sábado, 7 de marzo de 2026

una canción es un barco a la deriva

Recién regresábamos de Sucre, esa ciudad boliviana que no nos lo pareció. Tuvimos que sondear los extrarradios para sentirnos de nuevo en casa. Yo tuve que hacerlo, sí, lo sé, y perderme mientras nos perdíamos en el mercado campesino. Tú y los mercados, mascullabas, qué necesidad. Yo y el alimento y el siempre buscarlo bien dispuesto de entre las manos de quien lo provee. Sí, no lo puedo evitar. Cementerios y mercados me dan la temperatura de los días de cualquier enclave que visito. Mercado de Bolhao, Oporto, y el cementerio de Agramonte, ¿lo recuerdas? Sé que tú no, pero alguien más lo hará en un futuro y será vital. Eso te dije. Pero no me escuchaste. Eso te dije mientras recorríamos afueras de Sucre para que yo me limpiase las pupilas de tanto blanco sin sustento. ¿Dónde lo oscuro? ¿Dónde lo sucio? ¿Qué es sucio cuando nace de la piel o sus adentros?

Lo oscuro reptaba las callejas del mercado. Las caseras esparcían entre los puestos las últimas ruindades del día. Veíamos cómo se extendían a sus pies los regatos de orín mientras recogían la mercadería sobrante, todo lo no vendido durante el día. Todo lo que posiblemente tampoco se hubiese vendido el día anterior. Ni el anterior. Toda esa artillería de carne y verdura de dudosa salubridad. Y hacía acto de presencia la sombra alargada del trapicheo, el alcohol y las sonrisas afiladas contra piedra sucia en su cuchillada de dentición dorada.

Pero eso fue en Sucre. Ya habíamos regresado a Cochabamba. Ya estábamos de nuevo en casa, donde sabíamos tantear la oscuridad para no caer en su pozo ciego. Yo tenía pendiente un nuevo reportaje para el periódico. Llevaba días pensando que nuestro viaje a Sucre y Potosí (esa ciudad sí es oscura) no podía irrumpir de inmediato en las páginas del semanal. Necesitaba macerar todo lo vivido. Me apetecía escribir sobre la luz. En ocasiones me ocurre, últimamente más. Que no todo va a ser tiniebla. Que la vida te regala destellos, a pesar de pequeños dignos de amarrar. Y la música siempre trae luz, aunque en ocasiones duela. Así que pensaba en mis obsesiones musicales y no dejaba de aparecérseme Bowie incendiándolo todo. Pero hacía ya casi 10 años que había desaparecido sin dejar rastro. Nadie sabía nada de él. Una retirada a la francesa, así que qué sentido tenía escribir sobre una estrella apagada en la distancia me dije, imbécil de mí

Días de procrastinación. Procrastinar, ese verbo tan de antaño que parece que acabamos de descubrir hace poco de tanto que lo empleamos, tal vez empujados por los magnates del salario. Pero sí, eso me ocurría y aplazaba el momento de ponerme frente al teclado y perpetrar un nuevo reportaje que ayudase a nuestra economía a regalarnos un bibimbap en el coreano de la Man Cesped con nuestros recién acogidos amigos holandeses. Luego ellos, con su simpatía rubia y breve, nos invitaron a comer en el coreano. También trajeron aceite de oliva a casa y preparamos buenas ensaladas sin necesidad de aplicarles el correctivo de la llajua. Pero eso es otra historia.

9 de enero de 2013 y desperté, como cada día, recién despertado el sol, a eso de las 5 y algo de la mañana. Que en Cochabamba no existían las persianas y la luz no dejaba de acompañarte los pasos aunque fuese para intentar esbozarles una sombre contra el empedrado. Mucho comentamos, tras nuestros numerosos periplos a lo largo y ancho del mapa, que eso de las persianas debía ser algo más español que los toros, la envidia, la guerra civil y el tomarse cañas en pleno invierno en la terraza del bar del barrio. Pero en cuanto regresamos a Madrid yo siempre bajé del todo las persianas. Hasta hace algo así como cinco años. Porque descubrí que esta celda inserta en una de las múltiples colmenas urbanas troca en hogar si dejo entreabiertas las persianas. Para que entre la luz. Luz, me repetía en Cochabamba mientras, aquel 9 de enero, hacía mi lectura rápida de las noticias en la pantalla del portátil hasta que, de repente, el resplandor total, más avasallador que el último verano. Vendrían otros, superiores, claro.

