viernes, 8 de mayo de 2026

«cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira el dedo»

La paella de mi padre. Nada que ver con una paella, pero cerca de las noventa vueltas al sol no seré yo quien le niegue su momento de gloria al preparar una para mi madre, para ti y para mí, Munay, que ya somos tres y negación triple ya sabemos que es inicio de desastre con maneras de crucifixión. La paella de mi padre que no compartí con ellos, en esta ocasión. Pollo y langostinos, un dislate. Pero también chirlas y calamar. Mejillones y que ahueque sus alas el pollo: sabor a mar. 

No la compartí con ellos. Tampoco contigo. Me fui a pasear. Necesitaba mostrarle a alguien otro barrio de Madrid, para que le insuflase vida mientras se dibujaba los labios con espuma de cerveza para así sonreír haciéndome sentir que el bigote que porto no es pitufal sino celebración de desayuno con cerveza. 

El Barracudas, en la Guindalera. Qué hermoso nombre. Qué hermosos ambos. Pero la Guindalera, sólo por su nombre de sueños niños alcanzados en su no mirar atrás merece la pena que aún exista. Que aún exista tal barrio. Y el Barracudas. Adolescencia mal entendida, rubor de alcohol adulterado y rumor de calendario, vasos de tubo y el horror conteniendo agua de fuego sin llamas. Todo incendio quedó en tus labios, cuando el primer trago. Guitarras y piernas prestas a eyacular zumo de vidrio detrás de la barra del bar. Me llevaba bien con la camarera, que siempre me encontraba un lugar, en aquel garito plagado de niños pantalón pesquero, niñas rostro hueco y acordes de hasch, para amancebar mi ansia de lugar epicentro que, años después, se supo emancipar para entender el verbo.

Cantaba Quique González, o lo imaginábamos, cuando sólo era otro chaval de barrio que pateaba no muy lejos, Parque de Berlín, anticipando alquimias de lugares y verbos. Sólo otro chaval de barrio, como yo pero con talento para algo. Por mi parte, si en algo tuve talento, pienso, creo, me digo, me engaño, fue en hacerte sonreír. Talento malgastado porque me pudo siempre el pánico. Y ahora, hijo, paseo contigo de vuelta a casa, dos por uno de sonrisas desbordadas. Dos por uno de mi peor rostro de perfil cuando aún te logra ver sonreír. Tal vez por ello. Mi rostro, hoy, sólo me provoca una sonrisa condescendiente lejos de en la que ayer lograste verte. 

Paseo con mis fantasmas. Úsalo todo, hasta el miedo, me digo mientras recupero el sabor de la mar y Munay sonríe a pesar de que no compartí con él la paella andamiaje de hambre que Pepe sabe erigir en edificio coreografía de pasos perdidos en su recorrer pasillos de somnolencia camino hacia la butaca del cuarto de estar. Este mismo en que yo consumía tabaco aderezado, cada noche, a la espera de que mis padres se amarrasen a Morfeo para yo mejor abismarme en los abismos del celuloide y los latidos a contrapecho. David LynchScorsese y una Metrópolis siglo XX.

No compartí contigo la paella, hijo. Pero hoy sí compartimos. Compartimos cañas, vaso de agua y el tupper con el arroz sobrante. Que mamá siempre me tiene en mente, aunque no se acuerde ya, en demasiadas ocasiones, de decírmelo. Y domesticamos las ganas de siesta y naufragamos en Amélie. Principalmente yo, que dibujo lágrimas que tú no entiendes. Y por eso te digo que sólo es que me emociono como tú te angustias y pones nervioso porque ella no se decide a saltar.

Arrecia la música y un acordeón sin la Piaf me expande las costillas, sin fisuras, hasta límites humanamente inviables. Madrid es simultáneo porque desemboca en París y limita con los límites desordenados de la piel y la memoria. Montmartre y un café desperdigándose tanto que bien podrían acabar pespunteando las orillas al Spree como escena de todos los crímenes habidos y por cometer.

