lunes, 3 de marzo de 2014

hurtar La Belleza

Hace algunos años que tuve la fortuna de horadar con mis ajados zapatos los lustrosos adoquines de Aix-en-Provence, esa memorable urbe francesa en que viera la luz por vez primera ese alquimista del fulgor que fue Paul Cézanne, y por cuyas blancas callejas paseó el eco negro de mi admirada Nina Simone, y la mecanografía tullida de flor y aventura de mi amado Blaise Cendrars.

Una tarde de sobremesa lánguida y pastis mal digerido, pude entregarme a la gloria de perder el rumbo en el gorjeo primaveral de sus calles, sin plan ni objetivo más allá del de soñarme regresando a casa, a una buhardilla desportillada de listones de madera rancia y ebras de tabaco seco, donde me esperaría una vieja Underwood dispuesta a disparar sus teclas de memoria y desengaño contra la diana irregular de un papel de segunda mano (¡cuánto daño hace la literatura!). Evidentemente, la ensoñación quedó en tal, pero por un instante pude gozar de una de sus variaciones, como en esos sueños en que el hilo conductor se pierde para recabar historias aledañas e incomprensibles para la conciencia. A la vuelta de una esquina huérfana de orines, bajo un letrero pulcramente cincelado con la palabra Librairie, refulgía la puerta de pomo niquelado y cristal soñoliento que me dió paso a una suerte de País de las Maravillas que ya hubiese querido para sí la dulce Alicia.

En aquella librería, además de innumerables estantes orondos de gloriosos volúmenes, habitaban dos vitrinas que contenían, con su corazón de tinta expuesto como tras una disección de divinidad, un ejemplar de Las Flores del Mal, primerísima edición, autografiado por su autor para la persona a quien decidió dedicar aquella obra inmortal: Théophile Gautier, y otro, en francés, de la obra de aquel mago de la vida y la palabra que dió en llamarse Henry Miller: Recordar para Recordar, primera edición de Gallimard, 1935.

Contrariando las normas básicas de tan egregio mausoleo, la anciana dependienta espolvoreaba el humo de un amargo cigarro en su atmósfera de papel sin memoria, y las vitrinas, sí, pude comprobarlo, carecían de candado, cierre, pasador o cerrojo que garantizase el buen recaudo de los volúmenes citados. Por vez primera en mi vida me acometió, violenta, la necesidad del hurto premeditado.

Navegamos la vida cual naúfragos de un desastre de salitre y ambición, siempre a la deriva de nuestros deseos insatisfechos. Y no me refiero a lo material, o al menos no sólo a ello. Conocemos personas, amigos, amantes, y deseamos hacerlos nuestros cuando se nos antojan ya inevitables para el buen transcurso de nuestros días, sin reparar en sus sentimientos que, quizás, tal vez, sean bien distintos. Especialmente en el amor, esa peregrina enfermedad. Podríamos acogernos al ideal cristiano del amor altruista y solidario, ése que sólo busca la felicidad del otro. Pero no. De repente entra en nuestra vida, como un torrente brusco de sonrisas, esa mujer que promete, en cada uno de sus gestos, en su caminar de diosa niña, en su dialogar de niña hembra, en su desordenar la atmósfera hembra de nuestras fantasías, el jardín de aquel Edén que relatasen los antiguos escribas. Y, al momento, deseamos agotarla entre nuestros brazos, como haríamos con una copa de vino de esas que, en vez de a la charla y la calma, invitan al silencio crepitante de la actividad carnal.

Nunca podreemos poseer lo que en la mujer (y de la mujer) codiciamos. No es nuestro, y debería bastarnos con la fugacidad de un beso de cordial saludo, la silueta de una metáfora que cante su esplendor, o la contemplación sosegada de su trazo inabarcable. Pero deseando acariciarla, tocarla, tomarla, poseerla, agotarla en nuestra garganta de sed y apetito, desbaratamos la perfección exacta de su belleza. 

Soy consciente, muchas veces así lo aseguro, de que la belleza no debe ser patrimonio de nadie, que no hay persona que ostente el derecho de apropiarse su moneda de gloria eterna. Quizás así lo entendía también la anciana librera de Aix-en-Provence, y por ello dejaba aquellas vitrinas abiertas, cual tentaciones bíblicas, para que todo el que lo desease pudiese descansar, entre las manos, el tedio de años y tinta de aquellas memorables obras literarias sin sentir la comezón ebria de la apropiación indebida. Y no le faltaba razón, sólo esa tranquilidad podía permitir que invadiese de cáncer venidero su breve imperio de letras ajadas, con el humo de su cigarro. 

Aquella mujer, hoy lo comprendo, cultivaba un comprensivo y benévolo talante que estaba por encima del bien y del mal. Pero, uno, a estas alturas de la vida, se reconoce ya demasiado humano, y en ocasiones no le basta con asomarse a la esquiva mirilla de la magnificencia. Al contrario, me siento impelido a echar la puerta abajo, desordenar la estancia como lo haría un guerrero sediento de venganza, y tomar entre las manos el objeto de mi deseo, besarlo, devorarlo, ensuciarlo con mi caricia de zarpa y ansiedad, horadarlo con mi torpeza de sexo desnutrido, despejar su ecuación de carne y latido, poseer su vertiente de humedad, hacerlo mío... tal vez así, más que seguir viviendo, pueda morir en paz sabiendo que fue mía. La Belleza, quiero decir.

Los libros, obvio, no los robé. Se me habrían caído con estrépito al cruzar la puerta de entrada, como se me caen las lágrimas de las mujeres que amo, cuando pienso que ya son mías. Mi pericia en el bandidaje queda siempre en entredicho.

martes, 18 de febrero de 2014

arriba, parias de la tierra

La prensa globalizada no deja de proporcionar suculentas noticias a todo aquel que guste de perderse en sus recovecos de tipografía digital o en su desastre de titulares de papel y vacío. Y es así que, en un rincón de ésta, me sorprende la información acerca de la denominada Ciudad de los Enanos (y disculpen que utilice mayúsculas al hablar de tales tamaños humanos, no es sarcasmo).

