivados pasándote las páginas del deseo y comprendiendo que eres el libro que nunca llegaré a escribir, pero también el que siempre desearé seguir leyendo. Releer, ya lo dijo Goytisolo. Palabra de dios, te adoramos óyenos, decían los pederastas con alzacuellos de mi infancia de colegio de pago. Palabra de dios.

Hay una librería en Lisboa que no es tan famosa como la Lello de Oporto y que no sale en las guías ni es visitada por los turistas. Nosotros, al final, tampoco la visitamos. Pero yo, que he gastado media vida viajando y, de esta, más de la mitad leyendo, me pregunto cuántos verbos te habitan. Al no dar con respuesta cierta me animo diciéndome que aún me queda otra media vida, aunque sea mentira, para viajar y leer. Otra media vida para desertar de la consumida entre viajes sin norte y lecturas al trote, para viajarte y leerte. Porque la sabiduría que pretendía hallar en los viajes, en los libros, al fin, solo entre tus páginas la comprendo. Y si no es sabiduría, al menos es vida, y es la que amo. El resto, mejor, se lo dejo a los turistas y a los que se regalan páginas para celebrar el día del libro. 

sábado, 4 de febrero de 2017

fronteras líquidas

Anda revuelto el andamiaje periodístico con la nueva gobernanza estadounidense. También la llamada opinión pública. El pueblo, o sea. Sí, el tal Donald Trump. Ya conocemos al citado mamarracho, y comenzamos a temer sus oligofrénicas decisiones. Entre ellas, las que ya son: cerrar fronteras a latinos (pobres), musulmanes (pobres, perdón por la insistencia), y un largo etecé. Incluso aquí se manifiestan contra el nuevo dictador yanqui, en redes sociales y calles, mis compatriotas, los que habitan esta España mía esta España nuestra paraíso de puertas abiertas, 6 metros de altitud, 12 kilómetros de extensión, molduras de alambre de espino y pomos de cuchilla. Y la ola de indignación libertaria tiene visos de tsunami. Se extiende un rumor de beligerancia anti Trump, y salen a las calles de París, Berlín, Roma o Atenas, ciudadanos valedores de la gran democracia europea, para mostrar su descontento con las medidas racistas de aquel que ha decidido apagar con brusco gargajo la llama de esa Estatua de la Libertad que ya nada libera. Europa entera, o sea, clama contra muros y fronteras. De los campos de concentración en que recluye a los refugiados sirios no se habla. Que la suciedad del hogar es mejor esconderla bajo la felpa atigrada de una alfombra persa, o bajo celosías de hormigón que reconviertan las cunetas en autopista de pago.

Muros. Límites. Fronteras. Cercos. Reductos tras los que edulcorar un paraíso artificial, más dañino y mentiroso que los que se proporcionaba Baudelaire cuando el hachís le enardecía la pluma. 

Alguien dijo: un pueblo que no conoce su historia es un pueblo condenado a la extinción. Quizás no dijo eso exactamente. Quizás me lo acabo de inventar. Pero le va bien a este texto. El caso es que todos estos muros erigidos a mayor gloria del bolsillo de empresarios faltos de escrúpulos -valga la redundancia-, están a la orden del día, por más que sigamos conmemorando la caída del de Berlín, por ejemplo.

Con tanta frontera en mente sumerjo a mi hijo en la frontera voluble de la bañera. Me regalo ese breve momento de juego. Con la excavadora, el coche azul y el patito amarillo, por favor, papá. Y Munay, mientras sumerge en el agua tibia sus pies de gomaespuma, me sorprende con una erección de la que comienza a manar orina. Y se ríe. Se mea de la risa, nunca mejor dicho.  Las erecciones del niño, aún, sólo expulsan orina. Pero la disuelven en agua con idéntica fruición a que los mayores disolvemos las nuestras en líquidos más densos, más aromáticos.

