viernes, 5 de junio de 2020

el niño Lorca

Federico García Lorca, niño enamorado del dolor, del duende que no es gnomo ni taconeo flamenco sino oscuro arraigo de pies calientes (y manos gélidas de caricia ausente) a una tierra que germina ramajes de arteria mientras aúlla escarnios de perdedores y malditos.

Primero, los calés, malditos de Guardia Civil y navaja vespertina, en su Romancero gitano, y luego, en magnética eclosión, esos gitanos yanquis del algodón y el navío triste y hoy, ahora, ya, del cuello mordido por rodillas de perro zafio y hambriento: los negros, con su nívea dicción de aleluyas y esclavitudes susurrada en la olvidadiza memoria del tiempo.

Federico García Lorca, niño enamorado, ya digo, del dolor y la muerte. Tan enamorado que la buscaba como zahorí, perdido ya el palo de la alegría en las alcantarillas de la gran ciudad. Así la encontró, abrazándose a ella de inmediato para permanecer por siempre niño. Aunque su adiós fue asunto de malparidos engendros que, por desgracia, siguen engendrando monstruos que hoy sueñan con desbaratarnos el sueño. 

El sueño de la razón produce monstruos, dijo aquel otro niño oscuro del brochazo y la dignidad, pero resulta que el de lo irracional engendra más terribles, ignorantes y aberrantes bestias. Que la muerte del poeta fue asunto de malparidos, decía, y que de él haber vivido hasta conocer el nuevo siglo habría permanecido, por siempre, el niño que fue y aún se esconde tras sus títeres de cachiporra y su sonrisa amarga de felicidades ajenas. 

Así, como niño, se entregó a un juego de metáforas locas de surrealismo e imágenes que danzan zapatos de mordisco y miedo en ese tan paseado por encima y poco caminado Poeta en Nueva York tras cuya cópula, más que lectura (ese libro lo he violentado por todos los orificios, e igualmente he dejado que me violente por todos los que mi cuerpo ofrenda), no pude ya jamás volver a ser el casi niño que le acariciaba las páginas sin saber, aún, que acariciaba La Poesía.

Es bueno para la humanidad saber que hay niños que siempre negarán todo lo nefasto que implica llegar a adulto. Al menos, para mí, es milagro seguir mojando la piel en el mismo mar de desarraigo y verbo en que moja la pluma ese niño Lorca que, por más que muchos desearán, nunca estará muerto.

Autorretrato de Federico García Lorca para Poeta en Nueva York

jueves, 4 de junio de 2020

reivindicación de Juan Goytisolo


Ya dejé dicho, tiempo ha, en alguna parte, que a Marraquech siempre se acaba llegando. De Marraquech nunca se parte. Nadie abandona el fértil fermento de su callejero, por más que lo pretenda.

La mítica ciudad magrebí se desdibuja, a la caída de la tarde, con un tímido difumine de brisa, asfixia de temperatura en suspenso, borrasca de especias amenazando el perímetro de nervio y Literatura de la plaza de Xmáa-El-Fna. Y es que a la Literatura, como a esta ciudad, siempre se llega. Al menos un servidor.

El calendario se disfraza de atardecer: naufragio de las cucharillas en hierbabuena y centígrados: coloquio de parroquianos eternamente adscritos a la tragedia de mesas imposibles que pastan el irregular forraje de adoquín y milagro de la plaza: soliloquio de iluminados y orates sembrando semilla de palabra y mueca bajo tenderetes como carpas de circo medieval: embriaguez de serpientes hipnotizadas por el danzar enajenado de truhanes y mirones: sortilegio de octavas descompuestas al ritmo de darbukas de tercera mano: fragancia de azahar salpimentando la marejada de azúcares del zumo de naranja recién exprimida: cámaras fotográficas congelando poses onerosas que recluir en la memoria 32GB y en la emulsión edulcorada del recuerdo: ritmo de mugre: compás de aceite usado: radiación de neones y luminiscencia de gases extirpados a pequeñas bombonas para reconducir las sombras hacia un espacio de luz en que puedan volver a la vida sin necesidad de esperar tres días…

Atardece en Xmáa-El-Fna como si Marraquech hubiese perdido, entre sus bolsillos de laberinto y ayer, la brújula de la aurora.

Pero para alcanzar la tarde, en Xmáa-El-Fna, es preciso haber perdido el rumbo de las horas en las calles circundantes, haber seguido el hilo de una Ariadna morena, ojos de kohl y silencio de geisha, que recorre rincones como catedrales de luz y angosturas como cavernas platónicas para trazar el imposible mapa de la medina marraqchí. Alcanzar el perímetro de inmediatez y comercio de la plaza ha de ser como fondear en el puerto bucanero de la Isla Tortuga, tras sobrevivir a una travesía de motín, sed y canícula.

No existe, Xemáa-El-Fna, para regalar sus delicias a los viajeros de la prisa y la instantánea.

Juan Goytisolo bien lo sabe, y esculpe su medineo de paso calmo, cada día, a la caída de la tarde, recorriendo la cinematografía muda del adobe y el mantra bullicioso de las calles en que se perdió hace años, quizás ya demasiados, para mejor perder el oprobio de dictaduras políticas y literarias de aquella vergonzosa Hispania que le vio nacer. Monotonía de oficialismos poéticos, uniformidad de pasos procesionales, al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Imposible enfrentar la petulancia de una censura que sólo sabe de puntuaciones oficiales, costumbrismos abyectos y moneda urgente. Utópico abandonar la pluma al raído vaivén de los días y la vida en desarrollo. España, camisa negra de la ignominia. Marruecos es, era, fue para el literato autoexiliado, párrafo de libertad al que desmenuzar la ortografía y reconstruir el ritmo sin temor a ser amonestado por los guardianes de lo correcto. Aquí llegó. Aquí permanece. Ya lo dije: de Marraquech nunca se parte, a Marraquech siempre se llega.

El autor, por tanto, ajeno ya al fragor de una patria que nunca tuvo, invertebrado habitante de un mundo que a muchos resulta incomprensible, abandona, a la caída de la tarde, al sonar el despertador aflamencado del muecín, su fresco retiro de la medina para arribar al café en que camareros y concurrentes le ofertarán bendiciones y palabras: Gran Literatura. Allí consumirá y compartirá agua tibia y charla voraz, mirada curiosa y canícula mortal.

Marraquech es, pues, no sólo mapamundi de mochileros y sortilegio de turistas low cost. Marraquech es habitáculo del verbo y morada de un genio más real que el que supuestamente habita esas mágicas lámparas con que te ofertan, al pasear, los mercaderes magrebíes. Marraquech es Makbara, esa ciudad dentro de la ciudad en cuyo interior serpentea la oralidad mirífica de la prosa de Juan Goytisolo y, con ella, la gloria vertiginosa de un idioma en desarrollo, por más que los próceres de la “cultura” deseen verlo por siempre tras los célibes barrotes de la formalidad fácilmente asequible.

