martes, 8 de octubre de 2019

donde acaba el poema, donde muere la canción

El silencio es el ruido más fuerte
Miles Davis

Días de combatir contra lo elemental doblando las esquinas de la ciudad como si fueran papel de fumar hachís bien apaleado, con un loco doblar velocidades al tiempo de los suburbios y el agravio para mejor encontrarse el latido en el bolsillo del pantalón, a la altura de la tráquea en que boquea un sexo sediento de ayeres como orgasmos mal dilucidados. Días de intentar volver a escribir, aprender de nuevo el silogismo mentiroso del verbo. Días en que, finalmente, el proceso neuronal prefiere lo escrito por otros, una vez dado por obvio y moribundo lo propio. Días en construcción, como alicatados de poesía a la que derruir con herramientas que no tengo. Por eso leo a Julia Roig, por ejemplo, y doy la bienvenida al veneno: la deconstrucción del poema y el verbo pero sin Derrida... nada que ver con las alquimias torticeras de los abanderados de tortilla española evaporada y ganglios de nube de pan asomándose al espejo de lo vacuo, que es algo así como Derrida sin alimento (eso bien lo sabe quien ha pasado hambre: la alimentación nada tiene de arte, por más que de suculentos críticos de ídem se las den algunos frente a un plato de hambre a 100€/comensal, qué cosas).

Uno siempre ha pensado que lo enérgico y revolucionario del arte es que no sirve para nada. Se puede vivir ajeno a cualquier tipo de arte (a las pruebas que nos regala a diario esta sociedad me remito), pero no a la alimentación, insisto. Ahora bien, aquí quien escribe goza alimentándose de esas viandas inútiles que son la poesía y la música (entre otras).

Me pierdo, llevaba tiempo sin asomarme a esta bitácora y no encuentro el tono. Así que, retomando el hilo, decía que llevo días leyendo a una Poeta que no se lo cree sólo porque su Poesía no sirve para nada. Luego arribo a la sociabilidad asocial de las redes ídem y descubro que aún hay quién, diciéndose poeta, en vez de escribir se pelea y maldice y escupe sin saliva porque le han dado un premio a otro que escribe peor que él. Sólo me queda en la pupila el salitre que espolvorea el vilipendiado. Y es que España, hoy, es un país de poetas pillados in fraganti en el acto de mirar hacia atrás, o a los lados, pero nunca hacia delante, que es donde debe residir la Poesía, ya lo dejó claro el nigromante de Charleville: adelante siempre.

Así que regreso a los textos de Julia para descubrir qué hay allí donde acaba el poema, y cuando ya me siento superado me entrego a la música: párpados sellados y oídos cual vulva bivalva refrenando una salivación en exceso poderosa (¿ven?, no hay exceso de cannabis en sangre). Y llega Nick Cave con su Ghosteen y disuelve la existencia en una deliciosa nada al mostrarme qué hay allí donde muere la canción.

Nick Cave, cortesía de «la red»
Lo que el bardo australiano ha hecho en su última obra es matar definitivamente la canción popular y situarnos frente al abismo que temerán enfrentar muchos músicos durante al menos los 20 años venideros. Hablaba antes de Rimbaud, y no es casual. Los casi 70 minutos de inmersión en Ghosteen tienen inapelable continuación (difícil de evitar) hacia delante, como la poesía del soberbio francés y, como esta, transitada por espectros inaprensibles que juegan dados de color en los canales auditivos hasta volcar victorias y derrotas hechas de amianto y corcel en el flujo sanguíneo. Si Rimbaud nos descubrió el color que atesora cada una de las vocales, Cave extiende ante nuestra mirada atónita una paleta de colores imposibles con que silencios y murmullos van edificando un fresco de dimensiones inabarcables.