Y es que el niño no entiende de fronteras. Al contrario. El niño goza con la mezcla. Y así, mixtura orines con geles, jabones y aguas. Sólo el niño conoce la esencia del ser humano. Aún no le hemos sabido extirpar la magia. Y por eso mea y sonríe al ver sus orines esculpiendo meandros de inocente lubricidad contra la espuma del baño. Mezclar fluidos, o sea. ¿No es, acaso, repito, a lo que jugamos de mayores, cuando el amor? Porque uno no concibe el amor sin contrabando de fluidos. Uno gusta de lamer las esquirlas que escupe tu vientre cuando lo trabaja sin conciencia de estar trabajando, cuando juega jugándote los labios con las láminas de vidrio roto de sus erecciones más certeras. Y retener entre mis dedos el jugo de tu juego jugando a recomponerlo con los trazos picassianos de esa saliva en que, más que la dicción, pierdo la vida. Uno sabe que en la mezcla está el riesgo, sí, pero también la magia... y así brota de tus labios una paloma de esperma, cual ilusionismo de andar por casa. De andar por casa y por ti, mezclándonos. Pero el orín del niño huele a inocencia. Ya será mayor para temer que el de quien con él yazca huele a pecado.

Finalizado el baño regreso a la cripta inhóspita del telediario, y claman las voces modernas contra la prehistoria que quiere regalarnos el mandatario estadounidense. Imagino que lo único que le ocurre es que quiere evitar la orina del ajeno, el otro, el extranjero. Le supongo un tipo de escasa imaginación amorosa, de los de coyunda nocturna sin luces y posterior lavado genital urgente. Yo, lo lamento, en el amor como en la vida, prefiero mancharme. Por eso sé que la orina de mi hijo sabe a algodón de azúcar. Los europeos de pancarta y soflama anti Trump desconocen el sabor de la orina mexicana. Pero saborean, cada día, en su baño mediterráneo de yate oneroso, topless feminista, y bronceado fraudulento, ese orín sirio o subsahariano que sabe a miedo, sangre e infancia que ya no... que ya nunca.  

Así que: ¡abajo las fronteras!

Suena bien pero... no sé, no termino de verlo claro. Por eso, sólo espero que este mundo imbécil que estamos edificando, ladrillo a ladrillo, me permita viajar con Munay, para ponerle a mear contra muros y alambradas, para dejarle orinar en el mar. Lamento decir que, hoy, él es mi único pueblo. Y, como no quiero que olvide su historia, le explicaré que al bañarse en el Mediterráneo baña su piel el último orín que brotó de unos riñones como respuesta natural al pánico de ver su vida sumergirse en la marea... y en la ignominia de esta Europa tan libre y democrática que da la espalda a Trump con menos ahínco que a quienes desesperan y pierden la vida clamando, a sus puertas, por la abolición de las fronteras.

Lo dicho: ¡abajo las fronteras! Y, si tienen tiempo y no les da miedo mancharse de la orina ajena, miren y escuchen a personas menos egoístas que yo. Personas que aún se saben pueblo y se empeñan en recordarle su historia...


lunes, 3 de marzo de 2014

hurtar La Belleza

Hace algunos años que tuve la fortuna de horadar con mis ajados zapatos los lustrosos adoquines de Aix-en-Provence, esa memorable urbe francesa en que viera la luz por vez primera ese alquimista del fulgor que fue Paul Cézanne, y por cuyas blancas callejas paseó el eco negro de mi admirada Nina Simone, y la mecanografía tullida de flor y aventura de mi amado Blaise Cendrars.

Una tarde de sobremesa lánguida y pastis mal digerido, pude entregarme a la gloria de perder el rumbo en el gorjeo primaveral de sus calles, sin plan ni objetivo más allá del de soñarme regresando a casa, a una buhardilla desportillada de listones de madera rancia y ebras de tabaco seco, donde me esperaría una vieja Underwood dispuesta a disparar sus teclas de memoria y desengaño contra la diana irregular de un papel de segunda mano (¡cuánto daño hace la literatura!). Evidentemente, la ensoñación quedó en tal, pero por un instante pude gozar de una de sus variaciones, como en esos sueños en que el hilo conductor se pierde para recabar historias aledañas e incomprensibles para la conciencia. A la vuelta de una esquina huérfana de orines, bajo un letrero pulcramente cincelado con la palabra Librairie, refulgía la puerta de pomo niquelado y cristal soñoliento que me dió paso a una suerte de País de las Maravillas que ya hubiese querido para sí la dulce Alicia.

