Mostrando entradas con la etiqueta Allah. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Allah. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de diciembre de 2014

libertad de culto

Que el sentimiento religioso es moneda de común intercambio a lo largo y ancho del orbe conocido, es obvio. Desde las feligresías buenistas de los discípulos de Buda, a las catacumbas macho de la fe de Cristo, pasando por la metralla servil de los yihadistas de Allah, y sin olvidar los sectarios equívocos de doncellas que dejan de serlo una vez embestidas por iluminados neoprofetas, la religión devora el mundo cual tsunami falaz o embustero corrimiento de tierras.

En ocasiones me pregunto de dónde nace el sentimiento religioso. O de dónde nos lo nacen, más bien. Tal vez sólo sea una manera de prepararnos para tanto sufrimiento, ya saben: espíritu de sacrificio y toda la prosopopeya adjunta: prepárate, la vida es dura, a nadie le regalan nada, la felicidad no existe, etecé ad nauseam. Por ello: ten fe en algo. Aunque ese algo vista taparrabos censor mientras ejercita contorsionismos de sangre obscena sobre una cruz de madera.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza comprender más tarde, acertó el poeta. Pero aún hay quienes entendemos en los versos de arritmia desenfocada de Gil de Biedma el latigazo eléctrico de la vida como dolor sensorial en que se anula todo sentimiento moral o religioso. Y es que el sufrimiento de la vida se reduce a no poder llamarla por su nombre porque otros se empeñan en robarle su apellido. Nada más. El resto, en este caso, no es poesía. Tal vez sea religión.

Leo (y he de releer frotándome los ojos con exageración de viñeta humorística) la "noticia" acaecida hace unos tiempos (sigo escribiendo con retraso) en las que fueron tierras de Al-Andalus. Ya lo vociferaban en cenas de empresa y celebraciones varias aquellos cantamañanas que acurrucaban las noches de no pocos encorbatados ebrios: Sevilla tiene un color especial. Y tanto: resulta que el Juzgado de Primera Instancia número 26 (si no les suena ese número deberían indagar) de la citada ciudad, ha resuelto en auto que un menor de edad debe acudir a clases de catequesis preparatorias de la primera comunión de manera obligatoria. No invento, viene en eso que seguimos (a pesar de todo) llamando prensa.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde. Un buen día uno se pregunta por qué el hecho de escribir y publicar libros, artículos, ensayos, cosas, no podría ser labor suficiente para ganar el sustento, como ocurría antaño, cuando eso llamado literatura, tenía su precio de mercado (¿no queríamos, acaso, mercado?) y como tal era valorizaba gracias al consumo más o menos exitoso por parte del público lector. Eran otros tiempos, cierto. También otros valores. Aún no se había inaugurado el reinado del todo vale y vale más si es gratis. Aún se leía. Todavía no se consumía. Porque, recuerden, cada vez que se reconocen en el término consumidor, que quien de seguro se consume es el enfermo terminal. La literatura no. La literatura se lee, y después se aprecia o desprecia, a cada cual su gusto.

Me enredo y sólo venía a decir que olvidé hace tiempo los preceptos religiosos, y denosté el judeocristiano espíritu de sacrificio y sufrimiento. Claro que, ahora lo pienso, no llegué a ser tan rebelde, y así me atreví a tener fe en algo. Por ello aún defiendo como dogma el que cada humano porta un don con el que poder hacer carrera, o sobre el que poder construir hogar y vida, una labor en que laborar, un trabajo con el que alimentarse, sin tener por ello que alimentar más a quien no lo ejercita. Discúlpenme, aún tengo fe en que escribiendo pueda llegar a vivir, sí, porque el que escribe también trabaja, aunque le guste. Por eso aún tengo fe en que el término trabajo, algún día, deje de ser antónimo de vida. Por eso sigo aquí, apurando las últimas gotas de la última botella de güisqui que el bolsillo me permitió adquirir, pegado a un teclado y desangrando mi cuello sobre la pantalla en blanco, al ritmo sinfónico de una cuchillada de luna llena. Y es que la fe, si no se tiene, hay que forzarla. En caso contrario, la cuchillada debería proporcionársela uno mismo. Por dejar de sufrir y evitar más sufrimiento a los allegados, mayormente.

