domingo, 26 de abril de 2015

la espalda del mundo (y 2)

Abandono el lecho de ocio y siesta en que no tú no te has acostado, y me siento desorientado por el desorden de los relojes y el fragor de las sábanas revueltas. En la cama, cual fósil de reptil o cuchillada de traidor, el sarcófago fugaz de mi erección insatisfecha. Un sepulcro que, lo comprendo al mirarlo, busca los huecos tuyos en que hizo guarida y que hoy, ahora, no dibujan de humedades esta cama.

La siesta, a pesar de saludable e hispana, no termina de sentarle bien a uno. Claro que, la salubridad que los estudios científicos otorgan a la siesta, alude a una brevedad que el español de a pie, y yo con ellos,  no le otorga. Un breve descanso, como intervalo noctámbulo de las excesivas horas de luz, y no lo que por aquí solemos llamar "una buena siesta", ese dormir sin solución de continuidad, con la premisa equívoca de que no existe el mañana. Servidor, por más que haga pública denuncia de no pocas costumbres patrias, en lo de la siesta, cuando la oportunidad lo permite, peca de nacionalista. Y así me ocurre, que despierto de la siesta como un pirata ebrio de ron barato, y acabo conduciendo al desastre a la tripulación de mis deseos, en vez de a la Isla Tortuga, que es donde podrían gozar los placeres del ocio y el descanso.

Despierto desorientado, ya digo, y luego no sé qué hacer con el resto del día. Paseo el breve tablero de ajedrez de la casa cual alfil condenado al exilio, y no acierto a calentar bien el café, ni a presionar las teclas correctas del teclado con que escribo naderías como esta que están leyendo. Al final acabo repasando las noticias, sólo para colegir que este mundo lleva ya demasiada carga a sus espaldas. Las noticias, ese anaquel de latrocinios y exterminios que deberían finalizar en el país en que habitaba nuestro amado Peter Pan. Pero es que, últimamente, no paso de la sección de política, cafre que es uno. Luego intento, de nuevo, escribir.

Obra de Jean Loup Sieff, cortesía de "la red"
Hoy, por pereza o negligencia, ya no sé bien, tal vez porque contemplé durante demasiado tiempo la cama sin encontrar la postal turística de tu piel, he acudido al teclado y he comenzado a visionar, de nuevo, las fotografías que tomase, hace años, Jeanloup Sieff. Ya lo dejé dicho: tenía un libro suyo, gran formato, buen papel, exquisitas reproducciones de su obra, que perdí en el naufragio de los exilios y adioses. Y añoro la iluminación de crepúsculo con que el fotógrafo francés supo revelar escalofríos, en la piel de las mujeres que expusieron murmullos de sangre a su mirada de gran angular y grano exacto. Mujeres que colorearon las mil fantasías de mi adolescencia con el glorioso blanco y negro de sus cuerpos. Que la luz es escondite de sombras, me lo descubrió Sieff a muy temprana edad. Que la sombra es vértigo de luces que se suicidan desde los rascacielos de tu espalda, sólo tú me lo enseñaste. Pero no puedo dejar de admirar las fotografías del genio francés, una y otra vez asimilar el gran peso que la espalda de la mujer carga, desde tiempos inmemoriales. Sólo la mujer puede alardear de fortaleza. En su espalda, el peso del mundo, todas esas noticias de vergüenza e indignación que antes repasaba por entre la selva de píxeles de la pantalla. La mujer carga con las penas del mundo, insisto. Pero, también, la mujer, y sólo ella, con una fuerza que no es de este mundo, muriendo su espalda, muestra la ligereza de que están hechos los sueños... al menos los míos. Creo que también los de Sieff. En caso contrario no hubiese empleado, con tamaña maestría, los contrastes, a la hora de retratar a esas mujeres que dan la espalda al espectador para mostrarle que su fortaleza también está hecha de pasión ligera como manzana a medias o luna de beodo. 

A pesar de que la frialdad de la pantalla informática no logra transmitir la efervescencia agreste de esas mujeres que retrató aquel poeta del diafragma, voy pasando imágenes y me apetece, de nuevo, subirme a tu espalda para comprobar que también puedes soportar mi breve peso. Rechazo el descanso que ha de proveer la siesta, y me apetece volver a la cama, para retomar el sueño de tenerte en ella, tendida, boca abajo, despertando gemidos a la almohada, sorprendiendo arañazos en la piel algodón y sueño de las sábanas, desarreglando la horizontalidad del catre con la locura vertical de tus besos más profundos, contemplando cómo, mientras, aligeras el peso del mundo con la cartomancia húmeda de tus manos, que ejecutan entre sus dedos trucos que son milagros en que resucitan gemidos y lágrimas de deseo.

Me gusta cuando te acaricias, amor, incluso si me das la espalda, porque en ella habita un mundo, el mundo, y sólo en ti finaliza como debiera este que vivimos y, sobre todo, sufrimos. El mundo sin ti, hoy, tiene tan poco sentido como la siesta. Ahora comprendo que tienen razón los científicos (por algo son científicos, aunque tengan que huir del país), y que, una vez más, lo típicamente hispano se me atraganta: debo hacer más cortas mis siestas, aunque eso me obligue a ver en televisión las noticias sólo para comprender que el mundo me da la espalda. Llegados a este punto, antes que renegar o contrariarse, lo mejor será bajar la mirada.

martes, 31 de marzo de 2015

párrafos hambrientos

"¡Por los clavos de Cristo!" exclamaba mi abuela, cuando pasaban por televisión aquel anuncio de desodorantes en que una aguerrida valkiria hacía desaparecer entre el pelaje procaz de sus pechos las plumas y espumas de una marea que parecía ir a despegar hacia los cielos de una soleada Estepona (queríamos imaginar, por soñar que no quede, que la actriz del anuncio era una de las veraneantes teutonas que trufaban de libérrima impudicia la Costa del Sol). Desaparecía, también, ente la sinfonía húmeda de aquellos pechos, la nota discordante del sudor axilar... que al final se trataba de un anuncio de desodorante, no lo olvidemos. Me preguntaba yo, entonces, qué tendrían los clavos de Cristo que tamaña reverencia imponían a la madre de mi madre. Tal vez sólo reminiscencias de parroquia rural domingos y fiestas de guardar según ordenanza municipal o episcopal que, al fin, entonces (y ya casi ahora, háganme caso), la misma cosa era. Evidente que mi genética había perdido por el camino tamañas reverencias celestiales. Uno era (y continúa siendo), en exceso, primario: nada se me antojaba más celestial que aquellos gérmanicos pechos de la chica del anuncio.

