miércoles, 24 de noviembre de 2021

contra la filosofía

389 cumpleaños de Spinoza, el filósofo, ya ven, ahora que han decidido ubicar la filosofía entre los estantes de almacén oculto de La Casa del Libro y sucedáneos, a la par que entre los estantes mugrientos del cerebro occidental a quien nadie acude para acudirse a sí mismo y regalarse un pedazo de realidad plagada de mentiras. Resulta que la filosofía, hoy, ya es ayer y causa de nuestros males, porque no nos dejaba pensar y nos enredaba con su vocabulario agrio de epistemologías sin cauce más allá del conformarse un criterio propio, cosas de esas. 

Spinoza, decía, que hace vidas planteó un panteísmo poco acorde con sus tiempos, a la hora de hablar de ese dios que puede ser el diablo, o viceversa. Sí, le acribillaron (¡faltaría más!), pero no entendieron que era tan beato como los secuaces del clero y los feligreses del sacrificio y el esfuerzo, como tantos hoy, adocenados en busca de empleo... el que escribe entre ellos. Porque algo o alguien nos habrá de alimentar, digo yo, y para eso están los pensadores actuales del algoritmo y la mano de obra barata y el sueldo como pan sin miga y cerviz ungida por la glosa insomne de eso que llaman los mercados y que, hoy, ahora, ya, es poesía de los tiempos presentes y venideros. No, lo siento, la poesía del enter y el fielato corporativo no va más allá del horizonte que dibujan eso que hemos dado en llamar los mercados.

El caso es que Spinoza, muy de su tiempo, sin negar a dios su longitud (como Nietzsche), dio en considerarlo una sustancia de la que todo brotaba cual semilla en guerrilla de vergeles selváticos. Y hasta aquí todo bien. El problema, claro, llegaba cuando el bueno de Baruch (así se llamaba, aunque les suene a islamista radical) aseguraba que todo aquello que existe produce un efecto porque tiene un por qué de existir, y que su esencia, por tanto, es potencia de algo superior. Un galimatías, lo sé, para las generaciones venideras y las ahora moribundas en aras del comercio. Pero yo lo tengo claro, y comprendo que existes porque me produces efectos, amor, que de alguna manera, te convierten en dios (perdón: diosa) y, en potencia, de lo superior que me acomete cuando desgarro mis vísceras en la necesidad de recorrerte hasta sangrarme los pulmones, de aprender tus esquirlas hasta desgarrarme las pupilas, de conocer tus intestinos como el íncubo a su víctima, de derrotar todas tus guerras con tiroteos de brisa, de dentellearte la risa, desvestirte el ocaso, incinerarte el miedo y fecundarte los cabellos con este fragor en que hoy pierden tacto mis dedos hechos de distancia y hierba para poder saber, al fin, quién con actitud sutil me despierta y enhebra la vida.


Ya ven, la filosofía, esa cosa, y Spinoza, aquel hereje alienado, no sirven para nada más allá de celebrar una onomástica como quien celebra los bordes de esperma de una sábana oxidada en el vergel de tu memoria. 

Larga vida y feliz olvido al filosofo, como larga mi mano cuando ya te siente reptar sus falanges de caricia y dios aún vivo a pesar de Nietzsche y la distancia.

sábado, 6 de noviembre de 2021

minutos de media hora

Nos pasábamos el porro con tiento y premura, como queriendo ahuyentar la amenaza con que las aguas del Estrecho pretendían transmutar el elixir marrón en leve fardo de patera cargada de sueños truncos en navegación hacia las costas gaditanas. Era el Hafa y era el hasch y eran las pupilas en danza giróvaga de intimidad compartida y eran los minutos que desatendían su nombre para inventar un nuevo vocabulario y, de paso, sí, otra manera de medir el tiempo. Eran las puestas de sol al frente del acantilado Magreb y las dictaduras del silencio henchido de música que no hacía acto de presencia más que en el kindergarten en que, obnubiladas, jugueteaban nuestras neuronas. Quiero decir que fumábamos hachís en las terrazas del Hafa mientras el horizonte arropaba el desnudo hembra morena del Estrecho de Gibraltar con la claridad de una piel aun más morena, a pesar de vestirse sol y lunares para jugar al universo. 

Los minutos, creo que ya lo he dicho, no eran redil de los habituales sesenta segundos. Juanfri siempre lo decía: acabamos de entrar en el minuto de media hora. Pistoletazo de salida y... a navegar los cielos de la menta y el THC.

Relojes añejos, a pesar de todo, al recordar las fumadas en el Hafa, en Tánger, pero siempre esa piel morena incendiada de luz y constelada de pupilas como lunares persiguiéndome con la plena consciencia de la victoria... de ir a darme caza. Soy un ciervo anciano inserto en una película survival. Un nadador sin musculatura ni piscina. Un recluso con una lima labial como toda certidumbre de escape. Un habitante inconcluso de la memoria expandida, hoy, y desde aquellos tiempos, pero más hoy que me repliego en la memoria inmediata para reverdercer la jungla de mi latido recordando el demoledor concierto de los Derby Motoreta's Burrito Kachimba al que tuve el placer de asistir hace ya no sé cuánto (ya saben, escribo con retraso). Segovia: peñascos de antaño y acueductos sin más ojo que el que pierde la adolescencia tras las faldas y braguetas de una madrugada que no ha de llegar más que mordida de centígrados con categoría de cabo primera, o lo que sea eso que supone relevancia entre las huestes de la patria y el sueldo asegurado.

Uno acudía a muchos conciertos y recitales de esos que la pandemia nos ha descubierto nocivos para la salud física, mental y mundial, y se embarraba en tragos compartidos de labios como botellas con maneras de mujer henchida de amor. Bailaba y saltaba y aullaba y olvidaba el mundo alrededor con la conciencia certera del que se ausentó del planeta tras fumarse un petardo, atragantarse de un tropel de güisqui garrafón y propinar un manotazo al reloj de arena para dejarlo en esa posición que le impide nombrar el paso del tiempo. El minuto de media hora, sí, ya lo he dicho, por el hachís, pero también, y más, por la música... y por la hembra morena que la danza con la indolencia que proporciona saberse contenedora de vida, de la Vida. A uno, hoy, la pandemia y las fuerzas del orden le han enseñado que es mejor bailar solo en la hembra y dejar la música para los negacionistas y esos otros que no tienen miedo a morir. Bueno, eso, en realidad, debería ser lo aprendido, pero a mí esta pandemia solo me ha enseñado a bailar más y con más ímpetu la música y, por supuesto, la hembra de piel morena disfrazada de sol y luna. Bailar la hembra, casi, podría asegurar, es lo que hacen los Burrito (de los varios nombres que componen el nombre de este grupo de músicos tocados por la divinidad horaria, me quedo con este, por abreviar, pero con todo el respeto, que luego dicen que escribo largo y espeso y barroco y no cabe en un tweet ni en una entradilla de prensa). 

