sábado, 6 de noviembre de 2021
minutos de media hora
miércoles, 6 de octubre de 2021
la piel bajo el volcán
Parece que la piel del planeta se agita y revienta sus costuras para regalarnos un vergel de vísceras feroces dispuestas a devorarlo todo... o al menos eso ocurría hace unos días, ya saben que escribo con retraso y que las noticias vuelan más alto y veloz que las nubes de humo tóxico vomitadas por el volcán de la isla de La Palma. De hecho, circulan con tanta prisa, que no he visto ninguna foto de perfil en Facebook enmarcando caras compungidas sobre un compungido Je suis La Palma. El caso es que el volcán y su piel vuelta hacia fuera han sido, durante unos días, nueva carga de leña con que atizar la hoguera del miedo ciudadano, más ahora que las cifras de la COVID-19 van dejando sin argumento a los tertulianos televisivos y científicos de medio pelo que nos han estado advirtiendo de que el fin del mundo, como el milenarismo, iba a llegar.
A mí, la erupción del volcán me ha servido para comprender que bajo una piel de respiración desapercibida y aparente calma late la verdadera piel, esa que se incinera por salir al exterior mostrando su verdadero rostro, por más que este parezca un semblante en cuya sonrisa haya más promesa de mordisco animal que alegato pacifista. Es lo que tiene la piel, de tan superficial como parece acabamos pensando que no tiene nada que decirnos más allá de su exabrupto de reloj suizo e imparable. Yo, últimamente, ando desentendido de la actualidad, porque corre demasiado aprisa y porque, aun habiendo deglutido los pertinentes minutos de eclosión volcánica (disculpen que no utilice esos términos que tan bien usamos todos ahora: boca, colada, piroclastos y demás), solo pienso en cómo hacer para no eclosionar de igual manera y que se me acabe desbocando la piel en el deseo de otra piel, aunque sea de volcán e incendio, que lo es.
No hace mucho, tuve la fortuna de habitar durante unos memorables minutos el estudio de la artista Lucie Geffré, francesa (lo especifico por el je suis que tanto gusta) afincada en nuestro territorio y en su encarnizada lucha contra la piel entendida como escaparate solo por darle vuelta y mostrar su desnudo de vísceras implacables que amenazan con devorarlo todo, como el volcán. Lucie batalla a diario contra la superficialidad de la piel, armada de pinceles y tegumentos, de colores como estallidos, grises con maneras de herida y deflagraciones de color. Lucie sabe bien que la piel no es tan superficial como la pintan. Por eso ella la pinta de verdad, le saca los colores abochornándola con verdades incuestionables y nos regala a los afortunados espectadores un espectáculo más rabioso que la más rabiosa actualidad del volcán de marras: el de la piel cuando se mira los adentros retorciéndose al ritmo de las vísceras que la animan a la par que la aniquilan. Y es que la piel, cuando conoce su destino, tiende a dejarse llevar y fluye como una colada de magma, o una colada recién colgada por las madres del domingo para recordar a la familia que la dermis ajada de sus manos les viste a diario con más calor del que merecen.
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| La artista Lucie Geffré en su estudio |
Lucie sabe que su pintura, su arte, como la vida, son cuestión de piel. Pero no de esa piel en que decidimos depositar los vasos de vino que nos ansía verter el tiempo, sino de la piel vuelta hacia dentro en lo más cenital del murmullo, en las miradas que se pierden en un cosmos digno de Carl Sagan cuando se asoman a la piel del otro o, simplemente, la recuerdan. La piel que ella retrata con perseverancia y paciencia de camarógrafo es la de nuestros latidos cuando se saben presos de un latido ajeno: en este caso el de su mirada. Y es que, como los grandes fotógrafos saben retratar al humano que habita bajo la piel del retratado, Geffré sabe retratar las inquietudes de quienes abandonan su mirada al maniobrar exacto de sus pinceles y se acomodan por un instante en los magmas de su piel interior. Todo un ejemplo de maestría pictórica y un regalo para los sentidos de quienes creemos que la verdadera piel, como las procesiones, va por dentro y no tiene nada de superficial.
