domingo, 26 de abril de 2015

la espalda del mundo (y 2)

Abandono el lecho de ocio y siesta en que no tú no te has acostado, y me siento desorientado por el desorden de los relojes y el fragor de las sábanas revueltas. En la cama, cual fósil de reptil o cuchillada de traidor, el sarcófago fugaz de mi erección insatisfecha. Un sepulcro que, lo comprendo al mirarlo, busca los huecos tuyos en que hizo guarida y que hoy, ahora, no dibujan de humedades esta cama.

La siesta, a pesar de saludable e hispana, no termina de sentarle bien a uno. Claro que, la salubridad que los estudios científicos otorgan a la siesta, alude a una brevedad que el español de a pie, y yo con ellos,  no le otorga. Un breve descanso, como intervalo noctámbulo de las excesivas horas de luz, y no lo que por aquí solemos llamar "una buena siesta", ese dormir sin solución de continuidad, con la premisa equívoca de que no existe el mañana. Servidor, por más que haga pública denuncia de no pocas costumbres patrias, en lo de la siesta, cuando la oportunidad lo permite, peca de nacionalista. Y así me ocurre, que despierto de la siesta como un pirata ebrio de ron barato, y acabo conduciendo al desastre a la tripulación de mis deseos, en vez de a la Isla Tortuga, que es donde podrían gozar los placeres del ocio y el descanso.

Despierto desorientado, ya digo, y luego no sé qué hacer con el resto del día. Paseo el breve tablero de ajedrez de la casa cual alfil condenado al exilio, y no acierto a calentar bien el café, ni a presionar las teclas correctas del teclado con que escribo naderías como esta que están leyendo. Al final acabo repasando las noticias, sólo para colegir que este mundo lleva ya demasiada carga a sus espaldas. Las noticias, ese anaquel de latrocinios y exterminios que deberían finalizar en el país en que habitaba nuestro amado Peter Pan. Pero es que, últimamente, no paso de la sección de política, cafre que es uno. Luego intento, de nuevo, escribir.

Obra de Jean Loup Sieff, cortesía de "la red"
Hoy, por pereza o negligencia, ya no sé bien, tal vez porque contemplé durante demasiado tiempo la cama sin encontrar la postal turística de tu piel, he acudido al teclado y he comenzado a visionar, de nuevo, las fotografías que tomase, hace años, Jeanloup Sieff. Ya lo dejé dicho: tenía un libro suyo, gran formato, buen papel, exquisitas reproducciones de su obra, que perdí en el naufragio de los exilios y adioses. Y añoro la iluminación de crepúsculo con que el fotógrafo francés supo revelar escalofríos, en la piel de las mujeres que expusieron murmullos de sangre a su mirada de gran angular y grano exacto. Mujeres que colorearon las mil fantasías de mi adolescencia con el glorioso blanco y negro de sus cuerpos. Que la luz es escondite de sombras, me lo descubrió Sieff a muy temprana edad. Que la sombra es vértigo de luces que se suicidan desde los rascacielos de tu espalda, sólo tú me lo enseñaste. Pero no puedo dejar de admirar las fotografías del genio francés, una y otra vez asimilar el gran peso que la espalda de la mujer carga, desde tiempos inmemoriales. Sólo la mujer puede alardear de fortaleza. En su espalda, el peso del mundo, todas esas noticias de vergüenza e indignación que antes repasaba por entre la selva de píxeles de la pantalla. La mujer carga con las penas del mundo, insisto. Pero, también, la mujer, y sólo ella, con una fuerza que no es de este mundo, muriendo su espalda, muestra la ligereza de que están hechos los sueños... al menos los míos. Creo que también los de Sieff. En caso contrario no hubiese empleado, con tamaña maestría, los contrastes, a la hora de retratar a esas mujeres que dan la espalda al espectador para mostrarle que su fortaleza también está hecha de pasión ligera como manzana a medias o luna de beodo. 

A pesar de que la frialdad de la pantalla informática no logra transmitir la efervescencia agreste de esas mujeres que retrató aquel poeta del diafragma, voy pasando imágenes y me apetece, de nuevo, subirme a tu espalda para comprobar que también puedes soportar mi breve peso. Rechazo el descanso que ha de proveer la siesta, y me apetece volver a la cama, para retomar el sueño de tenerte en ella, tendida, boca abajo, despertando gemidos a la almohada, sorprendiendo arañazos en la piel algodón y sueño de las sábanas, desarreglando la horizontalidad del catre con la locura vertical de tus besos más profundos, contemplando cómo, mientras, aligeras el peso del mundo con la cartomancia húmeda de tus manos, que ejecutan entre sus dedos trucos que son milagros en que resucitan gemidos y lágrimas de deseo.

Me gusta cuando te acaricias, amor, incluso si me das la espalda, porque en ella habita un mundo, el mundo, y sólo en ti finaliza como debiera este que vivimos y, sobre todo, sufrimos. El mundo sin ti, hoy, tiene tan poco sentido como la siesta. Ahora comprendo que tienen razón los científicos (por algo son científicos, aunque tengan que huir del país), y que, una vez más, lo típicamente hispano se me atraganta: debo hacer más cortas mis siestas, aunque eso me obligue a ver en televisión las noticias sólo para comprender que el mundo me da la espalda. Llegados a este punto, antes que renegar o contrariarse, lo mejor será bajar la mirada.

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