Puedo imaginar a muchos diciendo que es un disco aburrido en que apenas hay música, equivocando una vez más la música con el ruido e insultando lo que de apacible puede tener el estruendo. Luego enmendarán diciendo que sí, que el cantante utiliza la voz como nunca antes lo había hecho, y cosas de esas que les permitan seguir figurando entre quienes tienen en alta estima sus capacidades auditivas. Son los mismos que escupen larvas contra su poesía no recitada. Yo, lo siento, estoy con el trompetista del Apocalipsis cuando aseguraba que el silencio es el ruido más fuerte. Por eso el ensordecedor minimalismo instrumental de las cuchilladas que dan vida a Ghosteen ensordece mis oídos y me incita a buscar refugio en los cuatro sentidos restantes, mientras transito paisajes más allá de la realidad y lamo los pezones de unicornios andróginos que pastan ardor y desatino. Ahí el prodigio, ahí el milagro laico de los panes como peces boqueando el fin de la estirpe y la simiente del porvenir. Al final de la escucha, tumbado, absolutamente aniquilado, no sé qué hacer con mi cuerpo y pienso perogrulladas como que Nick Cave acaba de deconstruir la canción. Luego las sinapsis neuronales me traen a la memoria la deconstrucción de la tortilla de patata y comprendo que no, que esto es algo más porque no es alimento, porque no sirve para nada más allá de disponer mis huesos en fotografía de requiescat in pace y empujarme, en un último intento por aglutinar laudatorias lágrimas en derredor, a volcar de nuevo mis sandeces en esta bitácora cibernética.

Eso sí, a los que alaben los registros vocales del bardo en esta inabarcable pieza sónica he de darles la razón. Y es que tal vez donde muere la canción sólo existe el origen de la misma: la voz, o sea. Y es que tal vez donde acaba el poema sólo existe el origen del mismo: la voz, claro.

Mañana seguiré durmiendo, comiendo, acudiendo al rincón del salario, bebiendo, fumando, fornicando y soñando. Acciones normales, necesarias, útiles, sin alma... sin arte. Pero entre esas acciones sucede también la del descanso (no el entretenimiento, que es cosa disímil), y es posible que el arte no sirva para nada porque sólo es una voz luchando contra sí misma para mejor expresarse y lograr que otros descansen. Gracias, Julia, Cave, por el descanso.

jueves, 4 de julio de 2019

I have a dream (Madriz me mata)

Muy metido últimamente en analizar qué es eso de la pulsión de muerte, y erróneamente relacionándolo con el sexo (qué le vamos a hacer, el cabra siempre hace el ídem), me sumerjo en Lacan y descubro que tal pulsión de muerte él la propugnaba como lo real en la medida en que sólo se lo puede pensar como imposible. ¿Complejo? No, para eso ya están los de Electra y Edipo, y a mí, de Lacan, me interesa más esa identificación que hacía del sueño con la pesadilla, dado que el esfuerzo por metaforizar del sueño no es más que el disfraz que utiliza el deseo para evitar que se le vea como es: con ganas de ser realizado. Espesito, ¿verdad? Pueda ser. Para mí, al menos estos días, ya digo, no tanto.

Anoche tuve un sueño, yo, sí, como Martin Luther King (¿no lo conocen?, da igual: era negro). En mi sueño, por una vez, desaparecía la pulsión sexual, que es la que mayormente identifico como pulsión de muerte lacaniana. Y es que uno ya se hace mayor, y del sexo, erigido, sólo le queda el recuerdo (aparte erecciones breves que no vienen al caso). La cuestión es que en mi sueño soñaba redundantemente un Madrid que no existe más que como pulsión de muerte. Un Madrid gobernado por oligofrénicos que se aprovecharon del derecho al voto antes de que este se promulgase por Ley. Porque los subnormales de familias bien siempre han ostentado todo derecho, desde el de voto hasta el de heredar cargos públicos y gerencias, amén de la ilusión de sus progenitores de que, dada su imbecilidad, pudiesen llegar a ostentar la corona de España, que es cargo muy proclive a cargarse sobre los hombros de hombres (mujeres no, ¡vade retro!) demediados (en lo mental, nada tiene que ver aquí Italo Calvino).

No piense el lector que estoy en contra de apoyar a quien madre natura decidió jugar una mala pasada en su póker de parca traviesa, no. Aplaudo las normativas tendentes a equiparar a los ciudadanos en su derecho a ostentar dicha ciudadanía, ya que, al fin, todos pagan impuestos... bueno... todos no, los imbéciles de mi sueño eso de los impuestos se lo endilgan a otros a quienes creen más imbéciles y que, visto el resultado del derecho democrático al voto, tal vez lo sean.  

