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lunes, 1 de febrero de 2016

lo raro

Revuelta en un colegio patrio. Los padres de un puñado de alumnos han llevado a cabo el escrache más doloroso en lo que llevamos de "democracia". Y tal vez no haya ocupado los titulares, este escrache, por no ser poderosa ni famosa su víctima. También, porque se trata de un escrache inverso, en que los que lo llevan a cabo se esconden, en vez de acudir en masa a las puertas del hogar del asediado. Sí, lo sé, eso se llama huelga, pero huelgo utilizar tal término por hallarse ya en desuso. Me explico: en el citado centro escolar recibía clases un niño con "necesidades educativas especiales". Sus compañeros de clase se han declarado en huelga, siguiendo directrices paternas, para lograr que el citado chaval sea expulsado del centro "educativo". Así como lo leen, no me invento nada.

Recuerdo las películas de David Lynch. Recuerdo desear -pero ni poder intentarlo- huir de la martilleante pesadilla de Eraserhead. Recuerdo la ruleta rusa de escalofríos que jugué con Blue Velvet, cada disparo una bala, ora una oreja seccionada en que hacían banquete las hormigas, ora Dennis Hopper aullándonos la bienvenida al mundo de la jodienda. Recuerdo a Marilyn Manson como el personaje más vulgarmente corriente de la desquiciada Lost Highway, y Bowie lamentándose, en los créditos, de lo desquiciado que se encuentra. Recuerdo descubrirme aterrorizado y enfebrecido en lujuria mientras contemplaba el coito de carne y pesadilla que perpetraban Naomi Watts y Laura Elena Harring, en Mulholland Drive. Recuerdo, cómo no, un enano que baila como nadie debería hacerlo, un gigante con el cráneo rapado, un pájaro que aúlla su nombre y una grabadora que registra nuestros miedos, en Twin Peaks. Recuerdo, al fin, los comentarios de amigos y amantes: estás fatal, ¿de verdad te gusta esto? ¡No es normal! Es una tomadura de pelo. Creo que, de haber sabido lo que significaba el término, hubiesen hecho escrache cada vez que yo les invitaba acompañarme al cine. Escrache inverso, claro. Y es que Lynch no era normal. Al menos cuando aún no estaba de moda. Lynch debía ser subnormal, necesitado de "educación especial" o algo por el estilo y, como tal, no debería ser admitido en clase. Pero resulta que permanece en clase, y de profesor, ¡fíjense!, gracias a las loas de más de uno de entre quienes, en sus inicios, denigraron su obra inclasificable y vehemente.

David Lynch, cortesía de "la red"
Antaño, los engendros que la mente de Lynch decidía aferrar al celuloide con garras de espanto y carcajada, eran poco menos que anomalías. Hoy, ahora, ya, en este momento histórico en que hemos dejado de denigrar a Freud y sus acólitos, en estos tiempos en que asumimos que nuestro interior tiene más de engranaje defectuoso que de alquimia mirífica, es que reconocemos el genio de Lynch por haber inmortalizado en la pantalla del cine el aura de los fantasmas que, hasta ayer, sólo se proyectaba en la pantalla inversa de nuestras pesadillas como espejos.

Si llevamos a nuestros hijos al colegio, aparte para lograr que no nos arrebaten la franja horaria que dedicamos a ganar la economía que nos permita sostenerlos, es para vivir tranquilos sabiendo que están siendo bien educados. Así que no permitiremos que la corrección política imponga a nuestros descendientes el acompañarse durante tantas horas de un niño subnormal, por ejemplo. Pero resulta que ese niño sólo es un diseño humano desbaratado por la pedrada envidiosa de un dios imperfecto. El niño habitaba el confort afelpado de un útero amante. Nadaba, se zambullía, chapoteaba en los cauces rosa y latido del vientre materno subiéndose, de tanto en tanto, a ramajes de arteria benévola por querer ver de cerca los pajaritos del futuro. Y en esto que la envidia de un dios descreído de su propia creación decidió lanzarle una pedrada para hacerle bajar del árbol, hiriéndole el entendimiento de por vida, dejándole en un limbo de pájaros afónicas, luciérnagas sin luz y escarcha de primavera. Así nació aquel niño defectuoso. Y aunque él, seguro, hubiese preferido permanecer varado en la marea felpa y carmín con que le acariciaba su madre, llegó aquella otra madre más cruel: natura, a imponer sus ciencias y calendarios: el niño descubrió la luz del paritorio, entre llantos, como quien se asoma a un holograma de tinieblas.

Hoy el niño acude a clase junto a otros niños. Pero no puede jugar con ellos. Estos también le lanzan piedras. Los propios padres las han depositado en sus manos para alejar el fantasma del miedo a lo distinto, para asegurar a sus descendientes un futuro normal, lejos del posible contagio de lo raro, lo anormal. El niño subnormal, o sea. Por eso proporcionan piedras a sus hijos. Para que asusten a ese fantasma con forma de niño cuyos juegos no entienden. Porque ese niño no juega normal, o su juego tiene unas normas demasiado libres que aún nadie les ha explicado (ni lo hará) en clase. Y es que lo anómalo asusta, por su cercanía, no vaya a ser que una improbable ósmosis envenene al resto de la sociedad.

A ciertas edades, los niños deben estar ya programados para un futuro de cifras y normas. No pueden seguir jugando en su palacio interior de gorriones y guirnaldas. Por eso hay que expulsar al niño defectuoso, para que no envenene al resto desbaratando su futuro de economías y ganarte el pan con el sudor de tu frente. El niño subnormal, como las criaturas de Lynch, asusta. Tal vez porque, como aquellas, porta en su interior el juego que perdimos cuando decidieron hacernos adultos. Así que mejor expulsarlo de clase, alejarlo de la manada. En el fondo, creo, hacen bien los padres del resto de chavales... que la manada, ya sabemos, hace jauría y asesina cuando huele la sangre fresca.