Creo que el volcán sigue exhibiendo sus vísceras omnívoras, pero prefiero apagar la televisión y contemplar la obra de Lucie Geffré. Después, llegará la noche y, una vez más, saborearé el inminente momento en que mi piel vuelta hacia afuera se dejará recorrer por unas manos de lumbre que nada saben de superficies.
Comprender, al fin, que nada de superficial tiene la piel cuando le prestamos la debida atención, ni siquiera la que habita bajo un volcán... que se lo digan a Malcolm Lowry.
miércoles, 18 de agosto de 2021
ola de calor
Jean Cocteau
Imágenes típicas del verano regresan a los noticiarios: costa levantina, profusión de sombrillas y desnudos afortunadamente a medio hacer, sonrisas al viento que no existe y 15 segundos de fama televisiva (lo lamento, querido Warhol, equivocaste la medida del tiempo) en que proclamar, sonriente y victorioso, ese aquí disfrutando de la playita y la familia, que ya era hora súbitamente mutado en un esto es irrespirable, imposible dormir, pero nada que no solucione la playa y la cervecita. Y es que hemos sufrido una ola de calor (sí, ya ha pasado, pero quien aún me siga leyendo sabe que escribo con retraso): viento del Sahara y silbidos subsaharianos que amenazan atracar en nuestras costas sin ánimo de que nadie les invite a refrescar su gaznate cercenado de hambre y miedo en el primer chiringuito playero.
No quiero ser agorero, pero me parece, tanta celebración, paso previo antes de un nuevo encierro propiciado por el fin del verano y, tal vez, por el terror a ese virus que amenaza arrebatarnos el turismo, la cerveza y nuestra sempiterna «gana de vivir». Quiero imaginar que es por ello que me adelanto, olvidando las playas patrias, amor, y me encierro entre cuatro paredes contigo: para celebrar a mi modo este largo y cálido verano, ola de calor incluida, y compartirte cerveza sin aperitivo y sudor sin Mediterráneo que lo aquiete.
Algunos enfrentan la ola de calor proclamando su ansia por liberar del burka a las mujeres afganas que hasta hace unos días vivían tan libres que ni siquiera existían; otros exclamando que solo faltaba que tuviésemos que acoger a más extranjeros ahora que salíamos del agujero; los hay que clamando por el reinicio de la jornada futbolera con público en las gradas, extranjeros en el césped e improperios en los tímpanos; no pocos que vendiendo a los circundantes sus proezas laborales mientras se quejan de que otros extranjeros cuya única proeza es haber cruzado a nado kilómetros de arena y marea vienen a robarles el dinero que les permitiría extrarradiarse, el próximo verano, a uno de esos paraísos del lujo low cost en que no hay calor y sí daiquiris y pitanza a ritmo de orquesta de pueblo puesta al día y derroche todo incluido; una multitud, al fin, acribillando, con sus rostros de beatitud recién alcanzada al pisar el veraneo, a ese vulgo que no pudo pagarse unas vacaciones y que pulula las redes sociales con resentimiento de parado o asalariado sin medios.
A mí, ya ves, lo único que me cura el calor es sudar, profusa y profundamente, y empaparme de otro sudor: sí, el tuyo, ya sabes. Y es que mientras los veraneantes hacen del sudor bandera de fastidio y clamor contra esa meteorología que animan, diariamente, a que torne más inestable, yo hago de este bandera apátrida y la extiendo sobre la cama o el sofá para que tú la ondees cual pirata cegada por la promesa de un botín de músculos rebeldes y labios que pierden el norte en las mareas de tu sur salitre e isleño. Afuera, la fiebre del sol increpando a la ciudadanía, y aquí, dentro, entre estas cuatro paredes que gotean nuestros nombres, la fiebre quirúrgica del sudor dibujando garabatos alrededor de tus venas como niño que sabe que el lienzo es solo el comienzo y que, ignorando fronteras, culmina esa obra de arte en que da, más bello y violento que un Basquiat, nuestro amor.
Y el sudor tronando. Y nosotros, hechos de saliva, enmudeciéndolo. Y espesos de exceso rompiendo los márgenes porque nunca agua estancada, haciendo estanque de nuestro sudor y ramoneándonos la humedad calmos, feroces y eternos como bisontes de fiebre sobre la pradera de nuestros cuerpos.