Haciendo el bobo está muy bien / haciendo el bobo es un placer, que cantara Jaime Urrutia.

Venga, acortando, que me enredo y no entro en harina.

El caso es que, en mi sueño, un imbécil que no lo es tanto sufría el momento álgido de un enfisema pulmonar agravado por este aire madriles que hoy tantos madrileños nos vemos obligados a sufrir. Y aunque en ambulancia privada dirigida a clínica ídem se acomodase su esperpento respiratorio, este se veía alargado hasta el dolor más insufrible debido a un embotellamiento de tráfico. ¿El final del sueño? No, no moría. Y es que los buenos, al menos en las series de tropecientos capítulos que nos endilgan como anestesia, nunca mueren. Como en las películas, o sea, pero más retrasado el desenlace. Y el prócer que habitaba la ambulancia de mi sueño era de naturaleza bondadosa porque todos sus desvelos estaban dirigidos al ciudadano madrileño, por más que se viese denostado por insurrecciones de votantes que no llegaron a votar en contra de su futurible y ya efectivo mandato. Es por ello que su bondad (la del enfermo) se vio recompensada por el camino. Porque el embotellamiento de tráfico lo provocaba otro ejército de enfermos mentales, todos esos cuya enfermedad, hoy, gracias a lo políticamente correcto, es estandarte de libertad verdadera. Me refiero a gays, transexuales, lesbianas y todo lo que sigue, que es que me lío con las siglas. Y así, no se sintió sólo en su accidentado periplo.

Disculpen el exabrupto pero... era una gozada contemplar demediado, en sueños, el rostro del hombre de mente demediada en un paroxismo de congoja como pocas veces recuerdo me haya decidido regalar Morfeo.

Y todo esto... ¿a qué venía? Ah, sí, a que no se pongan tan flamencos los gitanos madriles si ven que su futuro lo decide un subnormal, porque al fin y al cabo es un avance democrático y... siempre nos quedarán los sueños.

P.S.: Un gorrión ausente de respiración se ha posado en mi ventana. Su plumaje es color mierda y plomo. Su mandíbula aúlla picoteos de pan mal ganado. Su mirada perdida en un cielo como lodo. Ha muerto entre mis manos, entre las garras de su asesino, el muy subnormal. Pulsión de muerte, o sea.

viernes, 28 de junio de 2019

la vida no viaja en Metro (a la française)

Jane Birkin y Serge Gainsbourg
© Jacques Haillot/Apis/Sygma/Corbis

La prisa de los trabajadores trabajando las escaleras del Metro por no llegar tarde a la oficina, como quien corre para llegar vivo a su propio entierro. Y tú trabajando mi entrepierna a la vista sin mirada de todos. Trabajo espurio, sin más salario que mi más imbécil expresión. 

Tú y yo, detenidos en esta escalera metálica que nos rescata del subsuelo. Este sótano de maquinaria y narcosis que es el Metro. 

Abajo, en los vagones, viaja un rebaño proletario de pupilas hechas de pantalla táctil que rehúye el tacto. 

Abajo, en los vagones, Madrid es una manifestación de mineros imbéciles que olvidaron que la linterna debe colocarse en la frente, y no frente a la mirada, que si no luego pasa lo que pasa: olvidan donde quedaba la salida de la mina y quedan perdidos por siempre en las entrañas de la ciudad, en su aparato digestivo. Luego salen expulsados, cual heces incontinentes, cuando menos se lo esperan. 

