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lunes, 28 de septiembre de 2026

la mar desde lejos

La fe, como el amor, es una cosa rara. Ya lo dejó dicho Berrio. La fe mueve montañas, dicen. Sísifo las desciende y remonta. Pero la fe, más bien desgaja a dentelladas los cimientos de la propia existencia cuando se hace constancia en que arrumbarse para seguir soñando en la continuación de la especie humana. Es que, en el fondo, crees en la redención de los humanos. Eso me susurra Chema. ¿O se lo digo yo, tras la segunda caña? En realidad me siento desorientado. Él sabe del daño y de la cicatriz. Desde distintos ángulos nos contemplamos. Porque ambos hemos deambulado el borde del abismo. Por eso tal vez seamos, de una u otra manera, hombres de fe sin que eso implique religiosidad ni paganismo. Mundos aparte y nos apartamos de las hordas vociferantes que invaden Madrid, bandera española muy española e incluso ceutí sin saber qué es eso, en ristre. Muy españoles y muchos españoles. Muy de calamar sin aún deglutir brotando de la garganta a la par que una lengua que no comprendemos, de tanto y tan mal que boquea entre espuma en que fallecería de espanto cualquier calamar. 

Decidimos sortear tal marea de cieno e improperio y caminamos, como salmón de fiebre y amígdala, Gran Vía arriba. Y arribamos al sinsentido de esa otra marea de la que ya desconocemos cómo defendernos. Turistas de allende los mares, turistas de tierra adentro y turistas de sí mismos ansiosos por apurar experiencias, siempre en modo turismo, en los diferentes negociados que negocian a la baja una ciudad en ruinas. Forman con formas militares largas filas. Ciempiés humano ante la puerta de un nuevo store todo color insensato que regala un caramelo para que compres otro que tarde o temprano se te atragantará. Welcome to the Jungle, we got fun and games entre las vísceras de esta selva sintética sin Kurtz, y tal vez por eso como de cartel publicitario. Selva en que reina un león disfrazado de Broadway para hacer que los madrileños, sin saber qué camino indígena originó el vocablo, se sientan más cosmopolitas. Selva en que deglutir con respiración asistida por la tarjeta VISA un taco mexicano de a € el engaño. O una paella confeccionada en las faltriqueras de los inmigrantes que, inversos, llegan hasta aquí para invadirnos con su bocanada de sopa fría y su perfil de gato muerto y familia tan numerosa como lejana.

Mareas humanas. Bromas del desamparo y la carencia de brújula. Y sí, lo digo yo, que de brújulas nunca quise saber más allá de las que, cuando broma niña, suponían señórulas cabalgando escóbulas. Luego, Escohotado mediante, supe de aquellas hembras a quienes prendían fuego en la plaza del pueblo por proporcionarse ungüentos que les permitieran flotar su hembritud lejos del palo pitecántropo contra el lomo, dígase marido o amado, que no hace falta pasar por misa ni golpear mientras repicando. Campanas. Que no es necesario golpear, hoy lo sabemos, pero Edad Media fue otro tiempo, y las incineradas por brujas preferían insertarse palo de escoba para mantener la fe en una vida que fuese algo más y algo más lejos. 

Me desvío. Seré un desviado. Como el viejo Walt y como Lorca cuando rapsoda de barba macho y sus muslos hembra, pero sin su genio ni su poesía. Sin verbo más allá del que me anidas. ¿Quién? Para qué preguntas.

Mareas humanas, decía, y ya he dejado a Chema orientados sus pasos hacia el hogar y remonto la premonición de una nueva alta y renovada marea. Bajan banderas pura humedad que no hablan idioma rojo ni gualda. Bajan banderas de lengua viva, verde y mar. Lenguas de bolsillo incapaz. Crecen mareas de rabia y miedo porque al día siguiente hay que ir a trabajar. Que si no imposible pagar el alquiler y a ver cómo ni de qué se vive. ¿Recuerdas que trabajas para poder pagarte el alquiler? Sí, claro. Tan claro como fuego de luna que te contempla desde una espalda soñada por Debussy. Esa que, de vez en cuando, afortunado, te mira, te contempla abismada en su contra nunca comprendida por no contemplada y se deshace pura roturación de semilla entre tus muslos de ceguera y repetición siempre nueva. Sí, claro, lo tengo tan claro como la luna cuando entro, de nuevo, en ese mi hogar a pesar de que no mío y mejor por eso. También en este otro, bien pagado y más que bien, a precio multiplicado. Da gracias, me dicen algunos, que no llegas a los mil euros por ese pedazo de terreno aéreo sostenido sobre otros muchos que también dan a la mar de la M-30, pero desde más abajo. Que la mar no se contempla a pie de playa, en primera línea inaugurada cuando la luz descorcha la mañana. Tampoco mío, quería decir, este pedazo de espacio. Y lo agradezco.

