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martes, 27 de abril de 2021

Brian Jones y la costumbre de lo exótico

Salgo de la piel que te he zurcido por dentro, laborioso y tenaz, con el desdeñable afán de descoser jirones de cuero nuevo y exótico. Viajo, por poner tierra de por medio y socavar con arena de olvido el acomodo muelle de tu matriz y tu beso. Vago las veredas huecas y los andenes vacíos en busca del labio que sepa pronunciar mi nombre como si fuese el de un recién nacido. Hoy, así, desde la distancia, lejanos tu pulso y tu palabra, te siento costumbre que pretendo desordenar con el zascandileo ágil de mis botas de viaje. Me acerco al Rif.

Vagabundear las faldas de vegetal mermado y aguacero futuro de la cordillera del Rif, allí donde sus tobillos agrestes se exponen a la mirada procaz del Sur. Enfrentar el deambular hospitalario de campesinos y la verbena de juego y carcajada de chiquillos. Llegas a pensar que es la salida de clase. Los habitantes todos, de pueblos y aldeas, no sólo los niños, salen de clase para enfrentar el bofetón del sol y la caricia del ocio.

Senderos de paseo calmo y abandono sin nostalgia, travesías de la fiebre. El Rif no es sólo estancia en que se recuestan acunadas por el canturreo del viento plantaciones de marihuana y enredaderas de indolencia. El Rif puede mostrar, al caminante, la senda hacia esos sueños que nos habitan con intención de consumarse. Vagabundear, ya digo, las faldas de calma y tierra roturada de la cordillera del Rif, allí donde quieren hacerse turbulencia sureña. Sigo un camino sin norte ni señales de dirección prohibida para mejor olvidar lo consuetudinario de tus brazos en abandono de orgasmos que hicieron nido en mi regazo. Caminar en busca de nuevos recorridos por evadir la celda del día a día. Así Brian Jones, hace años, cuando los Stones que había ayudado a fundar se le antojaban presidio en que languidecían pentagramas y melodías.

Pensamos, siempre, que lo exótico existe sólo para salvarnos de la rutina, ya lo sugería al inicio. No comprendemos que de nosotros depende el colgar el cartel de exótico a la puerta del primer pueblo aislado que profanan nuestras botas de caminante extraño, del primer cuerpo que horadan nuestras gimnasias de amante extranjero. Así se acercó Brian Jones hasta Jajouka, en busca de exotismos que le ahorrasen la rutina rítmica en que creía amodorrados a sus compañeros de filas.


Yo me acerco, hoy, hasta dicho poblado, tras haber abandonado la geometría desordenada de Alcazarquivir, el Gran Alcázar, Ksar el Kebir: caotizada por el gremio no sindicado de la migración rural, a años luz del vendaval tallado en salitre del cercano Larache, me acerco, decía, a Jajouka, para recostar en sus laderas de polifonía y pastoreo el falso ensueño del exotismo. Junto a mí camina Brian Jones. Me habla de música, drogas, sexo y abrigos de piel de cabra. Me habla del éxtasis grandilocuente que provee la música de los Maestros Músicos de Jajouka y yo escuchó al viento silbando melodías de éxodo y derrota. Cuántos de los herederos de tan egregia dinastía filarmónica no habrán ya perdido sus huellas en el camino hacia Ksar el Kebir, en busca del progreso, queriendo olvidar el hambre atrasada y la ruleta rusa de los días idénticos, sepultar su rutina en el exótico sarcófago de la gran ciudad.

Brian Jones llegó a Jajouka, de la mano de Brion Gysin, para perderse en los pentagramas de ritmo y césped de sus laderas. Olvidó su sitar: fermento de herrumbre a la sombra de la rutina. Ya cualquiera toca el sitar, incluso George Harrison, el Beatle iluminado, el sitar viene de lejos, porta hedores de Calcuta y desperdicios del Ganges en la danza portátil de sus cuerdas, exotismos ya rutinarios para los viajeros del rock’n’roll, el hábito ha pervertido el sexo insólito del sitar, así que… marchemos a Jajouka, donde la música es aún pura, honesta, y el hachís despedaza sus notas para que pierdas el norte de tu cuerpo tumbado a la sombra de un arbusto merodeado por mordida de cabras y orín de chicuelos.