Recuerdo que antes de escuchar la canción grité. Te grité que Bowie había sacado un nuevo tema. Me miraste con sonrisa de ayer y ojeras de mañana mientras me decías que preparabas tú el desayuno y yo naufragaba de nuevo en Berlín y el mundo daba vueltas de campana. Where are we now? cantaba el hombre de las estrellas y Postdamer Platz se deshacía entre mis manos mientras recordaba cómo allí sentí las tuyas sintiendo piel ajena, casi alienígena. Como Bowie. Al fin, no dejo de pensar en ello, cada cierto tiempo me pregunto si Bowie y mi fascinación por él son reales. ¿Eres tú real? ¿Lo eres?

Bowie acababa de celebrar su 66 cumpleaños haciéndole al mundo un regalo. Celebrar regalando, como a mí tanto me gusta hacer cuando es posible. Regalar y demostrar a los demás que la vida es un regalo y habita en su propia sonrisa, que cada día puede ser una canción, un verso, una caricia, un labio y mejor si dos por dos que son cuatro disueltos en una sola canción sin estribillo. Caí en picado y ya supe que aquella misma noche escribiría el reportaje para el dominical y hablaría de Bowie. Luz. Y aquella canción que me devolvió a Berlín cuando lo tenue, a recorrer sus calles de silencio y amianto acordonado entre tus brazos sabiendo que debería soltarlos para poder escribir sobre una ciudad que me había abrumado. ¿Vienes conmigo a Berlín? Ya estuvimos, me dijiste, aunque no te lo preguntase a ti. Ya estuvimos los dos juntos. Ya estuvimos los dos separados. Ya paseamos una ciudad que germinó de una garganta todo selva mientras era narrada en un mensaje de audio. ¿Vienes conmigo a Berlín?

He recuperado, hace no mucho, el falso dolce far niente de sentarme frente a una pantalla y regreso a mis obsesiones y danzan Kubrick, Coppola, Angelopoulos, Cassavetes, Lynch o Scorsese y caigo de nuevo herido de muerte en el género documental que tanto siempre me ha electrizado alimentando mi obsesión y también, sí, mi voracidad. Y el acto final de Bowie andaba esperando su momento y ya me entrego a él mientras en mi mente, a la par, danzan dicciones y muslos que dan nombre a las nubes al son de un recitado que hace crujir los engranajes del universo en expansión. Y lloro cuando lo veo aparecer en Glastonbury con ese cabello que dan ganas de acariciar hasta la sepultura. Y lloro cuando arranca susurrando love, love me, love me, say you do. Para mayor daño, al día siguiente me veo un documental sobre Nina Simone y se me quiebra el alma. Para mayor daño, regresa ese where are we now? y todo es Berlín y todo son mapas por recorrer y habitaciones que habitar mientras nos queden fuerzas, energía, vida, amor y verdad. Sobre todo amor, eso tan difícil de expresar, más cuanto mayor es. Más. Suave carnicería en la danza loca de los mercados. Los placeres y los días que, ya lo sabemos, dependiendo de quién pueda pagarlo darán en nicho o panteón, a cada cual según lo acumulado en vida.

Aquel día, tras la jornada laboral, fuimos a La Cancha para comprar ajo, cebollas, papel del váter, ron adulterado, dentífricos, jabones y algo así como un fular que te sentaba bien pero no tanto como habría de hacerlo intentando esconder, en un futuro no muy lejano, el delirio de piel como papel intacto y melodía como caderas que no se quieren conocer en que se masturbaba el propio universo. Where are we now? te pregunté y en la noche escribí enfebrecido un reportaje torpe del que, aun así, no me arrepiento. A nada de lo que me ha sucedido deseo cambiarle una coma. Eso hubiese desbaratado todo. De haberlo hecho no estaría donde estoy, y no habría vivido. O viviría muerto. Where are we now? me pregunto hoy y sólo me aferro a que mientras haya lluvia y luz y fuego y tú y yo y sobre todo tú todo será cierto y yo podré seguir culpando a una canción de mi deriva.