Regreso, por tanto, al reducto que religiosamente pago, cada mes, usura mediante y doy gracias cual beato. Feliz esclavo. Como los del algodón que entre algodones de escarnio se nacieron a sí mismos. Después agarrarían un palo como el de las brujas medievales para proporcionar placer a nuestros pabellones auditivos con las astillas de su escarnio. Nació el blues y fue azul como la mar cuando no se sabe mirar. Pero también fue fuego y esmeralda y desearía incendiar, ahora, estas cuatro paredes que me acogen. Si no lo hago es porque entre ellas también repta mi hijo. Y reptil aun más amable, como salamandra presta a devorar los futuros de diarrea y cese vital con que hace danza de lluvia la malaria, las ha correteado en pleno aullido durante tantas madrugadas. Madrugadas que enredé entre mis dedos como entre las barbas de Ginsberg. De poetas barbados en mentón y muslo parece ir la cosa. Tantas madrugadas que para mí son todas. Tantos amaneceres, tanto tiempo que no he sabido nunca reintegrar a su horrible tictac. Habitan estas paredes éxtasis de Bélmez como rastro de piecitos recomponiendo Altamiras y pigmentando en diccionarios ocultos un nuevo lenguaje. Habita entre estas paredes robadas una nueva raza. Nada española, a poder ser, si esto mayoritario que me rodea es España. 

Lamento decirlo. España me mete los dedos en la garganta ni siquiera con el cariño con que aquel amigo de la adolescencia cuando, bebido en demasía, regresaba a casa. Lamento decirlo también pero ya sabéis que mi casera es una usurera. No necesito pensar en los fondos buitre ni en los grandes tenedores de viviendas. Tenedores que pinchan en carne que ya casi hueso. La de sus inquilinos. Lo siento y no lo lamento porque sólo sueño que el sueño de anoche en la Puerta del Sol no quede en pañales. Que para oler mierda sólo tenemos que asomarnos, cada mañana, a las ventanas inexistentes del Metro, a las noticias perpetradas y a la carencia de poesía de cada uno de nuestros movimientos. Con qué hoz de luna nueva degollaste el cabalgar sombras de perfil que jugaban a evadir aquel infantil 1, 2, 3... ¡fuego!

Añado que tampoco tanto siento mi recién nacido pragmatismo. Porque es falso. Y siento no estar en la Puerta del Sol. Siento no estar con ellos, perdonen que utilice el masculino plural, ya tengo una edad y un miedo. Pánico ya no, alguien se lo apropió y bien hizo. Que tengo una edad, al fin, poco apta para enfrentar a los adalides de la lengua. Siento no estar con ellos, decía, y me excuso diciendo que tengo un hijo que atender y mi único deseo vital es que alcance la edad que tienen ellos, y con ellos y ellas, ahora sí, disculpen la incorrección, tengo una edad, se mezcle y sonría y me regrese embadurnado de sonrisa borbotón de pura vida. Que tenga algo que llevarme a la manos, las pupilas y la tumba y tenga forma de sonrisa. Que me alcance en su sueño de mecánica cuántica Interstellar sucia de lagrimones colacao y besos. De saliva y verbo. ¿Hay algo más?

Tal vez esto sólo sea una manera de excusarme ante la evidencia de que he perdido la fe y ya sólo miro la mar desde lejos. Pero quizás sea que comprendí, hace tiempo, que la mar se contempla, recuerda o añora o se vive, en fin, se vive, mejor desde lejos. Desde las marejadas lontananza de una ciudad epicentro a la que no llega ni en fotogramas el agua. Al fin y al cabo, como en la ciudad de interior, cerca de la mar, salvo isla pirata sólo imaginada por Stevenson, sólo se piensa en edificar y cobrar un alquiler que pueda mantener la cabeza del inquilino, sin escafandra, bajo la marea para asegurarse la renta alta marea que les permita certificarse que tan sólo recogen los frutos de su esfuerzo, el papel moneda siquiera tocado en que trocó su sudor. Ojalá decrezca el ladrillo y crezca la marea. Ojalá crezcan algas en la Puerta del Sol y ojalá mantenga yo la fe necesaria para seguir contemplando la mar desde lejos creyendo que regresará crecida.