jueves, 11 de enero de 2018

el exilio y la voz propia


a Álvaro Suite... profundidad, abrazo, talento y emoción 
 

Hace ya siglos, paseando las callejas de tenderete y soroche de La Paz, en compañía de Miguel Sánchez-Ostiz, conversábamos conviniendo que lo primordial para un escritor, la máxima cima que este puede alcanzar, es lograr una voz propia. Para Miguel, que ha alcanzado los diversos ochomiles del arte literario, tal afirmación era una obviedad, pero para mí era un sueño. Las únicas cimas a mi alcance eran las de las viviendas que, como suspendidas del vacío, desordenan las paredes de esa ciudad vertical que es la metrópoli boliviana.

Todavía me quedan lejos las cimas de lo literario, a pesar de mis dedos como garfios desgarrando el teclado, a diario. Busco mi voz propia, con denuedo. Pero la literatura sigue siendo una novicia a la que deseo violar, con mi sexo de gramática errónea, contra el altar del pensamiento único (analmente, a ser posible, para incrementar así el efecto politícamente incorrecto de la infamia). Al final, todo queda en un ejercicio onanista de sílabas tartamudas y metáforas sin gracia. Además, si algún día alcanzo esa cima de la voz propia, lo único que contemplaré, desde tal altura, será mi soledad andina. Los lectores que no tengo habrán quedado lejos, comiendo raviolis de lata en el campo base.

Pienso que si un escritor necesita una voz propia, igual la necesita un músico... más, en el caso de ser, además, cantante.

El pasado año tuve la fortuna de asistir a un recital de Enrique Bunbury, debidamente acompañado de "sus" Santos Inocentes. Llegaba hasta Madrid, el aragonés errante, para presentar su nueva obra, Expectativas, y lo hacía cargado con la maleta de lo imprevisible, como hace siempre el artista que ha encontrado su voz propia. Porque, reincidiendo en lo literario, creemos conocer bien a un autor, cuando amamos el amarillo costumbre de sus páginas, sólo para que este nos sorprenda con un nuevo volumen en que se reinventa de amarillo hiedra. Pero, entre líneas, seguimos escuchando el caudal áureo de su voz inconfundible, como un regato de orín renovado y valiente. Igual ocurre con los buenos músicos. Igual en el caso de Bunbury, que aparenta cambiar de piel, en cada nuevo disco, cuando sólo desordena el ropero. También en cada nueva gira.

Así lo hizo, de nuevo, en Madrid, el pasado 8 de enero (ya saben, escribo con retraso, por llevar la contraria a la urgencia de los días). Del nuevo disco sólo sonaron cinco temas. El resto que cumplimentaron las dos horas de show emergieron de otras épocas, de trabajos anteriores, como lo harían los buques del Triángulo de las Bermudas si algún día fuesen rescatados de las profundidades: vestida de alga sin relojes su armazón, sí, pero renovada en fabulosos brillos al contacto con la luz de un nuevo sol.

En escena, aquellas canciones perdieron el óxido del tiempo sonando infinitamente nuevas, distintas, extrañas incluso hasta el punto de confundir a parte del público. Pero sonaron magistrales, y fueron pespunteando las costuras de tempo y compás que, en un vuelo nada improvisado, descubría a los espectadores el elegante modelo de alta costura en que se convirtió el recital. Ni siquiera la acústica errónea del local pude deslucir aquella pasarela de prodigios.

Enrique Bunbury, en magnífica instantánea obra de Jose Girl
Enrique Bunbury, es obvio, ya ha alcanzado la cima de su propia voz, y su espectáculo con Los Santos Inocentes, apuntalado en una milimétrica escenografía de luminotecnia sobria y exacta, permitió al personal degustar en toda su amplitud la literatura con que la prosa firme del grupo engarza la lírica de este poeta de los escenarios que, vestido de blanco inmaculado, como de traje primera comunión o de piel naúfrago fronterizo, ejerce de chamán que acompaña, con su voz como caudal de monedas sin cruz, las de quienes, entre el público, celebran un viaje hacia las propias emociones tan revelador como el que se supone al de la ayahuasca. Una especie de exilio voluntario, mínimo, pero necesario, como todos, de tanto en tanto.

