martes, 31 de enero de 2012

he venido a hablar de mi libro

Aprovecho para hacer público, aquí, mi incómoda reacción cada vez que algún conciudadano recuerda la frase que intitula esta entrada como la única que conocen del Maestro Francisco Umbral
Acepto la envidia patria, consiento con el machismo verbal (y más allá) de mis vecinos, no me ofende el gusto unánime por el balompié de la práctica totalidad de la ciudadanía, pero me indigna y conmueve que al mayor artesano de palabras que ha dado este país sólo se le recuerde por aquella enérgica frase, enérgicamente pronunciada, en un programa televisivo, hace ya tiempo, demasiado.
Así que espero no escupan carcajadas al comprobar que hoy vengo yo a hacer lo mismo: hablar de mi libro. Hoy quiero hacerlo, he de hacerlo. Ahora que ya casi acaricio el lomo de ese ejemplar impreso con mi primera novela, me veo en la obligación (hacia mí, al menos) de dar ciertas explicaciones. 

A partir de mañana estará a la venta Los Cuadernos del Hafa

¿Qué son estos Cuadernos? ¿Qué es el Hafa? ¿De qué va el libro? (esta pregunta me enerva)


Sólo unos breves apuntes

Comencé la escritura de los Cuadernos del Hafa como juego y como deber. Si alguna vez debía dar fin a una obra literaria que pudiese considerarse tal, ésta debía glosar mis andanzas por tierras magrebíes. El Magreb, para mí, nació en el Hafa Café, en Tánger, mucho tiempo antes de que mis pies recorriesen su perímetro sagrado. Mis implicaciones con la gente de Marruecos no han hecho sino crecer con el paso de los años, alcanzando ese contradictorio estado al que denominamos amor: un espacio delimitado a partes iguales por fronteras de atracción y rechazo. Alrededor del Hafa comenzó a urdirse la historia y, como toda historia que mis dedos puedan deletrear algún día, debía de ser una historia de amor, o no sería. Así que historia de amor con todo lo que ello implica: deseo, pasión, dolor, abandono, latido, euforia, desesperanza. Por supuesto, la historia nace en Tánger pero se desarrolla recorriendo diversos enclaves marroquíes: Chaouen, Asilah, Meknés, Merzouga...

Por otra parte, mis numerosos deambulares por la medina tangerina han sido siempre acompañados por los ecos de pasos egregios: los de todos aquellos literatos, músicos, poetas, colgados, rufianes, artistas que un día habitaron tan promiscua ciudad. Así que alguno que otro debía entrar también en Los Cuadernos del Hafa. Entraron, por la puerta principal y con grandes honores, William S. Burroughs y Brian Jones. Por pequeños ojos de buey asomaron muchos otros. Así que acudieron a mi llamada, los citados, y acompañaron al narrador en su devenir vital por tierras de Allah. A él y a la prostituta Aanisa, el periodista Munir, y muchos otros, entrecruzando con ellos vivencias que, a todos, les cambiarían sus vidas para siempre.

Claro, no lo olvido: dije al principio que es juego mi primera obra literaria. Juego es permanecer despierto, atento, seguir la senda de migas de pan de las normas no escritas. Así que los protagonistas de Los Cuadernos del Hafa juegan y hacen jugar. Su historia salta en el tiempo, en la forma. Salta y chapotea sobre las frases como sobre charcos de lluvia, engendrando concéntricas ondas de palabras que se enhebran y se estiran hasta el difumino.Y, como lector, te obliga también a saltar, atento de no caer, siempre pendiente del hilo, como un funambulista. Está de más que yo lo diga pero...merece la pena el esfuerzo: no resbalar y llegar al final para descubrir el mecanismo íntimo del juego. Claro, ya lo sabéis: ningún pasatiempo es fácil si pretendemos no perder la partida a la primera.

Y después de esto preguntaréis...¿no habías venido a hablar de tu libro? Sí, lo pretendía, pero sería vano intento emular al Maestro. Yo vine a hablar de mi libro, pero no alcanzo más que a emitir torpes gorgoteos. No estoy a su altura.

P.S.: si a pesar de la inexactitud, alguien se atreve a entrar en el Hafa conmigo, os ruego me lo hagáis saber, antes de adquirir el libro, para buscar la manera de agradeceróslo personalmente y estampar una cuidada dedicatoria en vuestro ejemplar. Salvo que vengáis a la "puesta de largo" el día 7. En tal caso tenéis asegurado mi abrazo.




domingo, 29 de enero de 2012

tocata y fuga

Duele comprobar cómo los encargados de proporcionarnos información ignoran con tremenda celeridad aquello que tan sólo ayer era noticia. Intentamos retomar el hilo de una cuestión que nos resulta interesante y nos perdemos en una marea insomne de datos y estadísticas en que, a duras penas, y con notable esfuerzo, daremos con la continuidad del hecho que nos importa. Que la vida va deprisa, parece.
En charlas y espaciadas comidas opinamos sobre este hecho, y acabamos resumiendo que estamos manipulados. Nos manipulan los medios informativos, nos manipulan los jerifaltes de la noticia, nos manipulan los gobiernos y los mercados, nos manipulan los amos del mundo. De esta manera consiguen que cualquier hecho por mínimo o grave que sea, que pueda llamarnos la atención, comience a borarse en nuestra memoria ante la ausencia de continuidad. La tragedia de ayer (devastadora inundación en una recóndita provincia china, por ejemplo) es hoy ignorada y no podemos, a pesar de intentarlo, recordar la magnitud de la misma, el dolor que produjo. Sólo queda el recuerdo inexacto de que ocurrió una catástrofe en algún rincón perdido del mapamundi.