En aquella librería, además de innumerables estantes orondos de gloriosos volúmenes, habitaban dos vitrinas que contenían, con su corazón de tinta expuesto como tras una disección de divinidad, un ejemplar de Las Flores del Mal, primerísima edición, autografiado por su autor para la persona a quien decidió dedicar aquella obra inmortal: Théophile Gautier, y otro, en francés, de la obra de aquel mago de la vida y la palabra que dió en llamarse Henry Miller: Recordar para Recordar, primera edición de Gallimard, 1935.

Contrariando las normas básicas de tan egregio mausoleo, la anciana dependienta espolvoreaba el humo de un amargo cigarro en su atmósfera de papel sin memoria, y las vitrinas, sí, pude comprobarlo, carecían de candado, cierre, pasador o cerrojo que garantizase el buen recaudo de los volúmenes citados. Por vez primera en mi vida me acometió, violenta, la necesidad del hurto premeditado.

Navegamos la vida cual naúfragos de un desastre de salitre y ambición, siempre a la deriva de nuestros deseos insatisfechos. Y no me refiero a lo material, o al menos no sólo a ello. Conocemos personas, amigos, amantes, y deseamos hacerlos nuestros cuando se nos antojan ya inevitables para el buen transcurso de nuestros días, sin reparar en sus sentimientos que, quizás, tal vez, sean bien distintos. Especialmente en el amor, esa peregrina enfermedad. Podríamos acogernos al ideal cristiano del amor altruista y solidario, ése que sólo busca la felicidad del otro. Pero no. De repente entra en nuestra vida, como un torrente brusco de sonrisas, esa mujer que promete, en cada uno de sus gestos, en su caminar de diosa niña, en su dialogar de niña hembra, en su desordenar la atmósfera hembra de nuestras fantasías, el jardín de aquel Edén que relatasen los antiguos escribas. Y, al momento, deseamos agotarla entre nuestros brazos, como haríamos con una copa de vino de esas que, en vez de a la charla y la calma, invitan al silencio crepitante de la actividad carnal.

Nunca podreemos poseer lo que en la mujer (y de la mujer) codiciamos. No es nuestro, y debería bastarnos con la fugacidad de un beso de cordial saludo, la silueta de una metáfora que cante su esplendor, o la contemplación sosegada de su trazo inabarcable. Pero deseando acariciarla, tocarla, tomarla, poseerla, agotarla en nuestra garganta de sed y apetito, desbaratamos la perfección exacta de su belleza. 

Soy consciente, muchas veces así lo aseguro, de que la belleza no debe ser patrimonio de nadie, que no hay persona que ostente el derecho de apropiarse su moneda de gloria eterna. Quizás así lo entendía también la anciana librera de Aix-en-Provence, y por ello dejaba aquellas vitrinas abiertas, cual tentaciones bíblicas, para que todo el que lo desease pudiese descansar, entre las manos, el tedio de años y tinta de aquellas memorables obras literarias sin sentir la comezón ebria de la apropiación indebida. Y no le faltaba razón, sólo esa tranquilidad podía permitir que invadiese de cáncer venidero su breve imperio de letras ajadas, con el humo de su cigarro. 

