viernes, 22 de noviembre de 2019

los corazones expatriados

A Luis Eduardo Aute, músico, poeta, humano... demasiado humano

Una cadencia de trino y un murmurar vientos como noticias caducas el horizonte, cuando la caída en desgracia de una tarde que ya no puede recordar su nombre. Un amasijo de cuerpos desvencijados en tropel de acordes, perdiendo el hilo de lo acontecido en filigranas que mudan sierpe su piel de canción. Un ritmo, una distancia.

La distancia que toma tomar un ferry en las costas gaditanas y apedrear con despedidas el demoledor espejo de un oleaje hecho de sal, parca y herrumbre. El ritmo de marea traicionera que desplaza tu cuerpo sobre 14 kilómetros sembrados de algas, cadáveres y sombras de aeronáuticas que se sueñan gaviotas. 

Y es que sólo 14 kilómetros de humedad separan Europa de África, España de Marruecos, Algeciras de Tánger. 14 es una cifra que puede ser exacta. También puede ser sinónimo de espanto o de regocijo, dependiendo de quién la tenga en mente. Regocijo del viajero que recupera eso llamado vida, desembarazado ya de dictaduras laborales y exabruptos cotidianos. Espanto del inmigrante que expone sus músculos a la natación sin oro olímpico del estrecho de Gibraltar por desembarazarse horas de muerte y futuro que no llega. 14 kilómetros, no más.

Y los cruza el poeta cruzándose en el camino con la poesía cruel de las vidas perdidas.

Luis Eduardo Aute decidió poner tierra y mar de por medio, hace años, en busca de la inspiración que, caprichosa, le preparaba frazada tierna en las calles del zoco tangerino. Así nació, quiero suponer, Slowly, aquel delicioso longplay (disculpen la terminología vintage) con que el artista émulo de Da Vinci quiso sacudir las conciencias de los desmemoriados compatriotas en cuyas mentes sólo existen kilómetrajes de mar gruesa y allende la ídem: que Marruecos es sucio y los moros unos maleantes y acosan a nuestras mujeres y sus hijos sólo comprenden el latrocinio y hoy ahora ya ponen bombas y tenemos más miedo del que sufre que del que hace sufrir.

© Luis Eduardo Aute
Slowly, despacio, calma travesía de los 14 kilómetros. Porque a Tánger se debe llegar en ferry, ya lo decía Brian Jones en Los cuadernos del Hafa. Y así, de idéntica manera, slowly, cruzó el estrecho la estrecha osamenta de ese hombre que quiso ser músico para mejor amar, ese músico que quiso ser hombre para mejor recordar al igual su condición de amante malherido.

Migramos por necesidad, no por gusto, no hagan caso de las prédicas televisivas de tanto español por el mundo, que el español sólo hace patria en idéntico lugar donde la hacen el magrebí, el subsahariano, el andino: familia, amantes, amigos... hay quien lo llama nación, allá ellos. Y bien lo sabe el músico que, cuando niño, miraba al mar desde su Manila natal. Tal vez por eso decidió hacer momentánea patria en las callejas de la medina de Tánger, vagamundear sus laberintos de zócalo inexistente y añil acomplejado tarareando y sufriendo canciones de Jacques Brel hasta dar con sus huesos en las esterillas de aroma rancio y tabaco de segunda mano del Hafa Café. Allí se atrincheró, la mirada perdida en la perdición del hachís y la somnolencia de un ocaso que abre fauces para devorar dos mundos, decidido a resistir las batallas del tiempo con un beso por fusil.

Que migramos por necesidad, sí, no se dejen engañar, no hay El Dorado lejos del orgasmo murmurado entre los labios amados, ni aventura que no mengue ante la gigantoscopia de la añoranza. Todos necesitamos descanso y un hogar al que regresar. Un hogar con paredes de abrazo y suelos de canción, aunque hable esta de amores truncados.

