viernes, 21 de septiembre de 2018

libros de piel

Leí hace tiempo, que se ha instalado, entre una considerable parte de la burguesía mundial, la costumbre de acumular libros que no se leerán, sólo por el placer de verlos en las estanterías, debidamente colocados por orden alfabético de autor, o título, colección, o color de la edición, vaya usté a saber. Dicen, los defensores de este nuevo despropósito generado por la carencia de impulsos vitales y el exceso de salario, que satisface estar rodeado de tanta sabiduría... a pesar de que ni vayan a hacer el intento de adquirirla. Ya saben, lo importante es pagar por algo, aunque luego no se sepa utilizarlo ni para qué sirve.

Tsundoku, lo han dado en llamar. Y hacen bien: el palabro de marras es japonés, y siempre queda bien hablar con tus coetáneos y explicarles que practicas el tsundoku, que lo aprendiste en tu reciente viaje al país del sol naciente, como hiciste años antes con el yoga, aprendido un poco más cerca pero, igualmente, en tierras orientales. Luego, ni te enteras de cómo funcionan los cuerpos de los yoguis, que viven sin celebrar brunch high tech en ningún bistrot de postín, ni de cómo los japoneses degluten sushi sobre cuerpos femeninos desnudos mientras una esclava disfrazada de geisha les sirve tacitas de sake y tú paseas las redes sociales reclamando la liberación femenina, porque da muy bien en ese mundo que no es el tuyo pero te preoporciona una imagen que no te refleja pero te gana likes y cosas de esas. Porque tienes mucho mundo, que de eso se trata. Mundo pagado, adquirido. Y más si hablamos de libros, ahora que nadie los compra, porque tienen el mismo precio que un Gin Tonic aderezado con pepino y briznas de jengibre, que siempre aporta mucho más el pepino bien dispuesto que el pepinazo gramatical de un tipo que se encierra entre cuatro paredes a ver cómo le crece la barba y las ganas de ser autor reconocido.

Yo andaba esta noche mirando mi escueta y desordenada biblioteca. Y, ya ves, una cosa lleva a la otra, amor, y he acabado pensando en ti. Que hay vicios más persistentes que las letras. Pero lo he mezclado todo, y he recordado cómo escribía mi nombre, con grafía de saliva y esperma, sobre la página de tu piel, siempre dispuesta a ese blanco foto Weston sobre el que yo deseaba escanciar mi imbécil gama de grises, y en cómo el solar taquigráfico de tu piel era otro, otra piel, o eran muchas en las que quise, igualmente, dilapidar la falsa fama de mi firma tartamuda. Y es que tu piel son muchas, no te molestes, porque en todas he escrito mi nombre como si sólo fuesen el rebaño esquilado en que el ganadero imprime una propiedad apócrifa. Porque tú, como ellas, como todas, no me perteneces, por más que acumule palimpsestos de argucia lingual con la intención de humedecer mi memoria. Luego, húmeda, mojada, se deshilvana, como papel en agua tibia, y las letras quedan flotando en un galimatías de tinta sin sentido y orgasmo desbaratado.

Acuchillaba la noche mientras te acuchillaba la ingle en un suicidio de flores del mal que ningún mal hacían, salvo a los vecinos, escandalizados de gemidos color caverna y tictac de camastro mal engrasado, como adherido aún a ese cambio horario que ya nos quieren quitar, sin pensar en nuestras noches que, un día al año, se duplicaban de minutos con las manecillas del reloj emulando erecciones que ansiaban dar la razón a Nietzsche. Noches invertebradas como cuerpo de lagartija lúbrica e insomne, en que te daba vuelta sólo para mejor tallar en tu grupa la ordalía a hierro incandescente de mi nombre más imbécil.

Toda una vida acumulando volúmenes de piel, amor, ya ves, escribiendo en ellas la infamia de mi apellido mal escrito, sin pensar por un instante que quedó dando vueltas, acopio de sumidero, cuando la ducha matinal, y que ahora recorrerá mareas que, tal vez, por qué no, lleguen hasta el Japón encerradas en botellas de las que nunca llegué a beber: botellas de naúfrago, ebriedad desperdiciada.

Pienso que escribo y que nadie me lee. Sueño con que algunos, al fin, compren mis libros, al menos para acumularlos en pilas que les pinten sonrisa de gato de Cheshire ante la evidencia de acumular mucha sabiduría. Y tal vez, ya ven, al fin, hagan bien. Porque más vale mantener cualquier libro mío sin abrir, por el simple placer de verlo intacto, que entrar a cuchillo entre sus páginas para desflorar una jungla de nada. Aseguro que, en lo que a ediciones cuidadas y vistosas se refiere, mis libros tienen su aquel. 