El gran poeta apátrida nos enseña, en cada uno de sus textos, que el futuro de la lengua no se escribe en libros ni academias, sino que se limpia de formalismos en la desaseada plaza de una ciudad sureña, se fija en las callejas ajadas de siglos de una movediza medina y adquiere esplendor en la garganta raída de tiempo de borrachines, paseantes y buscavidas que pervierten ortografías con la lucidez exacta de su gramática de hambre y risa. Algún día comprenderán los ciudadanos (ni pizca de fe en las autoridades) dónde habita la esencial semilla del habla y la literatura (tan despreciada hoy, tan de saldo), que vienen al fin a ser lo mismo. Y él continuará aquí, a la sombra de una temperatura mortal, en Marraquech, en la Plaza de Xemáa-El-Fna, moldeando la gloriosa gangrena de la palabra y coloreando las esquinas verbales que los tiempos anhelan dejar fuera de foco, recordándonos que a la Literatura, como a Marraquech, siempre se acaba llegando.


Texto publicado originalmente en Red Marruecos

jueves, 19 de marzo de 2020

El paseíllo


a mi padre

Yo incursionaba los paseos de reptil y bochorno de La Almudena, cuando adolescente, para mejor acercarme de la Calle Alcalá a la Avenida Daroca, donde debía incinerar jornadas repartiendo folletos publicitarios de una demediada empresa electrónica en los buzones del barrio de la Elipa. Era mi primer sueldo, no daba ni para una litrona compartida, pero era un sueldo, y eso lograba que me sintiese adulto, trabajador ya y todo, esclavo ya enredando a mis tobillos cadenas que aún no era capaz de percibir. Reconozco que era absurda, aquella travesía: sólo provocaba que mi jornada efectivamente laboral comenzase horas más tarde: para llegar desde el punto de recogida de los citados folletos al entramado de calles en que debían ser repartidos no era precisa tal incursión por las acequias de la carne difunta.

Más adelante, vencido el acné y los traumas identitarios, frecuenté aquellas veredas sembradas de cruces como lirios y de cipreses como naufragios inversos (porque así naufragan los suicidados, los abandonados, los fallecidos: hacia arriba, huyendo la superficie como quien rechaza un plato de pescado podrido). Fragancia de crisantemo escondiendo tras su nube de aroma dramático el parpadeo nervioso de mi cámara fotográfica, empeñada en recolectar imágenes de vida asomadas a la orilla de la muerte.
Dicen que el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena es una de las más extensas necrópolis europeas. Pueda ser, aunque me perdí por cementerios de Lisboa, París, Praga, Berlín, Estambul (¿se considera Europa?, ¿o Europa es ya sólo delimitación política, Unión Europea, y en ese plan?), Roma, Viena, Ámsterdam y más, que me parecieron inacabables de tan amplios. Si los doctos en la materia lo aseveran no soy yo quién para contradecirles.

Dicen que el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena contiene más habitantes que el resto de la ciudad de Madrid, o sea, la ciudad de los vivos, porque la Almudena es metrópoli de almas en pena o penosamente perdidas en la batalla de los relojes, la enfermedad y la violencia. No sé, nunca me dio por hacer recuento de lápidas. Pero sí doy fe de su amplitud de campiña manchega que la vista no es capaz de acotar bajo sus reflectores de pupila y parpadeo.

Mi padre sí podría teorizar al respecto, eso es seguro. Al fin y al cabo él no paseaba el cementerio a la caza y captura de instantáneas que hiciesen eterna la vida de quienes ya la perdieron, como hacía yo con mi cámara como único compañero. Él vivió en el cementerio, entre sus tapias, y agotó entre mármoles y sepelios buena parte de su infancia.

Fue finalizada la Guerra, la Civil, la más incivil que vivió esta España mía esta España nuestra que hoy nos devora y a mala fe nos denuesta. Mi abuelo permanecía preso en la Puerta del Sol, por comunista, y mi abuela, mujer de falda arremangada y perseverancia leonesa, se presentó en comandancia reclamando la presencia de un Teniente Coronel de la Guardia Civil al que el padre de mi padre había regalado orondas vacas en las épocas del hambre. El susodicho mandatario de tricornio no apareció en un tiempo, pero fue el suficiente para que mi abuelo no fuese ejecutado. Al contrario, fue puesto en libertad, pero en agradecimiento por la buena acción mi abuela se vio obligada a regalar al teniente la casa en que habitaba junto a su esposo y sus, entonces, todavía, tres hijos. Carambolas de la cercanía humana, un peón de albañil, antiguo compañero de mi abuelo, trabajaba en aquellos días ampliando las avenidas de escarnio del Cementerio de la Almudena, y en la garita en que cambiaba la ropa de civil por la de trabajador honesto, dio amable cobijo a mi familia.

Guardo en la mochila la cámara fotográfica, como quien guarda el fusil en la vaina destinada al efecto, y recorro lingüísticamente nombres y fechas como pétalos de rosa lanzados al aire de matrimonios frustrados, dedicatorias y pésames como charcos de domingo sin fútbol ni pareja, 1922-1943 no te olvidamos Eugenio Pardo amigo de sus amigos y sostén de sus enemigos a la tierna edad de 13 años nos vemos en el cielo angelito de la guarda que eres niño como yo Basilio y Basilia 1901- 1939 que te sea más leve la muerte que a nosotros la vida sin ti Virgen Purísima ruega por ella 13 de mayo de 1887 – 13 de mayo de 1937 siempre juntos Fermín Donoso Cifuentes tus amigos no te olvidan, ni yo ya puedo hacerlo después de fotografiar tu lápida abrillantada por ese rayo de sol repentino que ha llegado hasta Madrid para recordar que un día caminaste sus plazas y calles y compraste churros en San Isidro y regalaste piropos subidos de tono a la manuela que pasaba, cada mañana, frente a la obra en que te aplicabas duro para llevar el jornal a casa y poner mendrugo de pan en la mesa del cocido de los viernes.

Fechas lejanas, nunca me gustó merodear las tumbas recientes, las de los ciudadanos que hasta ayer, como yo, caminaban Madrid. Prefiero las antiguas, y enhebrar la memoria en vidas que desconozco pero que, bien es cierto, fueron, a su modo, vividas.

Las antiguas son las que mi padre vio edificar con alarde de mármol y cemento magro, en aquellos tenebrosos años de su infancia robada, cuando tenía que atravesar La Almudena en la mañana temprana, reciente aún la niebla de la noche en vela, para acercarse a la única escuela de la zona en que daban escueto cobijo a los hijos de la guerra sin preguntar por el bando en que militaban sus progenitores. Estudiar es importante, hijo, mira yo, qué no hubiese llegado a hacer si hubiese podido seguir estudiando.

