jueves, 25 de junio de 2026

vaca mira tren

«Y bebo un fuerte licor,
pensando que tal vez
iba a calmar la sed»
Nacho Vegas

—¿Por qué se queda mirando así, al tren que pasa, papá?
—Está alerta, hijo, instinto de supervivencia.
—Entonces, ¿por qué no nos mira a nosotros?
—Ya nos vio, sabe que somos inofensivos. Si vuelve a mirarnos será sólo pura curiosidad.

Recién bajábamos del Seat 127 para comer un bocadillo. Mitad de camino hacia la ansiada costa, ganas de sal y la vaca y yo mirábamos cómo pasaba el tren y no sé ella, pero yo me preguntaba por qué el tren tan veloz y nosotros tan detenidos en medio de un bocado. Para poder degustar el bocadillo que con tanto mimo había preparado mamá, imagino. Y a ella sí (no a mi madre, a la vaca) hubo un momento en que le brotó la curiosidad. Imagino que se preguntaba por qué comíamos carne procesada de sus hermanos o camaradas ya ejecutados.

Años después, demasiados, perdí el recorrido en tantas vías ferroviarias, seguí rumiando acerca de la curiosidad de las vacas. También de su instinto de supervivencia. Medios de transporte. Hubo también autobuses, barcas incluso, aviones y, sobre todo, mucho devorar suelas de zapato mordiendo campos o asfalto. Modos y maneras de desplazarse, que no de moverse. Porque el movimiento, ahora lo sé, agita su varita mágica dentro de un vagón de tren tras utilizarlo como chistera y moverse aún más bajo un riesgo de pespuntes a punto de reventarle las costuras a un pantalón vaquero. Los paisajes corrían del revés y todo, afuera, escapaba. Aún así, no era lo suficientemente rápido porque quedaba retratado. Todo.

Tantos kilómetros recorridos, y esa vaca que nos miraba sin juzgarnos pero como adivinando el daño del regreso a la quietud de la estación de partida, a la falsa calma. Si todo viaje ya era calma cuando en soledad o contigo que, al fin, es lo mismo y no carece de importancia. Qué importa si locomoción muscular o aeronáutica cuando todo se desplaza. Como lo hicieron los continentes a la deriva, en sueños congelados de Wagener cuando buscando alimento en Groenlandia. La cuestión era llegar, para él. Por mi parte, siempre he preferido habitar el trayecto.

Pienso en medios de transporte mientras mis pies me transportan hacia el centro de trabajo. Galera de esclavos decididamente decididos a aceptarlo todo por un escueto salario. Una mala noche queda atrás. Noche sin sueño, como las ciudades que le inventaste a Lorca en plena pesadilla envuelta en celofán de lirismo. Duende, o la sonrisa de través que le tatúa a la noche la santa compaña. Otra noche sin dormir, culpemos a las altas temperaturas aunque sepamos que es excusa. La cuestión está en que esta mañana, antes de salir de casa, he estado a punto de tomarme un café de más. Me prometí no volverme a beber el contenido entero de una cafetera hasta que aconteciese, de nuevo, el milagro. Y sigo cumpliendo, como hombre de fe, aunque esta mañana, en el primer intervalo de descanso laboral, haya decidido trasegar un nuevo trago de arábica oscuro y amargo.

Pero ese de media mañana estaba fuera de taza, así que todo bien. No había psicópata tentándome al trago largo. He bajado adormilado a los aledaños de este edificio de adocenamiento laboral en que me inserto cada día como pieza canjeable del sistema. Obvio que a sus orillas hay un bar, una cafetería que siempre esquivo cuando decido fumarme un par de pitis en el parque cercano, ese desde el que se observa en erección una torre de telecomunicaciones que me hace recordar cómo se erigen mis ansias de voz, tacto, escucha, sabor, imagen y más allá. Me hace recordar Berlín y una voz engolada de plagios. Pero hoy necesitaba un café, y así se lo he pedido al camarero. 

En la mesa a la que me he sentado restaba un trago de cerveza en un vaso de doble. Alrededor, un puñado de intrépidos oficinistas cargando el cencerro que los hace no quedar perdidos para el pastor que les da de comer. Y pocas ganas tienen de morder su mano, ellos y ellas, tan embebidos en el sueño de heredar la empresa sólo por portar colgada del cuello la insignia con que, como a las vacas de antaño pero al contrario, han decidido ellos y ellas mismas marcarse. Resulta tan patético ver a un asalariado portando uno de esos colgajos, modernos ya de tan ancianos, con el logotipo de su centro de trabajo. Y al extremo, la tarjeta sonajero que les permite un nuevo acceso al infierno. 

La cuestión es que en la mesa a la que me he sentado aún descansaba un último trago de cerveza que no quedó cumplimentado. Por haber sido en exceso glorioso el primero, imagino, el único válido. Pero ignoro quién, en un bar únicamente edificado para amancebar a los trabajadores del tedio, ha tenido la osadía de beberse una cerveza a hora tan temprana. Y lo he imaginado degustando la cebada junto a un puñado de infartos de bicardio alojados en su memoria y de los que, siempre, salió, y no en soledad, reforzado. He imaginado su sangre sin carril y su sudor sin cerco. Hace calor, mucho, en Madrid, y he imaginado fronteras de un verbo traspasadas por mochileros del silencio prestos a plantar batalla a un ejército de huesos en perfecta locomoción de aliento.