Así que hagamos tsundoku, seamos acumuladores de energía marchita, que esto ya lo aprendieron nuestros padres, vía la dialéctica mentirosa de los vendedores de enciclopedias que ellos nunca leerían pero que, a las malas, quedarían bien en la estantería del salón, para epatar a las visitas. Y es que la apariencia que puede proporcionar un pequeño capital (discúlpeneme los "tsundokuistas" de turno) no hace falta irse hasta el Japón para aprenderla, para aprehenderla. Aquí, un servidor, sin ir más lejos, se jacta de las mujeres sobre cuya piel aprendió a balbucear líricas perversas que luego, pasado el tiempo, sólo darían en un volumen, el tuyo, amor, el que prefiero, aunque mi estantería carnal no impresione a las visitas.

miércoles, 8 de agosto de 2018

morir de celebridad

Antaño recopilábamos instantáneas, fotografías, durante nuestros períodos vacacionales: aquí la abuela congregando canículas mediterráneas al albur de su falda negro duelo, allá la catedral de flamígera piedra inflamada por las llamaradas del agosto patrio, acullá la caricia que no debiera, sorprendida en la cintura de la prima. Momentos, instantes, reflejos de una vida que pretende justificar las horas que parca desmigaja mientras rumias el pan duro de porcentajes que serán pan de leche del empresario. Finalizado el verano, reuníamos aquellas fotos en álbumes que enseñaríamos, de tanto en tanto, a familiares, amigos, integrantes de ese círculo íntimo que hoy, progreso manda, se amplía hasta hacernos perder fronteras y horizontes. Porque tenemos miles de seguidores en Facebook, Twitter y, cómo no, Instagram, a los que mostrar ese selfie (antes se llamaba autorretrato, por si queda algún neandertal leyendo esto) tomado en Santorini, por ejemplo.

Ahora que madre economía suplanta a madre tierra, y ni billetes que transmutar en acelga hay a la vista, pasamos (paso) el verano en casa, intentando conjugar termómetros hostiles con muñecos desordenados, junto a mi hijo, que aún piensa que vacaciones es siempre. De tanto en tanto, me asomo al vértigo de las redes sociales, y ahí os veo: flamantes de sol y enfebrecidos de cerveza, andariegos de confines exóticos y sobrados de bronceado fugaz. Y mucho me alegro, sinceramente, que de la envidia no tengo ni noticia.

En uno de esos momentos, descubro un video apabullado de likes y visionados. El título del audiovisual refiere a una de las más bellas y famosas librerías planetarias, la Lello de Oporto. No todo va a ser playa, arqueología y cerveza, me digo, antes de pulsar el play dispuesto a darme un baño de cultura libresca. Pero el clip que soñaba me haría soñar torna pesadilla. En escena, un desaforado tropel de turistas armados de cámara fotográfica, teléfonos móviles con la misma incorporada, y palos con estos incorporados a sus extremos, subiendo y bajando las barrocas escaleras de Lello, entorpeciéndose unos a otros en su febril contienda por encontrar la perspectiva óptima para esa instantánea que los inmortalice en el interior de un templo de la cultura profanado al grito de wow y my God, con los flashes de sus dispositivos móviles en tiroteo de fugacidad detenida. Los libros, mientras tanto, aúllan en sepia su descanso eterno, como queriendo llamar la atención sobre el óxido de palabras que los habitan. El visionado se me hace demasiado doloroso, como el de una de esas escenas que tanto gusta filmar Von Trier, un suponer.

Munay ha aprovechado el momento para tomar entre sus manos la deliciosa edición de la poesía reunida de Pablo del Águila que me regaló, hace poco, el amigo Losada (gracias, siempre). A punto estoy de gritarle: ¡no!, ¡deja el libro! La psicomotricidad fina es territorio que el pequeño no termina de conquistar. Pero, haciendo alarde de calma, le pregunto si quiere que le lea ese cuento, y así abandonamos de una vez la versión infantil de El Quijote que tanto venera. Le mal recito un par de poemas. Se aburre, no sé si por la poesía, por mi voz, o por la ausencia de dibujos en las páginas del volumen. Regresamos al Quijote, y el que se aburre, ahora, soy yo. El cuento, por demasiado frecuentado, ha muerto para mis estímulos. Ha muerto de celebridad. Pienso si no habrá ocurrido lo mismo con la librería Lello, si la celebridad no ha provocado su deceso, escenificado con esas exequias en que los turistas lanzan sonrisas como flores muertas al fondo de sus estanterías.

Últimamente, mueren de celebridad no sólo las librerías hermosas, también las ciudades en que se ubican, los países lejanos, los restaurantes caros, los festivales de música y los mares cristalinos. Sin ir más lejos, ahí tenemos nuestro Mediterráneo. Hoy sabemos que engulle nuestras aguas residuales sin el debido procesamiento higiénico. Así lo asevera la Unión Europea, para justificar la millonaria multa impuesta por ello al estado español. También engulle los residuos, igualmente sin procesar, en que convertimos a miles de personas explotadas en el propio beneficio. En el nuestro y en el de cada integrante de la misma Unión Europea que multa la falta de higiene patria. Un lodazal, o sea, por más que nos hagamos fotos entre sus oleajes de dudosa espuma. 

Así que la fama mata, y no me extrañaría si tanto veraneante autorretratado fallece tras un espectacular aumento de likes en las redes sociales. Antes, cuando nuestros familiares, obligados a ver las fotos del veraneo año tras año, dejaban de venir por casa, comprendíamos que nuestras vacaciones habían muerto de tedio. Ahora, dado que el millón de amigos que soñaba Roberto Carlos es más accesible, siempre hay ojos dispuestos a mirar tus fotos del verano. Incluso los del empresario de turno, ese que te paga las vacaciones, el que te deja ilusionarte con las siguientes a cambio de perder la vida entre sus onerosas cifras. Pero ya sabemos que los empresarios no buscan tu felicidad. Así que igual les da por bajarte el sueldo o plantearte como próximo destino turístico la oficina de empleo.

