lunes, 21 de octubre de 2019

la mochila de Jack Kerouac

... veo un mundo de jóvenes errantes con mochilas,
Vagabundos del Dharma que se niegan a obedecer
a la demanda general de que hay que consumir producción
y por ende trabajar por el privilegio de consumir...
Jack Kerouac

Un par de zapatos ajados, siempre los llevo, por si acaso, los pies son importantes cuando el camino es tu única compañía, por muy tópico que esto suene. Dentro de la vieja mochila que acuna en su interior escarchas de sudor e infanticidios de tedio, ahí van siempre los zapatos. No son de marca, ni pintan modernos. No son casi siquiera zapatos, pero son cómodos. Mi mochila, digo, ahí está, ahí descansa, en el fondo de este desguarnecido armario, cual piel de nutria asesinada o nudo de lana vieja trenzado en los adobes del sueño.

Contemplo mi mochila deseando interpelarle acerca del siguiente periplo, ahora, hoy que desconozco si algún día podré de nuevo rellenar de algodón aborigen su digestión de kilómetros descosidos y telas mal asfaltadas. Hace tiempo que no viajo, demasiado, pero no dejo de colgarme a los hombros, aunque sea soñando, esta vieja mochila barata, 40 litros de capacidad, muchos menos de los que me bebí en cualquiera de sus viajes, que albergó en su interior tanta ropa interior usada por interiores ajenos, tantos fetiches con nombre de geografías vacuas, tantos rasguños de zarzas como abrazos curados al albur de cruces de caminos que parecían ungüentos, y un número indeterminado de besos con la fecha de caducidad impresa en el envés de sus labios.

Así que, de nuevo, tomo entre las manos aquel viejo libro del viejo Kerouac. Paso sus páginas con la pretensión única de hallar una frase que me obligue a detenerme, hacer un alto en el camino. Y sólo encuentro un pedazo de tela de caftán que mis dientes destejieron a la noche de tu piel hace ya un mundo. Aún lo recuerdo: venía yo de festejar en soledad el último día del año en un restaurante aledaño al puerto de Tánger. Atlantique, se llamaba, aquel garito, aquel decrépito mesón con maneras de «aquellos buenos tiempos». El kefta estaba algo crudo, y el barro del tajine ni pasaba el examen de lo meramente decorativo. Pero era el lugar de entrada a la ciudad de cientos de turistas, tal vez más. Y se podía permitir el lujo, su propietario, de pagar los gravosos impuestos por venta de alcohol, y servía Special Flag -lo sé, la peor de las cervezas magrebíes- verdaderamente fría y, aún mejor, botellas de Guerrouane Rouge. Allí reposó, sobre la mesa, una de tales botellas, ensombreciendo con su duda de viña baja la rosácea claridad de unos pedazos de carne picada excesivamente crudos. Consumida la botella el interior del local perdió clarividencia, y las sombras que ya no proveían sus muros taladraron sombras chinescas contra la escayola descascarillada de mis pensamientos. Así que salí a las calles pretendiendo encontrarte, clamando a diosa Fortuna que cantase bingo desde una ebriedad que reclamaba tus abrazos.

Jack Kerouac, cortesía de «la red»
Hablé de Kerouac con el camarero. Me aseguraba, orgulloso, que su padre había servido innumerables botellas de vino al poeta, allá por los años 50 del pasado siglo, cuando el joven profeta beatnik recluía vagabundeos entre los muros de la medina de Tánger. Rememoró las melopeas del estadounidense como si las hubiese podido contemplar. Cuánta poesía, Kerguac, amigo, siempre borgacho, amigo, bebía y bebía y baiglaba después entrge estas mesas, sí, amigo, en mesa de usted bebía y luego baiglaba y salía calle baiglando, corriendo hacia parte alta de kasbah... ¡ah!, siempre rgeía, joven alegre, pero bebía mucho, mucho, no bueno beber mucho, amigo, ¿le sirvo otrga copa? Sí, sírveme otra copa, amigo, que esta noche me espera el Magreb en sus labios y no quiero que descubra los míos manchados de miedo.

