jueves, 17 de noviembre de 2022

yo, de mayor, quiero ser de La Familia

Desde que tuve uso de razón siempre quise ser un gánster
Ray Liotta, como Henry Hill, en Uno de los nuestros

Pocas veces en la historia del cine una voz en off ha inaugurado una película sentando tan claramente las bases de la misma y, de paso, de toda una realidad social que, nos guste o no, deberíamos asimilar. La existencia de la mafia, de los criminales reunidos bajo el frágil caparazón de las reglas no escritas, de los vínculos fraternales de clanes que se fraguan en torno a la genética del origen: La Familia. Lean los periódicos si no me creen. Están aquí, entre nosotros, aunque no vistan sombrero de ala ancha ni corbata de nudo imposible.

La Familia existe aún hoy, y no solo en las pantallas de cine. Está instalada en nuestras viviendas vía televisión, por ejemplo. Encendemos el aparato y asistimos estupefactos a la máxima eterna de La Familia: unos pocos han de vivir a cuerpo de rey a costa de una gran masa de fracasados. Es la ley del mercado. Ray Liotta lo dejó claro en aquella frase inicial de Uno de los nuestros, evidenciando el interés humano por la buena vida a costa de lo que sea, incluida la ruin falta de escrúpulos, la brusca ausencia de moralidades más allá de las supersticiones religiosas propias de todo aquel que desea impactar al resto de los mortales con un aura de intachable presencia social.

Martin Scorsese logró, con este tremebundo filme, instalar en nuestro imaginario los códigos secretos de aquellos que se lucran a costa del sufrimiento ajeno. Y logró que reconociese, el espectador, su meridiana identificación con los violentos parámetros del ser humano en su lucha por alcanzar la opulenta estabilidad. Más de uno encuentra aún, en las trepidantes imágenes de esta fábula salvaje, patrones que copiar, normas a seguir. Y para explicar el éxito del director, más que lo que este narra, nos interesa cómo lo hace.

Voces en off (ya lo dije al inicio) erigiéndose en personajes, superposición de escenas de crimen y delación a chistes de cabaret sórdido, hibernación de la imagen en el momento cumbre de la brutalidad para mayor regodeo en la violencia, dilatados y trepidantes travellings explicativos de los vericuetos del crimen organizado, preponderancia de la banda sonora como anticipo de los sentimientos...

Más de uno ha tachado a Scorsese de engañoso y fraudulento por el subjetivo tratamiento que impone a sus imágenes, incluidos los miembros de la Academia hollywoodiense. Por contra, algunos pensamos que la manera en que traza sus relatos es la idónea para mejor inmiscuirnos en las vidas de los personajes a quienes desnuda ante la cámara. 

Y, por encima de todo, la sabia dirección de actores que, en Uno de los nuestros, alcanza una de las cumbres del cine moderno. Incomparable Robert de Niro en su brutal despliegue de miradas y gestos. Intachable Paul Sorvino en su mágica economía expresiva. Grandioso Joe Pesci erigiéndose en prototipo del bonachón salvaje y sin escrúpulos. Perfecta Lorraine Bracco en su papel de esposa enredada en los sucios negocios de su marido. Inolvidable Ray Liotta llevando al límite la expresión de la desesperación en la que, podemos afirmar, es la mejor interpretación de su carrera. 

Película de actores, pues, que interpretan como miembros de una simpar familia. Pero película, también, de narración que no deja resquicio respiratorio al espectador, espídica sucesión de imágenes que nos sumerge en los bajos fondos de la sociedad del crimen, esos que se suceden a la vista de todos pero que todos preferimos ignorar.

La historia que nos narra el filme puede parecer una de tantas de entre las que poblaron las pantallas de cine en la década de los 80 del pasado siglo. Crónicas de violentos mafiosos, leyendas de criminales sin escrúpulos. Pero en este caso se nos deleita con una excelente radiografía de los mecanismos que utilizaban aquellas familias italoamericanas de malhechores que establecían, en las calles de Nueva York, su propio orden.

A través de la historia de un joven que sueña con un futuro de lujo y renombre en que el esfuerzo físico quede, definitivamente, desterrado, Scorsese nos explica los códigos secretos de toda familia del hampa, sus motivaciones e inquietudes, sus violentos modos de actuar. Y lo hace sin permitirnos respiro, sin un ápice de oxígeno a nuestro alrededor para mejor imbuirnos de la atmósfera que envuelve las leyes no escritas del crimen organizado. Es por ello que acabamos identificándonos con todos y cada uno de los matones, invitándoles a entrar en nuestras vidas como si formasen parte de la familia. Al fin y al cabo eso representan: La Familia. Y, al fin y al cabo, todos pertenecemos, de una forma u otra, a un clan sostenido por reglas de obligado cumplimiento, ya sea una confesión religiosa, un partido político, una identidad nacional o, simplemente, un conjunto de vínculos de sangre o de emociones agrietadas por el tiempo. La única diferencia entre nosotros y los personajes de la pantalla es que ellos tienen claro su afán de pertenencia a La Familia, mientras que el resto nos amparamos en las máximas de lo políticamente correcto y pretendemos guiarnos por una moralidad intachable y nuestro deseo de regalar bonhomía y estabilidad a nuestro alrededor.

Un solo y memorable ejemplo: la entrañable madre del personaje interpretado por Joe Pesci le pregunta a este cuándo se buscará una chica. Él le responde “me busco una cada noche, mamá” con una sinceridad que deja fuera de toda duda el hecho de que considera su búsqueda urgente de sexo fácil la mejor manera de poder encontrar a la amantísima esposa apropiada para la extensión de la estirpe.

Recomendable acudir, una y otra vez, a este glorioso filme para disfrutar de una manera de hacer cine que, desgraciadamente va quedando desvirtuada por los huecos alardes tecnológicos de la actualidad, para gozar de una narración que debería figurar con letras de oro en cualquier tratado medianamente serio sobre el séptimo arte. Y para comprender y asumir que todos hemos soñado, alguna vez, ser de La Familia.