Antes dije que de la envidia no tengo ni noticia, pero esta absurda parrafada no deja de ser un selfie que evidencia mi envidia por veros a todos tan felices, durante este verano infernal, en las fotos que subís a las redes sociales. Así que me haré otro con mi hijo, leyendo poesía, y lo cuelgo en Facebook y aledaños, debidamente tuneado con un fondo de playa caribeña. De esta forma, me las doy de literato, y tal vez alguien confunda el like con el botón de comprar situado junto a uno de mis libros. De paso, se ahorrará el viaje hasta Oporto, que en Lello creo que ya sólo hay literatura muerta.

lunes, 7 de mayo de 2018

sobredosis de letras (reloaded)

Al ampliar el campo del conocimiento no hacemos sino aumentar el horizonte de la ignorancia
Henry Miller

Ando estos días descabalgando saberes, desordenando los desordenados estantes de mis desórdenes más flagrantes, esos que me dicen que debo estar al día, en lecturas, músicas, y cosas de esas que me harán aparentar neandertal ante mi hijo, en breve, cuando a él ya le hayan crecido teclas en las yemas de los dedos y me pregunte qué cosa negra o azul (dependiendo de la tinta) es ese bolígrafo que a él se le antoja nave espacial con que recorrer espacios. Los tiempos mandan, y probablemente no llegue a saber que yo también recorría espacios en blanco, antaño, con ese mismo bolígrafo, sólo para imaginar imaginarios recorridos por entre las galaxias del verbo y la nada. Un agujero negro, o sea, esto de la literatura.

Abandono intenciones y lecturas y párrafos nocturnos de bolígrafo y libreta, para dejarme atrapar, una vez más, por la prosa despiadada y robusta de Henry Miller. De nuevo asomado al abismo electrizante de su torrente léxico y sensorial. En cada una de las ocasiones que el tiempo me permite gozar de su simple transcurso de reloj complejo, y tomo entre las manos alguno, el que sea, de los libros de Miller que enriquecen mi demediada biblioteca, me veo impelido a desahuciarme, definitivamente, del mundo... quedarme a vivir entre sus páginas.

Miller, el gran erotómano, el gran provocador, el autor de abigarradas obras en que procaces felaciones y desmedidos coitos ensucian de belleza cotidiana la tremebunda belleza de eso que hemos dado en llamar literatura. Lamentablemente, queda del autor norteamericano (de tanto repetirlo me canso) el recuerdo de su pronografía de guerrilla, y se ignora la certera escaramuza filosófica de su prosa. A Miller, como a las mujeres, tengo que decirlo, se le ama en el barro y en la gloria, o mejor se le deja de lado, que ya andamos sobrados de medias tintas como verdades parciales en estos tiempos de urgencia y absurdo.

Henry Miller, cortesía de "la red"
Miller proclamó, cuando ya se asomaba al abismo del fin de la vida, funámbulo aún de la cuerda floja como cordel en que tender esta ropa mal lavada que es la vida, que deberíamos leer menos a medida que pasa el tiempo, y no por hastío visual (que también), sino para desterrar definitivamente la pueril idea de que acumular lecturas como suicidios dióptricos, en el acantilado miope de nuestra mirada, conseguirá hacernos más sabios. Él, al final de su vida, asumió que esta no es mas que sensación y frenesí efímeros. Huyó de la sobredosis de letras que, durante tanto tiempo, había rondado sus días con la premonición del desastre.

Pasamos por la vida pretendiendo, a cada paso, acumular conocimientos, amistades, amores, capitales, objetos, recuerdos, fotografías, lecturas... tal vez nos equivoquemos. Lo que más podemos almacenar es, por ejemplo, líquido en la vejiga (doy fin en este preciso instante, a la segunda cerveza). Y el imperativo biologico obliga a expulsarlo de nuevo. Me pregunto qué quedó, de la cerveza, en mi interior. Cualquier profesional de la medicina me diría que sólo nocivos protozoos, o cosas que se empeñarán en malbaratar el funcionamiento de mi organismo. Ya veo: acumular para sólo guardar lo dañino.  Igual en la literatura, sí, cuando sólo la abordamos con la pretensión de reunir conocimientos, si nos olvidamos de disfrutar su periplo loco de renglones y música silenciosa, sin pretensión más allá de abandonar esta vida que no conseguimos edificar a nuestro antojo.

A medida que los años van horadándome el rostro y difuminándome el cabello, comprendo con mayor claridad que la vida es otra cosa, distinta siempre de lo que nos intentan vender y que tan onerosamente deseamos comprar. Quizás sea por ello que Miller, habiéndolo entendido, consiguió transmutar en genio de las letras: porque antes fue un genio de la vida, de la que hizo la mayor de sus obras, en plan Wilde, esculpiendo con su reflejo cada una de las páginas que debía escribir sólo por quitarse de encima la dolorosa sensación de estar muriendo antes de tiempo.

