miércoles, 15 de noviembre de 2017

a su servicio

Un envoltorio de luna y dactilografía ebria para el caramelo agrio de mi alma. Una ventisca mentirosa que se cuela por la ventana proporcionando ilusión de máxima filosófica a los malos humos de mi tabaco y a la densidad de hollín de mi alma. La noche y las teclas. Las teclas que presiona la noche, cuando los fantasmas juegan escondite de niño travieso. La noche y mi batalla contra la botella y la página en blanco, que ni es página, ni es blanca, como no son blancas las octavas entre las que se mueven mis dedos cuando pretendo despertar sinfonías al piano sinuoso de tu piel, estropeando sólo el barniz musical de tu vientre y la placidez de tu sueño. Me he dejado los dedos y los ojos, cual restos de un festín caníbal, frente a una pantalla que sólo refleja mi propia soledad. He escrito demasiado. Y me pregunto: ¿para qué?, ¿quién será el destinatario de esta servidumbre nocturna y deshabitada a que me someto? Servidumbre...

El día me sorprenderá con la poca sorpresiva mueca de esas otras servidumbres a las que me pliego para poder alimentar a mi hijo, cada día. Y al salir del trabajo paseo las calles de una ciudad en ruinas. Asfixio mis ansias de fumar -esa ansiedad casi sexual- calzándome en la cabeza el plástico de la polución -esa fantasía casi sexual-. Persigo piernas como tijeras que recortan las esquinas, las baldosas y el botín de los mendigos. Piernas jóvenes, tal vez demasiado, lo siento, mi genética animal no entiende de correcciones políticas ni consignas de muro de facebook, me pierden esas piernas Lolita que juegan a la vida pisoteando las de miles de Humbert Humbert tan despreciables como yo mismo. Piernas que me conducen hasta las puertas de uno de esos mercados que no lo son... ya saben: carrefoures, mercadonas, ahorramases, lideles, hipercores y etcéteras. Una vez dentro, tus piernas nínfula driblan como las de un héroe balompédico, y te pierdo por los pasillos. Te pierdo, pero, afortunadamente, recupero la cordura: necesito cayena para el guiso de esta noche.

Paseo corredores de luminotecnia y oferta, a la busca del rincón donde habitan las especias. Hubiese preferido perder el tiempo en busca de esas piernas impúberes que, de seguro, habrán derrochado vértigo para dar con una botella de ginebra exótica, un suponer. Habría mostrado con mayor generosidad mi servilismo. Mejor servir a unas piernas que al dictado loco de la melopea, frente al teclado, en la noche. Pero me pierdo, ya digo, buscando el rincón donde habitan las especias, como si fuese a descubrir esas Indias que alguien quiso alcanzar surcando el globo terráqueo.

Por el camino he sorprendido, en un estante, la sorpresa inútil de los periódicos. Ya nadie los compra, eso lo sabemos, pero quedan bien en estos establecimientos, ayudan a disimular que no sabes moverte en su interior: tomas uno entre las manos, hojeas sus páginas como si vivieses en el pasado y aún soñases con encontrar un empleo bien remunerado entre sus páginas sepia. Pero la hojarasca del periódico que sostengo remueve un titular que asevera: la economía española recupera, gracias al sector servicios, el empleo y PIB perdidos durante la crisis. ¡Pues mira tú qué bien!

Abandono, en su repisa, el periódico. Camino pasillos que ya perdieron tus piernas. Pero encuentro la cayena, y me dirijo hacia la zona donde se ubican las cajas, obediente, servil, dispuesto a pagar. Sí, pasar por caja, en uno de estos establecimientos, sin siquiera haber intentado un mínimo latrocinio, refuerza mi condición servil. En la zona donde se ubican las cajas, tipos modernos y, al contrario que yo, nada serviles, muestran su autosuficiencia sirviéndose ellos mismos la factura de la compra, en máquinas de autopago, con mucha alharaca de bolsillos y tarjetas, con excesivo alarde de sabiduría cibernética. Pasan por caja, como yo. Pero en la suya no hay cajera alguna, y yo me pregunto por la recuperación del sector servicios.

Llego tarde, demasiado, a casa. Por el camino, hablo telefónicamente con un amigo, y le explico que quiero preparar un curry esta noche, y que me faltaba la cayena. Es uno de esos amigos poco dado al servilismo, y me explica que me hago líos, que él va a pedir comida a un nuevo restaurante vegano maravilloso, y que a una aplicación de tu smartphone te permite hacer el pedido, y te lo llevan a casa. De esta forma se ahorra el mal trago de ofender con sus inquietudes a la servidumbre, ya saben: el camarero, el friega platos, el sumiller, el personal de limpieza del restaurante. Servido en casa, y uno mismo haciendo las labores de tanto sometido, sin obligarles a laburar servilmente en sus serviles labores. Yo, nuevamente, me pregunto por la recuperación del sector servicios.

Me pregunto qué magia existe en ese crecimiento del empleo vía el sector servicios, y si no seremos nosotros lo que estamos empleados, a coste cero, con máxima ganancia para el empresario. Me pregunto si esto, en el fondo, no supondrá destrucción de empleo. Lo sé, suena a demagogia, y mi amigo me lo certifica explicándome que cuando inauguran una caja de autopago debe haber un empleado que te indique cómo hacer tu compra. No sé, llámenme antiguo, prefiero lo de antes. Llámenme antiguo, aún busco las páginas sepia en los periódicos. Antaño, cuando comía fuera de casa, agradecía hacerlo, justamente, por el servicio. Los platos, salvo que sean deconstrucciones de tortilla de patata que no me atrevo a elaborar por miedo a los químicos y el instrumental quirúrgico, me los puedo preparar yo a menos coste, en mi cocina. Pero, en tal caso, yo sería el camarero y, de vez en cuando, más cuando pasas la vida entre fogones y bayetas, mola que sea otro quien te sirva, y pagarle, gustoso, por su trabajo, por su servilismo infame. Ya ven, uno, al fin, tras una vida entera denunciando la explotación, va a resultar explotador potentado.