Mis pies desordenan un charco de basura en que un chaval escupe su desprecio. Mujeres de edad irreconocible reprenden al chiquillo y me ofrecen dátiles forzosos. El viento acaricia un murmullo que semeja música. Música. Seguro. Eso buscaba Brian Jones. Música inédita, novedosa, temperamental, exótica. Aquí la encontró, y se vistió la piel de cabra del Dios Pan al ritmo de darbukas, gimbris, kamanjas que enredaban el aire con su telaraña de polifonías discordantes.

Lo exótico, ¿dónde se encuentra? Lejos, se dijo el bueno de Brian Jones. Lejos, después, hasta su tierra natal, se llevó enlatados los ritos melódicos de los músicos de Jajouka, desprendiéndoles por siempre de su religiosidad profana al permitir que fuesen profanados por el consuetudinario oído occidental.

Hoy, Jajouka me recibe con una lasitud de siesta y una musicalidad de moscardón veraniego. No encuentro lo exótico en sus callejas, se me antojan iguales a las de cualquier pueblo de la meseta castellana, y me pregunto dónde la costumbre, si en tu piel de laguna quieta o en la musculatura de marejada de esa joven magrebí que me contempla con la incertidumbre agazapada en su mirada. Recuerdo que Brian Jones no sólo perdió la cordura en estas tierras, también la locura mirífica en la mirada de Anita Pallenberg, que adoptó desde entonces el regazo de Keith Richards. Y lo exótico, desde ya, se me antoja costumbre.

viernes, 22 de noviembre de 2019

los corazones expatriados

A Luis Eduardo Aute, músico, poeta, humano... demasiado humano

Una cadencia de trino y un murmurar vientos como noticias caducas el horizonte, cuando la caída en desgracia de una tarde que ya no puede recordar su nombre. Un amasijo de cuerpos desvencijados en tropel de acordes, perdiendo el hilo de lo acontecido en filigranas que mudan sierpe su piel de canción. Un ritmo, una distancia.

La distancia que toma tomar un ferry en las costas gaditanas y apedrear con despedidas el demoledor espejo de un oleaje hecho de sal, parca y herrumbre. El ritmo de marea traicionera que desplaza tu cuerpo sobre 14 kilómetros sembrados de algas, cadáveres y sombras de aeronáuticas que se sueñan gaviotas. 

Y es que sólo 14 kilómetros de humedad separan Europa de África, España de Marruecos, Algeciras de Tánger. 14 es una cifra que puede ser exacta. También puede ser sinónimo de espanto o de regocijo, dependiendo de quién la tenga en mente. Regocijo del viajero que recupera eso llamado vida, desembarazado ya de dictaduras laborales y exabruptos cotidianos. Espanto del inmigrante que expone sus músculos a la natación sin oro olímpico del estrecho de Gibraltar por desembarazarse horas de muerte y futuro que no llega. 14 kilómetros, no más.

Y los cruza el poeta cruzándose en el camino con la poesía cruel de las vidas perdidas.

Luis Eduardo Aute decidió poner tierra y mar de por medio, hace años, en busca de la inspiración que, caprichosa, le preparaba frazada tierna en las calles del zoco tangerino. Así nació, quiero suponer, Slowly, aquel delicioso longplay (disculpen la terminología vintage) con que el artista émulo de Da Vinci quiso sacudir las conciencias de los desmemoriados compatriotas en cuyas mentes sólo existen kilómetrajes de mar gruesa y allende la ídem: que Marruecos es sucio y los moros unos maleantes y acosan a nuestras mujeres y sus hijos sólo comprenden el latrocinio y hoy ahora ya ponen bombas y tenemos más miedo del que sufre que del que hace sufrir.

© Luis Eduardo Aute
Slowly, despacio, calma travesía de los 14 kilómetros. Porque a Tánger se debe llegar en ferry, ya lo decía Brian Jones en Los cuadernos del Hafa. Y así, de idéntica manera, slowly, cruzó el estrecho la estrecha osamenta de ese hombre que quiso ser músico para mejor amar, ese músico que quiso ser hombre para mejor recordar al igual su condición de amante malherido.