Cada día leo menos y releo más, es cierto. No lo hago por sabiduría «milleriana», no. Lo hago porque envejezco, y prefiero invertir las horas de lectura que me resten en el goce de lo seguro, de lo ya conocido. O, mejor, en mirar cómo crece mi hijo entre tecnologías como proyectiles y bolígrafos como falsos cohetes. El tictac del reloj no nos hace mas sabios, sólo más perezosos y, por supuesto, más viejos.

Y, por cierto, después de tanto renglón hueco... del acto de la escritura decía el propio Miller que debemos olvidar los libros que queremos escribir, y pensar sólo en el libro que estamos escribiendo. Miro de nuevo a mi hijo y me pregunto qué libro estoy escribiendo, y si lo estaré haciendo medianamente bien. Después, le dejo jugar con el bolígrafo y me abro otra cerveza.


jueves, 22 de marzo de 2018

Walt Whitman y el hombre nuevo


para Isabel, que respira humanidad y natura
 
Me canto a mí mismo
y lo que yo acepto tu aceptarás
pues cada átomo de mí es también parte de ti
Walt Whitman

Con todo lo erróneo que pueda parecer a los grandes próceres de las letras y aledaños, siempre he considerado a Whitman el padre todopoderoso de la lírica norteamericana. Whitman, y su canto al hombre nuevo y libre del que enseguida se adueñaron los líderes/dueños de esa nación mundial que, si alguna valía tiene es, justamente, la de ser mundial y carecer de esas raíces que hoy, unos y otros, ensalzan para revivir el lodo en que deberían haberse hundido, hace tiempo, las nacionalidades. Me enredo, cuando sólo quería decir que Whitman cantó al hombre (o mujer, u «hombra», vete tú a saber a qué vericuetos lingüísticos nos llevará esta corrección política actual, que nada corrige y todo lo impone), inventándole un lenguaje nuevo en que explicarle como ración esencial del gran banquete de la naturaleza, advirtiendo de la inevitable comunión de ambos. He ahí, en dicha comunión, según el bardo, la esencia del hombre nuevo. 

Whitman sabía que el hombre desorienta las mariposas que andan prestas a enredarse en la barba desaliñada del que nada tiene que hacer más allá de vivir y sentirse vivo. Whitman no entendía de sexos ni correcciones políticas. Así, le brotaba un zagal entre las piernas, suturando ladridos de esperma con la aguja de descoser sonrisas, o una sonrisa de algodón, entre los labios nervio negro, rimando ¡aleluya! con el crujir del látigo que anticipaba nuestro mantel de mediodía con usuras de maíz tostado. Whitman, y aquel canto a mí mismo que nos canta a todos nosotros, por más que nos empeñemos en olvidarlo. Después el hombre, para serlo, aprendió que no le quedaba más remedio que ir pagando, a lo largo de su vida, diversos peajes. O alguien se lo enseñó, y él aceptó de buen grado tan perversa docencia.

Walt Whitman, cortesía de "la red"
Hoy, a falta de una Venus de las pieles dispuesta a tricotar franelas con las propias, me monto un Sacher-Masoch imbécil y casero mirando la "información" televisiva, y así descubro que uno de esos automóviles que ya nos advierten del futuro inmediato, uno de esos que no necesita conductor, ha atropellado, con resultado defunción, a una ciudadana norteamericana. No han dado el nombre de la fallecida, al fin y al cabo es norteamericana, y no ha sido violada ni violentada ni asesinada a sangre fría, como esos niños que, aquí, en esta España de crucifijo y guadaña, rellenan los noticiarios y alimentan la voracidad mala baba de bocas desastrosas y contabilidades políticas. Sólo han dicho, en televisión, que la fallecida era ciudadana de un pueblo de Arizona y... ¿dónde coño (perdón por la incorrección) está Arizona? El caso es que la industria automovilística avanza inventando coches que no necesitan conductor, y que la presentadora de los informativos patrios ha advertido que el atropello se considera, por parte de la industria, un peaje tecnológico... sí, así, lo cursivo para llamar la atención sobre la capacidad lingüística de quien quiera haya inventado la expresión. ¡Qué hallazgo!, pura poesía: peaje tecnológico. Bravo por la lengua, sus avances y su lírica de arritmia. La televisión nos especifíca la poca importancia que tiene la muerte de dicha mujer atropellada, pero lo hace reinventando el lenguaje, como lo hiciese Whitman para cantar al hombre nuevo. La televisión, siempre, corrobora lo que Sartre avanzase en los periódicos de su tiempo. Que la vida no es esencia, o sea, sino sólo existencia... hasta que desaparece bajo los errores de frenado inepto de la tecnología, y muere atropellada. He ahí la esencia, sobre el asfalto.

Después, el noticiario, ha dado paso a las mentes pensantes del I+D+I (investigación y tal, pero debidamente adaptado al lenguaje actual) automovilístico, permitiéndoles cantar las bondades de ese futuro que ya es hoy, un futuro en que los coches no precisarán chófer de levita ni de traje corbata. No precisarán conductor alguno. El progreso, ¡albricias!, el progreso. Y esa mujer atropellada ya sólo es silueta de tiza que floreció en el asfalto como una primavera temprana. Igual que aquellos ciudadanos con que los grandes emporios germanos del automóvil experimentaron los efectos del dióxido de nitrógeno. A ellos, les floreció una puñalada de gasóleo en los pulmones y, ahora, descansan junto a la mujer atropellada, en los arcenes de la historia. ¡El progreso! El progreso recaudando sus peajes tecnológicos, qué grandiosa creatividad la del lenguaje humano, ahora que lo pensábamos oxidado tras dar con aquel otro brillante hallazgo de las daños colaterales.