Bailar la hembra, insisto, es lo que hacen los Burrito. Eso, y desencadenar los fantasmas del tiempo para dejarles corretear, libres de cadenas Canterville, cuando anclan al escenario su regio vendaval de acordes, armonía, musculatura y latido. Mientras, el público, aun silenciado por la dictadura del patio de butacas, comienza a perder los estribos y a destrozar los relojes con dentelladas de aullido musitado en falsete. Las largas hileras del patio de butacas, cierto, tardaron poco tiempo en levantar el vuelo, como llevadas en alas de una música hecha para volarle la tapa de los sesos al clima. La maquinaria de timbres y escalofrío de los Burrito, perfectamente engrasada para acometer cualquier destino sensorial que el oyente pueda elucubrar, acelera y suaviza su ferocidad etérea al ritmo de esas caderas hembra que hoy me reptan el vientre, mientras recuerdo: el concierto y a ti, amor, claro, vestida de lunares calé y sur sin nombre, desnuda de prisiones y gramáticas, moliendo aceitunas con tus pupilas y amamantada por una ordalía de acordes épicos como cantar de gesta de un futuro en que exhibiremos el músculo de nuestro amor como los Burrito engrasan el músculo de sus melodías de ensueño, ayer y alquimia: correteando correteabas mis arterias mientras ellos despedazaban, con mordiscos como besos, las normativas no escritas del ritmo y el compás e incendiaban ese patio de butacas para florecer un teatro bajo la arena en las pupilas, neuronas y dermis de un público hecho parroquia de éxtasis. 

Sí, disculpen el desvarío, no hay hachís en esta ocasión, solo es que me cuesta recordar el minuto en que un concierto se había tatuado, con tan feroz exactitud, en mi piel de reloj sin manecillas. Un concierto de los Burrito no es tal, es una experiencia en las antípodas de todo eso que hoy intentan vendernos como tal. Y se acercan con peligro a tu manera de bailar fulgores y astros hermanos de lo universal en expansión. Un concierto de los Burrito es húmedo como tu voz y luminoso como el envés de tu vientre. Algo así como una revelación... algo así como la música de este amor hecho de vicio y ternura en que nos acunamos para mejor permanecer despiertos.

Ignoro cuántos minutos duró el concierto, imposible e innecesario contabilizar el fragor de medias horas en que me permitió naufragar sin perder la respiración aunque casi. Segovia, a la salida, permanecía ciega de temperatura y audaz de vino peleón. Parranderos tropezaban charcos y tu perfil más pudoroso doblaba las esquinas de mi cordura mientras el viento silbaba que el camino ha sido largo...

pero he de llegar, vive dios

aunque me cueste una eternidad hecha de hachís y relojes sin norma... la música de los Burrito, por favor, de fondo, pintando de luz esa piel morena que vistes, amor, cada vez que me derrotas entre tus brazos.

miércoles, 6 de octubre de 2021

la piel bajo el volcán


Parece que la piel del planeta se agita y revienta sus costuras para regalarnos un vergel de vísceras feroces dispuestas a devorarlo todo... o al menos eso ocurría hace unos días, ya saben que escribo con retraso y que las noticias vuelan más alto y veloz que las nubes de humo tóxico vomitadas por el volcán de la isla de La Palma. De hecho, circulan con tanta prisa, que no he visto ninguna foto de perfil en Facebook enmarcando caras compungidas sobre un compungido Je suis La Palma. El caso es que el volcán y su piel vuelta hacia fuera han sido, durante unos días, nueva carga de leña con que atizar la hoguera del miedo ciudadano, más ahora que las cifras de la COVID-19 van dejando sin argumento a los tertulianos televisivos y científicos de medio pelo que nos han estado advirtiendo de que el fin del mundo, como el milenarismo, iba a llegar.

A mí, la erupción del volcán me ha servido para comprender que bajo una piel de respiración desapercibida y aparente calma late la verdadera piel, esa que se incinera por salir al exterior mostrando su verdadero rostro, por más que este parezca un semblante en cuya sonrisa haya más promesa de mordisco animal que alegato pacifista. Es lo que tiene la piel, de tan superficial como parece acabamos pensando que no tiene nada que decirnos más allá de su exabrupto de reloj suizo e imparable. Yo, últimamente, ando desentendido de la actualidad, porque corre demasiado aprisa y porque, aun habiendo deglutido los pertinentes minutos de eclosión volcánica (disculpen que no utilice esos términos que tan bien usamos todos ahora: boca, colada, piroclastos y demás), solo pienso en cómo hacer para no eclosionar de igual manera y que se me acabe desbocando la piel en el deseo de otra piel, aunque sea de volcán e incendio, que lo es. 

No hace mucho, tuve la fortuna de habitar durante unos memorables minutos el estudio de la artista Lucie Geffré, francesa (lo especifico por el je suis que tanto gusta) afincada en nuestro territorio y en su encarnizada lucha contra la piel entendida como escaparate solo por darle vuelta y mostrar su desnudo de vísceras implacables que amenazan con devorarlo todo, como el volcán. Lucie batalla a diario contra la superficialidad de la piel, armada de pinceles y tegumentos, de colores como estallidos, grises con maneras de herida y deflagraciones de color. Lucie sabe bien que la piel no es tan superficial como la pintan. Por eso ella la pinta de verdad, le saca los colores abochornándola con verdades incuestionables y nos regala a los afortunados espectadores un espectáculo más rabioso que la más rabiosa actualidad del volcán de marras: el de la piel cuando se mira los adentros retorciéndose al ritmo de las vísceras que la animan a la par que la aniquilan. Y es que la piel, cuando conoce su destino, tiende a dejarse llevar y fluye como una colada de magma, o una colada recién colgada por las madres del domingo para recordar a la familia que la dermis ajada de sus manos les viste a diario con más calor del que merecen.

La artista Lucie Geffré en su estudio

Lucie sabe que su pintura, su arte, como la vida, son cuestión de piel. Pero no de esa piel en que decidimos depositar los vasos de vino que nos ansía verter el tiempo, sino de la piel vuelta hacia dentro en lo más cenital del murmullo, en las miradas que se pierden en un cosmos digno de Carl Sagan cuando se asoman a la piel del otro o, simplemente, la recuerdan. La piel que ella retrata con perseverancia y paciencia de camarógrafo es la de nuestros latidos cuando se saben presos de un latido ajeno: en este caso el de su mirada. Y es que, como los grandes fotógrafos saben retratar al humano que habita bajo la piel del retratado, Geffré sabe retratar las inquietudes de quienes abandonan su mirada al maniobrar exacto de sus pinceles y se acomodan por un instante en los magmas de su piel interior. Todo un ejemplo de maestría pictórica y un regalo para los sentidos de quienes creemos que la verdadera piel, como las procesiones, va por dentro y no tiene nada de superficial.

Creo que el volcán sigue exhibiendo sus vísceras omnívoras, pero prefiero apagar la televisión y contemplar la obra de Lucie Geffré. Después, llegará la noche y, una vez más, saborearé el inminente momento en que mi piel vuelta hacia afuera se dejará recorrer por unas manos de lumbre que nada saben de superficies. 

