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jueves, 11 de enero de 2018

el exilio y la voz propia


a Álvaro Suite... profundidad, abrazo, talento y emoción 
 

Hace ya siglos, paseando las callejas de tenderete y soroche de La Paz, en compañía de Miguel Sánchez-Ostiz, conversábamos conviniendo que lo primordial para un escritor, la máxima cima que este puede alcanzar, es lograr una voz propia. Para Miguel, que ha alcanzado los diversos ochomiles del arte literario, tal afirmación era una obviedad, pero para mí era un sueño. Las únicas cimas a mi alcance eran las de las viviendas que, como suspendidas del vacío, desordenan las paredes de esa ciudad vertical que es la metrópoli boliviana.

Todavía me quedan lejos las cimas de lo literario, a pesar de mis dedos como garfios desgarrando el teclado, a diario. Busco mi voz propia, con denuedo. Pero la literatura sigue siendo una novicia a la que deseo violar, con mi sexo de gramática errónea, contra el altar del pensamiento único (analmente, a ser posible, para incrementar así el efecto politícamente incorrecto de la infamia). Al final, todo queda en un ejercicio onanista de sílabas tartamudas y metáforas sin gracia. Además, si algún día alcanzo esa cima de la voz propia, lo único que contemplaré, desde tal altura, será mi soledad andina. Los lectores que no tengo habrán quedado lejos, comiendo raviolis de lata en el campo base.

Pienso que si un escritor necesita una voz propia, igual la necesita un músico... más, en el caso de ser, además, cantante.

El pasado año tuve la fortuna de asistir a un recital de Enrique Bunbury, debidamente acompañado de "sus" Santos Inocentes. Llegaba hasta Madrid, el aragonés errante, para presentar su nueva obra, Expectativas, y lo hacía cargado con la maleta de lo imprevisible, como hace siempre el artista que ha encontrado su voz propia. Porque, reincidiendo en lo literario, creemos conocer bien a un autor, cuando amamos el amarillo costumbre de sus páginas, sólo para que este nos sorprenda con un nuevo volumen en que se reinventa de amarillo hiedra. Pero, entre líneas, seguimos escuchando el caudal áureo de su voz inconfundible, como un regato de orín renovado y valiente. Igual ocurre con los buenos músicos. Igual en el caso de Bunbury, que aparenta cambiar de piel, en cada nuevo disco, cuando sólo desordena el ropero. También en cada nueva gira.

Así lo hizo, de nuevo, en Madrid, el pasado 8 de enero (ya saben, escribo con retraso, por llevar la contraria a la urgencia de los días). Del nuevo disco sólo sonaron cinco temas. El resto que cumplimentaron las dos horas de show emergieron de otras épocas, de trabajos anteriores, como lo harían los buques del Triángulo de las Bermudas si algún día fuesen rescatados de las profundidades: vestida de alga sin relojes su armazón, sí, pero renovada en fabulosos brillos al contacto con la luz de un nuevo sol.

En escena, aquellas canciones perdieron el óxido del tiempo sonando infinitamente nuevas, distintas, extrañas incluso hasta el punto de confundir a parte del público. Pero sonaron magistrales, y fueron pespunteando las costuras de tempo y compás que, en un vuelo nada improvisado, descubría a los espectadores el elegante modelo de alta costura en que se convirtió el recital. Ni siquiera la acústica errónea del local pude deslucir aquella pasarela de prodigios.

Enrique Bunbury, en magnífica instantánea obra de Jose Girl
Enrique Bunbury, es obvio, ya ha alcanzado la cima de su propia voz, y su espectáculo con Los Santos Inocentes, apuntalado en una milimétrica escenografía de luminotecnia sobria y exacta, permitió al personal degustar en toda su amplitud la literatura con que la prosa firme del grupo engarza la lírica de este poeta de los escenarios que, vestido de blanco inmaculado, como de traje primera comunión o de piel naúfrago fronterizo, ejerce de chamán que acompaña, con su voz como caudal de monedas sin cruz, las de quienes, entre el público, celebran un viaje hacia las propias emociones tan revelador como el que se supone al de la ayahuasca. Una especie de exilio voluntario, mínimo, pero necesario, como todos, de tanto en tanto.

Bunbury añade tonalidades a su paleta de sonidos, inventando un lienzo que reordena el presente de sus himnos pretéritos con texturas de tiempo venidero. Croupier desmedido y feroz, baraja su dicción de melodías con los arpegios hieratismo frágil de Jordi Mena, el sutil galopar ritmos de Robert Castellanos, los fulgores en que ciega timbres Santi del Campo y, cómo no, la pasmosa vitalidad riff y elegancia de Álvaro Suite. Bunbury pasea su vocalización por los horizontes atmósfera cero de Jorge Rebenaque, y acuna su cuerpo al compás fronterizo de Quino Béjar, mientras replica contra el público la musculatura con que redobla métricas Ramón Gacías. Bunbury, el músico/artista, se rodea de una banda de artistas/músicos a los que, en vez de hacer sombra, permite sean la sombra que engrandezca su perfil de épica y amianto. Mucho más que un concierto de rock: un viaje, un breve exilio... todo un espectáculo, o sea.