Ósea nosamenta que he rememorado mientras imaginaba al bebedor de esa cerveza a la que faltaba por extirpar un último trago. Y lo he imaginado tejiendo bandera pirata con epitelios conjurados como costurones de ceguera en un loco recorrer pespuntes buscándose las costuras en cuerpo ajeno. He hablado ya del acto de coser, creo, ahora que te pienso y sostengo aguja afilada entre mis dedos. He pensado también en el humo, mientras fumaba y esperaba mi café. Y he pensado en Sam Sheppard y en su literatura de volutas volubles y espesas. También en Nastassja Kinski en Paris-Texas y en su padre enfermo hasta el asco de amor, y en que yo hubiese abandonado todo por vivir el resto de mis días lo más cerca posible de ella. ¿Te he dicho alguna vez que abandonaría todo, ahora que tan abandonado me siento, por algo parecido? ¿Te he dicho hoy...?

He pensado en miradas que se poseen entre párrafos no escritos, y en pupilas dilatadas en puro lodazal de poemas recién inaugurados cada vez que se descorcha el día como la nueva fiesta que debería. En las persianas abiertas y en las noches de luz de verano. También en la ceguera de urbe invernal que se lame las heridas sabiendo de la saliva que suturará su despertar. He visto un hotel, una ciudad, una calle larga, un portal y una tienda de productos cantábricos. También un sendero y unas piernas regalándole por anticipado el mapa en que aún no se ha vertido y por lo que sigue ciego para las hordas ebrias del acumular experiencias. He visto mi cuarto de acunar pesadillas y lo he descubierto tarareando nanas como sueños hechos a medida sobre la espuma del vaso en que esa cerveza no ha sido del todo consumida.

El camarero me ha traído el café mirando hacia otro lado. Yo lo me mirado como vaca que mira el tren, alerta y curioso por saber cómo es capaz de desarrollar su trabajo diario. Yo, que en cuanto me termine el café regresaré al mío. Pronto. El tiempo pasa, y tal vez sea esa la más sabia mirada a la hora de contemplar. Las vacas saben de los recorridos ferroviarios y de los viajeros que van para nunca volver. De los que no pueden dejar de regresar. De los que buscan hacer hogar en otro lugar. Como quien sea que ha decidido hoy, rebañando la espuma de una cerveza cargada de grados y memoria, contemplar al rebaño marcado con sus ojos de vaca triste aún no seccionados por Buñuel. O tal vez sí. La realidad es lo que tiene. 

El camarero pretendía retirar el vaso de cerveza tras depositar la taza que contenía mi café en la misma mesa. Le he pedido que lo deje, que lo recoja cuando haga lo propio con los restos negros de mi trago y las monedas con que lo pago, cuando yo haya terminado. Así se ahorra un paseo.

He visto pasar un tren. He brindado en silencio por el bebedor de cerveza desconocido. He sonreído. Lo he celebrado y también he celebrado comprender, tras palparme el pecho, que no portaba cencerro, sólo un encabalgamiento de latidos que nunca germinarán en verso. Me ha hecho recordar que he perdido el recorrido en tantas vías ferroviarias y preguntarme por qué, justo hoy, he decidido tomarte este café justamente aquí, mientras miro los cielos de Madrid y sé que verdaderamente sobrevuelan el otro lado de la carretera, acariciando con pies de silencio y sonrisa racimo un parque henchido de memoria y pavos reales.

—¿Realmente cree que somos inofensivos, papá?
—Sí, no tengas miedo. Somos inofensivos, hijo. Aunque tengamos memoria.
—¿Y eso es malo? ¿Y ella no tiene memoria?
—Posiblemente no, después del primer trago

Ahora me pregunto a cual de mis dos preguntas respondió mi padre. Así que hoy, ahora, lo rumio cual vaca que mira el tren mientras brindo por el bebedor solitario que, seguro, se dejó el cencerro en su puesto de trabajo antes de bajar a contemplar al rebaño mirando sin memoria los alrededores, o con su propia memoria detenida en todo lo que de sublime tiene el primer trago.

miércoles, 10 de junio de 2026

entre chien et loup


Claudio canta teclados, silencioso, masticándolos hacia adentro por más que los vocifere con sable de verbo y ritmos brasileros que congregan a Marisa Monte en una noche que no sé comprender o no me entiende. Me retorna, sin saberlo, al campo grande de Salvador de Bahía, que tal vez no existe. Pero sí en mi memoria, henchida de sonrisas fluorescentes desbrozadas a machete entre piel negra como luna en cara opuesta. Existe en tierras de donde proviene su verbo, el de la Monte, eso sí lo sé, equidistante del Campo Pequeño, un Campo Grande que enloquece su mirada apuntando diversos senderos. En alguno de ellos comienza lo eterno. Hace tiempo, ayer, tomé el primero que se me dispuso, recién salido de un aeropuerto. Horas después regresé para encontrar la luz más oscura, ya registrado el lecho sin nupcias en que sedas como la vida, negras, someterían su mirada de poema mientras yo perdía la mía en sus flecos aún inexplicables. 