La veneración de mi abuela hacia los dardos de metal que acribillaron las muñecas y tobillos del Cristo, supongo, se ubicaba en una necrofílica pasión por la leyenda que, creo, deberían estudiar los antropólogos para mejor catalogar al hispano de a pie. No se sorprendan, hablo en serio. Sólo debemos acudir a los noticiarios estos días para corroborar lo que expongo: parece que se han hallado, al fin, los huesos de Miguel de Cervantes. ¡Aleluya! Los hay que piensan que es orquestada propaganda electoralista. Otros prefieren pensar que aún anida un ánimo cultural en el animal que anima el ánimo del desgobierno. Yo no sé, dudo de todo, cual Descartes de taberna y, tras tomarme un tercio de Mahou, pienso en García Lorca y deduzco que la necrofilia tiene sus propios tiempos. O tal vez sólo sea cuestión de digestiones. Y me explico: aunque a mí se me atragantase la deglucción, a temprana edad, del Quijote, como se me atragantaban las espinas del gallo que mi madre me preparaba porque hay que comer pescado, no me ocurrió igual con los versos de aquel poeta que se nos perdió en Nueva York antes de hacerlo en la fosa anónima de un sendero rural. Otros, los que ostentan el poder, tal vez anden aún intentando digerirlos. De ahí la espera.

Yo, estos días, por abundar en la necrofilia,  sólo pienso en crucificarte a una cruz de sábanas revueltas para mejor devorar tus entrañas hasta que rompa, en el tierno dique de tus huesos, el oleaje sin norte de mi dentadura. Comerte, o sea, y escribir versos caníbales a la luz de una luna que no se atreve a asomar el rostro. Y es que ya he saboreado el rosa teñido de fierro en que fallecen tus piernas, el metal color de lirio en que se momifican tus besos, el trigo enhiesto de aurora al que sucumben tus axilas, amor, muchas veces que hoy son apenas nada. Por eso deseo roer tu piel de queso delicioso hasta llegar al gruyére sorprendido de tu osamenta. Necrofilia hispana, qué le vamos a hacer, los genes no engañan.

Cuentan que Cervantes perdió una mano en la batalla de Lepanto. A nadie parece importarle. Lo único destacable aparenta ser la otra mano, la que le quedó para escribir el Quijote, aunque a tantos se nos atragantase. Esa otra mano, suponemos, es la que han encontrado los científicos que no salvarán el cáncer pero reverdecerán la literaria gloria patria. Por eso hacen bien las autoridades empleando los caudales públicos en limpiar de tierra y edad esos huesos que dieron lustre a la lengua que hoy hablamos. Y yo, al final, va a resultar que no soy distinto de tantos recién inaugurados amantes de la prosa del célebre manco. Así, hoy que no logro encontrar la palabra adecuada, regreso en busca de la lírica perdida al andamiaje mortal de tus huesos, como si fuesen éstos nacimiento de Ganges o alunizaje de Apollo 11. Tal vez lo sean, porque lo que muere en tu cartílago es el fulgor certero de mi orgasmo, la manifestación silenciosa de mi plasma, y pienso acudir en día de elecciones a votar por ti aunque no aparezca tu nombre en lista alguna, ya habrá tiempo, que el español tiende a la necrofilia, ya lo venimos explicando.

Claro que si el dinero empleado en la busca y captura del padre de las letras hispanas lo hubiese sido en dar de comer a la mano que la escribe hoy en día otro gallo nos cantaría. Tal vez así mantuviese yo más ocupadas las mías, y sus dedos brotarían más párrafos, y no pensaría que escribir es más improductivo que amarte. Por eso, puestos a elegir huesos, prefiero los de la mano perdida que es, al fin, esa con que muchos pretendemos seguir delineando palabras que sorprendan al futuro. Porque en Cervantes sería, posiblemente, como en mí, la que se encargaba de alucinar mareas en el cuerpo de la amada, mientras arañaba y roía, con la única intención de disponer a la vista y a la mandíbula, el eterno osario de un beso.

Que la cultura no habita en los huesos del que la escribe. Que habita en sus páginas, y para eso pasa la vida ensuciándolas de belleza, es algo que hoy comprendo, mientras pretendo hallar la palabra en el filo de beso de tu pubis, bien limpio de piel, ya en los huesos. Igual con la religión, que no hace guarida en los clavos que apuntalaron por siempre el negocio del cristianismo. Igual, tal vez, espero que no, con el amor, que no es tratado de hambre salvo cuando te devoro. Que si la mano de escribir no sirve para ganar el sustento, mejor emplearla en violentar tu carne, que eso siempre alimenta.

Así que: bravo por los estudiosos y los que ponen el dinero (ustedes, no lo olviden). Bravo por los huesos de Cervantes y consignémonos, por los clavos de Cristo, ante tamaña proeza. Cervantes aún vive, aunque la mano que en el autor amaba, tal vez, nunca lo sabremos, quedase perdida en los mares de una batalla. Y es que aquellos dedos se humedecieron en la tinta de un temblor o un beso, para poder después inspirar las páginas que a tantos, desde entonces, han ido inspirando. Mis manos, hoy, las dos, arañan tu piel para más pronto llegar al hueso. Luego, llegada la noche, escribirán frases de nada que en nada quedarán... por siempre.

sábado, 7 de marzo de 2015

Yo, robot

Resulta que uno de esos imperios mercantiles germanos dedicados a la fabricación de automóviles ha decidido dar un respiro a sus trabajadores fabriles. Parece ser que las tareas más repetitivas que aquellos realizaban son ahora desempeñadas por robots. Las cabezas pensantes (humanas estas) del citado entramado empresarial, aseguran que en sus fábricas los robots y los humanos trabajan "mano a mano". Qué majos, los patronos, para que luego digan que sólo piensan en su propio beneficio. Claro, que uno se pregunta por qué no ponen también robots en sus consejos de administración, por ejemplo.

Volviendo al caso, hemos de admitir que se trata de un gran avance, y aunque a pesar de se dispensen nóminas a menos trabajadores (los robots, de momento, no cobran salario), hemos de convenir que estos afortunados podrán desempeñar su esclava labor con mayor desahogo. Ahora trabajan mano a mano con un ingenio cibernético, como en las sci-fi de los 80 y aún. Sólo me queda la duda de qué ocurriría si, en ese mano a mano, uno de los robots perdiese un dedo, un suponer. Los robots es lo que tienen, que en ocasiones pierden piezas y hay que reemplazarlas. Y hasta que eso ocurra, en ese lapso temporal, será difícil para el ya ocioso trabajador duplicar su esfuerzo para que las piezas de los automóviles estén a punto para el atropello, el acelerón, la avería o el embotellamiento de tráfico.