Abajo, ya digo, en los vagones, mientras en las escaleras recobran movilidad y corren por no perder el siguiente vagón, tal vez el de su propia vida, y tú recobras movilidad a mi flujo sanguíneo para que pueda alcanzar mi propia vida, la de verdad.

viernes, 21 de septiembre de 2018

libros de piel

Leí hace tiempo, que se ha instalado, entre una considerable parte de la burguesía mundial, la costumbre de acumular libros que no se leerán, sólo por el placer de verlos en las estanterías, debidamente colocados por orden alfabético de autor, o título, colección, o color de la edición, vaya usté a saber. Dicen, los defensores de este nuevo despropósito generado por la carencia de impulsos vitales y el exceso de salario, que satisface estar rodeado de tanta sabiduría... a pesar de que ni vayan a hacer el intento de adquirirla. Ya saben, lo importante es pagar por algo, aunque luego no se sepa utilizarlo ni para qué sirve.

Tsundoku, lo han dado en llamar. Y hacen bien: el palabro de marras es japonés, y siempre queda bien hablar con tus coetáneos y explicarles que practicas el tsundoku, que lo aprendiste en tu reciente viaje al país del sol naciente, como hiciste años antes con el yoga, aprendido un poco más cerca pero, igualmente, en tierras orientales. Luego, ni te enteras de cómo funcionan los cuerpos de los yoguis, que viven sin celebrar brunch high tech en ningún bistrot de postín, ni de cómo los japoneses degluten sushi sobre cuerpos femeninos desnudos mientras una esclava disfrazada de geisha les sirve tacitas de sake y tú paseas las redes sociales reclamando la liberación femenina, porque da muy bien en ese mundo que no es el tuyo pero te preoporciona una imagen que no te refleja pero te gana likes y cosas de esas. Porque tienes mucho mundo, que de eso se trata. Mundo pagado, adquirido. Y más si hablamos de libros, ahora que nadie los compra, porque tienen el mismo precio que un Gin Tonic aderezado con pepino y briznas de jengibre, que siempre aporta mucho más el pepino bien dispuesto que el pepinazo gramatical de un tipo que se encierra entre cuatro paredes a ver cómo le crece la barba y las ganas de ser autor reconocido.

Yo andaba esta noche mirando mi escueta y desordenada biblioteca. Y, ya ves, una cosa lleva a la otra, amor, y he acabado pensando en ti. Que hay vicios más persistentes que las letras. Pero lo he mezclado todo, y he recordado cómo escribía mi nombre, con grafía de saliva y esperma, sobre la página de tu piel, siempre dispuesta a ese blanco foto Weston sobre el que yo deseaba escanciar mi imbécil gama de grises, y en cómo el solar taquigráfico de tu piel era otro, otra piel, o eran muchas en las que quise, igualmente, dilapidar la falsa fama de mi firma tartamuda. Y es que tu piel son muchas, no te molestes, porque en todas he escrito mi nombre como si sólo fuesen el rebaño esquilado en que el ganadero imprime una propiedad apócrifa. Porque tú, como ellas, como todas, no me perteneces, por más que acumule palimpsestos de argucia lingual con la intención de humedecer mi memoria. Luego, húmeda, mojada, se deshilvana, como papel en agua tibia, y las letras quedan flotando en un galimatías de tinta sin sentido y orgasmo desbaratado.

Acuchillaba la noche mientras te acuchillaba la ingle en un suicidio de flores del mal que ningún mal hacían, salvo a los vecinos, escandalizados de gemidos color caverna y tictac de camastro mal engrasado, como adherido aún a ese cambio horario que ya nos quieren quitar, sin pensar en nuestras noches que, un día al año, se duplicaban de minutos con las manecillas del reloj emulando erecciones que ansiaban dar la razón a Nietzsche. Noches invertebradas como cuerpo de lagartija lúbrica e insomne, en que te daba vuelta sólo para mejor tallar en tu grupa la ordalía a hierro incandescente de mi nombre más imbécil.

Toda una vida acumulando volúmenes de piel, amor, ya ves, escribiendo en ellas la infamia de mi apellido mal escrito, sin pensar por un instante que quedó dando vueltas, acopio de sumidero, cuando la ducha matinal, y que ahora recorrerá mareas que, tal vez, por qué no, lleguen hasta el Japón encerradas en botellas de las que nunca llegué a beber: botellas de naúfrago, ebriedad desperdiciada.