Quiero pensar que, tal vez, la Justicia, al fin, sea ciega, y haya decidido mostrar su invidencia en un Juzgado de Sevilla, obligando a un menor que se considera no creyente a acudir a clases de fe que le restituyan a la vida. La fe, si no se tiene, hay que forzarla, insisto.

Leyendo en profundidad la citada noticia, descubre uno que todo respondía a una cuestión de custodias paternas. La madre del menor obligado por auto judicial a reingresar a la fe católica es no creyente, mientras el padre abraza los brazos extendidos de Cristo (pero sin acompañamiento de clavos, tampoco hay que excederse). Ambos progenitores están separados, y juegan desde hace tiempo a establecer campo de batalla en la mente inocente y pacífica de su vástago. Cuestión de custodias, ya digo. A lo cual me pregunto quién custodia, hoy, la libertad de ejercer el libre raciocinio que nos diferencia (dicen) de los animales, y si no serán los mismos que convierten la literatura en objeto de consumo que debe llevar marca de alta editorial para que merezca pagar por ella. Los mismos, al fin, que deciden con los ojos vendados lo que es o no justo y obligado.

Gracias por leer, aunque sea gratis. ¡Y, amén! Aunque en Sevilla, tal vez, dijesen: ¡y, olé!

sábado, 26 de julio de 2014

un don celestial

Días en que la rabia mordisquea mis latidos y la impotencia asfixia mis lamentos, de sentirme muñeco oxidado en las estanterías del desuso, mientras asisto (como el medio mundo supuestamente informado) al tropel de tropelías que los ejércitos del Holocausto ejercen incivilmente sobre civiles indefensos. Me refiero, evidentemente, al premeditado, calculado y pausado exterminio de la población palestina. Pero mejor no hablar de ello, que luego me tildan de radical, como ocurrió no hace mucho en público debate en que se trataba de arrojar un poco de luz histórica sobre tan tremebunda situación.

Así que, en cualquier caso, haciendo gala de radicalismos más amables, me abandono estos días a una drástica, frenética, extremista escucha sincopada de las obras musicales de David Bowie, ese Dios. Y me entra la duda, no se crean, al pensar qué ocurriría de ser Bowie el Jehová de los judíos, o el Allah de los musulmanes, aunque de más esté pensar que estos genocidios y terrorismos responden, aún, a cuestiones religiosas. Salvo si recordamos que la religión es herramienta política para el sometimiento de los pueblos (el opio ya se lo fumaron y parece que les sentó mal). Pero eso es otra cuestión, ya digo, y pido disculpas por abundar, a pesar de todo, en el tema. 

David Bowie, cortesía de "la red"
Retomo el hilo y aclaro que hoy quiero hablar del músico británico. Bowie, nacido David Robert Jones, hace ya casi 70 años, ha surcado las marejadas de modas y melodías con la sincronía perfecta del veterano marino, ése que arrumba temores y abruma licores cada vez que se pone al mando de navíos y fragatas. Él ha sido todo y aún lo es, y su discografía da para concienzudo estudio de lo que la música popular ha sido hasta que llegaron los adalides de la mercadotecnia glotona y la lírica sin prosa. Y aun, todavía, sigue remando Amazonas que algunos pretenden Aqueronte dada la avanzada edad del cantante. Pero la música, amigos, como Dios, no tiene edad, y las armonías que un día nos hicieron estremecer lograrán hacerlo hasta que Caronte nos ceda plaza en su barquita de espanto y sosiego.