Me siento en una de las desvencijadas sillas del Hafa, enciendo un porro, contemplo la fotografía de gaviotas que coloca el cielo en la pared de su salón, y descubro España allá, a lo lejos, a 14 kilómetros, mientras las mareas cantan la epopeya fúnebre de las barcazas sin dueño y las pateras hambrientas. Aute, a mi lado, descose una sonrisa de vencedor vencido, venciendo las ganas de correr tras un Mick Jagger que, colina abajo, se despeña de amor siguiendo a una mujer ojos de khol y suspiro de orgía en sándalo. Finalmente, prefiere aletargarse bajo el cielo protector para componer una canción con que dar punzada eterna a la costura de lo efímero.

Hablando con Aute, en varias ocasiones, pensé en preguntarle por qué Marruecos. No me atreví a hacerlo, pero dudo que visitase el Magreb sólo por gusto. Quizás lo hiciese por necesidad, como todos los migrantes: necesidad de encontrar la letra de una canción que sonaba en sus oídos desde tiempos inmemoriales. Por mi parte, puedo asegurar que no marché a Marruecos buscando el amor soñado, por más que lo encontrase, que lo hice huyendo de otro amor que sólo se atrevía a decir el nombre de otro con quien nunca me gustó jugar al una de dos. Y es que migraciones del corazón son migraciones forzosas. Como todas, ya lo he dicho 

sábado, 16 de noviembre de 2019

¡viva la muerte!

Vivimos tiempos de resurrecciones vergonzantes que claman contra la inteligencia aclamando los singulares beneficios de la muerte... siempre que sea la ajena. Tiempos de exhumar restos arqueológicos que sólo sirven para hacer arqueología en que nació a la muerte eso que damos en llamar civilización. Tiempos de ratas que chapotean, orondas de moneda voraz y famélica actividad cerebral, los charcos como vertederos en que naufraga la ciudadanía. 

¡Muera la inteligencia!, ¡viva la muerte! Algo así dicen que dijo hace no mucho un neandertal que soñaba con recluir a la sociedad hispana entre las paredes de su propia Altamira. Y en algo acertó, a pesar de todo, estableciendo tan estrepitosa concatenación de conceptos. Porque muerta la inteligencia, todo lo que resta carecerá de vida. Me enredo, para variar, cuando sólo quería hablar de de los dignos momentos que nos regala la vida inteligente en este planeta, por más que se vista de óbito. Uno de ellos tuve la suerte de gozarlo hace poco más de una semana (ya saben, escribo con retraso) en la sala Siroco de Madrid.

Soy la muerte, asegura María Guadaña y, más allá de su potente imaginario de abrazos de parca y besos que muerden, tal vez no sea consciente de lo que ella misma representa cuando se sube a un escenario: sí: la muerte, para comenzar, de todo el clamor de vacuidades musicales a que nos exponen los B-29 de unos mercados empeñados en arrasar cada pequeño Hiroshima de criterio melódico que subsista entre nosotros. María Guadaña se sube al escenario rodeada de sus Afiladores y combate con sabiduría y actitud los ejércitos de estulticia que acosan a cualquier amante de la música popular entendida como arte vivo. Porque arte vivo es su música, poética de folklore bastardo de fronteras y ritmos, arrabal melódico de alta alcurnia, dicción envenenada de voces que suponen mimbres con que erigir, con soberbia artesanía, la propia.

María Guadaña se ha presentado en sociedad como una parca lúbrica y amable a la que nadie medianamente inteligente se atreverá a cerrar la puerta de casa. Con sólo los cinco temas de su EP Remedios Paganos ha logrado arrebatarnos la fisiología en un vendaval de melodías como jirones de piel y letras como cuchilladas por la espalda bien merecidas. Cinco temas que bien podrían ser los salmos de esta sacerdotisa de la fiereza suave. Con la vida y sus extremos por bandera nos regala una pequeña muerte en cada escucha de unas canciones que saben a cabaret de extrarradio, a feminidad de polka ebria con tacto de tequila bien reposado a la hora de la venganza. Canciones de latido feroz y melodías de arrabal milagroso, hábilmente engrasadas por esos orfebres de la tensión rítmica que suponen sus Afiladores. Pero resulta que esa magnífica puesta de largo es sólo emoción contenida, porque cuando María Guadaña se sube al escenario las emociones se desatan y los espectadores tornan feligreses de su evangelio de amores maltratados y filos sobre los que deslizarse para mejor lamer las propias heridas. 