Resulta que en una ignota provincia de la ignota China, de nombre Kumming (para quien guste de viajar desde casa vía Google Maps o similares), se ha dado vida a un sobrecogedor parque temático en que aquellas personas que no eleven su cabeza más de 1,30 metros sobre el nivel del suelo que pisen obtienen vivienda y alimentación (además de convincente salario) a cambio de realizar, para los curiosos turistas que por allí se dejan caer, teatrales representaciones medievales. O sea, que todos los enanos de la China pueden vivir a cambio de disfrazarse de princesas de cuento de hadas, guerreros de armamentística pericia y en este plan. Las viviendas proporcionadas, eso sí, tienen forma de seta, ya que bajo su cielo de esporas es donde el imaginario popular ha situado siempre a duendes y otros seres de mediada estatura. 

Hay quien hace pública repulsa de tan vil explotación del ser humano por el simple hecho de haber nacido con una talla inferior a la del común de los mortales. Pueda ser, aunque los visitantes del citado parque temático no lo consideren así y los asalariados del mismo encuentren allí un modo de vida que les permita malgastar la misma sin carencias.

Fue en Madrid, al filo de las afiladas festividades navideñas, que asistí a un despliegue publicitario que me dejó ciertamente turbado. En una de las más sofisticadas zonas de la capital española, un grupo de jóvenes de esos que disfrazan su lozanía tras onerosos logotipos y bajo peinados de alta costura, escuchaban con atención las indicaciones de quien parecía ser su empleador para un trabajo, digamos, curioso. Sobre su previo disfraz de ropa cara, cada uno de los jóvenes debía vestir una aparatosa armadura que semejaba un smartphone con su apelativo comercial bien visible. Los jóvenes coreaban cada una de las proclamas comerciales que el empleador les increpaba como si de los tantos marcados por su equipo de fútbol se tratase. Y algo de fútbol había en el tema. Finalizada la arenga me acerqué a una de esas jóvenes, y pude saber de su boca (cuyo delicioso trazo quedaba destrozado por una dicción cargada de alargadas eses como perdidas en el chicle que no mascaban sus dientes) que el trabajo que se disponían a realizar consistía en anunciar las bondades de un parking privado que, por sólo 5€, permitía a los clientes estacionar su utilitario desde una hora antes hasta una después del futbolístico encuentro de turno. 

Lo del disfraz de smartphone no me quedaba claro. La chica tampoco iluminó mis dudas (tan deslumbrada estaba ella por su propia y débil deriva mental). Sólo supe que a ellos (jóvenes trabajadores), la empresa patrocinadora les recompensaría sus horas de trabajo con un teléfono de última generación. Brotaron en mi mente obtusa, como por generación espontánea, viejas y olvidadas proclamas que hablaban de la dignidad del trabajador y cosas por el estilo. Y digo olvidadas porque hace tiempo que un servidor atribuyó al trabajo remunerado su justo lugar en el mundo: las cloacas.

Resulta que los enanos de China tienen una oportunidad de ser empleados a cambio de vestir armaduras medievales y poner en escena coreografías perdidas en las páginas de aquellos cuentos de hadas que nos enredaban las noches a quienes comenzábamos a hallar en la lectura el cruce de caminos perfecto para la imaginación y el sentimiento. Y a nadie gusta. Y muchos denuestan tal abusivo empleo rememorando la sacrosanta dignidad del trabajador. Pienso en la verdadera talla de los enanos chinos, ésa que les hace olvidarse de falsas dignidades e hipócritas elogios y les ayuda a vivir en paz, bajo su seta de ladrillo, saliendo de tanto en tanto para enfrentar con orgullo la mirada de los gigantes que hasta el parque temático acercan a sus retoños para disfrutar las horas de asueto, tras una semana herida por traumáticos horarios laborales que les permitan adquirir una televisión más grande para ver el partido de fútbol, o un automóvil más caro que puedan estacionar en algún parking mientras trasiegan cerveza al albur del fervor futbolero, por ejemplo.

Pienso que, en ocasiones, es grato sentirse pequeño, aunque sólo sea por lo económico, como es el caso de los enanos chinos. Yo, por ejemplo, en el amor (que aunque no siempre se monetiza, sí que es, invariablemente, la gloriosa calderilla que permite alimentar al corazón) no dejo cada día de sentirme pequeño. Y a veces me observo, desde mi ínfima estatura, en la mirada altiva y valiente de una mujer. De ser el amor un trabajo, tal vez, habría perdido mi dignidad, frente a esa hembra que me emplea en sus actividades de saliva y nervio. Pero como aún nadie ha firmado contrato alguno por perecer entre unos brazos hembra, me siento orgulloso de ser un enano con disfraz de caballero andante... a pesar de no disponer de un smartphone con que fotografiar su sueño de ropa ligera y piernas en fuga hacia el deseo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

el sombrero de William S. Burroughs

Paseo días de escarcha y hormigón mientras las calles de la ciudad me pasean como un invierno de cuchillos. El tañido del viento acompasa mi caminar como un réquiem pertinaz. Y arriba, donde suponemos fraguan los pensamientos, en la azotea mínima y voluble del cráneo, estos días, me resplandece una herida de amor y miedo. Paseo mi herida, por la ciudad, como si de una alopecia hambrienta se tratase. Es la calvicie, que reclama su tierra de oro y nada para erigir un imperio de transparencia, digo a quien me pregunta.

Los vientos norte y febrero de un invierno insidioso juegan ajedrez, estos días, en la promesa de tiempo perdido de mi calvicie, y yo recuerdo la testa luminosa y ciega de William S. Burrougs, que nació un día como hoy, hace ya exactamente 100 años. Podría haber sido un 3 o un 7 de enero, qué sé yo, pero fue un 5 de febrero, en algún punto inconcreto del Estado de Missouri, en los EE.UU.