Bunbury añade tonalidades a su paleta de sonidos, inventando un lienzo que reordena el presente de sus himnos pretéritos con texturas de tiempo venidero. Croupier desmedido y feroz, baraja su dicción de melodías con los arpegios hieratismo frágil de Jordi Mena, el sutil galopar ritmos de Robert Castellanos, los fulgores en que ciega timbres Santi del Campo y, cómo no, la pasmosa vitalidad riff y elegancia de Álvaro Suite. Bunbury pasea su vocalización por los horizontes atmósfera cero de Jorge Rebenaque, y acuna su cuerpo al compás fronterizo de Quino Béjar, mientras replica contra el público la musculatura con que redobla métricas Ramón Gacías. Bunbury, el músico/artista, se rodea de una banda de artistas/músicos a los que, en vez de hacer sombra, permite sean la sombra que engrandezca su perfil de épica y amianto. Mucho más que un concierto de rock: un viaje, un breve exilio... todo un espectáculo, o sea.

El músico ha encontrado su voz propia, está claro, y yo me pregunto si no tendrá que ver con su permanente exilio. Sí, eso es algo que no le comenté a Miguel, mientras resudábamos las pendientes de La Paz, pero que siempre pensé: el exilio puede que sea el primer paso para encontrar la voz propia, lejos de todos aquellos que te la equivocan dándote la razón o llevándote la contraria... amigos, familia, defensores, detractores y aledaños... eso que aún nos empeñamos en llamar patria. Más allá de las voces que moldean nuestra sintaxis. Remotos de ese griterío que nos enmudece la pronunciación. Así, tal vez le sea más fácil encontrar la voz propia al poeta, el escritor, el músico, el artista. Y pienso en el propio Miguel, tantas veces autoexiliado en Bolivia, o en Juan Goytisolo que, en Marruecos, hizo de el exilio patria. También, claro, en Bunbury, vagabundo de exilios más o menos largos por tierras americanas.

Yo, hoy, extraño ese exilio de dos horas que ofrecen Bunbury y Los Santos Inocentes en cada nuevo concierto. Me siento frente al teclado, de nuevo, para equivocar pensamientos, y añoro, de paso, mis exilios bolivianos, marroquíes... sus noches de verbo fácil. Que por aquellas tierras escribía mejor, creo.

Pero, aun dudando de estos dedos que equivocan la noche con su taconeo de teclas y tabaco, por si acaso, escribo... escribo y sigo buscando mi voz propia.


Fotografía: ©Jose Girl

martes, 26 de diciembre de 2017

volver al campo



Ya ha llovido desde que alguien decidió que la migración a las ciudades debería proveer todo lo necesario para la cómoda subsistencia. Pueblos, aldeas, pequeñas villas desconectadas de los relojes, comenzaron a ver cómo sus casas quedaban huérfanas de habitantes, y en sus paredes de piedra y antaño las ventanas bostezaban de sueño o de infarto. ¡Todos a la ciudad!, ¡a conquistar el éxito, la moneda, la apariencia y el flamante automóvil! Ha llovido desde entonces, ya digo (aunque ahora llueve poco... ¿no tendrán algo que ver, justamente, los automóviles?).

El caso es que, pasado un tiempo, la ciudad comenzó a revelar su verdadera faz de prisa por llegar pronto a nada, su indumentaria de polución y claxon, su pasear de sueldo vencido en la batalla del fin de mes. Mientras, más de una aldea, ante el temor a perder la última voz autóctona en el siguiente autobús de línea, ofrecía alojamiento gratuito a quien se instalase en sus dominios. No fueron pocos los que decidieron revertir el movimiento migratorio abandonando la ciudad, para aceptar dichas ofertas rurales. 

Confieso que, a pesar de urbanita irredento, me sentí tentado por la posibilidad de trocar el democrático griterío del comercio metropolitano por el trinar anarquista del pájaro agrario: irme al campo, o sea. Por contra, como para contrariar mi cobardía y desorientarla con un juego de maletas como manos de croupier subnormal, me marché a Bolivia. A mi regreso, años después, las migraciones habían alcanzado una nueva fase: pueblos que antaño adolecían de ciudadanía, comenzaban a rozar la sobrepoblación. Miles de ciudadanos hastiados de la vida en la gran metrópoli, habían invadido los campos en busca de una vida más llevadera. Pareciera que hubiese comprendido, la sociedad, que ningún movimiento migratorio más inteligente que el de esas aves que sólo buscan el sol que más calienta.

