martes, 17 de mayo de 2022

cuando éramos reyes

Según Wikipedia, el 17 de mayo de 1952 Rocky Marciano, el único campeón del mundo de los pesos pesados que se retiró sin haber sido derrotado, alcanzaba su primer título tras abatir por nocaut a Joe Walcott. Eso, al menos, asegura la página de efemérides de Wikipedia si busco la fecha 17 de mayo. Y busco esa fecha porque un día como hoy, hace 50 años, mi madre cometió la insensatez de empujarme al mundo exterior para regalarme eso que llamamos vida. 

Buscar y celebrar efemérides, hoy en día, es deporte más practicado que el propio boxeo en su época dorada, aunque los que de ello se pretendan campeones dudo que puedan ostentar idéntica fortaleza que la de Marciano. Cada día desfila ante nuestra mirada, en las redes sociales, un tropel de memoriales y recordatorios de nacimientos o fallecimientos de personajes memorables o dignos de recordar, de acontecimientos clave en el devenir de esta historia que vivimos ya como si asistiéramos a su seguro deceso. Así que hoy, que cumplo medio siglo, he decidido buscar efemérides, por simular el espíritu social identitario del que carezco. Y al descubrir esa fecha y ese nocaut, pienso que 50 años no son pocos para permanecer imbatido en el ring de los tiempos vividos, a pesar de haberme desollado unas cuantas veces contra sus cuerdas de alambre de espino y haber encajado no pocos golpes con maneras de caricia, y que por bien vividos los doy, y que podría ponerme melancólico diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor y cantar con Quique González aquello de «cuando éramos reyes» que tanta relación guarda con el boxeo. Pero resulta que de melancolía por lo vivido poco, qué le vamos a hacer. Lo vivido, a día de hoy, no puedo más que celebrarlo.

Celebremos los días, diría más de uno. Los días pasados, sí, esos sí, que cualquier excusa es buena para embriagarse. Pero los venideros no, lo lamento. Yo no quiero celebrar los días que me resten: necesito morderlos, roerlos y raerlos, desgarrarlos y devorarlos hasta el paroxismo como si fuese esa piel que hoy, a mis 50 años, tengo la animal necesidad de acariciar más allá de la superficie, centrifugarme en ese caudal de carne y saliva que nada tiene que ver con los centrifugados en busca de emociones fuertes en prostíbulos, centros comerciales y otros parques de atracciones. Que no quiero más centrifugado que el del sudor que hierve en aromas no inventados, y la mirada que tritura la voz, la calla, la estrangula, no la necesita para decirlo todo, y el pliegue de la sonrisa que pliega a sus pies falsas fortalezas, y la voracidad de la mente hecha poesía de la que duele, de la de verdad, y la voz de dicción sublime que dicta con sus sílabas como acequias el caudal que desequilibra los planetas situándolos en el justo lugar en que, ahora lo comprendo, los imaginé desde el primer aullido, recién salido del naufragio de vísceras en que me acunaba mi madre, recién comprendido que necesitaría naufragar en unas vísceras aun más hermosas si quería darme por realmente nacido. Porque de la carne nacemos y en carne nos convertiremos. Lo del polvo no me lo creo, ni como consigna bíblica ni como chiste palurdo. Hoy quiero la carne y me reconozco caníbal y me duelo y retuerzo si no mastico antes de que mis dientes decidan hacer las maletas y emprender el camino del exilio. Claro, al final, como en mi primer nacimiento necesité de mi madre, en este nuevo en que me guiña sus ojos de curva fémina un reloj de arena entregado al vértigo, necesito de ese otro vientre que me desee seguir naciendo. Yo, al fin, quiero devorar los días venideros naciendo hacia dentro. Y no es huida, es salida.

Rocky Marciano golpea a Joe Walcott (cortesía de la red)

Pero, regresemos a las efemérides, y hagámoslo con el mismo espíritu selectivo con que se hace a día de hoy: eligiendo únicamente lo que nos interesa. Porque un 17 de mayo también nacieron Dennis Hopper y Trent Reznor que, cada uno a su modo, mucho bueno me han regalado. Quiero decir que yo también he usado las efemérides, mayormente por cuestiones económicas, ya saben: artículos de encargo y demás. Pero las efemérides, como las volátiles avalanchas de likes en redes sociales, son engañosas, si no, directamente, una estafa ataviada con las roñosas telas de la impostura. Y me explico: lo de Rocky Marciano es falso. Tumbó a Joe Walcott para alzarse con el título de campeón del mundo en 1952, sí, pero no el 17 de mayo, sino el 23 de septiembre. Un error de esta enciclopedia global que hubiese dejado sin empleo ni subsidio a Diderot, D'Alembert, Rousseau, Montesquieu y compañía. Tal vez solo sea una disrupción de la realidad, como esa en que mi propia realidad, la única verdadera, hace que David Bowie estremeciese a los televidentes británicos interpretando «Starman» en Top of the Pops el día en que yo nací, en vez del 5 de julio del mismo año. Sí, creo haberlo dejado claro, no soy acólito de las efemérides, pero los 50 son buena edad para cambiar de opinión y nacer de nuevo, ya lo he dicho, así que lo mismo un día troco esa fecha en Wikipedia, que al fin y al cabo es una enciclopedia libre y popular, ¿no?

Disrupciones, decía, pero ahora comprendo que solo son excusas para escribir esta retahíla y agradecer con ella a cada una de las personas que ha logrado que los 50 años que ya he vivido hayan merecido la pena y, sobre todo, a las que harán que merezcan más la pena los que me queden por delante. A estas últimas, eso sí, les aviso: muerdo. 