Pienso que escribo y que nadie me lee. Sueño con que algunos, al fin, compren mis libros, al menos para acumularlos en pilas que les pinten sonrisa de gato de Cheshire ante la evidencia de acumular mucha sabiduría. Y tal vez, ya ven, al fin, hagan bien. Porque más vale mantener cualquier libro mío sin abrir, por el simple placer de verlo intacto, que entrar a cuchillo entre sus páginas para desflorar una jungla de nada. Aseguro que, en lo que a ediciones cuidadas y vistosas se refiere, mis libros tienen su aquel. 

Así que hagamos tsundoku, seamos acumuladores de energía marchita, que esto ya lo aprendieron nuestros padres, vía la dialéctica mentirosa de los vendedores de enciclopedias que ellos nunca leerían pero que, a las malas, quedarían bien en la estantería del salón, para epatar a las visitas. Y es que la apariencia que puede proporcionar un pequeño capital (discúlpeneme los "tsundokuistas" de turno) no hace falta irse hasta el Japón para aprenderla, para aprehenderla. Aquí, un servidor, sin ir más lejos, se jacta de las mujeres sobre cuya piel aprendió a balbucear líricas perversas que luego, pasado el tiempo, sólo darían en un volumen, el tuyo, amor, el que prefiero, aunque mi estantería carnal no impresione a las visitas.

miércoles, 8 de agosto de 2018

morir de celebridad

Antaño recopilábamos instantáneas, fotografías, durante nuestros períodos vacacionales: aquí la abuela congregando canículas mediterráneas al albur de su falda negro duelo, allá la catedral de flamígera piedra inflamada por las llamaradas del agosto patrio, acullá la caricia que no debiera, sorprendida en la cintura de la prima. Momentos, instantes, reflejos de una vida que pretende justificar las horas que parca desmigaja mientras rumias el pan duro de porcentajes que serán pan de leche del empresario. Finalizado el verano, reuníamos aquellas fotos en álbumes que enseñaríamos, de tanto en tanto, a familiares, amigos, integrantes de ese círculo íntimo que hoy, progreso manda, se amplía hasta hacernos perder fronteras y horizontes. Porque tenemos miles de seguidores en Facebook, Twitter y, cómo no, Instagram, a los que mostrar ese selfie (antes se llamaba autorretrato, por si queda algún neandertal leyendo esto) tomado en Santorini, por ejemplo.

Ahora que madre economía suplanta a madre tierra, y ni billetes que transmutar en acelga hay a la vista, pasamos (paso) el verano en casa, intentando conjugar termómetros hostiles con muñecos desordenados, junto a mi hijo, que aún piensa que vacaciones es siempre. De tanto en tanto, me asomo al vértigo de las redes sociales, y ahí os veo: flamantes de sol y enfebrecidos de cerveza, andariegos de confines exóticos y sobrados de bronceado fugaz. Y mucho me alegro, sinceramente, que de la envidia no tengo ni noticia.

En uno de esos momentos, descubro un video apabullado de likes y visionados. El título del audiovisual refiere a una de las más bellas y famosas librerías planetarias, la Lello de Oporto. No todo va a ser playa, arqueología y cerveza, me digo, antes de pulsar el play dispuesto a darme un baño de cultura libresca. Pero el clip que soñaba me haría soñar torna pesadilla. En escena, un desaforado tropel de turistas armados de cámara fotográfica, teléfonos móviles con la misma incorporada, y palos con estos incorporados a sus extremos, subiendo y bajando las barrocas escaleras de Lello, entorpeciéndose unos a otros en su febril contienda por encontrar la perspectiva óptima para esa instantánea que los inmortalice en el interior de un templo de la cultura profanado al grito de wow y my God, con los flashes de sus dispositivos móviles en tiroteo de fugacidad detenida. Los libros, mientras tanto, aúllan en sepia su descanso eterno, como queriendo llamar la atención sobre el óxido de palabras que los habitan. El visionado se me hace demasiado doloroso, como el de una de esas escenas que tanto gusta filmar Von Trier, un suponer.

