viernes, 19 de diciembre de 2014

libertad de culto

Que el sentimiento religioso es moneda de común intercambio a lo largo y ancho del orbe conocido, es obvio. Desde las feligresías buenistas de los discípulos de Buda, a las catacumbas macho de la fe de Cristo, pasando por la metralla servil de los yihadistas de Allah, y sin olvidar los sectarios equívocos de doncellas que dejan de serlo una vez embestidas por iluminados neoprofetas, la religión devora el mundo cual tsunami falaz o embustero corrimiento de tierras.

En ocasiones me pregunto de dónde nace el sentimiento religioso. O de dónde nos lo nacen, más bien. Tal vez sólo sea una manera de prepararnos para tanto sufrimiento, ya saben: espíritu de sacrificio y toda la prosopopeya adjunta: prepárate, la vida es dura, a nadie le regalan nada, la felicidad no existe, etecé ad nauseam. Por ello: ten fe en algo. Aunque ese algo vista taparrabos censor mientras ejercita contorsionismos de sangre obscena sobre una cruz de madera.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza comprender más tarde, acertó el poeta. Pero aún hay quienes entendemos en los versos de arritmia desenfocada de Gil de Biedma el latigazo eléctrico de la vida como dolor sensorial en que se anula todo sentimiento moral o religioso. Y es que el sufrimiento de la vida se reduce a no poder llamarla por su nombre porque otros se empeñan en robarle su apellido. Nada más. El resto, en este caso, no es poesía. Tal vez sea religión.

Leo (y he de releer frotándome los ojos con exageración de viñeta humorística) la "noticia" acaecida hace unos tiempos (sigo escribiendo con retraso) en las que fueron tierras de Al-Andalus. Ya lo vociferaban en cenas de empresa y celebraciones varias aquellos cantamañanas que acurrucaban las noches de no pocos encorbatados ebrios: Sevilla tiene un color especial. Y tanto: resulta que el Juzgado de Primera Instancia número 26 (si no les suena ese número deberían indagar) de la citada ciudad, ha resuelto en auto que un menor de edad debe acudir a clases de catequesis preparatorias de la primera comunión de manera obligatoria. No invento, viene en eso que seguimos (a pesar de todo) llamando prensa.

Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde. Un buen día uno se pregunta por qué el hecho de escribir y publicar libros, artículos, ensayos, cosas, no podría ser labor suficiente para ganar el sustento, como ocurría antaño, cuando eso llamado literatura, tenía su precio de mercado (¿no queríamos, acaso, mercado?) y como tal era valorizaba gracias al consumo más o menos exitoso por parte del público lector. Eran otros tiempos, cierto. También otros valores. Aún no se había inaugurado el reinado del todo vale y vale más si es gratis. Aún se leía. Todavía no se consumía. Porque, recuerden, cada vez que se reconocen en el término consumidor, que quien de seguro se consume es el enfermo terminal. La literatura no. La literatura se lee, y después se aprecia o desprecia, a cada cual su gusto.

Me enredo y sólo venía a decir que olvidé hace tiempo los preceptos religiosos, y denosté el judeocristiano espíritu de sacrificio y sufrimiento. Claro que, ahora lo pienso, no llegué a ser tan rebelde, y así me atreví a tener fe en algo. Por ello aún defiendo como dogma el que cada humano porta un don con el que poder hacer carrera, o sobre el que poder construir hogar y vida, una labor en que laborar, un trabajo con el que alimentarse, sin tener por ello que alimentar más a quien no lo ejercita. Discúlpenme, aún tengo fe en que escribiendo pueda llegar a vivir, sí, porque el que escribe también trabaja, aunque le guste. Por eso aún tengo fe en que el término trabajo, algún día, deje de ser antónimo de vida. Por eso sigo aquí, apurando las últimas gotas de la última botella de güisqui que el bolsillo me permitió adquirir, pegado a un teclado y desangrando mi cuello sobre la pantalla en blanco, al ritmo sinfónico de una cuchillada de luna llena. Y es que la fe, si no se tiene, hay que forzarla. En caso contrario, la cuchillada debería proporcionársela uno mismo. Por dejar de sufrir y evitar más sufrimiento a los allegados, mayormente.

Quiero pensar que, tal vez, la Justicia, al fin, sea ciega, y haya decidido mostrar su invidencia en un Juzgado de Sevilla, obligando a un menor que se considera no creyente a acudir a clases de fe que le restituyan a la vida. La fe, si no se tiene, hay que forzarla, insisto.

Leyendo en profundidad la citada noticia, descubre uno que todo respondía a una cuestión de custodias paternas. La madre del menor obligado por auto judicial a reingresar a la fe católica es no creyente, mientras el padre abraza los brazos extendidos de Cristo (pero sin acompañamiento de clavos, tampoco hay que excederse). Ambos progenitores están separados, y juegan desde hace tiempo a establecer campo de batalla en la mente inocente y pacífica de su vástago. Cuestión de custodias, ya digo. A lo cual me pregunto quién custodia, hoy, la libertad de ejercer el libre raciocinio que nos diferencia (dicen) de los animales, y si no serán los mismos que convierten la literatura en objeto de consumo que debe llevar marca de alta editorial para que merezca pagar por ella. Los mismos, al fin, que deciden con los ojos vendados lo que es o no justo y obligado.

Gracias por leer, aunque sea gratis. ¡Y, amén! Aunque en Sevilla, tal vez, dijesen: ¡y, olé!

miércoles, 26 de noviembre de 2014

vidas desahuciadas

Caminaba Vallecas, pueblo obrero, desde la fragua de taconeo insomne de los gitanos hasta el horneado fragante de panes y dulces de la panadería, donde aquella joven ecuatoriana me crepitaba el deseo cada vez que me ofrecía la barra más crujiente. Vallecas amanecía a la silenciosa sierpe de la resaca y las horas de bien merecido sueño, con los callos aún latiendo el membrillo del yeso y el cereal del ladrillo. Sus cielos de polución sur acunaban aún el sueño de rumanos, magrebíes, bolivianos, pakistaníes y algún que otro senegalés perdido en la noche iluminada de su sonrisa incandescente. Caminaba Vallecas, Villa de Vallecas, sus calles de farola apedreada y adoquín revoltoso, recién alumbrado el día, ya digo, para organizar las horas en un ajedrez de compras morosas y saludos babel.

A veces pienso que sólo caminaba la mañana vallecana por reconocerme en el mordisco de sombra que mi paso imprimía a las paredes, recién amanecidas, de la barriada insomne. Por acercarme hasta el quiosco de la plaza, donde se afanaba María tropezando con sus muletas y con los mil cachivaches de regalo dominical de los noticiarios, ya ves, hijo, aquí, intentando organizar todo esto, que cualquier día van a regalar coches con el periódico y a ver dónde los meto, porque aquí, ya, ni para la matrícula habría espacio, eso sí, de esa manera tendría dónde vivir si la cosa sigue igual de cruda, que cualquier día veo que me echan de casa los del ayuntamiento. Porque María habitaba una de esas viviendas de protección oficial que, como la mía, fueron malvendidas a empresas de gestión privada, qué le vamos a hacer, si es que lo público no produce, y lo que no produce no compensa, ya saben.

Hace tiempo que hube de abandonar Vallecas, poniendo tierra de por medio. Pero los noticiarios, estos días, me retornan a mi antiguo barrio, y reconozco en televisión al afable marroquí que me vendía a precio de amigo ras al hanut con que aderezar el cous cous, la sonrisa ingrávida de la dominicana que añadía color a las uñas color fatiga de las vecinas, la sobriedad gestual del peruano que regalaba cilantro con cada kilo de verdura, el quejío sabroso de la gitana joven y guapa que evadía los corsés raciales amancebada a la cintura de un payo, el pasear pausado del anciano que todo lo había vivido pero aún preservaba horizontes que culminar. Sí, he podido verlos de nuevo, a todos ellos, en televisión. Y no acudían como público a uno de esos programas que dispensan fama efímera. Todos ellos, y más, componían racimo de vendimia amarga a las puertas de un edificio sitiado por vehículos policiales y reporteros gráficos, en Sierra de Palomeras, muy cerca del hogar de acogida a cuya puerta se magreaban adolescentes de distintas razas para enardecer de color la amanecida gris amianto del extrarradio, ésos que me pedían siempre un cigarro, al regresar yo de comprar, donde María, la mancha de tinta agria del domingo amarillento. Sierra de Palomeras, domingos de suburbio, capitales de la calma que yo deambulaba con la excusa de comprar la prensa, pero con la intención única de escuchar un verso de barriada y hastío de los labios de María.

Hoy, ayer, hace unos días, Vallecas era un clamor, y en Sierra de Palomares se ejecutaba (sí, como en las cárceles U.S.A.) un nuevo desahucio, y este Madrid obrero que apuntala con sus manos de andamio el Madrid financiero recuperaba su insignia de osamenta dolorida y ojeroso eyeliner.

Porque Vallecas es un desahucio compuesto de trapos abandonados y peluches sin mirada, un hogar breve al que llegan todos aquellos que perdieron vivienda, allende los mares, y tuvieron que iniciar periplo de vagamundo hasta arribar a sus costas de bulería, tercio de Mahou, y subsistencia. Quizás por eso sea Vallecas, hoy, también, lo que nunca dejo de ser: un murmullo de brazos camaradas en que se acunan los sueños del orgullo de barrio y la solidaridad del que se sabe igual al distinto. Vallecas es un desahucio a cuyas orillas llegan, encerrados en botellas de DYC, mensajes de naúfragos que saben que no están solos, por mucho que pretendan exiliarles en islotes de individualidad y ausencia. Vallecas aún respira, y sus habitantes gustan de compartir latido. Por eso se echan a la calle para denunciar la ejecución de un nuevo desahucio en que una vida de 85 años se revela, para tantos, primordial como la de uno de esos hijos del hambre o el daño colateral que ya ni siquiera vemos por televisión. Tal vez porque esos niños sean sus propios hijos en espera del envío de divisas que les arrebate la prematura madurez.

Mientras tanto, las calles sevillanas se visten de primavera retórica y agasajan con palmas y llantos la marcha de una grande de esa España que no es la mía ni la de los vallecanos. Descanse en paz, si es que no tuvo ya suficiente. Vallecas, como tantos otros barrios de comunidad y agravio, seguirá descansando en guerra, combatiendo el desahucio en que desean convertir la vida de sus habitantes.

Veo, en televisión, la muleta de María, como un fallido asalto a los cielos o un fusil minusválido, reclamando justicia para aquella que, mañana, tal vez ya hoy, podría ser ella misma. Vallecas, ya digo, es un desahucio que impugna su naturaleza fraudulenta para recordarnos que aún hay esperanza.

viernes, 14 de noviembre de 2014

equilibrio poético

Pocas alegrías proporciona la prensa, en estos días, salvo que sea uno de festejar la larga mascletá de crímenes económicos (dejémonos de eufemismos, la corrupción mata, díganselo si no a los deudos de todos aquellos que prefirieron saltar desde el balcón de su hogar antes de ver cómo pasaba a serlo de sus matarifes) que está convirtiendo el país en unas fallas de asco y nervio. Así que uno ya ni se molesta en leer titulares, y continúa rebuscando entre la letra pequeña de los diarios, por precaución.