Pero, paseando Madrid, me sorprendían estanterías vintage sobre las que reposaba aquello que, antaño, fuese llamado “productos de la tierra”: vegetales con aroma a bosta, orines y zarzas, libres de pesticidas, embriones extirpados del interior de animales que campan a sus anchas sin verse sometidos a tortura ni engorde artificial, semillas acariciadas por la caricia de la mano labriega, traídos de tierras lejanas, en no pocas ocasiones, para mejora de nuestra salud y revitalización de nuestro necesario contacto con la madre tierra... sí, de esta manera el respetuoso consumidor sentía como propia esa Pacha Mama que, en Bolivia, por ejemplo, proveía quinoa hasta que nosotros decidimos comenzar a consumirla. Bueno, el altiplano sigue proveyendo. Pero ya sólo nosotros la consumimos. Los mercados mandan, y lo que el “primer mundo” reclama deja de ser asequible para el “tercero” que lo produce. Pero me enredo, y sólo quería decir que Madrid, sin perder el surtido de ofertas de buen vivir que ofrecen sus escaparates, había maquillado su urbanismo con el arrebol verde de los productos producidos (valga la redundancia) por aquellos que habían decidido volver al campo… también por aquellos que nunca lo habían abandonado.

¿Para qué marchar al campo si podemos traer el campo a la ciudad? Todo lo que la campiña ofrece puede ser adquirido en la gran urbe, algo deslucido por los brillos de la tecnología y los fulgores de la ropa made in menor de edad explotado, sí, pero con sus saludables propiedades intactas. Tal vez alguno piense que en el campo hay animales, que eso falta en la ciudad, y no le resulten suficientes zoológicos y sucedáneos. Por eso, la alcaldía de Madrid, ha dado un nuevo paso hacia la realidad rural, y las calles de Preciados y El Carmen, dos de las arterias por donde más y mejor fluyen las huestes del consumo, debido a estas fechas en que se celebra a un niño que nació en un pesebre rodeado de mula y buey (muy rural todo ello), han tornado de único sentido para quien en ellas se interne: hacia el Norte Preciados, hacia el Sur El Carmen (o viceversa, que no me enteré muy bien de la noticia y no me apetece comprobarlo). Más de uno puso el grito en el cielo, calificando la norma de dictatorial y cosas por el estilo. Pero las autoridades nos hicieron comprender que todo se hacía por el bien ciudadano, para mejorar nuestra experiencia de peatón feliz. Con esta norma se evitarían embotellamientos humanos con sus diversas y problemáticas consecuencias: latrocinios mínimos, violencias machistas, escarceos terroristas, etc. Hoy, ya inmersos en la vorágine navideña, pocos critican la norma, y los ciudadanos caminan ambas calles en el sentido indicado como rebaño bien adiestrado, crepitando billetes y tarjetas de créditos en bucólica melodía, cual sinfonía de cencerros. 

Vivimos tiempos de aburrimiento, y no pocos son los que buscan vivir experiencias extremas, por sentirse más vivos. El Ayuntamiento de Madrid lo ha comprendido y, para evitar la fuga de ciudadanos al campo, ha regalado a los mismos, con esta norma, una nueva experiencia campestre, más extrema que cualquiera de las que en el campo puedan desarrollarse: no ser pastor, no, que para eso sólo hay que luchar por un puesto directivo en la empresa; mejor que eso: ser rebaño. Ya tenemos tiendas ecológicas y vías peatonales, carriles bici y separación orgánica de los excedentes del consumo… sólo faltaba el bucolismo que proporciona, siempre, la cercanía de un rebaño bien dirigido. Además, de paso, revitalizamos el tejido comercial reduciendo las cifras gubernamentales del desempleo y permitiendo a los que, por estas fechas, salen de sus listas, subsistir un mes más con el salario de este único mes en que trabajarán a destajo.

No sé a ustedes, pero a mí me satisface plenamente esta nueva norma. Por lo pronto, he desechado definitivamente esa posibilidad de regresar al campo. Para qué, si cuando lo desee puedo ir de compras al centro urbano. Ya sólo me falta el dinero.