Migramos por necesidad, no por gusto, no hagan caso de las prédicas televisivas de tanto español por el mundo, que el español sólo hace patria en idéntico lugar donde la hacen el magrebí, el subsahariano, el andino: familia, amantes, amigos... hay quien lo llama nación, allá ellos. Y bien lo sabe el músico que, cuando niño, miraba al mar desde su Manila natal. Tal vez por eso decidió hacer momentánea patria en las callejas de la medina de Tánger, vagamundear sus laberintos de zócalo inexistente y añil acomplejado tarareando y sufriendo canciones de Jacques Brel hasta dar con sus huesos en las esterillas de aroma rancio y tabaco de segunda mano del Hafa Café. Allí se atrincheró, la mirada perdida en la perdición del hachís y la somnolencia de un ocaso que abre fauces para devorar dos mundos, decidido a resistir las batallas del tiempo con un beso por fusil.

Que migramos por necesidad, sí, no se dejen engañar, no hay El Dorado lejos del orgasmo murmurado entre los labios amados, ni aventura que no mengue ante la gigantoscopia de la añoranza. Todos necesitamos descanso y un hogar al que regresar. Un hogar con paredes de abrazo y suelos de canción, aunque hable esta de amores truncados.

Me siento en una de las desvencijadas sillas del Hafa, enciendo un porro, contemplo la fotografía de gaviotas que coloca el cielo en la pared de su salón, y descubro España allá, a lo lejos, a 14 kilómetros, mientras las mareas cantan la epopeya fúnebre de las barcazas sin dueño y las pateras hambrientas. Aute, a mi lado, descose una sonrisa de vencedor vencido, venciendo las ganas de correr tras un Mick Jagger que, colina abajo, se despeña de amor siguiendo a una mujer ojos de khol y suspiro de orgía en sándalo. Finalmente, prefiere aletargarse bajo el cielo protector para componer una canción con que dar punzada eterna a la costura de lo efímero.

Hablando con Aute, en varias ocasiones, pensé en preguntarle por qué Marruecos. No me atreví a hacerlo, pero dudo que visitase el Magreb sólo por gusto. Quizás lo hiciese por necesidad, como todos los migrantes: necesidad de encontrar la letra de una canción que sonaba en sus oídos desde tiempos inmemoriales. Por mi parte, puedo asegurar que no marché a Marruecos buscando el amor soñado, por más que lo encontrase, que lo hice huyendo de otro amor que sólo se atrevía a decir el nombre de otro con quien nunca me gustó jugar al una de dos. Y es que migraciones del corazón son migraciones forzosas. Como todas, ya lo he dicho 

miércoles, 5 de febrero de 2014

el sombrero de William S. Burroughs

Paseo días de escarcha y hormigón mientras las calles de la ciudad me pasean como un invierno de cuchillos. El tañido del viento acompasa mi caminar como un réquiem pertinaz. Y arriba, donde suponemos fraguan los pensamientos, en la azotea mínima y voluble del cráneo, estos días, me resplandece una herida de amor y miedo. Paseo mi herida, por la ciudad, como si de una alopecia hambrienta se tratase. Es la calvicie, que reclama su tierra de oro y nada para erigir un imperio de transparencia, digo a quien me pregunta.

Los vientos norte y febrero de un invierno insidioso juegan ajedrez, estos días, en la promesa de tiempo perdido de mi calvicie, y yo recuerdo la testa luminosa y ciega de William S. Burrougs, que nació un día como hoy, hace ya exactamente 100 años. Podría haber sido un 3 o un 7 de enero, qué sé yo, pero fue un 5 de febrero, en algún punto inconcreto del Estado de Missouri, en los EE.UU.