Y es en esa letra pequeña, como de cláusula abusiva, que conozco la antepenúltima hazaña de los laureados bomberos de New York, al salvar la vida de dos operarios de limpieza encargados de proporcionar relumbrón a los novísima cristalería del One World Trade Center de la citada metrópoli. Resulta que algún fallo técnico o humano (aún está por aclararse) provocó que ambos trabajadores quedasen suspendidos, durante dos horas, a 240 metros de altura, con el vértigo desorbitando sus pupilas ante el vacío que amenazaba con devorar sus huesos y pestañas. Dos horas, repito, permanecieron allí, esperando a los equipos de rescate. O sea, como cuando, en ferias populares contrabandeadas públicamente a privados consorcios que deciden ahorrarse los controles de seguridad, queda suspendida una decena de adolescentes ávidos de emociones extremas en el centrifugado feroz de alguna montaña mecánica de esas que denominan rusas.

De cómo el equipo de bomberos encargado del rescate llevó a cabo, exitosamente, su labor, no me apetece dar cuenta. Está en la prensa, y en esta ocasión es reciente, por si les interesa. Pero comentaré algo que, invariablemente, se repetía en cualquiera de los medios informativos que explicaba el suceso. Me refiero (y transcribo) a la conmoción emocional que supuso en la población el contemplar aquella escena que despertaba los fantasmas del subconsciente colectivo. Se refieren, obvio, al famoso atentado perpetrado años antes, 2001 para ser exactos, en el mismo lugar, y que difuminó para siempre, en humo y cenizas, la metálica pincelada con que dos torres gemelas violentaban el lienzo futurista de cielo neoyorkino.

Un servidor, me van a disculpar, no forma parte del colectivo cuyo subconsciente aún anda herido por el recuerdo de aquel infausto evento. A mí, la noticia de los limpiacristales suspendidos en el vacío, me trajo a la memoria un memorable documental llamado Man on Wire.

El 7 de agosto de 1974, un funambulista francés de nombre Philippe Petit, ayudado por un grupo de lúcidos perturbados, conseguía burlar los servicios de seguridad de las Torres Gemelas de NY para extender entre las terrazas de ambas moles un alambre sobre el que, momentos después, comenzó a caminar los cielos metropolitanos para asombro de propios y extraños. Evidentemente, no había red ni salvaguarda posible, en caso de que el equilibrista hubiese dado un mal paso. El documento visual nos regala los prolegómenos y el desenlace de una gesta heroica. Petit, cumplió su cometido, y fue posteriormente detenido por las fuerzas del orden. Portaba, su rostro, una beatífica sonrisa.

Tan notable filme desmenuza para el espectador no sólo el equilibrio aéreo del artista de las nubes, sino también su equilibrio cerebral, enfrentándonos a un laberinto de acertijos y cuestiones que se cuestionan el utilitarismo de eso que damos en llamar arte. Porque Petit, surcando los cielos de la ciudad aún a costa de la legalidad establecida, lleva a cabo uno de los más sobrecogedores actos poéticos de que la Humanidad tiene recuerdo.

El acto de terrorismo artístico del funambulista anticipaba el lirismo terrorista y cruel de dos aviones que quisieron unir los edificios en un alambre de sangre y confusión, cierto. Pero tal vez, por qué no, anticipaba también la poesía de costumbre y terror de dos limpiacristales anónimos a quienes nunca nadie dedicará un documental. Ellos caminan a diario una cuerda floja que se eleva desde el asfalto hasta el firmamento. Pienso en la afilada dificultad de regresar a casa, tiznado de grasa y cristasol, e intentar convencer a la parienta para un fornicio urgente (que mañana hay que madrugar), y mantener la cordura. No debe ser fácil caminar con la mirada al frente pensando únicamente en los hijos que has de alimentar y, tal vez, si hay suerte, en la secretaria de dirección de vertiginoso escote que lleva y trae cafés hacia las salas de reunión manteniendo el equilibrio sobre sus tacones de aguja. La puedes ver, frente a ti, mientras abrillantas las indiscretas ventanas que la radiografían en sus quehaceres diarios. Tal vez por ello te despistas un momento, tropiezas o accionas mal el mecanismo del aparato que te suspende entre las nubes, y tu cuerpo se abalanza hacia el vacío. 

Los funambulismos cotidianos del trabajador de a pie carecen de la notoriedad suficiente para que ningún artefacto visual decida llevarlos a la gran pantalla... salvo cuando equivocan su pericia y resbalan, como los limpiacristales del One World Trade Center, para sacudir el subconsciente colectivo mientras las cámaras de televisión registran el suceso. También cuando les enloquece la hipoteca y desprecian su anonimato entrando en una sucursal bancaria, pistola en mano, con la única intención de recuperar lo que es suyo, que esto es muy de los EE.UU., también.

Pienso, hoy, que el funambulista francés eligió bien su apellido: "Petit", que, como bien sabrán, es el equivalente francófono a nuestro hispano "pequeño". Así, desde su ágil pequeñez, realizó una gesta poética que anticipaba la lírica cotidiana del que trabaja con su cuerpo, aunque haya de sostenerlo en peligroso equilibrio tan cerca del cielo... o quizás por eso.

jueves, 23 de octubre de 2014

y volver, volver...

Madrid me recibe con escasa alegría, mostrando su mueca más torva, afilando ante mí su mandíbula de borrasca mientras frunce, carente de piedad, un entrecejo de nubarrón y tormenta. Quiero decir que, a mi llegada, los cielos madriles desperdigan brochazos que luchan por anticipar el brusco lienzo goyesco del otoño. Es evidente, si algún madrileño lee esto, que escribo con retraso: hace días que un sol imprevisto ha decorado de escotes y gafas de sol las aceras de la capital. Pero escribo con retraso, insisto, ya lo saben quienes me conocen, así que regreso a los días de mi retorno al país: llueve, hace frío, la garganta se reseca y he de cuidarla con altas gradaciones etílicas, que dicen que el alcohol todo lo mata... hasta las esperanzas.

Llegar a la ciudad que te ha visto tropezar tantas veces, pisar de nuevo el sendero de adoquines grises (tan opuesto al de baldosas amarillas) al fin del cual deseabas encontrar un arco iris de calma y sosiego, para descubrir que su herrumbre de pasos gastados se tiñe de hastío y desesperanza. Las televisiones arden en fuego cruzado de corrupciones e ineficacias políticas, tarjetas black, ébola, inmigrantes apalizados y demás entertainment.

cortesía de "la red"
Mejor entregarse al sueño intranquilo de la Literatura, reabrir cajas y extraer de su estómago de cartón volúmenes ajados que sobrevivieron a tu período de desapego: cambiabas de país, metías tu vida en una mochila, regalabas libros y vinilos, ¿quién los tiene ahora? Afortunadamente puedo acudir a los restos del naufragio, y rescato de entre ellos una vieja edición de Thomas De Quincey que recoje las Confesiones de un inglés comedor de opio y El asesinato considerado como una de las bellas artes. La prosa subversiva del británico, recoletamente adecentada con un lenguaje exacto y certero no carente de filosofía, pedestre pero intensa, logra ausentarme momentáneamente de los terribles devenires de una nación que chapotea los barros de la indecencia en top less y sin previa ducha que la exponga en sociedad más presentable, menos grosera de lo que se antoja. Un desnudo obsceno, desagradable, nada apetecible. Como el de aquellas añosas europeas a quienes atisbábamos desde la playa de la adolescencia. La novedad: mujeres aireando sus pechos al casposo aire mediterráneo, pero nunca las jóvenes amazonas que nos regalaban las páginas del Playboy robado en el quiosco del barrio al primer despiste del dependiente. Decían que las playas españolas se inundaban de deseables impudicias, y nosotros, asomados a la torpe edad de la torpeza, sólo alcanzábamos a ver una especie de decadencia de occidente spengleriana en los pechos maduros que ya reclamaba la tierra, tan sabia, con su magnetismo newtoniano, haciéndolos colgar como esparadrapos usados o banderas de ejército vencido. Pues igual el desnudo nacional, decrépito y nada sabroso, salvo para los paladines del todo vale.

Defendía, el literato inglés, el consumo de opio para potenciar la verbalidad y llevarla al papel. Por lo escrito, podemos asegurar que no le vino mal. Más tarde, en su otra obra cumbre, filosofó alrededor de la estética del crimen, dejando a un lado la importancia de la vida perdida a manos del criminal, indagando en la metodología que este pudiera seguir para transformar su delito en una obra de arte. Para De Quincey, o quienes por su boca hablan, en el libro, si logramos evadir la reincidencia moral en el deleznable hecho del asesinato, podremos prestar mayor atención a los condicionantes estéticos del mismo. Después de releída la citada obra, uno no sabe bien a qué atenerse. Luego enciendes la televisión y ves desfilar a la recua de fantoches que ensanchan el bolsillo de sus chaquetas con los réditos del latrocinio. Observas los rostros perplejos de ciudadanos que acuden cada día a la factoría de engaños que llamamos trabajo. Contemplas el pánico ante el mínimo brote de un virus que en otras latitudes devora vidas como caviar engullen los responsables de la política y la mercadería nacionales. La consecuencia es obvia: piensas en De Quincey, le das la razón, y comienzas a urdir mentalmente asesinatos de una exquisitez intachable: despellejar despaciosamente a los famosos consejeros de cierta entidad bancaria con una de las tarjetas que utilizaban para regalarse viajes al Caribe a cuenta del contribuyente, organizar una ruleta rusa sin pistolas en una habitación cerrada en que los participantes que acompañasen a un mediático consejero de sanidad fuesen un grupo de guineanos contagiados irremediablemente de ébola, organizar unos 2.000 metros obstáculos en que corran los mandatarios gubernamentales y sus secuaces debiendo saltar vallas coronadas por concertinas y en que el disparo de salida, este sí, sea en plan ruleta rusa apuntando de manera azarosa y con balas reglamentarias a la cerviz de alguno de los corredores, y en este plan. Pura demagogia, o sea. Pero hoy me apetece ejercer de demagogo y recordar que esta Europa que vivimos y a la que creemos pertenecer no sería lo que es (para bien o para mal) de no haber subido y bajado, redecorando en hemoglobina las nubes viajeras de un París en llamas, aquella afilada hoja de afeitar futuros voraces que dieron en llamar guillotina.

Nubes de un París ensangrentado. Nubes que se han desplazado a Madrid para descargar sobre el laberinto procaz de sus calles todo un vómito de tormenta otoñal y ciudadana que sólo añadirá mugre a la acumulada y aposentada inmundicia. Quizás sea hora de comenzar a teñirlas de sangre, las nubes. La otra opción sería recurrir al opio para, como De Quincey, mejor entretejer palabras sin que estas se traben en demagogia de enrabietado ciudadano expatriado que regresa a su país para lamentar su peligrosa deriva.

martes, 30 de septiembre de 2014

jet lag en el alma

a mis amigos, que saben quienes son

Llegó el momento (again) de intentar comprimir, en el universo portátil de una mochila, constelaciones de horas vividas, labios compartidos, licores vertidos, latidos desprogramados y memorias futuras. No diré, ahora, que sea triste partir. Pero es extraño contemplar cómo todo lo anteriormente citado toma forma de calzón descosido y calcetín fermentado, en el fondo de la mochila. Verter tu vida en un macuto, lo lamento, no es cool, salvo que tengas dieciocho años, pocas responsabilidades, y una Visa Oro con que recorrer el mundo de friendly hostel en pensión de saldo. Además, un servidor, con el tiempo y la edad, comienza a temer el jet lag, cosa de la que no tienen constancia los irresponsables mochileros adolescentes de la tarjeta de crédito desprovista de fronteras.

