sábado, 4 de abril de 2026

dame la mano

¿Cuántos dedos caben en una mano? 

La respuesta correcta no existe, aunque todos se apresuren a responder: cinco. 

Hay personas que nacen con dos pulgares. Otras que se pierden contando, desde pequeñas, en las clases de matemáticas y el profesor, con sus reprimendas, les hace pensar que sólo tienen cuatro. 

Tuve un amigo, hace demasiados años, que clavó un compás en la mano a su compañero de pupitre cuando la edad no alcanzaba el número que cuentan los dedos de las dos manos. El chaval agredido siguió adelante, pero creo que un dedo se le quedó algo así como huérfano de hermanos. Yo, esta mañana, por ver si sangro, he decidido seccionarme la mano izquierda. Ha quedado al otro lado de la cama, como el sueño detenido de un pescado. La he mirado y me ha dado lástima. Parecía pedir limosna. ¿Qué haces?, he increpado, no estamos a las puertas de ninguna iglesia. Ella ha movido los dedos como llevada por impulsos de esos que provocan los nervios cuando se saben a las puertas del infierno. O del cielo. Knock, knock, knocking on heaven's door

Mi amigo relataba acerca del compás y del desbarajuste que ocasionó. Cualquiera puede imaginar. Colegio dictadura, máquina de picar carne humana, sangre a borbotón, aullido e infancia triturada por la regla no escrita del no hay profesor alguno para enderezar todo esto. La educación quedó seccionada hace tiempo, como marcada aquella mano por el compás de mi amigo, como seccionada la mía esta mañana por un cabello que se olvidó fuera de la mochila el amanecer. Porque me corté la mano con un cabello, no lo había dicho. Piensen en las múltiples funciones que tiene la materia de la que estamos hechos.

El caso es que ahora contemplo mi mano y me parece que daría bien en un grabado de Durero. Por fea, disfuncional y extranjera de pianos. Más cuando seccionada e infecta. 

Contemplo mis dedos. Perdón, olvidé que ya no son míos. Contemplo, por tanto, sus dedos, los que pertenecen a una mano en que se regodearon todos los milagros, y los encuentro atractivos a pesar de fondones y doloridos del tajo. Sólo me pregunto cómo podré escribir, a partir de ahora, sin los cinco dedos de esa mano izquierda que me he sajado.

Paseo parques del barrio que no conocía y una mujer de edad provecta que pasea a un perro me mira asombrada y me pregunta si me encuentro bien. 

- ¿No ve usted que va dejando un reguero de sangre que le brota del muñón izquierdo?

- No se preocupe, señora, es que me corté la mano al amanecer por ver si podía añadirle colorido a las nubes.

- ¿Y si mi perro la toma entre los dientes y se infecta de algo?

- Despreocúpese, señora, estoy sano y, en cualquier caso, ya me la guardo en el bolsillo del pantalón.

Y es mal lugar para ocultarla porque, una vez ahí, estimula mi entrepierna, como en tantas noches de batallar sueños entredormidos, y la señora ya corre alarmada porque piensa haber encontrado en el parque a un pervertido.

Un niño me pide perdón porque su perro me olisquea los muslos buscando mi mano muerta con ansias de morderla y llevarla de regreso al falso dueño. 

- Tranquilo, todo está bien.

Saco la mano de mi bolsillo y la lanzo lejos pensando que quizás quede definitivamente perdida entre la hierba que aún no han segado. O que la memoria, como haría el perro del niño, me devuelva cualquier otra cosa. Alguien, hace años, perdió en el césped una oreja y David Lynch la recogió y nos trajo una película que algunos no olvidaremos. Y la Rossellini. Y su tristeza. Y el don de su ternura. Y mi aflicción por la pérdida de esta mano que ya no comprobará como crece la barba en mi rostro más huraño.

Es primavera. Recojo mi mano de entre el falso pasto de un parque radial y pienso que si con una radial la hubiese seccionado quizás no me doliese tanto. Pero es primavera y sonrío porque se supone que es la época en que natura florece y tal vez a mí me pueda crecer otra mano, tal vez igual, tal vez con cinco dedos. Al fin y al cabo no es la primera vez. En otra primavera, recuerdo que te la presté para que te entretuvieses leyendo sus líneas durante un viaje en tren. Me la devolviste húmeda, caliente, temblorosa y con las líneas corregidas. Con más vida. Debe ser por ver si aflora de nuevo que, hoy, de nuevo, me la he cortado.