Martin Scorsese, cortesía de la red


domingo, 2 de octubre de 2022

trilciana

¡Odumodneurtse!
César Vallejo

Hay un ay ahí al fondo en lo hondo jondo seminal anal lodoso lloroso y loco como cascabel rotura caderas de isla en verso aceituna antes hembra y siempre por para siempre vértebra de sutura en la cabeza más alta al filo salitre y tinto de la resaca.

Hay un ay y ahí comienza la Poesía (Claudio Ferrufino-Coqueugniot dixit).

Hay cien años atrás que se publicó en Perú la fantasmagoría poética que congregaría todos los fantasmas de la grafía cuando se pretende emoción para quien, con sus pupilas, la amplía. César Vallejo penó sus penas de injusta condena en una cárcel de Lima y dio luz a esa lima que segaría todas los barrotes de la Poesía, hace cien años, octubre de 1922, ¿y quién se acuerda? Sorprende contemplar tanto autodenominado poeta haciendo alarde de haber leído a Joyce reinventando la odisea en su Ulises, este año también centenario de la novela que desgarró, por siempre, la prosa. Poetas hablando de prosa, eprosados y engolados de prosopopeyas a mayor gloria de la prosística de glorioso vertedero de Joyce, ese otro genio. Algunos, los menos, recuerdan que también en 1922 T. S. Eliot publicó La tierra baldía para despiezar pupilas con un desenfreno de imágenes henchidas del plasma que escabulle todas las bridas. 

Efemérides al son de los mercados. Que aunque no exista filtro Joyce en Instagram, a la sombra del centenario de su novela inmortal crecen como hongos los traductores bien adoctrinados eyaculando versiones que siempre son la definitiva dependiendo del medio que así lo diga. De Eliot y su vertiginosa floresta lírica, de celebrarla, quiero decir, con sinceridad, poco veo. Será que a él sí se ha admitido que el público no lo entiende, o que no portó rostro pirata, no daba bien en las fotos, tal vez que no entró en los adoctrinamientos académicos a sueldo. Luego, después, allá, allende los mares que tanto surcamos para regalarnos vacaciones caribes entre piernas vomitadas por caderas henchidas de sal, hambre y bajo precio, desestabilizó la imprenta un peruano, de nombre César y de apellido Vallejo, al parir sin epidural, y sin dárselas de moderno, ese Trilce que también cumple ya 100 años y es piedra angular de todos los ismos que después llegaron a hacerse hueco con la sana intención de perdurar.

César Vallejo, cortesía de la red

Acomete la luna cuna malévola nana ñaña ñaca qué luna sin brevedad en la frasca tinta de tus labios lejanos de silbo y melodía alacrán entre los besos de quien no desea despejar la incógnita de tus versos... o así, en ese plan, desbrozando la gramática y destrozando la aritmética del idioma cuando solo se aborda desde el plano plano del comunicarse sin decir nada o a través de una pantalla (y la realidad, ¿cuándo?). Así lo hizo Vallejo en Trilce, hace ya cien años. Y, después, vinieron los estudiosos que nada estudian o todo lo pierden jugándose la vida y el sueldo a ser Nostradamus reversos intentando descifrar los versos que desbarataron por siempre esas normas que aún nadie le supo edificar a la verdadera Poesía. Late o muere. Y si no lates, tira el libro a la piscina, como Umbral, y apúntate al disparate de eso que otros llaman vida.

Cien años, dulce trino dulce y triste de tu latido, Vallejo, en la sangre que vierto cuando me secciona el papel los dedos entre las páginas de tu Trilce. Cien años y aún el dispendio de labios inconexos y besos que en su verticalidad marchan beodos desbordando los anaqueles, emplumando los calendarios de alas que tal vez quieran (ojalá) aprender a volar y desquiciando a quienes, en la noche, acudimos a ti para mejor desorientarnos: una mano entre tus páginas y en el corazón la que aún quiere soñar.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

bebiendo vinho branco de las manos de Nick Cave

¿Es Lisboa la ciudad donde mueren todos los ríos? ¿O la urbe en que desgarran ubres todos los racimos del vino más amargo? Eso me preguntaba, apurando un vinho branco: dulce en la primera estocada, furioso en el retrogusto que dispara los teclados del alma, que ya vibraban en augur del milagro. Escribir para ahuyentar los fantasmas. Hay otras vías. Hay músicas y letras y, aun así, me cuestionaba para qué sirven las cosas que no sirven para nada. La música, la poesía, cosas así. No hay respuesta o no la conozco, pero la seguiré buscando. Hay, también, un gruñido de la edad de piedra que afila dardos mientras escudriña dianas en eso que imaginabas alma. Hay un poeta que canta bizarro dispuesto a arrasar cosechas para revelar a los mortales el ritmo de la palabra exacta y la dicción impoluta del barro. 

Y se hizo carne el milagro. Y un mesías de cavernas como claustros maternos pisó el escenario trayendo a Lisboa la noche que nunca acaba. Esa que, más que resucitar, regurgita el alma.

Get Ready for Love!!! el aullido como tatuaje contra la piel de la fiebre desatada en las cuencas oculares de los asistentes al concierto de Nick Cave: 3 de septiembre, 2022, para más inri: licencia carente de poética para afirmar que mucho de crucifixión tuvo la epopeya que el nigromante australiano decidió ofrendarnos. Porque de ofrendas iba la cosa, y de no saber bien quién era el oferente y quién el dios iluminado. Ora el público, ora el bardo. Nick Cave desató en Lisboa una tormenta de proporciones bíblicas, por muy manida que sea esta expresión tan poco comprendida. Una tormenta de llantos lacerantes como las despedidas en aeropuertos perdidos en los mapas del extrarradio: cry, cry, cry: llora toda la noche porque es lo que te queda all night long, frases escupidas como mantras contra el muro de las lamentaciones de todo aquel que ha rozado, aunque sea por un instante, la mortal belleza de saberse animal y sentirse humano. Cry, cry, cry, aullaba, una y otra vez, Cave abismando con pupilas pánicas las pupilas de un público milagrosamente animalizado. Porque lo que Cave logró, sobre el escenario, fue sacar de lo más hondo de esta gruta en que hemos convertido nuestra vida la llama sagrada del daño: reconciliarnos con lo más oscuro de eso que anida bajo nuestra piel de bestia antropo.