Cochabamba es ya un epitafio festivo, una festividad agria en que se enredan las palabras, miradas, besos y abrazos de todos aquellos que hicieron que mi vida en esta ciudad fuese tal. Desearía hablar también de las decepciones, del horizonte redecorado a puñal por los próceres de la patria. Pero más vale ser cauto, no vaya a ser que me impidan abandonar el país y quede aquí varado al vaivén de una bajamar de burocracias kafkianas y coimas infames. Además, atravieso esta noche parajes de alcohol y Leonard Cohen, aguzo la vista para evitar la neblina agria del tabaco, tropezando una y otra vez con arbustos de melancolía. Así que me falla la dicción para verbalizar la verborrea ingrata de políticos y demás alimañas.

Noche de comenzar a añorar la presencia de todos aquellos que acompañaron mi "retiro" boliviano, ya digo, antes incluso de haber partido. Pero demasiado temprano para recapitular, como al borde de un beso que es duda, o al filo de la duda de un beso. Y es que en las últimas horas se ha descongestionado la circulación de mis latidos, al acelerarse el tránsito de reuniones y despedidas. Salgo de casa con un disfraz de sonrisa y brindis, para regresar después con la máscara hecha trizas y una negra sonrisa de saudade asustando a ese amanecer que, momentos antes, me acechaba tras las farolas de la ciudad dormida.

Imposible obviar lo amargo del güisqui que me congela la sonrisa recordando que, en el tráfago de conversaciones ebrias de la despedida, la noche decidió vestirse de mujer para desordenarme el caminar, los músculos y el horario. Así fue que entregué mi tiempo a esa noche fémina, dejándome guiar por ella hacia la duda del alba, estrechándola entre mis brazos, ensuciándome de estrellas los cabellos y las manos. Es después, mientras intento recuperar la lucidez que me permita abrir el candado que se supone cuida mis escasas y estúpidas pertenencias, cuando recuerdo que quise besarla. Pero no pude, me faltó valor. Imaginé que, de haberlo hecho, hubiese perdido su vestido de media luna para tornarse sol naciente que me hubiese cegado la vida. La noche, la mujer, es lo que tienen: por ellas transita el tiempo sin dañarlas. Sólo a nosotros, que las contemplamos, nos duele el tictac milagroso de su minutero. Quise besarla, o sea, pero el reloj me golpeaba el ánimo, y estando contado mi tiempo en la ciudad, mejor no descubrir que su noche no deseaba mi beso como yo sus labios de oscuro resplandor. Porque el beso, cuando es duda, despierta llagas que no hidrata reguero alguno, y más vale duda que rechazo. Yo, de haberme rechazado la noche (o la ciudad, o la mujer, ya no recuerdo), no sé cómo ni dónde hubiese acabado.

Decía, antes, del jet lag, que es mal que aqueja a quienes surcan a lomos de aeroplano las imaginarias fronteras horarias trazadas por científicos y gente del estilo. Ahora pienso que el jet lag no es tan grave. El cuerpo es sabio y se recupera del descontrol horario despejando, con una buena siesta, su ecuación de minutos bromistas. Pero el alma nunca se recupera de la duda de un beso que pudiste hurtar a los labios hembra de la noche, o a la boca de callejón y milagro de la ciudad durmiente, o a esa mujer de labios de luna que te clausuró el crepúsculo... ese es jet lag de largo recorrido, como los vuelos transoceánicos que clausuran, con su coreografía de fierro, la danza anárquica de las aves.

Otra copa. La penúltima. ¡Va por ustedes!

domingo, 24 de agosto de 2014

ni vírgen ni suicida

Existe un país anómalo, perdido entre las cartografías de fusil y moneda de esta Europa que se nos extingue sin que apenas nos demos cuenta. Un país donde los ejércitos sólo saltan las 625 trincheras como líneas de los televisores. Una nación que hace bandera de su neutralidad militar y su cerebral legalidad. Un puerto pirata al que pueden arribar los sacos de monedas extirpadas a los más necesitados en la lucha por la supervivencia. Un crisol de comunidades llegadas de los cuatro confines para sólo escuchar la música de cencerros de vacas de postal turística. Hablo de Suiza, claro.

Pero además de paraíso montañés y pacífico, Suiza es el lugar al que llegan, para mejor morir, aquellos a quienes la vida ya ha desahuciado. En Suiza, quiero decir, además de turismo de montaña, pasa por caja el turismo suicida. Y no me refiero a intrépidas internadas en cañones naturales o brutal caída libre desde acantilados. No hablo del turismo de aventura o el deporte extremo, esa necedad inventada por el humano que dejó de serlo para sentirse más vivo. Hablo de quienes, habiendo vivido ya lo suficiente, deciden acercarse a Zúrich para que un cualificado y bien remunerado equipo médico ponga fin a sus días sin más dolor del que ya se lleva padecido. Dice la prensa que este turismo otoñal se ha duplicado en el país del queso y el chocolate, en los cuatro últimos años, y los adalides de la vida y la cruz aseguran que deberían hacer algo, las leyes internacionales, para impedir tales dislates. No sé, no contesto.

Vengo yo, estos días, flirteando con el suicidio, cada vez que te recuerdo y casi acaricio de nuevo la duda de tus piernas, en el amor, cuando querían ofrecer respuestas a mi metafísica de andar por casa. Y es que extendías, sobre el pasto arrebatado de mis labios, el mantel de picnic frugal de tu pubis como incitándome a despejar una ecuación de mañana y siempre que a mí se me enredaba en la lengua. Porque mover la lengua, al fin, es lo único que uno sabe, sin preocuparse de que tengan sentido sus movimientos o sean sólo invertebrado párrafo de obviedad y orgasmo. O sea que, al hablar, como al pretender agotarte, mi boca se mueve rápido pero sólo balbucea. Tan carente de sentido uno mismo, siempre, ya pretenda vocalizar dudas o fluidos. 

Porque en el estallido mudo de tu placer, amor, desearía hoy sepultarme y cerrar la boca. Suicidarme entre tus brazos de futuro incierto. Así que subo al balcón rubio de tu recuerdo, me asomo a la azotea vertiginosa de tu voz, camino la cuerda floja de tu caricia, deseando resbalar o, mejor, hacer acopio de la valentía que no tengo, para saltar al vacío. Porque la vida, al fin, sin el horizonte azul de tus caderas, comienza a ser vacío.

A Suiza no pienso exiliarme. Ni siquiera conozco aquel nevado terruño. Pero comprendo a quien, agotada la vida que puede llamarse tal, decide concederse un último paseo por los senderos de halógeno y asepsia de sus sanatorios terminales. Los hay que, en virtud de religiosos dictados, defienden la vida aún cuándo ha dejado de serlo (también cuando aún no lo es, recuérdese a los ingobernables miembros del Gobierno que nos desgobierna). Yo sólo digo que hace falta ser valiente para poner punto y final al párrafo desconcertante de la existencia cuando éste deja de comprenderse, debido a temblores o falta de lucidez. Y que de algo, Suiza, esa extraña nación, puede vanagloriarse al defender la vida negando todo tipo de guerras: las trasnacionales y aquellas en que un ser humano enfrenta sus peores pesadillas. Sí, al fin, dirán algunos, Suiza mata. Pero lo hace sin arma química, ni bacteriológica. Ni siquiera blanca, como sus nieves eternas. Y no asesina cobardes reclutados para la masacre, tan sólo ayuda a los valientes a cumplimentar, como en las entrevistas de trabajo, el cuestionario final de una vida que ya reclama nuevos candidatos. Que a la muerte, como a la persona amada, hay que saber enfrentarle la mirada.

Yo, hoy, te recuerdo, y a pesar del dolor, pienso que aún podría volver a estrechar el cuero loco de tu cintura, apresar el regato valiente de tu garganta, redibujar el contorno perfecto de tus pechos con mi cincel de labio y miedo. Mi cobardía aún me niega el suicidio. Ni aquí, ni mucho menos en Suiza que, siempre lo he pensado, sólo tiene bancos y chocolate. Uno carece de dinero. Y el chocolate, cuando lo hay, prefiere fumárselo... por combatir los miedos o, al menos, aplazarlos.

martes, 12 de agosto de 2014

más dura será la caída

A nadie sorprende, a estas alturas, que la vida es sorprendente caudal de sorpresas prestas a desbaratarnos el entendimiento y los relojes. Así ocurre, por ejemplo (doy fe), con la paternidad, que imaginamos destartalado y retorcido sendero de obligaciones y responsabilidades. Porque ser padre, sí, nos enfrenta a una ajetreada singladura de sueños postergados y pesadillas futuribles. Pero también nos oferta una floresta de sensaciones y memorias en las que, sin duda, más nos valdría perdernos.

Manido recurso decir que a través del niño, de su mirada, comenzamos a mirar a la vida cara a cara, recluido al más oscuro rincón de la existencia el ejército de máscaras con que gustamos de enfrentar la guerra de guerrillas del día a día. Prefiero pensar que con el niño, mediante su contemplar impudoroso y animal, podemos asomarnos a ese suelo que pisamos, en demasiadas ocasiones, sin preguntar si le duelen nuestros pasos. Hay que agacharse hacia el niño, tumbarse en el piso y descubrir, con él, los sótanos de nuestro caminar por la vida como si ésta se hallase en las alturas. Porque la vida, como la muerte (su reverso), habita a ras de suelo.

Si no me creen pregúntenselo a los miembros del servicio secreto que custodia la Casa Blanca estadounidense, a quienes hace unos días se les coló un niño, como riachuelo despreciable o borbotón de sangre derramada en reyerta de fin de semana, entre las piernas. Eso cuentan los noticiarios, que un bebé se internó en la Casa Blanca sin que nadie supiese cómo. Claro, los vigilantes andarían atareados examinando los techos colindantes, en busca de francotiradores. Demasiado encumbrado, su punto de vista, para un niño. Y ahora ellos, tan preocupados por las alturas, deben bajar a ras de suelo para buscarse otro empleo, por su ineficacia laboral.

Me gusta jugar con mi hijo situándome a su altura o, a ser posible, aún más abajo, y descubrir, con él, la batalla entre las pelusas de la escasa higiene doméstica (un niño, es lo que tiene, apenas te deja tiempo para nada, ni siquiera limpiar) y los mechones de lucidez grisácea que va perdiendo el gato (con la edad, no sólo los humanos perdemos cabello). Es en esos momentos que descubro que la vida es más pequeña de lo que deseamos pensar, y que al trotar de zapatos veloces y neumáticos vertiginosos le sigue, inevitablemente, un procesionar moroso de minutos que nunca vuelven, por ejemplo. Si alguna enseñanza tiene el ser padre es la de recuperar la mirada de corto alcance y desterrar por siempre la quimera de lo eterno, o el largo recorrido de esa ambiciosa imaginación que nos lleva a proveernos un futuro de acomodo y grandeza, aunque sea éste a costa de quienes no tuvieron la suerte de estrenar calzado de diseño con que devorar grandes recorridos.