Ya, lo sé, no aclaro nada, pero es que no soy crítico musical. De serlo, secundaría a esos que ya aseguran que esta mujer es algo así como una P.J. Harvey hispana o un Nick Cave que cambió de sexo sin olvidarse del propio, y cosas por el estilo que son muy de crítico musical consciente de la necesidad de enumerar referencias para mejor ostentar sus conocimientos y, de paso, orientar al siempre ignorante personal. Yo no soy crítico musical, ya digo y tampoco puedo ser crítico con esta artista tras haber disfrutado su apabullante presencia escénica, su oscura sabiduría lírica y sus melodías como nanas mexicanas para niños traviesos y muertos. También el perfecto engranaje de esa máquina de triturar etiquetas que son sus Afiladores, los músicos con que ha tenido el buen gusto de acompañarse.

Finalizado el recital sólo me quedó abrazar a María Guadaña como quien abraza la muerte, y agradecerle por recordarme que el largo imperio de la parca no obliga a desterrar de sus dominios eso que llamamos inteligencia y que tanta falta nos hace, hoy, en este bendito terruño. Así que, como dijo el neandertal aquel al que hoy hacen coro tantos cromañones: ¡viva la muerte! Lo de asesinar la inteligencia, ya si eso, les intentamos explicar que no es condición sine qua non cuando se acerquen las siguientes elecciones, por ejemplo.

lunes, 21 de octubre de 2019

la mochila de Jack Kerouac

... veo un mundo de jóvenes errantes con mochilas,
Vagabundos del Dharma que se niegan a obedecer
a la demanda general de que hay que consumir producción
y por ende trabajar por el privilegio de consumir...
Jack Kerouac

Un par de zapatos ajados, siempre los llevo, por si acaso, los pies son importantes cuando el camino es tu única compañía, por muy tópico que esto suene. Dentro de la vieja mochila que acuna en su interior escarchas de sudor e infanticidios de tedio, ahí van siempre los zapatos. No son de marca, ni pintan modernos. No son casi siquiera zapatos, pero son cómodos. Mi mochila, digo, ahí está, ahí descansa, en el fondo de este desguarnecido armario, cual piel de nutria asesinada o nudo de lana vieja trenzado en los adobes del sueño.

Contemplo mi mochila deseando interpelarle acerca del siguiente periplo, ahora, hoy que desconozco si algún día podré de nuevo rellenar de algodón aborigen su digestión de kilómetros descosidos y telas mal asfaltadas. Hace tiempo que no viajo, demasiado, pero no dejo de colgarme a los hombros, aunque sea soñando, esta vieja mochila barata, 40 litros de capacidad, muchos menos de los que me bebí en cualquiera de sus viajes, que albergó en su interior tanta ropa interior usada por interiores ajenos, tantos fetiches con nombre de geografías vacuas, tantos rasguños de zarzas como abrazos curados al albur de cruces de caminos que parecían ungüentos, y un número indeterminado de besos con la fecha de caducidad impresa en el envés de sus labios.

Así que, de nuevo, tomo entre las manos aquel viejo libro del viejo Kerouac. Paso sus páginas con la pretensión única de hallar una frase que me obligue a detenerme, hacer un alto en el camino. Y sólo encuentro un pedazo de tela de caftán que mis dientes destejieron a la noche de tu piel hace ya un mundo. Aún lo recuerdo: venía yo de festejar en soledad el último día del año en un restaurante aledaño al puerto de Tánger. Atlantique, se llamaba, aquel garito, aquel decrépito mesón con maneras de «aquellos buenos tiempos». El kefta estaba algo crudo, y el barro del tajine ni pasaba el examen de lo meramente decorativo. Pero era el lugar de entrada a la ciudad de cientos de turistas, tal vez más. Y se podía permitir el lujo, su propietario, de pagar los gravosos impuestos por venta de alcohol, y servía Special Flag -lo sé, la peor de las cervezas magrebíes- verdaderamente fría y, aún mejor, botellas de Guerrouane Rouge. Allí reposó, sobre la mesa, una de tales botellas, ensombreciendo con su duda de viña baja la rosácea claridad de unos pedazos de carne picada excesivamente crudos. Consumida la botella el interior del local perdió clarividencia, y las sombras que ya no proveían sus muros taladraron sombras chinescas contra la escayola descascarillada de mis pensamientos. Así que salí a las calles pretendiendo encontrarte, clamando a diosa Fortuna que cantase bingo desde una ebriedad que reclamaba tus abrazos.