Aun así, me pregunto cuántos dedos caben en una mano. 




viernes, 13 de marzo de 2026

Madrid es un infarto

Hay domingos que no son derrota y hundimiento, como hay conciertos de jueves noche que no son costumbre y estruendo. Hay domingos que se entrelazan con conciertos venideros para recordarme que habito una celda en que todo son grietas. Celda de barrotes entre los que no pueden los carceleros evitar que entre a espuertas y a raudal la luz. Chencho Fernández regresa a Madrid y lo hace en solitario, como yo regreso al epicentro de una urbe que ya da asco. Él, al menos, tiene una guitarra que acariciar y con la que acariciarnos. 

Cuánto hacía que no asistía a un recital de los de piel del revés, rodeado de silencio y respeto ante el músico y su poco silenciosa verborrea arterial. Chencho, querido, le has puesto el silenciador a la pistola en que convergen los ritmos de mi pulso y ahora sólo deseo que el disparo haya llegado lejos pero, imploro, no haya causado ningún daño. Y ni te has dado cuenta. Mejor así. 

Joder, cómo suena la guitarra, niño, me dice Luis. Joder, cómo suena su garganta y cómo resuena la vida bien adentro, entre las vísceras, mientras todo sangra, me he dicho. Cuánta humildad entreverada de soberbia, Chencho, que susurras tus nanas de crueldad mientras escupes las arritmias de GainsbourgDylan o Lou Reed y todo suena a ti. Magia negra tu apostura frente al micro y el hachazo de lírica tremebunda en cada uno de tus versos. 

Madrid, como ciudad, es un infarto. Como psicogeografía, es un estado mental en que deliran voces como grietas en que insertar tacones de aguja nacida para descoser heridas. Para que sangren. Porque la noche nos canta navajazos de temperatura mientras fumamos a la puerta del local y aún quedan bares como puertas abiertas a la conversación, el ensueño, la sonrisa, el abrazo y los planes. Aún ciudad por descubrir porque, quedó dicho, Madrid no se va a acabar mientras haya una guitarra dispuesta a acariciarnos.



sábado, 7 de marzo de 2026

una canción es un barco a la deriva

Recién regresábamos de Sucre, esa ciudad boliviana que no nos lo pareció. Tuvimos que sondear los extrarradios para sentirnos de nuevo en casa. Yo tuve que hacerlo, sí, lo sé, y perderme mientras nos perdíamos en el mercado campesino. Tú y los mercados, mascullabas, qué necesidad. Yo y el alimento y el siempre buscarlo bien dispuesto de entre las manos de quien lo provee. Sí, no lo puedo evitar. Cementerios y mercados me dan la temperatura de los días de cualquier enclave que visito. Mercado de Bolhao, Oporto, y el cementerio de Agramonte, ¿lo recuerdas? Sé que tú no, pero alguien más lo hará en un futuro y será vital. Eso te dije. Pero no me escuchaste. Eso te dije mientras recorríamos afueras de Sucre para que yo me limpiase las pupilas de tanto blanco sin sustento. ¿Dónde lo oscuro? ¿Dónde lo sucio? ¿Qué es sucio cuando nace de la piel o sus adentros?

Lo oscuro reptaba las callejas del mercado. Las caseras esparcían entre los puestos las últimas ruindades del día. Veíamos cómo se extendían a sus pies los regatos de orín mientras recogían la mercadería sobrante, todo lo no vendido durante el día. Todo lo que posiblemente tampoco se hubiese vendido el día anterior. Ni el anterior. Toda esa artillería de carne y verdura de dudosa salubridad. Y hacía acto de presencia la sombra alargada del trapicheo, el alcohol y las sonrisas afiladas contra piedra sucia en su cuchillada de dentición dorada.

Pero eso fue en Sucre. Ya habíamos regresado a Cochabamba. Ya estábamos de nuevo en casa, donde sabíamos tantear la oscuridad para no caer en su pozo ciego. Yo tenía pendiente un nuevo reportaje para el periódico. Llevaba días pensando que nuestro viaje a Sucre y Potosí (esa ciudad sí es oscura) no podía irrumpir de inmediato en las páginas del semanal. Necesitaba macerar todo lo vivido. Me apetecía escribir sobre la luz. En ocasiones me ocurre, últimamente más. Que no todo va a ser tiniebla. Que la vida te regala destellos, a pesar de pequeños dignos de amarrar. Y la música siempre trae luz, aunque en ocasiones duela. Así que pensaba en mis obsesiones musicales y no dejaba de aparecérseme Bowie incendiándolo todo. Pero hacía ya casi 10 años que había desaparecido sin dejar rastro. Nadie sabía nada de él. Una retirada a la francesa, así que qué sentido tenía escribir sobre una estrella apagada en la distancia me dije, imbécil de mí