El curry no me ha salido mal. Cenamos con el ruido de fondo de tertulianos que defienden o denigran la tan cacareada recuperación económica patria. Sí, esa que vivimos gracias al sector servicios. Después tú vas a la cama y yo digo no me esperes, quiero escribir.

Y aquí me veo, escribiendo sandeces que a nadie importan, y sin saber aún para qué o para quién las escribo. Preguntándome si la recuperación de la economía no se deberá a tantos mentecatos que, como un servidor, pierden su tiempo realizando labores que nadie, ya, está dispuesto a pagar. Porque, al fin y al cabo, somos tan modernos que sabemos hacer de todo, desde cobrar nuestra misma compra en un supermercado, hasta leer o escribir o consumir música en streaming o pedir una camiseta de marca made in bangladesh vía internet o alojarnos en complejos hoteleros todo incluido en que beber hasta el hastío adulterado y tirar comida hasta la saciedad recalentada, pasando por hacer de camareros en nuestro propio domicilio.

Creo que me voy a pasar a los nuevos tiempos. Abajo la servidumbre. Esta noche, el placer, amor, me lo proporciono yo mismo, que lo otro queda demasiado machista y demodé.

viernes, 13 de octubre de 2017

aprendiendo a volar

You see you don't have to live like a refugee
Tom Petty

Lisboa derrumbándose hacia la Baixa, remembranzas de caudales venideros y terremotos que ya fueron, mientras nuestros pasos agigantados por el silencio de la nocturnidad en ciernes caminaban avenidas de negocios cerrados y apertura a lo oscuro. Negros, caboverdianos -supondríamos-, senegaleses -tal vez-, hacían piña de falsa rapiña, contabilizando la venta de productos de marca sin marca y CD piratas, ondeando entre los escombros de tan magra siembra la bandera de tibias y calavera de su hambre atrasada. Olía a hachís, ese sí, de verdad, de marca, y Luis, siempre ojo avizor a los extrarradios del comercio, se acercó a un grupo de manteros -magrebíes estos- y, tras vertiginosa transacción, regresó sus pasos al ritmo torpe que marcaban los míos susurrándome al oído: niño, hoy nos fumamos algo grande. 

Lisboa derrumbándose y yo desbaratando los relojes mientras apuro un porro de elixir marrón casi negro, como los ciudadanos de ninguna parte que se lo habían vendido a Luis por tan exiguo precio -para nosotros, Occidente, idiocia demócrata y servil empleo, siempre es exiguo el precio-. Se imponía una cerveza: azúcares escasos que remodelasen en realismo naïf el cubismo de nuestras pupilas. Así, entramos en aquella taberna irlandesa. Nuestro entendimiento mermado ya había mermado las ganas de encontrar lo autóctono, lo auténtico: nada más genuino en aquellos momentos que una pinta de Kilkenny, ya ven.

Hace tiempo que no regreso a la capital lusa. Dicen que ha llegado ya, también allí, el turismo de masas, y que hoy Lisboa se derrumba hacia la Baixa, como entonces, pero en este caso al dictado de la transacción monetaria y la pérdida de divisas que implica la popularidad. ¿Hay, acaso, divisa mayor que la propia cultura? Me cuentan, amigos y colaterales, del magma de Starbucks, McDonalds y variantes que está desordenando la rima asonante de las calles de Lisboa. Dicen de hordas extranjeras que imponen su abecedario con estruendo de desafortunada onomatopeya. Hablan de franquicias y platos de arroz caldoso preparados en microondas. Y yo recuerdo. Y me recuerdo; entrando en una taberna irlandesa, yo, tan ciudadano del mundo, ignorando esputos de vinho verde y manteles de cuadros en las tabernas de la Alfama. Cualquier tiempo pasado fue... fue una fotografía con que preservar la memoria de lo que nadie ya reconocerá como cierto, mañana, en ese futuro inmediato con que hacemos pajaritas de horas perdidas e ilusiones rotas.

Así las ilusiones de un tiempo mejor y una vida agradable: rotas, como las patas del gato vagabundo, como los corazones de los amantes... como el corazón de Tom Petty, que ha decidido dejarnos hace tan poco que ya es hace demasiado. 

Tom Petty, cortesía de "la red"
Pero aquella noche nuestros corazones brincaban ritmos de la vida por delante, y en la taberna irlandesa se ganaba moneda, aplauso y brindis un músico guitarra en ristre que, cuando irrumpimos en el local, se marcaba una deliciosa versión de Wish You Were Here. La camarera repartía cerveza y sonrisas como quien desconoce la traición, y a Luis le traicionó el entendimiento la espuma de sus labios cuando pronunciaban outra cerveja después de recordarnos su nombre... por eso de las propinas. El cantautor, al poco, se arrancó con una versión de Free Fallin' que nos hizo aplaudir y desbaratar el cristal de su voz con la pedrada de nuestra melopea. Nada de fados, tan de la tierra, solamente "¡another one of Tom Petty!". Así exclamábamos, y el cantante, todo sudor y maestría, nos disparó I Won't Back Down. El recital se alargó, el corazón de Tom Petty siguió marcando el ritmo de una noche que acabó demasiado tarde: averiguamos que el joven músico era belga, trasegamos más cerveza de Irlanda, Luis nunca llegó a obtener más que sonrisas por parte de una camarera que nos confesó su origen francés, y yo, a la salida, de regreso al hostal, decidí fumarme otro porro de hachís magrebí, edificarme un sueño que aún me acompaña y en que tengo la certeza de que Tom Petty actuó en Lisboa, una noche ya lejana, y que nosotros fuimos sus únicos espectadores.