Dicen los historiadores de la cosa que, hasta 1945, los fusilamientos contra las tapias del Cementerio de La Almudena, fueron moneda corriente con que comprar silencios, miedos y futuros truncados. Brusco estallido de luz inauguraba un amanecer de sangre que simulaba primigenio graffiti en los muros de aflicción y penitencia del camposanto. ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Fuego! Y la mañana de Madrid despertaba ante el canto del gallo de la ignominia, gotelé bermellón descorchando la botella de vino agrio de los días, roja sangre de rojos salpicando la piel de la madrugada.

Se abre el obturador de mi Nikon F80 para recoger un vendaval de calima que apesadumbra de melancolía aquella lápida del 40, cuando el no pasarán ya era caducidad impresa en los rotativos de los vencedores. Y sigo caminando con cuidado de no despertar las conciencias reposadas de quienes yacen bajo mis pies. Como mi padre, que sorteaba sombras y silencios para evitar encontrarse, una vez más, de frente, con el pelotón de fusilamiento.

Era rápido, chaval échate al suelo, y un capote verde oliva caía con su pesadumbre de sudor y barro sobre su espalda apesadumbrada. Evitaba mirar a los presos, sólo una vez recogió en el cántaro inocente de sus pupilas aún niñas el borbotón desesperado de la mirada de un recluso, momentos antes de que perdiese el foco como yo desenfoco mi cámara con un temblor de lágrima que no sé de dónde procede. Jamás olvidaré aquella mirada. Luego la salve rociera de los fusiles a mayor gloria de Dios Patria Nación y demás consignas. El desesperado claqué de los cuerpos vencidos maltratando el barro del camposanto, la orquesta desacompasada de los fusiles en retirada a sus cuarteles de invierno, la voz agria del mandatario de turno increpándolo chaval ya puedes ponerte en pie y seguir tu camino y tú no has visto nada y la mordida de temperatura y prensa del nuevo día aplicando su dentadura en la piel de escalofrío que desordenaba a mi padre una vez habían recuperado, los francotiradores, el capote verde oliva con que le habían cubierto durante la ejecución.

Después llegar a clase y no poder prestar atención a la maestra, por muy guapa que ésta fuese. Disculpe, señorita, olvidé los deberes.

Cuando yo abandoné las clases para repartir publicidad, sentía que mis paseos por La Almudena otorgaban sentido a mis ausencias escolares. Eso o la necesidad de ingresos, que imponía en casa su dictadura de miedo y tiempos pretéritos.

Más tarde, mordidos los relojes y perdidos los años, cuando daba mis paseíllos por el cementerio intentando captar momentos blanco y negro que inauguraran, en la química de grano y textura de la película fotográfica, vidas que se perdieron en la espiral infecta de la vida, recordaba que mi padre, una y otra vez, me susurraba: cuando iba al colegio… era lo que más temía… toparme con otro grupo de convictos a los que andaban dando el paseíllo…

Pablo Cerezal




domingo, 1 de marzo de 2020

rock and roll convulso

La belleza será convulsa o no será.
André Breton

Chencho Fernández lleva demasiado tiempo viviendo en música y poesía. Sus composiciones andaban desperdigadas por los corredores del tiempo y las esquinas de los estilos. Hasta que publicó Dadá estuvo aquí (2015) certificando un compacto latido de acorde y lírica llamado a prolongarse en futuros trabajos. Baladas de plata es el primero y ya es presente, al menos en mi reproductor, que durante poco más de 50 minutos ha ostentado, orgulloso, su capacidad para detener el tiempo.

Y es que Baladas de plata está lejos de ser una mera colección de canciones. Si algo reclaman las que lo componen es, justamente, tratarlas como partes insustituibles de un todo: una obra musical sin fisuras que debe escucharse de principio a fin y en el orden dispuesto por el autor. Una obra musical que te invade de euforia al comprender que mientras existan creadores como Chencho Fernández no serán definitivas las tiranías mercantiles del streaming y los hits descabezados al azar. 

No parece casual que el álbum comience con ese apabullante trallazo rock que es «La fosa de las Marianas». Podría considerarse una canción denuncia, como se consideró en su tiempo, de manera errónea, «Like a Rolling Stone». En ambos casos sería mejor hablar de una advertencia. El bardo norteamericano avisaba de los riesgos de una atroz deriva social. El sevillano nos escupe la realidad inapelable en que aquella se ha consumado. Y la advertencia crece, como la de Dylan, en una instrumentación de musculatura épica, hasta deshilvanarse en un murmullo de teclados y tomar forma definitiva: os lo dije, ya no hay salvación... ¿o tal vez sí?

La probabilidad de salvación se vislumbra con esa deslumbrante joya de arpegio y poesía que es «La canción de Nadia». ¿Se refiere, Chencho, a la Nadja de André Bretón? ¿Está rubricando el álbum como rubricó la belleza el poeta?

Ignoro si sería su intención al registrar esta magistral lección musical que es Baladas de plata, pero ha dado vida a una obra tan convulsa como ese amor fou que descubre a los amantes en el fatal abrazo que los ha de separar. Por eso no resulta extraño que a la inicial advertencia de rock descarnado le siga una zambullida en la calma chicha de canciones con sonoridades más cercanas a la canción melódica, dicho esto con todo el respeto que merece recordar los arreglos orquestales con que copularon la chanson francesa, las armonías de San Remo y los standards interpretados por los crooners americanos. Que el término crooner hace ya tiempo que perdió sus connotaciones peyorativas, piensen si no en Nick Cave, por ejemplo, y Chencho Fernández se erige aquí como el crooner definitivo de la música patria.

Un crooner de dicción canalla y frágil (perdonen la redundancia) que empuja hasta insólitas cumbres de emoción a una banda de músicos superlativos que manejan percusiones, vientos, ritmos, teclados, cuerdas y coros con maestría de puñal en flor. En cada compás se arrumba un eco de electricidad ancestral llevada al límite de la belleza por la suficiencia agridulce con que Chencho fusila los versos de unas canciones que son verdaderos poemas.

La elegancia y riqueza de matices que atesoran estas Baladas de plata, aparte su intrínseca sabiduría rock, ostentan patente de corso europea.  En Europa inicia este delicioso paseo por lo mejor de la música popular, con canciones tan europeas como el Mediterráneo y el amor fou. Tan mediterráneas como Serrat («Un hit», de nuevo «La canción de Nadia») y tan amor fou como Gainsbourg («Te quiero sin querer», el delicioso orgasmo francés de «Mi pequeña muerte en ti»). Tan europeas como una tarde en el interior de una habitación que hiede a sexo y amor perdido. Melodías de contracciones rítmicas y acordes distendidos, copulando en esa pose original y subversiva con que la belleza exhibe sus atributos.

