viernes, 30 de octubre de 2026

cifras y letras

- ¡Te quiero!
- ¡Yo más!
- Eso es imposible...

Y recibo el caudal adormilado de sus labios en la mejilla a la que aún me resta por rasurar rastrojos de escarcha. Me gusta ver cómo te afeitas, me ha dicho un momento antes.

- ¿Por qué?
- No sé... estás guapo cuando te afeitas, y es como que te preocupas por ti, por estar guapo... 

Y eso sí es imposible, pero no se lo digo. Y ya se marcha y ya se ha marchado y escucho el golpe de la puerta al cerrarse como quien escuchó el tiro de gracia. Sé que hay otras voces esperando mi escucha, pero dilato el tiempo de espera porque me hace bueno pensar que soy capaz de vencer la ansiedad de escuchar cuando vivo en el silencio. Llevo ciclos solares aprendiendo del silencio, de lo que proporciona. A la fuerza ahorcan. Queda la música, que diría mi amado Aute, pero no puede acompañarme siempre, pienso y de inmediato comprendo que me equivoco porque sé que la música puede estar 24 horas sonando. De hecho, sueño con otras 24 horas de música. Con una canción de amor de un día.

Salgo a la calle recién afeitado. Es el único cambio en mi aspecto. La ropa es la misma de ayer. Está limpia, no se preocupen, es otoño y soy de poco sudar y, además, a donde voy no se tienen en cuenta los outfits, sólo las cifras. Allí soy el menos outfit y el más cifra, hasta ahora.

Soy una cifra que camina por las calles deteniéndose un instante como un infarto frente a la tienda de productos gallegos en que ya comienzan a introducir panes, licores, dulces y sonrisas como la que porta la anciana que espera la hogaza recién salida del horno hace tan sólo unas horas. A la puerta del local ya congregan charla e impaciencia las vecinas, pensando en lo delicioso que será contemplar a sus respectivos maridos hundir corteza y miga en el guiso que comenzarán, en breve, a preparar. Los maridos, por hacer tiempo, toman un carajillo en el aledaño bar París. Yo camino hacia el Metro con un beso aún embadurnándome de sonrisa el rostro. Siento que me he dejado crecer otra barba que no se ve, pero se siente creciendo hacia dentro de la piel, hacia lo más profundo de la más honda superficie.

Septuagenarias con dificultosa movilidad. Pienso en ellas. En la movilidad  ralentizada de sus manos. En sus pasos lentos. En su lento deambular de la cocina al salón portando platos y cucharas, que ya ha llegado el frío. En el humeante plato que han preparado con amor más que costumbre. Si de la costumbre se desprenden el cuidado, la atención, el ver feliz a la persona con que compartes vida, ya estamos en el terreno del amor. Y sé que esto que acabo de escribir podrá ser tildado de machista y rancio. Lo lamento, a buen entededor... yo sólo pienso en ese empuje que tiene todo aquel que se mueve cada día por sentir feliz a quien comparte su espacio. Maestros antiguos. Antiguas enseñanzas denigradas por los adalides de ese progreso del que sólo saben hablar. ¿Pero cuándo llega? Tal vez cuando, ya en el Metro, inserto en sus vagones como intestino grueso, depositan entre las manos de su hijo recién bebé un teléfono móvil con mucho colorín, para que no les interrumpan el necesario trance de ser absorbidos por la pantalla del propio creyendo que así se comunican con amigos, conocidos, amantes posibles, sueños húmedos, humedad de capital y moneda que camina sobre el alambre. Puro tracto intestinal ofuscado.

Cuando yo entro al Metro, los septuagenarios ya han dejado la propina en el bar París y suben a casa acompañando a sus mujeres, cargando entre sus brazos curjiente pan de horno gallego. Ella a los fogones y él a ver la tele. Después, terminado el condumio, cambiarán papeles y él, quizás, quién sabe, meterá los platos y cubiertos en el lavavajillas que les regaló su hija, la que fue por el buen camino, la que hizo plata y trabaja en oficina y se pinta la raya del ojo izquierdo de mala manera por culpa del frenazo inesperado con que se ha detenido el vagón entre dos estaciones.

Salgo del subterráneo y apuro los últimos rayos de sol de este otoño inesperado con maneras de primavera que susurra invierno con labios pintados de azul. Me siento en uno de los bancos del parque y miro cómo pasean septuagenarios macho a sus perros hembra. O viceversa. Hablan con sus perros. Con sus perras, que escuchan y corren tras la pelotita o la rama recién lanzada. El sol se desnuda entre esta floresta a medio desnudar y yo pienso en un desnudo que va más allá del atuendo y me hiere como el rayo divino aún no hincado en el pecho de la Santa Teresa que se inventó Bernini.

