viernes, 19 de diciembre de 2014

libertad de culto

Que el sentimiento religioso es moneda de común intercambio a lo largo y ancho del orbe conocido, es obvio. Desde las feligresías buenistas de los discípulos de Buda, a las catacumbas macho de la fe de Cristo, pasando por la metralla servil de los yihadistas de Allah, y sin olvidar los sectarios equívocos de doncellas que dejan de serlo una vez embestidas por iluminados neoprofetas, la religión devora el mundo cual tsunami falaz o embustero corrimiento de tierras.

En ocasiones me pregunto de dónde nace el sentimiento religioso. O de dónde nos lo nacen, más bien. Tal vez sólo sea una manera de prepararnos para tanto sufrimiento, ya saben: espíritu de sacrificio y toda la prosopopeya adjunta: prepárate, la vida es dura, a nadie le regalan nada, la felicidad no existe, etecé ad nauseam. Por ello: ten fe en algo. Aunque ese algo vista taparrabos censor mientras ejercita contorsionismos de sangre obscena sobre una cruz de madera.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza comprender más tarde, acertó el poeta. Pero aún hay quienes entendemos en los versos de arritmia desenfocada de Gil de Biedma el latigazo eléctrico de la vida como dolor sensorial en que se anula todo sentimiento moral o religioso. Y es que el sufrimiento de la vida se reduce a no poder llamarla por su nombre porque otros se empeñan en robarle su apellido. Nada más. El resto, en este caso, no es poesía. Tal vez sea religión.

Leo (y he de releer frotándome los ojos con exageración de viñeta humorística) la "noticia" acaecida hace unos tiempos (sigo escribiendo con retraso) en las que fueron tierras de Al-Andalus. Ya lo vociferaban en cenas de empresa y celebraciones varias aquellos cantamañanas que acurrucaban las noches de no pocos encorbatados ebrios: Sevilla tiene un color especial. Y tanto: resulta que el Juzgado de Primera Instancia número 26 (si no les suena ese número deberían indagar) de la citada ciudad, ha resuelto en auto que un menor de edad debe acudir a clases de catequesis preparatorias de la primera comunión de manera obligatoria. No invento, viene en eso que seguimos (a pesar de todo) llamando prensa.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde. Un buen día uno se pregunta por qué el hecho de escribir y publicar libros, artículos, ensayos, cosas, no podría ser labor suficiente para ganar el sustento, como ocurría antaño, cuando eso llamado literatura, tenía su precio de mercado (¿no queríamos, acaso, mercado?) y como tal era valorizaba gracias al consumo más o menos exitoso por parte del público lector. Eran otros tiempos, cierto. También otros valores. Aún no se había inaugurado el reinado del todo vale y vale más si es gratis. Aún se leía. Todavía no se consumía. Porque, recuerden, cada vez que se reconocen en el término consumidor, que quien de seguro se consume es el enfermo terminal. La literatura no. La literatura se lee, y después se aprecia o desprecia, a cada cual su gusto.

Me enredo y sólo venía a decir que olvidé hace tiempo los preceptos religiosos, y denosté el judeocristiano espíritu de sacrificio y sufrimiento. Claro que, ahora lo pienso, no llegué a ser tan rebelde, y así me atreví a tener fe en algo. Por ello aún defiendo como dogma el que cada humano porta un don con el que poder hacer carrera, o sobre el que poder construir hogar y vida, una labor en que laborar, un trabajo con el que alimentarse, sin tener por ello que alimentar más a quien no lo ejercita. Discúlpenme, aún tengo fe en que escribiendo pueda llegar a vivir, sí, porque el que escribe también trabaja, aunque le guste. Por eso aún tengo fe en que el término trabajo, algún día, deje de ser antónimo de vida. Por eso sigo aquí, apurando las últimas gotas de la última botella de güisqui que el bolsillo me permitió adquirir, pegado a un teclado y desangrando mi cuello sobre la pantalla en blanco, al ritmo sinfónico de una cuchillada de luna llena. Y es que la fe, si no se tiene, hay que forzarla. En caso contrario, la cuchillada debería proporcionársela uno mismo. Por dejar de sufrir y evitar más sufrimiento a los allegados, mayormente.

Quiero pensar que, tal vez, la Justicia, al fin, sea ciega, y haya decidido mostrar su invidencia en un Juzgado de Sevilla, obligando a un menor que se considera no creyente a acudir a clases de fe que le restituyan a la vida. La fe, si no se tiene, hay que forzarla, insisto.

Leyendo en profundidad la citada noticia, descubre uno que todo respondía a una cuestión de custodias paternas. La madre del menor obligado por auto judicial a reingresar a la fe católica es no creyente, mientras el padre abraza los brazos extendidos de Cristo (pero sin acompañamiento de clavos, tampoco hay que excederse). Ambos progenitores están separados, y juegan desde hace tiempo a establecer campo de batalla en la mente inocente y pacífica de su vástago. Cuestión de custodias, ya digo. A lo cual me pregunto quién custodia, hoy, la libertad de ejercer el libre raciocinio que nos diferencia (dicen) de los animales, y si no serán los mismos que convierten la literatura en objeto de consumo que debe llevar marca de alta editorial para que merezca pagar por ella. Los mismos, al fin, que deciden con los ojos vendados lo que es o no justo y obligado.

Gracias por leer, aunque sea gratis. ¡Y, amén! Aunque en Sevilla, tal vez, dijesen: ¡y, olé!

miércoles, 26 de noviembre de 2014

vidas desahuciadas

Caminaba Vallecas, pueblo obrero, desde la fragua de taconeo insomne de los gitanos hasta el horneado fragante de panes y dulces de la panadería donde aquella joven ecuatoriana me crepitaba el deseo cada vez que me ofrecía la barra más crujiente. Vallecas amanecía a la silenciosa sierpe de la resaca y las horas de bien merecido sueño con los callos aún latiendo el membrillo del yeso y el cereal del ladrillo. Sus cielos de polución sur acunaban aún el sueño de rumanos, magrebíes, bolivianos, pakistaníes y algún que otro senegalés perdido en la noche iluminada de su sonrisa incandescente. Caminaba Vallecas, Villa de Vallecas, sus calles de farola apedreada y adoquín revoltoso, recién alumbrado el día, ya digo, para organizar las horas en un ajedrez de compras morosas y saludos babel.