También, quizás, fuimos los pioneros en desbaratar con nuestro turismo primitivo los arcaicos folclores de toda una cultura. Ahora no queremos regresar a Lisboa, por miedo a encontrarla contaminada de consignas globales. Tampoco queremos ya vivir en Madrid, hacer hogar bajo sus cielos de polución y mentira, pasear sus avenidas de turismo low-cost. Ese Madrid en que, hace siglos, Luis y yo escuchábamos a un todavía desconocido Quique González que, para finalizar su recital decidía versionar a Tom Petty, una noche de vidrios confusos, cuando en el Honky Tonk aún se podía fumar de todo, cuando todavía se fumaba en los bares y la voz del cantante adquiría guturalidad de Ducados mientras los dedos de los músicos equivocaban acordes al enredarse a un tercio de Mahou. "Un cantautor con querencias roqueras... habrá que seguirle la pista". Y ahora a ver quién es capaz de seguírsela, en su fulgurante carrera hacia la gloria, que ya hasta graba en Nashville, tan lejos, bravo por él, sin duda. 

Es ahora, decía, que ni queremos regresar a Lisboa ni deseamos permanecer en Madrid, cuando nos acurrucamos en esta patria que nos construyó Tom Petty con la magia translúcida de su guitarra, con su voz de arcángel, con sus arpegios de esperanza y beso adolescente en la calle del domingo que ya casi amanece. Y celebramos que el bardo estadounidense no quedase perdido en algún cruce de caminos yanqui, apegado a las raíces, a la propia cultura, como tantos otros músicos cuyas melodías no alcanzaron la fama global. 

Tantos años denigrando el turismo y dándomelas de viajero consecuente para descubrir que lo global, ese monstruo, me permite soñar que un día asistí a un concierto de Tom Petty. Un día que nunca existió... en una ciudad inventada.

martes, 19 de septiembre de 2017

jugando a la guerra en los campos del Señor

Comulgábamos frente a frente, en el altar silencioso de una caricia. Un temblor de labios que no saben qué pronunciar y escupen salmos de palabras procaces... nuestro única plegaria. Culminar la impecable eucaristía de tus piernas con la ostia deforme de mi sexo, como una prédica alargada en exceso. Y tu cuerpo alzado a los cielos por la fantasía espesa de mi esperma... unos cielos desde los que nos contemplaban las ruinas de Machu Picchu, silenciosas de sacrificios falsos u olvidados, quién sabe. Machu Picchu nos esperaba y nosotros dilatábamos la espera dilatando cuerpos cavernosos y demás vocabularios fisiológicos en una misa que, lejos de ser negra, proporcionaba luz de hogar al cuartucho miserable de aquella pensión del pleistoceno. Sí, el pleistoceno, la edad de oro inca, y los tiempos modernos, todo en uno, como en los detergentes o en las revisiones de coche de gasolinera de extrarradio. Y todo revestido de ese sentimiento religioso que esculpías tú a cada momento, aunque sólo de caminar se tratase.

Después te alejas. Te alejaste. Me marché. Dijimos adiós y en esa última palabra revestimos de eternidad nuestros abrazos: a-dios. ¿Qué dios?, me pregunto hoy, ahora, ya, cuando intento encontrar el temblor de tu placer entre los dientes y lo único que encuentro es la peligrosa danza de uno de ellos. ¿Qué dios?

Olvido que un diente se me mueve. Si insisto, tomaré conciencia de que no sólo es uno. Luego me ensuciarán el sueño imágenes en que mi sonrisa desdentada sea payaso lúgubre que asusta a mi hijo, como en esas películas tan taquilleras. Así que recurro a los noticiarios. Con ánimo de olvidar, primero. Con ansia de conocer, al rato. Porque aparte los tremendismos con que nos azuzan los voceros del desastre, presentando una España/Cataluña de odio y adevenediza limpieza étnica, existen otras voces más capacitadas, más informadas, que nos hablan de limpiezas étnicas reales. Lamentablemente, siguen aplicando el adjetivo étnico a genocidios que, en verdad, son religiosos. Sólo eso puedo lamentar de las noticias que algunos nos intentan traer desde Birmania. ¿Alguien sabe dónde está Birmania? No, no está en el Ampurdá, por eso nada sabemos de lo que allí ocurre. Aunque tal vez si diga Myanmar, les suene más... pudiera ser.

Por resumir, para quienes no tengan interés en buscar, de esa manera tan fácil que proporciona "la red", el caso es que en Birmania/Myanmar lleva años habitando una minoría musulmana, los rohingyas, considerados por las propias Naciones Unidas como un pueblo sin Estado. Tal es su orfandad de Estado que en la tierra que mayormente habitan, Birmania, ni siquiera tienen derecho, los integrantes de dicha minoría, a poseer tierra ni hacienda alguna. De ahí su carácter viajero, dicen. Por eso ahora muchos de ellos corren despavoridos hacia la cercana Bangladesh. De ahí que ahora anden huyendo, para evitar ser masacrados a manos del ejército birmano, que ejecuta una estudiada acción de tierra quemada que les permita sentirse libres, al fin, de tan maléfica población. Al mando del Gobierno birmano y, suponemos, de estas vejatorias acciones que incluyen asesinatos, torturas y violaciones (ya saben, lo clásico en estos casos), está la premio Nobel de la paz Aung Sang Suu Kyi... una luchadora por la libertad, ya ven. Pero no culpemos de esto a los jurados del grandilocuente premio, que ya tuvieron bastante tras otorgar a Bob Dylan el de literatura. El caso es que esta mujer enjuta se ganó las simpatías de medio mundo, hace unos años, con sus discursos de paz y amor, en la mejor tradición budista, religión que ella y la mayoría de su población practica de manera estricta. La religión de la paz y el amor, ya ven, todo muy de clases de yoga high-tech, como tanto nos gusta en Occidente.