Pero el viaje continúa, y el autor nos recuerda que su pericia musical se ha forjado en numerosos senderos. Así, abre de nuevo la puerta a Dylan («La noche americana», el góspel bastardo de «Suicidio en Hollywood») confirmando que lo que hace de una canción poesía es, amén la lírica intachable de su letra, la capacidad del cantante para empujar con su voz de anochecer el gruñido en seda de ritmos, guitarras, coros y vientos, hasta fundirlo todo en un emocionante abrazo de tensión y música total. Y si el cantante ha de susurrar para ello, como los poetas, lo hace. Pocos saben susurrar como Chencho Fernández, por cierto. Poesía, ya digo.

Por si quedasen dudas de la educación musical del bardo, este comete la desfachatez de, con mimbres garaje y negritud de allende los mares, edificar una mítica de la propia tierra de nacimiento y sus andanzas por la misma, como Lou Reed relatando su impostergable New York («En boga»). E incluso se pasea por los barrios bajos de un Buenos Aires que huele a Hispalis berlinés («Salvador en la Plaza del pan»).

Las guitarras juguetonas y los coloridos paisajes de teclado en que se sostiene «Calle Imagen» regresan los pasos del poeta por el callejero de la melancolía, después de rumiar su propia ignominia marcando el ritmo en ese milagro de lírica cruel y acordes en duelo que es «Como se odian los amantes». Siempre a un lado y otro de ese espejo de convulsa belleza frente al que Chencho Fernández sitúa al afortunado oyente.

No es que no existan los ancestros, por tanto. Es que Chencho ha bebido de sus fuentes hasta saciarse y aclarar su voz de poeta urbano para dotarla de un acento único y absolutamente moderno, à la Rimbaud. Porque lo moderno, hoy, es mantenerse ajeno a la estridencia y el golpe de efecto, es utilizar la sabiduría de años de música popular para fecundar un disco, como este, intemporal y deslumbrante. Baladas de plata es un universo que se escucha como un poemario o un álbum de fotografías que catalogan amores como cuchillos por la espalda. Un derroche de elegancia y buen gusto, desde la precisión de las composiciones hasta la pulcritud de unos arreglos musicales que no vienen a entorpecer la canción ni a dotarla de histrionismo, sino a vestirle la piel precisa. Baladas de plata es un universo instrumental y lírico de difícil parangón en el rock que se pergeña a día de hoy en este país.

Baladas de plata como balas disparadas contra este lobo para el hombre en que nos hemos convertido... tal vez con la desesperada intención de regresarnos a nuestra condición humana y convulsa.

*texto incluido en el libreto de Baladas de plata

jueves, 20 de febrero de 2020

otra temporada en el infierno

Aquel recital de Bunbury, en La Riviera, era el último que veríamos en Madrid, hasta un hipotético regreso que no encontraba guarida en calendario alguno. Tus manos hacían nido en mi nuca y las mías intentaban apresar aviones que surcaban el falso cielo de la sala dibujando acordes como estelas de queroseno. 

La Riviera respira su quietud de Moby Dick ferruginoso a la orilla del Manzanares, en espera de las huestes del exceso. La noche cual reino de juventud que desmembra su cuerpo al ritmo de sones electrónicos y combinados de color eléctrico, sabor inocuo y efectos retardados. Hasta allí se acercan tribus cuya única señal identitaria es la gana de sexo urgente y música desordenada, los fines de semana, cuando la madrugada inicia su loco festín de horas de una sola cifra. En ocasiones, la sala ofrece un aperitivo a dicho festín con algún concierto de una banda más o menos renombrada.

Noches de concierto, liturgias del desorden en que intentamos adecentar los saturados estantes de la adrenalina. Voracidad de vértigos que sólo suceden en nuestra imaginación. Cambiamos la piel de ciudadano voraz por el disfraz de cromañón sensible y nos lanzamos a la caída libre de una comunión profana. De ángeles a demonios, apenas apreciamos la transformación, ni siquiera nos detenemos a pensar si en verdad somos el mismo de horas antes, cuando aún el concierto era sólo una promesa. Ya en la sala, hemos mutado la piel por pura electricidad sensible, accidentes sinápticos recomponen nuestro aspecto externo y nos someten al yugo infalible de un exceso de cartón piedra.

Así tú y yo, aquella noche, decididos a apurar ese concierto como si de un trago delicioso y postrero se tratase. Al frente de los días, casi al borde de aquellas horas, nos esperaba un exilio voluntario en tierras andinas. Abandonaríamos familia, amigos, hogar, recuerdos, fetiches, paseos, compraventas, noches infinitas y días mordisqueados, cual manzanas, por las nubes de aguacero y hollín de un Madrid que nunca fue nuestro, por más que así lo pretendiésemos.

Horas antes, con David, en el coche, repasábamos Licenciado Cantinas, el último CD (por aquel entonces) del artista maño. Los tres estábamos de acuerdo: gran disco. Obra arriesgada en que el músico se había atrevido a actualizar un buen tropel de tonadas pertenecientes al cancionero popular latinoamericano. Latinoamérica, decíamos, y en la voz de David se estremecía un rumor de melancolía, en la tuya un presagio de duda y en la mía una seguridad ficticia. Latinoamérica, seguro que os irá bien, y el cambio no será tan grande, a ver si comienzo a ahorrar para ir a visitaros. Y nuestro silencio como respuesta o, en el mejor de los casos, un brusco pon la canción siguiente. Tú siempre querías escuchar, una y otra vez, la copla que finaliza el disco: es mi preferida, es preciosa. Y lo único de precioso que contiene esa música son sus doloridos versos de existencia al borde del abismo.

Yo te había hablado, antes, de Atahualpa Yupanqui, de su voz de arena tibia y el rasgueo florido de su guitarra. Alguna vez, en casa, puse un disco suyo, para que escuchases la canción original. Pero a ti no te gusta el sonido añejo ni las películas en blanco y negro. Tus oídos, como tu cuerpo todo y tu ternura, son más jóvenes que los míos. Prefieres la canción de Bunbury, has nacido cuando el rock and roll lo era todo habiendo dejado de serlo. Ya era historia, o sea. Ni siquiera conociste a Kurt Cobain, eras demasiado joven, ya digo. Yo, sin embargo, crecí a la adolescencia cuando el punk confirmaba su máxima del no future y Gabinete Caligari ofrecían tragos de Four Roses para las noches de amanecer incierto, me impregné de rabia grunge y luego, al poco, comencé mi meditabundo recorrido por los ritmos de los 60 y 70, rythm and blues, los Stones, Dylan, The Kinks, Zeppelin, Bowie, la Velvet, cómo no, y, cual Diógenes desorientado, amplié el espectro de mis gustos musicales a la trova, el tango, el folk, la copla, el flamenco y un sinfín de cadencias preñadas de oscuro y  melancolía. Es ahí que apareció Yupanqui para explicarme que Argentina no sólo asesina mujeres besándolas a ritmo de tango, sino que también habita cordilleras de almizcle en que danzan nubes y poetas sueñan quimeras con que dignificar al pueblo.