Comprender, al fin, que nada de superficial tiene la piel cuando le prestamos la debida atención, ni siquiera la que habita bajo un volcán... que se lo digan a Malcolm Lowry.

miércoles, 18 de agosto de 2021

ola de calor

Mi casa se estaba quemando y solo podía salvar una cosa.
Decidí salvar el fuego.

Jean Cocteau


Imágenes típicas del verano regresan a los noticiarios: costa levantina, profusión de sombrillas y desnudos afortunadamente a medio hacer, sonrisas al viento que no existe y 15 segundos de fama televisiva (lo lamento, querido Warhol, equivocaste la medida del tiempo) en que proclamar, sonriente y victorioso, ese aquí disfrutando de la playita y la familia, que ya era hora súbitamente mutado en un esto es irrespirable, imposible dormir, pero nada que no solucione la playa y la cervecita. Y es que hemos sufrido una ola de calor (sí, ya ha pasado, pero quien aún me siga leyendo sabe que escribo con retraso): viento del Sahara y silbidos subsaharianos que amenazan atracar en nuestras costas sin ánimo de que nadie les invite a refrescar su gaznate cercenado de hambre y miedo en el primer chiringuito playero.

No quiero ser agorero, pero me parece, tanta celebración, paso previo antes de un nuevo encierro propiciado por el fin del verano y, tal vez, por el terror a ese virus que amenaza arrebatarnos el turismo, la cerveza y nuestra sempiterna «gana de vivir». Quiero imaginar que es por ello que me adelanto, olvidando las playas patrias, amor, y me encierro entre cuatro paredes contigo: para celebrar a  mi modo este largo y cálido verano, ola de calor incluida, y compartirte cerveza sin aperitivo y sudor sin Mediterráneo que lo aquiete. 

Algunos enfrentan la ola de calor proclamando su ansia por liberar del burka a las mujeres afganas que hasta hace unos días vivían tan libres que ni siquiera existían; otros exclamando que solo faltaba que tuviésemos que acoger a más extranjeros ahora que salíamos del agujero; los hay que clamando por el reinicio de la jornada futbolera con público en las gradas, extranjeros en el césped e improperios en los tímpanos; no pocos que vendiendo a los circundantes sus proezas laborales mientras se quejan de que otros extranjeros cuya única proeza es haber cruzado a nado kilómetros de arena y marea vienen a robarles el dinero que les permitiría extrarradiarse, el próximo verano, a uno de esos paraísos del lujo low cost en que no hay calor y sí daiquiris y pitanza a ritmo de orquesta de pueblo puesta al día y derroche todo incluido; una multitud, al fin, acribillando, con sus rostros de beatitud recién alcanzada al pisar el veraneo, a ese vulgo que no pudo pagarse unas vacaciones y que pulula las redes sociales con resentimiento de parado o asalariado sin medios.

A mí, ya ves, lo único que me cura el calor es sudar, profusa y profundamente, y empaparme de otro sudor: sí, el tuyo, ya sabes. Y es que mientras los veraneantes hacen del sudor bandera de fastidio y clamor contra esa meteorología que animan, diariamente, a que torne más inestable, yo hago de este bandera apátrida y la extiendo sobre la cama o el sofá para que tú la ondees cual pirata cegada por la promesa de un botín de músculos rebeldes y labios que pierden el norte en las mareas de tu sur salitre e isleño. Afuera, la fiebre del sol increpando a la ciudadanía, y aquí, dentro, entre estas cuatro paredes que gotean nuestros nombres, la fiebre quirúrgica del sudor dibujando garabatos alrededor de tus venas como niño que sabe que el lienzo es solo el comienzo y que, ignorando fronteras, culmina esa obra de arte en que da, más bello y violento que un Basquiat, nuestro amor.

Y el sudor tronando. Y nosotros, hechos de saliva, enmudeciéndolo. Y espesos de exceso rompiendo los márgenes porque nunca agua estancada, haciendo estanque de nuestro sudor y ramoneándonos la humedad calmos, feroces y eternos como bisontes de fiebre sobre la pradera de nuestros cuerpos.

Muchos rompen las normas de la distancia social en los bares, con algarabía de vidrios y espumas de soflama ebria que reconduce las normas de la política, el fútbol, la moda y el trabajo que todos increpan antes de, ya finalizado agosto, calzarse sumisos el yugo del fin de mes y el ahorro para el siguiente veraneo. Mientras, nosotros nos rompemos distancias, miedos y ropas con estruendo de respiraciones sin tedio para rompernos la piel, afilando los colmillos en el giro canicular de nuestras articulaciones, haciendo yugo de eternidad con nuestros labios y dilapidando jugos sin pensar en el verano próximo, anclados en el presente, anclados uno en el otro y con la mirada extraviada en los secretos de nuestra carne hecha pulpa y en el misterio de nuestras pupilas sudando lágrimas inversas que nos recuerdan que es verano y nos azota una ola de calor y que, a pesar de todo, solo nosotros, cuando nos amamos, encendemos el fuego que incendia todos los termómetros.

Cuando llegue el verano próximo, la población habrá dilapidado el plástico necesario para generar nuevas olas de calor, y los grifos aullarán promesas rubias y victorias de la tarjeta de crédito.

Yo, cuando llegue el próximo verano, amor, sólo espero haberte sudado entre los dedos y haberme sudado de tu vientre y tu cabello con la intensidad suficiente para avivar el incendio que nos sobreviva al largo y frío invierno. 

martes, 27 de abril de 2021

Brian Jones y la costumbre de lo exótico

Salgo de la piel que te he zurcido por dentro, laborioso y tenaz, con el desdeñable afán de descoser jirones de cuero nuevo y exótico. Viajo, por poner tierra de por medio y socavar con arena de olvido el acomodo muelle de tu matriz y tu beso. Vago las veredas huecas y los andenes vacíos en busca del labio que sepa pronunciar mi nombre como si fuese el de un recién nacido. Hoy, así, desde la distancia, lejanos tu pulso y tu palabra, te siento costumbre que pretendo desordenar con el zascandileo ágil de mis botas de viaje. Me acerco al Rif.

Vagabundear las faldas de vegetal mermado y aguacero futuro de la cordillera del Rif, allí donde sus tobillos agrestes se exponen a la mirada procaz del Sur. Enfrentar el deambular hospitalario de campesinos y la verbena de juego y carcajada de chiquillos. Llegas a pensar que es la salida de clase. Los habitantes todos, de pueblos y aldeas, no sólo los niños, salen de clase para enfrentar el bofetón del sol y la caricia del ocio.