Pienso en Whitman, y me pregunto si no estaría equivocado, el poeta, si la verdadera comunión del hombre nuevo no habría de ser con la máquina, en lugar de con madre natura. Así, al igual que los cuerpos de nuestros ancestros son peaje que fermenta la tierra que nos dará de comer, hoy serán los cuerpos de atropellados y enfisémicos los que alimenten la máquinaria que viene para hacernos la vida más cómoda, más nutritiva. Y esos daños colaterales, vestidos de metralla cuando debieran hacerlo de primera comunión, por ejemplo, considérense necesarios peajes tecnológicos. De hecho, hasta el propio Whitman lo comprendió. En caso contrario, jamás hubiese exclamado:

¿Te han dicho que era bueno vencer?
Digo, también, que es bueno caer… las batallas se pierden
con el mismo espíritu con que se ganan

¿Con qué espíritu estamos perdiendo esta batalla?, lo sé, preguntará alguno. Pero, qué más da, cuando están en juego el progreso y el albor del hombre nuevo.

viernes, 23 de febrero de 2018

47 millones de espermatozoides

Los haluros de plata son la química que ha preservado buena parte de la memoria de esto que hoy llamamos humanidad. Los haluros de plata son esos compuestos químicos sensibles a la luz que, al recibirla, la atrapan. Así, logran que nuestro rostro aparente sonrisa adolescente aunque hayan pasado ya demasiados años desde el instante en que captaron esa luminosidad que ya jamás recompondrá la comisura de nuestros labios; también, que una niña carcomida por el napalm aún corra, en Trang Bang, aullando auxilio... o que a un niño sirio aún se le atragante el puré de algas que le ofrecieron en una playa de Turquía.

Los haluros de plata de mi memoria, igual, mantienen vivas experiencias que difícilmente podrán sucumbir al paso del tiempo. Se oscurecerán, como mucho, descubriendo claroscuros que no estaban en el original y que, tal vez, sólo sean reflejo del propio deterioro cognitivo. Por lo demás, seguirán transmitiendo la agridulce sensación del tiempo vivido. Hoy, alguna extraña conexión neuronal, me ha retornado a Gwalior, en la India, al cuchitril de barro y bosta en que hacinaban su vida los siete miembros de una familia campesina que tuvo a bien invitarnos a compartir con ellos sus escasas viandas. Los padres me parecieron demasiado jóvenes. Sus cinco hijos remendaban con sonrisas los harapos que malvestían sus cuerpos. Apenas podíamos comunicarnos, más allá de ensayar muecas frente al espejo de jolgorio que portaban, por rostro, aquellos niños; más allá de perpetrar balbuceos contra la fluidez fluvial con que los progenitores nos hablaban, como si pudiésemos entenderlos. El caso es que, ahora, recuerdo mi perplejidad ante la fabulosa promiscuidad de la vida, que proporciona a la sociedad nuevos humanos como quien aumenta sus rebaños con nuevas cabezas de ganado, sin ningún orden establecido... en apariencia. Insisto: eso es lo que aparenta. Pero sabemos que el ganadero que decide invertir en nuevas reses, por ejemplo, lo hace guiado por su necesidad de subsistencia.

Igual que en la India, en Bolivia, Perú, Marruecos, Argelia, Senegal, en Tailandia o Vietnam... y en el mayor porcentaje de tierra habitada, ese mismo que ignoramos el ínfimo porcentaje humano que representamos los "occidentales": tú, yo, nosotros, ellos (tal vez más ellos, esos ellos que, según estadísticas, acumulan entre 100 lo mismo que poseen 3.500 millones, sí, sí, investiguen, es fácil encontrar datos, para eso existe internet, no sólo para lanzar a la nada majaderías como esta que yo ahora mismo perpetro). Quiero decir que en la India, los pobres se reproducen a velocidad superior a la de los automóviles que nos venden con la excusa, justamente, de la velocidad a que nunca podremos ponerlos.

Perdido en tales recuerdos, y con el ánimo de perderlos, doy con un sesudo estudio de la Escuela de Salud Pública Hebrea de Jerusalén, que alerta de la vertiginosa pérdida de calidad del esperma en los hombres occidentales. El tema, en principio, no daría para más. Pero resulta que, según dicho estudio, debería ser tenido en cuenta como grave asunto de salud pública. Y es que la citada pérdida de calidad en ese líquido elemento más elemental (por lo básico de los instintos que lo derraman) que el agua, puede abocar, sin remisión, a la extinción de la raza occidental. Teniendo en cuenta que el estudio viene de Israel, y que no ha tenido en cuenta la promiscuidad natal del otro lado de sus muros, comprendo que pueda asustar a los científicos implicados y a los contribuyentes que los mantienen.