Jack Kerouac, cortesía de «la red»
Hablé de Kerouac con el camarero. Me aseguraba, orgulloso, que su padre había servido innumerables botellas de vino al poeta, allá por los años 50 del pasado siglo, cuando el joven profeta beatnik recluía vagabundeos entre los muros de la medina de Tánger. Rememoró las melopeas del estadounidense como si las hubiese podido contemplar. Cuánta poesía, Kerguac, amigo, siempre borgacho, amigo, bebía y bebía y baiglaba después entrge estas mesas, sí, amigo, en mesa de usted bebía y luego baiglaba y salía calle baiglando, corriendo hacia parte alta de kasbah... ¡ah!, siempre rgeía, joven alegre, pero bebía mucho, mucho, no bueno beber mucho, amigo, ¿le sirvo otrga copa? Sí, sírveme otra copa, amigo, que esta noche me espera el Magreb en sus labios y no quiero que descubra los míos manchados de miedo.

Brindé por el año que finalizaba y no bailé, como Kerouac, pero sí me reí, a carcajadas, cuando le aseguré al camarero que iba a encontrarte paseando por la medina. Porque sabía que sólo tenía que caminar para encontrarte. Tú no te acordarás jamás pero nos cruzamos frente a un tenderete en que se mercadeaban chucherías de contrabando y RayBan falsas, y conseguimos colarnos en el Hotel Ritz, subir hasta aquella habitación húmeda de cucarachas y avejentada de moqueta gruesa. La cama estaba limpia, eso te aseguré mientras descubría un Miró de esperma caduca sobre las sábanas. Todo daba igual, nada me importaba, quería sentirme vivo como el viejo Jack, apurar sístoles y alquimias entre todos tus labios, acuchillarte con garras la espalda y con sargazos los pechos. Tuve que desgarrarte el caftán, y un retazo de orgasmo añil descansa hoy entre las páginas de Los Vagabundos del Dharma, primera edición, Contraseñas Anagrama, traducción de Mariano Antolín Rato. Luego caminar la noche tangerina buscando un taxi que te regresase al hogar que no tenías. Y yo regresar al Hotel Valencia para recoger mi mochila y, con ella a la espalda, perderme como una nada entre los viandantes que viandaban murmullos de menta en busca de nada. Buscando sólo caminar, estar en movimiento, no quedar varado en la melancolía de haber tenido que despedirme de ti de manera tan atropellada... tan atropellada como nuestro amor, nuestros besos y mis tragos de vino grueso. El camarero del Atlantique me descorchó otra botella. La tomé entre mis manos y caminé dejando a mi espalda el puerto, en pos de las orillas del extrarradio. ¿Hacia dónde? No lo sé. Tampoco importa. Lo trascendental no es el destino cuando crees que tu destino es el camino. Y caminé hasta que me acogieron, en el interior destartalado de un Fiat Uno, dos jóvenes oriundos de Sidi Kacem cargados de hash y ebrios de sonrisa. Decidí decirles adiós en Asilah confiando en encontrarte de nuevo, paseando la medina  y un vaho de cannabis en la última noche del año. 

Kerouac abandonó el camino por el alcohol, y la vida por una hemorragia interna producto de la excesiva ingesta de aquel. Pero antes anduvo lo suyo, y en Tánger consumió vino y bailó y rió y logró que este pedazo de caftán que ahora envenena mis dedos decidiese reposar el recuerdo de tu piel entre las arritmias gramaticales de su prosa bebop y nervio. 

