martes, 8 de octubre de 2019

donde acaba el poema, donde muere la canción

El silencio es el ruido más fuerte
Miles Davis

Días de combatir contra lo elemental doblando las esquinas de la ciudad como si fueran papel de fumar hachís bien apaleado, con un loco doblar velocidades al tiempo de los suburbios y el agravio para mejor encontrarse el latido en el bolsillo del pantalón, a la altura de la tráquea en que boquea un sexo sediento de ayeres como orgasmos mal dilucidados. Días de intentar volver a escribir, aprender de nuevo el silogismo mentiroso del verbo. Días en que, finalmente, el proceso neuronal prefiere lo escrito por otros, una vez dado por obvio y moribundo lo propio. Días en construcción, como alicatados de poesía a la que derruir con herramientas que no tengo. Por eso leo a Julia Roig, por ejemplo, y doy la bienvenida al veneno: la deconstrucción del poema y el verbo pero sin Derrida... nada que ver con las alquimias torticeras de los abanderados de tortilla española evaporada y ganglios de nube de pan asomándose al espejo de lo vacuo, que es algo así como Derrida sin alimento (eso bien lo sabe quien ha pasado hambre: la alimentación nada tiene de arte, por más que de suculentos críticos de ídem se las den algunos frente a un plato de hambre a 100€/comensal, qué cosas).

Uno siempre ha pensado que lo enérgico y revolucionario del arte es que no sirve para nada. Se puede vivir ajeno a cualquier tipo de arte (a las pruebas que nos regala a diario esta sociedad me remito), pero no a la alimentación, insisto. Ahora bien, aquí quien escribe goza alimentándose de esas viandas inútiles que son la poesía y la música (entre otras).

Me pierdo, llevaba tiempo sin asomarme a esta bitácora y no encuentro el tono. Así que, retomando el hilo, decía que llevo días leyendo a una Poeta que no se lo cree sólo porque su Poesía no sirve para nada. Luego arribo a la sociabilidad asocial de las redes ídem y descubro que aún hay quién, diciéndose poeta, en vez de escribir se pelea y maldice y escupe sin saliva porque le han dado un premio a otro que escribe peor que él. Sólo me queda en la pupila el salitre que espolvorea el vilipendiado. Y es que España, hoy, es un país de poetas pillados in fraganti en el acto de mirar hacia atrás, o a los lados, pero nunca hacia delante, que es donde debe residir la Poesía, ya lo dejó claro el nigromante de Charleville: adelante siempre.

Así que regreso a los textos de Julia para descubrir qué hay allí donde acaba el poema, y cuando ya me siento superado me entrego a la música: párpados sellados y oídos cual vulva bivalva refrenando una salivación en exceso poderosa (¿ven?, no hay exceso de cannabis en sangre). Y llega Nick Cave con su Ghosteen y disuelve la existencia en una deliciosa nada al mostrarme qué hay allí donde muere la canción.

Nick Cave, cortesía de «la red»
Lo que el bardo australiano ha hecho en su última obra es matar definitivamente la canción popular y situarnos frente al abismo que temerán enfrentar muchos músicos durante al menos los 20 años venideros. Hablaba antes de Rimbaud, y no es casual. Los casi 70 minutos de inmersión en Ghosteen tienen inapelable continuación (difícil de evitar) hacia delante, como la poesía del soberbio francés y, como esta, transitada por espectros inaprensibles que juegan dados de color en los canales auditivos hasta volcar victorias y derrotas hechas de amianto y corcel en el flujo sanguíneo. Si Rimbaud nos descubrió el color que atesora cada una de las vocales, Cave extiende ante nuestra mirada atónita una paleta de colores imposibles con que silencios y murmullos van edificando un fresco de dimensiones inabarcables.

Puedo imaginar a muchos diciendo que es un disco aburrido en que apenas hay música, equivocando una vez más la música con el ruido e insultando lo que de apacible puede tener el estruendo. Luego enmendarán diciendo que sí, que el cantante utiliza la voz como nunca antes lo había hecho, y cosas de esas que les permitan seguir figurando entre quienes tienen en alta estima sus capacidades auditivas. Son los mismos que escupen larvas contra su poesía no recitada. Yo, lo siento, estoy con el trompetista del Apocalipsis cuando aseguraba que el silencio es el ruido más fuerte. Por eso el ensordecedor minimalismo instrumental de las cuchilladas que dan vida a Ghosteen ensordece mis oídos y me incita a buscar refugio en los cuatro sentidos restantes, mientras transito paisajes más allá de la realidad y lamo los pezones de unicornios andróginos que pastan ardor y desatino. Ahí el prodigio, ahí el milagro laico de los panes como peces boqueando el fin de la estirpe y la simiente del porvenir. Al final de la escucha, tumbado, absolutamente aniquilado, no sé qué hacer con mi cuerpo y pienso perogrulladas como que Nick Cave acaba de deconstruir la canción. Luego las sinapsis neuronales me traen a la memoria la deconstrucción de la tortilla de patata y comprendo que no, que esto es algo más porque no es alimento, porque no sirve para nada más allá de disponer mis huesos en fotografía de requiescat in pace y empujarme, en un último intento por aglutinar laudatorias lágrimas en derredor, a volcar de nuevo mis sandeces en esta bitácora cibernética.

Eso sí, a los que alaben los registros vocales del bardo en esta inabarcable pieza sónica he de darles la razón. Y es que tal vez donde muere la canción sólo existe el origen de la misma: la voz, o sea. Y es que tal vez donde acaba el poema sólo existe el origen del mismo: la voz, claro.

Mañana seguiré durmiendo, comiendo, acudiendo al rincón del salario, bebiendo, fumando, fornicando y soñando. Acciones normales, necesarias, útiles, sin alma... sin arte. Pero entre esas acciones sucede también la del descanso (no el entretenimiento, que es cosa disímil), y es posible que el arte no sirva para nada porque sólo es una voz luchando contra sí misma para mejor expresarse y lograr que otros descansen. Gracias, Julia, Cave, por el descanso.

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