William S. Burroughs, cortesía de "la red"
Y hoy, mi cabeza abierta al hachazo de vendaval y comercio del invierno madrileño, hoy, 5 de febrero, ya digo, recuerdo a William S. Burroughs y siento pudor de mi herida, noto que escapa de ella una tormenta de arquitecturas hembra y miel, una deflagración de cabellos perdidos en la hoguera de los dedos, un improperio de labios como veleros sin timón, un estallido mudo de lágrimas desorientadas que, al fin, saben a vientre y limón... y temo tiznar la ciudad con una hemorragia de risa, amor, sexo y melancolía. ¡Qué le vamos a hacer!, uno, de vez en cuando, como los gobernantes, también piensa en sus conciudadanos y prefiere ahorrarles el espectáculo de guiñol y llaga de su amor. Por eso, hoy, la herida de mi cabeza, mi calvicie tenaz, me resulta molesta y temo que, sin desearlo, dañe a los circundantes. Es entonces que comprendo a Burroughs. Porque él ocultaba la transgresora espesura tipográfica de sus ideas bajo la nube de fieltro y elegancia de su sombrero. Así podía caminar las calles como un educado caballero de clase media. A mí, hoy, sin el sombrero de Burroughs, se me ven las ideas, y son demasiado violentas, obscenas o sinceras, para el que se tope con mi deambular madrileño.

Parece que le sangra la cabeza, me dice un transeúnte. Despreocúpese, es la calva que hoy ha amanecido púrpura, como el corazón, respondo yo, para evitar alarmismos.

Me enredo, disculpen. Sólo pretendía homenajear al escritor norteamericano el día en que hubiese cumplido 100 años. No voy a hacer alabanza de sus letras, tan demoledoras, incautas e incomprendidas a pesar de agasajadas. Sólo quiero decir que hoy, cuando la cabeza me sangra aromas de mujer por una herida con femenina silueta de calvicie, descubro por qué Burroughs nunca se quitaba el sombrero: no quería asustar a los paseantes con su carnicería de sensaciones límite esculpidas a la sombra de la lucidez políticamente correcta. Una vez se quitó el sombrero, en Tánger, y de éste brotó la obra que le haría inmortal: El Almuerzo Desnudo. Es comprensible: cualquier calleja del zoco de Tánger es más abigarrada, bizarra y desmesurada que las ideas del propio Burroughs. Durante unos días la ciudad marroquí le proporcionó cobijo, mayún y cuerpos adolescentes, y él volcó en papel lo que habitaba el tullido mapamundi de fieltro de su sombrero. Simplemente eso: la importancia del sombrero de Burroughs, llevó a un servidor: a escribir Los Cuadernos del Hafa y narrar en sus páginas sus vivencias tangerinas, mientras frecuentaba al matrimonio Bowles y naufragaba en los guateques de orgía y THC de la jet-set; a recuperar la maltrecha figura de Brian Jones, líder primigenio de The Rolling Stones; a explicar los motivos de su misteriosa muerte y, de paso, la de toda una época cultural y creativa; a anudarlo, todo, a las alegrías y pesares de un puñado de marroquíes y algún que otro extranjero...

A Burroughs: feliz cumpleaños y... gracias por todo lo que (sin saberlo) me has regalado. Aunque hoy te envidio la elegancia de ese sombrero que, de ser mío, podría esconderme la herida. Creo que la literatura se organiza mejor bajo un sombrero. Yo, sin sombrero, pierdo las ideas. Las palabras brotan a borbotones escarlata a través de una herida con suturas de alopecia, y quedan irremediablemente desestructuradas en su precipitado huir por las avenidas metropolitanas del viento.

viernes, 23 de marzo de 2012

harén literario

Popularizaron los gerifaltes del Imperio Otomano el término harén para designar aquellos lugares en que confinaban, sumisas, dóciles y dispuestas a los delicuescentes deseos del sultán, a las más bellas y cultivadas de entre las mujeres del Imperio. Sí, he dicho cultivadas, no sólo de sexo vivía el monarca. Quiere decir esto que el harén turco suponía lugar de esparcimiento, no sólo sensual sino también intelectual, de aquel que dirigía, con férrea disciplina, los designios de la gran nación. Y, a pesar de haber instalado, los otomanos, en el imaginario colectivo, imágenes de suntuosas orgías, delineadas fronteras de piel resbalando en la lubricidad refulgente del exceso, no fue invento suyo el harén, sino que el reservado recinto ya había sido utilizado por los antiguos griegos y egipcios, los musulmanes de la India y los señores de Al-Andalus. El Gran Sultán otomano, ya digo, fue quien embadurnó tales impúdicos recintos con un barniz de deliciosas erudiciones, confinando allí a las mujeres no sólo en virtud de sus talentos amatorios sino, además, de sus capacidades intelectuales. Concedamos pues a estos antiguos emperadores el beneficio de la duda, antes de recluirlos en la lóbrega mazmorra del crimen.