William S. Burroughs, cortesía de "la red"
Y hoy, mi cabeza abierta al hachazo de vendaval y comercio del invierno madrileño, hoy, 5 de febrero, ya digo, recuerdo a William S. Burroughs y siento pudor de mi herida, noto que escapa de ella una tormenta de arquitecturas hembra y miel, una deflagración de cabellos perdidos en la hoguera de los dedos, un improperio de labios como veleros sin timón, un estallido mudo de lágrimas desorientadas que, al fin, saben a vientre y limón... y temo tiznar la ciudad con una hemorragia de risa, amor, sexo y melancolía. ¡Qué le vamos a hacer!, uno, de vez en cuando, como los gobernantes, también piensa en sus conciudadanos y prefiere ahorrarles el espectáculo de guiñol y llaga de su amor. Por eso, hoy, la herida de mi cabeza, mi calvicie tenaz, me resulta molesta y temo que, sin desearlo, dañe a los circundantes. Es entonces que comprendo a Burroughs. Porque él ocultaba la transgresora espesura tipográfica de sus ideas bajo la nube de fieltro y elegancia de su sombrero. Así podía caminar las calles como un educado caballero de clase media. A mí, hoy, sin el sombrero de Burroughs, se me ven las ideas, y son demasiado violentas, obscenas o sinceras, para el que se tope con mi deambular madrileño.

Parece que le sangra la cabeza, me dice un transeúnte. Despreocúpese, es la calva que hoy ha amanecido púrpura, como el corazón, respondo yo, para evitar alarmismos.

Me enredo, disculpen. Sólo pretendía homenajear al escritor norteamericano el día en que hubiese cumplido 100 años. No voy a hacer alabanza de sus letras, tan demoledoras, incautas e incomprendidas a pesar de agasajadas. Sólo quiero decir que hoy, cuando la cabeza me sangra aromas de mujer por una herida con femenina silueta de calvicie, descubro por qué Burroughs nunca se quitaba el sombrero: no quería asustar a los paseantes con su carnicería de sensaciones límite esculpidas a la sombra de la lucidez políticamente correcta. Una vez se quitó el sombrero, en Tánger, y de éste brotó la obra que le haría inmortal: El Almuerzo Desnudo. Es comprensible: cualquier calleja del zoco de Tánger es más abigarrada, bizarra y desmesurada que las ideas del propio Burroughs. Durante unos días la ciudad marroquí le proporcionó cobijo, mayún y cuerpos adolescentes, y él volcó en papel lo que habitaba el tullido mapamundi de fieltro de su sombrero. Simplemente eso: la importancia del sombrero de Burroughs, llevó a un servidor: a escribir Los Cuadernos del Hafa y narrar en sus páginas sus vivencias tangerinas, mientras frecuentaba al matrimonio Bowles y naufragaba en los guateques de orgía y THC de la jet-set; a recuperar la maltrecha figura de Brian Jones, líder primigenio de The Rolling Stones; a explicar los motivos de su misteriosa muerte y, de paso, la de toda una época cultural y creativa; a anudarlo, todo, a las alegrías y pesares de un puñado de marroquíes y algún que otro extranjero...

A Burroughs: feliz cumpleaños y... gracias por todo lo que (sin saberlo) me has regalado. Aunque hoy te envidio la elegancia de ese sombrero que, de ser mío, podría esconderme la herida. Creo que la literatura se organiza mejor bajo un sombrero. Yo, sin sombrero, pierdo las ideas. Las palabras brotan a borbotones escarlata a través de una herida con suturas de alopecia, y quedan irremediablemente desestructuradas en su precipitado huir por las avenidas metropolitanas del viento.

viernes, 24 de enero de 2014

el extranjero

Que esa desmesurada nación que da en autonombrarse líder mundial (los Estados Unidos, o sea) aviva un crisol de vidas y vivencias tan amplio como extravagante, está fuera de toda duda. Por ello acuden los noticiarios patrios a las agencias de prensa norteamericanas, cuando carecen de novedad con que llenar el vacío informativo que provoca la provocativa ocultación premeditada de los pornográficos latrocinios de El Mercado, la peligrosa deriva del Gobierno hacia pitecantrópicas actitudes predarwinianas, la vergüenza de una población más muda que un protagonista de cine ídem,  y un largo etcétera que ya nos atraganta a más de uno la gana de seguir viviendo en España y nos hace dar el salto definitivo que nos convierta en inmigrantes ilegales.

De tal desesperada búsqueda surge una, en principio, cómica primicia. Resulta que en Kentucky (¡qué sonoridad!), hace unos días, un preso de 41 años (la edad es importante) logró burlar las estrictas normas de seguridad de la institución penitenciaria en que cumplía condena por robo y falsificación documental. Hasta aquí todo normal, si de alguna libertad gozan los presos es de la de poder soñar con ella. El cautivo se liberó y así permaneció (libre) durante casi 20 horas. Resulta que más tiempo no pudo pasar en el exterior, las temperaturas en la zona rondaban los -20º, y el infortunado fugitivo decidió reingresar, por propia voluntad, a la cárcel de la que había escapado horas antes.

Vivo estos días en Marruecos, donde me acunan abrazos de vendaval y arrumacos de borrasca. O sea, que el país del norte de África se ve azotado por una gélida temperatura a la que uno (ya dije que la edad es importante) no comprende cómo adaptarse. A pesar de ello, el espantajo desvaído de mi figura despieza el empedrado con sombras de extrarradio. Mientras los marroquíes me acribillan con pupilas de óxido y tiempo detenido, yo merodeo las menudencias de relojes que se deshilachan en ternura de minutos perdidos, caminando sin rumbo ni prisa, sin motivo ni propósito alguno más allá del de permanecer en movimiento.