Les parecerá raro, pero a mí, hoy, se me ha caído un dedo. Ha ocurrido de repente, sin previo aviso: se me ha caído un dedo. 
Era el dedo con que pretendía hacerme ver, entre la niebla de tabaco y rock'n'roll de los bares, para pedir a la camarera otro johnnie con limón. Eso ocurría antes de la prohibición, cuando los bares imponían aún sus leyes de tabaco breve y noche eterna. 
Era el dedo con que sumergía los hielos, por añadir agua al veneno, en el naufragio insalubre de la copa adulterada. Eso era antes de la prohibición, cuando importaba el contenido más que el continente y no incomodabas al personal removiendo el cardamomo que incomoda los sorbos al gintonic de Tanqueray.
Era el dedo con que enumeraba las monedas, por ver si me alcanzaban para un litro de cerveza compartido sobre la alfombra sucia y vegetal del parque de los viernes. Eso ocurría antes de la prohibición, cuando lo que tenías en el bolsillo era con lo que contabas y ninguna tarjeta plástica te prometía ilusiones de barra libre.
Era el dedo con que simulaba puntear las cuerdas de una guitarra inexistente, para amplificar la emoción que habitaba en los surcos de ese vinilo que había que tratar con mimo para evitarle la grasa del bocata de foigrass y el asedio del polvo. Eso ocurría antes de la prohibición, cuando la música no se enlataba en bytes de fácil y gratuita descarga dispuestos la urgente digestión.
Era el dedo que humedecía para pasar las páginas de un libro usado por aromas de orín de gato, armario en clausura o librerías de viejo que nada viejo ofertaban. Eso ocurría antes de la prohibición, cuando los libros podían comprarse de segunda mano por un precio asequible y no había que recurrir al ebook con similares propósitos.

Puede parecer que no hacía grandes cosas, mi dedo. Pero era, también y sobre todo, el dedo con que te desperezaba el orgasmo. Y hoy lo he perdido dentro de ti, y ya no lo tengo. Por eso escribo tartamudo y lo que teclean el resto de mis falanges no tiene gracia, ni chispa, ni interés... ni vicio.

Pienso, por tanto, que mejor sería dejar de escribir, y escucharme hablar en silencio, que aún me queda la lengua para redondear el humo del tabaco rancio, para paladear el alcohol de la madrugada, para apellidar con cifras el dinero que no tengo, para silbar punteos de guitarra Neil Young, para moldear versos de poemas en desuso. Lengua con que dar sentido, al fin, a ese gemido ancestral que guardas en tus adentros.

Sí, he perdido un dedo, se me cayó dentro de ti. Pero qué importa si aún tengo lengua con que humedecer su yema para seguir pasando las páginas inéditas de tu deseo.

Pienso en los afortunados trabajadores de la fábrica de automóviles germana (moneda obliga). Si a su robótico compañero se le cae un dedo, ellos podrán darle conversación mientras aguarda su cirugía de soldaduras color carioca y cableado incierto. Porque aún tienen lengua.

Pero qué desdicha la del robot, que carece de lengua con que responder a su compañero, durante las horas laborales, por hacérselas más llevaderas. Eso era antes de la prohibición, cuando aún sabiendo que trabajar es ingrato, podías conversar con humanos que, como tú, tenían más ilusiones aparte la de llegar a fin de mes incluso a costa de pisotear al de al lado.

miércoles, 11 de febrero de 2015

la letra con sangre entra

Los noticiarios nos demuestran, día a día, que la realidad es más monstruosa, peligrosa y terrible que cualquiera de los apocalipsis cinematográficos o televisivos con que decidieron bombardearnos los magnates de la nada, hace ya tiempo, sin pensar ni por un instante en los daños colaterales. Al fin, tales daños, como en la guerra, son los que menos duelen a quien ostenta el poder, o a quien contempla el dolor encerrado tras los barrotes de la pantalla de plasma. Leo estos días sobre las torturas que sufrían/sufrieron/sufren un nutrido puñado de chavales internados en un centro de menores de Almería.

Ocurre en Almería, ya digo: Campos de Níjar que recorriese Juan Goytisolo, cuando aquellas tierras cargaban públicamente el fardo infame de la carestía y el hambre. Hambre que descubría llagas en los parajes lunares de una tierra que decidimos olvidar en un pliegue de esta piel de toro con que cubrimos el latido de un perro rabioso. Pero, según nos explica el poeta en su libro, la dignidad y la cercanía de aquellas gentes hicieron más llevadero su peregrinaje almeriense. Hoy, tal calidad humana ha tornado lúgubre y goyesco lienzo, y Almería se engalana con opulencias de plástico bajo cuyo techado de toxicidad y fruto apócrifo sucumben los nuevos olvidados. Me refiero a esos llegados del Este de Europa, de Latinoamérica, del Magreb o más allá. Los oriundos, por contra, añaden cifras a sus crecientes cuentas bancarias. La miseria ya no es cosa suya. Y, ya puestos, igual da un putomoroterroristajodidogitanorumanomalditovagosudaca que un chaval al que se pretende extirpar violento brote de violencia en un centro de menores, a pesar de que dicho centro deba velar, ante todo, por su salud física y mental.

Micah P. Hinson (cortesía de "la red")
Retorno, estos días, a la música de diafragma y cuchillo de Micah P. Hinson, un treintañero estadounidense que ya cultivaba en su piel, desde aún más tierna edad, las esquirlas del infortunio. El citado cantante, con sólo 23 años de edad, sorprendió oídos y dermis con sus tonadas de daño y desastre. Una voz rota de Tom Waits en paro, cantando su adolescencia de adicciones farmacológicas, su largo periplo de vagabundo sin techo, la torva lesión lumbar que le postró en cama durante largo tiempo... acudan a wikipedia para informarse de los incontables infortunios del bardo. Y a las tiendas de discos (¿queda alguna?) para hacerse con su discografía completa. Lo de wikipedia no es baladí, allí desvelan casualidades como la de que el día en que nacía Hinson, el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan sufría un atentado del que, lamentablemente para la humanidad, salió indemne. Ya ven, hay gente desocupada que puede jugar a entrelazar efemérides para mostrar su resultado en el diccionario global... ¡y sin pedir nada a cambio! El caso es que Hinson ha vuelto a regalarnos una nueva joya sensorial vestida de melodías, tras sufrir un accidente de tráfico, en alguna carretera de nuestro país, que le dejó inutilizados los brazos. Incapacitado para retomar la guitarra, sí pudo retomar la ayuda de un grupo de amigos, y grabó Micah P. Hinson and The Nothing. La Nada, sí, la que debe observar cada noche asomado al espanto de los recuerdos, con la venganza ciega del subconsciente susurrándole tequieros. Pero mucho más que nada es lo que nos ofrece este nuevo diamante musical en que la voz de Hinson se quiebra una y otra vez como se quiebran las esperanzas de muchos iguales, cada día.

Dirán algunos que poco desafortunado es el cantautor que, al contrario, ha cosechado no pocos éxitos al albur de su desgraciado periplo vital. Pueda ser, no lo niego, pero las heridas del alma no hay billete que las restañe, creo. Lo más grave del asunto es que quizás su éxito se deba a lo mucho que gustamos los hombres de las historias de infortunio, siempre y cuando el infortunado sea otro.