Brindé por el año que finalizaba y no bailé, como Kerouac, pero sí me reí, a carcajadas, cuando le aseguré al camarero que iba a encontrarte paseando por la medina. Porque sabía que sólo tenía que caminar para encontrarte. Tú no te acordarás jamás pero nos cruzamos frente a un tenderete en que se mercadeaban chucherías de contrabando y RayBan falsas, y conseguimos colarnos en el Hotel Ritz, subir hasta aquella habitación húmeda de cucarachas y avejentada de moqueta gruesa. La cama estaba limpia, eso te aseguré mientras descubría un Miró de esperma caduca sobre las sábanas. Todo daba igual, nada me importaba, quería sentirme vivo como el viejo Jack, apurar sístoles y alquimias entre todos tus labios, acuchillarte con garras la espalda y con sargazos los pechos. Tuve que desgarrarte el caftán, y un retazo de orgasmo añil descansa hoy entre las páginas de Los Vagabundos del Dharma, primera edición, Contraseñas Anagrama, traducción de Mariano Antolín Rato. Luego caminar la noche tangerina buscando un taxi que te regresase al hogar que no tenías. Y yo regresar al Hotel Valencia para recoger mi mochila y, con ella a la espalda, perderme como una nada entre los viandantes que viandaban murmullos de menta en busca de nada. Buscando sólo caminar, estar en movimiento, no quedar varado en la melancolía de haber tenido que despedirme de ti de manera tan atropellada... tan atropellada como nuestro amor, nuestros besos y mis tragos de vino grueso. El camarero del Atlantique me descorchó otra botella. La tomé entre mis manos y caminé dejando a mi espalda el puerto, en pos de las orillas del extrarradio. ¿Hacia dónde? No lo sé. Tampoco importa. Lo trascendental no es el destino cuando crees que tu destino es el camino. Y caminé hasta que me acogieron, en el interior destartalado de un Fiat Uno, dos jóvenes oriundos de Sidi Kacem cargados de hash y ebrios de sonrisa. Decidí decirles adiós en Asilah confiando en encontrarte de nuevo, paseando la medina  y un vaho de cannabis en la última noche del año. 

Kerouac abandonó el camino por el alcohol, y la vida por una hemorragia interna producto de la excesiva ingesta de aquel. Pero antes anduvo lo suyo, y en Tánger consumió vino y bailó y rió y logró que este pedazo de caftán que ahora envenena mis dedos decidiese reposar el recuerdo de tu piel entre las arritmias gramaticales de su prosa bebop y nervio. 

Abro la mochila y lanzo en su interior el volumen pensando que será buena lectura para mi siguiente viaje. Al fin, tampoco es tan malo estarse quieto. Lo nefasto es, únicamente, no sentirse en movimiento. 


martes, 8 de octubre de 2019

donde acaba el poema, donde muere la canción

El silencio es el ruido más fuerte
Miles Davis

Días de combatir contra lo elemental doblando las esquinas de la ciudad como si fueran papel de fumar hachís bien apaleado, con un loco doblar velocidades al tiempo de los suburbios y el agravio para mejor encontrarse el latido en el bolsillo del pantalón, a la altura de la tráquea en que boquea un sexo sediento de ayeres como orgasmos mal dilucidados. Días de intentar volver a escribir, aprender de nuevo el silogismo mentiroso del verbo. Días en que, finalmente, el proceso neuronal prefiere lo escrito por otros, una vez dado por obvio y moribundo lo propio. Días en construcción, como alicatados de poesía a la que derruir con herramientas que no tengo. Por eso leo a Julia Roig, y doy la bienvenida al veneno: la deconstrucción del poema y el verbo pero sin Derrida... nada que ver con las alquimias torticeras de los abanderados de tortilla española evaporada y ganglios de nube de pan asomándose al espejo de lo vacuo, que es algo así como Derrida sin alimento (eso bien lo sabe quien ha pasado hambre: la alimentación nada tiene de arte, por más que de suculentos críticos de ídem se las den algunos frente a un plato de hambre a 100€/comensal, qué cosas).

Uno siempre ha pensado que lo enérgico y revolucionario del arte es que no sirve para nada. Se puede vivir ajeno a cualquier tipo de arte (a las pruebas que nos regala a diario esta sociedad me remito), pero no a la alimentación, insisto. Ahora bien, aquí quien escribe goza alimentándose de esas viandas inútiles que son la poesía y la música (entre otras).