En ocasiones me invade una suerte de saudade de saldo y me pregunto por qué viajar, para qué sigo viajando, qué obtengo de aquí o de allá, si sólo logro sentirme El Extranjero. No somos pocos quienes acudimos cual tropa de Ulises a la ebria llamada de sirenas que habitan no sólo mareas sino también selvas, arrecifes, cadenas montañosas, pueblos, ciudades, poblados, metrópolis. Recorremos los senderos que otros hollaron pretendiendo descubrir ocultos caminos de migas de pan que devoramos como si en su dieta de esponja habitase la pócima de la eterna juventud. Creemos apurar la vida mientras es ésta quien nos consume a nosotros. Es por ello que, a medida que los años desnudan su vendaje de momia recién nacida, comenzamos (al menos, tal es mi caso) a elucubrar con la posibilidad de un hogar. Anhelamos regresar a casa, a alguna casa.

Marruecos, ya decía, es frío estos días, y sus calles son revuelo de chilabas y multicolor aguacero de babuchas, las voces de los imames colorean el cielo de Allah con tormentas engendradas por un Van Gogh africano, los minaretes se esfuerzan por hacer cosquillas a una manada de nubes ansiosas de vegetal condumio... Es por ello que decido emprender nuevos caminos. Lamento reconocer que la temperatura (al menos a mi edad), cuando juega en los sótanos de los termómetros, se torna ingrato recreo del que deseo huir, como cuando regresaba a aquellas aulas en que aprendimos que incluso las palabras duelen (además de a despejar de raíces las raíces cuadradas, descubrir que la caída de una manzana tiene burda belleza de ecuación, o cosas igual de inservibles para eso que llamamos vida). Pero ademas de abandonar el frío, reingresaré (al menos, temporalmente), como el recluso frustrado de la noticia, a mi cárcel favorita, la que unos llaman amor, otros sexo, y yo no logró discernir qué porcentajes de ambas contiene al nacer de su dulce cópula. O sea, que es lo mismo, el amor, ese presidio.

Así, a mí, como al preso de Kentucky, me vence el frío, y anhelo ya reingresar en la celda infructuosa de la pasión. Encerrarme tras los inquebrantables barrotes de su abrazo de metal y promesa, ingresar a la mazmorra húmeda de su voz de lluvia, cumplir condena por hurtarle un beso procaz o por rebanarle, con daga de filo de orgasmo, el cuello a la madrugada, confinarme tras los muros de una celda que la argamasa dúctil de flujos, caricias, susurros, dientes, dedos, cabellos y saliva tornaron inexpugnable.

Lo sé, no seré allí tan libre como cuando viajo y mis decisiones trazan el camino, cuando soy El Extranjero. Pero ahora, ya digo, en Marruecos hace frío, y tras las rejas del amor, aunque carezca de libertad de decisión, sé que hay una temperatura de labios. Allí, ella caldeará mi piel marchita con su valiente frazada de sonrisa, y refulgirán como fusibles sus divinos barrotes de cuello, cabello y pubis.

Deberíamos hacer caso del de Kentucky, quienes nos creemos más libres por andar siempre de viaje. Parece ser que dijo, a su regreso al penal: "... en la cárcel, al menos, no me moriré de frío..."

lunes, 13 de enero de 2014

perder los papeles

Ondeaban banderas rojigualdas cuando los héroes balompédicos de la piel de toro cosechaban éxitos por cuyas cañerías corrían desperdicios de insensatez y vacío. Ondeaban revolucionarios trapos que se pretendían ladrillos de ese futuro que debíamos comenzar a reconstruir los españoles. La selección nacional de fútbol demostraba al extranjero la fiera garra del hispano, allende los mares, mientras en plazas y calles una manifestación silenciosa de rabia indignada reclamaba las migajas del banquete de los poderosos. Luego llegó la Navidad, yo regresé a esta tierra que me vió nacer, y tragué el infortunio de contemplar la Puerta del Sol madrileña, y aledaños, tomada por una horda de sonrisas embriagadas de consumo y me da igual. Eso sí eran manifestaciones, y no las del 15M. A pesar de latrocinios y regresiones a tiempos pretéritos de los que quizá nunca supimos salir, los españoles celebramos la orgía de confetti y envoltorio cobalto de la santa Navidad y la sacrosanta moneda, y apartábamos la mirada del machetazo negro y sabroso que decora el ébano evanescente de aquellos inmigrantes que se dejan manos y alma en unas cuchillas diseñadas para afianzar nuestra identidad nacional, allí, al otro lado del Estrecho de Gibraltar.

En esas mismas fechas, los gobernantes hispanos, demostrando que el hombre es un lobo para el hombre, rebañaban el plato de ignominia y decidían que cualquier español que permanezca más de 90 días fuera del país, perdería uno de los pocos derechos que pueden hacerle sentirse orgulloso de haber nacido en tierra hispana. Como ya ocurrió a todos los inmigrantes sin papeles, el desafortunado viajero del extrarradio nacional perderá el derecho a la asistencia sanitaria. Así estamos, hasta aquí hemos llegado.

Fue hace años, remoloneando las costas de un Atlántico embebido en negritud, allá donde las arenas del Sahara se confunden con las de unas playas sin sombrilla ni ladrillo, que tuve la fortuna de constatar la existencia de ese término tan cacareado a la vez que denostado: solidaridad. Una ingesta de pescado desorientado en la pecera cálida del mercado me produjo una febril indigestión de la que pensé no saldría con vida. Para mi fortuna, y la de aquellos que decían extrañarme, Ibrahim, un añoso marroquí, me acogió en su jergón de mosca y hambre para, con la ayuda de su silenciosa mujer, proporcionarme hierbas y brebajes cuyo nombre aún desconozco, pero que obraron el milagro de restituirme a la vida salubre. Ibrahim me relató, días después, cómo había perdido todo a manos del ejército marroquí, por el simple hecho de prestar ayuda a un saharaui que se manifestaba contra la invasión que su tierra sufría, desde hacía años. Ibrahim pretendió evitar el súbito mordisco de un cuchillo gubernamental en la piel del saharaui. Por ello perdió varios dientes y un pedazo considerable del sentido de la vista. Además, para siempre, perdió los papeles. Quiero decir que el Gobierno marroquí dejó de considerarle, desde entonces súbdito de su desgobierno, e Ibrahim quedó anclado con su familia a la deriva de adobe de su hogar y al oleaje insensato del repudio social. Perdió la nacionalidad, y aunque le permitieron seguir habitando en El Aaiún, su ciudad de origen, el resto de habitantes de la misma decidió ignorar su existencia para mejor seguir manteniendo la propia.