O tal vez sea que sólo el que sufre tiene capacidad para crear obras incólumes al paso del tiempo, porque nos recuerdan que la vida no es buena, ni bella. Así, me pregunto si sería factible que alguno de los niños torturados en el centro de menores almeriense vuelque, alcanzada la edad adulta, su trágico devenir en bellas estrofas contra las que el tiempo nada pueda. De seguro que sí. Pero serán, como la poesía de Micah P. Hinson, verbo torturado, palabra acribillada. Aunque, de momento, lo único que pueden escribir esos atormentados chiquillos, si alguien les proporciona la oportunidad, es largas y dolorosas "confesiones" sobre los abusos sufridos, soñando que algún día alguien pueda ejercer su labor una justicia que se hace pasar por ciega para recibir ayudas de la ONCE, por ejemplo.

Disculpen, aún no he terminado. Ventajas de escribir con retraso: recién leo que la Junta de Andalucía ha desestimado las denuncias argumentando que se siguieron en todo momento las normativas aplicables según la Ley del Menor. Tal ley, ya de por sí, es pura antinomia si tenemos en cuenta que no hay más ley para el niño que el libre albedrío y la ausencia de horizontes jurídicos. Pero si consideramos que, además, se permite reescribir con versos de sangre el futuro de tantos menores, deberíamos empezar a aplicarle el nombre que merece, el de esa otra ley por la que nos regimos los adultos: la Ley de la Selva.Y, sabiendo que los trabajadores que ejercían el maltrato en el citado centro de menores no habrán de temer por su futuro laboral, sí podemos proponerles un ascenso recordándoles que hace falta mano dura en la valla de Melilla. Y es que los niños maltratados, si además son negros, tendrán poesía más cruel con que encandilarnos los sentidos... si alcanzan la edad adulta, claro.

viernes, 23 de enero de 2015

la vida está en otra parte

Aseguraba John Lennon, debidamente escondido tras los acordes de una canción dedicada a su hijo, que la vida es eso que te ocurre mientras estás ocupado haciendo otros planes. Podríamos ponernos ténebres y asegurar que al barbado bardo fue la muerte lo que le ocurrió mientras hacía otros planes. Pero nos vemos obligados por la celeridad de los tiempos actuales a darle razón y pensar, junto con ese otro poeta, que la vida está en otra parte. Porque encendemos la televisión para ver las noticias, que siempre ocurren en algún lugar lejano, y asistimos atónitos a la ultraviolencia de una realidad que ha llegado con anticipación para anticiparnos el terror y el vértigo de saber que la vida te ocurre mientras ves las noticias con la intención exclusiva de desacompasar una mala digestión o preparar una merecida siesta. 

Aguerridos antidisturbios irrumpen, porra en mano e indumentaria Mad Max ocultándoles la nada del salario bien ganado, en una vivienda (una más) que ha de ser desalojada por impago. En este caso una vivienda de esas que la voz de su amo ladra a los cuatro vientos como social... que nos importa la ciudadanía, que es la que acude a las urnas. No importa que en, el interior de eso que hasta ayer fuese hogar ciudadano, un bebé de mes y medio asista despavorido al apocalipsis de griteríos sin ley y leyes sin refrendo proferido por las fuerzas del orden. No importa que, a las puertas, se agolpen las desmesuradas y violentas fuerzas de la solidaridad vecinal de pancarta y llanto reclamando misericordia. De nada vale que la familia en cuestión comience a danzar el vals de la aniquilación guiada por los compases macabros del orden social. Nada importa. Todo vale. Todo cuesta... y si no puedes pagarlo te lo arrebatamos, quede claro, dónde pensabas que estabas, qué pensabas cuándo abandonaste tu terruño tercermundista en busca de mejores oportunidades, aquí la vida cuesta, y se paga, aunque sea con sangre.

De nuevo Vallecas, mi antiguo barrio. Un nuevo desahucio. Queda atrás otro peldaño de esta escalera hacia la barbarie que recorren no pocos en pos de una gloria de moneda, timbre, y gintonic con enebro. 

Asisto, atónito, a los noticiarios de la televisión patria, por rellenar con voces ajenas el silencio con que un puñado de sardinas ahogadas en salsa de tomate me contemplan boquiabiertas desde el perfil oxidado de una lata en cuarentena. Y descubro que la vida me está sucediendo en mi antiguo barrio, en Vallecas. Porque cualquier día puedo ser yo el expatriado de hogar y justicia que aparezca redecorando la comida familiar de otras multitudes televidentes. 

El policía antidisturbios que pretende desalojar a los cámaras antes de hacerlo con el bebé cuyo llanto tiñe de esmeralda esta jornada de frío y nada, planea llegar a casa y descubrir suculento plato en su mesa. Pero la vida le está ocurriendo mientras, en la espiral dolorida en que se hunden las pupilas espantadas de estos nuevos desahuciados. Porque cualquier día puede ser él quien deba enfrentarse a las fuerzas del orden reordenadas por un ajuste económico que le arrebate su trabajo de mastín. 

Los vecinos profieren gritos e insultos con la intención de salvar la situación y, de paso, el futuro descosido a puñal e hipoteca de los nuevos desahuciados. Mientras, la vida les sucede en el empleo al que hoy faltan por intentar evitar la desdicha al ajeno y que pueden perder por falta de justificación comprensible en su inasistencia. 

Hay en Vallecas un bebé de mes y medio que no hace planes. Pero es consciente de que la vida es esa mordedura de carencia y llanto que propina la más rabiosa actualidad, lejos, en otra parte, en las pantallas de televisión de sus conciudadanos. Los bebés no pueden hacer planes, y se deslizan por la franela mentirosa de lo inmediato. Más si lo inmediato es la ausencia de franela que les proporcione calor y cobijo. Mucho más si la franela es sucia y viste lamparones de intemperie.

La televisión tiene sus propios planes. Los noticiarios están perfectamente programados y orquestados, aunque la vida suceda mientras tanto. Por eso pasamos de inmediato a devorar las declaraciones, a la salida de la cárcel, de un maleante de blanco guante a quien las fuerzas del orden, al contrario que a la familia de Vallecas, escoltan hasta su rutilante vivienda. Asegura que el actual Presidente de la nación participaba activamente de los delitos que a él se imputan. Sabemos que no miente: incluso los asesinos, a veces, dicen la verdad. Pero a ver qué antidisturbios se atreve con el Palacio de la Moncloa, pienso.