Nick Cave, 3 de septiembre de 2022, Lisboa

La cadena evolutiva se quebró y Nick Cave acaeció, como eslabón perdido, para susurrarnos con aullidos y aullarnos con lamentos casi callados que no hay más cadena en que dejarse enredar que la del latido que enfurece atlánticos para recordarnos que estamos hechos de marea, ternura, violencia, caricia y daño. Somos barro y una costilla fisurada. Somos un empellón contra todas las empalizadas. Tenemos la voz y tenemos el corazón de Rimbaud entre nuestras manos ensangrentadas. 

There She goes My Beautiful World y el cielo tan lejos y retumbando neuronas un gospel cavernícola de pantano que lame las riberas donde murió el rock'n'roll, años ha, en Tupelo. Bright Horses mascando los pastos del reino de los cielos al ritmo sonajero de pianos mascados por infantes infartados. Percusión de amianto líquido en la faz oscura del milagro. Violines masticados con cuerdas de bondage bizarro inaugurando noche americana contra el perfil portentoso del milagro. The Mercy Seat sentando a la mesa de todas las nochebuenas la misericordia que ignoramos. Una mirada, una mano, un puño en el esternón y un presagio del espanto: la esperanza es la red agrietada con que jugamos a pescarnos el alma. Y Cave, todo esperanza, a pesar del dolor y el espanto: step into the vortex where you belong, ¿aún no lo entiendes? Hablo de AMOR, de saber que perteneces a un lugar que tiene nombre de persona, y que no es tan castrante ni tan malo como nos han hecho creer los agoreros de la felicidad vacua consumiendo todo menos años en la hoguera de un hogar hecho de vicio y paso de los años. Castra la insensibilidad y el pasar el rato asomado a una pantalla con maneras de rebaño.

De la rabia al desaliento, navegamos melodías ebrias como barcos al filo de una Ship Song que sangra charcos chapoteados de caricia en la mirada de Cave, abocados al naufragio apologético de sus milagros. De la esperanza y la fe al desconcierto cuando todo es noche sin ventanas Waiting For You. Y entre sus manos otra copa de vinho branco tiznada de víscera y religión profana, manchadas de esperma y barro, o al menos una sola mano: henchida de tu voz violeta, de tu Red Right Hand, cuando discurre placeres como mapas sobre tu regazo. 

Pareciese que Nick Cave permitió a sus fieles lamerle los dedos para electrizarse de una noche que no acaba por más que nos talle la espalda con uñas que devoraron la ansiedad y la rabia. Somos humanos porque somos animales, y nos perdimos en algún lugar del camino. No seguimos la correcta senda de la evolución, y entre nuestros dígitos florecieron digitales inventos que nos desorientaron. La correcta evolución del ser humano es un señor australiano vestido con elegancia inglesa de antepasado carcelario, un cavernícola que talla ternuras al calor de alguna lumbre recién descubierta tras frotar entre los dedos varios palos. La correcta evolución del ser humano es un poeta llamado Nick Cave, que se atreve a exhibir ante el público la autopsia de sus pérdidas sin perder por el camino el aullido del animal primigenio. Un poeta que se permite el lujo de exhibir sus miserias para acariciar las ajenas y comulgar con la raíz de eso que llamamos ser humano y viste dientes de sable cuando cae la noche en Jubilee Street.

Nick Cave fundó una religión en Lisboa, hace unos días, 3 de septiembre, ya lo he dicho, y allá quién pudiendo no quiso asistir al milagro. Trajo el fuego de la cueva para iluminarnos con promesas de reinos en los cielos Ghosteen Speaks. Para recordarnos que la música, como cualquier otra creación del alma, puede ser hoguera frente a la cual reconciliarnos con el animal que nos anima a no doblegarnos bajo los dictados de lo humano. Nick Cave extendió sus manos y nos dio a beber de ellas vinho branco. Luego, después, cada uno hicimos lo que buenamente pudimos con la resaca del llanto. ¿Moldeamos belleza o hicimos daño? Tal vez todo esté mezclado, susurraba el australiano con su mirada austrolopiteca y su voz de terciopelo bravo.

Así se funda una religión, me dijiste sin decirlo. Así se funda una religión, te dije tatuándote Tajos hechos de húmedo nido en la zona intercostal que reprime el llanto. Y cantamos al amor como lo cantan los animales heridos de zarpazo por la espalda y sin aviso: cry, cry, cry. Pero estuve en Lisboa y comulgué con Nick Cave y ya no puedo evadir la certeza de que tan solo es un mesías hecho de barro que muge just breathe ante la desbaratada evolución del ser humano. 

Pasa un avión como un trueno hecho de pasajeros ansiosos por tomar tierra para encender sus teléfonos móviles. Cave mira a Warren Ellis, sonríe, despierta el trueno de la rotura y ya solo me añoro, de nuevo, bebiendo vinho branco de sus manos. Porque ya comprendo que tenías razón y así se funda una religión. Será inevitable la resaca, como la de las mareas y el cáliz ensalivado y, tal vez, hoy aquí, dejaré que Nick tome mi mano y me acaricie para convencerme de que From Her to Eternity.

¿Es Lisboa la ciudad donde mueren todos los ríos? ¿O tan solo mi lengua bebiendo vinho branco de las manos de Nick Cave y lamiendo la sal del rasguño atlántico?

Encore


martes, 26 de julio de 2022

rubores veraniegos

Sentí que me sentías
meciéndote por dentro.
Las olas eran ritmos
del mismo movimiento.
Luis Eduardo Aute

Enciendo la televisión para llevarme la contraria, que ya iba siendo hora: la contradicción como motor del latido y el sentirse aún vivo y con camino por delante... o como augurio del desastre, a saber. El caso es que hoy decido que el arroz con pollo y cilantro y albahaca y azafrán y cebolla, mucho ajo, sal isleña y cariño a destajo puede condimentarse con exabruptos de noticiarios que pueden mandar todo al carajo. Pero no: llegó el verano, por si no se habían dado cuenta, las temperaturas no cuentan, solo los fondeos playeros de frondosas carnes en plena exhibición de su belleza cual deterioro, o viceversa.