Resta poco tiempo para que un servidor emprenda de nuevo trayecto hacia el Nuevo Mundo (ahora más nuevo que nunca), y me pregunto que ocurrirá cuando regrese a España y me encuentre sin papeles, como cualquiera de los inmigrantes que pasean su desconcierto de hambre y herida por las calles de nuestra patria. Porque pienso regresar, no lo duden, la patria me reclama, no en enseñas ni banderas, sino en unos brazos de emoción y una sonrisa que sabe a beso: esa patria que recién he comprendido como la única a que debo fidelidad. Espero tan sólo no llegar herido, poder saltar con brío esa verja de cuchilla y odio con que pretenden atrincherar el adocenado sueño de aquellos que aún se sienten españoles cada vez que la selección nacional de deporte cualquiera obtiene nuevos éxitos fuera de nuestras fronteras de miedo y hueco. 

Sólo espero encontrar a un Ibrahim caritativo que se preste a curar los infectos navajazos que porte en mi carne y mi alma. Un Ibrahim desposeído de televisiones de plasma y automóviles último modelo, también, quizás, de trabajo con que alimentar a su prole. Tal vez la industria farmaceútica no haya, aún, extirpado cualquier posibilidad de acudir a remedios naturales o caseros para curar el mal de corazón y el dolor de cabeza, y ese Ibrahim solidario se preste a untarme ungüentos como caricias e infusiones como besos que me restituyan la salud y, de paso, ¡ay!, la fe en el ser humano. En caso contrario, podría perder, una vez más, los papeles, e iniciar una revuelta de sangre y espanto que restituya este terruño allí dónde debió permanecer desde antes de la Prehistoria: bajo las mareas terribles de un océano furioso... como yo, ahora.

domingo, 29 de diciembre de 2013

horizontes lejanos

Las playas españolas, tan elogiadas por norteñas huríes de escandinavos pechos que enarbolan la bandera del cuerpo libre de ataduras, europeos ancianos decididos a jubilar su jubilación laboral trabajando el sol y la espuma mediterránea, británicos estudiantes que a ellas se acercan para mejor emprender el estudio de anatomías entregadas a la efervescencia de drogas, alcoholes y mareas, digo que las playas españolas, a pesar de tan ovacionadas, han sido (y son) denostadas por los gobernantes patrios que, hastiados de su redundancia de crepitante salitre, decidieron hace tiempo redecorarlas extendiendo a sus orillas un turbio tapiz de hormigón armado y ladrillo acorazado que pueda salvaguardar de la marea veraneante de bocata y crema bronceadora a aquellos que gozan de un saneado estatus económico.

Tras el desmadre del ladrillo y el lujo adosado a orillas del temperamento oceánico, decidieron las autoridades, como dijera aquél, desfacer el entuerto, reescribiendo normativas y decretosley para que la arena de la orilla playera retornase a su breve gobierno aguijoneado de sombrillas, esterillas, balones de plástico y residuos orgánicos. A tanto llega el celo de aquellos a quienes votamos, que hasta los típicos chiringuitos playeros se han visto obligados a dejar expedito el alfombrado molesto de la arena. Afortunadamente, ahora les permiten mantener su negociado pero a unos metros sobre el suelo, para que la espuma rubia de la cerveza no se mezcle con la cabellera verdiazul del oleaje, y los chiringuitos se trasladan a las azoteas.

Recuerdo mis playas de la infancia, cuando la marea jugaba a encresparme el cabello y desordenarme los castillos de arena. Pero recuerdo aun más mis playas de la adolescencia, cuando pretendía cocinar al fuego lento de su murmullo de chapuzón y alga fresca aquel suculento pedazo de carne que se me antojaba mi acompañante femenina del momento (qué le vamos a hacer, la adolescencia no entiende de sociologías, salvo si entendemos por tal la psicología freudiana del instinto primordial). No pocas de las batallas en que pretendía, un servidor, derrotar a aquella adversaria de cabellera húmeda y salado paladar que suponía su preponderante objeto de deseo, fueron libradas en el chiringuito de turno, cuando la mar ya hacía costra en la piel y el sol acudía al hamman silencioso del horizonte. Desde el chiringuito, quiero decir, contemplábamos el ocaso y silenciábamos el deseo, como si anduviésemos asistiendo estupefactos a su inauguración.

Todos tenemos una playa. Una playa en que acariciamos senderos de sal como piel de hombro bronceado, en que ahogamos los labios al ritmo de palabras que eran metáfora de la marea cercana, en que perdimos, entre la floresta acuática del oleaje, virginidades absurdas como trajes de primera comunión, en cuya arena pretendimos dibujar silencios con nombre de mujer, en que abrazamos el suspiro último del sol poniente como hicimos con el del abuelo perdido en el poniente de tubos y goteos del hospital, en que manos ajenas decidieron iniciar la navegación de nuestras vidas con la maestría de recortable de aquel barco de pescadores que ofendía la simetría marina del atardecer...

Pero olvidamos, en demasiadas ocasiones, que toda playa tiene un cielo que la acuna y, de vez en cuando, deberíamos alzar la vista a su majestuosidad de aguacero trotamundos. Sólo así, comprenderemos que lejos, donde el horizonte equivoca su destino bermejo, hay otras playas y otras personas que pasean el sendero voluble de su orilla. Personas con las que podríamos compartir el trago salado de la vida a borbotones. Personas que también contemplan, en otra playa, un cielo trufado de sueños y melancolías. Personas a las que, aun estando en otra playa, podríamos sentir que acariciamos/miramos/hablamos aquí, en la nuestra.
 
Yo, personalmente, doy gracias al chiringuito, a cuya sombra comprendí, algún atardecer, que no hay playa sin el vestido de cielo atardecido que la viste de princesa.