Qué cruda es la realidad, a veces, qué incomprensible. Resulta que asistimos a la barbarie porque un grupo de budistas paz y amor ha decidido exterminar a un grupo de musulmanes terrorismo y crueldad o, al menos, expulsarlos de sus dominios.

Incomprensible, ya digo. Incomprensible que nos digamos tan avanzados y sigamos exterminándonos en virtud de no sé qué santo y seña que implica más de santo que de seña. Porque santo, santo, santo es el señor, dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de su gloria, etc. ad nauseam.

Comentan algunos que los incas practicaban sacrificios humanos. Que tuvieron que llegar las progresistas huestes de una España católica para educarles en el amor y el mercado, sobre todo este último, que es el único que ha demostrado hacernos a todos más libres. Otros hablan de atrocidades cometidas por una banda de bandoleros siniestros. Yo no sé, sinceramente, quién pueda tener razón. Sólo me consta que lo que denominamos hoy, tan alegremente, etnias, se constituye alrededor de una serie de creencias que, más bien, son religiosas. Fijénse, si en Cataluña tienen hasta una Virgen negra. la Moreneta la llaman. Lo mismo hasta resulta que esta otra nación sin Estado se erige en creencias religiosas, más que mercantiles o políticas (la misma cosa son).

Seguirán aconteciendo los atentados terroristas perpetrados por fanáticos musulmanes. Acontecen ya los genocidios perpetrados por simpáticos budistas. Los que, a lo largo de la Historia, han cometido los progresistas cristianos, de sobra son conocidos. Los judíos... bueno, de estos sólo decir que han inaugurado varios parques de atracciones en que cada cliente, por el módico precio de 115$, puede experimentar la maravillosa sensación de disparar contra todo aquel que aparente palestino... Calibre 3 se llama el más famoso de estos parques recreativos, y sus propietarios aseguran recibir una media de 20.000 turistas anuales, en su mayor parte judíos norteamericanos.

El mundo sigue adelante, ya ven. Y yo, hoy, sólo lamento no estar devorando tus entrañas bajo las ruinas de Machu Picchu, ofreciendo a algún dios voraz, uno de tantos, las vísceras de latido y miel de tus orgasmos. Lo lamento, puedo parecer frívolo, pero otros muchos sueñan con el nuevo iPhone y nadie les critica por ello.

Buenas noches y... ¡con dios!

miércoles, 30 de agosto de 2017

razas del extrarradio (reloaded)

Madrid es una gran ciudad, o por lo menos una ciudad grande
Francisco Umbral

Se reúnen en el viaje interrumpido del andén del Metro, a la espera del vagón que los engullirá y, tras su digestión de metal, silencio y smartphones, evacuará sus cuerpos a la orilla de eso que aún no se atreven a llamar hogar. 

Son las razas del extrarradio. 

Colorean la piel de la noche con el ébano que les tatúa las costuras de la sonrisa. Razas fieras de trabajo mal remunerado que afilan su mirada al calor de una hoguera de miedo y rechazo. Esparcen al viento las horas del domingo, pasadas entre compañeros, amigos, oriundos como ellos de los terruños expoliados de América, de los vergeles expropiados de África. Esparcen al aire, ya digo, los minutos del día libre, cuando este ya ha sido incinerado, entre carcajadas magrebíes y alcoholes quechua, danzas romaníes, cánticos subsaharianos y abrazos guajiro, y aguardan la llegada del vagón de Metro, asomados al andén como quien afronta el retorno a la celda tras el recreo carcelario, cabizbajos, soñolientos.

Son la piel que abotona el babero de nuestros hijos y reorganiza en la cocina el rompecabezas de desperdicios en que fallece nuestro festín. Razas del extrarradio, nacidas a la sombra de los rascacielos del progreso, crecidas allende los mares, naufragadas en la costa infecta de turismos y compraventas de Gran Vía y aledaños, atraídas por resacas de fracaso hacia las barriadas de la metrópoli, aquí, tan cerca.

Me asomo a sus ojos por aprehender la belleza que astigmatiza sus pupilas, y recuerdo al Poeta de Madrid, aquel literato que abandonó la ciudad de provincias con el afán de conquistar la capital, la gran ciudad, ese vergel de palabra y libertades, ese oasis de mujeres tendidas como sábanas revueltas y licores con sabor a madrugada. Hablo de Francisco Umbral. Porque él también portaba en su latido la artimética inexacta de las razas ocultas... las razas del extrarradio.

Llegado a Madrid, a mediados del siglo pasado, Umbral paseaba las pensiones de café sin origen y patrona sin sonrisa con la única intención de airear la gramática de su máquina de escribir junto a la ropa tendida de los patios interiores. Había abandonado una periferia de vecindades promiscuas y horizontes desocupados, para instalarse en una ciudad de confines perplejos ante el asedio de la polución y los automóviles. Pretendía establecerse en la capital para ganar el sustento, instalar en su desierto de asfalto la jaima de verbo y metáfora de su escritura, hacerse un nombre que no era el suyo sólo por desaparecer un pasado de hambre y juventud inconclusa.