Estos días, también, además del bebé escapista que ha burlado la seguridad familiar del Amo del Mundo, otro insubordinado infante ha eludido los sistemas de seguridad de medio planeta, incluso de la prensa seria, que ha dejado de informar de fútboles y veraneos empresariales porque entre su maleza tipográfica se ha infiltrado un revoltoso nene africano. Un recién nacido que porta en sus huellas dactilares semilla de defunción y latido de epidemia. Me refiero al ébola, ese pequeño virus que actúa con la grandeza de un emperador de los de antaño, surcando la tierra, en su gatear inconsciente, para moldearla de sepulcros y adioses.

Mi hijo, a veces, creo que pretende enredarme los cordones de los zapatos. No sé, aún, si lo hace para reír al verme caer, o para, tras mi obvio batacazo, tenerme a su altura y enseñarme a ver la vida con la inferioridad natural que él la contempla. El ébola, ese otro niño, está buscando empleos de ultratumba a numerosos ciudadanos de esos que aún consideramos de segunda: africanos, granero de Occidente, lazarillos del hambre, mano de obra gratuita... negros. Pero deberíamos pensar que quizás no sea tan despiadado. Tal vez sólo pretende atar los cordones de los zapatos que calzamos quienes nos sentimos con derecho a esclavizar a todo un hemisferio geográfico. Pero lo hace con la lógica natural de los niños, con su lúcida crueldad.

Respecto al bebé que esquivó alarmas y Ray Ban de espejo norteamericanas para introducir su reptar de felpa en los pasillos de la Casa Blanca, un servidor lo tiene claro: sólo pretendía entrar al Despacho Oval para atarle los cordones de los zapatos al presidente del Orden Mundial Establecido que, por otra parte, por si no recuerdan, es casi tan negro como las víctimas del ébola... casi.

Ya lo advertía Mark Robson en aquel inolvidable film protagonizado por el grandioso Humphrey Bogart: Más dura será la caída.

sábado, 26 de julio de 2014

un don celestial

Días en que la rabia mordisquea mis latidos y la impotencia asfixia mis lamentos, de sentirme muñeco oxidado en las estanterías del desuso, mientras asisto (como el medio mundo supuestamente informado) al tropel de tropelías que los ejércitos del Holocausto ejercen incivilmente sobre civiles indefensos. Me refiero, evidentemente, al premeditado, calculado y pausado exterminio de la población palestina. Pero mejor no hablar de ello, que luego me tildan de radical, como ocurrió no hace mucho en público debate en que se trataba de arrojar un poco de luz histórica sobre tan tremebunda situación.

Así que, en cualquier caso, haciendo gala de radicalismos más amables, me abandono estos días a una drástica, frenética, extremista escucha sincopada de las obras musicales de David Bowie, ese Dios. Y me entra la duda, no se crean, al pensar qué ocurriría de ser Bowie el Jehová de los judíos, o el Allah de los musulmanes, aunque de más esté pensar que estos genocidios y terrorismos responden, aún, a cuestiones religiosas. Salvo si recordamos que la religión es herramienta política para el sometimiento de los pueblos (el opio ya se lo fumaron y parece que les sentó mal). Pero eso es otra cuestión, ya digo, y pido disculpas por abundar, a pesar de todo, en el tema. 

David Bowie, cortesía de "la red"
Retomo el hilo y aclaro que hoy quiero hablar del músico británico. Bowie, nacido David Robert Jones, hace ya casi 70 años, ha surcado las marejadas de modas y melodías con la sincronía perfecta del veterano marino, ése que arrumba temores y abruma licores cada vez que se pone al mando de navíos y fragatas. Él ha sido todo y aún lo es, y su discografía da para concienzudo estudio de lo que la música popular ha sido hasta que llegaron los adalides de la mercadotecnia glotona y la lírica sin prosa. Y aun, todavía, sigue remando Amazonas que algunos pretenden Aqueronte dada la avanzada edad del cantante. Pero la música, amigos, como Dios, no tiene edad, y las armonías que un día nos hicieron estremecer lograrán hacerlo hasta que Caronte nos ceda plaza en su barquita de espanto y sosiego.

Así que escucho una y otra vez Space Oddity, y pienso en ese Mayor Tom que se perdió en el espacio, quizás buscando el origen del Universo. Resulta que si el Mayor Tom regresó al planeta Tierra, alguna vez, fue para convertirse en adicto a las drogas duras y comprender que todo su mundo se había resquebrajado. Así lo recordó Bowie en Ashes to Ashes. Si el citado personaje se hubiese dedicado a acudir a misa los domingos y fiestas de guardar tal vez se hubiese ahorrado tal debacle vital. Tan claro tienen sacerdotes, rabinos y demás depositarios de la verdad revelada la procedencia, nombre y leyes de Dios. Sin ir más lejos, la Conferencia Episcopal española, que pocos días atrás advirtió a sus feligreses del pecado nefando de llevar la contraria a su divino hacedor pensando que la identidad sexual pueda ser una opción personal. Así lo han asegurado los portavoces de Cristo en esta Tierra nuestra que ya sólo barro aparenta, y cito: "Algunos creen erróneamente que cada uno puede optar o elegir la orientación sexual independientemente del cuerpo con que ha nacido. Pero la identidad sexual no se elige, es un don que se recibe". Ahí queda eso.

Hago oídos sordos y regreso a Bowie, y le escucho contoneando su indefinición sexual en Jean Genie, y contemplo su rostro desdibujado de purpurina y colorete, y rememoro los dimes y diretes de aquella supuesta relación sexual con Mick Jagger, entre otros. Ante tal entrega radical al casi setentón bardo inglés no puedo más que preguntarme qué hubiese sido de mí de haber descubierto su música a más temprana edad. Quizás hubiese decantado mi identidad sexual hacia el macho, contraviniendo así los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Claro que podría defenderme en este nuevo proceso inquisitorial que se nos impone con la sutileza de un vampírico mordisco en la nuez alegando que mi sexualidad es don por Dios otorgado: porque Bowie, para un servidor, es lo más parecido a Dios.

Suena Heroes y pienso en las murallas tras las que el Estado de Israel comenzó a organizar un nuevo Mauthausen en que, como en el de Hitler,  proceder al calculado y poco religioso exterminio de una raza, en nombre de un certificado de propiedad dictado por un Dios envidioso y justiciero en libros que ya pocos leen y en cuyas letras muchos aseguran hallar su identidad, si no sexual, si comportamental. Bien es cierto que sus métodos son más inmediatos y menos maquiavélicos que los que con los suyos emplearon los nazis. 

Pero hemos de recordar que no sólo judíos fueron exterminados allá, o en Dachau, también (entre otros muchos) homosexuales. Qué manía la de los dioses bíblicos con la identidad sexual. Me pregunto qué hubiese ocurrido, en nuestro planeta, si Bowie fuese, al fin, reconocido como Dios. Un servidor, a pesar de todo, hubiese seguido los pasos del músico, hasta lograr matrimonio con una venus somalí como esa Iman que acompaña, desde hace años, su envidiable vejez.

miércoles, 9 de julio de 2014

trabajando el deseo

Si algo bueno tiene la prensa, la poca que queda, es que nos permite viajar sin dejar de ensuciar con nuestra sombra el teclado de la computadora. Así, surcando los abruptos oleajes del ciberespacio, podemos acercarnos a la China, el Tíbet, Tegucigalpa (está en Honduras, por si no les apetece buscar en wikipedia) o Taiwán. Es en este último destino donde sabemos, gracias a los noticiarios, que un empleado de la compañía nacional de ferrocarriles ha recibido los parabienes de sus empleadores tras 24 años de vida consagrados en cuerpo y alma a la amada empresa que pone en los platos de su familia el condumio necesario para la existencia.

Nada raro en 24 años laborales, menos ahora que pretenden que los octogenarios sigan fichando entrada y salida de la oficina de turno. Lo curioso del caso es que Yang Chao-Shun, que así bautizaron sus progenitores a tan esforzado trabajador, no ha disfrutado ni un sólo día libre durante sus 24 anualidades de servicio. Pueden imaginar el alborozo de sus patrones. Sí, tan felices estaban del modélico esfuerzo de Chao-Shun que decidieron hacerle público homenaje y entregarle una placa que le distingue, como "empleado ejemplar". No hubo comida ni subida de sueldo, al fin y al cabo el trabajador había dado, justamente, ejemplo de austeridad durante esos 24 años. Tan austero fue que ni siquiera se permitió el lujo de llenar el bosillo de su organismo de virus alguno. O sea, que ni por enfermedad dejó de trabajar ni un solo día.

Regreso yo, estos días, de la enfermedad del amor, del recreo de la piel, cuya necesidad te acomete de improviso en el momento menos oportuno. Paseando las calles de la noche, por ejemplo, en que sorprendes la ortografía crujiente de unas piernas de mujer reescribiendo la novela barata de los adoquines, y deseas volcar sobre la página suave de sus tacones el tintero de tu deseo. O desperdiciando el rubor de nube tímida de la mañana urbana en que una sonrisa de seda lanza puntadas al mediodía para coser su gloria de sudores y escotes, y deseas recomponer su zurcido de saliva con el lenguaraz pespunte de los labios. O caminando senderos de pasto mordido por el amanecer de un solsticio de invierno en que deseas fundirte con la piel oro y fragancia de esa hembra cuya mirada descompone los días y los relojes. Después arribar al desaseado cuarto de un hotel sin más categoría que la que le ofrenda tu desnudo de fulgor y sombra: la sombra que parecen inventar tus pechos y que yo trabajo con la cautela de un asesino a sueldo, la sombra en que quiere recluirse tu pubis y que yo trabajo con la tenacidad de un herrero, la sombra que envejece al latigazo de tu cabello y que yo trabajo con la ternura del jardinero, la sombra a que tus nalgas otorgan luz de manzana seccionada y que yo trabajo con la glotonería de una cocinera de extrarradio, la sombra que perfeccionan tus labios y que yo trabajo con la húmeda concentración del marino mercante... y tu fulgor de jugos trabajando el tacto de temperatura y alcohol de mis dedos, tu fulgor de salivas trabajando el tartamudeo de dicciones y suspiros de mi paladar, tu fulgor de sudor trabajando el recorrido de torpezas y error de mi musculatura, y, sí, ¡ay! tu fulgor de orgasmos trabajando el buril de carpintería carnal y equívoca de mi sexo.

Ya no sé si es enfermedad que me obliga a darme de baja, por unos días, de la vida, el amor, o un trabajo intermitente del que necesito vacaciones cada cierto tiempo, por no desfallecer, por retomar fuerzas y aplicarme con mayor pericia en la siguiente ocasión. Pero tengo claro que, de ser así, no puedo aspirar a más honor que el que tú, mujer, tú que eres mi empleadora, decidas distinguirme algún día como "empleado ejemplar", al igual que al trabajador ferroviario taiwanés, y decidas abrirme despacho en la oficina de pulpa y miel de tu vientre. 