Así que, en estos tiempos de descalificaciones hacia los poderes establecidos, aplaudo la clarividencia de esos gobernantes que han decidido subir el chiringuito a la azotea. Sólo así podrán contemplar, sus clientes, el cielo y olvidar por un instante la marea que se marea a sus pies. Sólo así podrán encontrar la mirada de aquel otro que, tal vez en la otra punta del mundo, se asoma al horizonte buscando encontrar de frente nuestras pupilas perdidas en melancolía, para embadurnarlas de esperanza y vida... o viceversa.

lunes, 23 de diciembre de 2013

lujosa pobreza

De joven siempre insistía en no precisar más que llevar una existencia humilde, ausente de materiales que escondiesen lo defectuoso de mis días por entre la eficacia inerte de su tecnología punta. Derramaba, en conversaciones y pensamientos, el vino agrio de mi desencanto ante el consumismo feroz que hoy ya nos muerde sin dolor provocándonos éxtasis de lujuria azul, como los vampiros esos de las novelas y filmes de éxito. Me empeñaba en desbaratar el orgullo monetario del primer amigo que llegaba a la reunión haciendo alarde de su última y flamante compra. Lo hacía siempre con el sarcasmo acariciándome los labios y la insensibilidad hacia la felicidad ajena embarrándome el alma.

Hoy, ahora, cuando la edad muestra su dentadura de rabia caníbal, habito una ciudad que parece un recortable de miedo y hambre. Vivo rodeado de niños que tienen menos noticia de su infancia que los televidentes occidentales de la realidad que les rodea. Paseo entre escombros de vida y lodazales de polvo. Una vida humilde, lo que imaginaba cuando joven. Y, en los momentos en que el optimismo fornica con mi percepción del mundo, me digo que, al fin y al cabo, es un lujo poder ensuciarme los pies en el barro fragante de la pobreza, conocer esos otros mundos que habitan en este.

Tengo noticia, gracias a mis estúpidos brujuleos por "la red", del visionario negocio que han puesto en pie, en mitad de la nada africana, un puñado de personas de esas que gustamos de llamar emprendedoras. Resulta que en Sudáfrica, celebrando que el apartheid simuló migrar a otros latitudes, las cabezas pensantes de la mercadotecnia de una lujosa cadena hotelera han decidido ampliar su negocio con un nuevo establecimiento que recuerde que aún hay pobres negritos que, como los de la canción de Glutamato Ye-Yé, tienen hambre y frío. Y a la vista del éxito que, aseguran, está teniendo el novedoso alojamiento, pareciera que a los adinerados les agrada saberse tales a costa de otros. Me enredo y no explico: han inaugurado en Sudáfrica un complejo hotelero que simula ser una de esas barriadas en que se amanceban moscas, personas y animales que han pasado a ser de compañía a fuerza de cohabitar con la basura, el hambre, la miseria y las aguas fecales que no van a dar a la mar.

A la vista de las imágenes, los apartamentos de dicho hotel parecen estar puestos en pie con la ayuda de calaminas, pedazos de cartón, maderas mordidas por el húmedo paso del tiempo y ladrillos mutilados. Pero, advierten los dueños del tinglado, sólo es apariencia: en el interior de cada uno de estos apartamentos se acumulan con el desconcierto propio del exceso todas las comodidades físicas y tecnológicas que alguien acaudalado pudiese desear: pantallas de plasma, bañeras con hidromasaje, conexión wi-fi ilimitada, camas king-size almohadilladas por el sueño perenne de las plumas de oca, y en este plan. O sea, como que han escondido la yema fragante y nutritiva de un huevo delicioso tras el cascarón de gallina de corral recién defecada y recién parida. Un hotel de lujo disfrazado de miserable suburbio.

Hay quien se escandaliza, e incluso se piensa si abrir una campaña en change.org, o cosas de esas, para pedir el cierre definitivo de tan humillante establecimiento. Yo les digo que no se hagan drama y miren a su alrededor: jóvenes hembras recalculando los límites de su cuerpo entre despedazados pedazos de ropa que simulan haber vestido a 15 mendigos antes de acariciar la piel lúbrica y necia de aquellas que pretenden estar a la última (ropa de marca, claro); bares de extrarradio y aroma a nociva fritanga aderezando vinos servidos en cristal de bohemia; restaurantes caros en que los comensales pagan sólo por el placer de ser servidos platos vacíos y copas sin víscera (no invento, ocurre en un acaudalado país: los clientes se sientan a la mesa, hacen su pedido, y el camarero simula que les sirve lo solicitado, aunque nada deposite en los platos, pero lo hace con estilo, of course); onerosos perfumes que recuerdan los aromas más bravos de la vida campestre: olor a barro, cochiquera, desperdicio; pintura que redecora tu vehículo todo terreno como si hubiese transitado lodazales de bosque y miseria...

No pasa nada, al fin y al cabo, a la última está todo aquel que tenga capacidad para transformar la pobreza en un anuncio productor de suculentos réditos monetarios. Y sí, con sinceridad, les recomiendo con más empeño de lo que lo hacía el maestro Lou Reed, que se den un paseo por el lado salvaje de la vida, aquel en que los pobres son de verdad y te miran desde el hueco vacío de sus ojos asustados. Pueden comenzar alojándose en ese hotel de Sudáfrica, o perdiendo su empleo en una moderna España que mucho se precia de tirar la casa por la ventana en estas fiestas navideñas, o lanzándose ustedes mismos por la ventana de la casa de la que el banco propietario les reclama pago o inmediato deshaucio por haber perdido ese empleo que les permitía alimentar la hipoteca... al fin y al cabo, como en el amar, como en el comer, en el perder y empobrecerse todo es empezar.

Felices Fiestas y, recordando al maestro Berlanga, no estaría de más que las aprovecharan para sentar un pobre en su mesa... no hace falta viajar a Sudáfrica para deleitarse con el exótico aroma a sardina famélica y mosca insurrecta de la escasez, España ya no es tan different

sábado, 14 de diciembre de 2013

nos has nacido


Amaneces al invierno frío de este mundo despejando las dudas de un anochecer incauto, y tu voz desgarra los fulgores de estrellas que no se atreven a brillar para no asustar al cielo.

