Hay domingos que no son derrota y hundimiento, como hay conciertos de jueves noche que no son costumbre y estruendo. Hay domingos que se entrelazan con conciertos venideros para recordarme que habito una celda en que todo son grietas. Celda de barrotes entre los que no pueden los carceleros evitar que entre a espuertas y a raudal la luz. Chencho Fernández regresa a Madrid y lo hace en solitario, como yo regreso al epicentro de una urbe que ya da asco. Él, al menos, tiene una guitarra que acariciar y con la que acariciarnos.
Cuánto hacía que no asistía a un recital de los de piel del revés, rodeado de silencio y respeto ante el músico y su poco silenciosa verborrea arterial. Chencho, querido, le has puesto el silenciador a la pistola en que convergen los ritmos de mi pulso y ahora sólo deseo que el disparo haya llegado lejos pero, imploro, no haya causado ningún daño. Y ni te has dado cuenta. Mejor así.
Joder, cómo suena la guitarra, niño, me dice Luis. Joder, cómo suena su garganta y cómo resuena la vida bien adentro, entre las vísceras, mientras todo sangra, me he dicho. Cuánta humildad entreverada de soberbia, Chencho, que susurras tus nanas de crueldad mientras escupes las arritmias de Gainsbourg, Dylan o Lou Reed y todo suena a ti. Magia negra tu apostura frente al micro y el hachazo de lírica tremebunda en cada uno de tus versos.
Madrid, como ciudad, es un infarto. Como psicogeografía, es un estado mental en que deliran voces como grietas en que insertar tacones de aguja nacida para descoser heridas. Para que sangren. Porque la noche nos canta navajazos de temperatura mientras fumamos a la puerta del local y aún quedan bares como puertas abiertas a la conversación, el ensueño, la sonrisa, el abrazo y los planes. Aún ciudad por descubrir porque, quedó dicho, Madrid no se va a acabar mientras haya una guitarra dispuesta a acariciarnos.

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