A Chao-Sun ni dinero le dieron ni subida de sueldo, pero ¿a quién satisface la moneda si es que ama su trabajo? Siempre he defendido que el trabajo, por sí, es intrínsecamente nocivo para el desarrollo humano. Pero estos días de baja laboral en que la única actividad a que me entrego es la del amor entre tus brazos, pienso si no sería posible que tú, vosotras, decidiéseis contratarme para jornadas de 8 horas bregando entre el fulgor y la sombra de vuestros cuerpos. Prometo no pedir ningún día de vacaciones en los próximos 24 años.

jueves, 19 de junio de 2014

dios salve a la reina

Caminábamos las calles de imperdible y desastre del barrio de Chueca, años antes de que las horadasen las hordas de la modernidad gay, aquellas otras hordas del todo vale y no hay futuro. Antros desacordonados en desacordes que rugían por un presente marchito, en la voz de Jhonny Rotten, al ritmo de la saliva ensangrentada y la rabia amaestrada, poetas del punk, orates de la nada, efedrina, marihuana, hachís y cocaína, andurriales del espanto de una generación robada, charcos de la mansedumbre que no desea seguir arrodillada.

Aquellos bares, Ramonas, Jam, Clash, crestas de cabello decolorado recortado a la puerta de los soportales con tijeras infantiles de esas que nos obligaban a utilizar en las clases de Manuales por evitar incidentes, armas blancas, líneas blancas en bandejas de lata en tantas fiestas en que los Ramones gritaban Hi, ho, let's go! Y nosotros a la vereda del espanto, recién salidos de la debacle de la heroína, que tantos amigos se llevó por delante, tantos que tenían la edad de nuestros hermanos, regocijándonos en la estética de tela escocesa y Dr. Martens con que gustábamos de patear cubos de basura y muescas de noches sin amanecer... otros tiempos, y sólo quedó la rabia agrietada en la garganta de Rotten, desprestigiando el desperdicio de un Imperio que aún empleaba a fondo su maquinaria colonialista, en esta ocasión para colonizar el futuro de tantos jóvenes británicos. O sea: God save the Queen.

Uno anda siempre disculpándose por escribir con retraso y recuperar las noticias cuando el vendaval de los días ha desordenado ya su cabello de tipografía y urgencia. Es por ello que hoy, intentando ponerme al día, vengo aquí a traer un tema de rabiosa actualidad... bien rabiosa, oigan.

Si ninguna de las manifesaciones desautorizadas por la Delegación del Gobierno decide tomarse la justicia por su mano y llevar a cabo sus maquiavélicos planes de regicidio (difícil: 120 adiestrados (sí, como los perros) francotiradores), si no se produce el milagro de los panes y los peces multiplicando las muestras de dignidad ciudadana en los altares de la gobernanza (imposible: al menos 296 de los 350 diputados (sí, esos que deben defender los intereses de aquellos que les llenan el plato de caviar y strogonoff) adiestrados en la continuidad medieval), si nada de esto ocurre (que no va a ocurrir, creo que ya ha quedado claro), España tendrá hoy un nuevo rey.

Estarán ya tronando los voceros del intrépido periodismo de investigación patrio las bondades de aquel que abandona el trono en favor de su hijo, también poseedor de excelsas virtudes bien ganadas tras años de esfuerzos costeados por todos los que, hoy, verán su sonrisa principesca y bien educada en televisión y demas medios desinformativos.

Fotografía promocional de los Sex Pistols (cortesía de la red)
Ignoro si son los astros en conjugada conjunción de conjuntos de casualidades lo que hace que ande, estos días, enfrascado en recuperar los acordes discordantes de aquella banda británica que vino a proclamar lo que ya estamos viviendo: la ausencia de futuro. Me refiero, por supuesto, a los Sex Pistols, aquel cóctel molotov de drogas urgentes y tonadas de urgencia gamberra sujetas con imperdible a la piel del sistema. Mucho se defendió Jhonny Rotten, líder de la banda, ante las acusaciones de erigir en la letra de la canción God save the Queen un ataque frontal y descarado a la monarquía británica. Se disculpó explicando que su diatriba no apuntaba a la reina, sino al gobierno insular en pleno, y a la desidia silenciosa de su sociedad.

Un servidor, acompañado en su deseperación ante la deriva hispana por muchos conciudadanos, hoy, no dispondría al vuelo banderas republicanas. Tampoco dispararía a matar. Pueden quedar tranquilos los francotiradores. Recuerdo que tampoco lo hicieron los punks. Sus únicas balas jugaban tiovivo en la ruleta rusa de una pistola que nadie dispararía, pero proclamaban god save the queen, y yo cantaría lo mismo, hoy, ante el féretro de la democracia que se paseará travestido de rey, príncipe, princesa o reina, como en esas teleseries de guerreros medievales tan de moda. Repito: dios salve a la reina

Imagino por un instante un Madrid podrido de jóvenes punks aullando su nihilismo al paso de la carroza real. Quien sabe, tal vez la carroza se convirtiese así en calabaza, y Cenicienta volvería a sus labores de asistenta de hogar, más dignas que las de los dignatarios dignamente obligados a vivir del cuento para mejor conducir al rebaño ciudadano hacia los pastos de la idiocia y el esperpento. Al fin y al cabo, vivir del cuento ya lo hicieron los hermanos Grimm. Con mayor beneficio, sin duda, para la humanidad.

Mañana, si tengo tiempo y ganas, continuando con esta nueva faceta mía de reportero de actualidad, les hablaré del mundial de futbol y de los 720.00€ que, afortunadamente, ya no se embolsará cada uno de los jugadores de la selección española (disculpen, lo sé, parezco un antisistema de esos), denominada la roja... y gualda. Menos gastos allende los mares, más capital para engrandecer los fastos de coronación de este nuevo rey que por más que lo pretendan nunca será de todos. Si hubiesen andado más despiertos, los mercachifles de la pirotecnia gubernamental, hubiesen contratado a los miembros aún vivos de los Sex Pistols, para que gritasen, en la ceremonia, God Save the Queen... al fin y al cabo, todo es cuestión de mercado, y España siempre se ha caracterizado por un agrio humor negro que sólo queda en eso: en humor... como estas líneas absurdas a las que pongo punto final.

miércoles, 4 de junio de 2014

artistas invisibles

Allá por tierras hispanas, en ese pedazo de geografía descompuesta que se pretende avanzada mientras sigue la máxima de a rey muerto rey puesto (aunque uno no haya aún muerto y el otro nos vaya a ser impuesto), el encargado de dictar la política cultural no deja de sorprender a propios y extraños con sus declaraciones como provocadas por un mal viaje de peyote. Quiero decir que el Ministro de esa cosa que se empeñan en llamar cultura ha hecho pública su opinión respecto al oficio de músico. Nos dice, el gobernante, que es oficio demasiado bien pagado. Los músicos deberían cobrar menos, ha declarado el mandatario. 

Llevado por el llamado del dólar y el dividendo, un miembro de aquella gloriosa formación musical ya extinta de nombre Led Zeppelin ha decidido iniciar la reedición de las genialidades que, escondidas entre los oscuros surcos del vinilo, les hicieron grandes. Tales reediciones incluyen determinados temas descartados, ensayos inacabados, temas ametrallados en directo, y demás golosinas para los fanáticos del grupo. No será un servidor quien critique a Jimmy Page por tan demoledora táctica comercial. Al fin y al cabo maná divino es para mí cualquier nota arrancada a la guitarra del susodicho, o cualquier requiebro vocal de mi adorado Robert Plant. Cierto es que comulgo más con la actitud de éste, alejada de la melancolía y no ansiosa por vivir de los réditos de tiempos pasados. Pero, repito: bienvenidas sean tales reediciones.

Recuerdo cuando joven, arrullado por el falsete vibrante de Robert Plant, incómodamente aposentado en el salón familiar del que había obligado a exiliarse al resto de la familia, descubrir la pernera de mis pantalones mordida por una erección implacable, el envés de mi piel torpedeado por la vibrátil conmoción del vello en rebeldía, la garganta refulgente de salivaciones urgentes, el inmaculado deseo carnal provocado por cada cuchillada propinada por los acordes del extremo, aquel que transformaba los surcos del vinilo en Caja de Pandora abierta de piernas para mejor atragantarme con torbellinos epidemias desastres violencias imposibles de evitar, deliciosas de agotar... puro sexo en la epidemia de arpegios de la guitarra de Jimmy Page, en la galopada de trueno de la batería de John Bonham, en el mantra de fiebres engendrado por el bajo de John Paul Jones, en los versículos de deseo inagotable supurados por las cuerdas vocales de Robert Plant... puro sexo, ya digo: pura vida.

Símbolos identificatorios de los miembros de Led Zeppelin (cortesía de "la red")
Recién recuperado por la aguja del tocadiscos su inicial puesto de vigía, recién recompuesta la realidad de calma falsa tras la tormenta veraz del Martillo de los Dioses, tomaba entre mis manos la funda del vinilo, para descubrir que ninguna alusión había a los músicos hacedores de tamaño apocalipsis sónico. Aquel In through the out door envuelto en papel de estraza sin indicación alguna, aquella portada sin más noticia que una sucesión de símbolos de apariencia rúnica, aquel extraño objeto frente al que se reunía una familia años 50 como si de la comida de acción de gracias se tratase...
Led Zeppelin fueron artistas de la sensación, pero también de la invisibilidad. Y gracias a dicha invisibilidad lograron adelantarse a la mercadotecnia que asola nuestros días. El artista no era importante, lo sustancial era el producto. Y gracias al producto, perdiéndose en su interior, los cuatro jinetes de aquel apocalipsis melódico vieron catapultada su fama hasta límites estelares.

Pienso en Led Zeppelin, en su estudiada técnica de mercado, y me sorprendo descubriendo que el Ministro Wert, al contrario de lo que pensamos, hace sus declaraciones para devolver a los músicos su aura de estrella intangible. Lo mejor que puede hacer un músico, hoy, en España, es desaparecer, cobrar menos o incluso nada, disolverse en su producto, como hicieron los integrantes de Led Zeppelin. Tal vez de esta manera logren la gloria, como aquellos.

El mandatario de la cultura española, al fin, dicen, ha sido elegido por todos los españoles, incluso por esos músicos que, gracias a su reforma tributaria de las ganancias de los artistas, llenan sus recitales de público inexistente gracias a los inflados precios que éste no puede pagar para dar de comer a todos los involucrados en la cadena alimenticia de la cultura y el show bussiness. A todos menos al verdadero artífice del producto. O sea, en el caso que nos ocupa: el músico.

Afortunadamente hay otros profesionales del arte que ya dan ejemplo a los engreídos músicos de exuberante caché de la piel de toro: los escritores, un suponer, que deben emplearse a fondo en giras de recitales gratuitos que les permitan obtener, a futuro (aunque el futuro ya esté aquí y tenga forma de letra del banco o factura de la luz) más rédito del exiguo 10% que (como mucho) les reserva el arriesgado editor de turno (si tienen la fortuna de contar con la complicidad de editor alguno).

Somos afortunados, los españoles, de tener en el gobierno un ministro tan visionario como el citado Wert que, en sus declaraciones, parece estar dando un consejo a todos aquellos que desean vivir de la música: a la fama a través de la invisibilidad, como los Zeppelin. 

¿Y los escritores? Pues lo mismo, y con mayor ímpetu si cabe. Yo ya comencé hace tiempo a regalar mis textos en el ciberespacio... sólo me falta desprenderme de ese ególatra sentimiento de creador y borrar mi nombre de aquello que escribo. Al fin y al cabo, gracias a la nueva Reforma Educativa, España es un país en que todos sabrán leer y escribir. Y el lector buscará, ansioso, el nombre que se esconde tras las letras, al igual que buscábamos, de jóvenes, a los músicos ocultos tras aquellos símbolos. Mañana, si tengo tiempo, me busco un símbolo. 