Y es que, aparte guerras, incendios, lágrimas, desgracias en stand-by y crímenes en barbecho, lo que prima, hoy, en las noticias, son los jolgorios enfebrecidos en cerveza y tapa recalentada del veraneo. Al menos eso podría parecer, de inicio, porque de repente un puñal se clava en la espalda de los asalariados del chiringuito playero para asegurar que un estudio certifica que a 8 de cada 10 españoles les avergüenza calzarse el bañador, llegadas estas horas del eterno tedio al sol de la sombrilla en las tumbonas del mediterráneo asueto. 

A 8 de cada 10 españoles les avergüenza ponerse en bañador: así dicen que dice un estudio comandado por científicos que de la ciencia hacen arte del que se cuelga en las paredes de todos los museos vacíos. 

Comprenderán que apague la televisión y preste prestancia a mis dientes mientras aniquilan en amarillo azafrán los granos de arroz del guiso preparado rápido y a destiempo. Y es que a mí, este verano de oleadas de calor se me antoja pronóstico reservado de un largo invierno que se autoinvita a una fiesta otoñal en que crujen los crótalos como vértebras necesitadas de masaje y fiebre en que se desenvuelve tu aliento, amor, qué le vamos a hacer.

A mí este verano sin playa me lleva a soñarme mojado en las aguas en que se despeña el Tajo, allá lejos, en el territorio vecino, mientras me alimento del tajo en que se quiebra el territorio voluble de tu cuerpo, cuando entre mis dientes, para mejor saborearlo, como bacalao al horno desesperado, sin salpimentar ni hornear lo despedazo. 

A mí este verano de centígrados locos, cervezas sin ribera y riberas de tu ausencia, tantas noches, entre mis manos, me lleva a entonar canciones huérfanas de acordes como una plegaria que entone ámame despacio descolgando de mi cuerpo las molduras de lo incierto, incrustándome las escarpias de lo que tu verbo y tu sexo tienen de eterno y, de nuevo, implorar que me ames despacio, pensando que no te querrás ir mañana, susurrándote ámame despacio en la tarde y por la noche igual que lo haces en la madrugada, cosas así, retazos del desguace del desconcierto, virutas del calor en que se me incinera este mirar desquiciado que hoy asoma a la televisión para escuchar que no hace bueno, a muchos españoles, ponerse el bañador. Y yo, ya ves, los comprendo, porque del bañador solo deseo la sal que se impregna en sus adentros.

Si alguien me lee ya sabe que tiendo al desvarío, pero es que me ha extrañado esto del estudio televisado. Un estudio (¿quiénes serán los estudiantes? ¿quiénes los que les paguen sus análisis certeros?) que, al fin, culpa a las redes sociales y a ese afán ciudadano de salir bien en la foto. Uno, para qué mentir, piensa que las redes no tienen culpa de que alguien quiera pasar el veraneo en una foto para mostrar a todos aquellos a quienes la playa queda tan lejos cómo luce la holgura de su sueldo. 

Pero pienso que habrá otros, como yo, que ni tienen bañador y aun así cometerían delito por poder veranerar entre las piernas amadas, como yo deseo desnudar sin bañador entre las tuyas mi sinfín de carnes escuetas y cuchillos como huesos con que sajarte un aullido en lo más profundo de un verano que es incendio.

sábado, 16 de julio de 2022

Yemanjá en la puerta de embarque del veraneo

Te esperaré
en la puerta de embarque del amor eterno
hasta el último momento.
Diego Vasallo

Ya llegó el verano y, con él, una nueva ola de calor que los entrevistados por cadenas televisivas surfean a golpe de aire acondicionado y cerveza fría en terracitas de barrio. Reconforta ver a tanto conciudadano disfrutando de sus merecidas vacaciones estivales. Por mi parte, hace años que no salgo de Madrid, al menos tres años que navego Europa y uno en que aprendo a recorrer, despacio, el universo todo. ¿Contradictorio? No, no crean, carecer de capital para desplazarse y andar sobrado de imaginación tiene sus ventajas. 

El caso es que hoy me ha dado por recordar períodos vacacionales de antaño y he naufragado en la negra percusión de los tambores en Salvador de Bahía, en sus negras aguas de piel negra celebrando el sudor y la sal en coyunda de exceso y humedad. Aquel perderme por los oscuros vericuetos de tan luminosa ciudad ocurrió hace años, vidas tal vez, ya digo que llevo demasiado sin viajar. Pero hoy ha retornado a mi memoria esa incandescencia del poco dinero y la mucha gana de dilapidar latido que se gastan los bahianos. Hoy, justamente, día de la Virgen del Carmen, patrona del mar, que en el sincretismo candomblé se asocia, en ocasiones, a Yemanjá, madre de todos los orishas enviados a los humanos por la divinidad suprema de los yorubas del África occidental. Sí, hablo de religión, yo, tan descreído. Porque las religiones, cuanto más exóticas e incomprensibles mejor. Pregúntenles, si no, a todos los adeptos al yoga de franquicia occidental, que siguen creyendo que el budismo es paz, amor e igualdad. Así que, lo confieso: creo en Yemanjá, esa divinidad que humedece las mareas para regresarnos, a sus fieles, henchidos de milagro y sudor sano a eso que consideramos hogar y nada tiene que ver con el chapuzón mediterráneo permitido por las divinidades del capital. Tampoco con lo que espera al regreso del asueto vacacional. 