Así que escucho una y otra vez Space Oddity, y pienso en ese Mayor Tom que se perdió en el espacio, quizás buscando el origen del Universo. Resulta que si el Mayor Tom regresó al planeta Tierra, alguna vez, fue para convertirse en adicto a las drogas duras y comprender que todo su mundo se había resquebrajado. Así lo recordó Bowie en Ashes to Ashes. Si el citado personaje se hubiese dedicado a acudir a misa los domingos y fiestas de guardar tal vez se hubiese ahorrado tal debacle vital. Tan claro tienen sacerdotes, rabinos y demás depositarios de la verdad revelada la procedencia, nombre y leyes de Dios. Sin ir más lejos, la Conferencia Episcopal española, que pocos días atrás advirtió a sus feligreses del pecado nefando de llevar la contraria a su divino hacedor pensando que la identidad sexual pueda ser una opción personal. Así lo han asegurado los portavoces de Cristo en esta Tierra nuestra que ya sólo barro aparenta, y cito: "Algunos creen erróneamente que cada uno puede optar o elegir la orientación sexual independientemente del cuerpo con que ha nacido. Pero la identidad sexual no se elige, es un don que se recibe". Ahí queda eso.

Hago oídos sordos y regreso a Bowie, y le escucho contoneando su indefinición sexual en Jean Genie, y contemplo su rostro desdibujado de purpurina y colorete, y rememoro los dimes y diretes de aquella supuesta relación sexual con Mick Jagger, entre otros. Ante tal entrega radical al casi setentón bardo inglés no puedo más que preguntarme qué hubiese sido de mí de haber descubierto su música a más temprana edad. Quizás hubiese decantado mi identidad sexual hacia el macho, contraviniendo así los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Claro que podría defenderme en este nuevo proceso inquisitorial que se nos impone con la sutileza de un vampírico mordisco en la nuez alegando que mi sexualidad es don por Dios otorgado: porque Bowie, para un servidor, es lo más parecido a Dios.

Suena Heroes y pienso en las murallas tras las que el Estado de Israel comenzó a organizar un nuevo Mauthausen en que, como en el de Hitler,  proceder al calculado y poco religioso exterminio de una raza, en nombre de un certificado de propiedad dictado por un Dios envidioso y justiciero en libros que ya pocos leen y en cuyas letras muchos aseguran hallar su identidad, si no sexual, si comportamental. Bien es cierto que sus métodos son más inmediatos y menos maquiavélicos que los que con los suyos emplearon los nazis. 

Pero hemos de recordar que no sólo judíos fueron exterminados allá, o en Dachau, también (entre otros muchos) homosexuales. Qué manía la de los dioses bíblicos con la identidad sexual. Me pregunto qué hubiese ocurrido, en nuestro planeta, si Bowie fuese, al fin, reconocido como Dios. Un servidor, a pesar de todo, hubiese seguido los pasos del músico, hasta lograr matrimonio con una venus somalí como esa Iman que acompaña, desde hace años, su envidiable vejez.

viernes, 24 de enero de 2014

el extranjero

Que esa desmesurada nación que da en autonombrarse líder mundial (los Estados Unidos, o sea) aviva un crisol de vidas y vivencias tan amplio como extravagante, está fuera de toda duda. Por ello acuden los noticiarios patrios a las agencias de prensa norteamericanas, cuando carecen de novedad con que llenar el vacío informativo que provoca la provocativa ocultación premeditada de los pornográficos latrocinios de El Mercado, la peligrosa deriva del Gobierno hacia pitecantrópicas actitudes predarwinianas, la vergüenza de una población más muda que un protagonista de cine ídem,  y un largo etcétera que ya nos atraganta a más de uno la gana de seguir viviendo en España y nos hace dar el salto definitivo que nos convierta en inmigrantes ilegales.

De tal desesperada búsqueda surge una, en principio, cómica primicia. Resulta que en Kentucky (¡qué sonoridad!), hace unos días, un preso de 41 años (la edad es importante) logró burlar las estrictas normas de seguridad de la institución penitenciaria en que cumplía condena por robo y falsificación documental. Hasta aquí todo normal, si de alguna libertad gozan los presos es de la de poder soñar con ella. El cautivo se liberó y así permaneció (libre) durante casi 20 horas. Resulta que más tiempo no pudo pasar en el exterior, las temperaturas en la zona rondaban los -20º, y el infortunado fugitivo decidió reingresar, por propia voluntad, a la cárcel de la que había escapado horas antes.