A veces pienso que sólo caminaba la mañana vallecana por reconocerme en el mordisco de sombra que mi paso imprimía a las paredes recién amanecidas de la barriada insomne. Por acercarme hasta el quiosco de la plaza, donde se afanaba María tropezando con sus muletas y con los mil cachivaches de regalo dominical de los noticiarios, ya ves, hijo, aquí, intentando organizar todo esto, que cualquier día van a regalar coches con el periódico y a ver dónde los meto, porque aquí, ya, ni para la matrícula habría espacio, eso sí, de esa manera tendría dónde vivir si la cosa sigue igual de cruda, que cualquier día veo que me echan de casa los del ayuntamiento. Porque María habitaba una de esas viviendas de protección oficial que, como la mía, fueron malvendidas a empresas de gestión privada, qué le vamos a hacer, si es que lo público no produce, y lo que no produce no compensa, ya saben.

Hace tiempo que hube de abandonar Vallecas poniendo tierra de por medio. Pero los noticiarios, estos días, me retornan a mi antiguo barrio, y reconozco en televisión al afable marroquí que me vendía a precio de amigo ras al hanut con que aderezar el cous cous, la sonrisa ingrávida de la dominicana que añadía color a las uñas color fatiga de las vecinas, la sobriedad gestual del peruano que regalaba cilantro con cada kilo de verdura, el quejío sabroso de la gitana joven y guapa que evadía los corsés raciales amancebada a la cintura de un payo, el pasear pausado del anciano que todo lo había vivido pero aún preservaba horizontes que culminar. Sí, he podido verlos de nuevo, a todos ellos, en televisión. Y no acudían como público a uno de esos programas que dispensan fama efímera. Todos ellos, y más, componían racimo de vendimia amarga a las puertas de un edificio sitiado por vehículos policiales y reporteros gráficos en Sierra de Palomeras, muy cerca del hogar de acogida a cuya puerta se magreaban adolescentes de distintas razas para enardecer de color la amanecida gris amianto del extrarradio, esos que me pedían siempre un cigarro, al regresar yo de comprar, donde María, la mancha de tinta agria del domingo amarillento. Sierra de Palomeras, domingos de suburbio, capitales de la calma que yo deambulaba con la excusa de comprar la prensa pero con la intención única de escuchar un verso de barriada y hastío de los labios de María.

Hoy, ayer, hace unos días, Vallecas era un clamor, y en Sierra de Palomares se ejecutaba (sí, como en las cárceles U.S.A.) un nuevo desahucio, y este Madrid obrero que apuntala con sus manos de andamio el Madrid financiero recuperaba su insignia de osamenta dolorida y ojeroso eyeliner.

Porque Vallecas es un desahucio compuesto de trapos abandonados y peluches sin mirada, un hogar breve al que llegan todos aquellos que perdieron vivienda, allende los mares, y tuvieron que iniciar periplo de vagamundo hasta arribar a sus costas de bulería, tercio de Mahou y subsistencia. Quizás por eso sea Vallecas, hoy, también, lo que nunca dejo de ser: un murmullo de brazos camaradas en que se acunan los sueños del orgullo de barrio y la solidaridad del que se sabe igual al distinto. Vallecas es un desahucio a cuyas orillas llegan, encerrados en botellas de DYC, mensajes de náufragos que saben que no están solos, por mucho que pretendan exiliarles en islotes de individualidad y ausencia. Vallecas aún respira, y sus habitantes gustan de compartir latido. Por eso se echan a la calle para denunciar la ejecución de un nuevo desahucio en que una vida de 85 años se revela, para tantos, primordial como la de uno de esos hijos del hambre o el daño colateral que ya ni siquiera vemos por televisión. Tal vez porque esos niños sean sus propios hijos en espera del envío de divisas que les arrebate la prematura madurez.

Mientras tanto, las calles sevillanas se visten de primavera retórica y agasajan con palmas y llantos la marcha de una grande de esa España que no es la mía ni la de los vallecanos. Descanse en paz, si es que no tuvo ya suficiente. Vallecas, como tantos otros barrios de comunidad y agravio, seguirá descansando en guerra, combatiendo el desahucio en que desean convertir la vida de sus habitantes.

Veo, en televisión, la muleta de María, como un fallido asalto a los cielos o un fusil minusválido, reclamando justicia para aquella que, mañana, tal vez ya hoy, podría ser ella misma. Vallecas, ya digo, es un desahucio que impugna su naturaleza fraudulenta para recordarnos que aún hay esperanza.

viernes, 14 de noviembre de 2014

equilibrio poético

Pocas alegrías proporciona la prensa, en estos días, salvo que sea uno de festejar la larga mascletá de crímenes económicos (dejémonos de eufemismos, la corrupción mata, díganselo si no a los deudos de todos aquellos que prefirieron saltar desde el balcón de su hogar antes de ver cómo pasaba a serlo de sus matarifes) que está convirtiendo el país en unas fallas de asco y nervio. Así que uno ya ni se molesta en leer titulares, y continúa rebuscando entre la letra pequeña de los diarios, por precaución.

Y es en esa letra pequeña, como de cláusula abusiva, que conozco la antepenúltima hazaña de los laureados bomberos de New York, al salvar la vida de dos operarios de limpieza encargados de proporcionar relumbrón a los novísima cristalería del One World Trade Center de la citada metrópoli. Resulta que algún fallo técnico o humano (aún está por aclararse) provocó que ambos trabajadores quedasen suspendidos, durante dos horas, a 240 metros de altura, con el vértigo desorbitando sus pupilas ante el vacío que amenazaba con devorar sus huesos y pestañas. Dos horas, repito, permanecieron allí, esperando a los equipos de rescate. O sea, como cuando, en ferias populares contrabandeadas públicamente a privados consorcios que deciden ahorrarse los controles de seguridad, queda suspendida una decena de adolescentes ávidos de emociones extremas en el centrifugado feroz de alguna montaña mecánica de esas que denominan rusas.

De cómo el equipo de bomberos encargado del rescate llevó a cabo, exitosamente, su labor, no me apetece dar cuenta. Está en la prensa, y en esta ocasión es reciente, por si les interesa. Pero comentaré algo que, invariablemente, se repetía en cualquiera de los medios informativos que explicaba el suceso. Me refiero (y transcribo) a la conmoción emocional que supuso en la población el contemplar aquella escena que despertaba los fantasmas del subconsciente colectivo. Se refieren, obvio, al famoso atentado perpetrado años antes, 2001 para ser exactos, en el mismo lugar, y que difuminó para siempre, en humo y cenizas, la metálica pincelada con que dos torres gemelas violentaban el lienzo futurista de cielo neoyorkino.