Me pierdo, llevaba tiempo sin asomarme a esta bitácora y no encuentro el tono. Así que, retomando el hilo, decía que llevo días leyendo a una Poeta que no se lo cree sólo porque su Poesía no sirve para nada. Luego arribo a la sociabilidad asocial de las redes ídem y descubro que aún hay quién, diciéndose poeta, en vez de escribir se pelea y maldice y escupe sin saliva porque le han dado un premio a otro que escribe peor que él. Sólo me queda en la pupila el salitre que espolvorea el vilipendiado. Y es que España, hoy, es un país de poetas pillados in fraganti en el acto de mirar hacia atrás, o a los lados, pero nunca hacia delante, que es donde debe residir la Poesía, ya lo dejó claro el nigromante de Charleville: adelante siempre.

Así que regreso a los textos de Julia para descubrir qué hay allí donde acaba el poema, y cuando ya me siento superado me entrego a la música: párpados sellados y oídos cual vulva bivalva refrenando una salivación en exceso poderosa (¿ven?, no hay exceso de cannabis en sangre). Y llega Nick Cave con su Ghosteen y disuelve la existencia en una deliciosa nada al mostrarme qué hay allí donde muere la canción.

Nick Cave, cortesía de «la red»
Lo que el bardo australiano ha hecho en su última obra es matar definitivamente la canción popular y situarnos frente al abismo que temerán enfrentar muchos músicos durante al menos los 20 años venideros. Hablaba antes de Rimbaud, y no es casual. Los casi 70 minutos de inmersión en Ghosteen tienen inapelable continuación (difícil de evitar) hacia delante, como la poesía del soberbio francés y, como esta, transitada por espectros inaprensibles que juegan dados de color en los canales auditivos hasta volcar victorias y derrotas hechas de amianto y corcel en el flujo sanguíneo. Si Rimbaud nos descubrió el color que atesora cada una de las vocales, Cave extiende ante nuestra mirada atónita una paleta de colores imposibles con que silencios y murmullos van edificando un fresco de dimensiones inabarcables.

Puedo imaginar a muchos diciendo que es un disco aburrido en que apenas hay música, equivocando una vez más la música con el ruido e insultando lo que de apacible puede tener el estruendo. Luego enmendarán diciendo que sí, que el cantante utiliza la voz como nunca antes lo había hecho, y cosas de esas que les permitan seguir figurando entre quienes tienen en alta estima sus capacidades auditivas. Son los mismos que escupen larvas contra su poesía no recitada. Yo, lo siento, estoy con el trompetista del Apocalipsis cuando aseguraba que el silencio es el ruido más fuerte. Por eso el ensordecedor minimalismo instrumental de las cuchilladas que dan vida a Ghosteen ensordece mis oídos y me incita a buscar refugio en los cuatro sentidos restantes, mientras transito paisajes más allá de la realidad y lamo los pezones de unicornios andróginos que pastan ardor y desatino. Ahí el prodigio, ahí el milagro laico de los panes como peces boqueando el fin de la estirpe y la simiente del porvenir. Al final de la escucha, tumbado, absolutamente aniquilado, no sé qué hacer con mi cuerpo y pienso perogrulladas como que Nick Cave acaba de deconstruir la canción. Luego las sinapsis neuronales me traen a la memoria la deconstrucción de la tortilla de patata y comprendo que no, que esto es algo más porque no es alimento, porque no sirve para nada más allá de disponer mis huesos en fotografía de requiescat in pace y empujarme, en un último intento por aglutinar laudatorias lágrimas en derredor, a volcar de nuevo mis sandeces en esta bitácora cibernética.

Eso sí, a los que alaben los registros vocales del bardo en esta inabarcable pieza sónica he de darles la razón. Y es que tal vez donde muere la canción sólo existe el origen de la misma: la voz, o sea. Y es que tal vez donde acaba el poema sólo existe el origen del mismo: la voz, claro.

Mañana seguiré durmiendo, comiendo, acudiendo al rincón del salario, bebiendo, fumando, fornicando y soñando. Acciones normales, necesarias, útiles, sin alma... sin arte. Pero entre esas acciones sucede también la del descanso (no el entretenimiento, que es cosa disímil), y es posible que el arte no sirva para nada porque sólo es una voz luchando contra sí misma para mejor expresarse y lograr que otros descansen.