Días de procrastinación. Procrastinar, ese verbo tan de antaño que parece que acabamos de descubrir hace poco de tanto que lo empleamos, tal vez empujados por los magnates del salario. Pero sí, eso me ocurría y aplazaba el momento de ponerme frente al teclado y perpetrar un nuevo reportaje que ayudase a nuestra economía a regalarnos un bibimbap en el coreano de la Man Cesped con nuestros recién acogidos amigos holandeses. Luego ellos, con su simpatía rubia y breve, nos invitaron a comer en el coreano. También trajeron aceite de oliva a casa y preparamos buenas ensaladas sin necesidad de aplicarles el correctivo de la llajua. Pero eso es otra historia.

9 de enero de 2013 y desperté, como cada día, recién despertado el sol, a eso de las 5 y algo de la mañana. Que en Cochabamba no existían las persianas y la luz no dejaba de acompañarte los pasos aunque fuese para intentar esbozarles una sombre contra el empedrado. Mucho comentamos, tras nuestros numerosos periplos a lo largo y ancho del mapa, que eso de las persianas debía ser algo más español que los toros, la envidia, la guerra civil y el tomarse cañas en pleno invierno en la terraza del bar del barrio. Pero en cuanto regresamos a Madrid yo siempre bajé del todo las persianas. Hasta hace algo así como cinco años. Porque descubrí que esta celda inserta en una de las múltiples colmenas urbanas troca en hogar si dejo entreabiertas las persianas. Para que entre la luz. Luz, me repetía en Cochabamba mientras, aquel 9 de enero, hacía mi lectura rápida de las noticias en la pantalla del portátil hasta que, de repente, el resplandor total, más avasallador que el último verano. Vendrían otros, superiores, claro.

Recuerdo que antes de escuchar la canción grité. Te grité que Bowie había sacado un nuevo tema. Me miraste con sonrisa de ayer y ojeras de mañana mientras me decías que preparabas tú el desayuno y yo naufragaba de nuevo en Berlín y el mundo daba vueltas de campana. Where are we now? cantaba el hombre de las estrellas y Postdamer Platz se deshacía entre mis manos mientras recordaba cómo allí sentí las tuyas sintiendo piel ajena, casi alienígena. Como Bowie. Al fin, no dejo de pensar en ello, cada cierto tiempo me pregunto si Bowie y mi fascinación por él son reales. ¿Eres tú real? ¿Lo eres?

Bowie acababa de celebrar su 66 cumpleaños haciéndole al mundo un regalo. Celebrar regalando, como a mí tanto me gusta hacer cuando es posible. Regalar y demostrar a los demás que la vida es un regalo y habita en su propia sonrisa, que cada día puede ser una canción, un verso, una caricia, un labio y mejor si dos por dos que son cuatro disueltos en una sola canción sin estribillo. Caí en picado y ya supe que aquella misma noche escribiría el reportaje para el dominical y hablaría de Bowie. Luz. Y aquella canción que me devolvió a Berlín cuando lo tenue, a recorrer sus calles de silencio y amianto acordonado entre tus brazos sabiendo que debería soltarlos para poder escribir sobre una ciudad que me había abrumado. ¿Vienes conmigo a Berlín? Ya estuvimos, me dijiste, aunque no te lo preguntase a ti. Ya estuvimos los dos juntos. Ya estuvimos los dos separados. Ya paseamos una ciudad que germinó de una garganta todo selva mientras era narrada en un mensaje de audio. ¿Vienes conmigo a Berlín?

He recuperado, hace no mucho, el falso dolce far niente de sentarme frente a una pantalla y regreso a mis obsesiones y danzan Kubrick, Coppola, Angelopoulos, Cassavetes, Lynch o Scorsese y caigo de nuevo herido de muerte en el género documental que tanto siempre me ha electrizado alimentando mi obsesión y también, sí, mi voracidad. Y el acto final de Bowie andaba esperando su momento y ya me entrego a él mientras en mi mente, a la par, danzan dicciones y muslos que dan nombre a las nubes al son de un recitado que hace crujir los engranajes del universo en expansión. Y lloro cuando lo veo aparecer en Glastonbury con ese cabello que dan ganas de acariciar hasta la sepultura. Y lloro cuando arranca susurrando love, love me, love me, say you do. Para mayor daño, al día siguiente me veo un documental sobre Nina Simone y se me quiebra el alma. Para mayor daño, regresa ese where are we now? y todo es Berlín y todo son mapas por recorrer y habitaciones que habitar mientras nos queden fuerzas, energía, vida, amor y verdad. Sobre todo amor, eso tan difícil de expresar, más cuanto mayor es. Más. Suave carnicería en la danza loca de los mercados. Los placeres y los días que, ya lo sabemos, dependiendo de quién pueda pagarlo darán en nicho o panteón, a cada cual según lo acumulado en vida.