Así que: gracias, siempre, y cuidado con el perro.

miércoles, 13 de abril de 2022

la soledad del poeta

Merodeo, cada vez con menor y más desinteresada frecuencia, eso que hemos dado en llamar redes sociales. Lo hago, mayormente, por compartir mis desvaríos, como el resto. Pero ese menguar de mi merodeo, comprendo, tiene sus motivos. El principal, tal vez, sea comprobar cómo florece la poesía, como invade, feroz cual jungla desorientada, las citadas redes sociales. Que todos somos poetas, parece, que ya lo hemos logrado, que atrás quedaron Whitman y Lorca, Lautreamont y Breton, Rimbaud, Grande, Nijinsky, Vallejo y Aragon, por citar tan solo a un puñado de desequilibrados que desequilibraron mis días cuando pensaba que la vida iba en serio y desorientaron, de paso, millones de pasos ciudadanos de esta aldea global en que ya únicamente globalizamos el ego y los monederos falsos.

Los poetas, decía, tantos y tan variados (y variadas, disculpen la incorrección) que se permiten la osadía de insultarse entre ellos como púgiles sonados, futbolistas tatuados o políticos que solo hacen piña en el bar del congreso de los diputados. Que uno es mejor poeta porque el de enfrente es muy malo y mejor le agasaja diosa Fortuna vestida de certámenes caducos, conferencias rancias y premios apalabrados. 

Y sí, que muchos con poca valía lírica se lucran, pero no seré yo quien les critique, más me gustaría que mi tarjeta bancaria me permitiese idénticas alegrías que a los citados bardos. Mejor: más me gustaría no tener que depender de una tarjeta, ni de un banco distinto de ese en que sueñan las posaderas de los desheredados cuando la noche se hace día porque los gatos ya no son pardos: la libertad, o sea.

El pasado 9 de abril (escribo, para variar, con retraso) tuve la fortuna de poder permitirme un dispendio que me acercase hasta la madrileña Sala Clamores a degustar el güisqui añejo que escancia en cada verso e inflexión vocal un poeta de los de verdad, uno que no precisa ningunear a otros para edificar su imperio de emociones gato negro, domingos erizados y rasguños afilados. El pasado 9 de abril tuve la fortuna de asistir a un recital de Diego Vasallo llevado de la mano de la poesía verdadera, esa que se excava en la piel rimándote estrofas en el costado. Y sobre el escenario un poeta desgranando sus versos a ritmo de vino viejo, amor masticado y músicos bien engrasados, poetas ellos también. Un poeta que se atreve a decir su nombre de reloj deteriorado porque no precisa criticar para arañar con sus cuerdas vocales versos como arpegios que hurtan vísceras a las rutinas del daño. Un poeta que se acompaña de otros para mejor recordar al respetable el origen de la grieta y los confines del barro.

de «El porvenir no llega, el pasado no importa» (Diego Vasallo)

Y es que la poesía se esculpe en la soledad de un puñal hecho de labios tatuados en la clavícula, en la sutura silente de unos dientes marcando el pecho con mordida de tequila, que no de soborno. Pero, parece ser, lo olvidamos. Olvidamos que la poesía no es tal si no nos la inflige otro, ella, él, un extraño. Y solo deseamos la cercanía de otro poeta cuando no nos hace daño: me gustas porque te gusto y te abrillanto el fondo de armario y aplaudo tus agasajos solo si me ayudas a enriquecerme a destajo. 

Vamos por libre y no nos enteramos de que la poesía solo lo es cuando permite la coyunda de versos y voces, cuando se rodea de iguales para ser más fuerte y seguir soñando que puede cambiar el ritmo de los tiempos. 

Luego, están los poetas que se engalanan de ritmos y escarchas para regalarnos melodías de un otoño que nos fue dado para jugar a soñar y no apostarlo todo a una partida de dados. Luego, están las poetas que te llevan de la mano al jardín de las delicias de un Bosco travestido en faquir despreocupado. 

Que sí, que la Poesía es un alfarero solitario, pero ¡ay cuando entre sus manos brotan otras igual de ansiosas por dar forma al barro de una existencia que nos mira con gafas de sol de extrarradio!

Poesía, sí, en la voz y los versos de Vasallo. Poesía, sí, entre tus dedos como dardos. Poesía compartida, y allá aquellos del mejor solo que mal acompañado.


lunes, 14 de marzo de 2022

todas las guerras

... pero no me hagas caso,
lo que me pasa es que este mundo no lo entiendo
Luis Eduardo Aute

Los tambores de guerra ondean a modo de bandera el recalcitrante fulgir de falanges en que se destrozan, ensangrentados, los tamborileros de uno y otro y aquel otro bando. Europa se aburre y reorganiza a las masas del sueldo bien ganado para que agiten su ajedrez de mesa puesta y abrazo tan falso como desbocado. África es un cocodrilo (¿o era América?) que no necesita careta más que para desordenar lo fúlgido de dientes cariados por el hambre de McDonalds payasos y grafitis desahuciados de todos los extrarradios. Ya no es que suenen, es que atronan y vuelan en desbandada de ataque aéreo, los tambores de guerra, mientras nosotros les marcamos el compás, desde el sofá del salón, ya está tardando en llegar la cena, ¡mujer!, con feligresía de tertuliano.