Iglesia de Santa María de la Victoria, aledaños de la Estación Termini. Me recuerdo, con Miguel, deambulando alrededores en busca de hostal. Me recuerdo durmiendo en prostíbulos disfrazados de casa de huéspedes. Dejando la mochila en la consigna de la estación ferroviaria. Traqueteando muslos al ritmo de nuestros pies, ansiosos por deambular y conocer y hoy pienso que eran caminatas en balde, porque de haber entrado al interior del Metro de Roma, que también lo hicimos, pero poco, hubiésemos sido capaces de apresar más vida que la que se murmuraba entre los labios de la santa mientras recibía la ambrosía celestial. Ambrosía entre los labios y un sabor que no logro extirparme. El éxtasis era esto y yo lo viví. 

En aquellos tiempos, los de Roma, no los del éxtasis, el suburbano era amable porque sólo encontrabas en su interior rostros agriados, miradas vacías y otras abismadas en páginas. Trabajé contando el número de personas que entraban y salían de una determinada estación de metro, hace ya decenios. Mi primer trabajo. Y ya era contar. Porque trabajar es contar. Contar horas y cifras. Y hoy trabajo contando lo mismo. Horas y cifras. Y trabajo y me unjo el tripalium cada día sabiéndome esclavo. Y hablo con septuagenarios y me siento más cerca de ellos, lo cual es obvio dado mi calendario, pero también más allá que de quienes tienen mi misma edad.

Me cuentan de su vida. Me hablan de la atención. Del cuidado de los hijos. Del de los nietos. Todo en ellos y en ellas es atención. De nuevo, llamadme rancio, pero escucho porque necesitan hablar y porque su vida es pequeña pero no dejan de hacerla inmensa tan sólo prestando atención. Un instante, una sonrisa y el saber que haces todo lo que puedes para que la persona con la que vives pueda sonreír. Sólo una sonrisa. Tan sólo eso. Ya no tienen trabajo que atender más allá de lo que no es trabajo. 

Leopoldo hoy me ha dicho que, aunque le cuesta caminar, baja todos los días a por el pan que le gusta a Ramira. El mejor pan del barrio, le dice ella, cuando él regresa, mirándole a los ojos y besándole la mejilla izquierda. 

- En la izquierda, que en esta casa somos rojos, por más que siga gritando la jauría, y el 29 de noviembre volveremos a votar, que aunque a nosotros nos quede poco tenemos nietos y todo lo que vemos a nuestro alrededor da miedo y no lo queremos para ellos, ¡joder!, y perdona que hable mal, pero todos estos borregos no saben lo que es haber pasado una guerra... con lo que me propones voy a regalarles una hermosa Navidad, ¡que no falte de nada! Pero eso sí, ¡en el pueblo!

Comprendo su soledad cada vez que entro al Metro y miro a mi alrededor a tanta gente sola abismada en la pantalla y comunicándose a gritos huecos como monedas falsas. Comprendo la soledad no deseada. Comprendo y me duele la soledad de los que se creen acompañados. Me duele, también, mi soledad. Soy un hombre solo que se comunica con un preadolescente soñando ayudarle a seguir avanzando en esta vida que en tantas ocasiones olvidamos está hecha de belleza. Vivir ya es belleza y sólo necesitamos alzar la vista y acordonar el pulso para ver cómo busca la grieta por la que escapar en una deflagración de luz y taquicardia. Que por algo ponen desfibriladores en los aeropuertos, que no es por la altura, que yo soy pequeño y cada vez que voy a volar o, simplemente, espero intento saber dónde están ubicados.

Soy una cifra que camina por las calles y por los intestinos de la ciudad soñándose letra. Regreso a casa y me esperas, hijo, y voy casi de inmediato a la cocina, como las septuagenarias de la mañana y te preparo la cena, y la comida de mañana, y me dices que es delicioso todo lo que hago, y te pregunto si conoces el ingrediente secreto y me respondes que es el amor y te miro y soy todo atención cuando me comentas las barrabasadas de tu nuevo día en los pasajes escolares del terror y subo el volumen de la música y bailamos y cantamos y los vecinos raros nos contemplan desde el otro lado del patio.

Así suele ser. Así es de lunes a jueves, como de lunes a jueves me esperas a la salida del Metro. Pero hoy es viernes y salgo del agujero negro de la urbe y no te encuentro escondido tras el inquietante receptáculo que el Ayuntamiento colocó para incomodar el caminar, para que los fumadores depositemos en su interior las colillas de nuestra enfermedad y para que tú escondas tras él tu sonrisa de vergel sabiendo que me haré de nuevo el bobo que soy preguntando dónde estás y figurando que me asusto cuando saltas sobre mí gritándome un abrazo.

Estudio cómo se desenvuelve la vida entre tus dedos, hijo, mientras te digo sin convicción ninguna que tienes que estudiar. Septuagenario aún no pero espero llegar, ya que está a la vuelta de la esquina, sólo por seguir prestándote atención. Mientras, en este intervalo, a ver cómo hago para organizar mi soledad. Qué hago con ella si no tengo a quién prestar atención, si no tengo a quién agasajar, si mis actos del fin de semana no pueden arrancarte una sonrisa o algo más.

La pantalla del móvil parpadea.

- ¡Te quiero!
- ¡Yo más!
- Eso es imposible...

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