Senderos de paseo calmo y abandono sin nostalgia, travesías de la fiebre. El Rif no es sólo estancia en que se recuestan acunadas por el canturreo del viento plantaciones de marihuana y enredaderas de indolencia. El Rif puede mostrar, al caminante, la senda hacia esos sueños que nos habitan con intención de consumarse. Vagabundear, ya digo, las faldas de calma y tierra roturada de la cordillera del Rif, allí donde quieren hacerse turbulencia sureña. Sigo un camino sin norte ni señales de dirección prohibida para mejor olvidar lo consuetudinario de tus brazos en abandono de orgasmos que hicieron nido en mi regazo. Caminar en busca de nuevos recorridos por evadir la celda del día a día. Así Brian Jones, hace años, cuando los Stones que había ayudado a fundar se le antojaban presidio en que languidecían pentagramas y melodías.

Pensamos, siempre, que lo exótico existe sólo para salvarnos de la rutina, ya lo sugería al inicio. No comprendemos que de nosotros depende el colgar el cartel de exótico a la puerta del primer pueblo aislado que profanan nuestras botas de caminante extraño, del primer cuerpo que horadan nuestras gimnasias de amante extranjero. Así se acercó Brian Jones hasta Jajouka, en busca de exotismos que le ahorrasen la rutina rítmica en que creía amodorrados a sus compañeros de filas.


Yo me acerco, hoy, hasta dicho poblado, tras haber abandonado la geometría desordenada de Alcazarquivir, el Gran Alcázar, Ksar el Kebir: caotizada por el gremio no sindicado de la migración rural, a años luz del vendaval tallado en salitre del cercano Larache, me acerco, decía, a Jajouka, para recostar en sus laderas de polifonía y pastoreo el falso ensueño del exotismo. Junto a mí camina Brian Jones. Me habla de música, drogas, sexo y abrigos de piel de cabra. Me habla del éxtasis grandilocuente que provee la música de los Maestros Músicos de Jajouka y yo escuchó al viento silbando melodías de éxodo y derrota. Cuántos de los herederos de tan egregia dinastía filarmónica no habrán ya perdido sus huellas en el camino hacia Ksar el Kebir, en busca del progreso, queriendo olvidar el hambre atrasada y la ruleta rusa de los días idénticos, sepultar su rutina en el exótico sarcófago de la gran ciudad.

Brian Jones llegó a Jajouka, de la mano de Brion Gysin, para perderse en los pentagramas de ritmo y césped de sus laderas. Olvidó su sitar: fermento de herrumbre a la sombra de la rutina. Ya cualquiera toca el sitar, incluso George Harrison, el Beatle iluminado, el sitar viene de lejos, porta hedores de Calcuta y desperdicios del Ganges en la danza portátil de sus cuerdas, exotismos ya rutinarios para los viajeros del rock’n’roll, el hábito ha pervertido el sexo insólito del sitar, así que… marchemos a Jajouka, donde la música es aún pura, honesta, y el hachís despedaza sus notas para que pierdas el norte de tu cuerpo tumbado a la sombra de un arbusto merodeado por mordida de cabras y orín de chicuelos.

Mis pies desordenan un charco de basura en que un chaval escupe su desprecio. Mujeres de edad irreconocible reprenden al chiquillo y me ofrecen dátiles forzosos. El viento acaricia un murmullo que semeja música. Música. Seguro. Eso buscaba Brian Jones. Música inédita, novedosa, temperamental, exótica. Aquí la encontró, y se vistió la piel de cabra del Dios Pan al ritmo de darbukas, gimbris, kamanjas que enredaban el aire con su telaraña de polifonías discordantes.

Lo exótico, ¿dónde se encuentra? Lejos, se dijo el bueno de Brian Jones. Lejos, después, hasta su tierra natal, se llevó enlatados los ritos melódicos de los músicos de Jajouka, desprendiéndoles por siempre de su religiosidad profana al permitir que fuesen profanados por el consuetudinario oído occidental.

Hoy, Jajouka me recibe con una lasitud de siesta y una musicalidad de moscardón veraniego. No encuentro lo exótico en sus callejas, se me antojan iguales a las de cualquier pueblo de la meseta castellana, y me pregunto dónde la costumbre, si en tu piel de laguna quieta o en la musculatura de marejada de esa joven magrebí que me contempla con la incertidumbre agazapada en su mirada. Recuerdo que Brian Jones no sólo perdió la cordura en estas tierras, también la locura mirífica en la mirada de Anita Pallenberg, que adoptó desde entonces el regazo de Keith Richards. Y lo exótico, desde ya, se me antoja costumbre.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

el año de la peste y la sonrisa de la Binoche

Tumbado en el sofá, los cojines milimétricamente dispuestos para acoger la ordalía de osario venidero en que se transforma mi cuerpo, mi latido, mi dolor... porque me duele el estómago, mucho, y no es por excesos festivos de festividades que no estoy celebrando como desearía. No es por eso y prefiero no conocer el origen (o fin) de este tartamudeo que mi sistema digestivo ha decidido como algo parecido al sufrimiento previo al perdón de los pecados.

Porque la casa está vacía. Estoy solo. Me desentiendo de La insoportable levedad del ser (elegí mal día para revisitar dicho filme) y lanzo mis pupilas como dardos certeros contra las ramitas falsas de un falso árbol de navidad que, hace no mucho, erigimos Munay y yo en medio del salón: para que fuese más incómodo recorrer sus escasos metros cuadrados, sí, pero tal vez, también, para que no pudiésemos escabullir el recuerdo de haberlo montado juntos, entre risas y confetis de un ayer mal parido y un futuro siempre incierto mientras los abuelos, en casa, lloraban nuestra ausencia. Dardos mis pupilas, siguen sin acertar las ramitas del árbol, y le cosen espumillones falsos por ver si así ven mejor todo lo que en su ramificación made in China anida, ya libre de sangre y horas niñas de trabajo sabiamente remunerado con el celofán del mañana dios o Lao-Tsé dirán. Como dardos las monedas en la hipotermia de la cuenta corriente que me tirita de frío al comprobar que este mes tampoco llego. 

Apago la televisión, a pesar de que la mirada de Juliette Binoche invita a hacer hogar en ella y hogaza de su ternura de rebaño frío, promisorio y quieto. Como los rebaños de sacrificio que engordarán la ilusión de tantos, durante estas fiestas sin abrazo ni ebriedad aplaudida. La ebriedad, estos días, repta y silabea silbidos de sangre a tus espaldas, y no es políticamente correcta ni socialmente aceptada porque puedes contagiar al otro que no teme contagiarse ni contagiar mientras le sustente una cuenta bancaria engordada a base de miedo y sudor frío sin dejar de denostarte por paria y portador de virus... salvo que te haya tocado la lotería, que ya sé que no... o tal vez sí, porque sigues con vida a pesar de entrar cada día en el estómago fragante del Metro para desplazarte hasta tu lugar de escarnio, o de trabajo, que tú del teletrabajo nada sabes más allá de esas leyendas que te cuentan los medios y hoy ya te suenan más a Charles Dickens que a derecho conquistado. 