Cuando niño, a temprana edad, comencé a cultivar yo la huida como iniciática expedición. Jugaban los compañeros, en la arboleda ruidosa del recreo, a perseguir la elipse furiosa de un balón de cuero. Yo huía de aquellos juegos. Mi fuga me orientaba a transitar las amarillas páginas en que Holden Caulfield trocaba los infantiles pasatiempos por filosóficas charlas con el profesor Spencer, o tiernas intimidades con Sunny, la joven prostituta. Escabullía yo, pues, los juegos de la niñez, por pasar un rato sintiéndome El Guardián entre el Centeno. Por jugar a la vida, no al fútbol. Como Brian Jones en Los Cuadernos del Hafa.
Cada nuevo día me veía ignorando las atropelladas escaramuzas deportivas de mis compañeros, y me guarecía entre las páginas de un libro en que Emil Sinclair aprendía a comprender que en todo Dios conocido debe habitar un Diablo, que el amor no es coto cerrado para los adolescentes, sino luminosa fuente de conocimiento brotada de los brazos tallados en sueño de Frau Eva. Me guarecía yo, sintiéndome Demian, en las refriegas emocionales de una vida más real que la de la escaramuza balompédica.

Es así que paseé mi adolescencia por entre los suntuosos salones de mi particular harén literario. Buscaba goce, sensualidad, volptuosa concupiscencia, no lo niego. Pero, a la par, anhelaba aprehender los ritmos aciagos del conocimiento y la duda.

Igual los sultanes del extinto Imperio Otomano. No hallaban en el harén, únicamente, el goce sensorial que las odaliscas extraían de sus miembros aletargados. Disfrutaban también el espiritual deleite de una canción susurrada, unas líricas líneas dulcemente declamadas, una pugna dialéctica apenas murmurada. El harén como huida y refugio de una vida que no lo era, una vida de absurdas batallas de las que debía emerger un absurdo vencedor. Como en el fútbol.

Hoy, aún, existen, aunque sean otros, los sultanes. Se disfrazan de demócratas defensores de la igualdad femenina, y confinan a la hembra en cárceles sin barrotes, disfrazando su encierro con ropas, vestidos, perfumes, cremas y afeites. Nunca más la mujer recluida en un inmundo harén. Liberación e igualdad. Ya incluso puede la mujer jugar al fútbol, esa vida falsa.

martes, 31 de enero de 2012

he venido a hablar de mi libro

Aprovecho para hacer público, aquí, mi incómoda reacción cada vez que algún conciudadano recuerda la frase que intitula esta entrada como la única que conocen del Maestro Francisco Umbral
Acepto la envidia patria, consiento con el machismo verbal (y más allá) de mis vecinos, no me ofende el gusto unánime por el balompié de la práctica totalidad de la ciudadanía, pero me indigna y conmueve que al mayor artesano de palabras que ha dado este país sólo se le recuerde por aquella enérgica frase, enérgicamente pronunciada, en un programa televisivo, hace ya tiempo, demasiado.
Así que espero no escupan carcajadas al comprobar que hoy vengo yo a hacer lo mismo: hablar de mi libro. Hoy quiero hacerlo, he de hacerlo. Ahora que ya casi acaricio el lomo de ese ejemplar impreso con mi primera novela, me veo en la obligación (hacia mí, al menos) de dar ciertas explicaciones. 