Lo sé, me repito. No es la primera vez que hablo de un desahucio en Vallecas, y no hace mucho que lo hice por vez primera. Pero no soy yo, discúlpenme: es la vida, que sucede de nuevo en Vallecas, mientras yo hago planes para llegar a fin de mes y seguir teniendo una vivienda, un televisor, y un bebé que sólo llora cuando mi llanto menos fraudulento busca sus pupilas en busca de sosiego.

domingo, 11 de enero de 2015

domingo en sepia

Melancolía dominical, con su caducidad de páginas sepia que fortalece el sepia de los recuerdos. Con las páginas sepia me refiero, obvio, a esas en que, antaño, aparecían las vacantes laborales, en la prensa. Con el sepia de los recuerdos, al las fotografías que el corazón tomó para revelar, con modestia y calma de artesano, en el cuarto oscuro de la memoria. Que no se me acuse en esta ocasión de excederme en las metáforas.

Hoy no hay periódicos, que el precio es exagerado y el trabajo, ahora, se busca en internet o, como muy antaño, pateando las calles... tú y yo lo sabíamos: Nietzsche tenía razón al formular su teoría del eterno retorno. 

Hoy no hay periódicos, no. Hoy sólo el sepia de tu piel enardecido bajo la luz mortecina de esa lámpara baja que iluminaba la habitación en que te amaba. Era así que tu vientre adquiría asperezas de grano fotográfico y suavidades de contraste forzado, al igual que forzabas la maquinaria diestra de tu musculatura para acelerarme el deseo. Hoy no hay periódicos, insisto, y lo único sepia en este día de horrores climatológicos y semana difunta es la imagen de tus labios pronunciando el verso violento de mi erección más siniestra. No sé cuántos esfuerzos has desperdiciado, mujer, para regalarme el sepia de una fotografía en que tengo gesto de moribundo. Y es que así me pintas el rostro, cada vez que me amas, cual esteticién de Tánatos, para surcármelo de expresiones que no pueden ya hablar y de respiraciones que se ahogan por respirar a la inversa. Debería recordar tu rostro, esta noche, pero sólo viene a mi memoria el sepia malherido de mi expresión más extrema, ésa que me esculpes mientras tus labios esculpen el barro torvo de mi cuerpo con latido forastero. No sé cuántos esfuerzos has desperdiciado, ya digo, para adelantarme la muerte.

Así que como no hay periódicos hoy, a pesar de ser domingo, acudo a la hemeroteca babel y amarilla de aquellos que acumulo al albur de las manos con que mi hijo aprende a recomponer el mundo. Encuentro un ejemplar del pasado año, pero sólo de unas tres semanas anteriores a la fecha de hoy. Hojeo. Deambulo titulares. Atisbo instantáneas. Hasta hallar un breve que informa de que los españoles somos los terceros, a nivel mundial, que más dinero gastan, en las navideñas festividades, en hacer regalos que a nadie agradan. Ya saben, qué le compramos al abuelo, otra colonia, y una corbata para el tío, sin rayas, que este año se llevan los cuadros, para el pequeño un cuento, a ver si se olvida de la televisión y lee un poco, y en ese plan. Juego a la sociología barata y pienso que también debemos andar bien situados, los españoles, en otro ranking de gastos desperdiciados. Me refiero al de los votos, o sea, el democrático desgaste de acudir a las urnas para sentirnos ciudadanos de pleno derecho y elegir un gobierno que a nadie agrada, que nadie quiere, que nos hará la vida imposible, a tantos, durante los cuatro años siguientes. No sé, ya digo, sólo es sociología de andar por casa con la cerveza dominical jugando a la excelencia de la doble maceración en el aparato digestivo.

Dejo de lado la citada noticia, paso a la siguiente, pero no capta mi atención. Tampoco las restantes. Me aburro rápido. Entrego a mi hijo otro pedazo de mundo roto que él sabrá reordenar con la legislación de juguete de sus dedos de franela. Y regreso al tono sepia con que tus caderas se vestían, al rotar sobre mí practicando aquellas acrobacias de humedad y urgencia. Y la luz baja de aquella habitación. Aquella lámpara como de consultorio de psicoanalista esparcía sobre tu piel un sepia que remitía a los ancestros de la humanidad y a traumas inconclusos, haciéndome pensar que Freud, quizás, estaba en lo cierto. Pero tal vez sólo sea que hoy es domingo, y los domingos no son días en que llevar la contraria a nadie, ni siquiera a Freud. 

Los hay que aseguran que los domingos se confeccionaron para ser, después, deshilachados por la felina zarpa de la melancolía. Tampoco les llevaré la contraria. Será por eso que pienso, hoy, en el sepia que me zurce la barba descosida cada vez que me amas y me arrancas expresión de muerto. Y eso me hace llegar a la conclusión de que a los noticieros tampoco debo llevarles la contraria: creo que estás gastando esfuerzos y gimnasias que sólo sirven para revivir a un muerto. O peor, para morir el rostro de un vivo que sin ti no encuentra más camino que el del camposanto. Los regalos en que se deja el sueldo tu cuerpo, cuando me amas, en vez de vivificante sonrisa, ya ves, provocan cadavérica mueca. No obstante, te suplico que hagas como yo, al menos hoy que es domingo: no lleves la contraria a las noticias, ni a Freud, ni, por supuesto, a Nietzsche.

viernes, 19 de diciembre de 2014

libertad de culto

Que el sentimiento religioso es moneda de común intercambio a lo largo y ancho del orbe conocido, es obvio. Desde las feligresías buenistas de los discípulos de Buda, a las catacumbas macho de la fe de Cristo, pasando por la metralla servil de los yihadistas de Allah, y sin olvidar los sectarios equívocos de doncellas que dejan de serlo una vez embestidas por iluminados neoprofetas, la religión devora el mundo cual tsunami falaz o embustero corrimiento de tierras.

En ocasiones me pregunto de dónde nace el sentimiento religioso. O de dónde nos lo nacen, más bien. Tal vez sólo sea una manera de prepararnos para tanto sufrimiento, ya saben: espíritu de sacrificio y toda la prosopopeya adjunta: prepárate, la vida es dura, a nadie le regalan nada, la felicidad no existe, etecé ad nauseam. Por ello: ten fe en algo. Aunque ese algo vista taparrabos censor mientras ejercita contorsionismos de sangre obscena sobre una cruz de madera.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza comprender más tarde, acertó el poeta. Pero aún hay quienes entendemos en los versos de arritmia desenfocada de Gil de Biedma el latigazo eléctrico de la vida como dolor sensorial en que se anula todo sentimiento moral o religioso. Y es que el sufrimiento de la vida se reduce a no poder llamarla por su nombre porque otros se empeñan en robarle su apellido. Nada más. El resto, en este caso, no es poesía. Tal vez sea religión.