Aquella mujer, hoy lo comprendo, cultivaba un comprensivo y benévolo talante que estaba por encima del bien y del mal. Pero, uno, a estas alturas de la vida, se reconoce ya demasiado humano, y en ocasiones no le basta con asomarse a la esquiva mirilla de la magnificencia. Al contrario, me siento impelido a echar la puerta abajo, desordenar la estancia como lo haría un guerrero sediento de venganza, y tomar entre las manos el objeto de mi deseo, besarlo, devorarlo, ensuciarlo con mi caricia de zarpa y ansiedad, horadarlo con mi torpeza de sexo desnutrido, despejar su ecuación de carne y latido, poseer su vertiente de humedad, hacerlo mío... tal vez así, más que seguir viviendo, pueda morir en paz sabiendo que fue mía. La Belleza, quiero decir.

Los libros, obvio, no los robé. Se me habrían caído con estrépito al cruzar la puerta de entrada, como se me caen las lágrimas de las mujeres que amo, cuando pienso que ya son mías. Mi pericia en el bandidaje queda siempre en entredicho.

viernes, 7 de septiembre de 2012

artístico deber

Me invade una incómoda sensación de déjà vu, últimamente, al escuchar y leer, de continuo, en rotativos y demás retoños de los mass-media, frases que imaginé ya sepultadas en el último reducto de la memoria y el tiempo. Evitaré circunloquios e iré al grano: "me debo a mi público", "todo se lo debo a mi público", y un sinfín de variantes de tan hipócrita frase se escuchan a menudo en boca de aquellos que el poder mercantil ha decidido erigir en nuevas personalidades públicas. Hablamos, claro está, de cantores, toreros, futbolistas y demás gloriosa troupe del mundo del espectáculo (sí, los futbolistas también, no me dirán que carece de espectacularidad ninguno de los spots televisivos que protagonizan, ni alguno de los deportivos utilitarios desde los que regalan autógrafos a sus enfervorecidos fans). Artistas los llaman, así en genérico, all right! Por cierto: curioso lo cool que me está quedando el artículo en cuanto a términos extranjeros (barbarismos) cuando de algo tan castizo vengo a disertar.

Porque fue en castizos períodos de la historia patria cuando algún popular cantaor de rumbas (o en ese plan) decidió acuñar la frase de marras: "yo me debo a mi público". No pocos adeptos le propició al artista. De bien nacido es ser agradecido, dicen, y el público siempre agradece que aquellos a quien admira le agradezcan el desembolso económico que por ellos realizan sin rechistar.

Aprendí de bien joven a enamorarme de la literatura, sin preocuparme en absoluto por el aspecto o íntimas creencias de aquellos que habían escrito aquellas palabras que me hacían estremecer.
Con el paso de los años y la implacable crecida de la irracional mitomanía, conseguí conocer los malcarados rasgos de un Baudelaire adicto a los estupefacientes, la ruleta de criminales tropelías a que gustó de jugar toda su vida Genet, las explícitas veleidades filonazis de Céline, o la dolorosa verbena lasciva en que gustaba de entretener sus días el Marqués de Sade, por poner sólo algunos ejemplos.

Todos ellos, entre tantos otros, engalanaron sus vidas con la podrida simiente de su cuestionable moralidad, pero también con la bendita siembra de la ineludible Belleza.

Louis-Ferdinand Céline (cortesía de "la red")
Louis-Ferdinand Céline agotó su ajetreada existencia entre ocultos rencores y públicas condenas, y arrastró sin remedio su estigma de criminal vocero de la furia antisemita. Claro, que también emprendió un desolador Viaje al Fin de la Noche en que, no pocos, aprenderíamos los líricos vericuetos de la desesperación y fraternidad humanas, y empezaríamos a venerar ese arte que se moldea con palabras y silencios, con ruidosos sentimientos y amortiguadas orquestas. Gracias a Céline, ese ogro racista, entramos algunos en el florido salón de la alta Literatura.
Habrían de pasar 50 años de su muerte para que el Gobierno francés pretendiese rendirle público homenaje. No sucedió. Pesó más la opinión de los guardianes de la moral.