Muchos rompen las normas de la distancia social en los bares, con algarabía de vidrios y espumas de soflama ebria que reconduce las normas de la política, el fútbol, la moda y el trabajo que todos increpan antes de, ya finalizado agosto, calzarse sumisos el yugo del fin de mes y el ahorro para el siguiente veraneo. Mientras, nosotros nos rompemos distancias, miedos y ropas con estruendo de respiraciones sin tedio para rompernos la piel, afilando los colmillos en el giro canicular de nuestras articulaciones, haciendo yugo de eternidad con nuestros labios y dilapidando jugos sin pensar en el verano próximo, anclados en el presente, anclados uno en el otro y con la mirada extraviada en los secretos de nuestra carne hecha pulpa y en el misterio de nuestras pupilas sudando lágrimas inversas que nos recuerdan que es verano y nos azota una ola de calor y que, a pesar de todo, solo nosotros, cuando nos amamos, encendemos el fuego que incendia todos los termómetros.
Cuando llegue el verano próximo, la población habrá dilapidado el plástico necesario para generar nuevas olas de calor, y los grifos aullarán promesas rubias y victorias de la tarjeta de crédito.
Yo, cuando llegue el próximo verano, amor, sólo espero haberte sudado entre los dedos y haberme sudado de tu vientre y tu cabello con la intensidad suficiente para avivar el incendio que nos sobreviva al largo y frío invierno.
martes, 27 de abril de 2021
Brian Jones y la costumbre de lo exótico
Salgo de la piel que te he zurcido por dentro, laborioso y tenaz, con el desdeñable afán de descoser jirones de cuero nuevo y exótico. Viajo, por poner tierra de por medio y socavar con arena de olvido el acomodo muelle de tu matriz y tu beso. Vago las veredas huecas y los andenes vacíos en busca del labio que sepa pronunciar mi nombre como si fuese el de un recién nacido. Hoy, así, desde la distancia, lejanos tu pulso y tu palabra, te siento costumbre que pretendo desordenar con el zascandileo ágil de mis botas de viaje. Me acerco al Rif.
Vagabundear
las faldas de vegetal mermado y aguacero futuro de la cordillera del Rif, allí
donde sus tobillos agrestes se exponen a la mirada procaz del Sur. Enfrentar el
deambular hospitalario de campesinos y la verbena de juego y carcajada de
chiquillos. Llegas a pensar que es la salida de clase. Los habitantes todos, de
pueblos y aldeas, no sólo los niños, salen de clase para enfrentar el bofetón
del sol y la caricia del ocio.
Senderos
de paseo calmo y abandono sin nostalgia, travesías de la fiebre. El Rif no es
sólo estancia en que se recuestan acunadas por el canturreo del viento
plantaciones de marihuana y enredaderas de indolencia. El Rif puede mostrar, al
caminante, la senda hacia esos sueños que nos habitan con intención de
consumarse. Vagabundear, ya digo, las faldas de calma y tierra roturada de la
cordillera del Rif, allí donde quieren hacerse turbulencia sureña. Sigo un
camino sin norte ni señales de dirección prohibida para mejor olvidar lo
consuetudinario de tus brazos en abandono de orgasmos que hicieron nido en mi
regazo. Caminar en busca de nuevos recorridos por evadir la celda del día a
día. Así Brian Jones, hace años, cuando los Stones que había ayudado a fundar
se le antojaban presidio en que languidecían pentagramas y melodías.
Pensamos,
siempre, que lo exótico existe sólo para salvarnos de la rutina, ya lo sugería
al inicio. No comprendemos que de nosotros depende el colgar el cartel de
exótico a la puerta del primer pueblo aislado que profanan nuestras botas de
caminante extraño, del primer cuerpo que horadan nuestras gimnasias de amante
extranjero. Así se acercó Brian Jones hasta Jajouka, en busca de exotismos que
le ahorrasen la rutina rítmica en que creía amodorrados a sus compañeros de
filas.