Hay una guerra civil en Burkina Fasso, esa pequeña nación mordida por Costa de Marfil, Ghana, Togo, Níger y Benín, África o por ahí, dicen, en que desde 2015 miles de cuerpos negros de rabia y miedo son la sintonía en negro de las noticias que no leo. Hay una guerra en Myanmar, Asia y ojos rasgados y hambre y sumisión al eco hueco de los noticiarios. Hay una guerra en Etiopía (y vuelta con los negros) en que los casi dos millones de «desplazados» nunca alcanzarán el estatus de refugiado porque no ubican en la definición de quienes son merecedores de sentir en sus carnes los Derechos Humanos. Hay una guerra en Yemen y millones de dólares esparcidos entre las sábanas blancas de fantasmas que esparcen aromas de mil y una noches para mejor servirnos el petróleo que ahora añoramos y que desde hace demasiados minutos eso que llaman la ONU viene «denunciando» como la peor crisis humanitaria de este globo terráqueo en que nos englobamos inflamados en las noches de aplausos en Facebook y gintonic en Serrano. Hay, todavía, sí, una guerra en Siria y más de 13 millones de ciudadanos que perdieron la ciudad y devoraron el espanto. Hay una guerra en Palestina. ¿Hay Palestina?

Hay una guerra en Ucrania y hay que levantar, enhiesta como erección mal dispuesta, la bandera de lo solidario entre la población que hace procesión frente al supermercado temerosa de verse privada de los bienes esenciales que para muchos son esencia de trabajo mal sudado y peor pagado. Que nos quedamos sin aceite, aunque sea mentira, y que el granero de Europa era una tierra de ojos rubios y niños acribillados, cierto, ahora lo comprendemos, pero déjennos encender el móvil para proceder al pago de todas estas cervezas que lo mismo mañana ya no degustamos.


Sé que no se me entiende, y tampoco sé si lo pretendo, ni si, caso de hacerlo, me haría bueno. Solo sé que ni yo mismo me entiendo porque me duelen todas las guerras, pero, aun a riesgo de parecer frívolo, ya que la población global arrecia con sus tormentas de ausencia y fin de mes mal pagado hoy solo entiendo la guerra que deseo librar entre tus brazos, pedazos de tu piel tallados en mordisco como Altamiras borrachos y el milagro de tu carne entre las sábanas, ensangrentado como una sirena varada que olvidó al apuntador y solo apunta mi aorta con maneras de pistola infantil en medio del escenario. 

Y si arrecian todas las guerras te espero en Ollantaytambo, subiendo y bajando entre rocas como un Sísifo ajeno a derrotas, falta de oxígeno y clamor de diccionarios que hablan de amor con palabras gastadas y envueltas en páginas de enciclopedias del todo es gratis o mucho más barato que si enciendes la televisión pero no la calefacción porque el gas y la electricidad y la guerra en Ucrania y tantos miles de niños rotos de miedo y, entre nuestros brazos, flácidos pero llorados.

Hay una guerra en Ucrania y nos faltan foros y redes sociales para mostrar nuestra solidaridad y ya casi somos capaces de asumir que hay una guerra silenciosa con el vecino de al lado y que miles de sub, sobre o simplemente saharianos nunca podrán ser abrazados porque vienen a robarnos el pan y a asesinar nuestro futuro ocupando nuestros hogares o simplemente a quedarse con las ayudas con que nos agasaja papá Estado.

Hay una guerra en Ucrania y me duele la carne en el dolor de tanto miembro despiezado, pero cerraré este absurdo texto con frivolidad, afirmando mi más firme solidaridad con el recorrido lácteo desde el que tu piel me desgarra el tacto, y confiando, como el resto de conciudadanos, en que no desaparezcan las cervezas de los supermercados.

martes, 22 de febrero de 2022

la voz y el daño

Hacía tiempo que Luis y yo no acudíamos a un concierto. No soy capaz, en estos momentos, de recordar el motivo, tal vez ni siquiera hubiese motivo, tal vez solamente andábamos perdidos en encontrar el fin de mes o sacar a paseo el perro de la rabia por la vida no apurada. El caso es que hacía tiempo, ya digo, que no afelpábamos nuestras gargantas en oropel de aullido desatado y güisqui adulterado, rodeados de almas gemelas en el sudor y el anonimato.

The Gutter Twins, los gemelos de la cuneta, los chicos del arroyo en plan Pasolini pasado por los pantanos de esa tierra americana harta de sembrar revólveres macho, los dos ladridos del extrarradio hecho licor y llanto, Greg Dulli y Mark Lanegan, en una infecta sala de Madrid con nombre de cerveza mala, 2008 o así, ya ha llovido, pero aún llueve la cascada eléctrica de aquellas dos gargantas copulando sobre el escenario, Dulli descosiendo los perfiles más remotos de su cuerpo inabarcable y desatado de espasmos, Lanegan impertérrito de talla griega arrancando huecos cavernarios al perfil de su garganta: un puto delirio.

Hacía tiempo que cada uno de los dos artistas no sacaban a pasear a sus perros de lluvia, rabia y quimera. No soy capaz, en estos momentos, de recordar el motivo, y dudo que fuese que andaban perdidos en encontrar el fin de mes, tal vez solo andaban perdidos buscando una salida a tanto y tan manifiesto desastre en que se enjalbegaba la música popular, camino ya del cementerio.

Hoy, amor, justo hoy, justo cuando sin hablarme te escuchaba, se nos ha ido Lanegan, justo hoy cuando habíamos hablado de comenzar a enderezar el sendero que le indica a la Poesía el camino del cementerio. Y hace tiempo que no acudimos, juntos, a un concierto. No soy capaz, en estos momentos, de recordar el motivo. Solo sé que nada de lo que ocurre a nuestro alrededor puede ser cierto, porque la realidad la inventamos nosotros y Lanegan sigue aullando junto a Dulli y a P.J. para recordarnos que ni él ni nosotros estamos muertos.

