lunes, 28 de noviembre de 2011

quemar los días

Quedan, contoneándose alrededor de mis sienes, volubles volutas de humo espeso, nacarado por el efecto de la luz del mediodía que se cuela entre las rendijas de la persiana a medio bajar.

El cigarro ha sido definitivamente apagado, despedazadas sus hebras de muerte venidera contra la loza del cenicero recién inaugurado. Intento apreciar el dibujo con que la ceniza ha violado su inmaculada superficie, pero el humo parece sufrir un denso rigor mortis alrededor de mis pupilas.

Al igual que ante el cenicero en este momento, me siento ante la vida demasiado a menudo. Lo que vivo, lo que sueño, lo que anhelo, lo que tengo, se distribuye ante mí, en circular y diáfana disposición. Puedo apreciar los mínimos incendios domésticos, los volátiles fuegos de artificio de las ilusiones, la hoguera breve de los días no consumidos, las inevitables brasas del futuro que no termina de llegar, el cálido reguero de llamas del destino, la sucia fogata de las obligaciones, la incandescencia violenta del deseo... 
Pero fumo demasiado, no acierto a ver los recorridos de la ceniza, los caminos a tomar, los tropiezos que evitar. 

Fumo en exceso, ya digo, y una nube de humo moribundo se empeña en equivocarme las decisiones.


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