Aquel día, tras la jornada laboral, fuimos a La Cancha para comprar ajo, cebollas, papel del váter, ron adulterado, dentífricos, jabones y algo así como un fular que te sentaba bien pero no tanto como habría de hacerlo intentando esconder, en un futuro no muy lejano, el delirio de piel como papel intacto y melodía como caderas que no se quieren conocer en que se masturbaba el propio universo. Where are we now? te pregunté y en la noche escribí enfebrecido un reportaje torpe del que, aun así, no me arrepiento. A nada de lo que me ha sucedido deseo cambiarle una coma. Eso hubiese desbaratado todo. De haberlo hecho no estaría donde estoy, y no habría vivido. O viviría muerto. Where are we now? me pregunto hoy y sólo me aferro a que mientras haya lluvia y luz y fuego y tú y yo y sobre todo tú todo será cierto y yo podré seguir culpando a una canción de mi deriva.

domingo, 15 de febrero de 2026

bailando hasta el final de los disfraces

Invito a la soledad a baile.
Son fechas de carnaval, tiempo de disfraces, amor camuflado tras la mirada póker de los días en estribillo. Amaneceres sin aroma, pétalos sin calor y nubes de barrios bajos.
Invito a la soledad a este baile de disfraces y la engalano de páginas, melodías o viajes de ida y vuelta al cuarto de baño. Como si el cuerpo necesitase vaciarse aún más. Periplos de ida y vuelta a la cocina, también. Como si vísceras pudiesen cumplimentar con más alimento el vacío. Porque la soledad, ahora lo comprendo, no cruje como hueso quebrado sino que acaricia como a un suicida lo hace la posibilidad de un salto, y arrulla como una página en blanco al escritor frustrado.
La soledad es esa amiga mentirosa con que no quiero quedar porque sé que intentará flirtear conmigo. Y no tengo el cuerpo para tales fiestas. Las caricias son de piel y ella es un animal desollado. No obstante, supongo que por jugar a que el tiempo pase, la disfrazo.
Y le calzo un taconeo de páginas y le ciño la cintura con melodía tejida en largos fulares. Le invito un vino del que no se olvida y lo olvido en la cocina mientras recuerdo cómo danzan los acuarios y hasta al mismo cuarto de baño voy con ella para recordar de oídas regatos que van a dar a la mar muslos abajo.
Bailamos entre tanta franela que le ha crecido al parqué y alrededor las páginas que no he escrito nos acompañan, girando, y la música que aún te late muda en la tráquea le hace coro a nuestros labios.
Me abismo en su mirada sin párpados y copulamos sólo por contemplar cómo se engendra el plagio disfuncional de un poema.
Llega tu sonrisa desde el extrarradio de todas las aldeas. Me despierta y la soledad es entelequia y bailamos sin disfraz, amarrados pura piel, todas las coreografías del amor en carne viva. Después nos perdemos por las calles de un pueblo que vamos edificando sueño a sueño. El poema, al final, perdió el tartamudeo y, plagio o no, quedó debidamente adecentado entre tus brazos.

© Alice Springs, cortesía de la red


viernes, 23 de enero de 2026

derrumbe de la luz en las persianas


«Abre los ojos
me llegué a decir
Sé que no era un sueño
porque al despertarnos estabas aquí
»
Nacho García



Caminamos un Madrid en ruinas mientras lo reconstruimos entre nuestras manos ensambladas. ¿Por qué está esto así, tan abandonado? Es sólo otro derrumbe, hijo, los edificios también se caen. ¿Como las personas, como el abuelo? Igual. O peor. Porque esos muros al caer sepultan vidas de personas, como el abuelo, tú y yo, que vivieron dentro. Otro día te hablaré de Marxque nuestras charlas acerca de los intrincados vericuetos del deseo ya nos ocupan demasiado. Aunque nada tenga ya que ver la historia con quien, antes de tiempo, la escribió. Algunos, escribiendo con retraso, lo hacen por adelantado. Es algo que descubrí con el paso de los años.