Un servidor, me van a disculpar, no forma parte del colectivo cuyo subconsciente aún anda herido por el recuerdo de aquel infausto evento. A mí, la noticia de los limpiacristales suspendidos en el vacío, me trajo a la memoria un memorable documental llamado Man on Wire.

El 7 de agosto de 1974, un funambulista francés de nombre Philippe Petit, ayudado por un grupo de lúcidos perturbados, conseguía burlar los servicios de seguridad de las Torres Gemelas de NY para extender entre las terrazas de ambas moles un alambre sobre el que, momentos después, comenzó a caminar los cielos metropolitanos para asombro de propios y extraños. Evidentemente, no había red ni salvaguarda posible, en caso de que el equilibrista hubiese dado un mal paso. El documento visual nos regala los prolegómenos y el desenlace de una gesta heroica. Petit, cumplió su cometido, y fue posteriormente detenido por las fuerzas del orden. Portaba, su rostro, una beatífica sonrisa.

Tan notable filme desmenuza para el espectador no sólo el equilibrio aéreo del artista de las nubes, sino también su equilibrio cerebral, enfrentándonos a un laberinto de acertijos y cuestiones que se cuestionan el utilitarismo de eso que damos en llamar arte. Porque Petit, surcando los cielos de la ciudad aún a costa de la legalidad establecida, lleva a cabo uno de los más sobrecogedores actos poéticos de que la Humanidad tiene recuerdo.

El acto de terrorismo artístico del funambulista anticipaba el lirismo terrorista y cruel de dos aviones que quisieron unir los edificios en un alambre de sangre y confusión, cierto. Pero tal vez, por qué no, anticipaba también la poesía de costumbre y terror de dos limpiacristales anónimos a quienes nunca nadie dedicará un documental. Ellos caminan a diario una cuerda floja que se eleva desde el asfalto hasta el firmamento. Pienso en la afilada dificultad de regresar a casa, tiznado de grasa y cristasol, e intentar convencer a la parienta para un fornicio urgente (que mañana hay que madrugar), y mantener la cordura. No debe ser fácil caminar con la mirada al frente pensando únicamente en los hijos que has de alimentar y, tal vez, si hay suerte, en la secretaria de dirección de vertiginoso escote que lleva y trae cafés hacia las salas de reunión manteniendo el equilibrio sobre sus tacones de aguja. La puedes ver, frente a ti, mientras abrillantas las indiscretas ventanas que la radiografían en sus quehaceres diarios. Tal vez por ello te despistas un momento, tropiezas o accionas mal el mecanismo del aparato que te suspende entre las nubes, y tu cuerpo se abalanza hacia el vacío. 

Los funambulismos cotidianos del trabajador de a pie carecen de la notoriedad suficiente para que ningún artefacto visual decida llevarlos a la gran pantalla... salvo cuando equivocan su pericia y resbalan, como los limpiacristales del One World Trade Center, para sacudir el subconsciente colectivo mientras las cámaras de televisión registran el suceso. También cuando les enloquece la hipoteca y desprecian su anonimato entrando en una sucursal bancaria, pistola en mano, con la única intención de recuperar lo que es suyo, que esto es muy de los EE.UU., también.

Pienso, hoy, que el funambulista francés eligió bien su apellido: "Petit", que, como bien sabrán, es el equivalente francófono a nuestro hispano "pequeño". Así, desde su ágil pequeñez, realizó una gesta poética que anticipaba la lírica cotidiana del que trabaja con su cuerpo, aunque haya de sostenerlo en peligroso equilibrio tan cerca del cielo... o quizás por eso.

jueves, 23 de octubre de 2014

y volver, volver...

Madrid me recibe con escasa alegría, mostrando su mueca más torva, afilando ante mí su mandíbula de borrasca mientras frunce, carente de piedad, un entrecejo de nubarrón y tormenta. Quiero decir que, a mi llegada, los cielos madriles desperdigan brochazos que luchan por anticipar el brusco lienzo goyesco del otoño. Es evidente, si algún madrileño lee esto, que escribo con retraso: hace días que un sol imprevisto ha decorado de escotes y gafas de sol las aceras de la capital. Pero escribo con retraso, insisto, ya lo saben quienes me conocen, así que regreso a los días de mi retorno al país: llueve, hace frío, la garganta se reseca y he de cuidarla con altas gradaciones etílicas, que dicen que el alcohol todo lo mata... hasta las esperanzas.

Llegar a la ciudad que te ha visto tropezar tantas veces, pisar de nuevo el sendero de adoquines grises (tan opuesto al de baldosas amarillas) al fin del cual deseabas encontrar un arco iris de calma y sosiego, para descubrir que su herrumbre de pasos gastados se tiñe de hastío y desesperanza. Las televisiones arden en fuego cruzado de corrupciones e ineficacias políticas, tarjetas black, ébola, inmigrantes apalizados y demás entertainment.

cortesía de "la red"
Mejor entregarse al sueño intranquilo de la Literatura, reabrir cajas y extraer de su estómago de cartón volúmenes ajados que sobrevivieron a tu período de desapego: cambiabas de país, metías tu vida en una mochila, regalabas libros y vinilos, ¿quién los tiene ahora? Afortunadamente puedo acudir a los restos del naufragio, y rescato de entre ellos una vieja edición de Thomas De Quincey que recoje las Confesiones de un inglés comedor de opio y El asesinato considerado como una de las bellas artes. La prosa subversiva del británico, recoletamente adecentada con un lenguaje exacto y certero no carente de filosofía, pedestre pero intensa, logra ausentarme momentáneamente de los terribles devenires de una nación que chapotea los barros de la indecencia en top less y sin previa ducha que la exponga en sociedad más presentable, menos grosera de lo que se antoja. Un desnudo obsceno, desagradable, nada apetecible. Como el de aquellas añosas europeas a quienes atisbábamos desde la playa de la adolescencia. La novedad: mujeres aireando sus pechos al casposo aire mediterráneo, pero nunca las jóvenes amazonas que nos regalaban las páginas del Playboy robado en el quiosco del barrio al primer despiste del dependiente. Decían que las playas españolas se inundaban de deseables impudicias, y nosotros, asomados a la torpe edad de la torpeza, sólo alcanzábamos a ver una especie de decadencia de occidente spengleriana en los pechos maduros que ya reclamaba la tierra, tan sabia, con su magnetismo newtoniano, haciéndolos colgar como esparadrapos usados o banderas de ejército vencido. Pues igual el desnudo nacional, decrépito y nada sabroso, salvo para los paladines del todo vale.