Gracias, Julia, Cave, por el descanso.

jueves, 4 de julio de 2019

I have a dream (Madriz me mata)

Muy metido últimamente en analizar qué es eso de la pulsión de muerte, y erróneamente relacionándolo con el sexo (qué le vamos a hacer, el cabra siempre hace el ídem), me sumerjo en Lacan y descubro que tal pulsión de muerte él la propugnaba como lo real en la medida en que sólo se lo puede pensar como imposible. ¿Complejo? No, para eso ya están los de Electra y Edipo, y a mí, de Lacan, me interesa más esa identificación que hacía del sueño con la pesadilla, dado que el esfuerzo por metaforizar del sueño no es más que el disfraz que utiliza el deseo para evitar que se le vea como es: con ganas de ser realizado. Espesito, ¿verdad? Pueda ser. Para mí, al menos estos días, ya digo, no tanto.

Anoche tuve un sueño, yo, sí, como Martin Luther King (¿no lo conocen?, da igual: era negro). En mi sueño, por una vez, desaparecía la pulsión sexual, que es la que mayormente identifico como pulsión de muerte lacaniana. Y es que uno ya se hace mayor, y del sexo, erigido, sólo le queda el recuerdo (aparte erecciones breves que no vienen al caso). La cuestión es que en mi sueño soñaba redundantemente un Madrid que no existe más que como pulsión de muerte. Un Madrid gobernado por oligofrénicos que se aprovecharon del derecho al voto antes de que este se promulgase por Ley. Porque los subnormales de familias bien siempre han ostentado todo derecho, desde el de voto hasta el de heredar cargos públicos y gerencias, amén de la ilusión de sus progenitores de que, dada su imbecilidad, pudiesen llegar a ostentar la corona de España, que es cargo muy proclive a cargarse sobre los hombros de hombres (mujeres no, ¡vade retro!) demediados (en lo mental, nada tiene que ver aquí Italo Calvino).

No piense el lector que estoy en contra de apoyar a quien madre natura decidió jugar una mala pasada en su póker de parca traviesa, no. Aplaudo las normativas tendentes a equiparar a los ciudadanos en su derecho a ostentar dicha ciudadanía, ya que, al fin, todos pagan impuestos... bueno... todos no, los imbéciles de mi sueño eso de los impuestos se lo endilgan a otros a quienes creen más imbéciles y que, visto el resultado del derecho democrático al voto, tal vez lo sean.  

Haciendo el bobo está muy bien / haciendo el bobo es un placer, que cantara Jaime Urrutia.

Venga, acortando, que me enredo y no entro en harina.

El caso es que, en mi sueño, un imbécil que no lo es tanto sufría el momento álgido de un enfisema pulmonar agravado por este aire madriles que hoy tantos madrileños nos vemos obligados a sufrir. Y aunque en ambulancia privada dirigida a clínica ídem se acomodase su esperpento respiratorio, este se veía alargado hasta el dolor más insufrible debido a un embotellamiento de tráfico. ¿El final del sueño? No, no moría. Y es que los buenos, al menos en las series de tropecientos capítulos que nos endilgan como anestesia, nunca mueren. Como en las películas, o sea, pero más retrasado el desenlace. Y el prócer que habitaba la ambulancia de mi sueño era de naturaleza bondadosa porque todos sus desvelos estaban dirigidos al ciudadano madrileño, por más que se viese denostado por insurrecciones de votantes que no llegaron a votar en contra de su futurible y ya efectivo mandato. Es por ello que su bondad (la del enfermo) se vio recompensada por el camino. Porque el embotellamiento de tráfico lo provocaba otro ejército de enfermos mentales, todos esos cuya enfermedad, hoy, gracias a lo políticamente correcto, es estandarte de libertad verdadera. Me refiero a gays, transexuales, lesbianas y todo lo que sigue, que es que me lío con las siglas. Y así, no se sintió sólo en su accidentado periplo.

Disculpen el exabrupto pero... era una gozada contemplar demediado, en sueños, el rostro del hombre de mente demediada en un paroxismo de congoja como pocas veces recuerdo me haya decidido regalar Morfeo.

Y todo esto... ¿a qué venía? Ah, sí, a que no se pongan tan flamencos los gitanos madriles si ven que su futuro lo decide un subnormal, porque al fin y al cabo es un avance democrático y... siempre nos quedarán los sueños.