Leo (y he de releer frotándome los ojos con exageración de viñeta humorística) la "noticia" acaecida hace unos tiempos (sigo escribiendo con retraso) en las que fueron tierras de Al-Andalus. Ya lo vociferaban en cenas de empresa y celebraciones varias aquellos cantamañanas que acurrucaban las noches de no pocos encorbatados ebrios: Sevilla tiene un color especial. Y tanto: resulta que el Juzgado de Primera Instancia número 26 (si no les suena ese número deberían indagar) de la citada ciudad, ha resuelto en auto que un menor de edad debe acudir a clases de catequesis preparatorias de la primera comunión de manera obligatoria. No invento, viene en eso que seguimos (a pesar de todo) llamando prensa.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde. Un buen día uno se pregunta por qué el hecho de escribir y publicar libros, artículos, ensayos, cosas, no podría ser labor suficiente para ganar el sustento, como ocurría antaño, cuando eso llamado literatura, tenía su precio de mercado (¿no queríamos, acaso, mercado?) y como tal era valorizaba gracias al consumo más o menos exitoso por parte del público lector. Eran otros tiempos, cierto. También otros valores. Aún no se había inaugurado el reinado del todo vale y vale más si es gratis. Aún se leía. Todavía no se consumía. Porque, recuerden, cada vez que se reconocen en el término consumidor, que quien de seguro se consume es el enfermo terminal. La literatura no. La literatura se lee, y después se aprecia o desprecia, a cada cual su gusto.

Me enredo y sólo venía a decir que olvidé hace tiempo los preceptos religiosos, y denosté el judeocristiano espíritu de sacrificio y sufrimiento. Claro que, ahora lo pienso, no llegué a ser tan rebelde, y así me atreví a tener fe en algo. Por ello aún defiendo como dogma el que cada humano porta un don con el que poder hacer carrera, o sobre el que poder construir hogar y vida, una labor en que laborar, un trabajo con el que alimentarse, sin tener por ello que alimentar más a quien no lo ejercita. Discúlpenme, aún tengo fe en que escribiendo pueda llegar a vivir, sí, porque el que escribe también trabaja, aunque le guste. Por eso aún tengo fe en que el término trabajo, algún día, deje de ser antónimo de vida. Por eso sigo aquí, apurando las últimas gotas de la última botella de güisqui que el bolsillo me permitió adquirir, pegado a un teclado y desangrando mi cuello sobre la pantalla en blanco, al ritmo sinfónico de una cuchillada de luna llena. Y es que la fe, si no se tiene, hay que forzarla. En caso contrario, la cuchillada debería proporcionársela uno mismo. Por dejar de sufrir y evitar más sufrimiento a los allegados, mayormente.

Quiero pensar que, tal vez, la Justicia, al fin, sea ciega, y haya decidido mostrar su invidencia en un Juzgado de Sevilla, obligando a un menor que se considera no creyente a acudir a clases de fe que le restituyan a la vida. La fe, si no se tiene, hay que forzarla, insisto.

Leyendo en profundidad la citada noticia, descubre uno que todo respondía a una cuestión de custodias paternas. La madre del menor obligado por auto judicial a reingresar a la fe católica es no creyente, mientras el padre abraza los brazos extendidos de Cristo (pero sin acompañamiento de clavos, tampoco hay que excederse). Ambos progenitores están separados, y juegan desde hace tiempo a establecer campo de batalla en la mente inocente y pacífica de su vástago. Cuestión de custodias, ya digo. A lo cual me pregunto quién custodia, hoy, la libertad de ejercer el libre raciocinio que nos diferencia (dicen) de los animales, y si no serán los mismos que convierten la literatura en objeto de consumo que debe llevar marca de alta editorial para que merezca pagar por ella. Los mismos, al fin, que deciden con los ojos vendados lo que es o no justo y obligado.

Gracias por leer, aunque sea gratis. ¡Y, amén! Aunque en Sevilla, tal vez, dijesen: ¡y, olé!

miércoles, 26 de noviembre de 2014

vidas desahuciadas

Caminaba Vallecas, pueblo obrero, desde la fragua de taconeo insomne de los gitanos hasta el horneado fragante de panes y dulces de la panadería donde aquella joven ecuatoriana me crepitaba el deseo cada vez que me ofrecía la barra más crujiente. Vallecas amanecía a la silenciosa sierpe de la resaca y las horas de bien merecido sueño con los callos aún latiendo el membrillo del yeso y el cereal del ladrillo. Sus cielos de polución sur acunaban aún el sueño de rumanos, magrebíes, bolivianos, pakistaníes y algún que otro senegalés perdido en la noche iluminada de su sonrisa incandescente. Caminaba Vallecas, Villa de Vallecas, sus calles de farola apedreada y adoquín revoltoso, recién alumbrado el día, ya digo, para organizar las horas en un ajedrez de compras morosas y saludos babel.

A veces pienso que sólo caminaba la mañana vallecana por reconocerme en el mordisco de sombra que mi paso imprimía a las paredes recién amanecidas de la barriada insomne. Por acercarme hasta el quiosco de la plaza, donde se afanaba María tropezando con sus muletas y con los mil cachivaches de regalo dominical de los noticiarios, ya ves, hijo, aquí, intentando organizar todo esto, que cualquier día van a regalar coches con el periódico y a ver dónde los meto, porque aquí, ya, ni para la matrícula habría espacio, eso sí, de esa manera tendría dónde vivir si la cosa sigue igual de cruda, que cualquier día veo que me echan de casa los del ayuntamiento. Porque María habitaba una de esas viviendas de protección oficial que, como la mía, fueron malvendidas a empresas de gestión privada, qué le vamos a hacer, si es que lo público no produce, y lo que no produce no compensa, ya saben.

Hace tiempo que hube de abandonar Vallecas poniendo tierra de por medio. Pero los noticiarios, estos días, me retornan a mi antiguo barrio, y reconozco en televisión al afable marroquí que me vendía a precio de amigo ras al hanut con que aderezar el cous cous, la sonrisa ingrávida de la dominicana que añadía color a las uñas color fatiga de las vecinas, la sobriedad gestual del peruano que regalaba cilantro con cada kilo de verdura, el quejío sabroso de la gitana joven y guapa que evadía los corsés raciales amancebada a la cintura de un payo, el pasear pausado del anciano que todo lo había vivido pero aún preservaba horizontes que culminar. Sí, he podido verlos de nuevo, a todos ellos, en televisión. Y no acudían como público a uno de esos programas que dispensan fama efímera. Todos ellos, y más, componían racimo de vendimia amarga a las puertas de un edificio sitiado por vehículos policiales y reporteros gráficos en Sierra de Palomeras, muy cerca del hogar de acogida a cuya puerta se magreaban adolescentes de distintas razas para enardecer de color la amanecida gris amianto del extrarradio, esos que me pedían siempre un cigarro, al regresar yo de comprar, donde María, la mancha de tinta agria del domingo amarillento. Sierra de Palomeras, domingos de suburbio, capitales de la calma que yo deambulaba con la excusa de comprar la prensa pero con la intención única de escuchar un verso de barriada y hastío de los labios de María.