Defendía, el literato inglés, el consumo de opio para potenciar la verbalidad y llevarla al papel. Por lo escrito, podemos asegurar que no le vino mal. Más tarde, en su otra obra cumbre, filosofó alrededor de la estética del crimen, dejando a un lado la importancia de la vida perdida a manos del criminal, indagando en la metodología que este pudiera seguir para transformar su delito en una obra de arte. Para De Quincey, o quienes por su boca hablan, en el libro, si logramos evadir la reincidencia moral en el deleznable hecho del asesinato, podremos prestar mayor atención a los condicionantes estéticos del mismo. Después de releída la citada obra, uno no sabe bien a qué atenerse. Luego enciendes la televisión y ves desfilar a la recua de fantoches que ensanchan el bolsillo de sus chaquetas con los réditos del latrocinio. Observas los rostros perplejos de ciudadanos que acuden cada día a la factoría de engaños que llamamos trabajo. Contemplas el pánico ante el mínimo brote de un virus que en otras latitudes devora vidas como caviar engullen los responsables de la política y la mercadería nacionales. La consecuencia es obvia: piensas en De Quincey, le das la razón, y comienzas a urdir mentalmente asesinatos de una exquisitez intachable: despellejar despaciosamente a los famosos consejeros de cierta entidad bancaria con una de las tarjetas que utilizaban para regalarse viajes al Caribe a cuenta del contribuyente, organizar una ruleta rusa sin pistolas en una habitación cerrada en que los participantes que acompañasen a un mediático consejero de sanidad fuesen un grupo de guineanos contagiados irremediablemente de ébola, organizar unos 2.000 metros obstáculos en que corran los mandatarios gubernamentales y sus secuaces debiendo saltar vallas coronadas por concertinas y en que el disparo de salida, este sí, sea en plan ruleta rusa apuntando de manera azarosa y con balas reglamentarias a la cerviz de alguno de los corredores, y en este plan. Pura demagogia, o sea. Pero hoy me apetece ejercer de demagogo y recordar que esta Europa que vivimos y a la que creemos pertenecer no sería lo que es (para bien o para mal) de no haber subido y bajado, redecorando en hemoglobina las nubes viajeras de un París en llamas, aquella afilada hoja de afeitar futuros voraces que dieron en llamar guillotina.

Nubes de un París ensangrentado. Nubes que se han desplazado a Madrid para descargar sobre el laberinto procaz de sus calles todo un vómito de tormenta otoñal y ciudadana que sólo añadirá mugre a la acumulada y aposentada inmundicia. Quizás sea hora de comenzar a teñirlas de sangre, las nubes. La otra opción sería recurrir al opio para, como De Quincey, mejor entretejer palabras sin que estas se traben en demagogia de enrabietado ciudadano expatriado que regresa a su país para lamentar su peligrosa deriva.

martes, 30 de septiembre de 2014

jet lag en el alma

a mis amigos, que saben quienes son

Llegó el momento (again) de intentar comprimir, en el universo portátil de una mochila, constelaciones de horas vividas, labios compartidos, licores vertidos, latidos desprogramados y memorias futuras. No diré, ahora, que sea triste partir. Pero es extraño contemplar cómo todo lo anteriormente citado toma forma de calzón descosido y calcetín fermentado, en el fondo de la mochila. Verter tu vida en un macuto, lo lamento, no es cool, salvo que tengas dieciocho años, pocas responsabilidades, y una Visa Oro con que recorrer el mundo de friendly hostel en pensión de saldo. Además, un servidor, con el tiempo y la edad, comienza a temer el jet lag, cosa de la que no tienen constancia los irresponsables mochileros adolescentes de la tarjeta de crédito desprovista de fronteras.

Cochabamba es ya un epitafio festivo, una festividad agria en que se enredan las palabras, miradas, besos y abrazos de todos aquellos que hicieron que mi vida en esta ciudad fuese tal. Desearía hablar también de las decepciones, del horizonte redecorado a puñal por los próceres de la patria. Pero más vale ser cauto, no vaya a ser que me impidan abandonar el país y quede aquí varado al vaivén de una bajamar de burocracias kafkianas y coimas infames. Además, atravieso esta noche parajes de alcohol y Leonard Cohen, aguzo la vista para evitar la neblina agria del tabaco, tropezando una y otra vez con arbustos de melancolía. Así que me falla la dicción para verbalizar la verborrea ingrata de políticos y demás alimañas.

Noche de comenzar a añorar la presencia de todos aquellos que acompañaron mi "retiro" boliviano, ya digo, antes incluso de haber partido. Pero demasiado temprano para recapitular, como al borde de un beso que es duda, o al filo de la duda de un beso. Y es que en las últimas horas se ha descongestionado la circulación de mis latidos, al acelerarse el tránsito de reuniones y despedidas. Salgo de casa con un disfraz de sonrisa y brindis, para regresar después con la máscara hecha trizas y una negra sonrisa de saudade asustando a ese amanecer que, momentos antes, me acechaba tras las farolas de la ciudad dormida.

Imposible obviar lo amargo del güisqui que me congela la sonrisa recordando que, en el tráfago de conversaciones ebrias de la despedida, la noche decidió vestirse de mujer para desordenarme el caminar, los músculos y el horario. Así fue que entregué mi tiempo a esa noche fémina, dejándome guiar por ella hacia la duda del alba, estrechándola entre mis brazos, ensuciándome de estrellas los cabellos y las manos. Es después, mientras intento recuperar la lucidez que me permita abrir el candado que se supone cuida mis escasas y estúpidas pertenencias, cuando recuerdo que quise besarla. Pero no pude, me faltó valor. Imaginé que, de haberlo hecho, hubiese perdido su vestido de media luna para tornarse sol naciente que me hubiese cegado la vida. La noche, la mujer, es lo que tienen: por ellas transita el tiempo sin dañarlas. Sólo a nosotros, que las contemplamos, nos duele el tictac milagroso de su minutero. Quise besarla, o sea, pero el reloj me golpeaba el ánimo, y estando contado mi tiempo en la ciudad, mejor no descubrir que su noche no deseaba mi beso como yo sus labios de oscuro resplandor. Porque el beso, cuando es duda, despierta llagas que no hidrata reguero alguno, y más vale duda que rechazo. Yo, de haberme rechazado la noche (o la ciudad, o la mujer, ya no recuerdo), no sé cómo ni dónde hubiese acabado.