Los pasillos de la pensión reverberaban una sinfonía de letras, aquellas que, con acordes de futuro, aullaba la garganta de su vieja Olivetti. Y su gloriosa testa, desbordada de volúmenes que iban tomando forma a la sombra de una bombilla huérfana, en cualquier habitación de una casa de huéspedes naufragada en naftalina.

Francisco Umbral, cortesía de "la red"
Umbral relató, mucho y magistralmente, los entresijos del miedo, las entrañas del rechazo, cuando joven, ya en Madrid, recién llegado de los cielos de cruz y campana parroquial de la pequeña capital de provincia.  Madrid era la libertad y el gozo, la velocidad y el ayuno, el exceso y la promesa. Pero también la retaguardia del pánico, la barricada de este progreso tetrapléjico que ahora sufrimos quienes lo habitamos. Porque Madrid ya negaba su abrazo, entonces, a las razas de aldea y pan negro que llegaban para instalarse en sus pensiones, con la esperanza de emborronar la vida de alegría y moneda. Llegaban del extrarradio sin futuro de la geografía española, y eran rechazados por el humo de los automóviles y las prisas de los mercaderes. Luego, la ciudad cambió, crecieron en sus alrededores edificios como tumores de discriminación y desventaja, de nuevo en el extrarradio, en unas afueras que se poblaban de jornal demediado y prole creciente. Llegaban del extrarradio huyendo del gótico flamígero de las catedrales, para hundirse en el románico inverso de las ciudades-dormitorio, allá, en las fronteras de un Madrid demente que inauguraba el todo vale.

De nuevo, Umbral. Cuánto no batallaría el poeta, para que el polifónico canto de su Olivetti sonase en las tertulias del Café Gijón y en las redacciones de los rotativos. Así, hoy, igual, los inmigrantes, escabullendo el perfil mordaz de la ciudad en las barriadas del miedo, en los confines del hambre y el trabajo esclavo. Por eso se reúnen al calor de la tarde dominguera, en cualquier parque o calleja, a ralentizar su vejez con el antídoto del trago que, más que ahogar sus penas, sitúa estas en la cresta de una ola que, tarde o temprano, inundará las costas famélicas de nuestra civilización. Ha pasado el domingo. Los hay que regresan a casa, bamboleándose al ritmo de la borrachera y el cansancio. Otros inauguran el silencio que se instalará en sus vidas durante los próximos seis días.

Oscura piel de arcanos andinos, dermis azteca, tez bantú, migración silenciada que mañana acudirá al trabajo, si aún lo conserva, en manada de números no contabilizados. Cuánta poesía no habitará su silencio. Cuántas metáforas estrelladas contra la intransigencia de quienes sólo entendemos la poesía imbécil del capitalismo.

Somos la patrona de una pensión de miedo y silencio. Cual beatos feligreses, seguimos negando el origen de las especies. Olvidamos que Madrid fulgura gracias al fulgor nacarado de la sonrisa extranjera y migrante, y que si Madrid existe es por ellos. Porque, hoy como ayer, nada tan Madrid como las razas del extrarradio.

(El texto que antecede, es una variación de otro perteneciente a la sección Literaturas de Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), libro que tuve el honor de escribir junto a Claudio Ferrufino-Coqueugniot... 
en homenaje a Francisco Umbral, sólo 10 años de su despedida y ya casi desterrado de la memoria cultural de este país mediocre, y a todos los que en él sobreviven, igualmente desterrados de la memoria colectiva)



viernes, 28 de julio de 2017

verano del...

Así comienzan muchos de esos textos que tienen algo que decir, o al menos lo pretenden: recuerdo el verano del... luego puedes añadir unas cifras que, dependiendo del encanto tardío que puedan atesorar, logran que el texto que sigue sea leído con mayor o menor vehemencia... o no se lea, como será el caso de este.

La cuestión es que yo recuerdo el verano de un año que no logro recordar, y rememoro sus temperaturas de archipiélago extinto y carcajada sin nombre. Recuerdo, y te recuerdo paseando las calles de Berlín cuando Berlín sólo era una ciudad sin nombre, un lugar en que agotar nuestros días de libertad laboral, una cartografía en que perder las horas que nos regalaban los esclavistas empresarios de turno. Teníamos vacaciones y las playas reventaban de arena y salitre adulterados por el bronco roce de los bronceadores y la tertulia extranjera. No quiero decir que en las playas patrias sólo bañaran el cuerpo agueridos germanos o indispuestos británicos, no, no es eso. Es que para mí, la charla dominical de playita mediterránea siempre me ha resultado extraña, extranjera, y aún sigo sin comprender ese aquí, al calorcito, el agüita está de miedo, con la familia, a pasar el veranito, y demás comentarios con que aún gustan de cumplimentar los noticiarios del verano tantos telediarios patrios... en fin, será para que no se nos indigeste la paella atendiendo a los miles de casos de cólera que sufre la población yemení, desorientada en ese tablero de ajedrez en que han convertido, las potencias saudíes, yanquis y aledañas (aquí se incluye nuestro potente estado, a la cabeza de la venta armamentística no siempre muy legal), las calles que antaño habitaran y por las que hoy penan cual fantasma de Canterville carente de ironía. Al menos, podemos afirmar, ¡siempre nos quedará Venezuela! Me enredo, cuando lo que quería decir es que en el verano de no recuerdo ya el año decidimos poner tierra y mar de por medio para llegarnos hasta un Berlín doliente de termómetros que no se atreven a decir su nombre.