El hospital despereza el sudor de heridas y lamentos de un día perdido entre vendajes, sondas, goteos y suturas que no quieren decir su nombre. Y tú describes tu presencia con la metáfora quieta de tu llanto primero. Yo, aletargado por el cínico festival de luces agrias de la sala de partos, asisto a tu nacimiento. 

Surges de un naufragio de sangre y vísceras como pétalos de rosas que nunca germinaron espinas, reclamando tu pequeño espacio en un mundo que se precia de regalar a cada uno el suyo. Tu madre te regala el punzón incierto de un dolor de siglos con el que tú decides hacer celofanes de regalo y pajaritas de tiempo.

Afuera, los voceros del apocalipsis continúan su prédica huérfana de esperanza y podrida de futuros que no llegan. Yo, dentro, embadurnado de la asepsia azul cobalto del paritorio, asisto al apocalipsis de vida y milagro de tu nacimiento, hijo, mientras tu madre se desmadeja en arrumacos de lágrima y desvanecimientos de emoción que nadie ya, salvo tú, podrá reverdecer en el pasto breve de las pupilas.

Nos has nacido, hijo. Lo has logrado. Has estrechado tu osamenta de río para verterte en el caudal de miedo y ternura de nuestras vidas, aquí afuera, donde la luz, hoy, es milagro que abreva en tus labios de beso y latido. 

Y ya no somos más una mujer y un hombre porque, al rugir la alarma benévola de tu llanto, hemos acudido prestos al incendio de una nueva vida. 



martes, 3 de diciembre de 2013

perder el rumbo

No precisaba yo de GPS, mapa ilustrado o callejero virtual alguno para orientarme, si no con destreza, si al menos con soltura, por entre los vericuetos volubles, voluminosos y voluptuosos de su piel. Remaba la barcaza de tabaco y café de mi lengua con la justa inoperancia que la llevase a encallar en las profundidades de alcohol y alga fresca de su vientre. Caminaba el redoble mudo de mis dedos como botones intentando coserlo a la piel de tambor inaudito de sus pechos. Perdía el rumbo de reloj fraudulento de mi sexo en los rosales de espina amable y bosque recóndito del suyo. Corría, aceleraba, emprendía la huida inversa del orgasmo sólo para recuperar el aliento al borde de un camino que, para mí, suponía la famosa autopista hacia el cielo que los fieles de cualquier religión monoteísta imaginan en el ascetismo y la represión de aquellos sentidos que a mí me encantaba exacerbar, desordenar, desconcertar, extraviar para, llegada la calma chicha del intervalo amoroso, dar nuevo inicio a su pausado y premeditado recorrido. Nunca perdía el camino. Me orientaba cual extravagante explorador de latitudes ignotas sobre la cartografía de aroma y betún de su cuerpo dispuesto al vuelo... o al desplome, no sé bien.

Podía cambiar de ciudad, de territorio, de cuerpo, sin sufrir colapso alguno, encontrando de inmediato el camino, ése que me descubría el regato ebrio del sudor regando un pubis de verano, o aquel señalado por la erección afelpada y violenta de unos pezones de invierno. Sí, eran otras mujeres. Algunas, tampoco muchas, no se crean. Pero en todas me orientaba yo con la sagacidad felina de un animal hambriento de sacrificios como abrazos y de besos como dientes. Descorría cerrojos como encajes, violentaba cerraduras como brasiers y desmembraba candados de lycra sólo por penetrar el tierno hospedaje de bajura y miel en que descansar mis embates de ávida alimaña. Como en cada ciudad, aunque llegase a ella/s de noche, encontraba de seguro un lugar cómodo en que abrevar mi sueño.

Hace unos días (no sé cuántos, ya saben que escribo como vivo: con retraso), científicos de una universidad perdida en la perdición de avenida y miedo del territorio estadounidense, han encontrado el camino. No han visto la luz de La Fe, ni nada por el estilo, recuerden que hablo de científicos. Sólo ocurre que han tomado entre sus manos la brújula de los descubrimientos cuando ésta señalaba el Norte de alguna verdad inapelable, y han certificado que los recovecos en que se pierden nuestros pensamientos y buenas acciones al recorrer el laberinto terco del cerebro son los que logran que las personas actuemos de determinada manera. En concreto, aseguran que tales recovecos, en el hombre, están plagados de ampulosas esquinas que les obligan a caminar sin perder en ningún momento el sentido de la orientación. Las mujeres, por contra, atesoran un cerebro de floresta y selva recorrido por sinuosos meandros de rivera amazónica. Meandros calmos en que no hace falta más orientación que mirar a un lado y otro del recorrido, por no perder de vista la orilla. Claro que, la mujer, a pesar de su preferencia por recorridos de sosiego y paseo, tiene la virtud de mantener en la memoria cada uno de los recodos en que caracolea el caudal que ha decidido surcar su velero de inteligencia, cabello y aroma. O sea: que los hombres se orientan mejor pero las mujeres tienen superior memoria.

Pues tampoco han llegado, en esta ocasión, muy lejos los científicos del otro lado del charco. Ya pude comprobar yo sus aseveraciones hace tiempo. Como decía al inicio: me orientaba sin más brújula que las manecillas locas de mis manos, la hoguera sudorosa de mis labios, sobre dunas de piel tumultuosa y barrancos de beso vertical. Es sólo ahora, cuando la edad juega a desordenar el pasado, que aquellas batallas del amor se me tornan palimpsesto abarrotado de pieles femeninas, más oscuras unas menos rugosas otras deliciosas todas a las que, lamentablemente, en no pocas ocasiones, no logro poner rostro. Seguramente ellas recuerden el torpe bostezo de fiebre que cincelaba el orgasmo en el más imbécil de mis rostros, y yo no haya hecho más que perder el camino, a pesar de lo que dicen los científicos. Porque a pesar de que considero que el rumbo de mi dermis siempre ha sido firme quizás haya perdido, por el camino, entre otras muchas cosas, la poesía cruel de la sonrisa y el gesto.