P.S.: Un gorrión ausente de respiración se ha posado en mi ventana. Su plumaje es color mierda y plomo. Su mandíbula aúlla picoteos de pan mal ganado. Su mirada perdida en un cielo como lodo. Ha muerto entre mis manos, entre las garras de su asesino, el muy subnormal. Pulsión de muerte, o sea.

viernes, 28 de junio de 2019

la vida no viaja en Metro (a la française)

Jane Birkin y Serge Gainsbourg
© Jacques Haillot/Apis/Sygma/Corbis

La prisa de los trabajadores trabajando las escaleras del Metro por no llegar tarde a la oficina, como quien corre para llegar vivo a su propio entierro. Y tú trabajando mi entrepierna a la vista sin mirada de todos. Trabajo espurio, sin más salario que mi más imbécil expresión. 

Tú y yo, detenidos en esta escalera metálica que nos rescata del subsuelo. Este sótano de maquinaria y narcosis que es el Metro. 

Abajo, en los vagones, viaja un rebaño proletario de pupilas hechas de pantalla táctil que rehúye el tacto. 

Abajo, en los vagones, Madrid es una manifestación de mineros imbéciles que olvidaron que la linterna debe colocarse en la frente, y no frente a la mirada, que si no luego pasa lo que pasa: olvidan donde quedaba la salida de la mina y quedan perdidos por siempre en las entrañas de la ciudad, en su aparato digestivo. Luego salen expulsados, cual heces incontinentes, cuando menos se lo esperan. 

Abajo, ya digo, en los vagones, mientras en las escaleras recobran movilidad y corren por no perder el siguiente vagón, tal vez el de su propia vida, y tú recobras movilidad a mi flujo sanguíneo para que pueda alcanzar mi propia vida, la de verdad.

viernes, 21 de septiembre de 2018

libros de piel

Leí hace tiempo, que se ha instalado, entre una considerable parte de la burguesía mundial, la costumbre de acumular libros que no se leerán, sólo por el placer de verlos en las estanterías, debidamente colocados por orden alfabético de autor, o título, colección, o color de la edición, vaya usté a saber. Dicen, los defensores de este nuevo despropósito generado por la carencia de impulsos vitales y el exceso de salario, que satisface estar rodeado de tanta sabiduría... a pesar de que ni vayan a hacer el intento de adquirirla. Ya saben, lo importante es pagar por algo, aunque luego no se sepa utilizarlo ni para qué sirve.

Tsundoku, lo han dado en llamar. Y hacen bien: el palabro de marras es japonés, y siempre queda bien hablar con tus coetáneos y explicarles que practicas el tsundoku, que lo aprendiste en tu reciente viaje al país del sol naciente, como hiciste años antes con el yoga, aprendido un poco más cerca pero, igualmente, en tierras orientales. Luego, ni te enteras de cómo funcionan los cuerpos de los yoguis, que viven sin celebrar brunch high tech en ningún bistrot de postín, ni de cómo los japoneses degluten sushi sobre cuerpos femeninos desnudos mientras una esclava disfrazada de geisha les sirve tacitas de sake y tú paseas las redes sociales reclamando la liberación femenina, porque da muy bien en ese mundo que no es el tuyo pero te preoporciona una imagen que no te refleja pero te gana likes y cosas de esas. Porque tienes mucho mundo, que de eso se trata. Mundo pagado, adquirido. Y más si hablamos de libros, ahora que nadie los compra, porque tienen el mismo precio que un Gin Tonic aderezado con pepino y briznas de jengibre, que siempre aporta mucho más el pepino bien dispuesto que el pepinazo gramatical de un tipo que se encierra entre cuatro paredes a ver cómo le crece la barba y las ganas de ser autor reconocido.

Yo andaba esta noche mirando mi escueta y desordenada biblioteca. Y, ya ves, una cosa lleva a la otra y he acabado pensando en ti. Que hay vicios más persistentes que las letras. Pero lo he mezclado todo, y he recordado cómo escribía mi nombre, con grafía de saliva y esperma, sobre la página de tu piel, siempre dispuesta a ese blanco foto Weston sobre el que yo deseaba escanciar mi imbécil gama de grises, y en cómo el solar taquigráfico de tu piel era otro, otra piel, o eran muchas en las que quise, igualmente, dilapidar la falsa fama de mi firma tartamuda. Y es que tu piel son muchas, no te molestes, porque en todas he escrito mi nombre como si sólo fuesen el rebaño esquilado en que el ganadero imprime una propiedad apócrifa. Porque tú, como ellas, como todas, no me perteneces, por más que acumule palimpsestos de argucia lingual con la intención de humedecer mi memoria. Luego, húmeda, mojada, se deshilvana, como papel en agua tibia, y las letras quedan flotando en un galimatías de tinta sin sentido y orgasmo desbaratado.