Sonaba Heroes en mi garganta mientras pateábamos las calles de una ciudad que no existe y ascendíamos el Gólgota de ese sudor que nos habíamos dejado en Madrid. Así pretendíamos recuperarlo, cada noche, en la intimidad del cuarto de hotel, ducha tibia, edredón confortante, músculos en vaivén, labios en desparpajo de sabidurías impronunciables, licores y garganta y tu voz exclamando el último chillido del amanecer, cuando mi titubeo de amor languidecía ya, exhausto, entre tus jugos, antes de proponerme los acertijos del amanecer al albur de un Postdamer Platz huérfano de punks y un Neuköln macerado en cilantro y salam aleikum, desayuno urgente, paseo leve, y turcos que sirven kebab como un sacrificio de espantos que mí me parecía sorprender aguardando, tras sus mostachos de adobo, la cuchillada fresca de tus labios recién pintados. El amor, antes del amanecer, ya digo, entre las sábanas de uso cierto y falso verano de un hotelucho que hoy mi memoria juega a revestir de tules, salvia y pirotecnias musculares.

Pero sonaba Heroes, ya lo he dicho, en mi garganta y en mi mente, y la mayor fortuna de aquellos días fue la de abandonar los lóbregos pasillos de los noticiarios patrios, el anémico recorrido por la geografía peninsular que despierta la sorpresa del televidente ante un "pues hombre hace caló pero el verano es así" escupido contra la pantalla por un habitante de Córdoba, 43º grados a la sombra, ni las lagartijas desean impresionar su estampa de fotografía analógica contra los muros de esa Catedral que fuese Mezquita antes de perder su historia en el Alzheimer de los tiempos modernos.

Sonaba Bowie. Siempre lo hace. Pero más en Berlín, claro. Y, más que cualquier otro de sus temas, ese Heroes que hablaba de amantes modernos, fronteras y vergüenzas varias. Yo, de aquel verano de... sólo recuerdo Heroes... y tus dedos dictando sobre mi piel malabarismos de croupier amigo del soborno.

Hoy, en este verano de 2017, sólo puedo tener constancia de los comentarios que, sobre la meteorología, a pie de playa, bañador estilizando lorzas y desorientando lodazales de bronceador o crema protectora, escupen mis conciudadanos, orgullosos de portar porte veraniego ante las cámaras de un equipo de periodistas, reporteros, y de más entrecomillados profesionales del medio que bien habrían hecho en emplear las ganancias de las arcas públicas en desplazarse hasta el Yemen, por ejemplo, donde la mirada pánica de un padre ante el disfraz de parca de ese hijo que recién le nació para recién morir fusilado por el cólera y las cifras con que las apisonadoras mercantiles de la industria armamentística hacen honor a nuestro extenso catálogo de dichos y decires "haciendo el agosto".

Sí, luego, también, hay héroes, como en la canción de Bowie... hoy, una mujer que huye de su maltratador marido escabullendo de la justicia y sus desmanes su propia presencia... y la de sus hijos. Muchos conciudadanos, revolucionarios de taberna, facebook y otras redes sociales, le han ofrecido cobijo. Incluso el Presidente del desgobierno lo ha hecho. Bravo por la solidaridad patria. Conocemos el nombre de esta mujer, y el de su supuesto agresor. Desconocemos el de los hijos al cargo (ya saben, defensa de la intimidad del menor y tal), pero... me pregunto si no serán ellos los héroes perdidos cual Ulises en una Odisea que, en su caso, nadie les obligó a emprender. Me pregunto si no serán ellos más héroes, y por qué a ellos no les prestan igual atención que a la sufrida madre. Tal vez sólo sea que un niño asesinado por el cólera es tan importante como otro dilapidado por la cólera de la rápida opinión y la falsa indignación del ciudadano que, a pie de playa, dictamina, lustroso de cañas y tapas, sobre la meteorología. Tal vez su piel llegue un día, también, a broncearse al sol de esta España mía esta España nuestra que tanto nos ridiculiza y tanto nos denuesta. Sólo espero que tengan cuidado. Con el sol, la piel, ya saben, se agrieta y envejece antes de tiempo... como con el cólera. Tal vez, por eso, yo prefiera recordar un verano de ya no recuerdo en que Berlín no proporcionaba más calor que el de tu piel matemáticamente hidratada.

Y Heroes, siempre, en mi memoria y mi garganta... aunque ya no sepa, con tanta urgencia que se pretende información, dilucidar quienes deberían ser nuestros héroes. Tal vez, mejor, intentar conciliar el sueño pensando en los contratos millonarios de algún nuevo héroe del balompié... vaya usté a saber... este calor me mata... preferiría estar en Berlín, contigo.

lunes, 26 de junio de 2017

Al- Maqhaa y las voces del ahora


a Juan Goytisolo, que habita el presente



La primera vez que entré al parisino café Le Procope, el camarero, solícito, me mostró la mesa en que escribía Voltaire. Acto seguido se aventuró a asegurarme que estábamos en el café más antiguo del mundo. Supe, tiempo después, que la realidad distaba mucho de tal aseveración. Pero las consignas turísticas son difíciles de eludir hoy en día, y en numerosas ocasiones, a fuerza de repetirse, logran trocar de leyenda en historia. Sí fue, Le Procope, el establecimiento que popularizó el consumo de café en el país galo. Pero el primer local dedicado a dicho consumo abrió sus puertas en la antigua Constantinopla, allá por 1475, y se llamó Kiva Han. Fraudulentos trucos del comercio turístico, ya digo, pero también del egocentrismo occidental.