Sí, yo conservo recuerdos, pero ellas conservan la memoria. O, como decía el poeta: "el rumbo de tus sueños coincide con mis pesadillas".

jueves, 21 de noviembre de 2013

el Arte mata


lo lamento, no hay fotos, google gmail y su p. madre se me rebelan... quedan los textos

Me sorprende, de nuevo, eso que llaman "la prensa", con una noticia, cuanto menos, inquietante. Resulta que una docta pianista enfrenta una posible pena de 7 años y medio de cárcel (ese conglomerado de rejas sin sentido tras las que pululan vidas adocenadas en ausencia de ídem) por realizar su trabajo (sí, he de insistir: el Arte también es un trabajo, ni con veleidades de creadores poetas nos libramos de tal lacra) durante 40 horas semanales (menos de las que deseasen los patrones) y contaminar acústicamente la vida de una sufrida vecina de corredor y aroma a puchero rancio y por favor no me podrías dejar un par de huevos que se me han terminado (más en estos tiempos que corren, cuando más bien desearían descansar eternamente).

La vecina alega sufrir trastornos psíquicos debido al volumen con que la pianista aporrea su instrumento de delicadeza y temblor. Exceso de decibelios en los dedos de la pianista y en la psique maltratada de la sufrida vecina. Horrible es el ruido, cierto, no seré yo quien lo niegue. Afortunados somos de gozar de un sistema judicial que hace honor al origen de su nombre: justicia.

Recién inauguro, de nuevo, las calles de un Madrid abandonado a los rescoldos de la basura rescatada del despido colectivo y la cacofonía ebria de las alcantarillas. Recién he aterrizado en una ciudad sin nombre que, hace tiempo, un día ya lejano, me enseñaron a pronunciar con Z final para reivindicar su gesta de revuelta cultural de recién nacido amoratado. Luces navideñas que esperan el escopetazo inicial que anuncie la apertura de la veda consumista, dejando descalabrado, descerebrado y sin vida inteligente a más de un incauto transeúnte. Y a la vereda satinada de las tiendas de supuesto lujo y los restaurantes de postín, jaurías de ciudadanos abigarrados de celebración inconsciente y brebaje bien dispuesto, brindan y festejan en alta voz y desmesurado griterío incognoscible las bondades que el buen Baco quisiese ofrendarnos hace ya siglos, mundos, vidas. Los perros pasean a sus amos y se escandalizan con esa sensibilidad canina de la que carecen aquellos que se creen con suficiente raciocinio como para convertirlos en "animales de compañía". Venerables ancianas de falda plisada y sonrisa erecta ajustan el volumen del aparatito que les permite escuchar los cariños falsos de sus nietos en busca de aguinaldo. Operarios de la limpieza ciudadana inician la recogida mugrienta de basuras y ramas de árbol suicidadas antes de tiempo, armados de instrumental tecnológico que, por tecnológico, justamente, no se ha terminado de desprender de su caudal de ruido: sí, ahora no se limpia las calles a escoba, se usan herramientas que a no pocos nos recuerdan aquella película de serie Z que anegó en pesadillas nuestros sueños: La Matanza de Texas, creo recordar. Es bueno, eficiente, limpia más rápido, menos operarios barriendo las calles, menos salario desperdiciado entre los desperdicios de aquellos que nos limpian el culo.

Paseo las calles más in de una ciudad en ruinas de miradas y paseos que no saben si van a dar a la mar (que es la muerte, por si alguno no cogió, cuando niño, la metáfora de Manrique). En su asfalto refulge la luz vomitada por las galerías de arte en que han decidido convertir los centros de mercadeo y avaricia en que dicen vendernos la felicidad. La luz no es tan molesta como la polifonía ebria con que los altavoces, desde su interior, vomitan música inerte y ofertas de mucha enjundia. Vibra el enladrillado. Los transeúntes sonríen y miran las ofertas, toman nota mental de los regalos de Reyes con que agasajarán a las personas amadas.

Regresan a casa, supongo, a preparar cenas y viandas en que el tropel de exabruptos de la festividad que nada festeja inundará en decibelios las noches de la capital. La vecina pasará, pasada la medianoche, a invitar una copita de champán y un pedazo de turrón del duro, y el griterío traspasará el umbral de la vivienda ajena entre abrazos y risas que quieren desencajar el enladrillado monótono del edificio y el alicatado grisáceo del cielo. Después chispas, petardos, cohetes, tan hispanos, tan de aquí, vaciando de coherencia las mentes y los burbujeantes vasos de los festejantes. Ruido. Ruido navideño, como el de Semana Santa al paso de los pasos de las doloridas figuras de escayola de un pasado sin memoria, como el de las Fallas levantinas falladas de sobriedad y sueño, como el de las tamborradas aragonesas en que criasen su ausencia de oído Goya, Buñuel, y más de un vecino calificado en otros lares de corto, desnutrido, tal vez deficiente.

Somos un país de ruido y mugre, un espantajo de celebraciones futboleras hasta las mil de la madrugada y mañana no es preciso que vengas a trabajar, que tu jefe celebraba contigo la victoria de "la roja". Somos un lodazal de miedo y voces vacías ante la injusticia que no nos atañe porque no nos zarpa el bolsillo de moneda y relevancia en que pretendemos poner a resguardo nuestros caudales.

¿Y el Arte?, ¿dónde queda? Siempre a la orilla del cierzo remoto que nunca nos revolverá el cabello de los pensamientos y el alma. El Arte es molesto cuando lo es: porque hace ruido, porque es molesto, porque no se adapta a la caliginosa floritura de oquedad de unas vidas que pretendemos rellenar de confetti y fiesta. Celebremos pues, y la pianista... ¡que cumpla condena por arañar con las cuerdas de su piano inútil la costosa tapicería del sueño de su vecina!