Gracias, Sr. Ministro, por alimentar mi oculto deseo de parecerme a Robert Plant. Si es posible, eso sí, logre que se rebajen los precios de los productos capilares, a ver si puedo hacerme con una leonina melena como la que, aún a su edad, porta el cantante británico.

domingo, 18 de mayo de 2014

¡felicidades!

En el sur de la sureña Italia, un anciano profesor jubilado, ha decidido poner broche de oro a su edad de ídem acometiendo una gesta que ya quisieran los abanderados balompédicos de cualquier nación, o sus dirigentes culturales (sí, esos personajes que, careciendo de cultura y educación alguna más allá de la de el beneficio contante y sonante, se atreven a dirigir los designios de la de toda una ciudadanía). Resulta que el ex profesor en cuestión ha añadido a una vieja motocicleta un ingenioso soporte que soporta el peso incalculable en kilogramos de la cultura, la educación, la bondad y el amor al prójimo: una biblioteca móvil y gratuita que recorre los pueblos más perdidos del mapa del abandono italiano. Sobre su raído vehículo, el honorable anciano recorre los pueblos más abandonados de la comarca, ya digo, ofreciendo a niños y jóvenes la lectura de alguno de los 700 libros que lleva consigo. Su máxima es hacer comprender a la infancia que la lectura, más que obligación, ha de ser placer.

Un servidor, hoy, como consecuencia de la celebración de su onomástica, recibe felicitaciones que cruzan mares y mareas para instalarse en su biblioteca de sentimientos, la única de que dispone ahora, perdidos ya tantos libros en la marea torpe de la despedida, hace demasiado tiempo.

No ha habido hoy un nuevo vinilo de Neil Young, ni la gloriosa traducción de Alberto Manzano, en tapa dura, de la Trilogía Rosada de Henry Miller, ni esa edición de lujo de Apocalypse Now Redux, ni una caja de madera con tres botellas de Habla del Silencio, ni una entrada doble para el próximo concierto de Bunbury, ni un viejo fonógrafo marca His Master Voice perfectamente conservado y a pleno uso, ni aquella foto tomada en el Sahara marroquí deliciosamente enmarcada, ni los húmedos tatuajes de labios amigos adecentando mi rostro, ni la emoción de mi madre vertiéndose sobre la mesa al relatar por enésima vez la noche de mi nacimiento, ni la charla de tiempo y cariño de mi padre tras la opípara comida en que crustáceos y carnes rojas deleitaron nuestro paladar, ni el temblor de cariño con que me abrazaban mis hermanos, ni el roce furtivo de la exnovia al acudir a la cocina en busca del abrebotellas, ni las canciones quebradas en la voz de vino copa y chupito de los amigos...

Quiero decir que este cumpleaños pasa a formar parte de los más extraños que he tenido la fortuna de celebrar... sin vosotros. Aquí, en Bolivia, estos eventos, se festejan de forma distinta, y no puedo evitar el recuerdo de aquellas celebraciones de medianoche inacabable y amanecer desequilibrado.

Descorchábamos emociones y vaciábamos botellas de abrazos como vidrios rotos, esperando el amanecer que nos recordase que lo que celebrabamos era un cumpleaños y, por tanto, la celeridad de estar vivos pendientes de un fulgor de prisa que nos acercaba a la muerte. Molestábamos a los vecinos y sorprendíamos a las paredes con nuestro martillear de risa urgente y beso ebrio, mientras el parqué acumulaba los restos de un naufragio de confetti como brindis y copas como corazones rotos. Cantábamos equivocando la letra y bailábamos desorientando al baile. Fumábamos hierba crecida al albur de nuestra fraternidad invencible. Bebíamos licores de alta gradación anímica. La casa retomaba por unas horas su condición de hogar y al fuego de la chimenea inexistente crepitaban abazos, besos, palabras que pretendían decir toda su verdad antes de que el minutero recuperase su actividad fabril de vértigo y nada. El chino veloz aparecía a lomos de motocicleta para reponer los desastres de alcohol que consumíamos para mejor decirnos las verdades a la hora exacta en que alguien susurraba temeroso creo que ya es hora de marchar a casa. Recuerdo aquellas jornadas sin fin, recuerdo y pienso en vosotros y en cómo el motivo de la celebración, mi cumpleaños, finalizaba en el punto exacto en que comenzaba vuestro día siguiente de sueño evaporado, cabeza dolorida y sonrisa tumefacta.

Regreso al viejo profesor italiano, y casi puedo verle cabalgando su motocicleta, sonriendo a la sonrisa sureña de viento campesino de los pueblos recorridos. La noticia en que tuve constancia de su (insisto) épica gesta, es breve, acorde a las urgencias tipográficas de los noticiarios de la nada, y no habla de la reacción de los niños hasta quienes aquél se acercó con su biblioteca de ilusión y su literatura de sueño. Sólo hablan, en la nota, del profesor, proporcionando su nombre y apellidos, edad y demás referencias, homenajeando su desinteresada labor. Parece que no comprendieron, los redactores, que el homenajeado no ansía homenaje más allá de la sonrisa niña de un chaval dispuesto a disfrutar la lectura desde el momento en que la bilioteca ambulante entró en su redil de juego e infancia.

Quiero decir que la verdadera noticia, creo, comienza allí donde acaba la labor del alegre bibliotecario motorizado. La verdadera noticia comienza en cada uno de los niños que lograron y lograrán encontrar en la lectura, gracias a él, un placer perdurable.

Hoy, también, pienso en vosotros, que me habéis felicitado, creando toda una biblioteca de cariño como frases y abrazos como palabras que ahora leo con la humedad de la emoción cosiéndome los párpados. Y comprendo que no debería ser yo el homenajeado, sino vosotros, y que el verdadero homenaje es cada una de vuestras vidas, que han permitido a su locuacidad de horas veloces y tiempos que no vuelven, el delicado exabrupto de vuestra felicitación.
Es a vosotros, amigos, hoy, a quienes yo grito desde aquí, tan lejos y tan cerca: !felicidades!

lunes, 5 de mayo de 2014

la música de tu vientre

Parece ser que los científicos, hoy, ante la falta de fondos para estudiar viables vías para la liberación de esa dictadura molecular que es el cáncer, o esa oligarquía inaccesible que es la desnutrición, por ejemplo, entretienen sus entretenidas horas de contemplación, estudio y análisis en menudencias sufragadas por las multinacionales de la idiocia y el "todos iguales".

Disculpen que me aparte de mi natural "políticamente correcto" ajeno al insulto y la soflama, pero es que me inflama el ánima leer una de esas noticias con que la pretendida prensa seria insulta mi capacidad psicomotriz y psicológica en un domingo de lluvia desmedida y huracán latente. Aunque... rebajemos el tono y pongámonos a la altura de la verdadera noticia, que se produce en un medio audiovisual orientado a epatar y llenar los huecos que las personas de bien no pueden cumplimentar recurriendo al onanismo, por ejemplo, por hallarse ya mermadas sus facultades sensoriales. No sé bien si es el sacrosanto YouTube o una cadena privada anglosajona, quien ha creado el invento: poner en manos de un adolescente de hoy día uno de esos aparatos que llamábamos walkman y que servían para reproducir cassettes musicales. Hacen esto para registrar ante las cámaras las alucinadas reacciones de estos adolescentes conejillos de indias. Reacciones que podemos imaginar: qué es esto, para qué sirven estos botones, cómo podían vivir con este aparato "los antiguos"... y etecé etecé mientras quien observa el video de marras no puede evitarlo: menuda risa cómo cambian los tiempos que viejos somos y etecé etecé... y yo crecí en los 80 y los jóvenes de hoy no saben valorar y la música enlatada en internet es lo peor y etecé etecé... y grupos en facebook proclamando yo fui a E.G.B. y cómo molaba enrollar las cintas de cassette atoradas en los mecanismos del walkman con un boli bic y etecé etecé...

Vengo yo, estas noches, recurriendo a mi mano en pena para aliviar las penas con que la vida pretende condecorar mi pecho escuálido y animar el reloj de cuco resfriado que debería darle cuerda a mis horas muertas. Por supuesto, mi imaginario es fructífero en pieles y recovecos femeninos que acuden a la memoria táctil de mis dedos en el momento de la caricia solitaria, para salvarme la melancolía y redecorar de lúbrico gotelé las paredes de la habitación en que escribo perdiendo la temperatura de los días.

Y es que el inconsciente consciente, estos días, me derrumba la piel con besos que edificaron mi carne y redecoraron escalones en que el deseo, más que verterse, dio vida a la subida de peldaños perdidos en que convertí mi vida. Llegan a mí besos como metáforas y caricias como invencibles navíos naufragados en la batalla húmeda de la carne y el riesgo.

Así es como mis labios mudos recorren de nuevo la costura infantil de tu pubis despertando asombrosos asombros en la humedad terca de los tuyos. Mi pulso amenaza arritmia recreándote en el vacío que rodea, esta noche, mi erección de asesinato y nervio. Te recuerdo y elaboro, con la cinematografía inexacta de la imaginación, el milagro vibrátil de tu sexo, esta noche, ya digo. Y, no puedo evitarlo, me sorprendo ante el mecanismo táctil de tu vientre, intentando averiguar para qué sirven tantos botones, cúal apretar primero, qué efecto tendrá la soledad de mi tacto al deslizar el interruptor preciso y solitario de tu nervio.

El cuerpo, con sus recónditos engranajes, sus interferencias incomprensibles, su metafísica cuántica y sus mecánicas divinas. El cuerpo femenino que hoy, en la ebria noche del abandono a uno mismo, viene a mi memoria para sorprenderme de nuevo con su imposibilidad de clavijas como poros y tuercas como papilas gustativas. Me siento niño, ya ves, tan sólo recordándote, y tu pubis es un walkman en que introduzco con mimo y miedo el cassette desvencijado de mi sexo para preguntarme, al instante, cómo accionar el play que te arrebate de música interior en que acompasar mis deseos.

Así que no veo la noticia en la reacción de un niño ante el walkman que utilizaban sus padres. Al fin, yo, cuando recuerdo tu cuerpo desnudo, creo descubrirlo de nuevo y me pregunto para qué sirve, cómo se utiliza, de qué manera evitaré que la cassette quede enredada en tus labios quebrando esa música endemoniada que dice te adoro, te quier, te deseo...

Si esos jóvenes sorprendidos (los del video en cuestión) aman la música, es normal que no comprendan cómo reproducirla con un aparato antiguo. Yo, cada vez que muestras ante mi niñez de pequeño guerrero erótico la tecnología desnuda y perfecta de tu desnudo, comienzo a preguntarme cómo reproducir en ella las notas de tu voz quebrada en deseo.