Tú prefieres la versión de Bunbury, más moderna, de sonido más actual, más orgánico. Claro, al fin y al cabo por eso registró el músico su Licenciado Cantinas, consciente de recoger entre las manos glorias extintas de la canción latinoamericana y dotarlas de envoltorio que le generase nuevas travesías con nombre de saudade. Mientras, en las cantinas y boliches de el continente americano, continúan agrietándose los tragos en la garganta de borrachos, pendencieros y soñadores para quienes esta o aquella canción supone elixir de duelo, osario de amores en desgarro, bocado de infortunio.

Y disfrutamos aquel concierto. Y llegó tu canción. Bunbury cantó «El cielo está dentro de mí», del Maestro Yupanqui, y tú escanciaste humo de lágrima en mi hombro mientras tus ojos pretendían hallar en los míos la solución imposible de nuestro futuro en común.

Pocos días después partiríamos y arribaríamos a la falda revoltosa de unos Andes ametrallados de silencio. Y comenzamos a erigir nueva vida con maneras de artesano: ladrillo sobre ladrillo, incomodidad sobre carencia, sonrisa sobre caricia, lentamente... y un día sucedía a otro y el nuevo fagocitaba al inicial mientras el que estaba por venir sucumbía de antemano a la envestida del siguiente, y así en maquinal reproducción de horrores que nos esculpían la sonrisa reconduciéndola en realidad anciana con que la parca reclama su reinado.

Tú me preguntabas qué hacemos aquí, tan lejos de todo, de todos, tan expuestos a la mendicidad de seda negra que viste el futuro en sus noches de gala. Yo recordaba el amanecer sucio de Madrid, a la ribera del Manzanares, con su desastre de agua débil y patos supervivientes. Recordaba La Riviera, aquellas noches de concierto, el redoble amable de la camaradería, el sucio riff del sexo urgente en los urinarios del bar de enfrente, el vertiginoso acorde del alcohol adulterado, aquel apocalipsis arquitectónico que impregna los horribles muros de la catedral de La Almudena, el crimen de metacrilato perpetrado sobre los arcos del Viaducto, las calles de ese Madrid de los Austrias que tanto paseábamos, después de cada concierto, antes de entrar a la siguiente taberna para continuar debatiendo, entre copas y cigarros, lo difícil que es mantener el soñado equilibrio entre luz y oscuridad.

Desde allí, en las alturas, mi vista vestía de lejanía todo el valle de Cochabamba. La claridad desteñía la distancia, las nubes desenredaban meteorologías indecisas y el viento desordenaba pentagramas de silencio. Pero a lo lejos, en el continente ignoto de la memoria, cantaban Yupanqui y su guitarra

El cielo esta dentro de uno...

Era Cochabamba contigo, hace ya demasiado. Hoy es Madrid sin ti, y una pedrada contra el escaparate en que ayer surtían mercaderías que yo te regalaba rompiendo mis pupilas con un aguacero de cristales que cantan, al caer

y está el infierno también.


miércoles, 8 de enero de 2020

dejad que todos los niños bailen

Let the children loose it
Let the children use it
Let all the children boogie
David Bowie


y es que, al fin, amado hombre de las estrellas,
los niños están llamados a vivir tu luz,
y el resto de quienes aquí quedamos,
tras haberte conocido,
obligados a enseñarles a ellos,
habitantes de un planeta sin ti:
que no hay más moda que la que ellos dicten aún contrariando la popularmente dictada,
que su sexualidad carece de propietario,
que las convenciones son el uniforme de los convencionales,
que si tienen algo valioso deberían compartirlo,
que la generosidad no es débil ni cobarde,
que la creatividad es semilla del alma que les anima el animal que sin duda son,
que héroes no son los del balompié ni las fuerzas armadas,
que lo oscuro es bello y lo indefinido seduce,
que la curiosidad no mata al gato sino que le afila las uñas de arañar estereotipos,
que la quietud no implica comodidad,
que la diferencia ha de ser indicio de felicidad,
que atreverse es positivizar lo que algunos llaman inconsciencia,
que la provocación ha de ser arte y no exabrupto,
que no hay norma basada en la justicia,
que toda norma ha de ser masticada con los dientes manchados de carmín,
que lo extraño es bello cuando uno se cambia las gafas de mirar de lejos,
que al animal le habita la elegancia,
que el ruido es para los sordos y la música para los ruidosos,
que un hombre puede bailar con más armonía que todo un ballet de féminas,
y
que la música, como todo arte que de tal se precie, no es cuestión de estilos sino de estilo,
que no hay qué sino cómo


Feliz cumpleaños, amado hombre de las estrellas, a ti y a todos los niños que aún pueden seguir bailando

viernes, 22 de noviembre de 2019

los corazones expatriados

A Luis Eduardo Aute, músico, poeta, humano... demasiado humano

Una cadencia de trino y un murmurar vientos como noticias caducas el horizonte, cuando la caída en desgracia de una tarde que ya no puede recordar su nombre. Un amasijo de cuerpos desvencijados en tropel de acordes, perdiendo el hilo de lo acontecido en filigranas que mudan sierpe su piel de canción. Un ritmo, una distancia.

La distancia que toma tomar un ferry en las costas gaditanas y apedrear con despedidas el demoledor espejo de un oleaje hecho de sal, parca y herrumbre. El ritmo de marea traicionera que desplaza tu cuerpo sobre 14 kilómetros sembrados de algas, cadáveres y sombras de aeronáuticas que se sueñan gaviotas. 

Y es que sólo 14 kilómetros de humedad separan Europa de África, España de Marruecos, Algeciras de Tánger. 14 es una cifra que puede ser exacta. También puede ser sinónimo de espanto o de regocijo, dependiendo de quién la tenga en mente. Regocijo del viajero que recupera eso llamado vida, desembarazado ya de dictaduras laborales y exabruptos cotidianos. Espanto del inmigrante que expone sus músculos a la natación sin oro olímpico del estrecho de Gibraltar por desembarazarse horas de muerte y futuro que no llega. 14 kilómetros, no más.

Y los cruza el poeta cruzándose en el camino con la poesía cruel de las vidas perdidas.

Luis Eduardo Aute decidió poner tierra y mar de por medio, hace años, en busca de la inspiración que, caprichosa, le preparaba frazada tierna en las calles del zoco tangerino. Así nació, quiero suponer, Slowly, aquel delicioso longplay (disculpen la terminología vintage) con que el artista émulo de Da Vinci quiso sacudir las conciencias de los desmemoriados compatriotas en cuyas mentes sólo existen kilómetrajes de mar gruesa y allende la ídem: que Marruecos es sucio y los moros unos maleantes y acosan a nuestras mujeres y sus hijos sólo comprenden el latrocinio y hoy ahora ya ponen bombas y tenemos más miedo del que sufre que del que hace sufrir.