Hoy, ayer, hace unos días, Vallecas era un clamor, y en Sierra de Palomares se ejecutaba (sí, como en las cárceles U.S.A.) un nuevo desahucio, y este Madrid obrero que apuntala con sus manos de andamio el Madrid financiero recuperaba su insignia de osamenta dolorida y ojeroso eyeliner.

Porque Vallecas es un desahucio compuesto de trapos abandonados y peluches sin mirada, un hogar breve al que llegan todos aquellos que perdieron vivienda, allende los mares, y tuvieron que iniciar periplo de vagamundo hasta arribar a sus costas de bulería, tercio de Mahou y subsistencia. Quizás por eso sea Vallecas, hoy, también, lo que nunca dejo de ser: un murmullo de brazos camaradas en que se acunan los sueños del orgullo de barrio y la solidaridad del que se sabe igual al distinto. Vallecas es un desahucio a cuyas orillas llegan, encerrados en botellas de DYC, mensajes de náufragos que saben que no están solos, por mucho que pretendan exiliarles en islotes de individualidad y ausencia. Vallecas aún respira, y sus habitantes gustan de compartir latido. Por eso se echan a la calle para denunciar la ejecución de un nuevo desahucio en que una vida de 85 años se revela, para tantos, primordial como la de uno de esos hijos del hambre o el daño colateral que ya ni siquiera vemos por televisión. Tal vez porque esos niños sean sus propios hijos en espera del envío de divisas que les arrebate la prematura madurez.

Mientras tanto, las calles sevillanas se visten de primavera retórica y agasajan con palmas y llantos la marcha de una grande de esa España que no es la mía ni la de los vallecanos. Descanse en paz, si es que no tuvo ya suficiente. Vallecas, como tantos otros barrios de comunidad y agravio, seguirá descansando en guerra, combatiendo el desahucio en que desean convertir la vida de sus habitantes.

Veo, en televisión, la muleta de María, como un fallido asalto a los cielos o un fusil minusválido, reclamando justicia para aquella que, mañana, tal vez ya hoy, podría ser ella misma. Vallecas, ya digo, es un desahucio que impugna su naturaleza fraudulenta para recordarnos que aún hay esperanza.

viernes, 14 de noviembre de 2014

equilibrio poético

Pocas alegrías proporciona la prensa, en estos días, salvo que sea uno de festejar la larga mascletá de crímenes económicos (dejémonos de eufemismos, la corrupción mata, díganselo si no a los deudos de todos aquellos que prefirieron saltar desde el balcón de su hogar antes de ver cómo pasaba a serlo de sus matarifes) que está convirtiendo el país en unas fallas de asco y nervio. Así que uno ya ni se molesta en leer titulares, y continúa rebuscando entre la letra pequeña de los diarios, por precaución.

Y es en esa letra pequeña, como de cláusula abusiva, que conozco la antepenúltima hazaña de los laureados bomberos de New York, al salvar la vida de dos operarios de limpieza encargados de proporcionar relumbrón a los novísima cristalería del One World Trade Center de la citada metrópoli. Resulta que algún fallo técnico o humano (aún está por aclararse) provocó que ambos trabajadores quedasen suspendidos, durante dos horas, a 240 metros de altura, con el vértigo desorbitando sus pupilas ante el vacío que amenazaba con devorar sus huesos y pestañas. Dos horas, repito, permanecieron allí, esperando a los equipos de rescate. O sea, como cuando, en ferias populares contrabandeadas públicamente a privados consorcios que deciden ahorrarse los controles de seguridad, queda suspendida una decena de adolescentes ávidos de emociones extremas en el centrifugado feroz de alguna montaña mecánica de esas que denominan rusas.

De cómo el equipo de bomberos encargado del rescate llevó a cabo, exitosamente, su labor, no me apetece dar cuenta. Está en la prensa, y en esta ocasión es reciente, por si les interesa. Pero comentaré algo que, invariablemente, se repetía en cualquiera de los medios informativos que explicaba el suceso. Me refiero (y transcribo) a la conmoción emocional que supuso en la población el contemplar aquella escena que despertaba los fantasmas del subconsciente colectivo. Se refieren, obvio, al famoso atentado perpetrado años antes, 2001 para ser exactos, en el mismo lugar, y que difuminó para siempre, en humo y cenizas, la metálica pincelada con que dos torres gemelas violentaban el lienzo futurista de cielo neoyorkino.

Un servidor, me van a disculpar, no forma parte del colectivo cuyo subconsciente aún anda herido por el recuerdo de aquel infausto evento. A mí, la noticia de los limpiacristales suspendidos en el vacío, me trajo a la memoria un memorable documental llamado Man on Wire.

El 7 de agosto de 1974, un funambulista francés de nombre Philippe Petit, ayudado por un grupo de lúcidos perturbados, conseguía burlar los servicios de seguridad de las Torres Gemelas de NY para extender entre las terrazas de ambas moles un alambre sobre el que, momentos después, comenzó a caminar los cielos metropolitanos para asombro de propios y extraños. Evidentemente, no había red ni salvaguarda posible, en caso de que el equilibrista hubiese dado un mal paso. El documento visual nos regala los prolegómenos y el desenlace de una gesta heroica. Petit, cumplió su cometido, y fue posteriormente detenido por las fuerzas del orden. Portaba, su rostro, una beatífica sonrisa.

Tan notable filme desmenuza para el espectador no sólo el equilibrio aéreo del artista de las nubes, sino también su equilibrio cerebral, enfrentándonos a un laberinto de acertijos y cuestiones que se cuestionan el utilitarismo de eso que damos en llamar arte. Porque Petit, surcando los cielos de la ciudad aún a costa de la legalidad establecida, lleva a cabo uno de los más sobrecogedores actos poéticos de que la Humanidad tiene recuerdo.

El acto de terrorismo artístico del funambulista anticipaba el lirismo terrorista y cruel de dos aviones que quisieron unir los edificios en un alambre de sangre y confusión, cierto. Pero tal vez, por qué no, anticipaba también la poesía de costumbre y terror de dos limpiacristales anónimos a quienes nunca nadie dedicará un documental. Ellos caminan a diario una cuerda floja que se eleva desde el asfalto hasta el firmamento. Pienso en la afilada dificultad de regresar a casa, tiznado de grasa y cristasol, e intentar convencer a la parienta para un fornicio urgente (que mañana hay que madrugar), y mantener la cordura. No debe ser fácil caminar con la mirada al frente pensando únicamente en los hijos que has de alimentar y, tal vez, si hay suerte, en la secretaria de dirección de vertiginoso escote que lleva y trae cafés hacia las salas de reunión manteniendo el equilibrio sobre sus tacones de aguja. La puedes ver, frente a ti, mientras abrillantas las indiscretas ventanas que la radiografían en sus quehaceres diarios. Tal vez por ello te despistas un momento, tropiezas o accionas mal el mecanismo del aparato que te suspende entre las nubes, y tu cuerpo se abalanza hacia el vacío. 

