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domingo, 3 de agosto de 2025

mi hogar en cualquier sitio

a Sendoa Bilbao

«El día más insospechado
me desperté con la entereza
de no hablar más de mi pasado
y perdí peso en la cabeza».
Antonio Vega

Aprendí hace tiempo, ya demasiado, que se puede hacer hogar en cualquier sitio. No importan geografía ni raíces. No somos árboles y hogar no es un espacio acotado sino el ronroneo de una gata/gato, las caricias pugilísticas de un merodeador infantil de sueño inquieto, el sudor cuando es tattoo de sol recién amanecido entre la tribu del aliento, un único par de copas de vino, el ensayo de un delito lírico, una respiración que te brota inversa desde afuera del pecho, un puñado de cuadros desemparejados en la inmensidad de lo capturado entre sus marcos, varios libros rescatados de la cueva de Alí Babá, una sonrisa en que aún ríe la abuela, la mirada vidriosa del hermano cuando varios alcoholes trasegados, un despertar con dulce o con cerveza a destiempo, el humo de sándalo copulando con el del hachís o un par de sándwiches preparados a la hora en que decidamos repetir desayuno. Por qué te resultan tan ricos, Munay, hijo, si en cualquier lugar y los haga quien los haga los ingredientes son los mismos. El ingrediente que los hace especiales para mí sólo lo utilizas tú, me respondes

Un hogar se puede trasplantar. Como un árbol, un diente caído o un puñado de cabellos que siguen creciendo hacia dentro. Pregunten en los cementerios. Más difícil resulta trasplantar vigas, hormigones, pilares, paredes de ladrillo o de barro, eso que seguimos llamando casa. Como cuando niños jugando al escondite: ¡casa! No me puedes tocar. Estoy a salvo y no pierdo. ¿Qué perdíamos, cuando niños, si todo era ganancia sin economía? Ganancia de la verdadera. Aprendí hace tiempo que casa es simplemente arquitectura mientras hogar sólo se habita con sangre. Pero resulta que descubro, con ya determinada edad, que una casa también se puede trasplantar. 

Caminábamos senderos de Galapagar, Molly al frente, tropel de pereza hermosa los demás y tú, hijo, intentando atrapar su ajedrezado trotar de can todo sonrisa. Todo colmillo del que despedaza el cariño para que podamos ser capaces de digerirlo. Tan inmenso. Tan bello y todos con el caminar como de costalero que porta la penitencia del verano. Y de repente aquella casa, como engendro nacido de una cópula del Kubrick más siniestro y el Lynch que tan a placer se perdía en carreteras sin eco. Y de repente el último verano susurrado por Mankiewicz a los oídos de Elizabeth Taylor. Al ver la casa cerré los párpados porque sabía que te encontraría mirándome como lo hacía la Taylor cuando en sus pupilas había más mirada que pupilas.

Una casa como aquella que Alex invadiera debidamente acompañado de sus drugos. Una casa como rescatada de una película de terror serie Z. Una casa detenida, como el tiempo, en su hermosa arquitectura años 70. El número 97 de una calle no numerada. Un lugar en que saltar para inducir al sueño. Un lugar que asaltar con fantasía narcótica que sólo se degusta maridada con poesía. Porque la poesía ignora qué cosa es la casa y sólo se reconoce en el hogar. Ya que el mundo ha abandonado la poesía, traigámosla a lo abandonado. Me miraste, Sendoa, y leíste mi mirada y me dejaste hablar para contestarme a renglón seguido: amigo, sabía que ibas a decir justo eso. Se llama causalidad, aunque yo prefiero Alquimia, y Munay gritó emocionado que si lo hacéis aquí yo tengo que venir. Claro, por supuesto, tú siempre estás y ya estarás por siempre y siempre vendrás. 

El impulso arrancó y danzó desnudo pero aún pudoroso entre los tules de la ensoñación. Queríamos saltar entre sus muros, desordenar la hojarasca que rodeaba aquella casa abandonada. Queríamos hacerla hogar. Pero desapareció. Apenas un año después, la casa desapareció. Y cómo lo hizo no alcanzan siquiera a imaginarlo Lynch ni Kubrick. Tal vez este último sí hubiese podido comprenderlo. Lynch, aunque pueda parecer lo contrario, era más cerebral. Kubrick, inducida su visceralidad por los cuentos para no dormir perpetrados por Stephen King hubiese imaginado en la serranía madrileña un nuevo hotel en que ubicar su habitación 237. 