Yo
me acerco, hoy, hasta dicho poblado, tras haber abandonado la geometría
desordenada de Alcazarquivir, el Gran Alcázar, Ksar el Kebir: caotizada por el
gremio no sindicado de la migración rural, a años luz del vendaval tallado en salitre
del cercano Larache, me acerco, decía, a Jajouka, para recostar en sus laderas
de polifonía y pastoreo el falso ensueño del exotismo. Junto a mí camina Brian
Jones. Me habla de música, drogas, sexo y abrigos de piel de cabra. Me habla
del éxtasis grandilocuente que provee la música de los Maestros Músicos de
Jajouka y yo escuchó al viento silbando melodías de éxodo y derrota. Cuántos de
los herederos de tan egregia dinastía filarmónica no habrán ya perdido sus
huellas en el camino hacia Ksar el Kebir, en busca del progreso, queriendo
olvidar el hambre atrasada y la ruleta rusa de los días idénticos, sepultar su
rutina en el exótico sarcófago de la gran ciudad.
Brian
Jones llegó a Jajouka, de la mano de Brion Gysin, para perderse en los
pentagramas de ritmo y césped de sus laderas. Olvidó su sitar: fermento de herrumbre
a la sombra de la rutina. Ya cualquiera toca el sitar, incluso George Harrison,
el Beatle iluminado, el sitar viene de lejos, porta hedores de Calcuta y
desperdicios del Ganges en la danza portátil de sus cuerdas, exotismos ya rutinarios
para los viajeros del rock’n’roll, el hábito ha pervertido el sexo insólito del
sitar, así que… marchemos a Jajouka, donde la música es aún pura, honesta, y el
hachís despedaza sus notas para que pierdas el norte de tu cuerpo tumbado a la
sombra de un arbusto merodeado por mordida de cabras y orín de chicuelos.
Mis
pies desordenan un charco de basura en que un chaval escupe su desprecio. Mujeres
de edad irreconocible reprenden al chiquillo y me ofrecen dátiles forzosos. El
viento acaricia un murmullo que semeja música. Música. Seguro. Eso buscaba
Brian Jones. Música inédita, novedosa, temperamental, exótica. Aquí la
encontró, y se vistió la piel de cabra del Dios Pan al ritmo de darbukas,
gimbris, kamanjas que enredaban el aire con su telaraña de polifonías
discordantes.
Lo
exótico, ¿dónde se encuentra? Lejos, se dijo el bueno de Brian Jones. Lejos,
después, hasta su tierra natal, se llevó enlatados los ritos melódicos de los
músicos de Jajouka, desprendiéndoles por siempre de su religiosidad profana al
permitir que fuesen profanados por el consuetudinario oído occidental.
Hoy,
Jajouka me recibe con una lasitud de siesta y una musicalidad de moscardón
veraniego. No encuentro lo exótico en sus callejas, se me antojan iguales a las
de cualquier pueblo de la meseta castellana, y me pregunto dónde la costumbre,
si en tu piel de laguna quieta o en la musculatura de marejada de esa joven
magrebí que me contempla con la incertidumbre agazapada en su mirada. Recuerdo
que Brian Jones no sólo perdió la cordura en estas tierras, también la locura
mirífica en la mirada de Anita Pallenberg, que adoptó desde entonces el regazo
de Keith Richards. Y lo exótico, desde ya, se me antoja costumbre.
miércoles, 30 de diciembre de 2020
el año de la peste y la sonrisa de la Binoche
Tumbado en el sofá, los cojines milimétricamente dispuestos para acoger la ordalía de osario venidero en que se transforma mi cuerpo, mi latido, mi dolor... porque me duele el estómago, mucho, y no es por excesos festivos de festividades que no estoy celebrando como desearía. No es por eso y prefiero no conocer el origen (o fin) de este tartamudeo que mi sistema digestivo ha decidido como algo parecido al sufrimiento previo al perdón de los pecados.