© Luis Eduardo Aute
Slowly, despacio, calma travesía de los 14 kilómetros. Porque a Tánger se debe llegar en ferry, ya lo decía Brian Jones en Los cuadernos del Hafa. Y así, de idéntica manera, slowly, cruzó el estrecho la estrecha osamenta de ese hombre que quiso ser músico para mejor amar, ese músico que quiso ser hombre para mejor recordar al igual su condición de amante malherido.

Migramos por necesidad, no por gusto, no hagan caso de las prédicas televisivas de tanto español por el mundo, que el español sólo hace patria en idéntico lugar donde la hacen el magrebí, el subsahariano, el andino: familia, amantes, amigos... hay quien lo llama nación, allá ellos. Y bien lo sabe el músico que, cuando niño, miraba al mar desde su Manila natal. Tal vez por eso decidió hacer momentánea patria en las callejas de la medina de Tánger, vagamundear sus laberintos de zócalo inexistente y añil acomplejado tarareando y sufriendo canciones de Jacques Brel hasta dar con sus huesos en las esterillas de aroma rancio y tabaco de segunda mano del Hafa Café. Allí se atrincheró, la mirada perdida en la perdición del hachís y la somnolencia de un ocaso que abre fauces para devorar dos mundos, decidido a resistir las batallas del tiempo con un beso por fusil.

Que migramos por necesidad, sí, no se dejen engañar, no hay El Dorado lejos del orgasmo murmurado entre los labios amados, ni aventura que no mengue ante la gigantoscopia de la añoranza. Todos necesitamos descanso y un hogar al que regresar. Un hogar con paredes de abrazo y suelos de canción, aunque hable esta de amores truncados.

Me siento en una de las desvencijadas sillas del Hafa, enciendo un porro, contemplo la fotografía de gaviotas que coloca el cielo en la pared de su salón, y descubro España allá, a lo lejos, a 14 kilómetros, mientras las mareas cantan la epopeya fúnebre de las barcazas sin dueño y las pateras hambrientas. Aute, a mi lado, descose una sonrisa de vencedor vencido, venciendo las ganas de correr tras un Mick Jagger que, colina abajo, se despeña de amor siguiendo a una mujer ojos de khol y suspiro de orgía en sándalo. Finalmente, prefiere aletargarse bajo el cielo protector para componer una canción con que dar punzada eterna a la costura de lo efímero.

Hablando con Aute, en varias ocasiones, pensé en preguntarle por qué Marruecos. No me atreví a hacerlo, pero dudo que visitase el Magreb sólo por gusto. Quizás lo hiciese por necesidad, como todos los migrantes: necesidad de encontrar la letra de una canción que sonaba en sus oídos desde tiempos inmemoriales. Por mi parte, puedo asegurar que no marché a Marruecos buscando el amor soñado, por más que lo encontrase, que lo hice huyendo de otro amor que sólo se atrevía a decir el nombre de otro con quien nunca me gustó jugar al una de dos. Y es que migraciones del corazón son migraciones forzosas. Como todas, ya lo he dicho 

sábado, 16 de noviembre de 2019

¡viva la muerte!

Vivimos tiempos de resurrecciones vergonzantes que claman contra la inteligencia aclamando los singulares beneficios de la muerte... siempre que sea la ajena. Tiempos de exhumar restos arqueológicos que sólo sirven para hacer arqueología en que nació a la muerte eso que damos en llamar civilización. Tiempos de ratas que chapotean, orondas de moneda voraz y famélica actividad cerebral, los charcos como vertederos en que naufraga la ciudadanía. 

¡Muera la inteligencia!, ¡viva la muerte! Algo así dicen que dijo hace no mucho un neandertal que soñaba con recluir a la sociedad hispana entre las paredes de su propia Altamira. Y en algo acertó, a pesar de todo, estableciendo tan estrepitosa concatenación de conceptos. Porque muerta la inteligencia, todo lo que resta carecerá de vida. Me enredo, para variar, cuando sólo quería hablar de de los dignos momentos que nos regala la vida inteligente en este planeta, por más que se vista de óbito. Uno de ellos tuve la suerte de gozarlo hace poco más de una semana (ya saben, escribo con retraso) en la sala Siroco de Madrid.

Soy la muerte, asegura María Guadaña y, más allá de su potente imaginario de abrazos de parca y besos que muerden, tal vez no sea consciente de lo que ella misma representa cuando se sube a un escenario: sí: la muerte, para comenzar, de todo el clamor de vacuidades musicales a que nos exponen los B-29 de unos mercados empeñados en arrasar cada pequeño Hiroshima de criterio melódico que subsista entre nosotros. María Guadaña se sube al escenario rodeada de sus Afiladores y combate con sabiduría y actitud los ejércitos de estulticia que acosan a cualquier amante de la música popular entendida como arte vivo. Porque arte vivo es su música, poética de folklore bastardo de fronteras y ritmos, arrabal melódico de alta alcurnia, dicción envenenada de voces que suponen mimbres con que erigir, con soberbia artesanía, la propia.

María Guadaña se ha presentado en sociedad como una parca lúbrica y amable a la que nadie medianamente inteligente se atreverá a cerrar la puerta de casa. Con sólo los cinco temas de su EP Remedios Paganos ha logrado arrebatarnos la fisiología en un vendaval de melodías como jirones de piel y letras como cuchilladas por la espalda bien merecidas. Cinco temas que bien podrían ser los salmos de esta sacerdotisa de la fiereza suave. Con la vida y sus extremos por bandera nos regala una pequeña muerte en cada escucha de unas canciones que saben a cabaret de extrarradio, a feminidad de polka ebria con tacto de tequila bien reposado a la hora de la venganza. Canciones de latido feroz y melodías de arrabal milagroso, hábilmente engrasadas por esos orfebres de la tensión rítmica que suponen sus Afiladores. Pero resulta que esa magnífica puesta de largo es sólo emoción contenida, porque cuando María Guadaña se sube al escenario las emociones se desatan y los espectadores tornan feligreses de su evangelio de amores maltratados y filos sobre los que deslizarse para mejor lamer las propias heridas. 

Ya, lo sé, no aclaro nada, pero es que no soy crítico musical. De serlo, secundaría a esos que ya aseguran que esta mujer es algo así como una P.J. Harvey hispana o un Nick Cave que cambió de sexo sin olvidarse del propio, y cosas por el estilo que son muy de crítico musical consciente de la necesidad de enumerar referencias para mejor ostentar sus conocimientos y, de paso, orientar al siempre ignorante personal. Yo no soy crítico musical, ya digo y tampoco puedo ser crítico con esta artista tras haber disfrutado su apabullante presencia escénica, su oscura sabiduría lírica y sus melodías como nanas mexicanas para niños traviesos y muertos. También el perfecto engranaje de esa máquina de triturar etiquetas que son sus Afiladores, los músicos con que ha tenido el buen gusto de acompañarse.

