Vengo del hogar crepitante de un abrazo. Salgo al exterior de un bar envuelto en leña de sonrisas que atemperan la nostalgia fragorosa de centígrados de este otoño recién detenido. Regreso de un caminar senderos que fueron el sobrevolar de unos pasos como plumas de pavo real mi concepto de hogar. Me resisto a abandonar un hogar nacido de una voz que da igual en cuantos idiomas se vocalice. Siempre es la misma lengua. La que compartimos. Y todo me sabe a saliva y no me importa el frío, aunque me afecta, a estas bajuras no tiene sentido engañar. Allí donde queda la música no podrá ningún tabique ocultar el fragor de la poesía.
Jorge Juan 169. Han movido uno o un par de impares para denominar este nuevo horror urbanístico que se terminará alzando en la capital. En el número 169 de la calle Jorge Juan habitó la Alquimia entre las manos y cuerdas vocales de aquel mago llamado Luis Eduardo Aute. Su voz me atrapa, intemporal, mezclada a la de Chencho cuando le dedica una canción al Amor. Lo hizo hace apenas un par de semanas, escanciando caricias en el matraz de mis oídos. Oro con que cicatrizo cual kintsuji mi piel. Química de niños jugando al besar entre probetas y fogatas. Matemática del azar. Física del índice detenido entre los labios cuando saben que perdieron la capacidad para cantar al Amor.
Te he tomado de la mano, soledad, y hemos bajado la calle Jorge Juan desde Doctor Esquerdo. Hemos caminado despacio con la intención de revisitar un solar, el que se llenó de tu mirada tras quedar derruida la casa del poeta. Hogares de otros poetas hemos deambulado. El de Aleixandre, por ejemplo, que aún se mantiene en pie. El de Aleixandre, por ejemplo, en cuyo interior también Aute enjugó su voz. Pero ahora resbalo Jorge Juan y a punto de llegar a la Quinta de la Fuente del Berro me sorprende un sinsentido de andamios y un cartel que avisa de las inminentes 10 viviendas con aparcamiento, trastero y piscina que ocuparán el espacio que sólo se supo ocupado por la Poesía.
Saltan gatos. Corren alrededor, hoy no hay plumas. Los pavos reales han decidido recluir sus costuras y caminar esta calle sin ellos es un clamor de silencio y es acallar un te extraño. Mis dedos caminan. Tecléante suave (esto seguro que no se escribe así, pero quién dicta cómo escribir)
En la Fuente del Berro, entre patitas de pato que desordenan estanques y niños que anticipan futuro jugando a dispararlos con esputos de fogueo, caminamos desordenados, yo me trastabillo y tropiezo con hojas caducas de tan suicidas y con los tacones de aguja que amenazas con hundirme en el pecho, ¿pero cuándo? Strictu sensu queda la música inacabable. Queda también un reguero de plasma recorriéndome la piel con ánimo de desembocar muslos adentro. Y más.
Hablo a nadie, la soledad no me quiere escuchar, ¿me escucha alguien? Enlato mi voz y camino de nuevo hacia el abrazo. Busco hogar en otro bar y lo encuentro porque manos me acarician aunque me pregunto cuándo las manos y cuándo la caricia por dentro. Un par de vinos y un beso de despedida y enderezar mi no saber caminar hasta la próxima boca de Metro.
Avenida de América es el lugar elegido para adentrarme en la minería sin esplendor del Metro de Madrid. Antes, tomo asiento en un banco urbano de esos diseñados para tatuarnos en las nalgas el concepto de incomodidad. Pero escucho una canción que me suena a Aute y a Chencho y un árbol escupe una hoja sobre mi regazo para recordarme que ya llegó el otoño aunque el frío aún no me haya pintado los labios de azul. O sí, y es por eso que hablo y escribo con frialdad de falanges que olvidaron los guantes.
En el vagón del Metro una joven sostiene entre sus manos Rayuela y resulta que el milagro, hace apenas un instante, se me ha revelado con el nombre de Cortázar como si en vez de belga fuese mexicano y abandono mi lectura de misticismos musicales hechos carne y contemplo a la joven y no puedo evitar interrumpir su fantasía tras verla saltar páginas y mover entre ellas un punto de lectura como si fuese navaja que juega a cortar en pedazos la vida. O a saltar sobre ella de puntillas sin dejar de jugar. Lo estás leyendo de seguido o saltando, le pregunto sin dejar de sorprenderme a mí mismo por tal exabrupto. Salto, me responde y sonríe. Juegas, le digo y sonrío, redundando. No dejes de jugar. Su mirada, anclada a la mía, detiene la velociudad subterránea y le alcanzo una tarjeta que ya iba sosteniendo entre los dedos a modo de marcapáginas. Te puede interesar, le digo. Y también le doy las gracias. Ella no entiende por qué, pero creo que desentraña mi sonrisa y salgo al exterior y no es frío a pesar de otoño y regreso a casa y abro la puerta con unas llaves que no son las mías.
Todo esto es un sinsentido, lo reconozco, así que intentaré explicarlo mejor:
He quedado a comer con una amiga, con mi amiga. Después de alimentarnos ella tenía cuestiones vitales que atender y yo he paseado por la Fuente del Berro tras observar el horror en que se ha convertido, se está convirtiendo, el espacio en que vivió Aute. Luego he regresado al encuentro de mi amiga. Hemos tomado algo, nos hemos despedido y he decidido caminar un trecho antes de dejarme devorar por la primera boca de Metro. He escuchado voces que son una sola voz y, ya inserto en la digestión del suburbano, frente a mí, una joven leyendo Rayuela y he sentido la cruel ceremonia del tajo porque, momentos antes, la soledad me ha obligado a gritar al fin mi verdadero nombre. Y todo sigue sin tener sentido, pero justamente por eso. Así está bien.


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