Abro la mochila y lanzo en su interior el volumen pensando que será buena lectura para mi siguiente viaje. Al fin, tampoco es tan malo estarse quieto. Lo nefasto es, únicamente, no sentirse en movimiento. 


martes, 8 de octubre de 2019

donde acaba el poema, donde muere la canción

El silencio es el ruido más fuerte
Miles Davis

Días de combatir contra lo elemental doblando las esquinas de la ciudad como si fueran papel de fumar hachís bien apaleado, con un loco doblar velocidades al tiempo de los suburbios y el agravio para mejor encontrarse el latido en el bolsillo del pantalón, a la altura de la tráquea en que boquea un sexo sediento de ayeres como orgasmos mal dilucidados. Días de intentar volver a escribir, aprender de nuevo el silogismo mentiroso del verbo. Días en que, finalmente, el proceso neuronal prefiere lo escrito por otros, una vez dado por obvio y moribundo lo propio. Días en construcción, como alicatados de poesía a la que derruir con herramientas que no tengo. Por eso leo a Julia Roig, por ejemplo, y doy la bienvenida al veneno: la deconstrucción del poema y el verbo pero sin Derrida... nada que ver con las alquimias torticeras de los abanderados de tortilla española evaporada y ganglios de nube de pan asomándose al espejo de lo vacuo, que es algo así como Derrida sin alimento (eso bien lo sabe quien ha pasado hambre: la alimentación nada tiene de arte, por más que de suculentos críticos de ídem se las den algunos frente a un plato de hambre a 100€/comensal, qué cosas).

Uno siempre ha pensado que lo enérgico y revolucionario del arte es que no sirve para nada. Se puede vivir ajeno a cualquier tipo de arte (a las pruebas que nos regala a diario esta sociedad me remito), pero no a la alimentación, insisto. Ahora bien, aquí quien escribe goza alimentándose de esas viandas inútiles que son la poesía y la música (entre otras).

Me pierdo, llevaba tiempo sin asomarme a esta bitácora y no encuentro el tono. Así que, retomando el hilo, decía que llevo días leyendo a una Poeta que no se lo cree sólo porque su Poesía no sirve para nada. Luego arribo a la sociabilidad asocial de las redes ídem y descubro que aún hay quién, diciéndose poeta, en vez de escribir se pelea y maldice y escupe sin saliva porque le han dado un premio a otro que escribe peor que él. Sólo me queda en la pupila el salitre que espolvorea el vilipendiado. Y es que España, hoy, es un país de poetas pillados in fraganti en el acto de mirar hacia atrás, o a los lados, pero nunca hacia delante, que es donde debe residir la Poesía, ya lo dejó claro el nigromante de Charleville: adelante siempre.

Así que regreso a los textos de Julia para descubrir qué hay allí donde acaba el poema, y cuando ya me siento superado me entrego a la música: párpados sellados y oídos cual vulva bivalva refrenando una salivación en exceso poderosa (¿ven?, no hay exceso de cannabis en sangre). Y llega Nick Cave con su Ghosteen y disuelve la existencia en una deliciosa nada al mostrarme qué hay allí donde muere la canción.

Nick Cave, cortesía de «la red»
Lo que el bardo australiano ha hecho en su última obra es matar definitivamente la canción popular y situarnos frente al abismo que temerán enfrentar muchos músicos durante al menos los 20 años venideros. Hablaba antes de Rimbaud, y no es casual. Los casi 70 minutos de inmersión en Ghosteen tienen inapelable continuación (difícil de evitar) hacia delante, como la poesía del soberbio francés y, como esta, transitada por espectros inaprensibles que juegan dados de color en los canales auditivos hasta volcar victorias y derrotas hechas de amianto y corcel en el flujo sanguíneo. Si Rimbaud nos descubrió el color que atesora cada una de las vocales, Cave extiende ante nuestra mirada atónita una paleta de colores imposibles con que silencios y murmullos van edificando un fresco de dimensiones inabarcables.