¡Felices fiestas! ¡Felices compras! ¡Feliz regreso al campo!

miércoles, 15 de noviembre de 2017

a su servicio

Un envoltorio de luna y dactilografía ebria para el caramelo agrio de mi alma. Una ventisca mentirosa que se cuela por la ventana proporcionando ilusión de máxima filosófica a los malos humos de mi tabaco y a la densidad de hollín de mi alma. La noche y las teclas. Las teclas que presiona la noche, cuando los fantasmas juegan escondite de niño travieso. La noche y mi batalla contra la botella y la página en blanco, que ni es página, ni es blanca, como no son blancas las octavas entre las que se mueven mis dedos cuando pretendo despertar sinfonías al piano sinuoso de tu piel, estropeando sólo el barniz musical de tu vientre y la placidez de tu sueño. Me he dejado los dedos y los ojos, cual restos de un festín caníbal, frente a una pantalla que sólo refleja mi propia soledad. He escrito demasiado. Y me pregunto: ¿para qué?, ¿quién será el destinatario de esta servidumbre nocturna y deshabitada a que me someto? Servidumbre...

El día me sorprenderá con la poca sorpresiva mueca de esas otras servidumbres a las que me pliego para poder alimentar a mi hijo, cada día. Y al salir del trabajo paseo las calles de una ciudad en ruinas. Asfixio mis ansias de fumar -esa ansiedad casi sexual- calzándome en la cabeza el plástico de la polución -esa fantasía casi sexual-. Persigo piernas como tijeras que recortan las esquinas, las baldosas y el botín de los mendigos. Piernas jóvenes, tal vez demasiado, lo siento, mi genética animal no entiende de correcciones políticas ni consignas de muro de facebook, me pierden esas piernas Lolita que juegan a la vida pisoteando las de miles de Humbert Humbert tan despreciables como yo mismo. Piernas que me conducen hasta las puertas de uno de esos mercados que no lo son... ya saben: carrefoures, mercadonas, ahorramases, lideles, hipercores y etcéteras. Una vez dentro, tus piernas nínfula driblan como las de un héroe balompédico, y te pierdo por los pasillos. Te pierdo, pero, afortunadamente, recupero la cordura: necesito cayena para el guiso de esta noche.

Paseo corredores de luminotecnia y oferta, a la busca del rincón donde habitan las especias. Hubiese preferido perder el tiempo en busca de esas piernas impúberes que, de seguro, habrán derrochado vértigo para dar con una botella de ginebra exótica, un suponer. Habría mostrado con mayor generosidad mi servilismo. Mejor servir a unas piernas que al dictado loco de la melopea, frente al teclado, en la noche. Pero me pierdo, ya digo, buscando el rincón donde habitan las especias, como si fuese a descubrir esas Indias que alguien quiso alcanzar surcando el globo terráqueo.

Por el camino he sorprendido, en un estante, la sorpresa inútil de los periódicos. Ya nadie los compra, eso lo sabemos, pero quedan bien en estos establecimientos, ayudan a disimular que no sabes moverte en su interior: tomas uno entre las manos, hojeas sus páginas como si vivieses en el pasado y aún soñases con encontrar un empleo bien remunerado entre sus páginas sepia. Pero la hojarasca del periódico que sostengo remueve un titular que asevera: la economía española recupera, gracias al sector servicios, el empleo y PIB perdidos durante la crisis. ¡Pues mira tú qué bien!

Abandono, en su repisa, el periódico. Camino pasillos que ya perdieron tus piernas. Pero encuentro la cayena, y me dirijo hacia la zona donde se ubican las cajas, obediente, servil, dispuesto a pagar. Sí, pasar por caja, en uno de estos establecimientos, sin siquiera haber intentado un mínimo latrocinio, refuerza mi condición servil. En la zona donde se ubican las cajas, tipos modernos y, al contrario que yo, nada serviles, muestran su autosuficiencia sirviéndose ellos mismos la factura de la compra, en máquinas de autopago, con mucha alharaca de bolsillos y tarjetas, con excesivo alarde de sabiduría cibernética. Pasan por caja, como yo. Pero en la suya no hay cajera alguna, y yo me pregunto por la recuperación del sector servicios.

Llego tarde, demasiado, a casa. Por el camino, hablo telefónicamente con un amigo, y le explico que quiero preparar un curry esta noche, y que me faltaba la cayena. Es uno de esos amigos poco dado al servilismo, y me explica que me hago líos, que él va a pedir comida a un nuevo restaurante vegano maravilloso, y que a una aplicación de tu smartphone te permite hacer el pedido, y te lo llevan a casa. De esta forma se ahorra el mal trago de ofender con sus inquietudes a la servidumbre, ya saben: el camarero, el friega platos, el sumiller, el personal de limpieza del restaurante. Servido en casa, y uno mismo haciendo las labores de tanto sometido, sin obligarles a laburar servilmente en sus serviles labores. Yo, nuevamente, me pregunto por la recuperación del sector servicios.

