sábado, 8 de agosto de 2026

mi zamba

«Bésame con tus dientes»
Leonard Cohen

Mamá festeja su alta médica. Mamá se felicita. Mamá sonríe y ondea un tenedor que finaliza en anchoa pirata. Papá sonríe también, aunque no escucha. La edad es un grado, tal vez uno menor en la escala diatónica mayor. ¿Y en el termómetro, uno más? Ahí estaban esperándome a las puertas del restorán, 40º a la sombra pero sin entrar al local para que papá no consumiese una cerveza de más. Charlamos. Las pupilas de mamá sonríen. Mi piel les hace coro.

Alina me susurra que nos dan una hora extra antes de cerrar y me invita un gintonic tras tanta delicia que rabio de no haber podido comer directamente de entre mis dedos, ensuciando de pentagramas mis labios. Munay no está, y los tres invocamos su nombre como si de repente pudiese aparecerse su sonrisa dolorida como de duende lorquiano. Tantas sonrisas que convocar. Tantos nombres. No, mamá, ese no lo repitas, por favor. Sé que me sueñas henchido de vocales que me acaricien los días, en tu abrupto desaparecer de los instantes. Pero dos son demasiados nombres. O tan pocos, papá, mamá, no os preocupéis, los nombres sólo ayudan a enladrillar el sendero de baldosas amarillas. Lo importante es saberlo y querer caminarlo. 

La Fou, dos copas desperdiciadas en un deseo de duplicarse en selva again. Palta, brandada de bacalao, morcilla bañada en huevo violentado, langostinos y crujiente de cebolla sin mostaza pero aún en el paladar. ¿Qué me hizo la mostaza, cuando la descubrí? ¿Qué hace todo aquello que descubres en ti cuando como memoria disfuncional la veta de un diamante germinando un río de ramas que laten sudor niño de tan oscuro? Sudor asalmonado. 

Garnacha tinta. Un cauce bruno y mi lengua, también, salmón. Fluir sanguinolento como terciopelo que se escurre entre los dedos. Esos que arrancan uvas que aun extirpadas dejan un reguero tinto como poema dedicado a la luna menguante y al esparto olvidado. Tal vez todo esté bien si decidimos detenernos en Ecuador, por ejemplo, donde ignoro si se consume mostaza y se vierten vinos groseros como la noche sólo alumbrada por un pestañeo. Al ecuador de un desvarío he llegado, mientras regresaba a eso que llamo hogar a pesar de que sólo en el breve interior de pestañeos selváticos de tan densos.

El ecuador de esta tarde se ha detenido en Bodegas Sanz, y hace un pestañeo que nos hemos despedido. Sí, lo sé, te he dejado mi número de teléfono para responder esa llamada tuya que no llegará. El teléfono de ella no lo tengo. Ya comprendí que ni el tuyo ni el mío buscaba. Menos lo pretendían sus progenitores que, con tan alborotado elogio, me festejaron al llegar. Aunque yo ya estaba. Sólo soy uno más que interrumpe una reunión prefamiliar. Sólo pretendía tomarme un café en soledad. Sólo pretendía sentir unos dedos niño y otros nido de arteria que deja pasar el tiempo sin mirar atrás tomándome un tercer café. En soledad.

Eduardo, perdona, acabo de inventarte el nombre. Ya si me llamas en algún momento, cosa que dudo y mejor así, y si es en contrario me rectificas, dime si ella se llama Mar. Seguro que no. Lo sé. Pero hoy todo me sabe a salitre, lo siento y más lo siento porque tengo la impresión de haber desbaratado tu incipiente intención de coito. Lo lamento. Eso soy y así, siempre desbaratado y desbaratando. No te negaré que me ha gustado su sonrisa, tan cándida, tan ansiosa de alimentar hambres disparatadas en Dublín, de donde recién acaba de llegar mientras proclama a los cuatro vientos que sueña perderse en geografías más varias. 

Así ha comenzado todo. He escuchado Dublín y me ha sabido a pedazo de tierra mordida por la mar, esa que me está vedada incluso en época estival. Y he contemplado sus labios golosos y he preguntado en voz alta. Porque es uno de esos lugares que aún permanecen en mi memoria fraudulenta. Esa que se alimentó de geografías cuando me gustaba viajar y soñaba con una acompañante que me supiese guiar hacia esa inactividad hoy antípoda guerrera del verbo viajar. Ya la conocí. A la acompañante. Dublín, como Oscar Wilde, como Stephen Dedalus, sigue dando vueltas en mi maltrecho mapa mental cuando lo despliego soñando un nuevo deambular, pero permanece ignota para mí. Irlanda como isla a la que Odiseo sueña arribar.

