Caminamos un Madrid en ruinas mientras lo reconstruimos entre nuestras manos ensambladas. ¿Por qué está esto así, tan abandonado? Es sólo otro derrumbe, hijo, los edificios también se caen. ¿Como las personas, como el abuelo? Igual. O peor, porque esos muros al caer sepultan vidas de personas, como el abuelo, tú y yo, que vivieron dentro. Otro día te hablaré de Marx, que nuestras charlas acerca de los intrincados vericuetos del deseo ya nos ocupan demasiado. Aunque nada tenga ya que ver la historia con quien, antes de tiempo, la escribió. Algunos, escribiendo con retraso, lo hacen por adelantado. Es algo que descubrí con el paso de los años.
Otro muro que parece a punto de caer. Y tantos se derrumbarán, no
temas, sólo intenta mantener tus pilares intactos. En Berlín, por ejemplo, se derrumbó en dos ocasiones uno que no debería nunca haberse alzado.
La segunda fue la definitiva, porque venía a apropiarse de la ciudad quien la
construyó sin saberlo. Ya hablaremos de eso. Sexo, política e historia, dicen,
son lo mismo. Pero cada disciplina precisa de su momento.
Tus pupilas, tras un presidio de pestañas sonoras, derrotan cualquier tabique. Pero
tengo ante mí uno edificado, ladrillo a ladrillo, con la inseguridad de un cemento pequeño.
Escueta argamasa que, sin embargo, sostiene con firmeza el dique. Lo miro, lo
contemplo, alzo la mano para atrapar una medusa de aliento con forma de punzón.
Al otro lado de la tapia esperan todos aquellos
que se quejan de cómo está la vida mientras lapidan la de todos los
otros aquellos que simplemente intentan darla por vivida. ¿Tenemos que
hundirnos, derruidos, en el fango? Sea. Reventemos edenes como quien vagabundea paraísos artificiales.
Este Madrid lo es ya, para tantos. No quedan en esta tierra de los otros, de
los naturales, que al fin sólo son la naturaleza de sus gentes y su trasiego cotidiano. De quedar,
mañana dejaron de serlo. En miles de pantallas, el próximo dominical descubrirá otro destino turístico ya antinomia del descubrimiento.
Nacho le canta a una
luna efímera y yo pienso, una vez más, si sería buena opción saltar desde la terraza para darle
alcance y ponerla a tus pies. Pero para qué, si ya la hemos devorado entre
ambos, terrón de azúcar con que nos hemos premiado tras la galopada, una y otra vez suturando en nuestra piel el relinchar
de una sonrisa, la longevidad de una ola y la brevedad de un cielo que te
transporta en la nuca. Nacho canta y me desangro hacia
dentro recordando y recuerdo otro motivo para no saltar. Tenemos pendiente hablarnos, amigo, y de paso, tal vez salvarnos con el
torniquete de un abrazo, bien sea en la distancia.
Despierto en mitad de la noche como gusano en el corazón de una
manzana. Sobresaltado y seccionado. Sorprendido desde afuera ante mis dos mitades. Una nueva noche recién
acabada en dos. Mis oídos te han buscado el arrullo con los labios. Mis dedos han saboreado el atlas siempre inacabado de tu piel mientras te olfateaban el sueño. Amarrados, y memoria vívida del sueño aquella primera cerveza como salmo inaugural en el vientre de esta
catedral que es nuestro amor libre de horarios. El obispo extasiado ante la luz filtrada por las vidrieras de tu cabello. Menos mal que fue
cerveza. De haber sido café habrías asistido en ficticia liturgia al temblor de mis manos. Un doble
de cerveza pesa más que una taza de café solo. Pesa y, por tanto,
amilana el temblor. Cómo la cámara réflex, hijo, sí, ahora entiendes por qué
no sé registrar instantáneas con el teléfono, tan liviano. La cámara pesa y
calma este temblor en mis manos cuando te intuyen cerca.
Enredaste mis dedos entre la galopada de verbo loco y alfil en que
se desbocaban los tuyos. Tus dedos, como corcheas de una partitura que ya nadie más sabrá interpretar, armonías de un idioma que aprendimos para dejarlo sepultado por siempre en las amígdalas de nuestro paréntesis. Enredaste en los tuyos mis dedos, esta noche lo comprendo, para calmar el
temblor que me intuías. Para animarme a desterrarlo. Lo lamento, no lo
lograste. Aún tiemblo al despertar de una noche que ha velado diosa Fortuna intentándome enseñar a caminar. Más bien lo hizo un querubín
trasnochado de Cupido. He vuelto a enredarme en acordes que Orfeo acabó imponiendo a las derrotas del cuerpo. Hay
tecnologías que, de utilizarlas, habrían sorprendido mi despertar recordándome
cuánto y qué bien he dormido. O no, pero he dormido y he soñado con un pueblo.