Me pregunto qué magia existe en ese crecimiento del empleo vía el sector servicios, y si no seremos nosotros lo que estamos empleados, a coste cero, con máxima ganancia para el empresario. Me pregunto si esto, en el fondo, no supondrá destrucción de empleo. Lo sé, suena a demagogia, y mi amigo me lo certifica explicándome que cuando inauguran una caja de autopago debe haber un empleado que te indique cómo hacer tu compra. No sé, llámenme antiguo, prefiero lo de antes. Llámenme antiguo, aún busco las páginas sepia en los periódicos. Antaño, cuando comía fuera de casa, agradecía hacerlo, justamente, por el servicio. Los platos, salvo que sean deconstrucciones de tortilla de patata que no me atrevo a elaborar por miedo a los químicos y el instrumental quirúrgico, me los puedo preparar yo a menos coste, en mi cocina. Pero, en tal caso, yo sería el camarero y, de vez en cuando, más cuando pasas la vida entre fogones y bayetas, mola que sea otro quien te sirva, y pagarle, gustoso, por su trabajo, por su servilismo infame. Ya ven, uno, al fin, tras una vida entera denunciando la explotación, va a resultar explotador potentado.

El curry no me ha salido mal. Cenamos con el ruido de fondo de tertulianos que defienden o denigran la tan cacareada recuperación económica patria. Sí, esa que vivimos gracias al sector servicios. Después tú vas a la cama y yo digo no me esperes, quiero escribir.

Y aquí me veo, escribiendo sandeces que a nadie importan, y sin saber aún para qué o para quién las escribo. Preguntándome si la recuperación de la economía no se deberá a tantos mentecatos que, como un servidor, pierden su tiempo realizando labores que nadie, ya, está dispuesto a pagar. Porque, al fin y al cabo, somos tan modernos que sabemos hacer de todo, desde cobrar nuestra misma compra en un supermercado, hasta leer o escribir o consumir música en streaming o pedir una camiseta de marca made in bangladesh vía internet o alojarnos en complejos hoteleros todo incluido en que beber hasta el hastío adulterado y tirar comida hasta la saciedad recalentada, pasando por hacer de camareros en nuestro propio domicilio.

Creo que me voy a pasar a los nuevos tiempos. Abajo la servidumbre. Esta noche, el placer, amor, me lo proporciono yo mismo, que lo otro queda demasiado machista y demodé.

viernes, 13 de octubre de 2017

aprendiendo a volar

You see you don't have to live like a refugee
Tom Petty

Lisboa derrumbándose hacia la Baixa, remembranzas de caudales venideros y terremotos que ya fueron, mientras nuestros pasos agigantados por el silencio de la nocturnidad en ciernes caminaban avenidas de negocios cerrados y apertura a lo oscuro. Negros, caboverdianos -supondríamos-, senegaleses -tal vez-, hacían piña de falsa rapiña, contabilizando la venta de productos de marca sin marca y CD piratas, ondeando entre los escombros de tan magra siembra la bandera de tibias y calavera de su hambre atrasada. Olía a hachís, ese sí, de verdad, de marca, y Luis, siempre ojo avizor a los extrarradios del comercio, se acercó a un grupo de manteros -magrebíes estos- y, tras vertiginosa transacción, regresó sus pasos al ritmo torpe que marcaban los míos susurrándome al oído: niño, hoy nos fumamos algo grande. 

Lisboa derrumbándose y yo desbaratando los relojes mientras apuro un porro de elixir marrón casi negro, como los ciudadanos de ninguna parte que se lo habían vendido a Luis por tan exiguo precio -para nosotros, Occidente, idiocia demócrata y servil empleo, siempre es exiguo el precio-. Se imponía una cerveza: azúcares escasos que remodelasen en realismo naïf el cubismo de nuestras pupilas. Así, entramos en aquella taberna irlandesa. Nuestro entendimiento mermado ya había mermado las ganas de encontrar lo autóctono, lo auténtico: nada más genuino en aquellos momentos que una pinta de Kilkenny, ya ven.

