La paella de mi padre. Nada que ver con una paella, pero cerca de las noventa vueltas al sol no seré yo quien le niegue su momento de gloria al preparar una para mi madre, para ti y para mí, Munay, que ya somos tres y negación triple ya sabemos que es inicio de desastre con maneras de crucifixión. La paella de mi padre que no compartí con ellos, en esta ocasión. Pollo y langostinos, un dislate. Pero también chirlas y calamar. Mejillones y que ahueque sus alas el pollo: sabor a mar.
No la compartí con ellos. Tampoco contigo. Me fui a pasear. Necesitaba mostrarle a alguien otro barrio de Madrid, para que le insuflase vida mientras se dibujaba los labios con espuma de cerveza para así sonreír haciéndome sentir que el bigote que porto no es pitufal sino celebración de aperitivo a deshoras.
El Barracudas, en la Guindalera. Qué hermoso nombre. Qué hermosos ambos. Pero la Guindalera, sólo por su nombre de sueños niños alcanzados en su no mirar atrás merece la pena que aún exista. Que aún exista tal barrio. Y el Barracudas. Adolescencia mal entendida, rubor de alcohol adulterado y rumor de calendario, vasos de tubo y el horror conteniendo agua de fuego sin llamas. Todo incendio quedó en tus labios, cuando el primer trago. Guitarras y piernas prestas a eyacular zumo de vidrio detrás de la barra del bar. Me llevaba bien con la camarera, que siempre me encontraba un lugar, en aquel garito plagado de niños pantalón pesquero, niñas rostro hueco y acordes de hasch, para amancebar mi ansia de lugar epicentro que, años después, se supo emancipar al comprender el verbo.
Cantaba Quique González, o lo imaginábamos, cuando sólo era otro chaval de barrio que pateaba no muy lejos, Parque de Berlín, anticipando alquimia de canciones y versos. Sólo otro chaval de barrio, como yo pero con talento. Por mi parte, si en algo tuve talento, pienso, creo, me digo, me engaño tal vez, fue en hacerte sonreír. Talento malgastado porque me pudo siempre el pánico. Y ahora, hijo, paseo contigo de vuelta a casa, dos por uno de sonrisas desbordadas. Dos por uno de mi peor rostro de perfil cuando te logra reír. Tal vez por ello. Mi rostro, hoy, sólo me provoca una sonrisa condescendiente lejos de aquella en que ayer lograste verte.
Paseo con mis fantasmas. Úsalo todo, hasta el miedo, me digo mientras recupero el sabor de la mar y Munay sonríe a pesar de que no compartí con él la paella andamiaje de hambre que Pepe sabe erigir en edificio coreografía de pasos perdidos en su recorrer pasillos de somnolencia camino hacia la butaca del cuarto de estar. Este mismo en que yo consumía adolescente tabaco aderezado, cada noche, a la espera de que mis padres se amarrasen a Morfeo para yo mejor abismarme en los abismos del celuloide y los latidos a contrapecho. David Lynch, Scorsese y una Metrópolis siglo XX.
Arrecia la música y un acordeón sin la Piaf me expande las costillas, sin fisuras, hasta límites humanamente inviables. Y recorro mis paseos por Madrid, que se hace simultánea porque desemboca en el París de Amélie limitando al norte, sur, este y oeste con las fronteras difusas de la piel y la memoria. Montmartre y un Café tan expandidos que bien podrían acabar pespunteando las orillas del Spree.
Los cuentos son reales, Munay, que no te engañen los agoreros del desastre y la fealdad. Sólo que quien ha delineado sus argumentos y puesto en pie a sus protagonistas decide, por miedo a seguir o por agotamiento de seguirse siendo en la escritura, tarde o temprano, ponerles el punto final. Y siempre, por edad o por costumbre, decide hacerlo para mal. Quédate con Amélie y su sonrisa como yo me quedé prendado de su nuca libre de cabellos y de sus cabellos galopando el despertar. Por eso los recogí entre mis dedos dispuesto a no perderlos. También enamorado de su pupila izquierda como faro que me salvara de todos los naufragios de la noche, de la derecha cuando toda futuro febril, de su ombligo (¿dónde?, y ¿cuándo?) y de su vientre, siempre. De las comisuras de su labio superior cuando se sabe ambidiestro y de la corteza de temblor con que su rostro enmascara neuronas que apabullen juegos y fuegos.
Te aseguro que no hay fantasía incapaz de verse superada por la realidad. Lástima que hasta a la realidad nos empeñemos en ponerle punto final, sí, lo sé. Y no me refiero a la biología, que eso ya lo tienes claro, recién regresamos de casa de los abuelos, tú me entiendes. Que la realidad nunca la alcanzamos a conocer, y nada tiene que ver con esa expandida en mil caminos de los mundos que edificase Michael Ende. Fantasía no es un lugar, ya lo aprendiste. Pero mientras la habitemos podremos soñar lejos de los fantasmas de lo actual, que siempre es cierto sin dejar de ser vulgar.
Personas, también vulgares, te dirán que la Tatou nunca fue buena actriz, que su papel en Amélie fue puro oportunismo, que no hizo nada más digno de ser recordado, que ha envejecido mal. Yo, hijo, me hubiese quedado con ella hasta el fin de los días. Porque en su sonrisa no habría dejado de brillar la fantasía y cada nueva vuelta al reloj habría sido una fiesta. Qué sabrán de la Belleza las mentes vulgares y estrechas.
Amélie es un cuento, me dices, con determinación que nunca te imaginé tan temprana. Sí, hijo, tienes razón. Pero has temblado y has comprendido que los cuentos, cierto, tiene el autor todo su derecho a finalizarlos como le plazca. Pero yo, que algunos cuentos he malescrito, te aseguro que carece de autoridad para impedir a sus lectores soñar con un final diferente. Mayormente si ha tenido la pericia suficiente para meterlos de lleno en su soñar distinto. Soñar nos ayuda, a muchos, a huir de la realidad, a crear la nuestra y saber que sólo esa importa. Que las nubes dejen de ser simples bagatelas atmosféricas y se conviertan en conejos o en osos, como en Amélie, tal vez en caballos, cangrejos, dragones o animales mitológicos, qué más da si logras trocar el plomo de la realidad en leve y aleve pluma de la fantasía.
Yo, hijo, me quedo con Amélie, aunque ella ni siquiera exista, según dicen. Yo sé que sí. La he sentido temblar y la he visto sonreír. Tú haz lo que consideres oportuno, tienes de mi parte el beneplácito que no necesitas. Además, te he robado un día sólo por irme a pasear. No me excuso, sabes que te habría robado otro más y sé que te habrías alegrado. Y verte sonreír es Poesía y sé que me permites, en mi extraña vida, dejarme llevar por su melodía.
Bécquer, lo siento, no tenía ni puta idea. Tal vez le faltase calle y me da igual, porque ahora sólo me importa saber que la semana próxima quizás te prepare otra paella más disfuncional que la de Pepe. Pero será para ti. Y con Pepe celebraremos en breve.
Gracias, Jean-Pierre Jeunet, por saber ponerle a tu cuento el final que merecía. Gracias, Munay, por haber devorado esa paella junto a los abuelos y, con tus pupilas como peces locos, ese cuento con el que nos regalamos otro momento de calidad. Gracias, Poesía, por todo lo que aún me invitas a celebrar cuando me asomas a la infinita expansión del universo.

.jpg)

.jpg)




.jpg)