Escribo y no se me entiende. Soy consciente. Tampoco es que me importe mucho. Últimamente escribo párrafos que me arranco de la piel. Por eso, quizás, no son fáciles de comprender. A pesar de ello intentaré desnudarme como las máquinas anatómicas de la napolitana Capilla de San Severo. Para que se me entienda: hubo una casa estilo años 70 en Galapagar. Una casa en cuyo interior y alrededores soñamos revivir los 70 y montarnos un happening que nos lograse dispersar, en estado de lírica ebriedad, por las casas aledañas, una performance con que embadurnar de temblor y misterio a los allí congregados, un spoken word sin freno aullado a la luz de la luna a la que se asomaba Kerouac cuando se lo permitía el no tomarse una copa de más. Todo muy hippy, en apariencia, pero nada que ver. Soñamos revivir el punk, porque el punk, ya lo tengo dicho, es amor del verdadero, nada que ver con las flores y los mantras de ciertos adinerados y, por tanto, desocupados, viejos jóvenes norteamericanos. Una casa en que soñamos hacer hogar y que, de un día para otro, como por arte de magia, como conejo que prefiere regresar al sombrero de copa, como copa de madrugada solitaria y por tanto inversa, desapareció sin siquiera dejar rastro de haber existido. Ni pilares ni fierros. De cuando la especulación es tan voraz que roza lo fantasmal. Número 97 al que soñamos alargarle la vida otros 97 años. Pero desapareció, la casa, como abducida. Y ahora sueño con los ingredientes que podrían revivirla para que amasásemos entre sus cuatro paredes un verdadero hogar. Momentáneo y portátil, fugaz e inmemorial, como debe ser. Como es. Tal vez nos faltó tomar el impulso necesario para dar el salto. O saltamos ya en el vacío de un lienzo de Hopper o un relato de Carver.

Munay remolonea a mi alrededor como gata seductora e indolente, en la cocina de esta casa a la que los dueños han decidido elevar el precio de habitabilidad ignorando qué cosa es el hogar. Deposita en mi pecho una simiente de saliva y me susurra que el ingrediente especial de mis sándwiches es su propio nombre. Instante del sueño recién inaugurado en que le vuelvo a escuchar. Hipnagogia esta y otras que me regresan al hogar. Son períodos breves, finas rebanadas de piel que Kairós me regala, soy consciente, pero bendito precipicio de acotaciones temporales si me recuerdan que puedo hacer hogar en cualquier sitio.

lunes, 28 de octubre de 2024

un dios salvaje y blanco

Sólo una rodaja de luna y un deambular exacto hacia ese lugar del crimen donde siempre regresa el criminal alumbrado por las pedradas de luz de una noche a la que olvidaron ponerle el pañal. Sólo un par de cañas mal tiradas, un desacierto de vendimia y tu mirada multiplicada en verde oliva oscuro negro casi azul casi verbo. Vamos a ver a Nick Cave, me decías, temblor en la voz todo filigrana de sepia que no se sabe desangrar. No vamos a ver a Nick Cave, amor, él va a verte a ti, más bien. Yo únicamente te lo susurraba. Y los dominios de Marte, dios de la guerra, de la virilidad y el ensanche, también de la cultura y de la primavera, que es puro dilatar, mientras entre tus pestañas como siega temprana se afilaba el temblor de una noche que nadie intentaría siquiera igualar. ¿Nadie? Nunca temblor es nadie si hay tripartito repartiendo la baraja. 

The last time you came around here, it was to rescue me resuena en mi mente antes de bullir en la garganta del bardo australiano. Y yo ya casi ni recuerdo esa última ocasión. Pero soy incapaz de olvidarla. 

¿Dónde estará Nick Cave en estos precisos momentos, Munay? ¿Puedes imaginarlo? Sendoa se lo pregunta y, de paso, te lanza el cuestionario. Pero recuerda que no hay respuesta errónea. Tomando un vino, como tú, me susurraste. Tomando un vaso de agua en que reflejar su faz antes de emprender el aquelarre, como tú, susurré yo hacia mis adentros. 

25 de octubre de 2024. Munay me lleva a ver a Nick Cave mientras el australiano me invita a contemplar más y mejor a mi hijo, objeto de miradas y sonrisas milagro de los circundantes. Can you take care of my child? I need to go to the bathroom. Y la irlandesa sonríe y dice: your child is beautiful. You are beautiful, aulló, después, el sacerdote impolutamente encorbatado, cuando ya abandonábamos la iglesia. You are beautiful, repitió la irlandesa comprendiendo el plural. You are beautiful, se desangró, gritando, el chamán. Pero ya no estábamos. Ya sólo éramos tres, santísima trinidad del sueño y el daño, perdidos en las calles de Madrid y a punto de emprender el vuelo hacia los islotes del desgarro. Munay sólo tiene diez años. Y la liturgia la comprendió casi ayer sin sentirse religioso ni cristiano, lo siento, Nick. 