A partir de mañana estará a la venta Los Cuadernos del Hafa

¿Qué son estos Cuadernos? ¿Qué es el Hafa? ¿De qué va el libro? (esta pregunta me enerva)


Sólo unos breves apuntes

Comencé la escritura de los Cuadernos del Hafa como juego y como deber. Si alguna vez debía dar fin a una obra literaria que pudiese considerarse tal, ésta debía glosar mis andanzas por tierras magrebíes. El Magreb, para mí, nació en el Hafa Café, en Tánger, mucho tiempo antes de que mis pies recorriesen su perímetro sagrado. Mis implicaciones con la gente de Marruecos no han hecho sino crecer con el paso de los años, alcanzando ese contradictorio estado al que denominamos amor: un espacio delimitado a partes iguales por fronteras de atracción y rechazo. Alrededor del Hafa comenzó a urdirse la historia y, como toda historia que mis dedos puedan deletrear algún día, debía de ser una historia de amor, o no sería. Así que historia de amor con todo lo que ello implica: deseo, pasión, dolor, abandono, latido, euforia, desesperanza. Por supuesto, la historia nace en Tánger pero se desarrolla recorriendo diversos enclaves marroquíes: Chaouen, Asilah, Meknés, Merzouga...

Por otra parte, mis numerosos deambulares por la medina tangerina han sido siempre acompañados por los ecos de pasos egregios: los de todos aquellos literatos, músicos, poetas, colgados, rufianes, artistas que un día habitaron tan promiscua ciudad. Así que alguno que otro debía entrar también en Los Cuadernos del Hafa. Entraron, por la puerta principal y con grandes honores, William S. Burroughs y Brian Jones. Por pequeños ojos de buey asomaron muchos otros. Así que acudieron a mi llamada, los citados, y acompañaron al narrador en su devenir vital por tierras de Allah. A él y a la prostituta Aanisa, el periodista Munir, y muchos otros, entrecruzando con ellos vivencias que, a todos, les cambiarían sus vidas para siempre.

Claro, no lo olvido: dije al principio que es juego mi primera obra literaria. Juego es permanecer despierto, atento, seguir la senda de migas de pan de las normas no escritas. Así que los protagonistas de Los Cuadernos del Hafa juegan y hacen jugar. Su historia salta en el tiempo, en la forma. Salta y chapotea sobre las frases como sobre charcos de lluvia, engendrando concéntricas ondas de palabras que se enhebran y se estiran hasta el difumino.Y, como lector, te obliga también a saltar, atento de no caer, siempre pendiente del hilo, como un funambulista. Está de más que yo lo diga pero...merece la pena el esfuerzo: no resbalar y llegar al final para descubrir el mecanismo íntimo del juego. Claro, ya lo sabéis: ningún pasatiempo es fácil si pretendemos no perder la partida a la primera.

Y después de esto preguntaréis...¿no habías venido a hablar de tu libro? Sí, lo pretendía, pero sería vano intento emular al Maestro. Yo vine a hablar de mi libro, pero no alcanzo más que a emitir torpes gorgoteos. No estoy a su altura.

P.S.: si a pesar de la inexactitud, alguien se atreve a entrar en el Hafa conmigo, os ruego me lo hagáis saber, antes de adquirir el libro, para buscar la manera de agradeceróslo personalmente y estampar una cuidada dedicatoria en vuestro ejemplar. Salvo que vengáis a la "puesta de largo" el día 7. En tal caso tenéis asegurado mi abrazo.




lunes, 23 de enero de 2012

la fama cuesta...

Me pretende incitar un amigo a comentar algo relativo al hundimiento del crucero Concordia. Me revuelvo replicando con mi ausencia de interés por tan desgraciado accidente. Ya está en boca de todos y no veo al asunto la más mínima importancia. Mayores desgracias suceden. Discúlpenme los familiares de las víctimas.
Pero debido, efectivamente, a la categoría de Gran Noticia de este iniciático inicio de año, que ha adquirido el citado naufragio, vamos desentrañando, día a día, las implicaciones y subterfugios de algo más parecido a un culebrón brasileño que a un accidente marítimo. El capitán, o sea, el gran culpable, y su extenso catálogo de faltas y delitos.

Pero no se crean, hay más culpables. Dígase los carabinieri que intervinieron en el rescate. Esto no es seguro, pero así se desprende de las indignadas soflamas que, contra ellos, barbotea uno de los supervivientes, sorprendido por las cámaras de televisión, incitado de esta manera a utilizar sus escasos minutos de fama. El caso es que el fallido viajero, se alarga en su explicación de las maniobras erróneas que los carabinieri utilizaron para sacarles con vida del buque. Ni que decir tiene que él lo habría hecho mejor. Sobra explicar que el espontáneo reportero conocía, mejor que los equipos de salvamento italianos, los métodos a utilizar en tan grave situación.

