Mostrando entradas con la etiqueta Reyes Magos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reyes Magos. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de enero de 2012

¿los reyes son los padres?

Duele contemplar los rostros contrariados de tantos niños que hoy, tras despertar de un sueño inquieto e ilusionado, han acudido al salón familiar para descubrir que los regalos soñados, esos que solicitaron a los Reyes Magos en una carta que quizás tomó un camino equivocado, no están, no existen, no son. Son otros. Efectivamente, la noche ha coloreado de envoltorios luminosos muchos hogares, numerosas viviendas. Pero detrás del celofán y el lazo aguardaban objetos no deseados por los niños, juguetes cuyo funcionamiento nunca desearon descubrir.

Cuesta asumir que, con sigilo de nocturno ratero, vamos desarmando el frágil castillo de naipes del juego y la ilusión niñas, equivocando y desbaratando el cuento de hadas de la infancia, y convertimos a nuestros vástagos en adultos sin edad, miniaturas del descontento, pequeños contenedores de frustración y carencias. Les ofrecemos todo y aniquilamos su capacidad de sorpresa. Secuestramos su infancia.

Es al alcanzar una edad más o menos madura cuando comprendemos la esencia perdida de la niñez: la vida como juego, e intentamos recuperarla despojándonos de vergüenzas y pudores. Hay quien lo consigue.

Miller & Durrell en Corfú (colección Durrell)
Desde que adquirí un maravilloso volumen que contiene la correspondencia cruzada entre Henry Miller y Lawrence Durrel durante más de 40 años, amén del torrente verbal de sus estados de ánimo, sus miedos, sus esperanzas, proyectos y ausencias, quedé fascinado ante la foto que acompaña esta entrada: un Miller asomado ya al vértigo de los 50 años de edad disfruta, desnudo y descarado, de la caricia fresca de un mar en calma, mirando fijamente a la cámara que le retrata. Junto a él, un Durrell recién salido de su 27 cumpleaños, parece preferir la contemplación ausente del horizonte y esconder púdicamente su sexo. Ambos autores, letraheridos enamorados de la libertad de sintaxis y la ordalía de juego de la literatura más feroz y obscena, hicieron de su vida juego y del juego bandera, regalándonos páginas memorables e inolvidables. Pero el joven Durrell tardaría aún en descubrir que la vida te regala sorpresas, que no debemos exigir dádivas y regalos a los años por los que desplazamos todo nuestro catálogo de ilusiones, sino, más bien, abandonarnos al asombro de lo no esperado, lo no solicitado, no lo deseado. Recuperar la infancia, hacer acúmulo de todo el inventario de primicias con que la vida nos agasaja. Jugar, ser juego.

Tenemos ante nuestra mirada un adulto y un niño pero...¿quién es quién?

Afortunadamente, a la mueca contrariada del niño que abre el regalo que no deseaba, se contrapone la inextirpable sonrisa del adulto que recupera la infancia y espera encontrar reflejada en el semblante del pequeño la llamarada inconsciente del juego.

Niños y adultos, hoy, en tantas casas. ¿Quién es quién?



sábado, 3 de diciembre de 2011

en las vías del desarrollo


La prensa de hoy me regala una sorprendente y mínima noticia acerca de una demanda interpuesta por una mujer que, en la última Cabalgata de Reyes Magos de su ciudad natal, fue “agredida” por el Rey Baltasar, al lanzar éste, con saña manifiesta, un caramelo de fresa que fue a impactar con la pupila derecha de la demandante. La susodicha tuvo que ser intervenida y sufrió daños irreversibles en el globo ocular impactado. Eso alega.
El juez encargado del caso ha dictado sentencia en que, con gratuito alarde de cinismo y pretendiendo hacer gala de cierta ironía literaria, exculpa al Rey Baltasar por desconocer su paradero y no poder dictaminar a la jurisdicción de qué estado corresponde la tramitación de la demanda. Asegura el juez que lo único cierto que se conoce del mágico monarca es que habita en “oriente”.

Aplicando el sentir generalizado, podríamos considerar la India parte de ese impreciso “oriente” al que hace mención el citado juez. Fue en dicho país que tuve que realizar un largo viaje (casi 18 horas) en tren, cómodamente apoltronado en un coche cama infectado de pequeñas cucarachas. Entre los que me acompañaban hubo quien tomó la decisión de hacérselo saber al Jefe de Cabina, bien para que éste buscase solución a tan incómodo y desagradable trance, bien para intentar que justificase el mismo reintegrándonos el importe satisfecho para viajar con todas las comodidades en un vagón de primera. Convertimos pues, al sorprendido funcionario, en juez y parte de nuestra desdicha. Éste no fue más allá de mirarnos asombrado, menear la cabeza a un lado y otro al estilo indio, en un gesto que nunca sabes si quiere decir "", "de acuerdo", "no" ó "vale, ¿y a mí qué?", y dar media vuelta. Fina educación la de aquel hombre que, sin darnos ni quitarnos razón, evitó con un simple movimiento de cabeza hacernos sentir el ridículo que, a todas luces, protagonizábamos. 
Quizás sabernos en posesión de varios miles de rupias más que cualquiera de los ciudadanos que viajaban en el tren nos hizo olvidar que nos encontrábamos en un país que, muy a pesar de lo que digan los mercados, el mundo "civilizado" consideraría, como mucho, en vías de desarrollo.

Quizás la señora dañada por el caramelo asesino del Rey Baltasar prefirió ignorar, por un momento, que éste venía de un lejano país en vías de desarrollo en que los caramelos son lujosos comestibles, que no se malgastan en comerciales celebraciones utilizándose como armas arrojadizas.
Quizás el juez olvidó que el sarcasmo y el chascarrillo son más propios de letrados de película americana destinada a proporcionarar saludables sonrisas al pueblo llano, que de funcionarios de un estamento considerado pilar básico de la democracia y el progreso. 

Me pregunto a qué vías muertas estamos dirigiendo, ya, los trenes del desarrollo.