sábado, 18 de julio de 2026

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He llegado a comprender la fugacidad de los cielos. La violenta lentitud de los besos. El detenido perfil indolente del reptil. El parpadeo agnóstico de las galaxias. Me ha golpeado la sien el aleteo de una mosca. Mejor que diez, recuerdo, me decía aquel chiquillo apesadumbrado de costillas en flor cuando por vez primera me internaba en la medina de Tánger, soñando poder arribar a la casba sin molestia y sólo guiado por mi olfato y mis pies. 

Lengua de mar que no pude lamer. Ya vendrían otras. Ya vendrían la lengua y el lenguaje, para qué correr. Ya he dicho que comprendo la lentitud de los besos tanto como la fugacidad de los cielos. Pero entonces no comprendía aún siquiera la dicción, y aquel chaval parecía estar a malas conmigo cuando ya le advertí que prefería no me hablase, que simplemente ejerciese su labor de mosca amable que sabe espantar al resto de la manada. Espanto de la belleza derruida mientras subíamos escalinatas de sombra y raspas de pescado. La mochila me pesaba y el puñado de dirhams que anhelaba el chicuelo se lo di, pero le ahorré cargar con mis bártulos. No por desconfianza. Nada que perder más que prendas sucias. Sólo es que había ya comprendido el parpadeo agnóstico de las galaxias. ¿Lo he dicho? Creo que sí, perdonen que no relea. Si lo hiciese no sería capaz de escribir y ya comprendí que si no escribo, aunque sea mal, para qué todo lo demás, cómo me vuelco, cómo vomito esta mala borrachera de vida que perpetra en mis intestinos las digestiones más violentas.

El primer mercachifle de alfombras beréberes made in China se encorvó a mi alrededor como el espíritu de las navidades pasadas allí por William Burroughs en 1953. Alí, que así se llamaba mi mosca, me sonrió y ya sabía lo que iba a preguntarme. Yo, antes de que hablase le expliqué que drogas tan duras no necesito, que sólo hachís y sé que tú llevas en los bolsillos y ya te lo cambio por billetes cuando encuentre el lugar en que alojarme y no me lleves a ninguno donde te den propina que para eso vengo del primer mundo y cuento con caudal suficiente. Qué asco me doy, ahora que lo recuerdo. Nada de eso le dije, pero memoria es perversa y sólo saca a ondear al patio de luces los trapos oscuros. 

Desde el pináculo desorientado de la casba contemplamos el estrecho de Gibraltar, mira ahí abajo, el puerto, donde te he encontrado. Yo carcajeándome le pedí que se encendiese el primer petardo y le recordé que no me encontró sino que me iba buscando. Así todos. Seguimos buscando. Lo jodido es haber encontrado y comprendido la fugacidad de las mareas, la violenta lentitud de los versos, el quieto perfil cansado del lagarto y el mirar hacia otro lado del universo cuando le cuestionas acertijos que nunca se ha planteado.

Al segundo porro me preguntó si me gustaban los Stones, ya bien stoned ambos dos o al menos yo. Qué bobada, claro, ya lo sabes y ya sé que hemos pasado por la puerta del Baba, pero no me apetece que me enredes para que el camarero me conduzca a una suite nupcial sin más nupcias que las del cielo y el infierno. Blake en la memoria posterior y Bowles amarrado a su enfermedad sin salir de la cama en esa casa que también, sí, lo sé, acabamos de merodear. Pero ya te dije que no me hables. Sólo pásame el porro y déjame mirar el estrecho. Tu mirada no es mediterránea, me dice y contesto que no comprendo. Miras el Mediterráneo con mirada Atlántica. Le regalo un billete de 10 dirhams que no formaba parte del acuerdo. Creo que es la única persona que comprende el estrabismo de mi cerebro. Escribí un libro entero sobre ello, desde aquel mismo Tánger, pero creo que nadie se enteró. Para eso se escribe, al fin. Para eso escribo ahora.

Ríos de desperdicios nos conducen callejas abajo hacia el Zoco Chico y le digo que ya llegaré yo sin su ayuda al Hafa, que no hay prisa, que cuánto el material que me deposita entre las manos y que dónde desayunar mañana lejos de este antro en que he decidido, por más que él me ha insistido conocer sitio mejor, alojarme. Necesito mugre, chaval, aunque no lo comprendas. Necesito sentirme abandonado. Porque he comprendido la urgencia del atardecer y la pereza de la alborada y sé que las gaviotas hacen banquete de bufé frío entre las costuras remendadas con salitre que me habitan el envés del pecho. Ahora necesito entregarme a la palpitación de mi corazón. Utilizaré mis manos para reavivarlo desde más allá del pecho, como en esos cursos de primeros auxilios a que nunca acudí. Sé que lo primero, para los ahogados, son los labios y una bocanada de oxígeno. Pero tengo en las pupilas las mareas del estrecho donde tantos murieron erectos. Ungidos por Neptuno. Empujados por ilusiones de billetes como estos que deposito entre las manos de Alí antes de que eche a correr en busca de buen material y ahuyentando a las moscas pero no al temporal que en mi mente fragua quincenas de intermitencia y sirenas premonición de hospital en que se teja la mar.

Abajo, a lo lejos, la orquesta sin vals del estrecho, lenguas de marea violando lo estrecho, la humedad confundida de Mediterráneo en que no nací y Atlántico en que tampoco. He llegado a comprender los días en serie y el deslizar de mis músculos entre sus vísceras de horas muertas. Enciendo otro porro en el interior de una habitación con vistas a uno mismo y pienso en invitar, mañana a Alí a desayunar. Si es que lo encuentro de nuevo y no anda ejerciendo de mosca amable en los alrededores del puerto.

De repente tu mano y es noche y luz y comprendo.

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