Nunca estuve en NYC ni asistí a una misa gospel, pero ya he circundado en dos ocasiones el milagro y he gritado cry, cry, cry a la par ya que ese you are beautiful que todo lo contiene. Como tú contenedor de mi mirada más perdida, de mis manos cuando garras arañan vino de empedrado, marea calma porque no te advierte y pasillos de vuelos lejanos masacrados por las hordas del jolgorio que no atienden, nunca, al daño. 

Dios se hizo salvaje y blanco en Madrid, mientras los pecados palpitaban ignorantes de que quedarían a medio consumir. Devino el profeta advirtiendo la llegada de un dios salvaje y yo quedé, poco después, en ese limbo extraño en que se acunan los ángeles que saben que habrán de caer. Un dios salvaje y blanco como tus manos, como su sonrisa lirio, como las tumbas en que anidan adioses de precipicio y simas en que arañan cumbres tus miradas cuando me lo dices sin decirlo y yo me tatúo en la piel la dermis de un sueño que bien pudiese ser el falo de un ángel o la digestión de un lotófago, como tus dedos labrados por Bernini y tu tráquea cuando atropellada por mi corazón, como la infancia de tu abrazo, la jungla agitanada de tu dorso y tu respiración a la contra. 

Nick Cave aullaba y tú. Y yo, claro, comprendiendo que dios bien pudiera ser salvaje y blanco como la garganta negra de los cantos tribales y la cúpula encapsulada de las tormentas que deciden inquietar el vuelo de aeronaves sin saber que en su interior habitan corazones extirpados por los muñones de la distancia. Nick Cave elevó sus manos y entre sus dedos, ya tuyos, milagros florecieron masticándonos las encías. Munay, tan hermoso, tan pleno, creo que nunca recordarás cómo sonreías multiplicando otra sonrisa casi atlántica por más que perdida entre callejas de barrio olvidado en algún suburbio en que desearía la Callas hacerle coro al bardo australiano. Nick alzó una pierna y un zanco elevó tus pestañas milagro mientras otras se desvestían pinturas que nunca necesitaron. Nick sonrió y susurró you are beautiful y tus dedos hicieron de los míos barro y brotó entre nosotros un dios salvaje y blanco. 

From her to eternity fue grito de guerra y tú me preguntaste qué quería decir y yo te grité canta y no intentes comprenderlo, ojalá nunca tengas que hacerlo. From her to eternity abandonando un hostal enfebrecido de silencios no pronunciados y caminando el dorso de una marea que en lo más hondo de mi garganta se hace esquirla. Canta, Munay, canta, salta y grita y después el mareo y ya es hora de abandonar el templo. Llegarán días en que camines como papá con rodillas desolladas el Gólgota de los sueños. Pero no todavía, así que ahora salta y canta a un dios salvaje y blanco como las encías que me sueño cada noche cuando te canto sólo para contemplar el milagro de tus párpados trenzados en sueño y descanso mientras muerdo el delirio de tu fase REM, el sendero invertebrado del descanso. 

Un dios salvaje y blanco y un abrazo fugaz y cálido como las brasas sobre las que tuercen pupilas las sardinas recién rescatadas de la vida para alimentar nuestra voracidad de espanto y labios cercenados en el momento inaugural del beso. Un pasear, en soledad, las deslavazadas mareas de un puerto. Un perderse en recovecos que sólo en nuestro interior anidan. Los peces no saben nada del deseo, mueren hacia arriba y Nick Cave es un fantasma que con sus prédicas te moldea los labios. 

I'm transfroming, I'm vibrating, look at me now. Te he sentido palpitar. Nos he sentido palpitar, a nosotros. Nos hemos sentido y somos dos pálpitos y otro más, que nos contempla como tercer ojo de esa santísima entelequia trinitaria que a tantos nos hizo comulgar y aun sentirnos culpables del pecado. Sólo un dios salvaje y blanco elegantemente vestido de traje chaqueta con los bolsillos repletos de dados puede recomponer, en su taller de timbre y yunque, los recorridos de una femoral, el pulso inguinal y el cordón umbilical antes de que alguien decida desgajarlo de un mordisco que, inverso, sin saberlo, recomponga su recorrido.

Tus dedos, Munay, hijo, se alzaron hasta copar esos cielos que yo, después, recorrería soñando el cielo de un paladar que desembocaría en tormenta y paseo ebrio por las calles de una ciudad que nunca me quiso. Tus dedos, Munay, hijo, recomponiendo el cielo de Madrid cuando es todas las ciudades. Y tú sin saberlo. Pero no olvides, nunca, que Nick estuvo ya, antes, aquí, y sólo regresó para cantarte you are beautiful.

My hand searching for your hand searching for my hand searching for you hand searching for mine

And I will always love you.