Porque la casa está vacía. Estoy solo. Me desentiendo de La insoportable levedad del ser (elegí mal día para revisitar dicho filme) y lanzo mis pupilas como dardos certeros contra las ramitas falsas de un falso árbol de navidad que, hace no mucho, erigimos Munay y yo en medio del salón: para que fuese más incómodo recorrer sus escasos metros cuadrados, sí, pero tal vez, también, para que no pudiésemos escabullir el recuerdo de haberlo montado juntos, entre risas y confetis de un ayer mal parido y un futuro siempre incierto mientras los abuelos, en casa, lloraban nuestra ausencia. Dardos mis pupilas, siguen sin acertar las ramitas del árbol, y le cosen espumillones falsos por ver si así ven mejor todo lo que en su ramificación made in China anida, ya libre de sangre y horas niñas de trabajo sabiamente remunerado con el celofán del mañana dios o Lao-Tsé dirán. Como dardos las monedas en la hipotermia de la cuenta corriente que me tirita de frío al comprobar que este mes tampoco llego.
Apago la televisión, a pesar de que la mirada de Juliette Binoche invita a hacer hogar en ella y hogaza de su ternura de rebaño frío, promisorio y quieto. Como los rebaños de sacrificio que engordarán la ilusión de tantos, durante estas fiestas sin abrazo ni ebriedad aplaudida. La ebriedad, estos días, repta y silabea silbidos de sangre a tus espaldas, y no es políticamente correcta ni socialmente aceptada porque puedes contagiar al otro que no teme contagiarse ni contagiar mientras le sustente una cuenta bancaria engordada a base de miedo y sudor frío sin dejar de denostarte por paria y portador de virus... salvo que te haya tocado la lotería, que ya sé que no... o tal vez sí, porque sigues con vida a pesar de entrar cada día en el estómago fragante del Metro para desplazarte hasta tu lugar de escarnio, o de trabajo, que tú del teletrabajo nada sabes más allá de esas leyendas que te cuentan los medios y hoy ya te suenan más a Charles Dickens que a derecho conquistado.
Mientras, en esos allende los mares que siempre quisiste surcar, los hijos de la nada recolectan virus de sombra y marchitan pan duro al albur de una dentadura hecha de limón exacto. Mientras, allende los mares, en mi a pesar de todo añorada Bolivia, en mi a pesar de todo añorado Marruecos, en mi a pesar de todo añorada India, por ejemplo, la peste no hace acto de presencia simplemente porque los medios no nos lo cuentan. Pero igual es Bolivia que la residencia de ancianos ubicada en el mismo perímetro en que se encuentra el hogar de fin de semana de más de uno que no quiere saberlo o no se entera o cualquier día levantará barricada para que desahucien a los ancianos como si fueran los nuevos menas o menores no acompañados nunca para la siguiente entrega, a domicilio, de comida recién hecha y bisutería low cost adquirida vía amazon que, de paso, te entrega libros que nunca cobrarán los escribas que en ellos se dejaron la vida porque hoy todo es producto y consumo mientras se consumen aquellos que regalan canciones que tú aplaudes en las redes pero que ni por asomo te atreverías a comprar porque es mucho más valioso un like y un aplauso en emoticono.
Enciendo de nuevo la televisión y naufrago mi mirada en la de la Binoche sólo por desprenderme de tanta herrumbre y machiembrarme falsamente a sus pupilas hechas de ayer y belleza. Los bares han cerrado, ya es hora del toque de queda, pero sus propietarios seguirán clamando por el pan que se les quita, arrancado de la barra del bar como se le arrancó la dentadura al último anciano al que escuché languidecer y proferir soflamas de infortunio frente a la tapa de callos reseca. Claman los propietarios: ayudas directas. Claman los autónomos: ayudas directas. Claman los gerentes de las estaciones de esquí: ayudas directas. Claman los dueños de hoteles y aerolíneas: ayudas directas. Claman los diputados: guerra abierta. La calles son un clamor a través de los telediarios, pero no escucho clamar a nadie por los que se dejaron la garganta clamando a un cielo abierto de jilgueros y nubosidades variables a las que no supieron poner nombre hasta que se puso de moda nombrar cada nueva borrasca como para darnos más miedo. Nadie clama por nadie más allá de ese sí mismo que languidece exhausto arrastrando sus cadenas de naufragio con maneras de fantasma de Canterville reutilizado. Todos damnificados, sí, pero cada damnificado en su mundo, como nos quieren, agradecidos por sus dádivas de high couture mientras deglutimos anuncios de eau de toilette plurilingües y denostamos el fin del idioma español como lengua vehicular escupiendo a quien habla un idioma no reconocido por los mercachifles del todo o nada, dígase este árabe o subsahariano. Las calles son un clamor, sí: un clamor de compraventas en que olvidamos el motivo por el cual ayer, antes de que llegase la navidad, tan necesaria, más incluso que la vida, llegase la ordalía del proletariado (Marx revisited) para imponernos su dictadura de compraventas que cotizan al alza del clamor y la farsa. Y es que las calles son un clamor de sangre terciaria derramada a mayor gloria de las madres del mercado que no, no son la nuestra llorando los paños de limpiar por enésima vez la cocina en que mañana no podrá afanarse porque está sola y nadie la visita y si alguien lo hace será sólo para emborracharse y no para enjugar sus lágrimas en el lacrimal valiente de eso que dimos, erróneamente, en llamar ser humano.
