domingo, 18 de mayo de 2014

¡felicidades!

En el sur de la sureña Italia, un anciano profesor jubilado, ha decidido poner broche de oro a su edad de ídem acometiendo una gesta que ya quisieran los abanderados balompédicos de cualquier nación, o sus dirigentes culturales (sí, esos personajes que, careciendo de cultura y educación alguna más allá de la de el beneficio contante y sonante, se atreven a dirigir los designios de la de toda una ciudadanía). Resulta que el ex profesor en cuestión ha añadido a una vieja motocicleta un ingenioso soporte que soporta el peso incalculable en kilogramos de la cultura, la educación, la bondad y el amor al prójimo: una biblioteca móvil y gratuita que recorre los pueblos más perdidos del mapa del abandono italiano. Sobre su raído vehículo, el honorable anciano recorre los pueblos más abandonados de la comarca, ya digo, ofreciendo a niños y jóvenes la lectura de alguno de los 700 libros que lleva consigo. Su máxima es hacer comprender a la infancia que la lectura, más que obligación, ha de ser placer.

Un servidor, hoy, como consecuencia de la celebración de su onomástica, recibe felicitaciones que cruzan mares y mareas para instalarse en su biblioteca de sentimientos, la única de que dispone ahora, perdidos ya tantos libros en la marea torpe de la despedida, hace demasiado tiempo.

No ha habido hoy un nuevo vinilo de Neil Young, ni la gloriosa traducción de Alberto Manzano, en tapa dura, de la Trilogía Rosada de Henry Miller, ni esa edición de lujo de Apocalypse Now Redux, ni una caja de madera con tres botellas de Habla del Silencio, ni una entrada doble para el próximo concierto de Bunbury, ni un viejo fonógrafo marca His Master Voice perfectamente conservado y a pleno uso, ni aquella foto tomada en el Sahara marroquí deliciosamente enmarcada, ni los húmedos tatuajes de labios amigos adecentando mi rostro, ni la emoción de mi madre vertiéndose sobre la mesa al relatar por enésima vez la noche de mi nacimiento, ni la charla de tiempo y cariño de mi padre tras la opípara comida en que crustáceos y carnes rojas deleitaron nuestro paladar, ni el temblor de cariño con que me abrazaban mis hermanos, ni el roce furtivo de la exnovia al acudir a la cocina en busca del abrebotellas, ni las canciones quebradas en la voz de vino copa y chupito de los amigos...

Quiero decir que este cumpleaños pasa a formar parte de los más extraños que he tenido la fortuna de celebrar... sin vosotros. Aquí, en Bolivia, estos eventos, se festejan de forma distinta, y no puedo evitar el recuerdo de aquellas celebraciones de medianoche inacabable y amanecer desequilibrado.

Descorchábamos emociones y vaciábamos botellas de abrazos como vidrios rotos, esperando el amanecer que nos recordase que lo que celebrabamos era un cumpleaños y, por tanto, la celeridad de estar vivos pendientes de un fulgor de prisa que nos acercaba a la muerte. Molestábamos a los vecinos y sorprendíamos a las paredes con nuestro martillear de risa urgente y beso ebrio, mientras el parqué acumulaba los restos de un naufragio de confetti como brindis y copas como corazones rotos. Cantábamos equivocando la letra y bailábamos desorientando al baile. Fumábamos hierba crecida al albur de nuestra fraternidad invencible. Bebíamos licores de alta gradación anímica. La casa retomaba por unas horas su condición de hogar y al fuego de la chimenea inexistente crepitaban abazos, besos, palabras que pretendían decir toda su verdad antes de que el minutero recuperase su actividad fabril de vértigo y nada. El chino veloz aparecía a lomos de motocicleta para reponer los desastres de alcohol que consumíamos para mejor decirnos las verdades a la hora exacta en que alguien susurraba temeroso creo que ya es hora de marchar a casa. Recuerdo aquellas jornadas sin fin, recuerdo y pienso en vosotros y en cómo el motivo de la celebración, mi cumpleaños, finalizaba en el punto exacto en que comenzaba vuestro día siguiente de sueño evaporado, cabeza dolorida y sonrisa tumefacta.

Regreso al viejo profesor italiano, y casi puedo verle cabalgando su motocicleta, sonriendo a la sonrisa sureña de viento campesino de los pueblos recorridos. La noticia en que tuve constancia de su (insisto) épica gesta, es breve, acorde a las urgencias tipográficas de los noticiarios de la nada, y no habla de la reacción de los niños hasta quienes aquél se acercó con su biblioteca de ilusión y su literatura de sueño. Sólo hablan, en la nota, del profesor, proporcionando su nombre y apellidos, edad y demás referencias, homenajeando su desinteresada labor. Parece que no comprendieron, los redactores, que el homenajeado no ansía homenaje más allá de la sonrisa niña de un chaval dispuesto a disfrutar la lectura desde el momento en que la bilioteca ambulante entró en su redil de juego e infancia.

Quiero decir que la verdadera noticia, creo, comienza allí donde acaba la labor del alegre bibliotecario motorizado. La verdadera noticia comienza en cada uno de los niños que lograron y lograrán encontrar en la lectura, gracias a él, un placer perdurable.