Que la tierra le sea leve... y que a nosotros solo nos sirva para invadirnos la piel de sudor y barro tierno.

Mark Lanegan (1964-2022), cortesía de la red


jueves, 27 de enero de 2022

una experiencia inmersiva

Me costó mucho, tras varios periplos por Ámsterdam, encontrarme en la situación idónea para visitar el Museo Van Gogh, hace ya años, demasiados. Digo me costó porque, efectivamente, mucho he frecuentado la ciudad de los canales feroces, los tulipanes crepitantes y las bicicletas homicidas, pero casi siempre que lo hacía me dejaba llevar por los efluvios del cannabis, y luego cualquiera estaba para visitar un museo. Ahora, a la vista de los derroteros o declives por los que se despeña la actividad museística o de contemplación estética que debe implicar eso que llaman arte, me pregunto por qué no acudí, en serio estado de fiebre cannábica, a recorrer los corredores en que se exponían los óleos del genio neerlandés. 

Salgo de una reciente experiencia inmersiva en tus taumaturgias rosa y salitre, amor, y aún me saben los dedos, cuando los muerdo hasta el daño, a vientre y saliva. Recién salgo de ti y aún me desordena el cabello una orquesta de dedos beodos como ardillas recién rescatadas de un incendio forestal: el tuyo, el de tus labios y la selva centrípeta de tus pupilas, siempre pródigas en propiciar cambios climáticos que solo a nosotros nos licúan los árticos para mejor humedecernos en trópicos de cáncer, capricornio y el resto que los demás ignoran. Y recuerdo aquella visita lúcida y libre de cannabis al Museo Van Gogh, donde repté ensoñaciones que ni el mejor de los porros me hubiese sabido regalar.

Salgo de ti, ya digo, y no encuentro mejor manera de permanecer amarrado a tus pestañas que destrozar las mías contra la realidad circundante tal cual se vierte en los titulares de la prensa cibernética. Y me sorprende el festival de experiencias inmersivas en que hoy ha trocado eso que antaño llamábamos arte. Van Gogh: experiencia inmersiva; Frida Kahlo: experiencia inmersiva; Gustav Klimt: experiencia inmersiva. Sí, está muy bien esto de sumergirse en un lienzo que no existe y acercar el arte al pueblo para eliminar todo rastro de esnobismo que aún pudiese portar en su rostro maltrecho, algo así como el teatro bajo la arena lorquiano, ¡bravo por los comisarios de arte actual! Pero a mí, perdónenme los adalides de la cultura popular, todo esto me recuerda al fascio y sus espectáculos de conjuntos arquitectónicos más grandes que la propia ciudad que los albergaba, y sus desfiles de luz estruendosa y música estridente. Ya que no nos hemos preocupado por educar en lo sensible, eduquemos en lo apabullante, desordenemos los sentidos del vulgo pero sin ningún Rimbaud rabioso que pueda hacerlos subversivos o revolucionarios. 


Cuestión de educación. Al final todo acaba en lo mismo, y la educación, hoy día, la dictan los mercaderes del móvil y las nuevas tecnologías, esas que nos permiten entrar en un cuadro de Frida Kahlo pero que nunca nos permitirán visitar su habitación en la Casa Azul porque puestos a viajar hasta México mejor será hacerlo para acumular experiencias inmersivas en el Caribe hortera, la pulsera de todo incluido y el tequila de saldo con mariachis que nunca lo fueron vestidos como si hubiesen nacido con las charreteras festivas insertas en los hombros. 

A pesar de todo, he de decir que yo, hoy que salpico con el fragor de tu ausencia los huecos que en mi pecho esculpe una osamenta que tú ayer mordías, aplaudo este renacer de lo museístico a través de la inmersión, tanto como los musicales sin música ni Broadway y la caña de después en el 100 Montaditos. Porque adherido a ti he cabalgado madrugadas en que Van Gogh me susurraba como Nietzsche al maltratado caballo turinés, y eso sí es inmersivo. Y eso sí (lo tuyo, claro) es arte. Ahora, para mejorar la inmersión, antes de irme a dormir, me entregaré al THC y recordaré a Van Gogh en Ámsterdam y a ti entre mis huesos. La mujer serpiente de Klimt me susurrará tus maneras de diosa persa, y mañana, si alguien me paga la entrada para la experiencia inmersiva que ni en sueños puedo sufragar, me uno a las huestes ciudadanas ahítas de arte que hoy pueblan esta capital de frío,  escaparate y moneda.

domingo, 26 de diciembre de 2021

otra noche americana

La lluvia ensaya polifonías de acequia torpe contra el tejado de las alcantarillas: triquiñuelas con que la ciudad pretende evadirnos de lo cierto. 

Esquivar las alcantarillas, en día de lluvia, es creerse capaz de caminar los tejados, algo así como sentirse etéreo y por encima del bien y del mal a pesar de las evidencias en contra. Esto no es más que suposición, que llevo casi una semana encerrado en casa (ya imaginan el motivo), y acostumbro asomarme a la ventana por comprobar si todo sigue igual, ahí afuera. Y eso veo: lluvia y pocos viandantes intentando esquivar charcos y alcantarillas, evadir sus cantos de sirena suburbana y subnormal. 

Llueve profuso y las nubes simulan un mar inverso sin mayor ebriedad que la de los veleros rimbaudianos que lo surcan desde el fondo de mis pupilas. Me pregunto a dónde llevarán, esos barcos. Llueve profuso, ya digo, casi hasta el límite de inaugurar traje de noche por más que aún sea de día. Efecto de noche americana, en las calles. Sí, ya saben, esa técnica cinematográfica hoy en desuso que permitía simular noche mientras se rodaba a plena luz del día. Una farsa, o sea. Como la que representan los miles de bocas como ventanas que rodean la mía clamando falsas carcajadas de resaca mal dispuesta, tras otra festividad navideña tirada al cubo de la basura junto a ojos de crustáceos suicidas y bocados de pan sin diente que los marque para que al menos se duela, del mordisco o de su ausencia. 