Vivo estos días en Marruecos, donde me acunan abrazos de vendaval y arrumacos de borrasca. O sea, que el país del norte de África se ve azotado por una gélida temperatura a la que uno (ya dije que la edad es importante) no comprende cómo adaptarse. A pesar de ello, el espantajo desvaído de mi figura despieza el empedrado con sombras de extrarradio. Mientras los marroquíes me acribillan con pupilas de óxido y tiempo detenido, yo merodeo las menudencias de relojes que se deshilachan en ternura de minutos perdidos, caminando sin rumbo ni prisa, sin motivo ni propósito alguno más allá del de permanecer en movimiento.

En ocasiones me invade una suerte de saudade de saldo y me pregunto por qué viajar, para qué sigo viajando, qué obtengo de aquí o de allá, si sólo logro sentirme El Extranjero. No somos pocos quienes acudimos cual tropa de Ulises a la ebria llamada de sirenas que habitan no sólo mareas sino también selvas, arrecifes, cadenas montañosas, pueblos, ciudades, poblados, metrópolis. Recorremos los senderos que otros hollaron pretendiendo descubrir ocultos caminos de migas de pan que devoramos como si en su dieta de esponja habitase la pócima de la eterna juventud. Creemos apurar la vida mientras es ésta quien nos consume a nosotros. Es por ello que, a medida que los años desnudan su vendaje de momia recién nacida, comenzamos (al menos, tal es mi caso) a elucubrar con la posibilidad de un hogar. Anhelamos regresar a casa, a alguna casa.

Marruecos, ya decía, es frío estos días, y sus calles son revuelo de chilabas y multicolor aguacero de babuchas, las voces de los imames colorean el cielo de Allah con tormentas engendradas por un Van Gogh africano, los minaretes se esfuerzan por hacer cosquillas a una manada de nubes ansiosas de vegetal condumio... Es por ello que decido emprender nuevos caminos. Lamento reconocer que la temperatura (al menos a mi edad), cuando juega en los sótanos de los termómetros, se torna ingrato recreo del que deseo huir, como cuando regresaba a aquellas aulas en que aprendimos que incluso las palabras duelen (además de a despejar de raíces las raíces cuadradas, descubrir que la caída de una manzana tiene burda belleza de ecuación, o cosas igual de inservibles para eso que llamamos vida). Pero ademas de abandonar el frío, reingresaré (al menos, temporalmente), como el recluso frustrado de la noticia, a mi cárcel favorita, la que unos llaman amor, otros sexo, y yo no logró discernir qué porcentajes de ambas contiene al nacer de su dulce cópula. O sea, que es lo mismo, el amor, ese presidio.

Así, a mí, como al preso de Kentucky, me vence el frío, y anhelo ya reingresar en la celda infructuosa de la pasión. Encerrarme tras los inquebrantables barrotes de su abrazo de metal y promesa, ingresar a la mazmorra húmeda de su voz de lluvia, cumplir condena por hurtarle un beso procaz o por rebanarle, con daga de filo de orgasmo, el cuello a la madrugada, confinarme tras los muros de una celda que la argamasa dúctil de flujos, caricias, susurros, dientes, dedos, cabellos y saliva tornaron inexpugnable.

Lo sé, no seré allí tan libre como cuando viajo y mis decisiones trazan el camino, cuando soy El Extranjero. Pero ahora, ya digo, en Marruecos hace frío, y tras las rejas del amor, aunque carezca de libertad de decisión, sé que hay una temperatura de labios. Allí, ella caldeará mi piel marchita con su valiente frazada de sonrisa, y refulgirán como fusibles sus divinos barrotes de cuello, cabello y pubis.