Decía, antes, del jet lag, que es mal que aqueja a quienes surcan a lomos de aeroplano las imaginarias fronteras horarias trazadas por científicos y gente del estilo. Ahora pienso que el jet lag no es tan grave. El cuerpo es sabio y se recupera del descontrol horario despejando, con una buena siesta, su ecuación de minutos bromistas. Pero el alma nunca se recupera de la duda de un beso que pudiste hurtar a los labios hembra de la noche, o a la boca de callejón y milagro de la ciudad durmiente, o a esa mujer de labios de luna que te clausuró el crepúsculo... ese es jet lag de largo recorrido, como los vuelos transoceánicos que clausuran, con su coreografía de fierro, la danza anárquica de las aves.

Otra copa. La penúltima. ¡Va por ustedes!

domingo, 24 de agosto de 2014

ni vírgen ni suicida

Existe un país anómalo, perdido entre las cartografías de fusil y moneda de esta Europa que se nos extingue sin que apenas nos demos cuenta. Un país donde los ejércitos sólo saltan las 625 trincheras como líneas de los televisores. Una nación que hace bandera de su neutralidad militar y su cerebral legalidad. Un puerto pirata al que pueden arribar los sacos de monedas extirpadas a los más necesitados en la lucha por la supervivencia. Un crisol de comunidades llegadas de los cuatro confines para sólo escuchar la música de cencerros de vacas de postal turística. Hablo de Suiza, claro.

Pero además de paraíso montañés y pacífico, Suiza es el lugar al que llegan, para mejor morir, aquellos a quienes la vida ya ha desahuciado. En Suiza, quiero decir, además de turismo de montaña, pasa por caja el turismo suicida. Y no me refiero a intrépidas internadas en cañones naturales o brutal caída libre desde acantilados. No hablo del turismo de aventura o el deporte extremo, esa necedad inventada por el humano que dejó de serlo para sentirse más vivo. Hablo de quienes, habiendo vivido ya lo suficiente, deciden acercarse a Zúrich para que un cualificado y bien remunerado equipo médico ponga fin a sus días sin más dolor del que ya se lleva padecido. Dice la prensa que este turismo otoñal se ha duplicado en el país del queso y el chocolate, en los cuatro últimos años, y los adalides de la vida y la cruz aseguran que deberían hacer algo, las leyes internacionales, para impedir tales dislates. No sé, no contesto.

Vengo yo, estos días, flirteando con el suicidio, cada vez que te recuerdo y casi acaricio de nuevo la duda de tus piernas, en el amor, cuando querían ofrecer respuestas a mi metafísica de andar por casa. Y es que extendías, sobre el pasto arrebatado de mis labios, el mantel de picnic frugal de tu pubis como incitándome a despejar una ecuación de mañana y siempre que a mí se me enredaba en la lengua. Porque mover la lengua, al fin, es lo único que uno sabe, sin preocuparse de que tengan sentido sus movimientos o sean sólo invertebrado párrafo de obviedad y orgasmo. O sea que, al hablar, como al pretender agotarte, mi boca se mueve rápido pero sólo balbucea. Tan carente de sentido uno mismo, siempre, ya pretenda vocalizar dudas o fluidos. 

Porque en el estallido mudo de tu placer, amor, desearía hoy sepultarme y cerrar la boca. Suicidarme entre tus brazos de futuro incierto. Así que subo al balcón rubio de tu recuerdo, me asomo a la azotea vertiginosa de tu voz, camino la cuerda floja de tu caricia, deseando resbalar o, mejor, hacer acopio de la valentía que no tengo, para saltar al vacío. Porque la vida, al fin, sin el horizonte azul de tus caderas, comienza a ser vacío.

A Suiza no pienso exiliarme. Ni siquiera conozco aquel nevado terruño. Pero comprendo a quien, agotada la vida que puede llamarse tal, decide concederse un último paseo por los senderos de halógeno y asepsia de sus sanatorios terminales. Los hay que, en virtud de religiosos dictados, defienden la vida aún cuándo ha dejado de serlo (también cuando aún no lo es, recuérdese a los ingobernables miembros del Gobierno que nos desgobierna). Yo sólo digo que hace falta ser valiente para poner punto y final al párrafo desconcertante de la existencia cuando éste deja de comprenderse, debido a temblores o falta de lucidez. Y que de algo, Suiza, esa extraña nación, puede vanagloriarse al defender la vida negando todo tipo de guerras: las trasnacionales y aquellas en que un ser humano enfrenta sus peores pesadillas. Sí, al fin, dirán algunos, Suiza mata. Pero lo hace sin arma química, ni bacteriológica. Ni siquiera blanca, como sus nieves eternas. Y no asesina cobardes reclutados para la masacre, tan sólo ayuda a los valientes a cumplimentar, como en las entrevistas de trabajo, el cuestionario final de una vida que ya reclama nuevos candidatos. Que a la muerte, como a la persona amada, hay que saber enfrentarle la mirada.

Yo, hoy, te recuerdo, y a pesar del dolor, pienso que aún podría volver a estrechar el cuero loco de tu cintura, apresar el regato valiente de tu garganta, redibujar el contorno perfecto de tus pechos con mi cincel de labio y miedo. Mi cobardía aún me niega el suicidio. Ni aquí, ni mucho menos en Suiza que, siempre lo he pensado, sólo tiene bancos y chocolate. Uno carece de dinero. Y el chocolate, cuando lo hay, prefiere fumárselo... por combatir los miedos o, al menos, aplazarlos.

martes, 12 de agosto de 2014

más dura será la caída

A nadie sorprende, a estas alturas, que la vida es sorprendente caudal de sorpresas prestas a desbaratarnos el entendimiento y los relojes. Así ocurre, por ejemplo (doy fe), con la paternidad, que imaginamos destartalado y retorcido sendero de obligaciones y responsabilidades. Porque ser padre, sí, nos enfrenta a una ajetreada singladura de sueños postergados y pesadillas futuribles. Pero también nos oferta una floresta de sensaciones y memorias en las que, sin duda, más nos valdría perdernos.