Me entrego a una frenética búsqueda en internet, de la que acabo deduciendo que estudios similares, de países más cercanos (occidentales también), vienen alertando de lo mismo desde hace años. Por resumir: la concentración de espermatozoides ha pasado de 99 millones por mililitro en 1972 (¡qué suerte!, nací en la cosecha buena) a 47 millones por mililitro en 2011 (sí, los estudios son de 2017, pero la ciencia tiene sus tiempos, y yo soy de letras: no apto para cuestionar a sus hacedores). Esto implica una evidente caída en desgracia de la salud reproductiva de Occidente. O sea, que caminamos hacia la extinción: tú, yo, nosotros, y también ellos (los 100 esos de que hablabamos).

Igual que mi memoria semeja, en ocasiones, una fotografía, pienso que los estudios científicos no son más que eso: una fotografía: el esfuerzo sobrehumano por atrapar una instantánea del ser humano. A veces, dicho ser humano, sale bien, sonriente y feliz. Otras, las más, sale movido, como en esta última instantánea que ha inmortalizado el declive de la procreación occidental. Y, posiblemente, sea esta fotografía, esta alarma científica, el motivo por el que los 100 esos de las estadísticas, se entreguen a la endogamia como modo de subsistencia. Al fin y al cabo, no lo olviden, aquí, en España, tenemos un claro ejemplo: somos un Reino, con reyes, reinas, princesas y principitos que ya quisiera Exupéry -dada la facilidad con que saben inventarle excesos, más excesivos que un elefante tragado por una serpiente, a un pedazo de papel moneda-, y prolongan tal reinado a base de endogamia. Ya, lo sé, que si nacen los niños subnormales y tal, pero ahí están, con su rostro retraído despilfarrando carcajadas dirigidas al contribuyente a costa del que viven su despilfarro de discursos huecos y fiestas opacas. Pero si logran que el de la foto parezca idiota sin salir borroso, logran que permanezca.

Mientras tanto, en la India, los espermatozoides deben andar festejando su imparable crecida, y la población se multiplica sin visos de perder empuje. Por supuesto, luego están las otras cifras, las de las tasas de mortalidad infantil y la esperanza de vida y tal, pero... a más nacidos (matemática obliga), más posibilidades de subsistencia racial. Llaménme demagógico pero a mí, esto, me resulta esperanzador. Si alguna de las dos razas de este mundo ha de extinguirse, sea la occidental (entendiendo como tal la que vive a todo trapo). La otra, con el tiempo, lo mismo lo hace igual de mal, pero considero legítimo que al menos tengan la oportunidad de llevarnos la contraria.

Creo que, al fin, lo que los estudios científicos pronostican es que la llamada civilización occidental pasará a ser una instantánea que, al contrario de las que uno guarda en su memoria, perderá nitidez con demasiado prontitud. Tal vez los haluros de plata de esa fotografía sean los espermatozoides que vamos extraviando sin control. Y sin haluros de plata, sencillamente, no hay fotografía.


jueves, 11 de enero de 2018

el exilio y la voz propia


a Álvaro Suite... profundidad, abrazo, talento y emoción 
 

Hace ya siglos, paseando las callejas de tenderete y soroche de La Paz, en compañía de Miguel Sánchez-Ostiz, conversábamos conviniendo que lo primordial para un escritor, la máxima cima que este puede alcanzar, es lograr una voz propia. Para Miguel, que ha alcanzado los diversos ochomiles del arte literario, tal afirmación era una obviedad, pero para mí era un sueño. Las únicas cimas a mi alcance eran las de las viviendas que, como suspendidas del vacío, desordenan las paredes de esa ciudad vertical que es la metrópoli boliviana.

Todavía me quedan lejos las cimas de lo literario, a pesar de mis dedos como garfios desgarrando el teclado, a diario. Busco mi voz propia, con denuedo. Pero la literatura sigue siendo una novicia a la que deseo violar, con mi sexo de gramática errónea, contra el altar del pensamiento único (analmente, a ser posible, para incrementar así el efecto politícamente incorrecto de la infamia). Al final, todo queda en un ejercicio onanista de sílabas tartamudas y metáforas sin gracia. Además, si algún día alcanzo esa cima de la voz propia, lo único que contemplaré, desde tal altura, será mi soledad andina. Los lectores que no tengo habrán quedado lejos, comiendo raviolis de lata en el campo base.

Pienso que si un escritor necesita una voz propia, igual la necesita un músico... más, en el caso de ser, además, cantante.

El pasado año tuve la fortuna de asistir a un recital de Enrique Bunbury, debidamente acompañado de "sus" Santos Inocentes. Llegaba hasta Madrid, el aragonés errante, para presentar su nueva obra, Expectativas, y lo hacía cargado con la maleta de lo imprevisible, como hace siempre el artista que ha encontrado su voz propia. Porque, reincidiendo en lo literario, creemos conocer bien a un autor, cuando amamos el amarillo costumbre de sus páginas, sólo para que este nos sorprenda con un nuevo volumen en que se reinventa de amarillo hiedra. Pero, entre líneas, seguimos escuchando el caudal áureo de su voz inconfundible, como un regato de orín renovado y valiente. Igual ocurre con los buenos músicos. Igual en el caso de Bunbury, que aparenta cambiar de piel, en cada nuevo disco, cuando sólo desordena el ropero. También en cada nueva gira.