Así que hoy, húmedo de sudores bastardos, solo pienso en la fértil humedad de la patrona de las aguas, y me abandono a la memoria de un año de viajes sin salir de casa rememorando su piel con el pánico de un mapache descolorido y agreste que solo pretende hacer nido en lo más profundo de su vientre. Y pienso en el sincretismo bahiano, y en piel negra por incinerada de amor, y en amores negros por oscuros, y en oscuros negros lorquianos, y en la negritud del café tenso y la tensión de un vino vivaz que rompe contra los muelles en que mastican salitre las encías para florecerse de extrañas y húmedas orquídeas. Cosas así, que nadie entiende y a nadie importan y por eso las escribo de gratis, con la misma gratuidad que ofrendo todo mi sudor a Yemanjá para que pueda esculpirlo en sal de mirada vuelta hacia atrás para mejor verla llegar.

Me enredo. Quería hablar de vacaciones y calor, de mares adocenados en la calma chicha y oleaginosa de los bronceadores, de aviones que vuelan obligados y de puertas de embarque en que espera Yemanjá, dispuesta como la Virgen del Carmen a florecer entre las mareas del miedo sus labios de infinito hecho humedad. Ellas bendicen a marineros que navegan porque de otra manera no saben hacerlo, también a otros a quienes no queda más remedio, sea por alimentar a la prole pescando jureles de cuerpo desierto como por alimentar a la prole que nació muerta en el epicentro del miedo: Sahel y más allá.

Hoy, en las costas hispanas, la Virgen del Carmen surcará las aguas rodeada de argonautas que, por un día, para rendirle pleitesía, truecan en floridas guirnaldas sus feroces tatuajes de anclas. Igual Yemanjá, y nada me gustaría más que lanzarme a las aguas para lamer su estela de delfín lánguido y voraz. Pero está en Brasil, y ya digo que llevo años sin poder permitirme viaje alguno. Podría venir ella, pero la imagino en el aeropuerto retenida por las autoridades migratorias, que le preguntarían qué se le ha perdido en Madrid. Además, Yemanjá es negra. Así que, rechazadas sus pretensiones, la veo rodeada de maletas con ruedas que no desplazan ningún peso, de viajeros sin gana de viajar más que a un fotograma incierto. Yemanjá en la puerta de embarque del veraneo, arracimando entre sus muslos el ansia por desovar un tsumani que recomponga las mareas y, de paso, la brevedad insomne de mi pecho. Dentro de este, sí: el corazón y la arritmia fresca. Más allá, salitre en los párpados y plegarias que tartamudean. De yapita: soñar con un veraneo en que poder tomar un vuelo hasta Bahía para entregarme a su chapoteo en las mareas negras del exceso. O esperar que a ella le salgan alas. Pero dejaría de ser la oscura diosa de la humedad, y así no. 

Sous le pavés, la plage! Reordenando el oleaje, Yemanjá. Bajo la marea, los muertos que nunca quisieron viajar...

jueves, 2 de junio de 2022

nunca estuviste en Berlín

solo pienso en alcanzar
la mejor versión de mí,
será mi ofrenda para ti
Enrique Bunbury

Recuerdo Berlín y el verano elucubrando estrategias erróneas para usurparle oscuridad a sus antros y lágrima a sus esquinas. Recuerdo haber tomado fotografías con mucho grano y haber hecho algo con ellas, tal vez enviárselas a alguien que pudiese abrazar las distorsiones y desgarros ocultas tras tanto grano. Fotogramas en blanco y negro, fríos y atroces y feos y grises y en las antípodas de la postal de turismo y falsa efigie. Fotogramas impregnados del blanco y negro de un verano roto tras los pasos de una hembra que dibuja grafitis de sombra en paredes desconchadas por puños de hierro locos por enredarse en cabellos y recuerdos. Recuerdo Berlín, y decadencia hermosa y un verano apócrifo y una hembra que bebe cerveza lejana y recorre con su voz de incendio las voces incineradas en Kreuzberg o Neuköln. Una hembra que me guía por suburbios, garitos, ínfimos milagros e inaugurales tragos, por tatuajes en pies descalzos y pálpitos feroces que desovan en cualquier habitación vacía de todo menos de mis dedos hechos dados. Recuerdo Berlín, un verano y un puñado de fotogramas que guardé para alguien, ya digo.

Ya estamos chapoteando pies y estragos en el lodazal del tan ansiado verano. Ya comienza a abrumar la capacidad de un buen porcentaje de congéneres para deshilvanar las redes sociales multiplicando su presencia en una infinidad de lugares que al resto de congéneres se les antojan demasiado lejanos u onerosos para visitarlos. Una foto degustando ese cóctel de color tan insano como impronunciable su nombre, en la terraza de moda de alguna ciudad costera; otra paseando las junglas que amenazan devorar los templos de Angkor Wat; una más que despedaza la cámara con la luz filtrada bajo las cristalinas aguas que bañan las Maldivas; aquella otra que reta el vértigo del espectador asomándole a una vertiginosa bacanal de comida sin nombre ni origen a la mesa del restaurante más cool de New York. 

La cuestión es que provoca sensación de irrealidad, tanto exhibicionismo, sensación de que, realmente, todas las personas que aparecen en esas fotos tomadas en lugares ni están ni han estado en los mismos. Están en la foto, y me pregunto si realmente han viajado. Tal vez solo hayan viajado a una foto. 

Hubo un tiempo en que viajar era un riesgo, y no se hacía únicamente para gastar lo ahorrado durante el año. Viajaban pocos y eran considerados, por el resto, algo así como demasiado intrépidos o, directamente, tarados. ¿Para qué largarse tan lejos cuando esta España mía esta España nuestra lo contiene todo y es puro festejo? Comían en bares infames y dormían en hostales lúgubres porque su capital se había invertido, mayormente, en el vuelo que les alejase lo más posible de su lugar de residencia. Hoy, viajar es tan necesario como colocarse la soga del puesto de trabajo. Hoy, viajar no comporta más riesgo que el de salir bien en la foto. 

Que los viajes, como la fotografía, se han democratizado, y ya cualquiera puede viajar a una imagen tipo Jonás en el vientre de una ballena que es chip de smartphone último modelo y máxima moneda. Y está bien, porque además nos permite, a quienes ya no viajamos, comprobar que el mundo sigue en movimiento y genera a cada instante novísimas y fascinantes ficciones como esa de aparentar estar en lugares cuando solo se está en una foto. De hecho, yo, hoy, recuerdo el día que comprendí que todo lo escrito en el primer párrafo de este texto es falso. Porque nunca estuve en Berlín, lo confieso.