Los cuentos son reales, Munay, que no te engañen los agoreros del desastre y la fealdad. Sólo que quien ha delineado sus argumentos y puesto en pie a sus protagonistas decide, por miedo a seguir o por  agotamiento de seguirse siendo en la escritura, tarde o temprano, ponerles el punto final. Y siempre, por edad o por costumbre, decide hacerlo para mal. Quédate con Amélie y su sonrisa como yo me quedé prendado de su nuca libre de cabellos y de sus cabellos al libre albedrío del despertar. Por eso los recogí entre mis dedos dispuesto a no perderlos. También enamorado de su pupila derecha, la de risa más febril, de su ombligo (¿dónde?, y ¿cuándo?) y de su vientre, siempre. De la comisura de su labio izquierdo cuando se sabe ambidiestro. La corteza de seda de su rostro enmascarando neuronas que apabullen al juego, ay.

Para mí siempre fue fantasía, pero te aseguro que no hay fantasía incapaz de verse superada por la realidad. Lástima que hasta a la realidad nos empeñemos en ponerle punto final, sí, lo sé. Y no me refiero a la biología, que eso ya lo tienes claro, recién regresamos de casa de los abuelos, tú me entiendes. Que la realidad nunca la alcanzamos a conocer, y nada tiene que ver con esa expandida en mil caminos de los mundos que soñase Michael Ende. Fantasía no es un lugar, ya lo aprendiste. Pero mientras habitemos esta, podremos soñar lejos de los fantasmas de lo actual, que siempre es cierto sin dejar de ser vulgar.

Personas, también vulgares, te dirán un día que la Tatou nunca fue buena actriz, que su papel en Amélie fue puro oportunismo, que no hizo nada más digno de ser recordado, que ha envejecido mal. Yo, hijo, me hubiese quedado con ella hasta el fin de los días. Porque en su sonrisa no habría dejado de brillar la fantasía y cada nueva vuelta al reloj habría sido una fiesta. Qué sabrán de la Belleza las mentes vulgares y estrechas. 

Que Amélie es un cuento, me dices, con preclara semiadolescencia que nunca te imaginé tan temprana. Sí, hijo, tienes razón. Pero has temblado y has comprendido que los cuentos de la realidad, cierto, tiene el autor todo su derecho a finalizarlos como le plazca. Pero yo, que algunos cuentos he malescrito, te aseguro que carece de autoridad para impedir a sus lectores soñar con un final diferente. Mayormente si ha tenido la pericia suficiente para meterlos de lleno en su soñar distinto. Soñar nos ayuda, a muchos, a huir de la realidad, a crear la nuestra y saber que sólo esa es la real. Resultará cobarde que las nubes dejen de ser simples bagatelas atmosféricas y se conviertan en conejos o en osos, como en Amélie, tal vez en caballos, cangrejos, dragones o animales mitológicos, qué más da si logras trocar el plomo de la realidad en leve y aleve pluma de la fantasía.

Yo, hijo, me quedo con Amélie, aunque ella ni siquiera exista, según dicen. Yo sé que sí. La he sentido temblar y la he visto sonreír. Tú haz lo que consideres oportuno con tu vida, tienes de mi parte el beneplácito que no necesitas. Además, te he robado un día sólo por irme a pasear. No me excuso, sabes que te habría robado al menos dos y sé que te habrías alegrado. Y verte sonreír es Munay y es Amor y sé que permites, en mi extraña vida, que me deje llevar por lo que ya comprendo es la Poesía.

Bécquer, lo siento, ni puta idea tenía. Tal vez le faltase calle y me da igual, porque ahora sólo me importa saber que esta semana, quizás, te prepare otra paella más disfuncional que la de Pepe. Pero será para ti. Y con Pepe celebraremos en breve una nueva vuelta al sol.

Gracias, Jean-Pierre Jeunet, por el final de tu cuento. Gracias, Munay, por haber devorado esa paella junto a los abuelos y, con tus pupilas como astros locos, ese momento que, después, nos regalamos. Gracias, Poesía, por todo lo que aún me invitas a celebrar en la infinita turbiedad del universo.

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