Desde que un pastor de cabras etíope, allá por el siglo IX, observase el efecto vigorizante que surtió en su rebaño la ingesta de unas brillantes bayas carmesíes, el café se ha convertido en imprescindible para la vida diaria de un elevado porcentaje de la población mundial. Así quedo instaurado en el mundo musulmán el consumo de café. Así se abrieron, ya en el siglo XV, los primeros locales dedicados a ello. Así se extendieron por las tierras de Allah, y se popularizaron como imprescindible lugar de reunión de filósofos, intelectuales, pensadores, políticos, conspiradores y diletantes.

Después, mediado el siglo XVII, el café llegaría a Europa. Las grandes capitales se verían subyugadas ante los estimulantes efectos de aquella bebida, y en los locales inaugurados para su consumo se forjaron las revoluciones, corrientes filosóficas y movimientos artísticos que conformarían la sociedad actual. En el orbe musulmán, los cafés siguieron proliferando, hasta convertirse en lugar casi exclusivo de reunión pública, y al albur de su penetrante aroma la sociedad islámica puso voz al pensamiento de la calle. Nuestros europeos Le Procope, de Flore, Central, Gijón y Pombo, pueden considerarse reflejo de los musulmanes Hafa, M’Rabet, Fishawi, Gemmaizeh y Pierre Loti.

Al-Maqhaa, de café en café por el Mediterráneo musulmán
Ayer presenté en Madrid mi libro Al- Maqhaa, un largo reportaje que pretende restituir, al menos en parte, la existencia del café y sus lugares de consumo como otro de los legados musulmanes que Occidente ha intentado soslayar. Así somos, los avanzados adalides del progreso. Así nos encerramos, creyendo universalizarnos, al intentar imponer la creencia de que todo lo que sirve o es útil sólo nosotros lo hemos inventado. Así somos de provincianos, al fin, cada vez que hablamos de Historia limitando esta a las estrechas fronteras europeas y estadounidenses. Es que La India no existió más allá de su época de esclavismo británico y las actuales corrientes orientadas a banalizar siglos de sabiduría ascética. Es que Centro y Suramérica sólo comenzaron cuando nuestros ancestros decidieron aniquilar toda huella de cultura y progreso bajo el yugo retrógrado y fiero de la cruz y el arcabuz. Es que África y Oriente Medio no son más que amplios territorios baldíos poblados por ejércitos de vagos, hambrientos y terroristas islámicos que nos impiden regalarles progresía y riqueza.

Produce hastío pensar en esta actitud imperialista que cada día acrecienta su maquinaria publicitaria para acrecentarnos el más puro atraso moral e intelectual. Dan ganas de marcharse lejos. Se ha intentado, en alguna ocasión. Se seguirá intentando, intuyo. Hay quien lo hizo, y logró convertir su exilio voluntario en ejemplo de vida, memoria, cultura y verdadera Historia.

En Al-Maqhaa no ha tenido cabida un café que, desde hace unos días, ha hecho trinchera en mi memoria, como para combatir el paso del tiempo y su fiel escudero: el olvido. Hablo del café de France, sito en la célebre plaza de Xmáa-El-Fna, en Marrakech. Y bien lo hubiese merecido pero, en ocasiones, las restricciones espaciales obran caprichosas injusticias.

El caso es que el recuerdo ejerce su tiranía voraz para conducirme de nuevo a Marrakech, a una jornada transcurrida ya hace años, tantos que comienzo a dudar si no me habrá impuesto, también, su dictadura de mentiras.

La tarde es un espanto de temperatura extrema y mercadeos mínimos que comienzan a transitar la frontera de sus contrarios. La medina de Marrakech, a medida que los termómetros se desvisten de cifras, comienzan a ataviarse con pieles y telas que devuelven frondosidad a sus tenderetes. Según va cayendo la tarde y el aplastante calor comienza a evadir las calles, estas se pueblan de mercaderes y paseantes que proporcionan al itinerario un bochorno más amable, el de la vida en desarrollo.

Callejeo el alboroto decidido a llegar hasta la plaza de Xemáa-El-Fna, para tomar asiento en el café de France, donde me ha citado Juan Goytisolo. Aún quedan unas horas para que llegue la del encuentro, pero no quiero perderme el espectáculo del cambio de guardia que, al atardecer, se produce en la plaza. Los vendedores de zumos y jugos desmantelan sus puestos callejeros para dejar paso a los cocineros y camareros que, desde ahora hasta bien entrada la noche, repartirán viandas, aroma y sonrisa entre su nutrida clientela. Los pedigüeños y menesterosos escabullen sus monótonos ropajes anónimos para que, en su lugar, vistan la noche los atuendos maravillados en color de cuentacuentos, danzarines y encantadores de serpientes. Un cambio de guardia menos castrense que esos a los que acuden miles de turistas en los dominios de Occidente. Pero igual de metódico y, qué duda cabe, más alegre.

Ya en la terraza del café de France, el camarero certifica la pericia de los de su gremio aquí, en Marruecos, tras intuir mi nacionalidad y hacerme tomar asiento, de inmediato en la “mesa de Juan”. Así lo proclama: esta es la mesa de Juan, siéntese aquí. Enciendo un cigarro a la espera del café negro que me ha asegurado llegará en un instante, y pierdo la mirada en las geometrías inexistentes del crepitar ciudadano.