Me preguntó qué lugares conocía. Siempre, pero cada vez menos, me cuesta callar cuando descubro la gana de vida. Me da gana a mí de compartir lo más pobre de la mía. Quiero recorrer tierras como tú, me dijo mientras chascaba sus dedos de adolescencia locuaz para pedirle al camarero que me pusiese una caña. Gesto que me desagradó, el de chascar los dedos para llamar la atención del camarero, no sé si lo aprendió en Irlanda. Yo invito, que café ya no te queda y no es hora de otro, ¿verdad? Asomó sus pupilas a las mías y no se supo encontrar. Pero yo me escuché decir que tenía razón, mientras acercaba mi silla a la mesa aceptando su invitación, la de sus padres y la de Eduardo, sincera, casi honesta. Pero mejor un gintonic, ya puestos, que Rubén ya sabe que el límite es el vaso y esto tiene pinta de estar ya extralimitado.

Mar me miró con ojos tiernos. Amaos, le susurré en silencio, mirando también a Eduardo, antes de retirarme a mi delicioso averno. Ancló dedos en el muslo de mi pantalón vaquero mientras me pedía permanecer hasta la penúltima. Sentí rechazo. Mis muslos, como las tierras en que brota la garnacha negra, beben de otro manantial. Eduardo sonrió, detenido en ese salto que ha emprendido, desde el ecuador de su vida, buscando un sueño. Que nadie te lo desbarate, breve amigo, que no pierdas la sonrisa en un vertedero.

Sísifo me sonríe con dientes de sangre y me recuerda que nunca podré dejar de mirar atrás. Que el amor supone cima escarpada en cuyo ascenso sólo podrás cambiar ritmo por desconcierto. Si es amor, claro. Un pie, ¿cuál? Las uñas sin podar. El otro: puro nervio. Camus sonríe previo al absurdo estallido de un automóvil que decidió que la vida no más. Esta noche, intuyo, Mar no habrá follado con Eduardo, el ecuatoriano. Y qué más da cuando sus dos nombres me los he inventado y no todo va a ser follar, ya lo dejó claro el irremplazable Krahe para dejar claro que la vida ha de ser amor o no será.

Al final, creo que todo consiste en esas ganas de comer con las manos mientras el vino riega, generoso y audaz como secreto a buen recaudo, la tráquea, el paladar y la voz que me tiembla cuando pronuncio un nombre que se desgaja en dos. El de mi hijo para que mis padres lo sostengan breve como salmón pertinaz entre los dedos. Otro, silencioso, me repta sólo a mí como salmón cuando me abandono a lo extraño. Extraño: extranjero. De eso, se supone, trata el tan vilipendiado hoy verbo viajar. Sílaba y no verbo.

Mamá, papá, ya estoy en casa y aunque ha pasado tiempo de nuestra celebración íntima hoy hemos vuelto a celebrar en breve multitud 60 vueltas al sol con vuestro abrazo inundándolo todo de calor y ya he hablado con Munay. Nuevamente me confirma que está bien y nuevamente que os echa de menos e incluso a mí. Gracias por el viaje. Y aunque escriba siempre con retraso, no es mala fecha retardada para recordaros que 60 años es más de lo que, así, desearían muchos humanos.

P.S.: Esta tarde me ha llamado Eduardo. Cosas buenas que me trae esto de escribir con retraso. Sí, se llamaba Eduardo. Me invitaba una caña. Le he dicho que no, que ando deambulando mi celda. 
- Te acerco un bocadillo con una lima dentro.
- Ya tengo una, con forma de corazón.
- Linda lima, esa.
- Por cierto, ¿estás con Mar? Se llamaba Mar, ¿verdad?
- Así es, buena memoria, hermano. No, ella no está, por eso te llamo. Nos vemos en otra, ¿sí?
- Claro, no lo dudes. Gracias por tu llamada, y por tu sinceridad.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Chukri on demand

No todos los días tiene uno la fortuna de hablar con un o una poeta. No todos los días. Pero hoy, vapuleado como vengo desde jornadas atrás por una extraña inquietud que no sé ubicar, la mañana se ha despedazado en colores. Pero he preferido quedarme con su estallido de grises en toda la amplitud de la gama, que no es poca y si piensan que lo es háganse el favor de revisitar fotografías en blanco y negro que no estén recompuestas para el gusto popular por la IA.

La cuestión es que esta mañana he hablado con Mohammed Chukri. Vengo de una noche de poesía en vena y amanezco inquieto, ya lo he dicho, pero al poco la inquietud no sé si se agranda o desaparece. Qué más da, cuando de Poesía se habla. Aún percute mis neuronas la Poesía nocturna y comienzo la nueva jornada teniendo la fortuna de hablar con Chukri. Casi nada.