Y es que hace un ciclo litúrgico que sé que una chamana (la Alquimia, siempre, es hembra... disculpen la incorrección ¿política?) me creó la ilusión falsa, con carácter retroactivo, de que pasé un verano en Berlín. No recuerdo si me dio a beber ayahuasca o solo me prometió beber de sus labios, pero alguna droga hubo de por medio y aún necesito más, que esto de viajar es necesario, a día de hoy, si deseo ser un hombre de mi tiempo. La chamana lo sabía (por algo es chamana) y quiso regalarme Berlín consciente de que yo necesitaría una foto. Después se llevó la ciudad, cierto, pero siempre me quedará la foto.

A todos los que no podrán viajar, este verano, para regalarnos fotos de los lugares visitados, en las redes sociales, les recomendaría una visita a la chamana que comento. Pero si les facilito su dirección les estaría engañando. A veces pienso que vive conmigo para seguirme drogando y regalarme fotos de lugares en los que nunca he estado. Será solo un sueño, es lo que tienen las drogas.

Inmenso el concierto de los Stones, por cierto... ¿estuviste?

martes, 17 de mayo de 2022

cuando éramos reyes

Según Wikipedia, el 17 de mayo de 1952 Rocky Marciano, el único campeón del mundo de los pesos pesados que se retiró sin haber sido derrotado, alcanzaba su primer título tras abatir por nocaut a Joe Walcott. Eso, al menos, asegura la página de efemérides de Wikipedia si busco la fecha 17 de mayo. Y busco esa fecha porque un día como hoy, hace 50 años, mi madre cometió la insensatez de empujarme al mundo exterior para regalarme eso que llamamos vida. 

Buscar y celebrar efemérides, hoy en día, es deporte más practicado que el propio boxeo en su época dorada, aunque los que de ello se pretendan campeones dudo que puedan ostentar idéntica fortaleza que la de Marciano. Cada día desfila ante nuestra mirada, en las redes sociales, un tropel de memoriales y recordatorios de nacimientos o fallecimientos de personajes memorables o dignos de recordar, de acontecimientos clave en el devenir de esta historia que vivimos ya como si asistiéramos a su seguro deceso. Así que hoy, que cumplo medio siglo, he decidido buscar efemérides, por simular el espíritu social identitario del que carezco. Y al descubrir esa fecha y ese nocaut, pienso que 50 años no son pocos para permanecer imbatido en el ring de los tiempos vividos, a pesar de haberme desollado unas cuantas veces contra sus cuerdas de alambre de espino y haber encajado no pocos golpes con maneras de caricia, y que por bien vividos los doy, y que podría ponerme melancólico diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor y cantar con Quique González aquello de «cuando éramos reyes» que tanta relación guarda con el boxeo. Pero resulta que de melancolía por lo vivido poco, qué le vamos a hacer. Lo vivido, a día de hoy, no puedo más que celebrarlo.

Celebremos los días, diría más de uno. Los días pasados, sí, esos sí, que cualquier excusa es buena para embriagarse. Pero los venideros no, lo lamento. Yo no quiero celebrar los días que me resten: necesito morderlos, roerlos y raerlos, desgarrarlos y devorarlos hasta el paroxismo como si fuese esa piel que hoy, a mis 50 años, tengo la animal necesidad de acariciar más allá de la superficie, centrifugarme en ese caudal de carne y saliva que nada tiene que ver con los centrifugados en busca de emociones fuertes en prostíbulos, centros comerciales y otros parques de atracciones. Que no quiero más centrifugado que el del sudor que hierve en aromas no inventados, y la mirada que tritura la voz, la calla, la estrangula, no la necesita para decirlo todo, y el pliegue de la sonrisa que pliega a sus pies falsas fortalezas, y la voracidad de la mente hecha poesía de la que duele, de la de verdad, y la voz de dicción sublime que dicta con sus sílabas como acequias el caudal que desequilibra los planetas situándolos en el justo lugar en que, ahora lo comprendo, los imaginé desde el primer aullido, recién salido del naufragio de vísceras en que me acunaba mi madre, recién comprendido que necesitaría naufragar en unas vísceras aun más hermosas si quería darme por realmente nacido. Porque de la carne nacemos y en carne nos convertiremos. Lo del polvo no me lo creo, ni como consigna bíblica ni como chiste palurdo. Hoy quiero la carne y me reconozco caníbal y me duelo y retuerzo si no mastico antes de que mis dientes decidan hacer las maletas y emprender el camino del exilio. Claro, al final, como en mi primer nacimiento necesité de mi madre, en este nuevo en que me guiña sus ojos de curva fémina un reloj de arena entregado al vértigo, necesito de ese otro vientre que me desee seguir naciendo. Yo, al fin, quiero devorar los días venideros naciendo hacia dentro. Y no es huida, es salida.

Rocky Marciano golpea a Joe Walcott (cortesía de la red)

Pero, regresemos a las efemérides, y hagámoslo con el mismo espíritu selectivo con que se hace a día de hoy: eligiendo únicamente lo que nos interesa. Porque un 17 de mayo también nacieron Dennis Hopper y Trent Reznor que, cada uno a su modo, mucho bueno me han regalado. Quiero decir que yo también he usado las efemérides, mayormente por cuestiones económicas, ya saben: artículos de encargo y demás. Pero las efemérides, como las volátiles avalanchas de likes en redes sociales, son engañosas, si no, directamente, una estafa ataviada con las roñosas telas de la impostura. Y me explico: lo de Rocky Marciano es falso. Tumbó a Joe Walcott para alzarse con el título de campeón del mundo en 1952, sí, pero no el 17 de mayo, sino el 23 de septiembre. Un error de esta enciclopedia global que hubiese dejado sin empleo ni subsidio a Diderot, D'Alembert, Rousseau, Montesquieu y compañía. Tal vez solo sea una disrupción de la realidad, como esa en que mi propia realidad, la única verdadera, hace que David Bowie estremeciese a los televidentes británicos interpretando «Starman» en Top of the Pops el día en que yo nací, en vez del 5 de julio del mismo año. Sí, creo haberlo dejado claro, no soy acólito de las efemérides, pero los 50 son buena edad para cambiar de opinión y nacer de nuevo, ya lo he dicho, así que lo mismo un día troco esa fecha en Wikipedia, que al fin y al cabo es una enciclopedia libre y popular, ¿no?