Mientras, en esos allende los mares que siempre quisiste surcar, los hijos de la nada recolectan virus de sombra y marchitan pan duro al albur de una dentadura hecha de limón exacto. Mientras, allende los mares, en mi a pesar de todo añorada Bolivia, en mi a pesar de todo añorado Marruecos, en mi a pesar de todo añorada India, por ejemplo, la peste no hace acto de presencia simplemente porque los medios no nos lo cuentan. Pero igual es Bolivia que la residencia de ancianos ubicada en el mismo perímetro en que se encuentra el hogar de fin de semana de más de uno que no quiere saberlo o no se entera o cualquier día levantará barricada para que desahucien a los ancianos como si fueran los nuevos menas o menores no acompañados nunca para la siguiente entrega, a domicilio, de comida recién hecha y bisutería low cost adquirida vía amazon que, de paso, te entrega libros que nunca cobrarán los escribas que en ellos se dejaron la vida porque hoy todo es producto y consumo mientras se consumen aquellos que regalan canciones que tú aplaudes en las redes pero que ni por asomo te atreverías a comprar porque es mucho más valioso un like y un aplauso en emoticono.

Enciendo de nuevo la televisión y naufrago mi mirada en la de la Binoche sólo por desprenderme de tanta herrumbre y machiembrarme falsamente a sus pupilas hechas de ayer y belleza. Los bares han cerrado, ya es hora del toque de queda, pero sus propietarios seguirán clamando por el pan que se les quita, arrancado de la barra del bar como se le arrancó la dentadura al último anciano al que escuché languidecer y proferir soflamas de infortunio frente a la tapa de callos reseca. Claman los propietarios: ayudas directas. Claman los autónomos: ayudas directas. Claman los gerentes de las estaciones de esquí: ayudas directas. Claman los dueños de hoteles y aerolíneas: ayudas directas. Claman los diputados: guerra abierta. La calles son un clamor a través de los telediarios, pero no escucho clamar a nadie por los que se dejaron la garganta clamando a un cielo abierto de jilgueros y nubosidades variables a las que no supieron poner nombre hasta que se puso de moda nombrar cada nueva borrasca como para darnos más miedo. Nadie clama por nadie más allá de ese sí mismo que languidece exhausto arrastrando sus cadenas de naufragio con maneras de fantasma de Canterville reutilizado. Todos damnificados, sí, pero cada damnificado en su mundo, como nos quieren, agradecidos por sus dádivas de high couture mientras deglutimos anuncios de eau de toilette plurilingües y denostamos el fin del idioma español como lengua vehicular escupiendo a quien habla un idioma no reconocido por los mercachifles del todo o nada, dígase este árabe o subsahariano. Las calles son un clamor, sí: un clamor de compraventas en que olvidamos el motivo por el cual ayer, antes de que llegase la navidad, tan necesaria, más incluso que la vida, llegase la ordalía del proletariado (Marx revisited) para imponernos su dictadura de compraventas que cotizan al alza del clamor y la farsa. Y es que las calles son un clamor de sangre terciaria derramada a mayor gloria de las madres del mercado que no, no son la nuestra llorando los paños de limpiar por enésima vez la cocina en que mañana no podrá afanarse porque está sola y nadie la visita y si alguien lo hace será sólo para emborracharse y no para enjugar sus lágrimas en el lacrimal valiente de eso que dimos, erróneamente, en llamar ser humano.

Regreso a la Binoche y lloro pensando en Munay porque hoy me siento madre y me duele este desbarajuste mental al que me amarro, limpiando fogones y adecentando cuartos, con las encías frescas de sangre de gaviotas que mordisqueo cuando me llegan de antaño a morder el vergel triste de una marejada hecha rebaño.

Muchos escuchan ya tronar el campanario, como en la antigüedad, clamando a muertos. Pero es fin de año y sólo una fecha será capaz de cambiarlo todo a ritmo de campanas vacías y mesas puestas como esperando invitados que nunca llegarán porque les cambiaron el horario. Eso es la peste, para la mayor parte de nosotros: un cambio de horarios, un llegarán tiempos mejores, un volveremos a vernos y si no nos vemos es que no nos hemos acordado. Yo, por si acaso, regresaré a la Binoche y prepararé los cachivaches que hagan sonreír a Munay sin saber que le espera un mundo de disfraces sin sentido y clamores hechos trino de gorrión aniquilado.

Ding-dong, ding-dong... qué triste la Puerta del Sol sin su rebaño... ding-dong, ding-dong, qué triste la madre huérfana de su sangre y de sus daños... ding-dong, ding-dong, qué triste la cobija tenue de los que sufren el frío sin contarlo en televisión para no estropear nuestro condumio hecho de siesta y ocaso. 

Ding-dong, ding-dong, qué suerte la mía de poder estar borracho y asomarme al patio de luces de mi hogar como quien lo hace al patio de butacas... arriba, pastoreando nubes y ensoñaciones, la sonrisa de la Binoche.

viernes, 5 de junio de 2020

el niño Lorca

Federico García Lorca, niño enamorado del dolor, del duende que no es gnomo ni taconeo flamenco sino oscuro arraigo de pies calientes (y manos gélidas de caricia ausente) a una tierra que germina ramajes de arteria mientras aúlla escarnios de perdedores y malditos.

Primero, los calés, malditos de Guardia Civil y navaja vespertina, en su Romancero gitano, y luego, en magnética eclosión, esos gitanos yanquis del algodón y el navío triste y hoy, ahora, ya, del cuello mordido por rodillas de perro zafio y hambriento: los negros, con su nívea dicción de aleluyas y esclavitudes susurrada en la olvidadiza memoria del tiempo.

Federico García Lorca, niño enamorado, ya digo, del dolor y la muerte. Tan enamorado que la buscaba como zahorí, perdido ya el palo de la alegría en las alcantarillas de la gran ciudad. Así la encontró, abrazándose a ella de inmediato para permanecer por siempre niño. Aunque su adiós fue asunto de malparidos engendros que, por desgracia, siguen engendrando monstruos que hoy sueñan con desbaratarnos el sueño. 

El sueño de la razón produce monstruos, dijo aquel otro niño oscuro del brochazo y la dignidad, pero resulta que el de lo irracional engendra más terribles, ignorantes y aberrantes bestias. Que la muerte del poeta fue asunto de malparidos, decía, y que de él haber vivido hasta conocer el nuevo siglo habría permanecido, por siempre, el niño que fue y aún se esconde tras sus títeres de cachiporra y su sonrisa amarga de felicidades ajenas. 

Así, como niño, se entregó a un juego de metáforas locas de surrealismo e imágenes que danzan zapatos de mordisco y miedo en ese tan paseado por encima y poco caminado Poeta en Nueva York tras cuya cópula, más que lectura (ese libro lo he violentado por todos los orificios, e igualmente he dejado que me violente por todos los que mi cuerpo ofrenda), no pude ya jamás volver a ser el casi niño que le acariciaba las páginas sin saber, aún, que acariciaba La Poesía.