Detalle de la funda troquelada que oculta el Physical Graffiti de Led Zeppelin

Ha pasado la Nochebuena y la Navidad dejó ya atrás su fecha de caducidad redundante y beata. Contra las alcantarillas, la lluvia salpimenta los restos de un banquete en que muchos anduvieron ayer, anteayer, simulando lo que no era, como en la noche americana de las películas añejas. De la felicidad más explosiva al más voraz de los llantos, todos, más o menos, simulamos durante estas fiestas y miramos hacia otro lado cuando nos mentan a la anciana desahuciada o el obrero sin andamio. También si refieren al ganador de la lotería, el caso es simular algo: alegría o desdicha, pero simular a toda costa, por eso de simularnos un pedazo de carne tierna anidado bajo el pecho, que es lo que toca en estas fechas. 

Yo no he podido simular, durante estos días. Soy lo que soy: alguien asomado a la ventana por ver cómo se amplía el plano de la noche americana. A una hora incierta de la Nochebuena, sí, es cierto, Mr. Scrooge llamó a mi puerta. No sé cuál de sus fantasmas lo acompañaba, pero preferí no abrir, estuve seguro de que no venía solo. Preferí, ya digo, ni siquiera contestar, y mascullé un «paparruchas» mientras afirmaba que yo ya tengo un pequeño fantasma en casa, un fantasma que asusta al miedo, a lo oscuro y a la noche, también a la americana. Es un fantasma simpático, sí, ya ven, como ese de los dibujos animados. Luego, claro, están los otros fantasmas. Esos están henchidos de navidades futuras, presentes y pasadas, pero tienen a bien acompañarme durante cada uno de los trayectos en que se hacen adultos los calendarios. A veces logro evadirlos como evaden impuestos los acaudalados, como evade la luz la técnica cinematográfica de la noche americana. Pero cuando regresan portan voracidad de alimaña, porque comprendo que todo estaba amañado, que solo estaba imaginando, como hoy, ahora, asomado a la ventana y dando santa sepultura a la Navidad y al penúltimo cigarro debidamente aderezado con THC y llanto.

Pongo música y dejo pasear a mis fantasmas por el salón. Les permito pasear y pastar el forraje lento de tu ausencia antes de que lo inunde todo, como la lluvia, ahí afuera. Han pasado las fiestas y aún muchos siguen simulando felicidad o extravío, tanto da cuando lo que importa es que no deje de ser todo falso.

Además, es domingo. Y domingo rima con abismo.

Subo el volumen y escucho a mi querido Chencho Fernández dar la bienvenida a otra noche americana...




miércoles, 24 de noviembre de 2021

contra la filosofía

389 cumpleaños de Spinoza, el filósofo, ya ven, ahora que han decidido ubicar la filosofía entre los estantes de almacén oculto de La Casa del Libro y sucedáneos, a la par que entre los estantes mugrientos del cerebro occidental a quien nadie acude para acudirse a sí mismo y regalarse un pedazo de realidad plagada de mentiras. Resulta que la filosofía, hoy, ya es ayer y causa de nuestros males, porque no nos dejaba pensar y nos enredaba con su vocabulario agrio de epistemologías sin cauce más allá del conformarse un criterio propio, cosas de esas. 

Spinoza, decía, que hace vidas planteó un panteísmo poco acorde con sus tiempos, a la hora de hablar de ese dios que puede ser el diablo, o viceversa. Sí, le acribillaron (¡faltaría más!), pero no entendieron que era tan beato como los secuaces del clero y los feligreses del sacrificio y el esfuerzo, como tantos hoy, adocenados en busca de empleo... el que escribe entre ellos. Porque algo o alguien nos habrá de alimentar, digo yo, y para eso están los pensadores actuales del algoritmo y la mano de obra barata y el sueldo como pan sin miga y cerviz ungida por la glosa insomne de eso que llaman los mercados y que, hoy, ahora, ya, es poesía de los tiempos presentes y venideros. No, lo siento, la poesía del enter y el fielato corporativo no va más allá del horizonte que dibujan eso que hemos dado en llamar los mercados.

El caso es que Spinoza, muy de su tiempo, sin negar a dios su longitud (como Nietzsche), dio en considerarlo una sustancia de la que todo brotaba cual semilla en guerrilla de vergeles selváticos. Y hasta aquí todo bien. El problema, claro, llegaba cuando el bueno de Baruch (así se llamaba, aunque les suene a islamista radical) aseguraba que todo aquello que existe produce un efecto porque tiene un por qué de existir, y que su esencia, por tanto, es potencia de algo superior. Un galimatías, lo sé, para las generaciones venideras y las ahora moribundas en aras del comercio. Pero yo lo tengo claro, y comprendo que existes porque me produces efectos, amor, que de alguna manera, te convierten en dios (perdón: diosa) y, en potencia, de lo superior que me acomete cuando desgarro mis vísceras en la necesidad de recorrerte hasta sangrarme los pulmones, de aprender tus esquirlas hasta desgarrarme las pupilas, de conocer tus intestinos como el íncubo a su víctima, de derrotar todas tus guerras con tiroteos de brisa, de dentellearte la risa, desvestirte el ocaso, incinerarte el miedo y fecundarte los cabellos con este fragor en que hoy pierden tacto mis dedos hechos de distancia y hierba para poder saber, al fin, quién con actitud sutil me despierta y enhebra la vida.


