Salgo de la oficina deliciosamente agotado y deliciosamente pienso qué vacío supone, siempre, ese paréntesis eterno que llamamos trabajo. En los márgenes, arrinconado, ignorado y casi vilipendiado me veo obligado a someterme, día tras día, durante 5 de los 7 que cumplimentan cada semana, a un estricto régimen de hueco que intento llenar con los latidos que me habitan cuando fuera del paréntesis. En los márgenes, insisto, donde tan bien me encuentro.
Ahorro a quien lea esto explicar en qué consiste cada una de mis jornadas laborales. Las suyas siempre serán peores. Más duras. Más intensas. Más de crear vacío incluso fuera del paréntesis. Lo escucho, cada mañana, en el Metro, a las pocas personas que hablan en vez de someter sus pupilas a una transfusión inversa de sangre que se pierde frente a la pantalla de un smartphone. Que si mira la zorra esta, que no da palo al agua, y encima se cuelga todas las medallas, que si mi jefe, el muy cabrón, como sabe que soy la mejor, me exprime. Que si qué asco y qué triste y qué bien lo hacen los mercados porque al poco de la absurda charla que la persona al otro lado del teléfono no escucha surge el que menudo fin de semana me pasé, tía/o, fui con mi chica/o y unos colegas a la terraza esa en Castellana que lo está petando y me puse hasta el culo. En fin. Sólo añadir que quienes mantienen esas conversaciones para que todos los que habitamos el mismo vagón las escuchemos ya no van a cumplir 40 años.
La cuestión es que salgo del trabajo con la sensación de vivir rodeado de aspirantes a estrellas de telenovela o figurantes del musical ese del Rey León cuando se reproduzca (como los animales que no piensan pero a los que la sangre dicta pasos) en Almuñécar o Almansa, porque Madrid y los veraneantes low cost, unidos a los extrarradiados de la capital y del pueblo, ya no den para llenar un teatro en Gran Vía. Todos y todas (perdónenme que no utilice el todes ni cuestiones del estilo que no entiendo) son aspirantes a estrellas de su propio serial. Todos y todas se colocan el tripalium y todes tan felices. O felizas, no sé.
Yo camino, de regreso al Metro, por esa vereda que recién he descubierto mientras John Lennon me susurra all you need is love y recuerdo que, junto a la pérdida, amor es lo único que tengo. Poco, escondido, intermitente, incierto, pero suficiente para cumplimentar mis márgenes, esos en que tan a gusto me encuentro. Grabo vídeos, hago fotos, le dicto insensateces a los cielos gobernados por un dios que ya nadie comprende. Y mejor que así sea, porque si descubren que es hembra volverían a enloquecer buscándole un término políticamente correcto.Hay una vereda mordida de ramas y raíces, en Madrid, que me ayuda a respirar más hondo mientras me acerco al lugar en que trabajo. Un festival de aspersores regando la mañana recién inaugurada. Un breve puñado de paseantes que pasean mascotas mientras estas los pasean a ellos. Un susurro de saludos comedidos y un cigarro consumiéndose mientras deformo aún más mi cuerpo en un banco de madera desorientada por la labor fugitiva pero tenaz de las hormigas y los orines de perro como mojado en lluvia que no pierde, nunca, el olfato.
Camino hacia el trabajo y después regreso. A la noche, antes del THC y el aspirar hondo, antes del latido y el verbo a borbotones acalorados, regalo un pedazo de mi tiempo a las redes sociales. Breve, pero se lo regalo a los mandamases, aún así. Y es entonces que comprendo que no hay escapatoria si no es la de decidir, definitivamente, exiliarse en los márgenes. Pensaba que el ir, cada día, a trabajar, la rueda de esclavo del capital, el produce para consumir lo producido mientras te consumes a ti mismo se detenía fuera del paréntesis laboral. Pero no. La maquinaria está perfectamente engrasada y entro en Facebook para descubrir más de 20 notificaciones de las cuales más de 19 me avisan de que un X que no es Glez. ni Rajoy me ha mencionado a mí y otros seguidores en un comentario. Y descubro que es una nueva manera de llamar la atención sobre lo que, quien me menciona a mí y otros tantos hastiados de jornada laboral y necesitados de descanso, ha decidido compartir.
Al final, el yugo, el trabajo, el paréntesis, puede ser un lugar en que habitar porque ya conoces como suena el chasquido del látigo. Y no te sorprende. Y no te molesta. Y da de comer a tu hijo. Todo lo demás sólo me provoca una tremebunda sensación de hastío.
Compartir es amar, me dijeron, desde niño, los Padres Agustinos. Y no los culpo. Tenían razón. Pero compartir yo lo entendí como hacerlo para que lo que decidas compartir llegue únicamente a quien decida encontrarlo, sin necesidad de gritárselo para que te mire. Nunca pensé que compartir supusiese meter una cuchara hasta la glotis a quien te dignas de llamar amigo, aunque sea en las redes sociales. Al final, de tanta cucharada, uno se atraganta y le dan ganas de estrellar contra la pared el plato con sus restos de sopa fría y ya congelada de latidos que a nadie servirán ni para fotograma de cortometraje feo.
Mira. Mira lo que me sucede. Míralo, escúchalo, atiéndeme aunque no quieras porque yo también sueño, como mis jefes, ser escuchado, leído, observado, comentado, desnudado en mi desnudo de corazón sin ritmo más que el de los tiempos orates en que hemos decidido ampliar el paréntesis del mercado hasta que no quede espacio para vivir y morir sin necesidad de haberlo contado. Hasta que no exista margen que habitar. Algo así, pienso mientras tengo claro que me quedo con el amor y con John Lennon, que, pase lo que pase, no me podrán decepcionar.


.jpg)



.jpg)

.jpg)