Regreso a la Binoche y lloro pensando en Munay porque hoy me siento madre y me duele este desbarajuste mental al que me amarro, limpiando fogones y adecentando cuartos, con las encías frescas de sangre de gaviotas que mordisqueo cuando me llegan de antaño a morder el vergel triste de una marejada hecha rebaño.
Muchos escuchan ya tronar el campanario, como en la antigüedad, clamando a muertos. Pero es fin de año y sólo una fecha será capaz de cambiarlo todo a ritmo de campanas vacías y mesas puestas como esperando invitados que nunca llegarán porque les cambiaron el horario. Eso es la peste, para la mayor parte de nosotros: un cambio de horarios, un llegarán tiempos mejores, un volveremos a vernos y si no nos vemos es que no nos hemos acordado. Yo, por si acaso, regresaré a la Binoche y prepararé los cachivaches que hagan sonreír a Munay sin saber que le espera un mundo de disfraces sin sentido y clamores hechos trino de gorrión aniquilado.
Ding-dong, ding-dong... qué triste la Puerta del Sol sin su rebaño... ding-dong, ding-dong, qué triste la madre huérfana de su sangre y de sus daños... ding-dong, ding-dong, qué triste la cobija tenue de los que sufren el frío sin contarlo en televisión para no estropear nuestro condumio hecho de siesta y ocaso.
Ding-dong, ding-dong, qué suerte la mía de poder estar borracho y asomarme al patio de luces de mi hogar como quien lo hace al patio de butacas... arriba, pastoreando nubes y ensoñaciones, la sonrisa de la Binoche.
viernes, 5 de junio de 2020
el niño Lorca
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| Autorretrato de Federico García Lorca para Poeta en Nueva York |
jueves, 4 de junio de 2020
reivindicación de Juan Goytisolo
jueves, 19 de marzo de 2020
El paseíllo
domingo, 1 de marzo de 2020
rock and roll convulso
Un crooner de dicción canalla y frágil (perdonen la redundancia) que empuja hasta insólitas cumbres de emoción a una banda de músicos superlativos que manejan percusiones, vientos, ritmos, teclados, cuerdas y coros con maestría de puñal en flor. En cada compás se arrumba un eco de electricidad ancestral llevada al límite de la belleza por la suficiencia agridulce con que Chencho fusila los versos de unas canciones que son verdaderos poemas.
La elegancia y riqueza de matices que atesoran estas Baladas de plata, aparte su intrínseca sabiduría rock, ostentan patente de corso europea. En Europa inicia este delicioso paseo por lo mejor de la música popular, con canciones tan europeas como el Mediterráneo y el amor fou. Tan mediterráneas como Serrat («Un hit», de nuevo «La canción de Nadia») y tan amor fou como Gainsbourg («Te quiero sin querer», el delicioso orgasmo francés de «Mi pequeña muerte en ti»). Tan europeas como una tarde en el interior de una habitación que hiede a sexo y amor perdido. Melodías de contracciones rítmicas y acordes distendidos, copulando en esa pose original y subversiva con que la belleza exhibe sus atributos.
