miércoles, 10 de junio de 2026

entre chien et loup


Claudio canta teclados, silencioso, masticándolos hacia adentro por más que los vocifere con sable de verbo y ritmos brasileros que congregan a Marisa Monte en una noche que no sé comprender o no me entiende. Me retorna, sin saberlo, al campo grande de Salvador de Bahía, que tal vez no existe. Pero sí en mi memoria, henchida de sonrisas fluorescentes desbrozadas a machete entre piel negra como luna en cara opuesta. Existe en tierras de donde proviene su verbo, el de la Monte, eso sí lo sé, equidistante del Campo Pequeño, un Campo Grande que enloquece su mirada apuntando diversos senderos. En alguno de ellos comienza lo eterno. Hace tiempo, ayer, tomé el primero que se me dispuso, recién salido de un aeropuerto. Horas después regresé para encontrar la luz más oscura, ya registrado el lecho sin nupcias en que sedas como la vida, negras, someterían su mirada de poema mientras yo perdía la mía en sus flecos aún inexplicables. 

Costura de la piel. Todavía me deshilacha el caminar. De regreso al aeropuerto perdí pespuntes como quien pierde los días. Como quien pierde la vida. Qué más da si está bien perdida. Y me brotaron todos los terrores que me acontecen cada vez que piso ese no lugar. Afortunadamente salí del coma sin precisar desfibrilador. Fue breve a pesar de los periplos en autobuses internos como coches fúnebres. Autobuses que recorren esos caminos inciertos en que enloquecen las terminales de cualquier aeródromo. Terminal me sentía ya pensando haberme perdido. Terminal 1, 2... altitud y vértigo. Sólo era eso. Altitud alzada sobre un tic tac de reloj puesto en hora con los pies. Cangrejos tornan dedos. Saben que dan cuerda del revés al mecanismo de los días. Vértigo profundo el de mi pánico, cuando asomado desde abajo de mi yo más pequeño a una sonrisa seguida de festiva recriminación, sorprendida de que no la hubiera yo visto. En qué estaría pensando. En qué estaba pensando, cualquiera podría entenderlo. Tan improbable para mí que ni lo vi venir.

Piel negra en suburbano, sólo ensuciada de blanco sin sentido por los miles de turistas que emprendían como de Santiago el camino hacia los falsos fados y el equívoco escrutinio de la mirada de un Pessoa ya muerto, en el Chiado, que allá quedó, lejos de todo lo que pudiera tener sentido. Que para blanco no su perfil de piedra sino el marfil recortable de un envés entre las sábanas, ya lo dejé dicho antes de tiempo. Como cada vez que escribo intentando tatuarme el verso más libre que se soñó un cuerpo. Pude escuchar a Claudio en ebriedad de nocturnidades maltrechas murmurando a la Montes. Ya casi en mis oídos Carlinhos Brown violentando la voz hembra con un timbre macho a pesar de bálsamo. Pero la guturalidad de la Montes enseñorea el paisaje mental y vuela lejos, hacia un hogar, tal vez en la  Cochabamba de Claudio. O en algún pueblo con melodía de ducha apresurada que alguien decidió edificar en mis sueños. La guturalidad, para quien sueña en verbo, lo es todo. Se hace carne.

Recorro las favelas de Salvador de Bahía. Veo romperse, contra piel prístina de tan negra, corceles de distancia como cristales del Atlántico que se hizo surco para alumbrar un milagro. A lomos de paquebote rumbo al Morro de Sao Paulo, despreciando el transeúnte tráfago de vacaciones falsas y manteles aún por disponer. Alzada la mar como mi mano cuando niña en las clases de geometría, pero sobre los espejos que se calzan las algas para delinear aún más lontananza. 

Leo a Claudio y me acaricia la voz de Marisa Monte cuando tribalista junto a Carlinhos y Arnaldo. La mente me regresa a la brisa atlántica que, brasilera, me acarició hasta saciarse de quemaduras en mi espalda. Sol, Brasil y calorías, caipirinhas y mucha lima. También piña. Sobredosis de azúcar rica en vitaminas como el amor cuando se pronuncia sin labios. Y es que, de dulces, sólo me gustan los tradicionales. Cómo no degustar los que brotan de un horno que moldea todos los significados. Vocacionales entre mis manos. Vacación de vuelo entre lunas multiplicado. Vocalización de antaños.  

Passe em casa, susurran la Monte y compañía, ventisca recién improvisada, 37 grados y subiendo, la casa aún abierta de ventanas como pupilas que todo lo cercan. Y un montón de huesos amortajados entre denticiones que nacieron el diccionario, ayer, cuándo. En Salvador de Bahía cuando todo negritud inversa la piel y Yemanjá aflorando entre las mareas recién terminada de cambiarse el sexo en el cuarto de baño. Porque, ya lo sabía, lo supe en los aledaños de un vuelo mojado de nubes y velos como claustros. Supe que una Virgen del Carmen negra, no de piel sino de verbo, emergería de nubes y mareas enarbolando un falo rotundo de tempestades y bailes florales para desorientarle el ritmo a las aguas. A pesar de ello, ritmo y timbal, melodía y tempestad de calor ansioso de termostato. Ordalía de pétalos flotantes y pescadores ofrendando cántico a la señora de las mareas. 

Mareado me siento, y no he tomado. 

Salvador de Bahía, negritud anticipada de las noches que me aguardaban. Bruna felonía de la palidez más viva. Negra y luz, así es la vida. Hoy ordenada, mañana del revés. Así es. Vida y fe porque si no, de qué. Vuela, poesía, y nunca te domestiques en cotidiano. Acompaña la voz de la Monte, que te cantaba sin saberlo. Nos amamos en Salvador de Bahía, ¿recuerdas? Nos mojamos de Atlántico. 

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