Disrupciones, decía, pero ahora comprendo que solo son excusas para escribir esta retahíla y agradecer con ella a cada una de las personas que ha logrado que los 50 años que ya he vivido hayan merecido la pena y, sobre todo, a las que harán que merezcan más la pena los que me queden por delante. A estas últimas, eso sí, les aviso: muerdo. 

Así que: gracias, siempre, y cuidado con el perro.

miércoles, 13 de abril de 2022

la soledad del poeta

Merodeo, cada vez con menor y más desinteresada frecuencia, eso que hemos dado en llamar redes sociales. Lo hago, mayormente, por compartir mis desvaríos, como el resto. Pero ese menguar de mi merodeo, comprendo, tiene sus motivos. El principal, tal vez, sea comprobar cómo florece la poesía, como invade, feroz cual jungla desorientada, las citadas redes sociales. Que todos somos poetas, parece, que ya lo hemos logrado, que atrás quedaron Whitman y Lorca, Lautreamont y Breton, Rimbaud, Grande, Nijinsky, Vallejo y Aragon, por citar tan solo a un puñado de desequilibrados que desequilibraron mis días cuando pensaba que la vida iba en serio y desorientaron, de paso, millones de pasos ciudadanos de esta aldea global en que ya únicamente globalizamos el ego y los monederos falsos.

Los poetas, decía, tantos y tan variados (y variadas, disculpen la incorrección) que se permiten la osadía de insultarse entre ellos como púgiles sonados, futbolistas tatuados o políticos que solo hacen piña en el bar del congreso de los diputados. Que uno es mejor poeta porque el de enfrente es muy malo y mejor le agasaja diosa Fortuna vestida de certámenes caducos, conferencias rancias y premios apalabrados. 

Y sí, que muchos con poca valía lírica se lucran, pero no seré yo quien les critique, más me gustaría que mi tarjeta bancaria me permitiese idénticas alegrías que a los citados bardos. Mejor: más me gustaría no tener que depender de una tarjeta, ni de un banco distinto de ese en que sueñan las posaderas de los desheredados cuando la noche se hace día porque los gatos ya no son pardos: la libertad, o sea.

El pasado 9 de abril (escribo, para variar, con retraso) tuve la fortuna de poder permitirme un dispendio que me acercase hasta la madrileña Sala Clamores a degustar el güisqui añejo que escancia en cada verso e inflexión vocal un poeta de los de verdad, uno que no precisa ningunear a otros para edificar su imperio de emociones gato negro, domingos erizados y rasguños afilados. El pasado 9 de abril tuve la fortuna de asistir a un recital de Diego Vasallo llevado de la mano de la poesía verdadera, esa que se excava en la piel rimándote estrofas en el costado. Y sobre el escenario un poeta desgranando sus versos a ritmo de vino viejo, amor masticado y músicos bien engrasados, poetas ellos también. Un poeta que se atreve a decir su nombre de reloj deteriorado porque no precisa criticar para arañar con sus cuerdas vocales versos como arpegios que hurtan vísceras a las rutinas del daño. Un poeta que se acompaña de otros para mejor recordar al respetable el origen de la grieta y los confines del barro.

de «El porvenir no llega, el pasado no importa» (Diego Vasallo)

Y es que la poesía se esculpe en la soledad de un puñal hecho de labios tatuados en la clavícula, en la sutura silente de unos dientes marcando el pecho con mordida de tequila, que no de soborno. Pero, parece ser, lo olvidamos. Olvidamos que la poesía no es tal si no nos la inflige otro, ella, él, un extraño. Y solo deseamos la cercanía de otro poeta cuando no nos hace daño: me gustas porque te gusto y te abrillanto el fondo de armario y aplaudo tus agasajos solo si me ayudas a enriquecerme a destajo. 

Vamos por libre y no nos enteramos de que la poesía solo lo es cuando permite la coyunda de versos y voces, cuando se rodea de iguales para ser más fuerte y seguir soñando que puede cambiar el ritmo de los tiempos. 

Luego, están los poetas que se engalanan de ritmos y escarchas para regalarnos melodías de un otoño que nos fue dado para jugar a soñar y no apostarlo todo a una partida de dados. Luego, están las poetas que te llevan de la mano al jardín de las delicias de un Bosco travestido en faquir despreocupado. 

Que sí, que la Poesía es un alfarero solitario, pero ¡ay cuando entre sus manos brotan otras igual de ansiosas por dar forma al barro de una existencia que nos mira con gafas de sol de extrarradio!

Poesía, sí, en la voz y los versos de Vasallo. Poesía, sí, entre tus dedos como dardos. Poesía compartida, y allá aquellos del mejor solo que mal acompañado.


lunes, 14 de marzo de 2022

todas las guerras

... pero no me hagas caso,
lo que me pasa es que este mundo no lo entiendo
Luis Eduardo Aute

Los tambores de guerra ondean a modo de bandera el recalcitrante fulgir de falanges en que se destrozan, ensangrentados, los tamborileros de uno y otro y aquel otro bando. Europa se aburre y reorganiza a las masas del sueldo bien ganado para que agiten su ajedrez de mesa puesta y abrazo tan falso como desbocado. África es un cocodrilo (¿o era América?) que no necesita careta más que para desordenar lo fúlgido de dientes cariados por el hambre de McDonalds payasos y grafitis desahuciados de todos los extrarradios. Ya no es que suenen, es que atronan y vuelan en desbandada de ataque aéreo, los tambores de guerra, mientras nosotros les marcamos el compás, desde el sofá del salón, ya está tardando en llegar la cena, ¡mujer!, con feligresía de tertuliano.

