Mamá festeja su alta médica. Mamá se felicita. Mamá sonríe y ondea un tenedor que finaliza en anchoa pirata. Papá sonríe también, aunque no escucha. La edad es un grado, tal vez uno menor en la escala diatónica mayor. ¿Y en el termómetro, uno más? Ahí estaban esperándome a las puertas del restorán, 40º a la sombra pero sin entrar al local para que papá no consumiese una cerveza de más. Charlamos. Las pupilas de mamá sonríen. Mi piel les hace coro.
Alina me susurra que nos dan una hora extra antes de cerrar y me invita un gintonic tras tanta delicia que rabio de no haber podido comer directamente de entre mis dedos ensuciando de pentagramas mis labios. Munay no está, y los tres invocamos su nombre como si de repente pudiese aparecerse su sonrisa dolorida como duende lorquiano. Tantas sonrisas que convocar. Tantos nombres. No, mamá, ese no lo repitas, por favor. Sé que me sueñas henchido de vocales que me acaricien los días, en tu abrupto desaparecer de los instantes. Pero dos son demasiados nombres. O tan pocos, papá, mamá, no os preocupéis, los nombres sólo ayudan a enladrillar el sendero de baldosas amarillas. Lo importante es saber o, más bien, querer pasearlo.
La Fou, dos copas desperdiciadas en un deseo de duplicarse en selva again. Palta, brandada de bacalao, morcilla bañada en huevo violentado, langostinos y crujiente de cebolla sin mostaza pero aún en el paladar. ¿Qué me hizo la mostaza, cuando la descubrí? ¿Qué hace todo aquello que descubres en ti cuando como memoria disfuncional la veta de un diamante germinando en un río de ramas que laten sudor niño cuando su piel escamas como de salmón violento?
Garnacha tinta. Un cauce bruno y mi lengua, también, salmón. Fluir sanguinolento como terciopelo que se escurre entre los dedos. Esos que arrancan uvas que aun extirpadas dejan un reguero tinto como poema dedicado al menguante esparto. Tal vez todo esté bien si decidimos detenernos en Ecuador, por ejemplo, donde ignoro si se consume mostaza ni si se vierten vinos groseros como la noche sólo alumbrada por un pestañeo. Al ecuador de un desvarío he llegado, mientras regresaba a eso que llamo hogar a pesar de que sólo en el breve interior de pestañeos selváticos de tan densos.
El ecuador de esta tarde se ha detenido en Bodegas Sanz, y hace un pestañeo que nos hemos despedido. Sí, lo sé, te he dejado mi número de teléfono para responder esa llamada tuya que no llegará. El teléfono de ella no lo tengo. Ya comprendí que ni el tuyo ni el mío buscaba. Menos lo pretendían sus progenitores, que con tanto elogio me festejaron al llegar. Sólo soy uno más que interrumpe una reunión prefamiliar. Sólo pretendía tomarme un café en soledad. Sólo pretendía sentir unos dedos niño y otros nido de arteria que deja pasar el tiempo sin mirar hacia atrás tomándome un tercer café. En soledad.
Eduardo, perdona, acabo de inventarte el nombre. Ya si me llamas en algún momento, cosa que dudo y mejor así, y si es en contrario me rectificas, dime si ella se llamaba Mar. Seguro que no. Lo sé. Pero hoy todo me sabe a salitre, lo siento y más lo siento porque tengo la impresión de haber desbaratado tu incipiente intención de coito. Lo lamento. Eso soy y así, siempre desbaratado y desbaratando. No te negaré que me ha gustado su sonrisa, tan cándida, tan ansiosa de alimentar hambres disparatadas en Dublín, de donde recién acaba de llegar mientras sueña perderse en geografías más varias.Así ha comenzado todo. He escuchado Dublín y me ha sabido a pedazo de tierra mordida por la mar y he contemplado sus labios golosos y he preguntado. Porque es uno de esos lugares que aún permanecen en mi memoria oxidada. Esa que se alimentó de geografías cuando me gustaba viajar y soñaba con una acompañante que me supiese guiar hacia esa inactividad que hoy es antípoda guerrera del verbo viajar. Ya la conocí. A la acompañante. Dublín, como Oscar Wilde, sigue dando vueltas en mi maltrecho mapa mental y aún no he palpado su carne. Permanece ignota para mí como isla a la que sueño arribar.
Me preguntó qué lugares conocía. Siempre, pero cada vez menos, me cuesta callar cuando descubro la gana de vida. Me da gana a mí de compartir lo más pobre de la mía. Quiero recorrer tierras como tú, me dijo mientras chascaba sus dedos de adolescencia locuaz para pedirle al camarero que me pusiese una caña. Gesto que me desagradó, el de chascar los dedos para llamar la atención del camarero, no sé si lo aprendió en Irlanda. Yo invito, que café ya no te queda y no es hora de otro, ¿verdad? Asomó sus pupilas a las mías y no se supo encontrar. Pero yo me escuché decir que tenía razón, mientras acercaba mi silla a su mesa aceptando su invitación, la de sus padres y la de Eduardo, sincera, casi honesta. Pero mejor un gintonic.
Mar me miró con ojos tiernos. Amaos, le susurré en silencio antes de retirarme a mi delicioso averno. Ancló dedos en el muslo de mi pantalón vaquero mientras me pedía permanecer hasta la penúltima. Sentí rechazo. Porque mis muslos, como las tierras en que brota la garnacha negra, beben de otro hogar. Y porque Eduardo ha saltado desde el ecuador de su vida buscando un sueño. Que nadie te lo desbarate, breve amigo, que no pierdas la sonrisa en un vertedero.
Sísifo me sonríe con dientes de sangre y me recuerda que nunca podré dejar de mirar atrás. Que el amor supone cima escarpada en cuyo ascenso sólo podrás cambiar ritmo por desconcierto. Si es amor, claro. Un pie, ¿cuál? Las uñas sin podar. El otro: puro nervio. Camus sonríe previo al absurdo estallido de un automóvil que decidió que la vida no más. Esta noche, intuyo, Mar no habrá follado con Eduardo, el ecuatoriano. Y qué más da cuando sus dos nombres me los he inventado y no todo va a ser follar, ya lo dejó claro el irremplazable Krahe para dejar claro que la vida ha de ser amor o no será.
Al final, creo que todo consiste en esas ganas de comer con las manos mientras el vino riega, generoso y audaz como secreto a buen recaudo, la tráquea, el paladar y la voz que me tiembla cuando pronuncio un nombre que se desgaja en dos. Pero el de mi hijo para que mis padres lo sostengan como salmón perdido entre los dedos. Y ese otro nombre que, silencioso, me repta como salmón cuando me abandono a lo extraño. Extraño: extranjero. De eso, se supone, trata el tan vilipendiado hoy verbo viajar. Sílaba y no verbo.
Mamá, papá, ya estoy en casa y aunque ya ha pasado tiempo de nuestra celebración íntima hoy hemos vuelto a celebrar en breve multitud 60 vueltas al sol con vuestro abrazo inundándolo todo de calor y ya he hablado con Munay. Nuevamente me confirma que está bien y nuevamente que os echa de menos e incluso a mí. Gracias por el viaje. Y aunque escriba siempre con retraso, no es mala fecha retardada para recordaros que 60 años es más de lo que, así, desearían muchos humanos.