Acuchillaba la noche mientras te acuchillaba la ingle en un suicidio de flores del mal que ningún mal hacían, salvo a los vecinos, escandalizados de gemidos color caverna y tictac de camastro mal engrasado, como adherido aún a ese cambio horario que ya nos quieren quitar, sin pensar en nuestras noches que, un día al año, se duplicaban de minutos con las manecillas del reloj emulando erecciones que ansiaban dar la razón a Nietzsche. Noches invertebradas como cuerpo de lagartija lúbrica e insomne, en que te daba vuelta sólo para mejor tallar en tu grupa la ordalía a hierro candente de mi nombre más imbécil.

Toda una vida acumulando volúmenes de piel, ya ves, escribiendo en ellas la infamia de mi apellido mal escrito, sin pensar por un instante que quedó dando vueltas, acopio de sumidero, cuando la ducha matinal, y que ahora recorrerá mareas que, tal vez, por qué no, lleguen hasta el Japón encerradas en botellas de las que nunca llegué a beber: botellas de náufrago, ebriedad desperdiciada.

Pienso que escribo y que nadie me lee. Sueño con que algunos, al fin, compren mis libros, al menos para acumularlos en pilas que les pinten sonrisa de gato de Cheshire ante la evidencia de acumular mucha sabiduría. Y tal vez, ya ven, al fin, hagan bien. Porque más vale mantener cualquier libro mío sin abrir, por el simple placer de verlo intacto, que entrar a cuchillo entre sus páginas para desflorar una jungla de nada. Aseguro que, en lo que a ediciones cuidadas y vistosas se refiere, mis libros tienen su aquel. 

Así que hagamos tsundoku, seamos acumuladores de energía marchita, que esto ya lo aprendieron nuestros padres vía la dialéctica mentirosa de los vendedores de enciclopedias que ellos nunca leerían pero que, a las malas, quedarían bien en la estantería del salón, para epatar a las visitas. Y es que la apariencia que puede proporcionar un pequeño capital (discúlpeneme los tsundokuistas de turno) no hace falta irse hasta el Japón para aprenderla, para aprehenderla. Aquí, un servidor, sin ir más lejos, se jacta de las mujeres sobre cuya piel aprendió a balbucear líricas perversas que luego, pasado el tiempo, sólo sueñan dar en un volumen, el tuyo, amor, el que aún busco y deseo, aunque mi estantería carnal no impresione a las visitas.

miércoles, 8 de agosto de 2018

morir de celebridad

Antaño recopilábamos instantáneas, fotografías, durante nuestros períodos vacacionales: aquí la abuela congregando canículas mediterráneas al albur de su falda negro duelo, allá la catedral de flamígera piedra inflamada por las llamaradas del agosto patrio, acullá la caricia que no debiera, sorprendida en la cintura de la prima. Momentos, instantes, reflejos de una vida que pretende justificar las horas que parca desmigaja mientras rumias el pan duro de porcentajes que serán pan de leche del empresario. Finalizado el verano, reuníamos aquellas fotos en álbumes que enseñaríamos, de tanto en tanto, a familiares, amigos, integrantes de ese círculo íntimo que hoy, progreso manda, se amplía hasta hacernos perder fronteras y horizontes. Porque tenemos miles de seguidores en Facebook, Twitter y, cómo no, Instagram, a los que mostrar ese selfie (antes se llamaba autorretrato, por si queda algún neandertal leyendo esto) tomado en Santorini, por ejemplo.

Ahora que madre economía suplanta a madre tierra, y ni billetes que transmutar en acelga hay a la vista, pasamos (paso) el verano en casa, intentando conjugar termómetros hostiles con muñecos desordenados, junto a mi hijo, que aún piensa que vacaciones es siempre. De tanto en tanto, me asomo al vértigo de las redes sociales, y ahí os veo: flamantes de sol y enfebrecidos de cerveza, andariegos de confines exóticos y sobrados de bronceado fugaz. Y mucho me alegro, sinceramente, que de la envidia no tengo ni noticia.