Manido recurso decir que a través del niño, de su mirada, comenzamos a mirar a la vida cara a cara, recluido al más oscuro rincón de la existencia el ejército de máscaras con que gustamos de enfrentar la guerra de guerrillas del día a día. Prefiero pensar que con el niño, mediante su contemplar impudoroso y animal, podemos asomarnos a ese suelo que pisamos, en demasiadas ocasiones, sin preguntar si le duelen nuestros pasos. Hay que agacharse hacia el niño, tumbarse en el piso y descubrir, con él, los sótanos de nuestro caminar por la vida como si ésta se hallase en las alturas. Porque la vida, como la muerte (su reverso), habita a ras de suelo.

Si no me creen pregúntenselo a los miembros del servicio secreto que custodia la Casa Blanca estadounidense, a quienes hace unos días se les coló un niño, como riachuelo despreciable o borbotón de sangre derramada en reyerta de fin de semana, entre las piernas. Eso cuentan los noticiarios, que un bebé se internó en la Casa Blanca sin que nadie supiese cómo. Claro, los vigilantes andarían atareados examinando los techos colindantes, en busca de francotiradores. Demasiado encumbrado, su punto de vista, para un niño. Y ahora ellos, tan preocupados por las alturas, deben bajar a ras de suelo para buscarse otro empleo, por su ineficacia laboral.

Me gusta jugar con mi hijo situándome a su altura o, a ser posible, aún más abajo, y descubrir, con él, la batalla entre las pelusas de la escasa higiene doméstica (un niño, es lo que tiene, apenas te deja tiempo para nada, ni siquiera limpiar) y los mechones de lucidez grisácea que va perdiendo el gato (con la edad, no sólo los humanos perdemos cabello). Es en esos momentos que descubro que la vida es más pequeña de lo que deseamos pensar, y que al trotar de zapatos veloces y neumáticos vertiginosos le sigue, inevitablemente, un procesionar moroso de minutos que nunca vuelven, por ejemplo. Si alguna enseñanza tiene el ser padre es la de recuperar la mirada de corto alcance y desterrar por siempre la quimera de lo eterno, o el largo recorrido de esa ambiciosa imaginación que nos lleva a proveernos un futuro de acomodo y grandeza, aunque sea éste a costa de quienes no tuvieron la suerte de estrenar calzado de diseño con que devorar grandes recorridos.

Estos días, también, además del bebé escapista que ha burlado la seguridad familiar del Amo del Mundo, otro insubordinado infante ha eludido los sistemas de seguridad de medio planeta, incluso de la prensa seria, que ha dejado de informar de fútboles y veraneos empresariales porque entre su maleza tipográfica se ha infiltrado un revoltoso nene africano. Un recién nacido que porta en sus huellas dactilares semilla de defunción y latido de epidemia. Me refiero al ébola, ese pequeño virus que actúa con la grandeza de un emperador de los de antaño, surcando la tierra, en su gatear inconsciente, para moldearla de sepulcros y adioses.

Mi hijo, a veces, creo que pretende enredarme los cordones de los zapatos. No sé, aún, si lo hace para reír al verme caer, o para, tras mi obvio batacazo, tenerme a su altura y enseñarme a ver la vida con la inferioridad natural que él la contempla. El ébola, ese otro niño, está buscando empleos de ultratumba a numerosos ciudadanos de esos que aún consideramos de segunda: africanos, granero de Occidente, lazarillos del hambre, mano de obra gratuita... negros. Pero deberíamos pensar que quizás no sea tan despiadado. Tal vez sólo pretende atar los cordones de los zapatos que calzamos quienes nos sentimos con derecho a esclavizar a todo un hemisferio geográfico. Pero lo hace con la lógica natural de los niños, con su lúcida crueldad.

Respecto al bebé que esquivó alarmas y Ray Ban de espejo norteamericanas para introducir su reptar de felpa en los pasillos de la Casa Blanca, un servidor lo tiene claro: sólo pretendía entrar al Despacho Oval para atarle los cordones de los zapatos al presidente del Orden Mundial Establecido que, por otra parte, por si no recuerdan, es casi tan negro como las víctimas del ébola... casi.

Ya lo advertía Mark Robson en aquel inolvidable film protagonizado por el grandioso Humphrey Bogart: Más dura será la caída.

sábado, 26 de julio de 2014

un don celestial

Días en que la rabia mordisquea mis latidos y la impotencia asfixia mis lamentos, de sentirme muñeco oxidado en las estanterías del desuso, mientras asisto (como el medio mundo supuestamente informado) al tropel de tropelías que los ejércitos del Holocausto ejercen incivilmente sobre civiles indefensos. Me refiero, evidentemente, al premeditado, calculado y pausado exterminio de la población palestina. Pero mejor no hablar de ello, que luego me tildan de radical, como ocurrió no hace mucho en público debate en que se trataba de arrojar un poco de luz histórica sobre tan tremebunda situación.

Así que, en cualquier caso, haciendo gala de radicalismos más amables, me abandono estos días a una drástica, frenética, extremista escucha sincopada de las obras musicales de David Bowie, ese Dios. Y me entra la duda, no se crean, al pensar qué ocurriría de ser Bowie el Jehová de los judíos, o el Allah de los musulmanes, aunque de más esté pensar que estos genocidios y terrorismos responden, aún, a cuestiones religiosas. Salvo si recordamos que la religión es herramienta política para el sometimiento de los pueblos (el opio ya se lo fumaron y parece que les sentó mal). Pero eso es otra cuestión, ya digo, y pido disculpas por abundar, a pesar de todo, en el tema. 

David Bowie, cortesía de "la red"
Retomo el hilo y aclaro que hoy quiero hablar del músico británico. Bowie, nacido David Robert Jones, hace ya casi 70 años, ha surcado las marejadas de modas y melodías con la sincronía perfecta del veterano marino, ése que arrumba temores y abruma licores cada vez que se pone al mando de navíos y fragatas. Él ha sido todo y aún lo es, y su discografía da para concienzudo estudio de lo que la música popular ha sido hasta que llegaron los adalides de la mercadotecnia glotona y la lírica sin prosa. Y aun, todavía, sigue remando Amazonas que algunos pretenden Aqueronte dada la avanzada edad del cantante. Pero la música, amigos, como Dios, no tiene edad, y las armonías que un día nos hicieron estremecer lograrán hacerlo hasta que Caronte nos ceda plaza en su barquita de espanto y sosiego.