Como aquel al que marché contigo, ¿recuerdas, hijo?, cuando me decías que
querías conocer uno sin saber que lo llegarías a habitar.
Madrid es un pueblo asediado por el frío y lo sabes, aunque no te
lo explico. Madrid es más ciudad, hoy, en este subterráneo que recorremos para
regresar a casa contemplando nuestros reflejos en las ventanas sin amanecer del Metro. Todo lo de afuera bien podría ser campo, horizonte sin más
personalidad que la de esas nubes cual muslos ebrios de cosecha, mitológicas cabras de atmósfera hembra que triscan veredas en las últimas
lontananzas.
En la mañana nevaba, y
el clamor de la ciudad me llegó como demencia de amigo invisible envuelta en
paquete debidamente acolchado. La vecina hoy ha reído con un timbre distinto.
En soledad. No hablaba con nadie, no era una de esas ocasiones en que me narra
su vida a gritos mientras se la narra a un amigo. Andaría mirando un vacío de
hilaridad en TikTok o Instagram.
Nevaba, digo, y entre mis dedos un punzón y el recorrido inesperado de un cabello. Ante mí un muro. Munay dormía cerca a pesar de a
kilómetros de mí. Le he notado respirar, despertarse, besarme, decirme quédate
en la cama me preparo yo el desayuno y caminar hacia la cocina con paso
marcial. He saltado como forzado por resorte y he gritado ¡no! Porque paso marcial implica repetición y costumbre.
Servidumbre. Me aterra estar creando otro
muro ante tu mirada de semana astral y futuro contemplado desde el vientre de un silbido. No quiero enseñarte el mío, hijo. He de comenzar a derruirlo, y pienso que no importa quien prepare el desayuno si lo disfrutamos juntos, y lo haremos tras la noche que ya no me hable de lunas efímeras y sueños del revés.
Seguiré cumpliendo el sueño de soñar todo aquello que soñé alcanzar. Hacerlo será lograr que tú nunca te asomes a un muro como quien enfrenta un aullido y contempla a las mejores mentes de su generación desfallecer. Lo dicta la piel. Brilla y no dejes de aullar, que naciste para eso, no para silenciar rincones en que tus fauces queden domesticadas o exhaustas. Seguiré cumpliendo el sueño de soñarlo porque querer tiene que ser poder y todo uno son dos y cuando leas esto, de mayor, quizá recuerdes aquel amanecer en que me preguntaste por qué ya siempre dejas la persiana entreabierta, papá.
Entreabierta, dijiste. Qué
adjetivo con reminiscencias de participio, Munay, hijo, qué vocablo al filo de la duda, qué tajo entre los
labios cuando dicen sin hablar, entre abrir y cerrar, mientras los míos murmuran haz siempre lo que te dicte el corazón. Aunque te haga mal, como le hiciera a Kerouac su decirlo todo, ese no guardarse nada. Sí, el viejo Jack, de quien encontramos un libro de viajes que era una joya y mucho ha viajado, espero, por pupilas como faros que a ningún barco desean salvar. Fue en aquella pequeña librería que visitamos cuando nuestro breve retiro en un pueblo, ¿recuerdas? Sí, Jack, el amigo de ese otro amigo del
que me declamaste su Howl para reírte de mi
disfuncionalidad lingüística mientras me recordabas que todo en mí, incluso mi caos, es sagrado, holy.
Dejo la persiana entreabierta para que entre la luz, te susurro
mientras mis dedos anémonas en el tacto que me ofreces de través. Pero si nunca
se fue, dices contemplándola como puñal en una fotografía que opaca
toda la sabiduría supuesta tras la ínfima biblioteca que deja a su espalda. Y
me abrazas y parece que camina como diosa, la fotografía, por un pueblo similar a
aquel en que vivimos mientras yo escribía feo invocando una voz que embadurnase de poesía el adobe centenario y tú regalabas monedas a los gatos
con ánimo de que pudiesen adquirir un terreno para no dañar sus pezuñas entre escombros de los ya masacrados por el capital. Marx, ya te dije, y te digo
todo mi capital eres tú mientras te beso y te beso más comprendiendo que
entiendes más allá de la piel.
La melancolía viene implícita, tal vez la saudade,
otro día te hablo de Portugal. Aunque tú no olvidas Lisboa y me hiciste
tomar una foto, hace días, para certificarlo. Saudade, la tuya. Melancolía también, en mi caso, que decido incorporar a este cóctel molotov de madrugada que será primer café removido hasta el infinito mientras digo, una vez
más, buenos días amor y tú me envías una foto de Angiebook y yo te
escribo otra carta que no leerás.

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