Es bueno para la humanidad saber que hay niños que siempre negarán todo lo nefasto que implica llegar a adulto. Al menos, para mí, es milagro seguir mojando la piel en el mismo mar de desarraigo y verbo en que moja la pluma ese niño Lorca que, por más que muchos desearán, nunca estará muerto.

Autorretrato de Federico García Lorca para Poeta en Nueva York

jueves, 4 de junio de 2020

reivindicación de Juan Goytisolo


Ya dejé dicho, tiempo ha, en alguna parte, que a Marraquech siempre se acaba llegando. De Marraquech nunca se parte. Nadie abandona el fértil fermento de su callejero, por más que lo pretenda.

La mítica ciudad magrebí se desdibuja, a la caída de la tarde, con un tímido difumine de brisa, asfixia de temperatura en suspenso, borrasca de especias amenazando el perímetro de nervio y Literatura de la plaza de Xmáa-El-Fna. Y es que a la Literatura, como a esta ciudad, siempre se llega. Al menos un servidor.

El calendario se disfraza de atardecer: naufragio de las cucharillas en hierbabuena y centígrados: coloquio de parroquianos eternamente adscritos a la tragedia de mesas imposibles que pastan el irregular forraje de adoquín y milagro de la plaza: soliloquio de iluminados y orates sembrando semilla de palabra y mueca bajo tenderetes como carpas de circo medieval: embriaguez de serpientes hipnotizadas por el danzar enajenado de truhanes y mirones: sortilegio de octavas descompuestas al ritmo de darbukas de tercera mano: fragancia de azahar salpimentando la marejada de azúcares del zumo de naranja recién exprimida: cámaras fotográficas congelando poses onerosas que recluir en la memoria 32GB y en la emulsión edulcorada del recuerdo: ritmo de mugre: compás de aceite usado: radiación de neones y luminiscencia de gases extirpados a pequeñas bombonas para reconducir las sombras hacia un espacio de luz en que puedan volver a la vida sin necesidad de esperar tres días…

Atardece en Xmáa-El-Fna como si Marraquech hubiese perdido, entre sus bolsillos de laberinto y ayer, la brújula de la aurora.

Pero para alcanzar la tarde, en Xmáa-El-Fna, es preciso haber perdido el rumbo de las horas en las calles circundantes, haber seguido el hilo de una Ariadna morena, ojos de kohl y silencio de geisha, que recorre rincones como catedrales de luz y angosturas como cavernas platónicas para trazar el imposible mapa de la medina marraqchí. Alcanzar el perímetro de inmediatez y comercio de la plaza ha de ser como fondear en el puerto bucanero de la Isla Tortuga, tras sobrevivir a una travesía de motín, sed y canícula.

No existe, Xemáa-El-Fna, para regalar sus delicias a los viajeros de la prisa y la instantánea.

Juan Goytisolo bien lo sabe, y esculpe su medineo de paso calmo, cada día, a la caída de la tarde, recorriendo la cinematografía muda del adobe y el mantra bullicioso de las calles en que se perdió hace años, quizás ya demasiados, para mejor perder el oprobio de dictaduras políticas y literarias de aquella vergonzosa Hispania que le vio nacer. Monotonía de oficialismos poéticos, uniformidad de pasos procesionales, al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Imposible enfrentar la petulancia de una censura que sólo sabe de puntuaciones oficiales, costumbrismos abyectos y moneda urgente. Utópico abandonar la pluma al raído vaivén de los días y la vida en desarrollo. España, camisa negra de la ignominia. Marruecos es, era, fue para el literato autoexiliado, párrafo de libertad al que desmenuzar la ortografía y reconstruir el ritmo sin temor a ser amonestado por los guardianes de lo correcto. Aquí llegó. Aquí permanece. Ya lo dije: de Marraquech nunca se parte, a Marraquech siempre se llega.

El autor, por tanto, ajeno ya al fragor de una patria que nunca tuvo, invertebrado habitante de un mundo que a muchos resulta incomprensible, abandona, a la caída de la tarde, al sonar el despertador aflamencado del muecín, su fresco retiro de la medina para arribar al café en que camareros y concurrentes le ofertarán bendiciones y palabras: Gran Literatura. Allí consumirá y compartirá agua tibia y charla voraz, mirada curiosa y canícula mortal.

Marraquech es, pues, no sólo mapamundi de mochileros y sortilegio de turistas low cost. Marraquech es habitáculo del verbo y morada de un genio más real que el que supuestamente habita esas mágicas lámparas con que te ofertan, al pasear, los mercaderes magrebíes. Marraquech es Makbara, esa ciudad dentro de la ciudad en cuyo interior serpentea la oralidad mirífica de la prosa de Juan Goytisolo y, con ella, la gloria vertiginosa de un idioma en desarrollo, por más que los próceres de la “cultura” deseen verlo por siempre tras los célibes barrotes de la formalidad fácilmente asequible.

El gran poeta apátrida nos enseña, en cada uno de sus textos, que el futuro de la lengua no se escribe en libros ni academias, sino que se limpia de formalismos en la desaseada plaza de una ciudad sureña, se fija en las callejas ajadas de siglos de una movediza medina y adquiere esplendor en la garganta raída de tiempo de borrachines, paseantes y buscavidas que pervierten ortografías con la lucidez exacta de su gramática de hambre y risa. Algún día comprenderán los ciudadanos (ni pizca de fe en las autoridades) dónde habita la esencial semilla del habla y la literatura (tan despreciada hoy, tan de saldo), que vienen al fin a ser lo mismo. Y él continuará aquí, a la sombra de una temperatura mortal, en Marraquech, en la Plaza de Xemáa-El-Fna, moldeando la gloriosa gangrena de la palabra y coloreando las esquinas verbales que los tiempos anhelan dejar fuera de foco, recordándonos que a la Literatura, como a Marraquech, siempre se acaba llegando.


Texto publicado originalmente en Red Marruecos

jueves, 19 de marzo de 2020

El paseíllo


a mi padre

Yo incursionaba los paseos de reptil y bochorno de La Almudena, cuando adolescente, para mejor acercarme de la Calle Alcalá a la Avenida Daroca, donde debía incinerar jornadas repartiendo folletos publicitarios de una demediada empresa electrónica en los buzones del barrio de la Elipa. Era mi primer sueldo, no daba ni para una litrona compartida, pero era un sueldo, y eso lograba que me sintiese adulto, trabajador ya y todo, esclavo ya enredando a mis tobillos cadenas que aún no era capaz de percibir. Reconozco que era absurda, aquella travesía: sólo provocaba que mi jornada efectivamente laboral comenzase horas más tarde: para llegar desde el punto de recogida de los citados folletos al entramado de calles en que debían ser repartidos no era precisa tal incursión por las acequias de la carne difunta.