Vaga mi mente entre la algarabía de voces que pueblan el café y la plaza. Pierdo la noción del tiempo, no sé cuánto ha pasado cuando veo a Goytisolo acercarse, con el pausado caminar de la edad y la paciencia. Danza un mínimo temblor de cejas en su rostro, a modo de saludo y, antes de acercarse a mi mesa, su mesa, saluda a los parroquianos que ocupan la aledaña. Hablan y ríen, le invitan a tomar asiento. Pero él me señala con el hombro y todos exclaman “bienvenido” en un perfecto y sonoro español. Yo contesto “shukran yazilan” en un prudente y defectuoso árabe. Las horas siguientes serán de compartir charla pausada pero voraz, y la mirada del poeta no perderá ni por un instante el brillo de la lucidez más acerada.

Juan Goytisolo, cortesía de "la red"
Goytisolo tuvo sus primeros contactos con el Magreb en los banliueus de París, donde se codeó con las razas del extrarradio y quedó fascinado por su vitalidad insultante. Queriendo sumergirse aún más en los diccionarios vitales de aquellos migrantes forzosos, recaló en Tánger, guiado por las recomendaciones de su amado Jean Genet. Nunca supe por qué no permaneció en aquella ciudad, por qué siguió periplo hasta Marrakech. Él me explica que se vino hasta aquí, allá por 1985, porque quería aprender dariya, el dialecto marroquí. En Tánger, debido a su origen hispano, todos los habitantes acababan dialogando con él en su lengua materna. La lengua que amaba pero que se le antojaba estrecha para llevar adelante su impresionante proyecto literario. Estrecha como la mentalidad de aquellos conciudadanos que habitaban una España sumida aún en la recolecta miserable de 40 años de dictadura y que él insiste en asegurarme que está ya regresando con renovados bríos, a imponer encefalograma genérico y plano a los habitantes de nuestro país de origen. ¿Está regresando? No exactamente. Nunca se fue. Por eso él decidió irse lejos, cuanto más lejos mejor. De lo único que no reniega es de nuestra común lengua materna, forjada en promiscuidad de dialectos, voces y decires que hoy intentan condenar al olvido los adalides de la uniformidad y el miedo.

Después me explica que fue en las calles de Marrakech, y especialmente en su popular Plaza, sentado en este mismo café, donde comenzó a prestar prestos oído a las voces de la gente, escuchándolas, replicándolas con timidez inicial, grabándolas en vetustos cassettes para reproducirlas una y otra vez en la soledad de su hogar, con el ánimo de llegar a pronunciar algún día un idioma que como tal defiende y que ya domina a la perfección. Un idioma que es distinto del árabe con que también se pretende uniformizar al país vecino y que, defiende Goytisolo, será algún día reconocido como identificativo de todas las naciones que integran el Magreb, junto al tamazight y el sousía. Así que el disidente por excelencia muestra una y otra vez, en su tierra de origen o en la de adopción, su amor por la esencia y orígenes de la comunicación. Confirma, así, que su disidencia es de cualquier norma que intente fijar un pasado que no fue como nos cuentan. Él comprende que el presente sólo existe como amalgama de voces pretéritas.

Ya decía, al inicio, de las ansias imperialistas que anidan en este pensamiento único que pretenden imponer los más rancios de nuestros conciudadanos, esos que llamamos los vencedores, esos que se supone escriben la Historia. Pero lo hacen fijando dicha Historia en el momento que ellos deciden, olvidando pasados en que la uniformidad era tan sólo un mal sueño, negando un futuro que se debería erigir sobre lo heterogéneo.

Juan Goytisolo comprendió todo esto mucho antes, cuando la sociedad española imponía sus legislaciones de terror y silencio, finalizada aquella traición a los verdaderos signos de identidad que nos habían conformado y que dio en llamarse Guerra Civil. Una contienda que había barrido todo signo de inquietud cultural, entre otras muchas cosas, y que aún, a la vista está, no ha logrado esconderse tras los visillos de la Historia, por mucho que tantos la disimulen bajo la alfombra cuando llegan las visitas. El caso es que él se declaró disidente casi a la par que lo hacía escritor, poeta. Disidente de la España oficial y sus literaturas ídem, disidente de todo lo que hoy pretende amarrarnos a un presente huérfano de referentes.

Y hoy, aquí, en Marrakech, contemplo maravillado cómo de su garganta brotan por igual los gritos de los aguadores, las intrincadas narraciones de los cuentacuentos, el silabeo aflautado que despierta a las serpientes, la inacabable oferta vociferada por mercaderes y pillos, los ingeniosos chascarrillos de los ciudadanos... y comprendo que la Historia no la escriben los vencedores, que el futuro de la lengua no se dicta en libros ni academias, sino que se habla en las plazas públicas… y en los cafés, especialmente en los del mundo musulmán en que aún regalan el tiempo, los contertulios, al hablar pausado y meditabundo. En Occidente, los cafés van desapareciendo como lugar de encuentro e intercambio de opiniones, y sólo nos acercamos a los que van quedando con la prisa por marchar al siguiente bar mordiéndonos los talones.

Algún día comprenderán los ciudadanos (ni pizca de fe en las autoridades) dónde habita la esencial semilla del habla y la literatura (tan despreciada hoy, tan de saldo), que vienen al fin a ser lo mismo: vida en desarrollo. Y Juan Goytisolo, aunque ya no esté, seguirá aquí, a la sombra de una temperatura mortal, en Marrakech, en la Plaza de Xemáa-El-Fna, en el café de France, moldeando la gloriosa gangrena de la palabra, coloreando las esquinas verbales que los tiempos anhelan dejar fuera de foco.

Hoy comprendo que las páginas de Al-Maqhaa han quedado por siempre huérfanas de ese café en que Juan Goytisolo erigió la mayor de sus disidencias, la que le alejó de un presente cobarde y vacío, ausente de vida. Porque la vida es amalgama de voces que no deberíamos dar por extinguidas y que son, a pesar de todo, las voces del ahora.