Así lo hizo, de nuevo, en Madrid, el pasado 8 de enero (ya saben, escribo con retraso, por llevar la contraria a la urgencia de los días). Del nuevo disco sólo sonaron cinco temas. El resto que cumplimentaron las dos horas de show emergieron de otras épocas, de trabajos anteriores, como lo harían los buques del Triángulo de las Bermudas si algún día fuesen rescatados de las profundidades: vestida de alga sin relojes su armazón, sí, pero renovada en fabulosos brillos al contacto con la luz de un nuevo sol.

En escena, aquellas canciones perdieron el óxido del tiempo sonando infinitamente nuevas, distintas, extrañas incluso hasta el punto de confundir a parte del público. Pero sonaron magistrales, y fueron pespunteando las costuras de tempo y compás que, en un vuelo nada improvisado, descubría a los espectadores el elegante modelo de alta costura en que se convirtió el recital. Ni siquiera la acústica errónea del local pude deslucir aquella pasarela de prodigios.

Enrique Bunbury, en magnífica instantánea obra de Jose Girl
Enrique Bunbury, es obvio, ya ha alcanzado la cima de su propia voz, y su espectáculo con Los Santos Inocentes, apuntalado en una milimétrica escenografía de luminotecnia sobria y exacta, permitió al personal degustar en toda su amplitud la literatura con que la prosa firme del grupo engarza la lírica de este poeta de los escenarios que, vestido de blanco inmaculado, como de traje primera comunión o de piel naúfrago fronterizo, ejerce de chamán que acompaña, con su voz como caudal de monedas sin cruz, las de quienes, entre el público, celebran un viaje hacia las propias emociones tan revelador como el que se supone al de la ayahuasca. Una especie de exilio voluntario, mínimo, pero necesario, como todos, de tanto en tanto.

Bunbury añade tonalidades a su paleta de sonidos, inventando un lienzo que reordena el presente de sus himnos pretéritos con texturas de tiempo venidero. Croupier desmedido y feroz, baraja su dicción de melodías con los arpegios hieratismo frágil de Jordi Mena, el sutil galopar ritmos de Robert Castellanos, los fulgores en que ciega timbres Santi del Campo y, cómo no, la pasmosa vitalidad riff y elegancia de Álvaro Suite. Bunbury pasea su vocalización por los horizontes atmósfera cero de Jorge Rebenaque, y acuna su cuerpo al compás fronterizo de Quino Béjar, mientras replica contra el público la musculatura con que redobla métricas Ramón Gacías. Bunbury, el músico/artista, se rodea de una banda de artistas/músicos a los que, en vez de hacer sombra, permite sean la sombra que engrandezca su perfil de épica y amianto. Mucho más que un concierto de rock: un viaje, un breve exilio... todo un espectáculo, o sea.

El músico ha encontrado su voz propia, está claro, y yo me pregunto si no tendrá que ver con su permanente exilio. Sí, eso es algo que no le comenté a Miguel, mientras resudábamos las pendientes de La Paz, pero que siempre pensé: el exilio puede que sea el primer paso para encontrar la voz propia, lejos de todos aquellos que te la equivocan dándote la razón o llevándote la contraria... amigos, familia, defensores, detractores y aledaños... eso que aún nos empeñamos en llamar patria. Más allá de las voces que moldean nuestra sintaxis. Remotos de ese griterío que nos enmudece la pronunciación. Así, tal vez le sea más fácil encontrar la voz propia al poeta, el escritor, el músico, el artista. Y pienso en el propio Miguel, tantas veces autoexiliado en Bolivia, o en Juan Goytisolo que, en Marruecos, hizo de el exilio patria. También, claro, en Bunbury, vagabundo de exilios más o menos largos por tierras americanas.

Yo, hoy, extraño ese exilio de dos horas que ofrecen Bunbury y Los Santos Inocentes en cada nuevo concierto. Me siento frente al teclado, de nuevo, para equivocar pensamientos, y añoro, de paso, mis exilios bolivianos, marroquíes... sus noches de verbo fácil. Que por aquellas tierras escribía mejor, creo.

Pero, aun dudando de estos dedos que equivocan la noche con su taconeo de teclas y tabaco, por si acaso, escribo... escribo y sigo buscando mi voz propia.


Fotografía: ©Jose Girl

martes, 26 de diciembre de 2017

volver al campo



Ya ha llovido desde que alguien decidió que la migración a las ciudades debería proveer todo lo necesario para la cómoda subsistencia. Pueblos, aldeas, pequeñas villas desconectadas de los relojes, comenzaron a ver cómo sus casas quedaban huérfanas de habitantes, y en sus paredes de piedra y antaño las ventanas bostezaban de sueño o de infarto. ¡Todos a la ciudad!, ¡a conquistar el éxito, la moneda, la apariencia y el flamante automóvil! Ha llovido desde entonces, ya digo (aunque ahora llueve poco... ¿no tendrán algo que ver, justamente, los automóviles?).