Puedo imaginar a muchos diciendo que es un disco aburrido en que apenas hay música, equivocando una vez más la música con el ruido e insultando lo que de apacible puede tener el estruendo. Luego enmendarán diciendo que sí, que el cantante utiliza la voz como nunca antes lo había hecho, y cosas de esas que les permitan seguir figurando entre quienes tienen en alta estima sus capacidades auditivas. Son los mismos que escupen larvas contra su poesía no recitada. Yo, lo siento, estoy con el trompetista del Apocalipsis cuando aseguraba que el silencio es el ruido más fuerte. Por eso el ensordecedor minimalismo instrumental de las cuchilladas que dan vida a Ghosteen ensordece mis oídos y me incita a buscar refugio en los cuatro sentidos restantes, mientras transito paisajes más allá de la realidad y lamo los pezones de unicornios andróginos que pastan ardor y desatino. Ahí el prodigio, ahí el milagro laico de los panes como peces boqueando el fin de la estirpe y la simiente del porvenir. Al final de la escucha, tumbado, absolutamente aniquilado, no sé qué hacer con mi cuerpo y pienso perogrulladas como que Nick Cave acaba de deconstruir la canción. Luego las sinapsis neuronales me traen a la memoria la deconstrucción de la tortilla de patata y comprendo que no, que esto es algo más porque no es alimento, porque no sirve para nada más allá de disponer mis huesos en fotografía de requiescat in pace y empujarme, en un último intento por aglutinar laudatorias lágrimas en derredor, a volcar de nuevo mis sandeces en esta bitácora cibernética.

Eso sí, a los que alaben los registros vocales del bardo en esta inabarcable pieza sónica he de darles la razón. Y es que tal vez donde muere la canción sólo existe el origen de la misma: la voz, o sea. Y es que tal vez donde acaba el poema sólo existe el origen del mismo: la voz, claro.

Mañana seguiré durmiendo, comiendo, acudiendo al rincón del salario, bebiendo, fumando, fornicando y soñando. Acciones normales, necesarias, útiles, sin alma... sin arte. Pero entre esas acciones sucede también la del descanso (no el entretenimiento, que es cosa disímil), y es posible que el arte no sirva para nada porque sólo es una voz luchando contra sí misma para mejor expresarse y lograr que otros descansen. Gracias, Julia, Cave, por el descanso.

jueves, 4 de julio de 2019

I have a dream (Madriz me mata)

Muy metido últimamente en analizar qué es eso de la pulsión de muerte, y erróneamente relacionándolo con el sexo (qué le vamos a hacer, el cabra siempre hace el ídem), me sumerjo en Lacan y descubro que tal pulsión de muerte él la propugnaba como lo real en la medida en que sólo se lo puede pensar como imposible. ¿Complejo? No, para eso ya están los de Electra y Edipo, y a mí, de Lacan, me interesa más esa identificación que hacía del sueño con la pesadilla, dado que el esfuerzo por metaforizar del sueño no es más que el disfraz que utiliza el deseo para evitar que se le vea como es: con ganas de ser realizado. Espesito, ¿verdad? Pueda ser. Para mí, al menos estos días, ya digo, no tanto.

Anoche tuve un sueño, yo, sí, como Martin Luther King (¿no lo conocen?, da igual: era negro). En mi sueño, por una vez, desaparecía la pulsión sexual, que es la que mayormente identifico como pulsión de muerte lacaniana. Y es que uno ya se hace mayor, y del sexo, erigido, sólo le queda el recuerdo (aparte erecciones breves que no vienen al caso). La cuestión es que en mi sueño soñaba redundantemente un Madrid que no existe más que como pulsión de muerte. Un Madrid gobernado por oligofrénicos que se aprovecharon del derecho al voto antes de que este se promulgase por Ley. Porque los subnormales de familias bien siempre han ostentado todo derecho, desde el de voto hasta el de heredar cargos públicos y gerencias, amén de la ilusión de sus progenitores de que, dada su imbecilidad, pudiesen llegar a ostentar la corona de España, que es cargo muy proclive a cargarse sobre los hombros de hombres (mujeres no, ¡vade retro!) demediados (en lo mental, nada tiene que ver aquí Italo Calvino).