Por su parte Jean Genet, ensució el paso de los años con los bizarros detritus que expelían las paredes de cárceles y comisarías, los besos de golfos y asesinos, llevando hasta sus consecuencias el total deseo de vivir en el mal absoluto. Sí, transformó al maleante en héroe, pero también tomó entre sus manos la cruel sordidez del crimen y la barbarie, y de entre el crujiente lodo de la abyección extrajo lirios tipográficos de cimbreante belleza, transformando el Diario del Ladrón en un catálogo de emociones fronterizas.
También el Gobierno francés quiso homenajear a Genet. En este caso lo consiguió, por obra y gracia del izquierdismo de postal de barraca de feria de la sociedad francesa. Fue aquí el autor quien denigró el homenaje mirando hacia otro lado.

Ninguno de los dos autores (ni el resto de literatos franceses citados antes) declararon o pretendieron simular hallarse en deuda con público alguno. Su arte se desarrolló como una revuelta carcelaria, como un maremoto provocado por unas pruebas nucleares, como la violación de una virgen en el Altar Mayor. Era Arte concebido en lo más profundo de las entrañas del ser humano. Y es esta Belleza, que brota como pincelada de lava o esfumatto de tormenta, la que yo aprendí a adorar, desde mi más tierna adolescencia, sin importarme lo más mínimo que sus creadores jamás fuesen a sentirse en deuda conmigo, ni siquiera incluso a desearme nada bueno (de haber estado vivos y haberme llegado a conocer). De hecho siguieron escribiendo a pesar de haberse granjeado viscerales odios. Escribían, tal vez, para saldar la deuda que con ellos mismos habían contraído, al nacer.

Hoy estarían mal vistos, y los noticiarios les usurparían incluso la gloria de televisivos minutos que profetizase Andy Warhol.

Tal vez sea culpa mía: quizas sólo admiro el Arte cimentado en las cloacas. Aunque bien pudiera ser que andemos ya chapoteando en las cloacas del Arte.

domingo, 20 de noviembre de 2011

hoy como ayer

Vagabundear las callejuelas de la medina de Tánger y poder disociar en tu cerebro el aroma del hachís de esos otros, adheridos a la cal de las paredes, de cuero, menta, excrementos, pescado en descomposición, cilantro y agua de rosas. 
Es fácil, si es hachís lo que buscas, llegarte al Hafa guiado únicamente por el olfato.
Podríamos imaginar el café envuelto en una bruma de humo denso y fragante, separado, desgajado de la realidad circundante. Otra realidad, ya digo, un lugar aparte del mundo pero instalado en el corazón malherido de lo más mundano de este mundo.

No soy el único que entró en el Hafa buscando deliberadamente apartarse de la sociedad, no, ya lo dije. Incontables remesas de literatos, músicos y artistas de los más diversas disciplinas, han recalado ya, a lo largo de los años en alguna de estas maltratadas sillas que me rodean, aquí, entre incomprensibles murmullos y aguerridos silencios. Conocedor de este hecho, franqueé la frontera de un nuevo cosmos en que habitaban, entre otros, William S. Burroughs y Brian Jones, a partes iguales idolatrados y odiados, famosos, míticos drogotas, y les permití que entraran en la enredadera de sensaciones y sentimientos con que, poco a poco, deliberadamente, fui bosquejando Los Cuadernos del Hafa.

Habrá quien se pregunte de dónde procede la admiración hacia personajes tan insultantemente antisociales e intoxicados. Más aún, alguno llegará a preguntarse si no es el propio autor de estas líneas un irremediable drogadicto e incluso se atreva a aventurar que la obra toda la escribí bajo los efectos enervantes del cannabis. Ni niego, ni desmiento, ni pretendo defenderme de acusación alguna...¡qué pereza!
Por contra, con quijotesca pretensión de deshacer entuertos,  me gustaría esbozar un par de apuntes tendentes a desterrar, por siempre, de la mente de los bienpensantes, la preconcebida idea de que sólo el siglo pasado y sus excesos llevaron a convertir en ídolos a los que se hubiese debido considerar no más que inadaptados.