Así que escucho una y otra vez Space Oddity, y pienso en ese Mayor Tom que se perdió en el espacio, quizás buscando el origen del Universo. Resulta que si el Mayor Tom regresó al planeta Tierra, alguna vez, fue para convertirse en adicto a las drogas duras y comprender que todo su mundo se había resquebrajado. Así lo recordó Bowie en Ashes to Ashes. Si el citado personaje se hubiese dedicado a acudir a misa los domingos y fiestas de guardar tal vez se hubiese ahorrado tal debacle vital. Tan claro tienen sacerdotes, rabinos y demás depositarios de la verdad revelada la procedencia, nombre y leyes de Dios. Sin ir más lejos, la Conferencia Episcopal española, que pocos días atrás advirtió a sus feligreses del pecado nefando de llevar la contraria a su divino hacedor pensando que la identidad sexual pueda ser una opción personal. Así lo han asegurado los portavoces de Cristo en esta Tierra nuestra que ya sólo barro aparenta, y cito: "Algunos creen erróneamente que cada uno puede optar o elegir la orientación sexual independientemente del cuerpo con que ha nacido. Pero la identidad sexual no se elige, es un don que se recibe". Ahí queda eso.

Hago oídos sordos y regreso a Bowie, y le escucho contoneando su indefinición sexual en Jean Genie, y contemplo su rostro desdibujado de purpurina y colorete, y rememoro los dimes y diretes de aquella supuesta relación sexual con Mick Jagger, entre otros. Ante tal entrega radical al casi setentón bardo inglés no puedo más que preguntarme qué hubiese sido de mí de haber descubierto su música a más temprana edad. Quizás hubiese decantado mi identidad sexual hacia el macho, contraviniendo así los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Claro que podría defenderme en este nuevo proceso inquisitorial que se nos impone con la sutileza de un vampírico mordisco en la nuez alegando que mi sexualidad es don por Dios otorgado: porque Bowie, para un servidor, es lo más parecido a Dios.

Suena Heroes y pienso en las murallas tras las que el Estado de Israel comenzó a organizar un nuevo Mauthausen en que, como en el de Hitler,  proceder al calculado y poco religioso exterminio de una raza, en nombre de un certificado de propiedad dictado por un Dios envidioso y justiciero en libros que ya pocos leen y en cuyas letras muchos aseguran hallar su identidad, si no sexual, si comportamental. Bien es cierto que sus métodos son más inmediatos y menos maquiavélicos que los que con los suyos emplearon los nazis. 

Pero hemos de recordar que no sólo judíos fueron exterminados allá, o en Dachau, también (entre otros muchos) homosexuales. Qué manía la de los dioses bíblicos con la identidad sexual. Me pregunto qué hubiese ocurrido, en nuestro planeta, si Bowie fuese, al fin, reconocido como Dios. Un servidor, a pesar de todo, hubiese seguido los pasos del músico, hasta lograr matrimonio con una venus somalí como esa Iman que acompaña, desde hace años, su envidiable vejez.

miércoles, 9 de julio de 2014

trabajando el deseo

Si algo bueno tiene la prensa, la poca que queda, es que nos permite viajar sin dejar de ensuciar con nuestra sombra el teclado de la computadora. Así, surcando los abruptos oleajes del ciberespacio, podemos acercarnos a la China, el Tíbet, Tegucigalpa (está en Honduras, por si no les apetece buscar en wikipedia) o Taiwán. Es en este último destino donde sabemos, gracias a los noticiarios, que un empleado de la compañía nacional de ferrocarriles ha recibido los parabienes de sus empleadores tras 24 años de vida consagrados en cuerpo y alma a la amada empresa que pone en los platos de su familia el condumio necesario para la existencia.

Nada raro en 24 años laborales, menos ahora que pretenden que los octogenarios sigan fichando entrada y salida de la oficina de turno. Lo curioso del caso es que Yang Chao-Shun, que así bautizaron sus progenitores a tan esforzado trabajador, no ha disfrutado ni un sólo día libre durante sus 24 anualidades de servicio. Pueden imaginar el alborozo de sus patrones. Sí, tan felices estaban del modélico esfuerzo de Chao-Shun que decidieron hacerle público homenaje y entregarle una placa que le distingue, como "empleado ejemplar". No hubo comida ni subida de sueldo, al fin y al cabo el trabajador había dado, justamente, ejemplo de austeridad durante esos 24 años. Tan austero fue que ni siquiera se permitió el lujo de llenar el bosillo de su organismo de virus alguno. O sea, que ni por enfermedad dejó de trabajar ni un solo día.

Regreso yo, estos días, de la enfermedad del amor, del recreo de la piel, cuya necesidad te acomete de improviso en el momento menos oportuno. Paseando las calles de la noche, por ejemplo, en que sorprendes la ortografía crujiente de unas piernas de mujer reescribiendo la novela barata de los adoquines, y deseas volcar sobre la página suave de sus tacones el tintero de tu deseo. O desperdiciando el rubor de nube tímida de la mañana urbana en que una sonrisa de seda lanza puntadas al mediodía para coser su gloria de sudores y escotes, y deseas recomponer su zurcido de saliva con el lenguaraz pespunte de los labios. O caminando senderos de pasto mordido por el amanecer de un solsticio de invierno en que deseas fundirte con la piel oro y fragancia de esa hembra cuya mirada descompone los días y los relojes. Después arribar al desaseado cuarto de un hotel sin más categoría que la que le ofrenda tu desnudo de fulgor y sombra: la sombra que parecen inventar tus pechos y que yo trabajo con la cautela de un asesino a sueldo, la sombra en que quiere recluirse tu pubis y que yo trabajo con la tenacidad de un herrero, la sombra que envejece al latigazo de tu cabello y que yo trabajo con la ternura del jardinero, la sombra a que tus nalgas otorgan luz de manzana seccionada y que yo trabajo con la glotonería de una cocinera de extrarradio, la sombra que perfeccionan tus labios y que yo trabajo con la húmeda concentración del marino mercante... y tu fulgor de jugos trabajando el tacto de temperatura y alcohol de mis dedos, tu fulgor de salivas trabajando el tartamudeo de dicciones y suspiros de mi paladar, tu fulgor de sudor trabajando el recorrido de torpezas y error de mi musculatura, y, sí, ¡ay! tu fulgor de orgasmos trabajando el buril de carpintería carnal y equívoca de mi sexo.

Ya no sé si es enfermedad que me obliga a darme de baja, por unos días, de la vida, el amor, o un trabajo intermitente del que necesito vacaciones cada cierto tiempo, por no desfallecer, por retomar fuerzas y aplicarme con mayor pericia en la siguiente ocasión. Pero tengo claro que, de ser así, no puedo aspirar a más honor que el que tú, mujer, tú que eres mi empleadora, decidas distinguirme algún día como "empleado ejemplar", al igual que al trabajador ferroviario taiwanés, y decidas abrirme despacho en la oficina de pulpa y miel de tu vientre. 