No piense el lector que estoy en contra de apoyar a quien madre natura decidió jugar una mala pasada en su póker de parca traviesa, no. Aplaudo las normativas tendentes a equiparar a los ciudadanos en su derecho a ostentar dicha ciudadanía, ya que, al fin, todos pagan impuestos... bueno... todos no, los imbéciles de mi sueño eso de los impuestos se lo endilgan a otros a quienes creen más imbéciles y que, visto el resultado del derecho democrático al voto, tal vez lo sean.  

Haciendo el bobo está muy bien / haciendo el bobo es un placer, que cantara Jaime Urrutia.

Venga, acortando, que me enredo y no entro en harina.

El caso es que, en mi sueño, un imbécil que no lo es tanto sufría el momento álgido de un enfisema pulmonar agravado por este aire madriles que hoy tantos madrileños nos vemos obligados a sufrir. Y aunque en ambulancia privada dirigida a clínica ídem se acomodase su esperpento respiratorio, este se veía alargado hasta el dolor más insufrible debido a un embotellamiento de tráfico. ¿El final del sueño? No, no moría. Y es que los buenos, al menos en las series de tropecientos capítulos que nos endilgan como anestesia, nunca mueren. Como en las películas, o sea, pero más retrasado el desenlace. Y el prócer que habitaba la ambulancia de mi sueño era de naturaleza bondadosa porque todos sus desvelos estaban dirigidos al ciudadano madrileño, por más que se viese denostado por insurrecciones de votantes que no llegaron a votar en contra de su futurible y ya efectivo mandato. Es por ello que su bondad (la del enfermo) se vio recompensada por el camino. Porque el embotellamiento de tráfico lo provocaba otro ejército de enfermos mentales, todos esos cuya enfermedad, hoy, gracias a lo políticamente correcto, es estandarte de libertad verdadera. Me refiero a gays, transexuales, lesbianas y todo lo que sigue, que es que me lío con las siglas. Y así, no se sintió sólo en su accidentado periplo.

Disculpen el exabrupto pero... era una gozada contemplar demediado, en sueños, el rostro del hombre de mente demediada en un paroxismo de congoja como pocas veces recuerdo me haya decidido regalar Morfeo.

Y todo esto... ¿a qué venía? Ah, sí, a que no se pongan tan flamencos los gitanos madriles si ven que su futuro lo decide un subnormal, porque al fin y al cabo es un avance democrático y... siempre nos quedarán los sueños.

P.S.: Un gorrión ausente de respiración se ha posado en mi ventana. Su plumaje es color mierda y plomo. Su mandíbula aúlla picoteos de pan mal ganado. Su mirada perdida en un cielo como lodo. Ha muerto entre mis manos, entre las garras de su asesino, el muy subnormal. Pulsión de muerte, o sea.

viernes, 28 de junio de 2019

la vida no viaja en Metro (a la française)

Jane Birkin y Serge Gainsbourg
© Jacques Haillot/Apis/Sygma/Corbis

La prisa de los trabajadores trabajando las escaleras del Metro por no llegar tarde a la oficina, como quien corre para llegar vivo a su propio entierro. Y tú trabajando mi entrepierna a la vista sin mirada de todos. Trabajo espurio, sin más salario que mi más imbécil expresión. 

Tú y yo, detenidos en esta escalera metálica que nos rescata del subsuelo. Este sótano de maquinaria y narcosis que es el Metro. 

Abajo, en los vagones, viaja un rebaño proletario de pupilas hechas de pantalla táctil que rehúye el tacto. 

Abajo, en los vagones, Madrid es una manifestación de mineros imbéciles que olvidaron que la linterna debe colocarse en la frente, y no frente a la mirada, que si no luego pasa lo que pasa: olvidan donde quedaba la salida de la mina y quedan perdidos por siempre en las entrañas de la ciudad, en su aparato digestivo. Luego salen expulsados, cual heces incontinentes, cuando menos se lo esperan. 

Abajo, ya digo, en los vagones, mientras en las escaleras recobran movilidad y corren por no perder el siguiente vagón, tal vez el de su propia vida, y tú recobras movilidad a mi flujo sanguíneo para que pueda alcanzar mi propia vida, la de verdad.