Anita Pallenberg & Brian Jones (cortesía de "la red")
Fue el artista Andy Warhol quien proclamó la total seguridad de que los nuevos tiempos darían a cada ciudadano sus 15 minutos de fama. No dió, el padre del arte pop, las indicaciones precisas para aprovechar esos 15 minutos al menos la mitad de bien que él lo había hecho. Sólo nos otorgó, al resto de la humanidad, la seguridad de que la popularidad aguardaba a la vuelta de la esquina. Profetizó la invasión inmisericorde de los mass media, y puso al alcance de los más despiertos la posibilidad de hacerse célebres utilizando los mismos. Así, siguiendo sus indicaciones, muchos se convirtieron en iconos de la sórdida modernidad del pasado siglo. Aprovecharon las cámaras, claro, para exhibir sus dotes artísticas o, a falta de éstas, al menos sus hermosos físicos. Ejemplos de ello fueron Anita Pallenberg (bella, hipercerebral modelo y artista) y Brian Jones (bello, incombustible drogata y músico).

Aparte que el agraviado turista hispano que se indigna frente a las cámaras de televisión no es especialmente agraciado, en el plano físico, menosprecia sus minutos de fama  vituperando y desdeñando las maniobras de aquellos que, en situación de emergencia, y con el ánimo de salvar su vida y la de los que en su mismo trance se hallaban, realizaron maniobras según él erróneas. Podría haber glosado su épica hazaña tratando de salvar a los compañeros de infortunio, por ejemplo, aunque fuese falso (nadie intentaría comprobarlo). Los cachorros de Warhol, frente a una cámara, sólo hablaban de elos mismos, o simplemente se exhibían, libres de ataduras tan sólidas y tramposas como el desprestigio del trabajo ajeno. Sabían lo que hacían.

Por cierto, no sé si he comentado que Anita Pallenberg y Brian Jones son dos de los protagonistas de mi novela Los Cuadernos del Hafa, de inminente publicación. Tengo que comenzar a utilizar los medios disponibles...la fama cuesta.

domingo, 20 de noviembre de 2011

hoy como ayer

Vagabundear las callejuelas de la medina de Tánger y poder disociar en tu cerebro el aroma del hachís de esos otros, adheridos a la cal de las paredes, de cuero, menta, excrementos, pescado en descomposición, cilantro y agua de rosas. 
Es fácil, si es hachís lo que buscas, llegarte al Hafa guiado únicamente por el olfato.
Podríamos imaginar el café envuelto en una bruma de humo denso y fragante, separado, desgajado de la realidad circundante. Otra realidad, ya digo, un lugar aparte del mundo pero instalado en el corazón malherido de lo más mundano de este mundo.

No soy el único que entró en el Hafa buscando deliberadamente apartarse de la sociedad, no, ya lo dije. Incontables remesas de literatos, músicos y artistas de los más diversas disciplinas, han recalado ya, a lo largo de los años en alguna de estas maltratadas sillas que me rodean, aquí, entre incomprensibles murmullos y aguerridos silencios. Conocedor de este hecho, franqueé la frontera de un nuevo cosmos en que habitaban, entre otros, William S. Burroughs y Brian Jones, a partes iguales idolatrados y odiados, famosos, míticos drogotas, y les permití que entraran en la enredadera de sensaciones y sentimientos con que, poco a poco, deliberadamente, fui bosquejando Los Cuadernos del Hafa.

Habrá quien se pregunte de dónde procede la admiración hacia personajes tan insultantemente antisociales e intoxicados. Más aún, alguno llegará a preguntarse si no es el propio autor de estas líneas un irremediable drogadicto e incluso se atreva a aventurar que la obra toda la escribí bajo los efectos enervantes del cannabis. Ni niego, ni desmiento, ni pretendo defenderme de acusación alguna...¡qué pereza!
Por contra, con quijotesca pretensión de deshacer entuertos,  me gustaría esbozar un par de apuntes tendentes a desterrar, por siempre, de la mente de los bienpensantes, la preconcebida idea de que sólo el siglo pasado y sus excesos llevaron a convertir en ídolos a los que se hubiese debido considerar no más que inadaptados.