viernes, 13 de marzo de 2026

Madrid da asco

Hay domingos que no son derrota y hundimiento, como hay conciertos de jueves noche que no son costumbre y estruendo. Hay domingos que se entrelazan con conciertos venideros para recordarme que habito una celda en que todo son grietas. Celda de barrotes entre los que no pueden los carceleros evitar que entre a espuertas y a raudal la luz. Chencho Fernández regresa a Madrid y lo hace en solitario, como yo regreso al epicentro de una urbe que ya sólo es asco. Él, al menos, tiene una guitarra que acariciar y con la que acariciarnos. 

Cuánto hacía que no asistía a un recital de temblores rodeado de silencio y respeto ante el músico y su poco silencio y medida verborrea de elucubración arterial. Chencho, querido, le has puesto el silenciador a la pistola en que convergen mis arterias y ahora sólo deseo que el disparo haya llegado pero, por favor, no haya hecho daño. Y ni te has dado cuenta. Mejor así. 

Joder, cómo suena la guitarra, me dice Luis. Joder cómo suena todo aquí adentro, entre las vísceras, mientras sangra tanto dentro de mí, me he dicho. Cuánta humildad entreverada de soberbia, Chencho, que susurras tus nanas de crueldad mientras escupes las arritmias de Dylan o Lou Reed y todo suena a ti. Magia negra tu apostura frente al micro y el hachazo de lírica en cada uno de tus versos. 

Madrid, como ciudad, es un infarto, y da asco. Madrid, como psicogeografía, es un estado mental en que deliran voces como grietas en las que perder tacones de aguja que sabe descoser heridas. Para que sangren. Porque la noche nos canta navajazos de temperatura mientras fumamos en la puerta del local y aún quedan bares como puertas abiertas a la conversación, el ensueño, los planes y el abrazo. Aún rincones que descubrir porque, aunque lo pretendan, Madrid no se va acabar. ¡Ojalá!



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