Pero el viaje continúa, y el autor nos recuerda que su pericia musical se ha forjado en numerosos senderos. Así, abre de nuevo la puerta a Dylan («La noche americana», el góspel bastardo de «Suicidio en Hollywood») confirmando que lo que hace de una canción poesía es, amén la lírica intachable de su letra, la capacidad del cantante para empujar con su voz de anochecer el gruñido en seda de ritmos, guitarras, coros y vientos, hasta fundirlo todo en un emocionante abrazo de tensión y música total. Y si el cantante ha de susurrar para ello, como los poetas, lo hace. Pocos saben susurrar como Chencho Fernández, por cierto. Poesía, ya digo.
Por si quedasen dudas de la educación musical del bardo, este comete la desfachatez de, con mimbres garaje y negritud de allende los mares, edificar una mítica de la propia tierra de nacimiento y sus andanzas por la misma, como Lou Reed relatando su impostergable New York («En boga»). E incluso se pasea por los barrios bajos de un Buenos Aires que huele a Hispalis berlinés («Salvador en la Plaza del pan»).
Las guitarras juguetonas y los coloridos paisajes de teclado en que se sostiene «Calle Imagen» regresan los pasos del poeta por el callejero de la melancolía, después de rumiar su propia ignominia marcando el ritmo en ese milagro de lírica cruel y acordes en duelo que es «Como se odian los amantes». Siempre a un lado y otro de ese espejo de convulsa belleza frente al que Chencho Fernández sitúa al afortunado oyente.
No es que no existan los ancestros, por tanto. Es que Chencho ha bebido de sus fuentes hasta saciarse y aclarar su voz de poeta urbano para dotarla de un acento único y absolutamente moderno, à la Rimbaud. Porque lo moderno, hoy, es mantenerse ajeno a la estridencia y el golpe de efecto, es utilizar la sabiduría de años de música popular para fecundar un disco, como este, intemporal y deslumbrante. Baladas de plata es un universo que se escucha como un poemario o un álbum de fotografías que catalogan amores como cuchillos por la espalda. Un derroche de elegancia y buen gusto, desde la precisión de las composiciones hasta la pulcritud de unos arreglos musicales que no vienen a entorpecer la canción ni a dotarla de histrionismo, sino a vestirle la piel precisa. Baladas de plata es un universo instrumental y lírico de difícil parangón en el rock que se pergeña a día de hoy en este país.
Baladas de plata como balas disparadas contra este lobo para el hombre en que nos hemos convertido... tal vez con la desesperada intención de regresarnos a nuestra condición humana y convulsa.
jueves, 20 de febrero de 2020
otra temporada en el infierno
Así tú y yo, aquella noche, decididos a apurar ese concierto como si de un trago delicioso y postrero se tratase. Al frente de los días, casi al borde de aquellas horas, nos esperaba un exilio voluntario en tierras andinas. Abandonaríamos familia, amigos, hogar, recuerdos, fetiches, paseos, compraventas, noches infinitas y días mordisqueados, cual manzanas, por las nubes de aguacero y hollín de un Madrid que nunca fue nuestro, por más que así lo pretendiésemos.
Horas antes, con David, en el coche, repasábamos Licenciado Cantinas, el último CD (por aquel entonces) del artista maño. Los tres estábamos de acuerdo: gran disco. Obra arriesgada en que el músico se había atrevido a actualizar un buen tropel de tonadas pertenecientes al cancionero popular latinoamericano. Latinoamérica, decíamos, y en la voz de David se estremecía un rumor de melancolía, en la tuya un presagio de duda y en la mía una seguridad ficticia. Latinoamérica, seguro que os irá bien, y el cambio no será tan grande, a ver si comienzo a ahorrar para ir a visitaros. Y nuestro silencio como respuesta o, en el mejor de los casos, un brusco pon la canción siguiente. Tú siempre querías escuchar, una y otra vez, la copla que finaliza el disco: es mi preferida, es preciosa. Y lo único de precioso que contiene esa música son sus doloridos versos de existencia al borde del abismo.