Los funambulismos cotidianos del trabajador de a pie carecen de la notoriedad suficiente para que ningún artefacto visual decida llevarlos a la gran pantalla... salvo cuando equivocan su pericia y resbalan, como los limpiacristales del One World Trade Center, para sacudir el subconsciente colectivo mientras las cámaras de televisión registran el suceso. También cuando les enloquece la hipoteca y desprecian su anonimato entrando en una sucursal bancaria, pistola en mano, con la única intención de recuperar lo que es suyo, que esto es muy de los EE.UU., también.

Pienso, hoy, que el funambulista francés eligió bien su apellido: "Petit", que, como bien sabrán, es el equivalente francófono a nuestro hispano "pequeño". Así, desde su ágil pequeñez, realizó una gesta poética que anticipaba la lírica cotidiana del que trabaja con su cuerpo, aunque haya de sostenerlo en peligroso equilibrio tan cerca del cielo... o quizás por eso.

jueves, 23 de octubre de 2014

y volver, volver...

Madrid me recibe con escasa alegría, mostrando su mueca más torva, afilando ante mí su mandíbula de borrasca mientras frunce, carente de piedad, un entrecejo de nubarrón y tormenta. Quiero decir que, a mi llegada, los cielos madriles desperdigan brochazos que luchan por anticipar el brusco lienzo goyesco del otoño. Es evidente, si algún madrileño lee esto, que escribo con retraso: hace días que un sol imprevisto ha decorado de escotes y gafas de sol las aceras de la capital. Pero escribo con retraso, insisto, ya lo saben quienes me conocen, así que regreso a los días de mi retorno al país: llueve, hace frío, la garganta se reseca y he de cuidarla con altas gradaciones etílicas, que dicen que el alcohol todo lo mata... hasta las esperanzas.

Llegar a la ciudad que te ha visto tropezar tantas veces, pisar de nuevo el sendero de adoquines grises (tan opuesto al de baldosas amarillas) al fin del cual deseabas encontrar un arco iris de calma y sosiego, para descubrir que su herrumbre de pasos gastados se tiñe de hastío y desesperanza. Las televisiones arden en fuego cruzado de corrupciones e ineficacias políticas, tarjetas black, ébola, inmigrantes apalizados y demás entertainment.

cortesía de "la red"
Mejor entregarse al sueño intranquilo de la Literatura, reabrir cajas y extraer de su estómago de cartón volúmenes ajados que sobrevivieron a tu período de desapego: cambiabas de país, metías tu vida en una mochila, regalabas libros y vinilos, ¿quién los tiene ahora? Afortunadamente puedo acudir a los restos del naufragio, y rescato de entre ellos una vieja edición de Thomas De Quincey que recoje las Confesiones de un inglés comedor de opio y El asesinato considerado como una de las bellas artes. La prosa subversiva del británico, recoletamente adecentada con un lenguaje exacto y certero no carente de filosofía, pedestre pero intensa, logra ausentarme momentáneamente de los terribles devenires de una nación que chapotea los barros de la indecencia en top less y sin previa ducha que la exponga en sociedad más presentable, menos grosera de lo que se antoja. Un desnudo obsceno, desagradable, nada apetecible. Como el de aquellas añosas europeas a quienes atisbábamos desde la playa de la adolescencia. La novedad: mujeres aireando sus pechos al casposo aire mediterráneo, pero nunca las jóvenes amazonas que nos regalaban las páginas del Playboy robado en el quiosco del barrio al primer despiste del dependiente. Decían que las playas españolas se inundaban de deseables impudicias, y nosotros, asomados a la torpe edad de la torpeza, sólo alcanzábamos a ver una especie de decadencia de occidente spengleriana en los pechos maduros que ya reclamaba la tierra, tan sabia, con su magnetismo newtoniano, haciéndolos colgar como esparadrapos usados o banderas de ejército vencido. Pues igual el desnudo nacional, decrépito y nada sabroso, salvo para los paladines del todo vale.

Defendía, el literato inglés, el consumo de opio para potenciar la verbalidad y llevarla al papel. Por lo escrito, podemos asegurar que no le vino mal. Más tarde, en su otra obra cumbre, filosofó alrededor de la estética del crimen, dejando a un lado la importancia de la vida perdida a manos del criminal, indagando en la metodología que este pudiera seguir para transformar su delito en una obra de arte. Para De Quincey, o quienes por su boca hablan, en el libro, si logramos evadir la reincidencia moral en el deleznable hecho del asesinato, podremos prestar mayor atención a los condicionantes estéticos del mismo. Después de releída la citada obra, uno no sabe bien a qué atenerse. Luego enciendes la televisión y ves desfilar a la recua de fantoches que ensanchan el bolsillo de sus chaquetas con los réditos del latrocinio. Observas los rostros perplejos de ciudadanos que acuden cada día a la factoría de engaños que llamamos trabajo. Contemplas el pánico ante el mínimo brote de un virus que en otras latitudes devora vidas como caviar engullen los responsables de la política y la mercadería nacionales. La consecuencia es obvia: piensas en De Quincey, le das la razón, y comienzas a urdir mentalmente asesinatos de una exquisitez intachable: despellejar despaciosamente a los famosos consejeros de cierta entidad bancaria con una de las tarjetas que utilizaban para regalarse viajes al Caribe a cuenta del contribuyente, organizar una ruleta rusa sin pistolas en una habitación cerrada en que los participantes que acompañasen a un mediático consejero de sanidad fuesen un grupo de guineanos contagiados irremediablemente de ébola, organizar unos 2.000 metros obstáculos en que corran los mandatarios gubernamentales y sus secuaces debiendo saltar vallas coronadas por concertinas y en que el disparo de salida, este sí, sea en plan ruleta rusa apuntando de manera azarosa y con balas reglamentarias a la cerviz de alguno de los corredores, y en este plan. Pura demagogia, o sea. Pero hoy me apetece ejercer de demagogo y recordar que esta Europa que vivimos y a la que creemos pertenecer no sería lo que es (para bien o para mal) de no haber subido y bajado, redecorando en hemoglobina las nubes viajeras de un París en llamas, aquella afilada hoja de afeitar futuros voraces que dieron en llamar guillotina.

Nubes de un París ensangrentado. Nubes que se han desplazado a Madrid para descargar sobre el laberinto procaz de sus calles todo un vómito de tormenta otoñal y ciudadana que sólo añadirá mugre a la acumulada y aposentada inmundicia. Quizás sea hora de comenzar a teñirlas de sangre, las nubes. La otra opción sería recurrir al opio para, como De Quincey, mejor entretejer palabras sin que estas se traben en demagogia de enrabietado ciudadano expatriado que regresa a su país para lamentar su peligrosa deriva.