Finalizado el recital sólo me quedó abrazar a María Guadaña como quien abraza la muerte, y agradecerle por recordarme que el largo imperio de la parca no obliga a desterrar de sus dominios eso que llamamos inteligencia y que tanta falta nos hace, hoy, en este bendito terruño. Así que, como dijo el neandertal aquel al que hoy hacen coro tantos cromañones: ¡viva la muerte! Lo de asesinar la inteligencia, ya si eso, les intentamos explicar que no es condición sine qua non cuando se acerquen las siguientes elecciones, por ejemplo.

lunes, 21 de octubre de 2019

la mochila de Jack Kerouac

... veo un mundo de jóvenes errantes con mochilas,
Vagabundos del Dharma que se niegan a obedecer
a la demanda general de que hay que consumir producción
y por ende trabajar por el privilegio de consumir...
Jack Kerouac

Un par de zapatos ajados, siempre los llevo, por si acaso, los pies son importantes cuando el camino es tu única compañía, por muy tópico que esto suene. Dentro de la vieja mochila que acuna en su interior escarchas de sudor e infanticidios de tedio, ahí van siempre los zapatos. No son de marca, ni pintan modernos. No son casi siquiera zapatos, pero son cómodos. Mi mochila, digo, ahí está, ahí descansa, en el fondo de este desguarnecido armario, cual piel de nutria asesinada o nudo de lana vieja trenzado en los adobes del sueño.

Contemplo mi mochila deseando interpelarle acerca del siguiente periplo, ahora, hoy que desconozco si algún día podré de nuevo rellenar de algodón aborigen su digestión de kilómetros descosidos y telas mal asfaltadas. Hace tiempo que no viajo, demasiado, pero no dejo de colgarme a los hombros, aunque sea soñando, esta vieja mochila barata, 40 litros de capacidad, muchos menos de los que me bebí en cualquiera de sus viajes, que albergó en su interior tanta ropa interior usada por interiores ajenos, tantos fetiches con nombre de geografías vacuas, tantos rasguños de zarzas como abrazos curados al albur de cruces de caminos que parecían ungüentos, y un número indeterminado de besos con la fecha de caducidad impresa en el envés de sus labios.

Así que, de nuevo, tomo entre las manos aquel viejo libro del viejo Kerouac. Paso sus páginas con la pretensión única de hallar una frase que me obligue a detenerme, hacer un alto en el camino. Y sólo encuentro un pedazo de tela de caftán que mis dientes destejieron a la noche de tu piel hace ya un mundo. Aún lo recuerdo: venía yo de festejar en soledad el último día del año en un restaurante aledaño al puerto de Tánger. Atlantique, se llamaba, aquel garito, aquel decrépito mesón con maneras de «aquellos buenos tiempos». El kefta estaba algo crudo, y el barro del tajine ni pasaba el examen de lo meramente decorativo. Pero era el lugar de entrada a la ciudad de cientos de turistas, tal vez más. Y se podía permitir el lujo, su propietario, de pagar los gravosos impuestos por venta de alcohol, y servía Special Flag -lo sé, la peor de las cervezas magrebíes- verdaderamente fría y, aún mejor, botellas de Guerrouane Rouge. Allí reposó, sobre la mesa, una de tales botellas, ensombreciendo con su duda de viña baja la rosácea claridad de unos pedazos de carne picada excesivamente crudos. Consumida la botella el interior del local perdió clarividencia, y las sombras que ya no proveían sus muros taladraron sombras chinescas contra la escayola descascarillada de mis pensamientos. Así que salí a las calles pretendiendo encontrarte, clamando a diosa Fortuna que cantase bingo desde una ebriedad que reclamaba tus abrazos.

Jack Kerouac, cortesía de «la red»
Hablé de Kerouac con el camarero. Me aseguraba, orgulloso, que su padre había servido innumerables botellas de vino al poeta, allá por los años 50 del pasado siglo, cuando el joven profeta beatnik recluía vagabundeos entre los muros de la medina de Tánger. Rememoró las melopeas del estadounidense como si las hubiese podido contemplar. Cuánta poesía, Kerguac, amigo, siempre borgacho, amigo, bebía y bebía y baiglaba después entrge estas mesas, sí, amigo, en mesa de usted bebía y luego baiglaba y salía calle baiglando, corriendo hacia parte alta de kasbah... ¡ah!, siempre rgeía, joven alegre, pero bebía mucho, mucho, no bueno beber mucho, amigo, ¿le sirvo otrga copa? Sí, sírveme otra copa, amigo, que esta noche me espera el Magreb en sus labios y no quiero que descubra los míos manchados de miedo.

Brindé por el año que finalizaba y no bailé, como Kerouac, pero sí me reí, a carcajadas, cuando le aseguré al camarero que iba a encontrarte paseando por la medina. Porque sabía que sólo tenía que caminar para encontrarte. Tú no te acordarás jamás pero nos cruzamos frente a un tenderete en que se mercadeaban chucherías de contrabando y RayBan falsas, y conseguimos colarnos en el Hotel Ritz, subir hasta aquella habitación húmeda de cucarachas y avejentada de moqueta gruesa. La cama estaba limpia, eso te aseguré mientras descubría un Miró de esperma caduca sobre las sábanas. Todo daba igual, nada me importaba, quería sentirme vivo como el viejo Jack, apurar sístoles y alquimias entre todos tus labios, acuchillarte con garras la espalda y con sargazos los pechos. Tuve que desgarrarte el caftán, y un retazo de orgasmo añil descansa hoy entre las páginas de Los Vagabundos del Dharma, primera edición, Contraseñas Anagrama, traducción de Mariano Antolín Rato. Luego caminar la noche tangerina buscando un taxi que te regresase al hogar que no tenías. Y yo regresar al Hotel Valencia para recoger mi mochila y, con ella a la espalda, perderme como una nada entre los viandantes que viandaban murmullos de menta en busca de nada. Buscando sólo caminar, estar en movimiento, no quedar varado en la melancolía de haber tenido que despedirme de ti de manera tan atropellada... tan atropellada como nuestro amor, nuestros besos y mis tragos de vino grueso. El camarero del Atlantique me descorchó otra botella. La tomé entre mis manos y caminé dejando a mi espalda el puerto, en pos de las orillas del extrarradio. ¿Hacia dónde? No lo sé. Tampoco importa. Lo trascendental no es el destino cuando crees que tu destino es el camino. Y caminé hasta que me acogieron, en el interior destartalado de un Fiat Uno, dos jóvenes oriundos de Sidi Kacem cargados de hash y ebrios de sonrisa. Decidí decirles adiós en Asilah confiando en encontrarte de nuevo, paseando la medina  y un vaho de cannabis en la última noche del año. 