Más adelante, vencido el acné y los traumas identitarios, frecuenté aquellas veredas sembradas de cruces como lirios y de cipreses como naufragios inversos (porque así naufragan los suicidados, los abandonados, los fallecidos: hacia arriba, huyendo la superficie como quien rechaza un plato de pescado podrido). Fragancia de crisantemo escondiendo tras su nube de aroma dramático el parpadeo nervioso de mi cámara fotográfica, empeñada en recolectar imágenes de vida asomadas a la orilla de la muerte.
Dicen que el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena es una de las más extensas necrópolis europeas. Pueda ser, aunque me perdí por cementerios de Lisboa, París, Praga, Berlín, Estambul (¿se considera Europa?, ¿o Europa es ya sólo delimitación política, Unión Europea, y en ese plan?), Roma, Viena, Ámsterdam y más, que me parecieron inacabables de tan amplios. Si los doctos en la materia lo aseveran no soy yo quién para contradecirles.

Dicen que el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena contiene más habitantes que el resto de la ciudad de Madrid, o sea, la ciudad de los vivos, porque la Almudena es metrópoli de almas en pena o penosamente perdidas en la batalla de los relojes, la enfermedad y la violencia. No sé, nunca me dio por hacer recuento de lápidas. Pero sí doy fe de su amplitud de campiña manchega que la vista no es capaz de acotar bajo sus reflectores de pupila y parpadeo.

Mi padre sí podría teorizar al respecto, eso es seguro. Al fin y al cabo él no paseaba el cementerio a la caza y captura de instantáneas que hiciesen eterna la vida de quienes ya la perdieron, como hacía yo con mi cámara como único compañero. Él vivió en el cementerio, entre sus tapias, y agotó entre mármoles y sepelios buena parte de su infancia.

Fue finalizada la Guerra, la Civil, la más incivil que vivió esta España mía esta España nuestra que hoy nos devora y a mala fe nos denuesta. Mi abuelo permanecía preso en la Puerta del Sol, por comunista, y mi abuela, mujer de falda arremangada y perseverancia leonesa, se presentó en comandancia reclamando la presencia de un Teniente Coronel de la Guardia Civil al que el padre de mi padre había regalado orondas vacas en las épocas del hambre. El susodicho mandatario de tricornio no apareció en un tiempo, pero fue el suficiente para que mi abuelo no fuese ejecutado. Al contrario, fue puesto en libertad, pero en agradecimiento por la buena acción mi abuela se vio obligada a regalar al teniente la casa en que habitaba junto a su esposo y sus, entonces, todavía, tres hijos. Carambolas de la cercanía humana, un peón de albañil, antiguo compañero de mi abuelo, trabajaba en aquellos días ampliando las avenidas de escarnio del Cementerio de la Almudena, y en la garita en que cambiaba la ropa de civil por la de trabajador honesto, dio amable cobijo a mi familia.

Guardo en la mochila la cámara fotográfica, como quien guarda el fusil en la vaina destinada al efecto, y recorro lingüísticamente nombres y fechas como pétalos de rosa lanzados al aire de matrimonios frustrados, dedicatorias y pésames como charcos de domingo sin fútbol ni pareja, 1922-1943 no te olvidamos Eugenio Pardo amigo de sus amigos y sostén de sus enemigos a la tierna edad de 13 años nos vemos en el cielo angelito de la guarda que eres niño como yo Basilio y Basilia 1901- 1939 que te sea más leve la muerte que a nosotros la vida sin ti Virgen Purísima ruega por ella 13 de mayo de 1887 – 13 de mayo de 1937 siempre juntos Fermín Donoso Cifuentes tus amigos no te olvidan, ni yo ya puedo hacerlo después de fotografiar tu lápida abrillantada por ese rayo de sol repentino que ha llegado hasta Madrid para recordar que un día caminaste sus plazas y calles y compraste churros en San Isidro y regalaste piropos subidos de tono a la manuela que pasaba, cada mañana, frente a la obra en que te aplicabas duro para llevar el jornal a casa y poner mendrugo de pan en la mesa del cocido de los viernes.

Fechas lejanas, nunca me gustó merodear las tumbas recientes, las de los ciudadanos que hasta ayer, como yo, caminaban Madrid. Prefiero las antiguas, y enhebrar la memoria en vidas que desconozco pero que, bien es cierto, fueron, a su modo, vividas.

Las antiguas son las que mi padre vio edificar con alarde de mármol y cemento magro, en aquellos tenebrosos años de su infancia robada, cuando tenía que atravesar La Almudena en la mañana temprana, reciente aún la niebla de la noche en vela, para acercarse a la única escuela de la zona en que daban escueto cobijo a los hijos de la guerra sin preguntar por el bando en que militaban sus progenitores. Estudiar es importante, hijo, mira yo, qué no hubiese llegado a hacer si hubiese podido seguir estudiando.

Dicen los historiadores de la cosa que, hasta 1945, los fusilamientos contra las tapias del Cementerio de La Almudena, fueron moneda corriente con que comprar silencios, miedos y futuros truncados. Brusco estallido de luz inauguraba un amanecer de sangre que simulaba primigenio graffiti en los muros de aflicción y penitencia del camposanto. ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Fuego! Y la mañana de Madrid despertaba ante el canto del gallo de la ignominia, gotelé bermellón descorchando la botella de vino agrio de los días, roja sangre de rojos salpicando la piel de la madrugada.

Se abre el obturador de mi Nikon F80 para recoger un vendaval de calima que apesadumbra de melancolía aquella lápida del 40, cuando el no pasarán ya era caducidad impresa en los rotativos de los vencedores. Y sigo caminando con cuidado de no despertar las conciencias reposadas de quienes yacen bajo mis pies. Como mi padre, que sorteaba sombras y silencios para evitar encontrarse, una vez más, de frente, con el pelotón de fusilamiento.

Era rápido, chaval échate al suelo, y un capote verde oliva caía con su pesadumbre de sudor y barro sobre su espalda apesadumbrada. Evitaba mirar a los presos, sólo una vez recogió en el cántaro inocente de sus pupilas aún niñas el borbotón desesperado de la mirada de un recluso, momentos antes de que perdiese el foco como yo desenfoco mi cámara con un temblor de lágrima que no sé de dónde procede. Jamás olvidaré aquella mirada. Luego la salve rociera de los fusiles a mayor gloria de Dios Patria Nación y demás consignas. El desesperado claqué de los cuerpos vencidos maltratando el barro del camposanto, la orquesta desacompasada de los fusiles en retirada a sus cuarteles de invierno, la voz agria del mandatario de turno increpándolo chaval ya puedes ponerte en pie y seguir tu camino y tú no has visto nada y la mordida de temperatura y prensa del nuevo día aplicando su dentadura en la piel de escalofrío que desordenaba a mi padre una vez habían recuperado, los francotiradores, el capote verde oliva con que le habían cubierto durante la ejecución.

Después llegar a clase y no poder prestar atención a la maestra, por muy guapa que ésta fuese. Disculpe, señorita, olvidé los deberes.

Cuando yo abandoné las clases para repartir publicidad, sentía que mis paseos por La Almudena otorgaban sentido a mis ausencias escolares. Eso o la necesidad de ingresos, que imponía en casa su dictadura de miedo y tiempos pretéritos.