Ya ven, la filosofía, esa cosa, y Spinoza, aquel hereje alienado, no sirven para nada más allá de celebrar una onomástica como quien celebra los bordes de esperma de una sábana oxidada en el vergel de tu memoria. 

Larga vida y feliz olvido al filosofo, como larga mi mano cuando ya te siente reptar sus falanges de caricia y dios aún vivo a pesar de Nietzsche y la distancia.

sábado, 6 de noviembre de 2021

minutos de media hora

Nos pasábamos el porro con tiento y premura, como queriendo ahuyentar la amenaza con que las aguas del Estrecho pretendían transmutar el elixir marrón en leve fardo de patera cargada de sueños truncos en navegación hacia las costas gaditanas. Era el Hafa y era el hasch y eran las pupilas en danza giróvaga de intimidad compartida y eran los minutos que desatendían su nombre para inventar un nuevo vocabulario y, de paso, sí, otra manera de medir el tiempo. Eran las puestas de sol al frente del acantilado Magreb y las dictaduras del silencio henchido de música que no hacía acto de presencia más que en el kindergarten en que, obnubiladas, jugueteaban nuestras neuronas. Quiero decir que fumábamos hachís en las terrazas del Hafa mientras el horizonte arropaba el desnudo hembra morena del Estrecho de Gibraltar con la claridad de una piel aun más morena, a pesar de vestirse sol y lunares para jugar al universo. 

Los minutos, creo que ya lo he dicho, no eran redil de los habituales sesenta segundos. Juanfri siempre lo decía: acabamos de entrar en el minuto de media hora. Pistoletazo de salida y... a navegar los cielos de la menta y el THC.

Relojes añejos, a pesar de todo, al recordar las fumadas en el Hafa, en Tánger, pero siempre esa piel morena incendiada de luz y constelada de pupilas como lunares persiguiéndome con la plena consciencia de la victoria... de ir a darme caza. Soy un ciervo anciano inserto en una película survival. Un nadador sin musculatura ni piscina. Un recluso con una lima labial como toda certidumbre de escape. Un habitante inconcluso de la memoria expandida, hoy, y desde aquellos tiempos, pero más hoy que me repliego en la memoria inmediata para reverdercer la jungla de mi latido recordando el demoledor concierto de los Derby Motoreta's Burrito Kachimba al que tuve el placer de asistir hace ya no sé cuánto (ya saben, escribo con retraso). Segovia: peñascos de antaño y acueductos sin más ojo que el que pierde la adolescencia tras las faldas y braguetas de una madrugada que no ha de llegar más que mordida de centígrados con categoría de cabo primera, o lo que sea eso que supone relevancia entre las huestes de la patria y el sueldo asegurado.

Uno acudía a muchos conciertos y recitales de esos que la pandemia nos ha descubierto nocivos para la salud física, mental y mundial, y se embarraba en tragos compartidos de labios como botellas con maneras de mujer henchida de amor. Bailaba y saltaba y aullaba y olvidaba el mundo alrededor con la conciencia certera del que se ausentó del planeta tras fumarse un petardo, atragantarse de un tropel de güisqui garrafón y propinar un manotazo al reloj de arena para dejarlo en esa posición que le impide nombrar el paso del tiempo. El minuto de media hora, sí, ya lo he dicho, por el hachís, pero también, y más, por la música... y por la hembra morena que la danza con la indolencia que proporciona saberse contenedora de vida, de la Vida. A uno, hoy, la pandemia y las fuerzas del orden le han enseñado que es mejor bailar solo en la hembra y dejar la música para los negacionistas y esos otros que no tienen miedo a morir. Bueno, eso, en realidad, debería ser lo aprendido, pero a mí esta pandemia solo me ha enseñado a bailar más y con más ímpetu la música y, por supuesto, la hembra de piel morena disfrazada de sol y luna. Bailar la hembra, casi, podría asegurar, es lo que hacen los Burrito (de los varios nombres que componen el nombre de este grupo de músicos tocados por la divinidad horaria, me quedo con este, por abreviar, pero con todo el respeto, que luego dicen que escribo largo y espeso y barroco y no cabe en un tweet ni en una entradilla de prensa). 

Bailar la hembra, insisto, es lo que hacen los Burrito. Eso, y desencadenar los fantasmas del tiempo para dejarles corretear, libres de cadenas Canterville, cuando anclan al escenario su regio vendaval de acordes, armonía, musculatura y latido. Mientras, el público, aun silenciado por la dictadura del patio de butacas, comienza a perder los estribos y a destrozar los relojes con dentelladas de aullido musitado en falsete. Las largas hileras del patio de butacas, cierto, tardaron poco tiempo en levantar el vuelo, como llevadas en alas de una música hecha para volarle la tapa de los sesos al clima. La maquinaria de timbres y escalofrío de los Burrito, perfectamente engrasada para acometer cualquier destino sensorial que el oyente pueda elucubrar, acelera y suaviza su ferocidad etérea al ritmo de esas caderas hembra que hoy me reptan el vientre, mientras recuerdo: el concierto y a ti, amor, claro, vestida de lunares calé y sur sin nombre, desnuda de prisiones y gramáticas, moliendo aceitunas con tus pupilas y amamantada por una ordalía de acordes épicos como cantar de gesta de un futuro en que exhibiremos el músculo de nuestro amor como los Burrito engrasan el músculo de sus melodías de ensueño, ayer y alquimia: correteando correteabas mis arterias mientras ellos despedazaban, con mordiscos como besos, las normativas no escritas del ritmo y el compás e incendiaban ese patio de butacas para florecer un teatro bajo la arena en las pupilas, neuronas y dermis de un público hecho parroquia de éxtasis. 