A Chao-Sun ni dinero le dieron ni subida de sueldo, pero ¿a quién satisface la moneda si es que ama su trabajo? Siempre he defendido que el trabajo, por sí, es intrínsecamente nocivo para el desarrollo humano. Pero estos días de baja laboral en que la única actividad a que me entrego es la del amor entre tus brazos, pienso si no sería posible que tú, vosotras, decidiéseis contratarme para jornadas de 8 horas bregando entre el fulgor y la sombra de vuestros cuerpos. Prometo no pedir ningún día de vacaciones en los próximos 24 años.

jueves, 19 de junio de 2014

dios salve a la reina

Caminábamos las calles de imperdible y desastre del barrio de Chueca, años antes de que las horadasen las hordas de la modernidad gay, aquellas otras hordas del todo vale y no hay futuro. Antros desacordonados en desacordes que rugían por un presente marchito, en la voz de Jhonny Rotten, al ritmo de la saliva ensangrentada y la rabia amaestrada, poetas del punk, orates de la nada, efedrina, marihuana, hachís y cocaína, andurriales del espanto de una generación robada, charcos de la mansedumbre que no desea seguir arrodillada.

Aquellos bares, Ramonas, Jam, Clash, crestas de cabello decolorado recortado a la puerta de los soportales con tijeras infantiles de esas que nos obligaban a utilizar en las clases de Manuales por evitar incidentes, armas blancas, líneas blancas en bandejas de lata en tantas fiestas en que los Ramones gritaban Hi, ho, let's go! Y nosotros a la vereda del espanto, recién salidos de la debacle de la heroína, que tantos amigos se llevó por delante, tantos que tenían la edad de nuestros hermanos, regocijándonos en la estética de tela escocesa y Dr. Martens con que gustábamos de patear cubos de basura y muescas de noches sin amanecer... otros tiempos, y sólo quedó la rabia agrietada en la garganta de Rotten, desprestigiando el desperdicio de un Imperio que aún empleaba a fondo su maquinaria colonialista, en esta ocasión para colonizar el futuro de tantos jóvenes británicos. O sea: God save the Queen.

Uno anda siempre disculpándose por escribir con retraso y recuperar las noticias cuando el vendaval de los días ha desordenado ya su cabello de tipografía y urgencia. Es por ello que hoy, intentando ponerme al día, vengo aquí a traer un tema de rabiosa actualidad... bien rabiosa, oigan.

Si ninguna de las manifesaciones desautorizadas por la Delegación del Gobierno decide tomarse la justicia por su mano y llevar a cabo sus maquiavélicos planes de regicidio (difícil: 120 adiestrados (sí, como los perros) francotiradores), si no se produce el milagro de los panes y los peces multiplicando las muestras de dignidad ciudadana en los altares de la gobernanza (imposible: al menos 296 de los 350 diputados (sí, esos que deben defender los intereses de aquellos que les llenan el plato de caviar y strogonoff) adiestrados en la continuidad medieval), si nada de esto ocurre (que no va a ocurrir, creo que ya ha quedado claro), España tendrá hoy un nuevo rey.

Estarán ya tronando los voceros del intrépido periodismo de investigación patrio las bondades de aquel que abandona el trono en favor de su hijo, también poseedor de excelsas virtudes bien ganadas tras años de esfuerzos costeados por todos los que, hoy, verán su sonrisa principesca y bien educada en televisión y demas medios desinformativos.

Fotografía promocional de los Sex Pistols (cortesía de la red)
Ignoro si son los astros en conjugada conjunción de conjuntos de casualidades lo que hace que ande, estos días, enfrascado en recuperar los acordes discordantes de aquella banda británica que vino a proclamar lo que ya estamos viviendo: la ausencia de futuro. Me refiero, por supuesto, a los Sex Pistols, aquel cóctel molotov de drogas urgentes y tonadas de urgencia gamberra sujetas con imperdible a la piel del sistema. Mucho se defendió Jhonny Rotten, líder de la banda, ante las acusaciones de erigir en la letra de la canción God save the Queen un ataque frontal y descarado a la monarquía británica. Se disculpó explicando que su diatriba no apuntaba a la reina, sino al gobierno insular en pleno, y a la desidia silenciosa de su sociedad.

Un servidor, acompañado en su deseperación ante la deriva hispana por muchos conciudadanos, hoy, no dispondría al vuelo banderas republicanas. Tampoco dispararía a matar. Pueden quedar tranquilos los francotiradores. Recuerdo que tampoco lo hicieron los punks. Sus únicas balas jugaban tiovivo en la ruleta rusa de una pistola que nadie dispararía, pero proclamaban god save the queen, y yo cantaría lo mismo, hoy, ante el féretro de la democracia que se paseará travestido de rey, príncipe, princesa o reina, como en esas teleseries de guerreros medievales tan de moda. Repito: dios salve a la reina

Imagino por un instante un Madrid podrido de jóvenes punks aullando su nihilismo al paso de la carroza real. Quien sabe, tal vez la carroza se convirtiese así en calabaza, y Cenicienta volvería a sus labores de asistenta de hogar, más dignas que las de los dignatarios dignamente obligados a vivir del cuento para mejor conducir al rebaño ciudadano hacia los pastos de la idiocia y el esperpento. Al fin y al cabo, vivir del cuento ya lo hicieron los hermanos Grimm. Con mayor beneficio, sin duda, para la humanidad.

Mañana, si tengo tiempo y ganas, continuando con esta nueva faceta mía de reportero de actualidad, les hablaré del mundial de futbol y de los 720.00€ que, afortunadamente, ya no se embolsará cada uno de los jugadores de la selección española (disculpen, lo sé, parezco un antisistema de esos), denominada la roja... y gualda. Menos gastos allende los mares, más capital para engrandecer los fastos de coronación de este nuevo rey que por más que lo pretendan nunca será de todos. Si hubiesen andado más despiertos, los mercachifles de la pirotecnia gubernamental, hubiesen contratado a los miembros aún vivos de los Sex Pistols, para que gritasen, en la ceremonia, God Save the Queen... al fin y al cabo, todo es cuestión de mercado, y España siempre se ha caracterizado por un agrio humor negro que sólo queda en eso: en humor... como estas líneas absurdas a las que pongo punto final.