Más tarde, mordidos los relojes y perdidos los años, cuando daba mis paseíllos por el cementerio intentando captar momentos blanco y negro que inauguraran, en la química de grano y textura de la película fotográfica, vidas que se perdieron en la espiral infecta de la vida, recordaba que mi padre, una y otra vez, me susurraba: cuando iba al colegio… era lo que más temía… toparme con otro grupo de convictos a los que andaban dando el paseíllo…

Pablo Cerezal




domingo, 1 de marzo de 2020

rock and roll convulso

La belleza será convulsa o no será.
André Breton

Chencho Fernández lleva demasiado tiempo viviendo en música y poesía. Sus composiciones andaban desperdigadas por los corredores del tiempo y las esquinas de los estilos. Hasta que publicó Dadá estuvo aquí (2015) certificando un compacto latido de acorde y lírica llamado a prolongarse en futuros trabajos. Baladas de plata es el primero y ya es presente, al menos en mi reproductor, que durante poco más de 50 minutos ha ostentado, orgulloso, su capacidad para detener el tiempo.

Y es que Baladas de plata está lejos de ser una mera colección de canciones. Si algo reclaman las que lo componen es, justamente, tratarlas como partes insustituibles de un todo: una obra musical sin fisuras que debe escucharse de principio a fin y en el orden dispuesto por el autor. Una obra musical que te invade de euforia al comprender que mientras existan creadores como Chencho Fernández no serán definitivas las tiranías mercantiles del streaming y los hits descabezados al azar. 

No parece casual que el álbum comience con ese apabullante trallazo rock que es «La fosa de las Marianas». Podría considerarse una canción denuncia, como se consideró en su tiempo, de manera errónea, «Like a Rolling Stone». En ambos casos sería mejor hablar de una advertencia. El bardo norteamericano avisaba de los riesgos de una atroz deriva social. El sevillano nos escupe la realidad inapelable en que aquella se ha consumado. Y la advertencia crece, como la de Dylan, en una instrumentación de musculatura épica, hasta deshilvanarse en un murmullo de teclados y tomar forma definitiva: os lo dije, ya no hay salvación... ¿o tal vez sí?

La probabilidad de salvación se vislumbra con esa deslumbrante joya de arpegio y poesía que es «La canción de Nadia». ¿Se refiere, Chencho, a la Nadja de André Bretón? ¿Está rubricando el álbum como rubricó la belleza el poeta?

Ignoro si sería su intención al registrar esta magistral lección musical que es Baladas de plata, pero ha dado vida a una obra tan convulsa como ese amor fou que descubre a los amantes en el fatal abrazo que los ha de separar. Por eso no resulta extraño que a la inicial advertencia de rock descarnado le siga una zambullida en la calma chicha de canciones con sonoridades más cercanas a la canción melódica, dicho esto con todo el respeto que merece recordar los arreglos orquestales con que copularon la chanson francesa, las armonías de San Remo y los standards interpretados por los crooners americanos. Que el término crooner hace ya tiempo que perdió sus connotaciones peyorativas, piensen si no en Nick Cave, por ejemplo, y Chencho Fernández se erige aquí como el crooner definitivo de la música patria.

Un crooner de dicción canalla y frágil (perdonen la redundancia) que empuja hasta insólitas cumbres de emoción a una banda de músicos superlativos que manejan percusiones, vientos, ritmos, teclados, cuerdas y coros con maestría de puñal en flor. En cada compás se arrumba un eco de electricidad ancestral llevada al límite de la belleza por la suficiencia agridulce con que Chencho fusila los versos de unas canciones que son verdaderos poemas.

La elegancia y riqueza de matices que atesoran estas Baladas de plata, aparte su intrínseca sabiduría rock, ostentan patente de corso europea.  En Europa inicia este delicioso paseo por lo mejor de la música popular, con canciones tan europeas como el Mediterráneo y el amor fou. Tan mediterráneas como Serrat («Un hit», de nuevo «La canción de Nadia») y tan amor fou como Gainsbourg («Te quiero sin querer», el delicioso orgasmo francés de «Mi pequeña muerte en ti»). Tan europeas como una tarde en el interior de una habitación que hiede a sexo y amor perdido. Melodías de contracciones rítmicas y acordes distendidos, copulando en esa pose original y subversiva con que la belleza exhibe sus atributos.

Pero el viaje continúa, y el autor nos recuerda que su pericia musical se ha forjado en numerosos senderos. Así, abre de nuevo la puerta a Dylan («La noche americana», el góspel bastardo de «Suicidio en Hollywood») confirmando que lo que hace de una canción poesía es, amén la lírica intachable de su letra, la capacidad del cantante para empujar con su voz de anochecer el gruñido en seda de ritmos, guitarras, coros y vientos, hasta fundirlo todo en un emocionante abrazo de tensión y música total. Y si el cantante ha de susurrar para ello, como los poetas, lo hace. Pocos saben susurrar como Chencho Fernández, por cierto. Poesía, ya digo.

Por si quedasen dudas de la educación musical del bardo, este comete la desfachatez de, con mimbres garaje y negritud de allende los mares, edificar una mítica de la propia tierra de nacimiento y sus andanzas por la misma, como Lou Reed relatando su impostergable New York («En boga»). E incluso se pasea por los barrios bajos de un Buenos Aires que huele a Hispalis berlinés («Salvador en la Plaza del pan»).

Las guitarras juguetonas y los coloridos paisajes de teclado en que se sostiene «Calle Imagen» regresan los pasos del poeta por el callejero de la melancolía, después de rumiar su propia ignominia marcando el ritmo en ese milagro de lírica cruel y acordes en duelo que es «Como se odian los amantes». Siempre a un lado y otro de ese espejo de convulsa belleza frente al que Chencho Fernández sitúa al afortunado oyente.

No es que no existan los ancestros, por tanto. Es que Chencho ha bebido de sus fuentes hasta saciarse y aclarar su voz de poeta urbano para dotarla de un acento único y absolutamente moderno, à la Rimbaud. Porque lo moderno, hoy, es mantenerse ajeno a la estridencia y el golpe de efecto, es utilizar la sabiduría de años de música popular para fecundar un disco, como este, intemporal y deslumbrante. Baladas de plata es un universo que se escucha como un poemario o un álbum de fotografías que catalogan amores como cuchillos por la espalda. Un derroche de elegancia y buen gusto, desde la precisión de las composiciones hasta la pulcritud de unos arreglos musicales que no vienen a entorpecer la canción ni a dotarla de histrionismo, sino a vestirle la piel precisa. Baladas de plata es un universo instrumental y lírico de difícil parangón en el rock que se pergeña a día de hoy en este país.

Baladas de plata como balas disparadas contra este lobo para el hombre en que nos hemos convertido... tal vez con la desesperada intención de regresarnos a nuestra condición humana y convulsa.

*texto incluido en el libreto de Baladas de plata