Sí, disculpen el desvarío, no hay hachís en esta ocasión, solo es que me cuesta recordar el minuto en que un concierto se había tatuado, con tan feroz exactitud, en mi piel de reloj sin manecillas. Un concierto de los Burrito no es tal, es una experiencia en las antípodas de todo eso que hoy intentan vendernos como tal. Y se acercan con peligro a tu manera de bailar fulgores y astros hermanos de lo universal en expansión. Un concierto de los Burrito es húmedo como tu voz y luminoso como el envés de tu vientre. Algo así como una revelación... algo así como la música de este amor hecho de vicio y ternura en que nos acunamos para mejor permanecer despiertos.

Ignoro cuántos minutos duró el concierto, imposible e innecesario contabilizar el fragor de medias horas en que me permitió naufragar sin perder la respiración aunque casi. Segovia, a la salida, permanecía ciega de temperatura y audaz de vino peleón. Parranderos tropezaban charcos y tu perfil más pudoroso doblaba las esquinas de mi cordura mientras el viento silbaba que el camino ha sido largo...

pero he de llegar, vive dios

aunque me cueste una eternidad hecha de hachís y relojes sin norma... la música de los Burrito, por favor, de fondo, pintando de luz esa piel morena que vistes, amor, cada vez que me derrotas entre tus brazos.

miércoles, 6 de octubre de 2021

la piel bajo el volcán


Parece que la piel del planeta se agita y revienta sus costuras para regalarnos un vergel de vísceras feroces dispuestas a devorarlo todo... o al menos eso ocurría hace unos días, ya saben que escribo con retraso y que las noticias vuelan más alto y veloz que las nubes de humo tóxico vomitadas por el volcán de la isla de La Palma. De hecho, circulan con tanta prisa, que no he visto ninguna foto de perfil en Facebook enmarcando caras compungidas sobre un compungido Je suis La Palma. El caso es que el volcán y su piel vuelta hacia fuera han sido, durante unos días, nueva carga de leña con que atizar la hoguera del miedo ciudadano, más ahora que las cifras de la COVID-19 van dejando sin argumento a los tertulianos televisivos y científicos de medio pelo que nos han estado advirtiendo de que el fin del mundo, como el milenarismo, iba a llegar.

A mí, la erupción del volcán me ha servido para comprender que bajo una piel de respiración desapercibida y aparente calma late la verdadera piel, esa que se incinera por salir al exterior mostrando su verdadero rostro, por más que este parezca un semblante en cuya sonrisa haya más promesa de mordisco animal que alegato pacifista. Es lo que tiene la piel, de tan superficial como parece acabamos pensando que no tiene nada que decirnos más allá de su exabrupto de reloj suizo e imparable. Yo, últimamente, ando desentendido de la actualidad, porque corre demasiado aprisa y porque, aun habiendo deglutido los pertinentes minutos de eclosión volcánica (disculpen que no utilice esos términos que tan bien usamos todos ahora: boca, colada, piroclastos y demás), solo pienso en cómo hacer para no eclosionar de igual manera y que se me acabe desbocando la piel en el deseo de otra piel, aunque sea de volcán e incendio, que lo es. 

No hace mucho, tuve la fortuna de habitar durante unos memorables minutos el estudio de la artista Lucie Geffré, francesa (lo especifico por el je suis que tanto gusta) afincada en nuestro territorio y en su encarnizada lucha contra la piel entendida como escaparate solo por darle vuelta y mostrar su desnudo de vísceras implacables que amenazan con devorarlo todo, como el volcán. Lucie batalla a diario contra la superficialidad de la piel, armada de pinceles y tegumentos, de colores como estallidos, grises con maneras de herida y deflagraciones de color. Lucie sabe bien que la piel no es tan superficial como la pintan. Por eso ella la pinta de verdad, le saca los colores abochornándola con verdades incuestionables y nos regala a los afortunados espectadores un espectáculo más rabioso que la más rabiosa actualidad del volcán de marras: el de la piel cuando se mira los adentros retorciéndose al ritmo de las vísceras que la animan a la par que la aniquilan. Y es que la piel, cuando conoce su destino, tiende a dejarse llevar y fluye como una colada de magma, o una colada recién colgada por las madres del domingo para recordar a la familia que la dermis ajada de sus manos les viste a diario con más calor del que merecen.

La artista Lucie Geffré en su estudio

Lucie sabe que su pintura, su arte, como la vida, son cuestión de piel. Pero no de esa piel en que decidimos depositar los vasos de vino que nos ansía verter el tiempo, sino de la piel vuelta hacia dentro en lo más cenital del murmullo, en las miradas que se pierden en un cosmos digno de Carl Sagan cuando se asoman a la piel del otro o, simplemente, la recuerdan. La piel que ella retrata con perseverancia y paciencia de camarógrafo es la de nuestros latidos cuando se saben presos de un latido ajeno: en este caso el de su mirada. Y es que, como los grandes fotógrafos saben retratar al humano que habita bajo la piel del retratado, Geffré sabe retratar las inquietudes de quienes abandonan su mirada al maniobrar exacto de sus pinceles y se acomodan por un instante en los magmas de su piel interior. Todo un ejemplo de maestría pictórica y un regalo para los sentidos de quienes creemos que la verdadera piel, como las procesiones, va por dentro y no tiene nada de superficial.