Otro muro que parece a punto de caer. Y tantos se derrumbarán, no temas, sólo intenta mantener tus pilares intactos. En Berlín, por ejemplo, se derrumbó en dos ocasiones uno que no debería nunca haberse alzado. La segunda fue la definitiva. Venía a apropiarse de la ciudad quien la construyó sin saberlo. Ya hablaremos de eso. Sexo, política e historia, dicen, son lo mismo. Pero cada disciplina precisa de su momento.

Tus pupilas, tras presidio de pestañas sonoras, derrotan cualquier tabique. Pero tengo ante mí uno edificado, ladrillo a ladrillo, con la inseguridad de un cemento pequeño. Escueta argamasa que, sin embargo, sostiene con firmeza el dique. Lo miro, lo contemplo, alzo la mano para atrapar una medusa de aliento con forma de punzón. Al otro lado de la tapia esperan todos aquellos que se quejan de cómo está la vida mientras lapidan la de todos los otros aquellos que simplemente intentan darla por vivida. ¿Tenemos que hundirnos, derruidos, en el fango? Sea. Reventemos edenes como quien vagabundea paraísos artificiales. Este Madrid, por ejemplo. No quedan en esta tierra de los otros, de los auténticos, que al fin sólo son el deambular de sus gentes en lo cotidiano de sus costumbres. De quedar, mañana dejaron de serlo. En miles de pantallas, el próximo dominical descubrirá otro destino turístico ya antinomia del descubrimiento. 

Nacho le canta a una luna efímera y yo pienso, una vez más, si sería buena opción saltar desde la terraza para intentar darle alcance y ponerla a tus pies. Pero para qué, si ya la hemos devorado entre ambos. Terrón de azúcar con que nos hemos premiado tras la galopada una y otra vez, suturando en nuestra piel el relinchar de una sonrisa, la longevidad de una ola y la brevedad de un cielo que te transporta en su envés. Nacho canta y me desangro hacia dentro recordando y recuerdo otro motivo para no saltar. Tenemos pendiente hablarnos, amigo y, de paso, tal vez salvarnos con el torniquete de un abrazo, bien sea en la distancia. 

Despierto en mitad de la noche como gusano en el corazón de una manzana. Sobresaltado y seccionado. Sorprendido desde afuera ante mis dos mitades. Una nueva noche recién acabada en dos. Mis oídos te han buscado el arrullo con los labios. Mis dedos han saboreado el atlas siempre inacabado de tu piel mientras te olfateaban el sueño. Amarrados, y memoria vívida del sueño aquella primera cerveza como salmo inaugural en el vientre de la catedral que nuestro amor cuando libre de horarios. El obispo extasiado ante la luz filtrada por las vidrieras de tu cabello. Menos mal que fue cerveza. De haber sido café habrías asistido en ficticia liturgia al temblor de mis dedos. Un doble de cerveza pesa más que una taza de café solo y en soledad. Pesa y, por tanto, amilana el temblor. Como la cámara réflex, hijo, sí, ahora entiendes por qué no sé registrar instantáneas con el teléfono, tan liviano. La cámara pesa y calma este temblor en mis manos cuando te intuyen cerca. 

Enredaste mis dedos entre la galopada de verbo loco y alfil en que se desbocaban los tuyos. Tus dedos, como corcheas de una partitura que ya nadie más sabrá interpretar, armonías de un idioma que aprendimos para dejarlo sepultado por siempre en las amígdalas de nuestro paréntesis. Enredaste en los tuyos mis dedos, esta noche lo comprendo, para calmar el temblor que me intuías. Para animarme a desterrarlo. Lo lamento, no lo lograste. Aún tiemblo al despertar de una noche que ha velado diosa Fortuna intentándome enseñar a caminar. Más bien lo hizo un querubín trasnochado de Cupido. He vuelto a enredarme en acordes que Orfeo acabó imponiendo a las derrotas del cuerpo. Hay tecnologías que, de utilizarlas, habrían sorprendido mi despertar recordándome cuánto y qué bien he dormido. O no, pero he dormido y he soñado con un pueblo. Como aquel al que marché contigo, ¿recuerdas, hijo?, cuando me decías que querías conocer uno sin saber que lo llegarías a habitar.