Hay una guerra civil en Burkina Fasso, esa pequeña nación mordida por Costa de Marfil, Ghana, Togo, Níger y Benín, África o por ahí, dicen, en que desde 2015 miles de cuerpos negros de rabia y miedo son la sintonía en negro de las noticias que no leo. Hay una guerra en Myanmar, Asia y ojos rasgados y hambre y sumisión al eco hueco de los noticiarios. Hay una guerra en Etiopía (y vuelta con los negros) en que los casi dos millones de «desplazados» nunca alcanzarán el estatus de refugiado porque no ubican en la definición de quienes son merecedores de sentir en sus carnes los Derechos Humanos. Hay una guerra en Yemen y millones de dólares esparcidos entre las sábanas blancas de fantasmas que esparcen aromas de mil y una noches para mejor servirnos el petróleo que ahora añoramos y que desde hace demasiados minutos eso que llaman la ONU viene «denunciando» como la peor crisis humanitaria de este globo terráqueo en que nos englobamos inflamados en las noches de aplausos en Facebook y gintonic en Serrano. Hay, todavía, sí, una guerra en Siria y más de 13 millones de ciudadanos que perdieron la ciudad y devoraron el espanto. Hay una guerra en Palestina. ¿Hay Palestina?

Hay una guerra en Ucrania y hay que levantar, enhiesta como erección mal dispuesta, la bandera de lo solidario entre la población que hace procesión frente al supermercado temerosa de verse privada de los bienes esenciales que para muchos son esencia de trabajo mal sudado y peor pagado. Que nos quedamos sin aceite, aunque sea mentira, y que el granero de Europa era una tierra de ojos rubios y niños acribillados, cierto, ahora lo comprendemos, pero déjennos encender el móvil para proceder al pago de todas estas cervezas que lo mismo mañana ya no degustamos.


Sé que no se me entiende, y tampoco sé si lo pretendo, ni si, caso de hacerlo, me haría bueno. Solo sé que ni yo mismo me entiendo porque me duelen todas las guerras, pero, aun a riesgo de parecer frívolo, ya que la población global arrecia con sus tormentas de ausencia y fin de mes mal pagado hoy solo entiendo la guerra que deseo librar entre tus brazos, pedazos de tu piel tallados en mordisco como Altamiras borrachos y el milagro de tu carne entre las sábanas, ensangrentado como una sirena varada que olvidó al apuntador y solo apunta mi aorta con maneras de pistola infantil en medio del escenario. 

Y si arrecian todas las guerras te espero en Ollantaytambo, subiendo y bajando entre rocas como un Sísifo ajeno a derrotas, falta de oxígeno y clamor de diccionarios que hablan de amor con palabras gastadas y envueltas en páginas de enciclopedias del todo es gratis o mucho más barato que si enciendes la televisión pero no la calefacción porque el gas y la electricidad y la guerra en Ucrania y tantos miles de niños rotos de miedo y, entre nuestros brazos, flácidos pero llorados.

Hay una guerra en Ucrania y nos faltan foros y redes sociales para mostrar nuestra solidaridad y ya casi somos capaces de asumir que hay una guerra silenciosa con el vecino de al lado y que miles de sub, sobre o simplemente saharianos nunca podrán ser abrazados porque vienen a robarnos el pan y a asesinar nuestro futuro ocupando nuestros hogares o simplemente a quedarse con las ayudas con que nos agasaja papá Estado.

Hay una guerra en Ucrania y me duele la carne en el dolor de tanto miembro despiezado, pero cerraré este absurdo texto con frivolidad, afirmando mi más firme solidaridad con el recorrido lácteo desde el que tu piel me desgarra el tacto, y confiando, como el resto de conciudadanos, en que no desaparezcan las cervezas de los supermercados.

martes, 22 de febrero de 2022

la voz y el daño

Hacía tiempo que Luis y yo no acudíamos a un concierto. No soy capaz, en estos momentos, de recordar el motivo, tal vez ni siquiera hubiese motivo, tal vez solamente andábamos perdidos en encontrar el fin de mes o sacar a paseo el perro de la rabia por la vida no apurada. El caso es que hacía tiempo, ya digo, que no afelpábamos nuestras gargantas en oropel de aullido desatado y güisqui adulterado, rodeados de almas gemelas en el sudor y el anonimato.

The Gutter Twins, los gemelos de la cuneta, los chicos del arroyo en plan Pasolini pasado por los pantanos de esa tierra americana harta de sembrar revólveres macho, los dos ladridos del extrarradio hecho licor y llanto, Greg Dulli y Mark Lanegan, en una infecta sala de Madrid con nombre de cerveza mala, 2008 o así, ya ha llovido, pero aún llueve la cascada eléctrica de aquellas dos gargantas copulando sobre el escenario, Dulli descosiendo los perfiles más remotos de su cuerpo inabarcable y desatado de espasmos, Lanegan impertérrito de talla griega arrancando huecos cavernarios al perfil de su garganta: un puto delirio.

Hacía tiempo que cada uno de los dos artistas no sacaban a pasear a sus perros de lluvia, rabia y quimera. No soy capaz, en estos momentos, de recordar el motivo, y dudo que fuese que andaban perdidos en encontrar el fin de mes, tal vez solo andaban perdidos buscando una salida a tanto y tan manifiesto desastre en que se enjalbegaba la música popular, camino ya del cementerio.

Hoy, amor, justo hoy, justo cuando sin hablarme te escuchaba, se nos ha ido Lanegan, justo hoy cuando habíamos hablado de comenzar a enderezar el sendero que le indica a la Poesía el camino del cementerio. Y hace tiempo que no acudimos, juntos, a un concierto. No soy capaz, en estos momentos, de recordar el motivo. Solo sé que nada de lo que ocurre a nuestro alrededor puede ser cierto, porque la realidad la inventamos nosotros y Lanegan sigue aullando junto a Dulli y a P.J. para recordarnos que ni él ni nosotros estamos muertos.

Que la tierra le sea leve... y que a nosotros solo nos sirva para invadirnos la piel de sudor y barro tierno.

Mark Lanegan (1964-2022), cortesía de la red