De momento, esta noche, olvido absurdos experimentos generacionales, regreso a mis solitarios vicios, cierro los ojos y, con el poeta, canto: queda la música...

lunes, 21 de abril de 2014

indultando a Barrabás

Escribo con retraso, a pesar de que me lo han advertido: en las redes sociales has de ser rápido: noticia=impacto. Lo sé, ¡qué le vamos a hacer! Y no es que pretenda ahora negar la importancia de figurar en tan magno medio de descomunicación: de no ser por el vituperado facebook, quizás, hoy, seguiría vistiendo el pijama de muerto prematuro que tantas noches me salvaguardó del frío de guadaña amable de la vida en desarrollo. Y es que mis palabras toman vida, y vuelo, y fugaz pero insomne materia en los latidos de escasos pero imprescindibles lectores (tal vez el presidente (mejor, presidenta) de un club de fans de un sólo miembro) gracias a las llamadas redes sociales. 

Signo de los tiempos, ya lo decía el Príncipe de Minneapolis.

El caso es que pasó la Semana Santa. Falleció ya, e incluso resucitó, el Redentor de los pecados cristianos. Y expiró también ese otro Redentor de los pecados de aquellos latinoamericanos que se sintieron inferiores hasta que su palabra situó en el globo terráqueo sus tierras de selva feroz y guerrilla domada. Me refiero a Gabriel García Márquez, que murió estos días, casi a la par que ese Cristo de barba imperiosa y repetitiva leyenda. Claro que García Márquez no ha resucitado, dirán algunos. Yo, perdónenme, pienso que ha revivido en los bien pagados panegíricos de los rotativos de medio mundo y, también, fíjense, en las redes sociales. Sin negar merecida fama al autor colombiano, no soy yo feligrés de su literatura, al igual que no soy fiel de las proclamas cristianas por mucho que pueda llegar a admirar la musculatura macho de un dios crucificado cual gimnasta olímpico en las iglesias de medio mundo.

Se extingue el eco de esos tambores de piel muerta y redoble mentiroso que acompañan el paseo triunfal de un dios vituperado y sufriente por las callejas de poblados y las avenidas de metrópolis. Han dejado, los penitentes, un reguero de sangre de cocodrilo y lágrima de meretriz (o viceversa), por las calles de la ciudad. Y ahora les toca a los barrenderos de la madrugada retirar su costra de culpa e infortunio, como si de los restos de un botellón sagrado se tratase. 

Me asomo a esa España mía, esa España que unos pocos consideran sólo "nuestra" (de ellos,claro), y me espantan los chorretones de sangre mística empantanando el negro de las peinetas y enfangando la piel de los zapatos caros, qué pena. Y el Gobierno español, siempre atento al fervor religioso de sus correligionarios, ha decidido este año regalar al pueblo indultos bíblicos. Me explico. Parece ser que, cada año, rememorando aquella farsa jurídica por la cual Poncio Pilatos dejó en libertad al criminal que el populacho decidió en plena ordalía de embriguez y burla, el Gobierno español atiende el pedido de cofradías religiosas y hermandades ídem para reintegrar la libertad a un puñado de criminales. Recuerden: el famoso a quién preferís que libere, ¿a Barrabás o a Jesús de Nazareth? Prefirieron a Barrabás. Es lo que tiene el pueblo, que es inculto, y sólo lee el encabezado de las papeletas electorales, cada cuatro años, para no equivocar el voto que les convertirá en democráticos copartícipes del latrocinio que se cometerá en los siguientes cuatro años.

Este año, decía, el Gobierno se ha superado a sí mismo en su alarde de caridad cristiana, y ha respondido a tales peticiones de indulto con la puesta en libertad de un buen puñado de carteristas de esos que en vez de la mano deslizan, en tu bolsillo, un papel de articulado incomprensible en que previamente has estampado tu firma. Entre los indultados, el Director de una sucursal bancaria que cumplía condena por haber estafado 30.000 € a uno de sus clientes. Naderías, minucias, cosillas... 

He de aclarar que, en el caso que nos ocupa, el pueblo no elige al liberado, sino que lo hace el Ministro de Justicia. Es digno de elogio no dejar en manos del inculto populacho la elección del criminal absuelto, no vaya a ser que elijan de nuevo a Barrabás.

Lo que no termino de entender es por qué no exigen, cofradías y demás sindicatos del crimen, que se indulte de una santa vez a Jesucristo, y así dejamos de hacerle sufrir, año tras año, ese paseo doliente de calles y avenidas al ritmo de látigos idiotas, quejidos impostados, cucuruchos ku-klux-klan, cánticos vintage, y tambores arrítmicos. Tenemos, los españoles, en nuestras manos, la facultad de reescribir la Historia. Pero nos declaramos prehistóricos y gritamos, año tras otro: ¡¡a Barrabás!!, ¡¡suelta a Barrabás!! Y este año, con ellos, el Gobierno ha proclamado, orgulloso: ¡¡liberamos a Barrabás!!

Signo de los tiempos, ya lo decía Prince, insisto. 

Y volviendo a García Márquez. Tendría sus pecados, no sería perfecto. Sí, hablaba, como el de Nazareth, de amores eternos. Pero, al contrario que los del dios de los cristianos, eran éstos carnales, y un servidor, en esto, sí posee una fe inquebrantable. Lo del amor espiritual, al fin y al cabo, ya ven a lo que nos ha llevado: a liberar a Barrabás entre vítores y aplausos. Así que confío en que la opinión pública, esa creadora de opiniones que no existían, no cometa idéntica fechoría con el literato colombiano. No quiero pensar las consecuencias si, cada año, dan a elegir, al populacho, entre la libertad de García Márquez y la de Paulo Coelho, un suponer.

lunes, 7 de abril de 2014

la primavera

Que la categoría de Arte es voluble casilla en que encasillar sutiles diferencias y cuestiones desparejas me quedó claro hace tiempo, quizás ya en mis años de estudiante (¡ay!, tan lejanos que, en ocasiones, creo tan sólo haberlos soñado), cuando aún retorcía, el sedal de mis sentimientos, el bocado de pincelada gruesa del Goya más furibundo, o me ennegrecía las pupilas, de tintura mortal y doliente, el salto sin red ni artimaña de Yves Klein. Quiero decir que en nada se parece el mordisco de esperpento agrio de Saturno devorando a su hijo a la vacuidad perfecta del naufragio azul de una Venus de Samotracia violada de IKB. Había, ya entonces, quienes defendían la grandeza del arte que, desvelando, muestra, y denostaban ese otro arte que ya daba en llamarse moderno y que sólo, decían, tiende a copiar la realidad sin desvelar su esencia. También, muchos, defendían lo contrario. Distintas maneras de comprender el Arte, diferentes opciones de gozarlo.

Imagino que el ciudadano español que, hace unos días, decidió desnudarse, frente a esa joya renacentista que es El Nacimiento de Venus, en la florentina Galería de los Uffizi, no tiene claros (o los posee en demasía mezclados), los conceptos de arte moderno y clásico. Por eso sorprendió a visitantes y vigilantes del citado museo con una contemporánea performance que sólo aspiraba a elogiar el violento clasicismo de la obra de Botticelli. Flash mob, y términos del estilo, utilizan los adalides de la modernidad para encasillar ese arte efímero que muchos gustan de plasmar en instantes que embriaguen de inolvidables sensaciones a los circundantes. O sea, que uno abandona las maletas en medio de la refrigeración ausente del aeropuerto para ejecutar unos pasos de danza, o irrumpe en la oscuridad vidente de una sala de cine armado de antorcha y griterío, cosas así, y está regalando a la posteridad efímera del momento una obra de arte. Antaño, el arte, por contra, germinaba en la quietud despaciosa de un estudio pictórico o una sala oscura donde fotografías y pinceladas iban naciendo a la vida, con parsimonioso minutero, su textura de instante eterno. Diferentes modos de entender el arte, ya digo. Al espontáneo español se le ha tildado de atildado provocador en busca de efímera fama, entre otras cosas. Nadie, que yo recuerde, ha comentado su desnudo que, tal vez, fuese una obra de arte en sí mismo. En ocasiones, lo superficial, en este caso la piel, es lo más profundo que el humano pueda llegar a aprehender.

Vengo estos días naufragando en la marisma de niebla y crujido de la voz de Camarón de la Isla, aquel malogrado sureño que regaló a la posteridad no pocas Obras de Arte, con mayúsculas, que vestían ropaje de canción y desnudaban cuerpos de ritmo sufriente y grato requiebro.

Camarón de la Isla y Tomatito, cortesía de "la red"
Inició, el joven cantaor, su periplo de tablaos y quejíos, al albur de los más estrictos cánones de la tradición flamenca. Con el cincel de su garganta fue labrando escalofríos y esplendores en la memoria de quienes lo escuchaban. Hubieron de pasar los años y arreciar las tormentas de la droga y la náusea, para que el artista decidiese poner en pie su propia performance, arrojando a las bravías normas de la tradición su maroma de novedad y riesgo. La Leyenda del Tiempo es obra magna que conoce al dedillo (e incluso intenta emular, posiblemente amparado por el anonimato falso de la ducha) cualquier amante de la música popular. Es ahí donde comenzamos a vislumbrar a ese Camarón en plan "artista moderno" que, despedazando a dentelladas los corsés de la norma y el compás neutro, decide experimentar en su propia piel el desbarajuste germinal de la primavera que, aparte etiquetas y casillas, debería ser toda expresión artística.

Cosechó no pocas críticas entre los más ancianos y aciagos de los seguidores del arte flamenco, ese nuevo cauce artístico en que decidió verter Camarón las turbulentas aguas del cante jondo. Pero la posteridad redibujó su fresco de melena crespa y encrespada garganta para situar su arte en los límites de la divinidad recién nacida.

Igual Boticcelli, con su Nacimiento de Venus. Y, retornando al joven que se desnudó ante tan magna obra pictórica: dicen que, una vez desvestido, ante el lienzo, intentó glosar la grandeza de tan grandiosa pintura con una lluvia de pétalos de rosa, y escandalizar a la concurrencia con su desnudo de flor quebrada y enhiesta.

La tolerancia de la era digital permite, hoy día, que noticias y notas puedan ser comentadas por los lectores con la insensatez de lo inmediato. No pocos han sido los que han hecho mofa de ese joven enamorado de la primavera florentina, con insultos que poco tienen de artístico. Un servidor (disculpen si les ofendo) no puede más que elogiar el elogio floral de su desnudo primaveral e incierto, y recordarles que el arte moderno lo escriben ya aquellos que hacen de su piel maestría y del instante emoción. Si el citado joven fuese un noruego de nombre impronunciable que desanudase sus lujosas vestimentas para mostrarse desnudo en medio del tráfico neoyorquino, un suponer, estaríamos hablando de una performance inolvidable (y económicamente cuantificable) que evidencia la vacuidad del mercantilismo salvaje, por ejemplo. Yo me reconozco más del terruño, y admiro la osadía de ese español insolente reflejando el desnudo tierno de la primavera botticelliana en su propia piel de duda y temblor. Comprendo su desnudo, como comprendo a esa Venus de sonrisa valiente que, desnuda de pieles ajenas, nace cada noche de la humedad de mis sueños para ofrendarme una lluvia de primaverales besos que desordena los reflejos de las ventanas a que se asoman mi gesto y mi deseo.