Madrid es un pueblo asediado por el frío y lo sabes. Madrid es más ciudad, hoy, en este subterráneo que recorremos contemplando nuestros reflejos en las ventanas sin amanecer del Metro. Todo lo de afuera bien podría ser campo. Horizonte sin más personalidad que la de esas nubes cual muslos ebrios de cosecha, mitológicas cabras de atmósfera hembra triscando veredas en las últimas lontananzas. En la mañana nevaba, y el clamor de la ciudad me llegó como demencia envuelta en paquete debidamente acolchado. 

Nevaba, digo, y entre mis dedos un punzón y el recorrido inesperado de un cabello. Ante mí un muro. Munay dormía cerca a pesar de a kilómetros de mí. Le he notado respirar, despertarse, besarme, decirme quédate en la cama me preparo yo el desayuno y caminar hacia la cocina con paso marcial. He saltado como forzado por resorte y he gritado ¡no! Porque paso marcial implica repetición y costumbre. Servidumbre. Me aterra estar creando otro muro ante tu mirada de semana astral y futuro contemplado desde el vientre de un silbido. No quiero enseñarte el mío, hijo. He de comenzar a derruirlo, y pienso que no importa quien prepare el desayuno si lo disfrutamos juntos. Lo haremos tras la noche que ya no me hable de lunas efímeras y sueños del revés. 

Seguiré cumpliendo el sueño de soñar todo aquello que soñé alcanzar. Hacerlo será lograr que tú nunca te asomes a un muro como quien enfrenta un aullido y contempla a las mejores mentes de su generación desfallecer. Lo dicta la piel. Brilla y no dejes de aullar, que naciste para eso, no para silenciar rincones en que tus fauces queden domesticadas o exhaustas. Seguiré cumpliendo el sueño de soñarlo porque querer tiene que ser poder y todo uno son dos y cuando leas esto, de mayor, quizá recuerdes aquel amanecer en que me preguntaste por qué ya siempre dejas la persiana entreabierta, papá. 

Entreabierta, dijiste. Qué adjetivo con reminiscencias de participio, Munay, hijo, qué vocablo al filo de la duda. Qué tajo entre los labios cuando dicen sin hablar, entre abrir y cerrar, mientras los míos murmuran haz siempre lo que te dicte el corazón. Aunque te haga mal, como le hiciera a Kerouac su decirlo todo, ese no guardarse nada. Sí, el viejo Jack, de quien encontramos un libro de viajes que era una joya y mucho ha viajado, ojalá, por pupilas como faros que a ningún barco desean salvar. Fue en aquella pequeña librería que visitamos cuando nuestro breve retiro en un pueblo, ¿recuerdas? Sí, Jack, el amigo de ese otro amigo del que me declamaste su Howl para reírte de mi disfuncionalidad lingüística mientras me recordabas que todo en mí, incluso mi caos, es sagrado, holy

Dejo la persiana entreabierta para que entre la luz, te susurro mientras mis dedos anémonas en el tacto que me ofreces de través. Pero si nunca se fue, dices contemplándola como puñal en una fotografía que opaca toda la sabiduría supuesta a la ínfima biblioteca que deja a su espalda. Y me abrazas y parece que camina como diosa, la fotografía, por un pueblo similar a aquel en que vivimos mientras yo escribía feo invocando una voz que embadurnase de poesía el adobe centenario y tú regalabas monedas a los gatos con ánimo de que pudiesen adquirir un terreno para no dañar sus pezuñas entre escombros de los ya masacrados por el capital. Marx, ya te dije. Y te digo todo mi capital eres tú mientras te beso comprendiendo que entiendes más allá de la piel. 

La melancolía viene implícita, tal vez la saudade. Otro día te hablo de Portugal. Aunque tú no olvidas Lisboa y me hiciste tomar una foto, hace días, para certificarlo. Saudade, la tuya. Melancolía también, en mi caso, que decido incorporar a este cóctel molotov de madrugada que será primer café removido hasta el infinito mientras digo, una vez más, buenos días amor y tú me envías una foto de Angiebook y yo te escribo otra carta que no leerás.

Dejemos que Madrid continúe rumiando su ruina. Aún quedan rincones y no hace mucho me dijiste que esta ciudad nunca se acaba. Creo que no comprendiste, al verbalizarlo, que sólo tú, cuando quieras, puedes volver a edificarla. Ya has sabido reinventar otras. Si no, ni modo, que se derrumbe. Siempre nos quedará un paraíso en la memoria del paladar tras todos los desayunos juntos y, como es hacia dentro, no habrá turismo que lo descubra ni lo sepa colonizar.