En uno de esos momentos, descubro un video apabullado de likes y visionados. El título del audiovisual refiere a una de las más bellas y famosas librerías planetarias, la Lello de Oporto. No todo va a ser playa, arqueología y cerveza, me digo, antes de pulsar el play dispuesto a darme un baño de cultura libresca. Pero el clip que soñaba me haría soñar torna pesadilla. En escena, un desaforado tropel de turistas armados de cámara fotográfica, teléfonos móviles con la misma incorporada, y palos con estos incorporados a sus extremos, subiendo y bajando las barrocas escaleras de Lello, entorpeciéndose unos a otros en su febril contienda por encontrar la perspectiva óptima para esa instantánea que los inmortalice en el interior de un templo de la cultura profanado al grito de wow y my God, con los flashes de sus dispositivos móviles en tiroteo de fugacidad detenida. Los libros, mientras tanto, aúllan en sepia su descanso eterno, como queriendo llamar la atención sobre el óxido de palabras que los habitan. El visionado se me hace demasiado doloroso, como el de una de esas escenas que tanto gusta filmar Von Trier, un suponer.

Munay ha aprovechado el momento para tomar entre sus manos la deliciosa edición de la poesía reunida de Pablo del Águila que me regaló, hace poco, el amigo Losada (gracias, siempre). A punto estoy de gritarle: ¡no!, ¡deja el libro! La psicomotricidad fina es territorio que el pequeño no termina de conquistar. Pero, haciendo alarde de calma, le pregunto si quiere que le lea ese cuento, y así abandonamos de una vez la versión infantil de El Quijote que tanto venera. Le mal recito un par de poemas. Se aburre, no sé si por la poesía, por mi voz, o por la ausencia de dibujos en las páginas del volumen. Regresamos al Quijote, y el que se aburre, ahora, soy yo. El cuento, por demasiado frecuentado, ha muerto para mis estímulos. Ha muerto de celebridad. Pienso si no habrá ocurrido lo mismo con la librería Lello, si la celebridad no ha provocado su deceso, escenificado con esas exequias en que los turistas lanzan sonrisas como flores muertas al fondo de sus estanterías.

Últimamente, mueren de celebridad no sólo las librerías hermosas, también las ciudades en que se ubican, los países lejanos, los restaurantes caros, los festivales de música y los mares cristalinos. Sin ir más lejos, ahí tenemos nuestro Mediterráneo. Hoy sabemos que engulle nuestras aguas residuales sin el debido procesamiento higiénico. Así lo asevera la Unión Europea, para justificar la millonaria multa impuesta por ello al estado español. También engulle los residuos, igualmente sin procesar, en que convertimos a miles de personas explotadas en el propio beneficio. En el nuestro y en el de cada integrante de la misma Unión Europea que multa la falta de higiene patria. Un lodazal, o sea, por más que nos hagamos fotos entre sus oleajes de dudosa espuma. 

Así que la fama mata, y no me extrañaría si tanto veraneante autorretratado fallece tras un espectacular aumento de likes en las redes sociales. Antes, cuando nuestros familiares, obligados a ver las fotos del veraneo año tras año, dejaban de venir por casa, comprendíamos que nuestras vacaciones habían muerto de tedio. Ahora, dado que el millón de amigos que soñaba Roberto Carlos es más accesible, siempre hay ojos dispuestos a mirar tus fotos del verano. Incluso los del empresario de turno, ese que te paga las vacaciones, el que te deja ilusionarte con las siguientes a cambio de perder la vida entre sus onerosas cifras. Pero ya sabemos que los empresarios no buscan tu felicidad. Así que igual les da por bajarte el sueldo o plantearte como próximo destino turístico la oficina de empleo.

Antes dije que de la envidia no tengo ni noticia, pero esta absurda parrafada no deja de ser un selfie que evidencia mi envidia por veros a todos tan felices, durante este verano infernal, en las fotos que subís a las redes sociales. Así que me haré otro con mi hijo, leyendo poesía, y lo cuelgo en Facebook y aledaños, debidamente tuneado con un fondo de playa caribeña. De esta forma, me las doy de literato, y tal vez alguien confunda el like con el botón de comprar situado junto a uno de mis libros. De paso, se ahorrará el viaje hasta Oporto, que en Lello creo que ya sólo hay literatura muerta.