El músico ha encontrado su voz propia, está claro, y yo me pregunto si no tendrá que ver con su permanente exilio. Sí, eso es algo que no le comenté a Miguel, mientras resudábamos las pendientes de La Paz, pero que siempre pensé: el exilio puede que sea el primer paso para encontrar la voz propia, lejos de todos aquellos que te la equivocan dándote la razón o llevándote la contraria... amigos, familia, defensores, detractores y aledaños... eso que aún nos empeñamos en llamar patria. Más allá de las voces que moldean nuestra sintaxis. Remotos de ese griterío que nos enmudece la pronunciación. Así, tal vez le sea más fácil encontrar la voz propia al poeta, el escritor, el músico, el artista. Y pienso en el propio Miguel, tantas veces autoexiliado en Bolivia, o en Juan Goytisolo que, en Marruecos, hizo de el exilio patria. También, claro, en Bunbury, vagabundo de exilios más o menos largos por tierras americanas.

Yo, hoy, extraño ese exilio de dos horas que ofrecen Bunbury y Los Santos Inocentes en cada nuevo concierto. Me siento frente al teclado, de nuevo, para equivocar pensamientos, y añoro, de paso, mis exilios bolivianos, marroquíes... sus noches de verbo fácil. Que por aquellas tierras escribía mejor, creo.

Pero, aun dudando de estos dedos que equivocan la noche con su taconeo de teclas y tabaco, por si acaso, escribo... escribo y sigo buscando mi voz propia.


Fotografía: ©Jose Girl

sábado, 15 de agosto de 2015

vértigo

a Miguel Sánchez-Ostiz

Aciago día este en que las frases no llegan tan siquiera a acariciar la página como tú desearías lo hiciesen: como a esa mujer, o aquella otra, o la de más allá quizás tan sólo para que sienta que la deseas como deseas a la única que hoy te falta. Igual el abrazo, igual la muerte, que llega a horas equivocadas, cuando nadie la ha llamado, a la mesa de comedor, para compartir con nosotros la cena recalentada y la copa en que los hielos perdieron hace tiempo pie yéndose a reposar su suicidio vertical en los fondos submarinos de un viejo vaso de culo gafas de empollón o empresario.

Rafael Chirbes, cortesía de "la red"
Amanezco a la ebriedad tardía de un aniversario, el nuestro, tú sabes, y me enreda la voracidad de los días. Munay crece, nos enreda su sierpe de latido trapo y diástole peluche, correteamos los escasos metros de una vivienda en ruinas, que no es nuestra, que no lo será, sólo por pretender construir ante su pupila de barro limpio la coreografía de la sangre que hace hogar donde nunca lo hubo. Así somos: torpes, inútiles creyentes de una fe que sólo aúlla abrazos donde debería esculpir reprimendas de Jehová... qué le vamos a hacer. Que te lías, que no te explicas, eso me dices una y otra vez, y creo que tienes razón, que si alguien te lee, al menos que entienda. Pues me aclaro: hoy nos ha abandonado alguien a quien admiro (en presente, por mucho que haya decidido abandonarnos). Rafael Chirbes se cansó de luchar. Salud, compañero, y me permito este "compañero" porque alguien a quien quiero nos decidió hermanar en la gloria de sus páginas, no por sentirme, ni mucho menos, a la altura.

Ahora que Cochabamba se me rejuvenece en las macetas en que hundo mis semillas de desaliento y esperanza. Ahora que Bolivia es casi un sueño en blanco y negro. Ahora que la edad me recuerda que es edad porque sus relojes nunca agotan la batería. Ahora que la vida se resarce de mis patochadas y mis grandilocuentes aires de pequeña grandeza. Ahora que Munay descansa, dormido, con el trapo de los días dibujándole una sonrisa de peluche. Ahora que recuerdo paseos por La Paz, veredas de la Prisión de San Pedro, caballitos de juguete y tus manos, Miguel, jugueteando el tacto de mi hijo, Munay, mientras euskaldunas radicales jugaban a inventarte pasados sin haber logrado descubrirte el presente. 

Quiero decir que nada importa mientras me quede esa instantánea en que tú, Miguel, amigo, hermano, querido, revelabas instantáneo el momento que mi hijo jamás conseguirá descubrir en el papel avejentado de una fotografía desvaída por la vida recorrida y el paso del tiempo que nunca existió. Te recuerdo, Miguel, y te abrazo en la distancia que no existe, para recordarte que la muerte es sólo una raspa de pescado que los presos de San Pedro no deseaban desechar... porque sabían que el pescado es caro, ¿y aún dicen que el pescado es caro?, eso dicen, hay muchos que nunca tuvieron la fortuna de poder paladearlo ni atragantarse en sus espinas premonición de vida.

Fallece Rafael Chirbes. Fallece un poco de todos los que invertebramos nuestros espasmos más lúcidos en querencias de verbo que lo explique y desnude todo. Alguien llora lejos, allá en tierras norteñas, y lo más norteño que yo intuyo, en esta noche aciaga, es el amanecer de La Paz, y sus corredores de espanto y sus cholitas de extrarradio y sus abrazos de verdura a medio hacer y coca masticada... y un café en un antro infame que puede enorgullecerse de haber dilapidado las infames correrías de un grupo de personas encadenadas a la vida.

Y, ya, sólo, decir: te quiero. No es preciso poner nombres. Tú sabes quién eres... y lo que has hecho...

Perdona mis letras, como siempre. Perdona mi torpeza, como siempre.