Antes de resbalar por el terraplén del pesimismo, me acomodo en el sofá, enciendo la tele y me dispongo a visionar de nuevo Rabbits, esa teleserie de Lynch en que los protagonistas tienen cabeza de conejo. Sus orejas, de grandes, recuerdan las de burro que colocaban antaño, en clase, a los niños distintos, para hacer mofa de su natural torpeza, proporcionando así ejemplo al resto de alumnos.

Y perdonen si he llamado subnormal al niño en cuestión. Sé que no es políticamente correcto. Mejor sería decir niño con "necesidades educativas especiales"... y expulsarle del colegio.

domingo, 11 de enero de 2015

domingo en sepia

Melancolía dominical, con su caducidad de páginas sepia que fortalece el sepia de los recuerdos. Con las páginas sepia me refiero, obvio, a esas en que, antaño, aparecían las vacantes laborales, en la prensa. Con el sepia de los recuerdos, al las fotografías que el corazón tomó para revelar, con modestia y calma de artesano, en el cuarto oscuro de la memoria. Que no se me acuse en esta ocasión de excederme en las metáforas.

Hoy no hay periódicos, que el precio es exagerado y el trabajo, ahora, se busca en internet o, como muy antaño, pateando las calles... tú y yo lo sabíamos: Nietzsche tenía razón al formular su teoría del eterno retorno. 

Hoy no hay periódicos, no. Hoy sólo el sepia de tu piel enardecido bajo la luz mortecina de esa lámpara baja que iluminaba la habitación en que te amaba. Era así que tu vientre adquiría asperezas de grano fotográfico y suavidades de contraste forzado, al igual que forzabas la maquinaria diestra de tu musculatura para acelerarme el deseo. Hoy no hay periódicos, insisto, y lo único sepia en este día de horrores climatológicos y semana difunta es la imagen de tus labios pronunciando el verso violento de mi erección más siniestra. No sé cuántos esfuerzos has desperdiciado, mujer, para regalarme el sepia de una fotografía en que tengo gesto de moribundo. Y es que así me pintas el rostro, cada vez que me amas, cual esteticién de Tánatos, para surcármelo de expresiones que no pueden ya hablar y de respiraciones que se ahogan por respirar a la inversa. Debería recordar tu rostro, esta noche, pero sólo viene a mi memoria el sepia malherido de mi expresión más extrema, ésa que me esculpes mientras tus labios esculpen el barro torvo de mi cuerpo con latido forastero. No sé cuántos esfuerzos has desperdiciado, ya digo, para adelantarme la muerte.

Así que como no hay periódicos hoy, a pesar de ser domingo, acudo a la hemeroteca babel y amarilla de aquellos que acumulo al albur de las manos con que mi hijo aprende a recomponer el mundo. Encuentro un ejemplar del pasado año, pero sólo de unas tres semanas anteriores a la fecha de hoy. Hojeo. Deambulo titulares. Atisbo instantáneas. Hasta hallar un breve que informa de que los españoles somos los terceros, a nivel mundial, que más dinero gastan, en las navideñas festividades, en hacer regalos que a nadie agradan. Ya saben, qué le compramos al abuelo, otra colonia, y una corbata para el tío, sin rayas, que este año se llevan los cuadros, para el pequeño un cuento, a ver si se olvida de la televisión y lee un poco, y en ese plan. Juego a la sociología barata y pienso que también debemos andar bien situados, los españoles, en otro ranking de gastos desperdiciados. Me refiero al de los votos, o sea, el democrático desgaste de acudir a las urnas para sentirnos ciudadanos de pleno derecho y elegir un gobierno que a nadie agrada, que nadie quiere, que nos hará la vida imposible, a tantos, durante los cuatro años siguientes. No sé, ya digo, sólo es sociología de andar por casa con la cerveza dominical jugando a la excelencia de la doble maceración en el aparato digestivo.

Dejo de lado la citada noticia, paso a la siguiente, pero no capta mi atención. Tampoco las restantes. Me aburro rápido. Entrego a mi hijo otro pedazo de mundo roto que él sabrá reordenar con la legislación de juguete de sus dedos de franela. Y regreso al tono sepia con que tus caderas se vestían, al rotar sobre mí practicando aquellas acrobacias de humedad y urgencia. Y la luz baja de aquella habitación. Aquella lámpara como de consultorio de psicoanalista esparcía sobre tu piel un sepia que remitía a los ancestros de la humanidad y a traumas inconclusos, haciéndome pensar que Freud, quizás, estaba en lo cierto. Pero tal vez sólo sea que hoy es domingo, y los domingos no son días en que llevar la contraria a nadie, ni siquiera a Freud. 

Los hay que aseguran que los domingos se confeccionaron para ser, después, deshilachados por la felina zarpa de la melancolía. Tampoco les llevaré la contraria. Será por eso que pienso, hoy, en el sepia que me zurce la barba descosida cada vez que me amas y me arrancas expresión de muerto. Y eso me hace llegar a la conclusión de que a los noticieros tampoco debo llevarles la contraria: creo que estás gastando esfuerzos y gimnasias que sólo sirven para revivir a un muerto. O peor, para morir el rostro de un vivo que sin ti no encuentra más camino que el del camposanto. Los regalos en que se deja el sueldo tu cuerpo, cuando me amas, en vez de vivificante sonrisa, ya ves, provocan cadavérica mueca. No obstante, te suplico que hagas como yo, al menos hoy que es domingo: no lleves la contraria a las noticias, ni a Freud, ni, por supuesto, a Nietzsche.