Munay ha aprovechado el momento para tomar entre sus manos la deliciosa edición de la poesía reunida de Pablo del Águila que me regaló, hace poco, el amigo Losada (gracias, siempre). A punto estoy de gritarle: ¡no!, ¡deja el libro! La psicomotricidad fina es territorio que el pequeño no termina de conquistar. Pero, haciendo alarde de calma, le pregunto si quiere que le lea ese cuento, y así abandonamos de una vez la versión infantil de El Quijote que tanto venera. Le mal recito un par de poemas. Se aburre, no sé si por la poesía, por mi voz, o por la ausencia de dibujos en las páginas del volumen. Regresamos al Quijote, y el que se aburre, ahora, soy yo. El cuento, por demasiado frecuentado, ha muerto para mis estímulos. Ha muerto de celebridad. Pienso si no habrá ocurrido lo mismo con la librería Lello, si la celebridad no ha provocado su deceso, escenificado con esas exequias en que los turistas lanzan sonrisas como flores muertas al fondo de sus estanterías.

Últimamente, mueren de celebridad no sólo las librerías hermosas, también las ciudades en que se ubican, los países lejanos, los restaurantes caros, los festivales de música y los mares cristalinos. Sin ir más lejos, ahí tenemos nuestro Mediterráneo. Hoy sabemos que engulle nuestras aguas residuales sin el debido procesamiento higiénico. Así lo asevera la Unión Europea, para justificar la millonaria multa impuesta por ello al estado español. También engulle los residuos, igualmente sin procesar, en que convertimos a miles de personas explotadas en el propio beneficio. En el nuestro y en el de cada integrante de la misma Unión Europea que multa la falta de higiene patria. Un lodazal, o sea, por más que nos hagamos fotos entre sus oleajes de dudosa espuma. 

Así que la fama mata, y no me extrañaría si tanto veraneante autorretratado fallece tras un espectacular aumento de likes en las redes sociales. Antes, cuando nuestros familiares, obligados a ver las fotos del veraneo año tras año, dejaban de venir por casa, comprendíamos que nuestras vacaciones habían muerto de tedio. Ahora, dado que el millón de amigos que soñaba Roberto Carlos es más accesible, siempre hay ojos dispuestos a mirar tus fotos del verano. Incluso los del empresario de turno, ese que te paga las vacaciones, el que te deja ilusionarte con las siguientes a cambio de perder la vida entre sus onerosas cifras. Pero ya sabemos que los empresarios no buscan tu felicidad. Así que igual les da por bajarte el sueldo o plantearte como próximo destino turístico la oficina de empleo.

Antes dije que de la envidia no tengo ni noticia, pero esta absurda parrafada no deja de ser un selfie que evidencia mi envidia por veros a todos tan felices, durante este verano infernal, en las fotos que subís a las redes sociales. Así que me haré otro con mi hijo, leyendo poesía, y lo cuelgo en Facebook y aledaños, debidamente tuneado con un fondo de playa caribeña. De esta forma, me las doy de literato, y tal vez alguien confunda el like con el botón de comprar situado junto a uno de mis libros. De paso, se ahorrará el viaje hasta Oporto, que en Lello creo que ya sólo hay literatura muerta.

lunes, 7 de mayo de 2018

sobredosis de letras (reloaded)

Al ampliar el campo del conocimiento no hacemos sino aumentar el horizonte de la ignorancia
Henry Miller

Ando estos días descabalgando saberes, desordenando los desordenados estantes de mis desórdenes más flagrantes, esos que me dicen que debo estar al día, en lecturas, músicas, y cosas de esas que me harán aparentar neandertal ante mi hijo, en breve, cuando a él ya le hayan crecido teclas en las yemas de los dedos y me pregunte qué cosa negra o azul (dependiendo de la tinta) es ese bolígrafo que a él se le antoja nave espacial con que recorrer espacios. Los tiempos mandan, y probablemente no llegue a saber que yo también recorría espacios en blanco, antaño, con ese mismo bolígrafo, sólo para imaginar imaginarios recorridos por entre las galaxias del verbo y la nada. Un agujero negro, o sea, esto de la literatura.

