domingo, 15 de febrero de 2026

bailando hasta el final de los disfraces

Invito a la soledad a baile.
Son fechas de carnaval, tiempo de disfraces, amor camuflado tras la mirada póker de los días en estribillo. Amaneceres sin aroma, pétalos sin calor y nubes de barrios bajos.
Invito a la soledad a este baile de disfraces y la engalano de páginas, melodías o viajes de ida y vuelta al cuarto de baño. Como si el cuerpo necesitase vaciarse aún más. Periplos de ida y vuelta a la cocina, también. Como si vísceras pudiesen cumplimentar con más alimento el vacío. Porque la soledad, ahora lo comprendo, no cruje como hueso quebrado sino que acaricia como a un suicida lo hace la posibilidad de un salto, y arrulla como una página en blanco al escritor frustrado.
La soledad es esa amiga mentirosa con que no quiero quedar porque sé que intentará flirtear conmigo. Y no tengo el cuerpo para tales fiestas. Las caricias son de piel y ella es un animal desollado. No obstante, supongo que por jugar a que el tiempo pase, la disfrazo.
Y le calzo un taconeo de páginas y le ciño la cintura con melodía tejida en largos fulares. Le invito un vino del que no se olvida y lo olvido en la cocina mientras recuerdo cómo danzan los acuarios y hasta al mismo cuarto de baño voy con ella para recordar de oídas regatos que van a dar a la mar muslos abajo.
Bailamos entre tanta franela que le ha crecido al parqué y alrededor las páginas que no he escrito nos acompañan, girando, y la música que aún te late muda en la tráquea le hace coro a nuestros labios.
Me abismo en su mirada sin párpados y copulamos sólo por contemplar cómo se engendra el plagio disfuncional de un poema.
Llega tu sonrisa desde el extrarradio de todas las aldeas. Me despierta y la soledad es entelequia y nos perdemos por las calles de otro pueblo que sólo anida en mis sueños. El poema, al final, perdió el tartamudeo y, plagio o no, quedó debidamente adecentado entre tus brazos.

© Alice Springs, cortesía de la red


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