Kerouac abandonó el camino por el alcohol, y la vida por una hemorragia interna producto de la excesiva ingesta de aquel. Pero antes anduvo lo suyo, y en Tánger consumió vino y bailó y rió y logró que este pedazo de caftán que ahora envenena mis dedos decidiese reposar el recuerdo de tu piel entre las arritmias gramaticales de su prosa bebop y nervio. 

Abro la mochila y lanzo en su interior el volumen pensando que será buena lectura para mi siguiente viaje. Al fin, tampoco es tan malo estarse quieto. Lo nefasto es, únicamente, no sentirse en movimiento. 


martes, 8 de octubre de 2019

donde acaba el poema, donde muere la canción

El silencio es el ruido más fuerte
Miles Davis

Días de combatir contra lo elemental doblando las esquinas de la ciudad como si fueran papel de fumar hachís bien apaleado, con un loco doblar velocidades al tiempo de los suburbios y el agravio para mejor encontrarse el latido en el bolsillo del pantalón, a la altura de la tráquea en que boquea un sexo sediento de ayeres como orgasmos mal dilucidados. Días de intentar volver a escribir, aprender de nuevo el silogismo mentiroso del verbo. Días en que, finalmente, el proceso neuronal prefiere lo escrito por otros, una vez dado por obvio y moribundo lo propio. Días en construcción, como alicatados de poesía a la que derruir con herramientas que no tengo. Por eso leo a Julia Roig, por ejemplo, y doy la bienvenida al veneno: la deconstrucción del poema y el verbo pero sin Derrida... nada que ver con las alquimias torticeras de los abanderados de tortilla española evaporada y ganglios de nube de pan asomándose al espejo de lo vacuo, que es algo así como Derrida sin alimento (eso bien lo sabe quien ha pasado hambre: la alimentación nada tiene de arte, por más que de suculentos críticos de ídem se las den algunos frente a un plato de hambre a 100€/comensal, qué cosas).

Uno siempre ha pensado que lo enérgico y revolucionario del arte es que no sirve para nada. Se puede vivir ajeno a cualquier tipo de arte (a las pruebas que nos regala a diario esta sociedad me remito), pero no a la alimentación, insisto. Ahora bien, aquí quien escribe goza alimentándose de esas viandas inútiles que son la poesía y la música (entre otras).

Me pierdo, llevaba tiempo sin asomarme a esta bitácora y no encuentro el tono. Así que, retomando el hilo, decía que llevo días leyendo a una Poeta que no se lo cree sólo porque su Poesía no sirve para nada. Luego arribo a la sociabilidad asocial de las redes ídem y descubro que aún hay quién, diciéndose poeta, en vez de escribir se pelea y maldice y escupe sin saliva porque le han dado un premio a otro que escribe peor que él. Sólo me queda en la pupila el salitre que espolvorea el vilipendiado. Y es que España, hoy, es un país de poetas pillados in fraganti en el acto de mirar hacia atrás, o a los lados, pero nunca hacia delante, que es donde debe residir la Poesía, ya lo dejó claro el nigromante de Charleville: adelante siempre.

Así que regreso a los textos de Julia para descubrir qué hay allí donde acaba el poema, y cuando ya me siento superado me entrego a la música: párpados sellados y oídos cual vulva bivalva refrenando una salivación en exceso poderosa (¿ven?, no hay exceso de cannabis en sangre). Y llega Nick Cave con su Ghosteen y disuelve la existencia en una deliciosa nada al mostrarme qué hay allí donde muere la canción.

Nick Cave, cortesía de «la red»
Lo que el bardo australiano ha hecho en su última obra es matar definitivamente la canción popular y situarnos frente al abismo que temerán enfrentar muchos músicos durante al menos los 20 años venideros. Hablaba antes de Rimbaud, y no es casual. Los casi 70 minutos de inmersión en Ghosteen tienen inapelable continuación (difícil de evitar) hacia delante, como la poesía del soberbio francés y, como esta, transitada por espectros inaprensibles que juegan dados de color en los canales auditivos hasta volcar victorias y derrotas hechas de amianto y corcel en el flujo sanguíneo. Si Rimbaud nos descubrió el color que atesora cada una de las vocales, Cave extiende ante nuestra mirada atónita una paleta de colores imposibles con que silencios y murmullos van edificando un fresco de dimensiones inabarcables.

Puedo imaginar a muchos diciendo que es un disco aburrido en que apenas hay música, equivocando una vez más la música con el ruido e insultando lo que de apacible puede tener el estruendo. Luego enmendarán diciendo que sí, que el cantante utiliza la voz como nunca antes lo había hecho, y cosas de esas que les permitan seguir figurando entre quienes tienen en alta estima sus capacidades auditivas. Son los mismos que escupen larvas contra su poesía no recitada. Yo, lo siento, estoy con el trompetista del Apocalipsis cuando aseguraba que el silencio es el ruido más fuerte. Por eso el ensordecedor minimalismo instrumental de las cuchilladas que dan vida a Ghosteen ensordece mis oídos y me incita a buscar refugio en los cuatro sentidos restantes, mientras transito paisajes más allá de la realidad y lamo los pezones de unicornios andróginos que pastan ardor y desatino. Ahí el prodigio, ahí el milagro laico de los panes como peces boqueando el fin de la estirpe y la simiente del porvenir. Al final de la escucha, tumbado, absolutamente aniquilado, no sé qué hacer con mi cuerpo y pienso perogrulladas como que Nick Cave acaba de deconstruir la canción. Luego las sinapsis neuronales me traen a la memoria la deconstrucción de la tortilla de patata y comprendo que no, que esto es algo más porque no es alimento, porque no sirve para nada más allá de disponer mis huesos en fotografía de requiescat in pace y empujarme, en un último intento por aglutinar laudatorias lágrimas en derredor, a volcar de nuevo mis sandeces en esta bitácora cibernética.

Eso sí, a los que alaben los registros vocales del bardo en esta inabarcable pieza sónica he de darles la razón. Y es que tal vez donde muere la canción sólo existe el origen de la misma: la voz, o sea. Y es que tal vez donde acaba el poema sólo existe el origen del mismo: la voz, claro.

Mañana seguiré durmiendo, comiendo, acudiendo al rincón del salario, bebiendo, fumando, fornicando y soñando. Acciones normales, necesarias, útiles, sin alma... sin arte. Pero entre esas acciones sucede también la del descanso (no el entretenimiento, que es cosa disímil), y es posible que el arte no sirva para nada porque sólo es una voz luchando contra sí misma para mejor expresarse y lograr que otros descansen.

Gracias, Julia, Cave, por el descanso.