Abandono intenciones y lecturas y párrafos nocturnos de bolígrafo y libreta, para dejarme atrapar, una vez más, por la prosa despiadada y robusta de Henry Miller. De nuevo asomado al abismo electrizante de su torrente léxico y sensorial. En cada una de las ocasiones que el tiempo me permite gozar de su simple transcurso de reloj complejo, y tomo entre las manos alguno, el que sea, de los libros de Miller que enriquecen mi demediada biblioteca, me veo impelido a desahuciarme, definitivamente, del mundo... quedarme a vivir entre sus páginas.

Miller, el gran erotómano, el gran provocador, el autor de abigarradas obras en que procaces felaciones y desmedidos coitos ensucian de belleza cotidiana la tremebunda belleza de eso que hemos dado en llamar literatura. Lamentablemente, queda del autor norteamericano (de tanto repetirlo me canso) el recuerdo de su pronografía de guerrilla, y se ignora la certera escaramuza filosófica de su prosa. A Miller, como a las mujeres, tengo que decirlo, se le ama en el barro y en la gloria, o mejor se le deja de lado, que ya andamos sobrados de medias tintas como verdades parciales en estos tiempos de urgencia y absurdo.

Henry Miller, cortesía de "la red"
Miller proclamó, cuando ya se asomaba al abismo del fin de la vida, funámbulo aún de la cuerda floja como cordel en que tender esta ropa mal lavada que es la vida, que deberíamos leer menos a medida que pasa el tiempo, y no por hastío visual (que también), sino para desterrar definitivamente la pueril idea de que acumular lecturas como suicidios dióptricos, en el acantilado miope de nuestra mirada, conseguirá hacernos más sabios. Él, al final de su vida, asumió que esta no es mas que sensación y frenesí efímeros. Huyó de la sobredosis de letras que, durante tanto tiempo, había rondado sus días con la premonición del desastre.

Pasamos por la vida pretendiendo, a cada paso, acumular conocimientos, amistades, amores, capitales, objetos, recuerdos, fotografías, lecturas... tal vez nos equivoquemos. Lo que más podemos almacenar es, por ejemplo, líquido en la vejiga (doy fin en este preciso instante, a la segunda cerveza). Y el imperativo biologico obliga a expulsarlo de nuevo. Me pregunto qué quedó, de la cerveza, en mi interior. Cualquier profesional de la medicina me diría que sólo nocivos protozoos, o cosas que se empeñarán en malbaratar el funcionamiento de mi organismo. Ya veo: acumular para sólo guardar lo dañino.  Igual en la literatura, sí, cuando sólo la abordamos con la pretensión de reunir conocimientos, si nos olvidamos de disfrutar su periplo loco de renglones y música silenciosa, sin pretensión más allá de abandonar esta vida que no conseguimos edificar a nuestro antojo.

A medida que los años van horadándome el rostro y difuminándome el cabello, comprendo con mayor claridad que la vida es otra cosa, distinta siempre de lo que nos intentan vender y que tan onerosamente deseamos comprar. Quizás sea por ello que Miller, habiéndolo entendido, consiguió transmutar en genio de las letras: porque antes fue un genio de la vida, de la que hizo la mayor de sus obras, en plan Wilde, esculpiendo con su reflejo cada una de las páginas que debía escribir sólo por quitarse de encima la dolorosa sensación de estar muriendo antes de tiempo.

Cada día leo menos y releo más, es cierto. No lo hago por sabiduría «milleriana», no. Lo hago porque envejezco, y prefiero invertir las horas de lectura que me resten en el goce de lo seguro, de lo ya conocido. O, mejor, en mirar cómo crece mi hijo entre tecnologías como proyectiles y bolígrafos como falsos cohetes. El tictac del reloj no nos hace mas sabios, sólo más perezosos y, por supuesto, más viejos.

Y, por cierto, después de tanto renglón hueco... del acto de la escritura decía el propio Miller que debemos olvidar los libros que queremos escribir, y pensar sólo en el libro que estamos escribiendo. Miro de nuevo a mi hijo y me pregunto qué libro estoy escribiendo, y si lo estaré haciendo medianamente bien. Después, le dejo jugar con el bolígrafo y me abro otra cerveza.