domingo, 26 de diciembre de 2021

otra noche americana

La lluvia ensaya polifonías de acequia torpe contra el tejado de las alcantarillas: triquiñuelas con que la ciudad pretende evadirnos de lo cierto. 

Esquivar las alcantarillas, en día de lluvia, es creerse capaz de caminar los tejados, algo así como sentirse etéreo y por encima del bien y del mal a pesar de las evidencias en contra. Esto no es más que suposición, que llevo casi una semana encerrado en casa (ya imaginan el motivo), y acostumbro asomarme a la ventana por comprobar si todo sigue igual, ahí afuera. Y eso veo: lluvia y pocos viandantes intentando esquivar charcos y alcantarillas, evadir sus cantos de sirena suburbana y subnormal. 

Llueve profuso y las nubes simulan un mar inverso sin mayor ebriedad que la de los veleros rimbaudianos que lo surcan desde el fondo de mis pupilas. Me pregunto a dónde llevarán, esos barcos. Llueve profuso, ya digo, casi hasta el límite de inaugurar traje de noche por más que aún sea de día. Efecto de noche americana, en las calles. Sí, ya saben, esa técnica cinematográfica hoy en desuso que permitía simular noche mientras se rodaba a plena luz del día. Una farsa, o sea. Como la que representan los miles de bocas como ventanas que rodean la mía clamando falsas carcajadas de resaca mal dispuesta, tras otra festividad navideña tirada al cubo de la basura junto a ojos de crustáceos suicidas y bocados de pan sin diente que los marque para que al menos se duela, del mordisco o de su ausencia. 

Detalle de la funda troquelada que oculta el Physical Graffiti de Led Zeppelin

Ha pasado la Nochebuena y la Navidad dejó ya atrás su fecha de caducidad redundante y beata. Contra las alcantarillas, la lluvia salpimenta los restos de un banquete en que muchos anduvieron ayer, anteayer, simulando lo que no era, como en la noche americana de las películas añejas. De la felicidad más explosiva al más voraz de los llantos, todos, más o menos, simulamos durante estas fiestas y miramos hacia otro lado cuando nos mentan a la anciana desahuciada o el obrero sin andamio. También si refieren al ganador de la lotería, el caso es simular algo: alegría o desdicha, pero simular a toda costa, por eso de simularnos un pedazo de carne tierna anidado bajo el pecho, que es lo que toca en estas fechas. 

Yo no he podido simular, durante estos días. Soy lo que soy: alguien asomado a la ventana por ver cómo se amplía el plano de la noche americana. A una hora incierta de la Nochebuena, sí, es cierto, Mr. Scrooge llamó a mi puerta. No sé cuál de sus fantasmas lo acompañaba, pero preferí no abrir, estuve seguro de que no venía solo. Preferí, ya digo, ni siquiera contestar, y mascullé un «paparruchas» mientras afirmaba que yo ya tengo un pequeño fantasma en casa, un fantasma que asusta al miedo, a lo oscuro y a la noche, también a la americana. Es un fantasma simpático, sí, ya ven, como ese de los dibujos animados. Luego, claro, están los otros fantasmas. Esos están henchidos de navidades futuras, presentes y pasadas, pero tienen a bien acompañarme durante cada uno de los trayectos en que se hacen adultos los calendarios. A veces logro evadirlos como evaden impuestos los acaudalados, como evade la luz la técnica cinematográfica de la noche americana. Pero cuando regresan portan voracidad de alimaña, porque comprendo que todo estaba amañado, que solo estaba imaginando, como hoy, ahora, asomado a la ventana y dando santa sepultura a la Navidad y al penúltimo cigarro debidamente aderezado con THC y llanto.

Pongo música y dejo pasear a mis fantasmas por el salón. Les permito pasear y pastar el forraje lento de tu ausencia antes de que lo inunde todo, como la lluvia, ahí afuera. Han pasado las fiestas y aún muchos siguen simulando felicidad o extravío, tanto da cuando lo que importa es que no deje de ser todo falso.

Además, es domingo. Y domingo rima con abismo.

Subo el volumen y escucho a mi querido Chencho Fernández dar la bienvenida a otra noche americana...




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