El caso es que, pasado un tiempo, la ciudad comenzó a revelar su verdadera faz de prisa por llegar pronto a nada, su indumentaria de polución y claxon, su pasear de sueldo vencido en la batalla del fin de mes. Mientras, más de una aldea, ante el temor a perder la última voz autóctona en el siguiente autobús de línea, ofrecía alojamiento gratuito a quien se instalase en sus dominios. No fueron pocos los que decidieron revertir el movimiento migratorio abandonando la ciudad, para aceptar dichas ofertas rurales. 

Confieso que, a pesar de urbanita irredento, me sentí tentado por la posibilidad de trocar el democrático griterío del comercio metropolitano por el trinar anarquista del pájaro agrario: irme al campo, o sea. Por contra, como para contrariar mi cobardía y desorientarla con un juego de maletas como manos de croupier subnormal, me marché a Bolivia. A mi regreso, años después, las migraciones habían alcanzado una nueva fase: pueblos que antaño adolecían de ciudadanía, comenzaban a rozar la sobrepoblación. Miles de ciudadanos hastiados de la vida en la gran metrópoli, habían invadido los campos en busca de una vida más llevadera. Pareciera que hubiese comprendido, la sociedad, que ningún movimiento migratorio más inteligente que el de esas aves que sólo buscan el sol que más calienta.

Pero, paseando Madrid, me sorprendían estanterías vintage sobre las que reposaba aquello que, antaño, fuese llamado “productos de la tierra”: vegetales con aroma a bosta, orines y zarzas, libres de pesticidas, embriones extirpados del interior de animales que campan a sus anchas sin verse sometidos a tortura ni engorde artificial, semillas acariciadas por la caricia de la mano labriega, traídos de tierras lejanas, en no pocas ocasiones, para mejora de nuestra salud y revitalización de nuestro necesario contacto con la madre tierra... sí, de esta manera el respetuoso consumidor sentía como propia esa Pacha Mama que, en Bolivia, por ejemplo, proveía quinoa hasta que nosotros decidimos comenzar a consumirla. Bueno, el altiplano sigue proveyendo. Pero ya sólo nosotros la consumimos. Los mercados mandan, y lo que el “primer mundo” reclama deja de ser asequible para el “tercero” que lo produce. Pero me enredo, y sólo quería decir que Madrid, sin perder el surtido de ofertas de buen vivir que ofrecen sus escaparates, había maquillado su urbanismo con el arrebol verde de los productos producidos (valga la redundancia) por aquellos que habían decidido volver al campo… también por aquellos que nunca lo habían abandonado.

¿Para qué marchar al campo si podemos traer el campo a la ciudad? Todo lo que la campiña ofrece puede ser adquirido en la gran urbe, algo deslucido por los brillos de la tecnología y los fulgores de la ropa made in menor de edad explotado, sí, pero con sus saludables propiedades intactas. Tal vez alguno piense que en el campo hay animales, que eso falta en la ciudad, y no le resulten suficientes zoológicos y sucedáneos. Por eso, la alcaldía de Madrid, ha dado un nuevo paso hacia la realidad rural, y las calles de Preciados y El Carmen, dos de las arterias por donde más y mejor fluyen las huestes del consumo, debido a estas fechas en que se celebra a un niño que nació en un pesebre rodeado de mula y buey (muy rural todo ello), han tornado de único sentido para quien en ellas se interne: hacia el Norte Preciados, hacia el Sur El Carmen (o viceversa, que no me enteré muy bien de la noticia y no me apetece comprobarlo). Más de uno puso el grito en el cielo, calificando la norma de dictatorial y cosas por el estilo. Pero las autoridades nos hicieron comprender que todo se hacía por el bien ciudadano, para mejorar nuestra experiencia de peatón feliz. Con esta norma se evitarían embotellamientos humanos con sus diversas y problemáticas consecuencias: latrocinios mínimos, violencias machistas, escarceos terroristas, etc. Hoy, ya inmersos en la vorágine navideña, pocos critican la norma, y los ciudadanos caminan ambas calles en el sentido indicado como rebaño bien adiestrado, crepitando billetes y tarjetas de créditos en bucólica melodía, cual sinfonía de cencerros. 

Vivimos tiempos de aburrimiento, y no pocos son los que buscan vivir experiencias extremas, por sentirse más vivos. El Ayuntamiento de Madrid lo ha comprendido y, para evitar la fuga de ciudadanos al campo, ha regalado a los mismos, con esta norma, una nueva experiencia campestre, más extrema que cualquiera de las que en el campo puedan desarrollarse: no ser pastor, no, que para eso sólo hay que luchar por un puesto directivo en la empresa; mejor que eso: ser rebaño. Ya tenemos tiendas ecológicas y vías peatonales, carriles bici y separación orgánica de los excedentes del consumo… sólo faltaba el bucolismo que proporciona, siempre, la cercanía de un rebaño bien dirigido. Además, de paso, revitalizamos el tejido comercial reduciendo las cifras gubernamentales del desempleo y permitiendo a los que, por estas fechas, salen de sus listas, subsistir un mes más con el salario de este único mes en que trabajarán a destajo.

No sé a ustedes, pero a mí me satisface plenamente esta nueva norma. Por lo pronto, he desechado definitivamente esa posibilidad de regresar al campo. Para qué, si cuando lo desee puedo ir de compras al centro urbano. Ya sólo me falta el dinero.

¡Felices fiestas! ¡Felices compras! ¡Feliz regreso al campo!