Hace tiempo que no regreso a la capital lusa. Dicen que ha llegado ya, también allí, el turismo de masas, y que hoy Lisboa se derrumba hacia la Baixa, como entonces, pero en este caso al dictado de la transacción monetaria y la pérdida de divisas que implica la popularidad. ¿Hay, acaso, divisa mayor que la propia cultura? Me cuentan, amigos y colaterales, del magma de Starbucks, McDonalds y variantes que está desordenando la rima asonante de las calles de Lisboa. Dicen de hordas extranjeras que imponen su abecedario con estruendo de desafortunada onomatopeya. Hablan de franquicias y platos de arroz caldoso preparados en microondas. Y yo recuerdo. Y me recuerdo; entrando en una taberna irlandesa, yo, tan ciudadano del mundo, ignorando esputos de vinho verde y manteles de cuadros en las tabernas de la Alfama. Cualquier tiempo pasado fue... fue una fotografía con que preservar la memoria de lo que nadie ya reconocerá como cierto, mañana, en ese futuro inmediato con que hacemos pajaritas de horas perdidas e ilusiones rotas.

Así las ilusiones de un tiempo mejor y una vida agradable: rotas, como las patas del gato vagabundo, como los corazones de los amantes... como el corazón de Tom Petty, que ha decidido dejarnos hace tan poco que ya es hace demasiado. 

Tom Petty, cortesía de "la red"
Pero aquella noche nuestros corazones brincaban ritmos de la vida por delante, y en la taberna irlandesa se ganaba moneda, aplauso y brindis un músico guitarra en ristre que, cuando irrumpimos en el local, se marcaba una deliciosa versión de Wish You Were Here. La camarera repartía cerveza y sonrisas como quien desconoce la traición, y a Luis le traicionó el entendimiento la espuma de sus labios cuando pronunciaban outra cerveja después de recordarnos su nombre... por eso de las propinas. El cantautor, al poco, se arrancó con una versión de Free Fallin' que nos hizo aplaudir y desbaratar el cristal de su voz con la pedrada de nuestra melopea. Nada de fados, tan de la tierra, solamente "¡another one of Tom Petty!". Así exclamábamos, y el cantante, todo sudor y maestría, nos disparó I Won't Back Down. El recital se alargó, el corazón de Tom Petty siguió marcando el ritmo de una noche que acabó demasiado tarde: averiguamos que el joven músico era belga, trasegamos más cerveza de Irlanda, Luis nunca llegó a obtener más que sonrisas por parte de una camarera que nos confesó su origen francés, y yo, a la salida, de regreso al hostal, decidí fumarme otro porro de hachís magrebí, edificarme un sueño que aún me acompaña y en que tengo la certeza de que Tom Petty actuó en Lisboa, una noche ya lejana, y que nosotros fuimos sus únicos espectadores.

También, quizás, fuimos los pioneros en desbaratar con nuestro turismo primitivo los arcaicos folclores de toda una cultura. Ahora no queremos regresar a Lisboa, por miedo a encontrarla contaminada de consignas globales. Tampoco queremos ya vivir en Madrid, hacer hogar bajo sus cielos de polución y mentira, pasear sus avenidas de turismo low-cost. Ese Madrid en que, hace siglos, Luis y yo escuchábamos a un todavía desconocido Quique González que, para finalizar su recital decidía versionar a Tom Petty, una noche de vidrios confusos, cuando en el Honky Tonk aún se podía fumar de todo, cuando todavía se fumaba en los bares y la voz del cantante adquiría guturalidad de Ducados mientras los dedos de los músicos equivocaban acordes al enredarse a un tercio de Mahou. "Un cantautor con querencias roqueras... habrá que seguirle la pista". Y ahora a ver quién es capaz de seguírsela, en su fulgurante carrera hacia la gloria, que ya hasta graba en Nashville, tan lejos, bravo por él, sin duda. 

Es ahora, decía, que ni queremos regresar a Lisboa ni deseamos permanecer en Madrid, cuando nos acurrucamos en esta patria que nos construyó Tom Petty con la magia translúcida de su guitarra, con su voz de arcángel, con sus arpegios de esperanza y beso adolescente en la calle del domingo que ya casi amanece. Y celebramos que el bardo estadounidense no quedase perdido en algún cruce de caminos yanqui, apegado a las raíces, a la propia cultura, como tantos otros músicos cuyas melodías no alcanzaron la fama global. 

Tantos años denigrando el turismo y dándomelas de viajero consecuente para descubrir que lo global, ese monstruo, me permite soñar que un día asistí a un concierto de Tom Petty. Un día que nunca existió... en una ciudad inventada.