Yo te había hablado, antes, de Atahualpa Yupanqui, de su voz de arena tibia y el rasgueo florido de su guitarra. Alguna vez, en casa, puse un disco suyo, para que escuchases la canción original. Pero a ti no te gusta el sonido añejo ni las películas en blanco y negro. Tus oídos, como tu cuerpo todo y tu ternura, son más jóvenes que los míos. Prefieres la canción de Bunbury, has nacido cuando el rock and roll lo era todo habiendo dejado de serlo. Ya era historia, o sea. Ni siquiera conociste a Kurt Cobain, eras demasiado joven, ya digo. Yo, sin embargo, crecí a la adolescencia cuando el punk confirmaba su máxima del no future y Gabinete Caligari ofrecían tragos de Four Roses para las noches de amanecer incierto, me impregné de rabia grunge y luego, al poco, comencé mi meditabundo recorrido por los ritmos de los 60 y 70, rythm and blues, los Stones, Dylan, The Kinks, Zeppelin, Bowie, la Velvet, cómo no, y, cual Diógenes desorientado, amplié el espectro de mis gustos musicales a la trova, el tango, el folk, la copla, el flamenco y un sinfín de cadencias preñadas de oscuro y melancolía. Es ahí que apareció Yupanqui para explicarme que Argentina no sólo asesina mujeres besándolas a ritmo de tango, sino que también habita cordilleras de almizcle en que danzan nubes y poetas sueñan quimeras con que dignificar al pueblo.
Tú prefieres la versión de Bunbury, más moderna, de sonido más actual, más orgánico. Claro, al fin y al cabo por eso registró el músico su Licenciado Cantinas, consciente de recoger entre las manos glorias extintas de la canción latinoamericana y dotarlas de envoltorio que le generase nuevas travesías con nombre de saudade. Mientras, en las cantinas y boliches de el continente americano, continúan agrietándose los tragos en la garganta de borrachos, pendencieros y soñadores para quienes esta o aquella canción supone elixir de duelo, osario de amores en desgarro, bocado de infortunio.
Y disfrutamos aquel concierto. Y llegó tu canción. Bunbury cantó «El cielo está dentro de mí», del Maestro Yupanqui, y tú escanciaste humo de lágrima en mi hombro mientras tus ojos pretendían hallar en los míos la solución imposible de nuestro futuro en común.
Pocos días después partiríamos y arribaríamos a la falda revoltosa de unos Andes ametrallados de silencio. Y comenzamos a erigir nueva vida con maneras de artesano: ladrillo sobre ladrillo, incomodidad sobre carencia, sonrisa sobre caricia, lentamente... y un día sucedía a otro y el nuevo fagocitaba al inicial mientras el que estaba por venir sucumbía de antemano a la envestida del siguiente, y así en maquinal reproducción de horrores que nos esculpían la sonrisa reconduciéndola en realidad anciana con que la parca reclama su reinado.
Tú me preguntabas qué hacemos aquí, tan lejos de todo, de todos, tan expuestos a la mendicidad de seda negra que viste el futuro en sus noches de gala. Yo recordaba el amanecer sucio de Madrid, a la ribera del Manzanares, con su desastre de agua débil y patos supervivientes. Recordaba La Riviera, aquellas noches de concierto, el redoble amable de la camaradería, el sucio riff del sexo urgente en los urinarios del bar de enfrente, el vertiginoso acorde del alcohol adulterado, aquel apocalipsis arquitectónico que impregna los horribles muros de la catedral de La Almudena, el crimen de metacrilato perpetrado sobre los arcos del Viaducto, las calles de ese Madrid de los Austrias que tanto paseábamos, después de cada concierto, antes de entrar a la siguiente taberna para continuar debatiendo, entre copas y cigarros, lo difícil que es mantener el soñado equilibrio entre luz y oscuridad.
Desde allí, en las alturas, mi vista vestía de lejanía todo el valle de Cochabamba. La claridad desteñía la distancia, las nubes desenredaban meteorologías indecisas y el viento desordenaba pentagramas de silencio. Pero a lo lejos, en el continente ignoto de la memoria, cantaban Yupanqui y su guitarra
El cielo esta dentro de uno...
y está el infierno también.








