viernes, 22 de noviembre de 2019

los corazones expatriados

A Luis Eduardo Aute, músico, poeta, humano... demasiado humano

Una cadencia de trino y un murmurar vientos como noticias caducas el horizonte, cuando la caída en desgracia de una tarde que ya no puede recordar su nombre. Un amasijo de cuerpos desvencijados en tropel de acordes, perdiendo el hilo de lo acontecido en filigranas que mudan sierpe su piel de canción. Un ritmo, una distancia.

La distancia que toma tomar un ferry en las costas gaditanas y apedrear con despedidas el demoledor espejo de un oleaje hecho de sal, parca y herrumbre. El ritmo de marea traicionera que desplaza tu cuerpo sobre 14 kilómetros sembrados de algas, cadáveres y sombras de aeronáuticas que se sueñan gaviotas. 

Y es que sólo 14 kilómetros de humedad separan Europa de África, España de Marruecos, Algeciras de Tánger. 14 es una cifra que puede ser exacta. También puede ser sinónimo de espanto o de regocijo, dependiendo de quién la tenga en mente. Regocijo del viajero que recupera eso llamado vida, desembarazado ya de dictaduras laborales y exabruptos cotidianos. Espanto del inmigrante que expone sus músculos a la natación sin oro olímpico del estrecho de Gibraltar por desembarazarse horas de muerte y futuro que no llega. 14 kilómetros, no más.

Y los cruza el poeta cruzándose en el camino con la poesía cruel de las vidas perdidas.

Luis Eduardo Aute decidió poner tierra y mar de por medio, hace años, en busca de la inspiración que, caprichosa, le preparaba frazada tierna en las calles del zoco tangerino. Así nació, quiero suponer, Slowly, aquel delicioso longplay (disculpen la terminología vintage) con que el artista émulo de Da Vinci quiso sacudir las conciencias de los desmemoriados compatriotas en cuyas mentes sólo existen kilómetrajes de mar gruesa y allende la ídem: que Marruecos es sucio y los moros unos maleantes y acosan a nuestras mujeres y sus hijos sólo comprenden el latrocinio y hoy ahora ya ponen bombas y tenemos más miedo del que sufre que del que hace sufrir.

© Luis Eduardo Aute
Slowly, despacio, calma travesía de los 14 kilómetros. Porque a Tánger se debe llegar en ferry, ya lo decía Brian Jones en Los cuadernos del Hafa. Y así, de idéntica manera, slowly, cruzó el estrecho la estrecha osamenta de ese hombre que quiso ser músico para mejor amar, ese músico que quiso ser hombre para mejor recordar al igual su condición de amante malherido.

Migramos por necesidad, no por gusto, no hagan caso de las prédicas televisivas de tanto español por el mundo, que el español sólo hace patria en idéntico lugar donde la hacen el magrebí, el subsahariano, el andino: familia, amantes, amigos... hay quien lo llama nación, allá ellos. Y bien lo sabe el músico que, cuando niño, miraba al mar desde su Manila natal. Tal vez por eso decidió hacer momentánea patria en las callejas de la medina de Tánger, vagamundear sus laberintos de zócalo inexistente y añil acomplejado tarareando y sufriendo canciones de Jacques Brel hasta dar con sus huesos en las esterillas de aroma rancio y tabaco de segunda mano del Hafa Café. Allí se atrincheró, la mirada perdida en la perdición del hachís y la somnolencia de un ocaso que abre fauces para devorar dos mundos, decidido a resistir las batallas del tiempo con un beso por fusil.

Que migramos por necesidad, sí, no se dejen engañar, no hay El Dorado lejos del orgasmo murmurado entre los labios amados, ni aventura que no mengue ante la gigantoscopia de la añoranza. Todos necesitamos descanso y un hogar al que regresar. Un hogar con paredes de abrazo y suelos de canción, aunque hable esta de amores truncados.

Me siento en una de las desvencijadas sillas del Hafa, enciendo un porro, contemplo la fotografía de gaviotas que coloca el cielo en la pared de su salón, y descubro España allá, a lo lejos, a 14 kilómetros, mientras las mareas cantan la epopeya fúnebre de las barcazas sin dueño y las pateras hambrientas. Aute, a mi lado, descose una sonrisa de vencedor vencido, venciendo las ganas de correr tras un Mick Jagger que, colina abajo, se despeña de amor siguiendo a una mujer ojos de khol y suspiro de orgía en sándalo. Finalmente, prefiere aletargarse bajo el cielo protector para componer una canción con que dar punzada eterna a la costura de lo efímero.

Hablando con Aute, en varias ocasiones, pensé en preguntarle por qué Marruecos. No me atreví a hacerlo, pero dudo que visitase el Magreb sólo por gusto. Quizás lo hiciese por necesidad, como todos los migrantes: necesidad de encontrar la letra de una canción que sonaba en sus oídos desde tiempos inmemoriales. Por mi parte, puedo asegurar que no marché a Marruecos buscando el amor soñado, por más que lo encontrase, que lo hice huyendo de otro amor que sólo se atrevía a decir el nombre de otro con quien nunca me gustó jugar al una de dos. Y es que migraciones del corazón son migraciones forzosas. Como todas, ya lo he dicho 

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