jueves, 25 de junio de 2026

vaca mira tren

«No hay guerra mundial,
ni arma química capaz
de matar algo tan intenso»
Nacho Vegas

Perdí el recorrido en tantas vías ferroviarias. Medios de transporte. Hubo también autobuses, barcas incluso, vuelos y mucho devorar suelas de zapato los campos o el asfalto. Modos y maneras de desplazarse, que no de moverse. Porque el movimiento agita su varita mágica dentro de un vagón de tren, oculto tras un pantalón vaquero. Una chistera de la que escapan conejos tras los que corría Alicia después de apedrear todos los espejos. Añicos de humedad entre mis dedos. También entre los de mis pies, tan andariegos. Los paisajes corrían del revés y todo, afuera, escapaba. Aún así, no era lo suficientemente rápido, y quedaba retratado. Todo.

Tantos kilómetros recorridos, y esa vaca que nos miraba sin juzgarnos pero como adivinando el daño del regreso a la quietud de la estación de partida, a la falsa calma. Si todo viaje ya era calma cuando en soledad o contigo que, al fin, es lo mismo y no carece de importancia. No importa si locomoción muscular o aeronáutica cuando todo se desplaza. Como lo hicieron los continentes a la deriva, en sueños congelados de Wagener cuando buscando alimento en Groenlandia. La cuestión era llegar, para él. Por mi parte, siempre he preferido habitar el trayecto.

Pienso en medios de transporte mientras mis pies me transportan hacia el centro de trabajo. Galera de esclavos decididamente decididos a aceptarlo todo por un escueto salario. Una mala noche queda atrás. Noche sin sueño, como las ciudades inventadas por Lorca en plena pesadilla envuelta en celofán de lirismo. Duende, o la sonrisa de través que le tatúa a la noche la santa compaña. Otra noche sin dormir, culpemos a las altas temperaturas aunque sepamos que es excusa. La cuestión está en que esta mañana, antes de salir de casa, he estado a punto de tomarme un café de más. Me prometí no volverme a beber el contenido entero de una cafetera hasta que sucediese, de nuevo, el milagro. Y sigo cumpliendo, como hombre de fe, aunque esta mañana, en el primer intervalo de descanso laboral haya decidido tomarme un nuevo trago de arábica oscuro y amargo.

Pero ese de media mañana estaba fuera de taza, así que todo bien. No había psicópata tentándome al trago largo. He bajado adormilado a las afueras de este edificio de adocenamiento laboral en que me inserto cada día como pieza canjeable del sistema. Obvio que a sus orillas hay un bar, una cafetería que siempre esquivo cuando decido fumarme un par de pitis en el parque cercano, ese desde el que se observa en erección una torre de telecomunicaciones que me hace recordar cómo se erigen mis ansias de voz, imagen y más allá. Pero hoy necesitaba un café, y así se lo he pedido al camarero. 

En la mesa a la que me he sentado restaba un trago de cerveza en un vaso de doble. Alrededor, un puñado de intrépidos oficinistas cargando el cencerro que los hace no quedar perdidos para el pastor que les da de comer. Y pocas ganas tienen de morder su mano, ellos y ellas, tan embebidos en el sueño de heredar la empresa sólo por portar colgada del cuello la insignia con que, como a las vacas de antaño pero al contrario, han decidido ellos y ellas mismas marcarse. Resulta tan patético ver a un asalariado portando uno de esos colgajos, modernos ya de tan ancianos, con el logotipo de su centro de trabajo. Y al extremo, la tarjeta sonajero que les permite un nuevo acceso al infierno. 

La cuestión es que en la mesa a la que me he sentado aún descansaba un último trago de cerveza que no osó cumplimentarse por haber sido en exceso glorioso el primero, el único válido. Pero ignoro quién, en un bar únicamente edificado para amancebar a los trabajadores del tedio, ha tenido la osadía de beberse una cerveza a hora tan temprana. Y lo he imaginado degustando la cebada junto a un puñado de infartos de bicardio alojados en su memoria y de los que, siempre, salió, y no en soledad, reforzado. He imaginado su sangre sin carril y su sudor sin cerco. Hace calor, mucho, en Madrid, creo que ya lo he dicho, y he imaginado fronteras de un verbo traspasadas por mochileros del silencio prestos a plantar batalla a un ejército de huesos en perfecta locomoción de aliento.

Ósea nosamenta que he rememorado, mientras imaginaba al bebedor de esa cerveza a la que le faltaba por extirpar un último trago. Y lo imaginaba tejiendo bandera pirata con epitelios conjurados como costurones de ceguera en un loco recorrer pespuntes buscándose las costuras en cuerpo ajeno. He pensado también en el humo, mientras fumaba y esperaba mi café. Y he pensado en Sam Sheppard y en su literatura de volutas volubles y espesas. He pensado en miradas que se poseen entre párrafos no escritos, y en pupilas dilatadas en puro lodazal de poemas recién inaugurados cada vez que se descorcha el día como la nueva fiesta que debería. En las persianas abiertas y en las noches de luz de verano. También en la ceguera de urbe invernal que se lame las heridas sabiendo de la saliva que las curará al despertar. He visto un hotel y he visto una ciudad. Un sendero y unas piernas regalándole por anticipado el mapa en que aún no se ha vertido y por lo que sigue ciego para las hordas ebrias del acumular experiencias. He visto mi cuarto de acunar pesadillas y lo he descubierto tarareando nanas como sueños hechos a medida sobre la espuma del vaso de cerveza no del todo consumida.

El camarero me ha traído el café con mirada de vaca que mira el tren. El tiempo pasa, y tal vez sea esa la más sabia mirada a la hora de contemplar. Las vacas saben de los recorridos ferroviarios y de los viajeros que van para nunca volver. De los que no pueden dejar de regresar. De los que buscan hacer hogar en otro lugar. Como quien sea que ha decidido hoy, rebañando la espuma de una cerveza cargada de grados y memoria, contemplar al rebaño marcado con sus ojos de vaca triste aún no seccionados por Buñuel. O tal vez sí. La realidad es lo que tiene. 

El camarero pretendía retirar el vaso de cerveza tras depositar la taza que contenía mi café en la misma mesa. Le he pedido que lo deje, que lo recoja cuando haga lo propio con los restos negros de mi trago y las monedas con que lo pago, cuando yo haya terminado. Así se ahorra un paseo.

He visto pasar un tren. He brindado en silencio por el bebedor de cerveza desconocido. He sonreído. Lo he celebrado y también he celebrado comprender, tras palparme el pecho, que no portaba cencerro, sólo un encabalgamiento de latidos que nunca germinarán en verso. Me ha hecho recordar que he perdido el recorrido en tantas vías ferroviarias y preguntarme por qué, justo hoy, he decidido tomarte este café justamente aquí, mientras miro los cielos de Madrid y sé que verdaderamente sobrevuelan el otro lado de la carretera, acariciando con pies de silencioso recorrido un parque henchido de memoria y pavos reales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

soy todo oídos...