Deberíamos hacer caso del de Kentucky, quienes nos creemos más libres por andar siempre de viaje. Parece ser que dijo, a su regreso al penal: "... en la cárcel, al menos, no me moriré de frío..."

viernes, 13 de septiembre de 2013

conciencia revolucionaria

Soñaba Oriente con un futuro libre de yugos y florido de libertades, hace no mucho, cuando aquel revuelo de indignaciones y esperanzas que dimos en llamar Primavera Árabe. Ciudadanos que acariciaban ya la quimera de poder actuar como tales, paseaban banderas como trapos y abrazos como hiedra que soñaba invadir de verde y luz las ancianas reliquias de un poder totalitario. Y aquí, en Occidente, animábamos, desde rotativos y charlas de café televisivo, a esa marea humana que podía llegar a ser, algún día, como nosotros. Y así fue: ellos impresionaron el reflejo desportillado en sangre y dolor de lo que nunca nosotros llegamos a ser, con nuestras manifestaciones de juguete y nuestras airadas proclamas cibernéticas.

Ahora, tiempo después, la realidad hace acto de presencia para recordarnos que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor, que era más jugosa la esperanza de un arabismo laico y libre de tropelías dictatoriales que la realidad de un estado de alarma permanente en que distintas facciones de la misma realidad juegan a desbaratar el sueño y retomar el libre albedrío de las cadenas y los decretos.

Pero es aquí que aparece la desnortada línea editorial de un medio impreso hispano a recordarnos que no todos soñaban con la libertad de esos pueblos barbados, con el derecho a manifestar la asfixia que, en algunas, provoca el velo. Resulta que un diario mallorquín intitulado (novedoso e impactante, puro periodismo de investigación) Última Hora, agradece, a las recientes masacres ejecutadas en Egipto por las fuerzas del orden, el que las Islas Baleares verán brotar, cual medusas ebrias, en la arena rancia de sus playas, calcinadas espaldas de orondos turistas europeos que han decidido descubrir qué es eso del dolce far niente insular. O sea que, como en Egipto, la cosa está cruda, ya que viajeros alemanes, británicos y en ese plan, decidirán este año exponer la crudeza de su carne rosada al sol balear. Benditas masacres egipcias, Allah es grande, ya lo dijo el Profeta.

Mohammed Chukri, cortesía de la red
Aún recuerdo el estado de shock que me acometió tras culminar la agreste lectura del aguerrido El Pan Desnudo, del marroquí Mohammed Chukri. Me sorprendió, a demasiado temprana edad, descubrir que en los países árabes, además de mujeres veladas y hombres de mirada adusta y penetrante, serpenteaban alcantarillas y senderos de medina anochecida vicios esperpénticos, malsanas aficciones, invertebrados deseos. Quiero decir que Chukri hablaba (literalmente: Chukri escribía como hablaba) de pedofilia, abusos, drogas, degenerada violencia de género, náusea sartriana...todo un catálogo de perversiones que creíamos, (ególatras) los occidentales, propias de nuestras sociedades. Pero no. Resulta que al otro lado de esa húmeda lengua de 14 kilómetros que separa Europa de África, los humanos ensucian sus realidades más beatas con arrebatos de bofetón intempestivo y fornicación equívoca. Que el sexo no es sucio lo sabemos algunos, que la suciedad se la imprimimos los humanos lo intuyen un puñado más. Chukri expuso su sexo rugoso como corteza de árbol caído en las páginas que nos regaló a quienes, a este otro lado del mundo, el civilizado, creíamos aún en el compromiso social del artista. Que la literatura no ha de ser tropel de panfletos revolucionarios lo saben todos aquellos que no consideran obra de arte El Manifiesto Comunista ni el Mein Kampf. Porque no hablo de revindicar luchas menguadas ni batallitas de papel, me refiero a cumplimentar páginas como si tatuásemos la piel de una virgen con los versículos satánicos de la realidad. Nada más es necesario. Tan sólo ese mínimo esfuerzo supone el compromiso social de aquel que decide perder lo mejor de sus días encorvado frente a una pantalla que escupe dioptrías o un papel cuya blancura es la máxima expresión de la nada.

Igual que Chukri, Naguib Mahfuz que, aun Nobel y fallecido, no ha visto las páginas de su monumental Hijos de nuestro barrio, libremente circulando por las librerías de su país de origen. También exponía, en sus certeros párrafos, las llagas aún palpitantes de la sociedad egipcia y eso, las autoridades, no están dispuestas a permitirlo.