Creo que el volcán sigue exhibiendo sus vísceras omnívoras, pero prefiero apagar la televisión y contemplar la obra de Lucie Geffré. Después, llegará la noche y, una vez más, saborearé el inminente momento en que mi piel vuelta hacia afuera se dejará recorrer por unas manos de lumbre que nada saben de superficies. 

Comprender, al fin, que nada de superficial tiene la piel cuando le prestamos la debida atención, ni siquiera la que habita bajo un volcán... que se lo digan a Malcolm Lowry.

miércoles, 18 de agosto de 2021

ola de calor

Mi casa se estaba quemando y solo podía salvar una cosa.
Decidí salvar el fuego.

Jean Cocteau


Imágenes típicas del verano regresan a los noticiarios: costa levantina, profusión de sombrillas y desnudos afortunadamente a medio hacer, sonrisas al viento que no existe y 15 segundos de fama televisiva (lo lamento, querido Warhol, equivocaste la medida del tiempo) en que proclamar, sonriente y victorioso, ese aquí disfrutando de la playita y la familia, que ya era hora súbitamente mutado en un esto es irrespirable, imposible dormir, pero nada que no solucione la playa y la cervecita. Y es que hemos sufrido una ola de calor (sí, ya ha pasado, pero quien aún me siga leyendo sabe que escribo con retraso): viento del Sahara y silbidos subsaharianos que amenazan atracar en nuestras costas sin ánimo de que nadie les invite a refrescar su gaznate cercenado de hambre y miedo en el primer chiringuito playero.

No quiero ser agorero, pero me parece, tanta celebración, paso previo antes de un nuevo encierro propiciado por el fin del verano y, tal vez, por el terror a ese virus que amenaza arrebatarnos el turismo, la cerveza y nuestra sempiterna «gana de vivir». Quiero imaginar que es por ello que me adelanto, olvidando las playas patrias, amor, y me encierro entre cuatro paredes contigo: para celebrar a  mi modo este largo y cálido verano, ola de calor incluida, y compartirte cerveza sin aperitivo y sudor sin Mediterráneo que lo aquiete. 

Algunos enfrentan la ola de calor proclamando su ansia por liberar del burka a las mujeres afganas que hasta hace unos días vivían tan libres que ni siquiera existían; otros exclamando que solo faltaba que tuviésemos que acoger a más extranjeros ahora que salíamos del agujero; los hay que clamando por el reinicio de la jornada futbolera con público en las gradas, extranjeros en el césped e improperios en los tímpanos; no pocos que vendiendo a los circundantes sus proezas laborales mientras se quejan de que otros extranjeros cuya única proeza es haber cruzado a nado kilómetros de arena y marea vienen a robarles el dinero que les permitiría extrarradiarse, el próximo verano, a uno de esos paraísos del lujo low cost en que no hay calor y sí daiquiris y pitanza a ritmo de orquesta de pueblo puesta al día y derroche todo incluido; una multitud, al fin, acribillando, con sus rostros de beatitud recién alcanzada al pisar el veraneo, a ese vulgo que no pudo pagarse unas vacaciones y que pulula las redes sociales con resentimiento de parado o asalariado sin medios.

A mí, ya ves, lo único que me cura el calor es sudar, profusa y profundamente, y empaparme de otro sudor: sí, el tuyo, ya sabes. Y es que mientras los veraneantes hacen del sudor bandera de fastidio y clamor contra esa meteorología que animan, diariamente, a que torne más inestable, yo hago de este bandera apátrida y la extiendo sobre la cama o el sofá para que tú la ondees cual pirata cegada por la promesa de un botín de músculos rebeldes y labios que pierden el norte en las mareas de tu sur salitre e isleño. Afuera, la fiebre del sol increpando a la ciudadanía, y aquí, dentro, entre estas cuatro paredes que gotean nuestros nombres, la fiebre quirúrgica del sudor dibujando garabatos alrededor de tus venas como niño que sabe que el lienzo es solo el comienzo y que, ignorando fronteras, culmina esa obra de arte en que da, más bello y violento que un Basquiat, nuestro amor.

Y el sudor tronando. Y nosotros, hechos de saliva, enmudeciéndolo. Y espesos de exceso rompiendo los márgenes porque nunca agua estancada, haciendo estanque de nuestro sudor y ramoneándonos la humedad calmos, feroces y eternos como bisontes de fiebre sobre la pradera de nuestros cuerpos.

Muchos rompen las normas de la distancia social en los bares, con algarabía de vidrios y espumas de soflama ebria que reconduce las normas de la política, el fútbol, la moda y el trabajo que todos increpan antes de, ya finalizado agosto, calzarse sumisos el yugo del fin de mes y el ahorro para el siguiente veraneo. Mientras, nosotros nos rompemos distancias, miedos y ropas con estruendo de respiraciones sin tedio para rompernos la piel, afilando los colmillos en el giro canicular de nuestras articulaciones, haciendo yugo de eternidad con nuestros labios y dilapidando jugos sin pensar en el verano próximo, anclados en el presente, anclados uno en el otro y con la mirada extraviada en los secretos de nuestra carne hecha pulpa y en el misterio de nuestras pupilas sudando lágrimas inversas que nos recuerdan que es verano y nos azota una ola de calor y que, a pesar de todo, solo nosotros, cuando nos amamos, encendemos el fuego que incendia todos los termómetros.

Cuando llegue el verano próximo, la población habrá dilapidado el plástico necesario para generar nuevas olas de calor, y los grifos aullarán promesas rubias y victorias de la tarjeta de crédito.

Yo, cuando llegue el próximo verano, amor, sólo espero haberte sudado entre los dedos y haberme sudado de tu vientre y tu cabello con la intensidad suficiente para avivar el incendio que nos sobreviva al largo y frío invierno.