Le he preguntado que cómo se encuentra, claro, porque sorprende siempre hablar con un muerto. Él me ha contestado que muy bien y a mí no me terminaba de convencer el tono de su voz, tan rugoso y arrastrado, como ebrio de vino barato, y he insistido. Él ha hecho lo propio y ha me respondido que se encuentra de puta madre. Él, que de putas y madres acumula pinceladas y que sabe que más putos ciertos padres. 

- Pero me encuentro de puta madre, ¿lo dudas?
- No, al contrario... bueno, depende, tu tumba en el cementerio del Marshan no aparentaba tampoco muy cómoda.
- Estilo musulmán, qué más quieres, y de eso ya hace tiempo, chaval.
- Gracias por no tener en cuenta mi edad.
- De edad ya hablaremos, si quieres, cuando se te caigan todos los dientes. ¿Tienes 30 dirhams para una birra?
- De eso ando mal, pero seguro que lo puedo solucionar.

El caso es que he intentado facilitarle a Chukri un crédito personal para que pueda comprar cerveza a mansalva, pero él me ha dicho que no tiene intención de deber nada a nadie, por más que yo le he insistido en que corre de mi cuenta. Al final, el poeta tiene un visión cósmica que le hace comprender y me ha imprecado casi al decirme que por qué poco me prostituyo, que él, al menos, cuando chico, pudo sacar de sus indagaciones nocturnas un puñado de palabras que, después, le han favorecido poder vivir gracias a los derechos de autor.

- ¿Me recomiendas prostituirme para vivir de la poesía?
- Yo no recomiendo nada. Recomendar es de pervertidos, te lo puedo asegurar. Así comenzaban todos, recomendándome cambiar de vida para salir a flote.
- ¿Entonces?
- Te recomiendo la cárcel. A ser posible, una cárcel marroquí. No te va a servir para vivir de la poesía, pero tendrás material para escribir. 
- Yo también vivo en una cárcel.
- ¡Basura!

Lo he escuchado escupir un sargazo tierra adentro como si en la mar y, poco después, lo he pensado y he comprendido que Chukri es un tipo sabio. Para qué dar un sablazo a un triste como yo que sólo cuenta con un puñado de euros para gastar en vinos caros con quien lo merezca. Así se lo he explicado y él me ha dicho que ahí está el camino de la verdadera Poesía. O sea, que no me quedaba otra que reconducir la conversación, pero he pensado, de nuevo, en vinos caros. En el fondo soy un insufrible snob.

- Veo que te vas por las ramas. Bueno, no lo veo, lo leo, chaval.
- Gracias, de nuevo, por no tener en cuenta mi edad.
- No hay edad en el cementerio, y tú estarás tan muerto como yo, claro, obvio, pero demasiado pronto si no reconduces tus pasos. ¡Da igual! Estás muerto igual, estáis todos muertos. Lo importante es que no te andes por las ramas y seas conciso, directo, grosero, agresivo incluso, cuando escribas.
- En realidad no sé escribir. Es una suerte de fantasía infantil.
- Tiempo al tiempo, que eso, al final, no lo decides tú cuando sólo tienes el mandato de escribir. Lo demás ya llegará, o no, pero ¿cuánto me dijiste que me prestabas?, ¿a cuánto ese crédito personal?, ¿tiene seguro para cubrir mi posible deceso?, ¿y qué hay de los intereses?
- Sólo me interesa proporcionarte un cartón de vino o lo que se tercie.

En ese instante recuerdo que Chukri está muerto y comprendo que hablo con otro marroquí que se pretende español por vivir en Ceuta y que, por tanto, sólo espera que le tilde de invasor extranjero para seguir los vientos del tiempo, escuchar la voz del amo cual perro y olvidar que entre perros se crio el verdadero Chukri y que este es un farsante que sólo ha utilizado su apellido para empadronarse.

- Un placer hablar contigo, Poeta.
- A mí me da igual haberlo hecho contigo, chaval.

Cuelgo el teléfono y un caracol cano cae sobre mi pecho. Visto camiseta negra, para variar, y el bucle cano brilla más. Comprendo que he hablado con un fantasma y agradezco que haya sido más benévolo, casi modo Canterville, que los que estas noches agitan mi inquietud. Apuro un porro con el último trago de 1906, me siento afortunado y me entrego, de nuevo, al verbo sabiendo desde anoche que no lo comprendo porque habita en una tráquea alimentada por años de espuma y cuchilla.

Inquietud, enturbias mi paso cuando aprende a caminar y me pierdes el Norte, Sur, Este, Oeste, arriba y a lo hondo muy abajo hasta las heces del sueño barato que Chukri apresuró a tragar o trasegar para aprender a apresurarse el paso.

No todos los días tiene uno la fortuna de hablar con un o una poeta. No todos los días.