¿Cuántos dedos caben en una mano?
La respuesta correcta no existe, aunque todos se apresuren a responder: cinco.
Hay personas que nacen con dos pulgares. Otras que se pierden contando, desde pequeñas, en las clases de matemáticas y el profesor, con sus reprimendas, les hace pensar que sólo tienen cuatro.
Tuve un amigo, hace demasiados años, que clavó un compás en la mano a su compañero de pupitre cuando la edad no alcanzaba el número que cuentan los dedos de las dos manos. El chaval agredido siguió adelante, pero creo que un dedo se le quedó algo así como huérfano de hermanos. Yo, esta mañana, por ver si sangro, he decidido seccionarme la mano izquierda. Ha quedado al otro lado de la cama, el tuyo, como el sueño detenido de un pescado. La he mirado y me ha dado lástima. Parecía pedir limosna. ¿Qué haces?, he increpado, no estamos a las puertas de ninguna iglesia. Ella ha movido los dedos como llevada por impulsos de esos que provocan los nervios cuando se saben a las puertas del infierno. O del cielo. Knock, knock, knocking on heaven's door.
Mi amigo, lo cual es mucho decir, decía del compás y del desbarajuste que cualquiera puede imaginar. Colegio dictadura, máquina de picar carne humana, sangre a borbotón, aullido e infancia triturada por la regla no escrita del no hay profesor alguno para enderezar todo esto. La educación quedó seccionada hace tiempo, como marcada aquella mano por el compás de mi amigo, como seccionada la mía esta mañana por un cabello que se olvidó fuera de la mochila el amanecer. Porque me corté la mano con un cabello, no lo había dicho. Piensen en las múltiples funciones que tiene la materia de la que estamos hechos.
El caso es que ahora contemplo mi mano y me parece que daría bien en un grabado de Durero. Por fea, disfuncional y extranjera de pianos. Más cuando seccionada e infecta.
Contemplo mis dedos. Perdón, olvidé que ya no son míos. Contemplo, por tanto, sus dedos, los que pertenecen a una mano en que se regodearon todos los milagros, y los encuentro atractivos a pesar de fondones y doloridos del tajo. Sólo me pregunto cómo podré escribir, a partir de ahora, sin los cinco dedos de esa mano izquierda que me he sajado.
Paseo parques del barrio que no conocía y una mujer de edad provecta que pasea a un perro me mira asombrada y me pregunta si me encuentro bien.
- ¿No ve usted que va dejando un reguero de sangre que le brota del muñón izquierdo?
- No se preocupe, señora, es que me corté la mano al amanecer por ver si podía regalarle colorido a las nubes.
- ¿Y si mi perro la toma entre los dientes y se infecta de algo?
- Despreocúpese, señora, estoy sano y, en cualquier caso, ya me la guardo en el bolsillo del pantalón.
Y es mal lugar para ocultarla porque, una vez ahí, estimula mi entrepierna, como en tantas noches de batallar sueños entredormidos, y la señora ya corre alarmada porque piensa haber encontrado en el parque a un pervertido.
Un niño me pide perdón porque su perro me olisquea los muslos buscando mi mano muerta con ansias de morderla y llevarla de regreso al falso dueño.
- Tranquilo, todo está bien.
Saco la mano de mi bolsillo y la lanzo lejos soñando que, definitivamente, quede perdida entre la hierba que aún no han segado. Alguien, hace años, perdió en el césped una oreja que utilizó David Lynch para erigir una película que algunos no olvidaremos. Y la Rossellini. Y su tristeza. Y el don de su ternura y su ánimo de vivir sin dudas. Y mi aflicción por la pérdida de esta mano que ya no tecleará mi rostro más huraño.
Es primavera. Recojo mi mano de entre el falso pasto de un parque radial y pienso que si con una radial la hubiese seccionado quizás no me doliese tanto. Pero es primavera y sonrío porque se supone que es la época en que natura florece y quizás a mí me pueda crecer otra mano, tal vez igual, tal vez con cinco dedos.
Pero, aun así me pregunto cuántos dedos caben en una mano.
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