Cierto: en Occidente se puede escribir de lo que a uno le venga en gana. Ya se encarga el mercado editorial de que nunca pueda leerlo lector alguno.

Escribían estos autores sobre la vida vivida y sufrida de humanos que, como nosotros, despiertan cada día cansados, ojerosos y rezongones, sólo para poder anularse frente al computarizado vacío de la oficina con la esperanza de poder llegar a fin de mes. Bueno, es cierto, la mayoría de personajes de los autores citados no conocía más oficina que el tenderete de la Medina bajo cuya sombra se despachan los productos de básico consumo que consumen sus conciudadanos. Economía de subsistencia lo llaman, algunos. No sé qué pensarán que es la nuestra.

No lo sé, ya digo. Pero puedo imaginarlo. Nuestra economía juega a las matemáticas con la sangre de los desfavorecidos, aprende a sumar y restar al albur de las vidas humanas de aquellos que no consideramos humanos porque visten túnica, calzan taparrabos, rezan con el culo en pompa, o consumen drogas ilegales que los Gobiernos aún no han podido catalogar. Salvajes, les llamamos. Con razón, según algunos: tanta Primavera Árabe y lo único que querían era más sometimiento religioso, nada de libertad, la mujer sometida y violada...¡salvajes!...y además son casi negros...

Quizás no comprendimos a tiempo que aquellos revolucionarios árabes ya eran como nosotros, y lo único que deseaban era exportar la violencia a las calles de Occidente, para lograr que más turistas visitaran las Pirámides y solventasen los problemas económicos de numerosas familias. Les salió el tiro por la culata. En eso distan de nosotros que, sabedores de que la revolución sólo conduce a callejones sin salida, decidimos hacerla en facebook, twitter, o entradas de blog como esta.

Porque los occidentales, como sabemos que la literatura no ha de tener mayor contexto social del que tuviesen el Mein Kampf o El Manifiesto Comunista, decidimos utilizar ésta en los periódicos y abrir portada con: "La masacre en Egipto desviará a miles de turistas hacia Balears". Piénsenlo bien: ese titular sea tal vez más comprometido que cualquiera de las novelas de gran consumo que consumimos hoy día. Es, al fin, todo un pormenorizado estudio sociológico de estos tiempos que nos ha tocado vivir.

domingo, 24 de febrero de 2013

los sótanos del Vaticano

Iniciaba el siglo pasado cuando André Gide puso punto final a una obra cuya fama llegaría más por el sarcasmo con que afiló su pluma para malbaratar los proyectos de la institución católica que, quizás, por su calidad literaria. Al menos así piensa un servidor, del autor francés prefiero sus Diarios de Viaje, por ejemplo. El caso es que avanzaba, la citada novela, de nombre Los Sótanos del Vaticano, esa impía ansiedad por amasar riquezas que despliegan los mandatarios de tan piadosa organización y que hoy aviva las tertulias radiofónicas y los titulares de la prensa.

Resulta que el autodimitido máximo mandatario de la fe de Cristo se atreve, ahora que sueña con jubilación de calzón largo y espumoso daiquiri en las playas de Malibú (o en las costas inversas del séptimo cielo, vaya usté a saber) a poner en solfa los tejemanejes del Maligno para hacer mella en la milenaria fe cristiana. O sea, que ahora que abandona el barco critica a las ratas que corretean por su cubierta. Ya no es necesario bajar a los sótanos, como hizo Gidé allá por la época en que los papás del actual Papa contemplaban la posibilidad de tener un vástago que, desde las filas del nacionalsocialismo que todo lo arrasaría o las del catecismo que todo lo podría, les asegurase una cómoda jubilación. Ahora la suciedad se cuela por las rendijas del mármol que observan los ojos extraviados de Dios, allá arriba, en los milagrosos frescos que decoran la Capilla Sixtina.