Costura de la piel. Todavía me deshilacha el caminar. De regreso al aeropuerto perdí pespuntes como quien pierde los días. Como quien pierde la vida. Qué más da si está bien perdida. Y me brotaron todos los terrores que me acontecen cada vez que piso ese no lugar. Afortunadamente salí del coma sin precisar desfibrilador. Fue breve a pesar de los periplos en autobuses internos como coches fúnebres. Autobuses que recorren esos caminos inciertos en que enloquecen las terminales de cualquier aeródromo. Terminal me sentía ya pensando haberme perdido. Terminal 1, 2... altitud y vértigo. Sólo era eso. Altitud alzada sobre un tic tac de reloj puesto en hora con los pies. Cangrejos tornan dedos. Saben que dan cuerda del revés al mecanismo de los días. Vértigo profundo el de mi pánico, cuando asomado desde abajo de mi yo más pequeño a una sonrisa seguida de festiva recriminación, sorprendida de que no la hubiera yo visto. En qué estaría pensando. En qué estaba pensando, cualquiera podría entenderlo. Tan improbable para mí que ni lo vi venir.

Piel negra en suburbano, sólo ensuciada de blanco sin sentido por los miles de turistas que emprendían como de Santiago el camino hacia los falsos fados y el equívoco escrutinio de la mirada de un Pessoa ya muerto, en el Chiado, que allá quedó, lejos de todo lo que pudiera tener sentido. Que para blanco no su perfil de piedra sino el marfil recortable de un envés entre las sábanas, ya lo dejé dicho antes de tiempo. Como cada vez que escribo intentando tatuarme el verso más libre que se soñó un cuerpo. Pude escuchar a Claudio en ebriedad de nocturnidades maltrechas murmurando a la Montes. Ya casi en mis oídos Carlinhos Brown violentando la voz hembra con un timbre macho a pesar de bálsamo. Pero la guturalidad de la Montes enseñorea el paisaje mental y vuela lejos, hacia un hogar, tal vez en la  Cochabamba de Claudio. O en algún pueblo con melodía de ducha apresurada que alguien decidió edificar en mis sueños. La guturalidad, para quien sueña en verbo, lo es todo. Se hace carne.

Recorro las favelas de Salvador de Bahía. Veo romperse, contra piel prístina de tan negra, corceles de distancia como cristales del Atlántico que se hizo surco para alumbrar un milagro. A lomos de paquebote rumbo al Morro de Sao Paulo, despreciando el transeúnte tráfago de vacaciones falsas y manteles aún por disponer. Alzada la mar como mi mano cuando niña en las clases de geometría, pero sobre los espejos que se calzan las algas para delinear aún más lontananza. 

Leo a Claudio y me acaricia la voz de Marisa Monte cuando tribalista junto a Carlinhos y Arnaldo. La mente me regresa a la brisa atlántica que, brasilera, me acarició hasta saciarse de quemaduras en mi espalda. Sol, Brasil y calorías, caipirinhas y mucha lima. También piña. Sobredosis de azúcar rica en vitaminas como el amor cuando se pronuncia sin labios. Y es que, de dulces, sólo me gustan los tradicionales. Cómo no degustar los que brotan de un horno que moldea todos los significados. Vocacionales entre mis manos. Vacación de vuelo entre lunas multiplicado. Vocalización de antaños.  

Passe em casa, susurran la Monte y compañía, ventisca recién improvisada, 37 grados y subiendo, la casa aún abierta de ventanas como pupilas que todo lo cercan. Y un montón de huesos amortajados entre denticiones que nacieron el diccionario, ayer, cuándo. En Salvador de Bahía cuando todo negritud inversa la piel y Yemanjá aflorando entre las mareas recién terminada de cambiarse el sexo en el cuarto de baño. Porque, ya lo sabía, lo supe en los aledaños de un vuelo mojado de nubes y velos como claustros. Supe que una Virgen del Carmen negra, no de piel sino de verbo, emergería de nubes y mareas enarbolando un falo rotundo de tempestades y bailes florales para desorientarle el ritmo a las aguas. A pesar de ello, ritmo y timbal, melodía y tempestad de calor ansioso de termostato. Ordalía de pétalos flotantes y pescadores ofrendando cántico a la señora de las mareas. 

Mareado me siento, y no he tomado. 

Salvador de Bahía, negritud anticipada de las noches que me aguardaban. Bruna felonía de la palidez más viva. Negra y luz, así es la vida. Hoy ordenada, mañana del revés. Así es. Vida y fe porque si no, de qué. Vuela, poesía, y nunca te domestiques en cotidiano. Acompaña la voz de la Monte, que te cantaba sin saberlo. Nos amamos en Salvador de Bahía, ¿recuerdas? Nos mojamos de Atlántico, por adelantado, aunque en esta ocasión lo escriba con retraso.