Ya lo decía Camarón:

La Primavera, la Primavera
va llenando de rosas
los corazones que sueñan

martes, 18 de marzo de 2014

...porque este es mi cuerpo

Que la vida te da sorpresas ya lo dejó bien escrito y mejor cantado Rubén Blades, tras poner ritmo de festividad a la postrera y trágica aventura de aquel infortunado maleante de nombre Pedro Navaja. Vivo un país en que su publican a diario gacetillas cuajadas de noticias escabrosas, obviamente paridas por las mentes calenturientas de los redactores. No suelo atender dichas publicaciones, tampoco otras más serias, pero la "red de redes", ya que la frecuento, me sorprende cuando desarregla su cohesión de colorín y vacío alguna nota proveniente de fuentes, suponemos, más fidedignas. Por ejemplo, el Independent británico desconcertaba a sus lectores, hace no mucho, al publicar la truculenta historia de un restaurante nigeriano en cuyo menú figuraba la carne humana. A un elevado precio, por cierto. Ahorraré al lector los detalles escabrosos del asunto... busquen en la red si les atrae el tema.

La noticia citada causó cierto revuelo entre los disciplinados lectores británicos, y no pocos fueron los que hicieron alusión al carácter intrísecamente salvaje del africano (del africano negro, por supuesto), justificando así, de paso, el hecho de que tal continente no logre evolucionar al ritmo que marcan los tiempos y precise de la ayuda occidental, con sus limosnas de hambruna y sus caridades de armamento ilegal, por ejemplo. No vengo a defender el uso de carne humana para alimento de iguales, al menos si el comensal no está previamente avisado. Al fin, lo bueno de los restaurantes, es la capacidad de elección del cliente, que se libra así, momentáneamente, del yugo alimenticio del menú familiar.

Recién resucito del acto masoquista de revisitar el despiece sentimental y carnal de Antichrist, aquella enfermiza joya con que el pretendidamente enfermo Lars Von Trier, sobresaltó a unos cuantos miles de espectadores, embadurnando de vísceras y angustia vital los patios de butacas de medio planeta. No recuperaré aquella vieja polémica sobre la misoginia del director danés, sus ansias de epatar y escandalizar, y el largo etcétera de consideraciones off the record alimentadas por las declaraciones supuestamente filonazis del enfant terrible del cine actual. Lo que no puedo retirar de mi memoria es el métodico éxodo hacia el centro de la naturaleza humana que emprende la hembra protagonista de la cinta en cuestión (¿alguna vez en el cine una fea más bella que la Gainsbourg?, evidente herencia paterna, creo). Y el destino último de tal enloquecido viaje, en este caso, es el ser amado, el hombre cuya piel y músculos han tallado esa gema moribunda del amor en las vísceras animales de la mujer.

Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe en Antichrist, cortesía de "la red"
Pudiera ser que Von Trier sólo pretendiese anotar de nuevo, con su excelsa minuciosidad fílmica, el acto caníbal que anida en cualquier acto de amor. Pudiera ser que sólo pretendiese hacer bandera de la maldad intrínseca de la mujer, y recordarnos las bíblicas maneras con que se desliza la serpiente alrededor del cuello del incrédulo. Personalmente, me quedo con la primera opción, que nos retrotrae al famoso homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre), sólo que interponiendo la variedad de géneros. O sea, que la mujer es un lobo para el hombre y que, en su desordenado e intenso deseo, acabaría, si las leyes de los hombres (esta vez sí, en generalización masculina) no se empeñaran una y otra vez en negar la naturaleza que nos anima el ánima (y de paso, el cuerpo), devorándolo.

Pensábamos que nos distinguíamos del animal porque algunos de los de nuestra especia proclaman hacer empleo del raciocinio, y luego resulta que en un arrebatado instante de lujuria seríamos capaces de devorar a la persona amada, al igual que la mantis asimila a sus infortunados amantes. Pensábamos que nuestro disfraz de corrección, democracia y humanos derechos, ocultaría que muchos de los de nuestra especie firman contratos blindados para desblindar el cuerpo de niños sin infancia cuyos órganos acabarán en manos de médicos cuyo único código deontológico es el "enriquécete que aún queda" y, posteriormente, en el cuerpo sorprendido de otros niños que no entenderán nunca por qué les duele el corazón cuando están felices, o por qué sus riñones les imponen una sanguinolenta micción en el momento del juego y la algarabía. Nos pensábamos más civilizados por consumir alimentos cuya producción sigue estrictos controles de calidad y producción biológica bajo el sacrosanto santo y seña del cuidado de la salud, sin importarnos que los impuestos que pagamos aceleran el tráfico de armas destinadas a manos niñas que ya sólo jugarán a guerras cuyas premisas básicas son el mantenimiento de grandes extensiones de tierra fértil de las que nos alimentaremos con fruición. Nos soñamos más elegantes, educados, dueños del saber estar, y ajenos a la miserable falta de educación al vestir esplendorosos ropajes engendrados en la manufactura infantil de manos que deberían estar jugando al lego pero prefieren dar vida, con retales, a esos sueños húmedos del ciudadano decente que tienen forma de firma de mucho postín y no poca esclavitud encubierta con nuestro beneplácito de sueldo seguro y "no es culpa mía".

Ahora que la mujer occidental alcanza la tan necesitada igualdad de género, aupándose a los tronos del poder a golpe de talonario y carencia de escrúpulos, tal vez podamos lanzar una mirada menos esquiva a la supuesta misoginia de Lars Von Trier. Y si ahondamos un poco más, podremos comprender que no es tan grave el hecho de que un restaurante nigeriano sirva carne humana, si es que a la embarazosa gravedad del canibalismo nos referimos. Sólo me queda la duda (el Independent no aclaraba este punto) de saber si la carne servida en sus mesas era carne blanca. Mi madre siempre decía que nada como la ternera blanca... tal vez no le faltara razón.

Yo, por mi parte, recuerdo a Jesucristo cuando dijo "tomad y comed todos de él" y, puestos a elegir, dado que mi supuesto raciocinio no me librará de una muerte segura, decido que no sería mal final el sentirme desaparecer, deglutido en acto de amor, en las entrañas del ser amado (mujer, eso sí). 

lunes, 3 de marzo de 2014

hurtar La Belleza

Hace algunos años que tuve la fortuna de horadar con mis ajados zapatos los lustrosos adoquines de Aix-en-Provence, esa memorable urbe francesa en que viera la luz por vez primera ese alquimista del fulgor que fue Paul Cézanne, y por cuyas blancas callejas paseó el eco negro de mi admirada Nina Simone, y la mecanografía tullida de flor y aventura de mi amado Blaise Cendrars.

Una tarde de sobremesa lánguida y pastis mal digerido, pude entregarme a la gloria de perder el rumbo en el gorjeo primaveral de sus calles, sin plan ni objetivo más allá del de soñarme regresando a casa, a una buhardilla desportillada de listones de madera rancia y ebras de tabaco seco, donde me esperaría una vieja Underwood dispuesta a disparar sus teclas de memoria y desengaño contra la diana irregular de un papel de segunda mano (¡cuánto daño hace la literatura!). Evidentemente, la ensoñación quedó en tal, pero por un instante pude gozar de una de sus variaciones, como en esos sueños en que el hilo conductor se pierde para recabar historias aledañas e incomprensibles para la conciencia. A la vuelta de una esquina huérfana de orines, bajo un letrero pulcramente cincelado con la palabra Librairie, refulgía la puerta de pomo niquelado y cristal soñoliento que me dió paso a una suerte de País de las Maravillas que ya hubiese querido para sí la dulce Alicia.

En aquella librería, además de innumerables estantes orondos de gloriosos volúmenes, habitaban dos vitrinas que contenían, con su corazón de tinta expuesto como tras una disección de divinidad, un ejemplar de Las Flores del Mal, primerísima edición, autografiado por su autor para la persona a quien decidió dedicar aquella obra inmortal: Théophile Gautier, y otro, en francés, de la obra de aquel mago de la vida y la palabra que dió en llamarse Henry Miller: Recordar para Recordar, primera edición de Gallimard, 1935.

Contrariando las normas básicas de tan egregio mausoleo, la anciana dependienta espolvoreaba el humo de un amargo cigarro en su atmósfera de papel sin memoria, y las vitrinas, sí, pude comprobarlo, carecían de candado, cierre, pasador o cerrojo que garantizase el buen recaudo de los volúmenes citados. Por vez primera en mi vida me acometió, violenta, la necesidad del hurto premeditado.

Navegamos la vida cual naúfragos de un desastre de salitre y ambición, siempre a la deriva de nuestros deseos insatisfechos. Y no me refiero a lo material, o al menos no sólo a ello. Conocemos personas, amigos, amantes, y deseamos hacerlos nuestros cuando se nos antojan ya inevitables para el buen transcurso de nuestros días, sin reparar en sus sentimientos que, quizás, tal vez, sean bien distintos. Especialmente en el amor, esa peregrina enfermedad. Podríamos acogernos al ideal cristiano del amor altruista y solidario, ése que sólo busca la felicidad del otro. Pero no. De repente entra en nuestra vida, como un torrente brusco de sonrisas, esa mujer que promete, en cada uno de sus gestos, en su caminar de diosa niña, en su dialogar de niña hembra, en su desordenar la atmósfera hembra de nuestras fantasías, el jardín de aquel Edén que relatasen los antiguos escribas. Y, al momento, deseamos agotarla entre nuestros brazos, como haríamos con una copa de vino de esas que, en vez de a la charla y la calma, invitan al silencio crepitante de la actividad carnal.

Nunca podreemos poseer lo que en la mujer (y de la mujer) codiciamos. No es nuestro, y debería bastarnos con la fugacidad de un beso de cordial saludo, la silueta de una metáfora que cante su esplendor, o la contemplación sosegada de su trazo inabarcable. Pero deseando acariciarla, tocarla, tomarla, poseerla, agotarla en nuestra garganta de sed y apetito, desbaratamos la perfección exacta de su belleza. 

Soy consciente, muchas veces así lo aseguro, de que la belleza no debe ser patrimonio de nadie, que no hay persona que ostente el derecho de apropiarse su moneda de gloria eterna. Quizás así lo entendía también la anciana librera de Aix-en-Provence, y por ello dejaba aquellas vitrinas abiertas, cual tentaciones bíblicas, para que todo el que lo desease pudiese descansar, entre las manos, el tedio de años y tinta de aquellas memorables obras literarias sin sentir la comezón ebria de la apropiación indebida. Y no le faltaba razón, sólo esa tranquilidad podía permitir que invadiese de cáncer venidero su breve imperio de letras ajadas, con el humo de su cigarro. 

Aquella mujer, hoy lo comprendo, cultivaba un comprensivo y benévolo talante que estaba por encima del bien y del mal. Pero, uno, a estas alturas de la vida, se reconoce ya demasiado humano, y en ocasiones no le basta con asomarse a la esquiva mirilla de la magnificencia. Al contrario, me siento impelido a echar la puerta abajo, desordenar la estancia como lo haría un guerrero sediento de venganza, y tomar entre las manos el objeto de mi deseo, besarlo, devorarlo, ensuciarlo con mi caricia de zarpa y ansiedad, horadarlo con mi torpeza de sexo desnutrido, despejar su ecuación de carne y latido, poseer su vertiente de humedad, hacerlo mío... tal vez así, más que seguir viviendo, pueda morir en paz sabiendo que fue mía. La Belleza, quiero decir.

Los libros, obvio, no los robé. Se me habrían caído con estrépito al cruzar la puerta de entrada, como se me caen las lágrimas de las mujeres que amo, cuando pienso que ya son mías. Mi pericia en el bandidaje queda siempre en entredicho.