Desde aquí alabamos la iniciativa del Papa para ("paparapapá paparapapá"...disculpen, me sonaba a marcha militar lo recién escrito) denunciar las nefandas actividades de alguno de una parte de sus acólitos que, lamentablemente, contaminan el sacrosanto nombre de Jesucristo. Es edificante comprobar que, a día de hoy, el ciudadano medio puede tener conocimiento de las estrategias desarrolladas por los poderes fácticos para mantenerse en el ídem. Así sabemos de las pederastias de iglesias o los latrocinios de monarquías y gobiernos...la prensa, oiga, que todo lo cuenta...salvo la reacción en las calles de esos mismos ciudadanos al tomar conocimiento de tales actos...tampoco vamos a ser puntillosos a estas alturas, ¡alabada sea la prensa!

Fue hace no mucho que tuve la gran fortuna de visitar y gozar la milenaria ciudad de Estambul, ese fronterizo limbo que une, más que dividir, mundos, culturas y civilizaciones. Perderse en sus calles y atender al murmullo leve de las gaviotas del Bósforo enredado en los acordes engendrados por los diversos artistas callejeros de intrincado nombre y larga melena, es delicia que no puedo más que evocar cada cierto tiempo. Y fue en Süleymaniya Camii (lo escribo así, en turco, porque me resulta más poético que Mezquita de Suleiman, no por dármelas de políglota) que pude atender, entre bambalinas, al rezo del imán, esa epopeya de musicalidad etérea con que gustan de alabar a su Dios los súbditos de Mahoma. Cientos de fieles me ofrecían su retaguardia en cuidadosa ida y venida de la verticalidad a su contrario, apoyando la frente en la lujosa alfombra que cubría el mármol del piso del templo, y elevando sus manos hacia un cielo que, imagino, pretendían acercar con sus movimientos y súplicas. Sinceramente, ver rezar a cualquier feligrés de cualquier fe, es algo que deberíamos hacer al menos una vez en la vida.

Finalizada la prédica fueron abandonando la mezquita los numerosos ciudadanos y, pasados unos minutos, un hombrecillo con aspecto poco religioso, cubierto de oscura levita más cercana al andrajo que al uniforme de trabajo, comenzó un lento y meticuloso deambular por sobre la alfombra del santuario. Acompañaba su silencioso pasear una ruidosa aspiradora industrial. Desinfectaba de posibles residuos toda la superficie. 

Pienso que la limpieza a que fue expuesta, tras el rezo, el suelo de la Süleymaniya Camii, pretendía evitar que la mugre moral de los que pretenden lavar conciencia con sus prédicas al Altísimo pudiese traspasar y filtrar, alcanzar el sótano. Tal vez hubiesen leído, los gestores de la fe musulmana al cargo de la citada mezquita, la célebre obra de Gide, y pretendían evitar que la fe de Allah fuese mancillada como lo fue la de Cristo por la disoluta daga de la literatura. 

Limpiar el Vaticano parece más sencillo, o menos necesario, no sé. Teniendo en cuenta el extenso horario de apertura del templo a turistas y groupies, a la mayor gloria del sacrosanto dividendo, veo difícil aplicarse con idéntica pericia que en el caso turco a su higiene. Tal vez por ello los sótanos del Vaticano abunden de mugre. O tal vez sea sólo que los feligreses de uno y otro bando sean los portadores de los virus de miseria y corrupción que aquejan ambas instituciones, al pisar la casa del Señor sin la debida higiene moral previa, pensando que la beata incursión en la casa del Señor les deshollinará de toda culpa. 

Me asaltan las dudas. Quizás debiese embriagarme de nuevo de las páginas en que Gide desnuda sus sentimientos al hilo de sus expediciones. Esos Diarios de Viaje en que el francés desviste no sólo su alma sino también su cuerpo, son la prueba definitiva de que lo más precavido, antes de sostener ningún dogma pretendidamente inquebrantable, sea viajar y conocer y enredarse y envenenarse de distintas costumbres, diferentes culturas...pueda ser. O tal vez salir a la calle con el puño en alto y piedra oculta entre sus falanges, atento a cualquier escaparate que, al hacerse añicos, llame la atención de los medios de comunicación y consiga que la prensa informe del descontento que provocan esas informaciones que nos regala sobre la podredumbre implícita en cualquier organismo u institución que detente algún tipo de poder...pueda ser.