Hoy, también, pienso en vosotros, que me habéis felicitado, creando toda una biblioteca de cariño como frases y abrazos como palabras que ahora leo con la humedad de la emoción cosiéndome los párpados. Y comprendo que no debería ser yo el homenajeado, sino vosotros, y que el verdadero homenaje es cada una de vuestras vidas, que han permitido a su locuacidad de horas veloces y tiempos que no vuelven, el delicado exabrupto de vuestra felicitación.
Es a vosotros, amigos, hoy, a quienes yo grito desde aquí, tan lejos y tan cerca: !felicidades!

lunes, 5 de mayo de 2014

la música de tu vientre

Parece ser que los científicos, hoy, ante la falta de fondos para estudiar viables vías para la liberación de esa dictadura molecular que es el cáncer, o esa oligarquía inaccesible que es la desnutrición, por ejemplo, entretienen sus entretenidas horas de contemplación, estudio y análisis en menudencias sufragadas por las multinacionales de la idiocia y el "todos iguales".

Disculpen que me aparte de mi natural "políticamente correcto" ajeno al insulto y la soflama, pero es que me inflama el ánima leer una de esas noticias con que la pretendida prensa seria insulta mi capacidad psicomotriz y psicológica en un domingo de lluvia desmedida y huracán latente. Aunque... rebajemos el tono y pongámonos a la altura de la verdadera noticia, que se produce en un medio audiovisual orientado a epatar y llenar los huecos que las personas de bien no pueden cumplimentar recurriendo al onanismo, por ejemplo, por hallarse ya mermadas sus facultades sensoriales. No sé bien si es el sacrosanto YouTube o una cadena privada anglosajona, quien ha creado el invento: poner en manos de un adolescente de hoy día uno de esos aparatos que llamábamos walkman y que servían para reproducir cassettes musicales. Hacen esto para registrar ante las cámaras las alucinadas reacciones de estos adolescentes conejillos de indias. Reacciones que podemos imaginar: qué es esto, para qué sirven estos botones, cómo podían vivir con este aparato "los antiguos"... y etecé etecé mientras quien observa el video de marras no puede evitarlo: menuda risa cómo cambian los tiempos que viejos somos y etecé etecé... y yo crecí en los 80 y los jóvenes de hoy no saben valorar y la música enlatada en internet es lo peor y etecé etecé... y grupos en facebook proclamando yo fui a E.G.B. y cómo molaba enrollar las cintas de cassette atoradas en los mecanismos del walkman con un boli bic y etecé etecé...

Vengo yo, estas noches, recurriendo a mi mano en pena para aliviar las penas con que la vida pretende condecorar mi pecho escuálido y animar el reloj de cuco resfriado que debería darle cuerda a mis horas muertas. Por supuesto, mi imaginario es fructífero en pieles y recovecos femeninos que acuden a la memoria táctil de mis dedos en el momento de la caricia solitaria, para salvarme la melancolía y redecorar de lúbrico gotelé las paredes de la habitación en que escribo perdiendo la temperatura de los días.

Y es que el inconsciente consciente, estos días, me derrumba la piel con besos que edificaron mi carne y redecoraron escalones en que el deseo, más que verterse, dio vida a la subida de peldaños perdidos en que convertí mi vida. Llegan a mí besos como metáforas y caricias como invencibles navíos naufragados en la batalla húmeda de la carne y el riesgo.

Así es como mis labios mudos recorren de nuevo la costura infantil de tu pubis despertando asombrosos asombros en la humedad terca de los tuyos. Mi pulso amenaza arritmia recreándote en el vacío que rodea, esta noche, mi erección de asesinato y nervio. Te recuerdo y elaboro, con la cinematografía inexacta de la imaginación, el milagro vibrátil de tu sexo, esta noche, ya digo. Y, no puedo evitarlo, me sorprendo ante el mecanismo táctil de tu vientre, intentando averiguar para qué sirven tantos botones, cúal apretar primero, qué efecto tendrá la soledad de mi tacto al deslizar el interruptor preciso y solitario de tu nervio.

El cuerpo, con sus recónditos engranajes, sus interferencias incomprensibles, su metafísica cuántica y sus mecánicas divinas. El cuerpo femenino que hoy, en la ebria noche del abandono a uno mismo, viene a mi memoria para sorprenderme de nuevo con su imposibilidad de clavijas como poros y tuercas como papilas gustativas. Me siento niño, ya ves, tan sólo recordándote, y tu pubis es un walkman en que introduzco con mimo y miedo el cassette desvencijado de mi sexo para preguntarme, al instante, cómo accionar el play que te arrebate de música interior en que acompasar mis deseos.

Así que no veo la noticia en la reacción de un niño ante el walkman que utilizaban sus padres. Al fin, yo, cuando recuerdo tu cuerpo desnudo, creo descubrirlo de nuevo y me pregunto para qué sirve, cómo se utiliza, de qué manera evitaré que la cassette quede enredada en tus labios quebrando esa música endemoniada que dice te adoro, te quier, te deseo...

Si esos jóvenes sorprendidos (los del video en cuestión) aman la música, es normal que no comprendan cómo reproducirla con un aparato antiguo. Yo, cada vez que muestras ante mi niñez de pequeño guerrero erótico la tecnología desnuda y perfecta de tu desnudo, comienzo a preguntarme cómo reproducir en ella las notas de tu voz quebrada en deseo.

De momento, esta noche, olvido absurdos experimentos generacionales, regreso a mis solitarios vicios, cierro los ojos y, con el poeta, canto: queda la música...