Regresado al hogar, acomodado en el silencio de las horas venideras, las que anteceden al sueño, reflexiono y me pregunto si no será que la información, simplemente, es fiel reflejo de nuestros días. Es copia, sí, lo que escuchamos en televisión, lo que leemos en la prensa, de nuestras propias vidas.

¿Acaso recuerdas el rostro de aquella persona que abrazaste una noche, al amparo tibio de la madrugada? Sí, esa aventura, ese fugaz encuentro aderezado de alcohol y promesas de goce insensato. Aquella suave caricia de piel de luna, aquél lúbrico suspiro de eternidad coagulada. Recuerdas, ¿cómo no?, que fue bello, intenso, sucio o sabroso, pero eres ya incapaz de recordar su rostro, e incluso dudas si no será la malévola intención de la memoria trocar en plena dicha algo que no fue más que un momentáneo desorden de los sentidos, un encuentro no esperado, un atropellado desahogo del deseo. El caso es que no recuerdas su rostro y, mientras miras las noticias, tomas conciencia de que mañana habrás olvidado, también, la feroz hambruna africana, o el imprevisto terremoto que, en un lejano país, ha cauterizado miles de futuros, dejándolos inservibles, rotos.

Es la fugacidad, que se nos instala en la vida como un invitado no deseado. Y al fin y al cabo, los noticiarios, sólo son reflejo de nuestra propia existencia: fugaz e inconsciente, por mucho que esto nos duela. 

Como con aquella persona que vino a enredarte el deseo una noche en que los vampiros ocultaban su mordisco de daño y soledad, quieres pensar que prestas atención a los sucesos que sacuden las vidas ajenas: las noticias. Quizás sólo lo hagas por evitar que te hieran tu despreocupación y tu olvido.

viernes, 27 de enero de 2012

la Historia en tus manos

Últimamente, con los amigos, me enredo en transcendentes conversaciones de las que, ¡ay!, me descubro a todas luces fuera de onda, despistado, desinformado, tardío, ignorante. Pero no me duele, y menos cuando, finalizada la verbal disputa, apurada ya la copa de la medianoche y la fatiga, regreso a casa intentando hacer resumen de las horas transcurridas. Es cuando comprendo que hemos hablado de cine, política, religión, cultura...de todo menos de nosotros, a pesar de haber expuesto generosamente nuestras opiniones.

Me entero, un día después, de la visita a España del presidente de Perú, Ollanta Humala, y siento que la historia se repite, al menos la mía. Durante el período de campaña electoral que daría la victoria al actual presidente peruano, me encontraba yo en aquel país. Más aún: viviendo yo en Arequipa, supe de la visita del por entonces candidato a dicha ciudad. Gran jolgorio de luces y algarabía de fiesta inundó las calles blancas de la blanca ciudad peruana. Estruendo de danzas criollas y festejo multicolor enredando el pulcro empedrado de las plazas, inundando las sonrisas de sus pobladores, reventando las márgenes floridas del río Chili. Venía Ollanta a la metrópoli y ésta coreografiaba su bienvenida entre canciones y bailes, por hacerle sentir más cerca la victoria al entonces aún aspirante a la presidencia.

Se vanaglorian, los arequipeños, de su carácter independiente y luchador, y Humala venía, cual mesías salvífico, a ondear la esforzada bandera del trabajador. No entraremos ahora a valorar el mayor o menor grado de decepción, a día de hoy, de aquellos que acogieron al aspirante con el tornasolado abrazo de la esperanza. El caso es que yo, haciendo caso omiso de las advertencias de amigos y conocidos, ignoré la fiesta, dejé pasar por delante de mí el batallón glorioso de la Historia, y me refugié en el sabroso abrazo del pisco y la conversación a media voz y candela somnolienta, en uno de los recoletos cafés del centro de la villa. La Historia pasó ante mí, nuevamente, y yo ni quise mirarla. Me encontraba, creo, demasiado absorto en mi propia historia.
Durante mi estancia en Perú, la cronología mundial no sólo dibujó la victoria presidencial de Humala, no. También el floral estallido del 15M, la reapertura de la frontera con Gaza por parte de Egipto, el feroz ataque de Alemania a los pepinos españoles, y la victoria del Barça ante el Manchester en la final de la Copa de Europa (chanpion lik, o parecido, lo llaman ahora), entre otros múltiples sucesos de significativo calado.
El caso es que hoy, como entonces, conozco las noticias a destiempo, llego con retraso. Me descubro nuevamente perdido en los suburbios de la Historia, reconociendo que me encuentro mejor aquí, al amparo del anonimato, a la sombra de los acontecimientos, refugiado en la cálida matriz de mis sentimientos. Cada día más, siento perder el hilo de lo histórico entre la calidez cotidiana de mis manos. Con la ferocidad de un felino acosado, tiendo a magnificar las experiencias que esculpen mis días, desechando por inútiles o intrascendentes las que manchan de tinta los periódicos. Lo realmente nocivo es que no lo lamento. Más bien al contrario.

Imagino que el presidente peruano ya estará de regreso en su bendito país. A muchos habrá dejado promesas de crecimiento monetario vía inversión fabril, esperanzas de incremento ganancial vía inversión estructural, perspectivas de copioso beneficio alejado del azote de la crisis, imagino. A mí, enterado de su llegada cuando ya se produjo su marcha, me ha dejado un sabor agridulce remoloneándome el paladar, un recuerdo de vida consumida, y una sonrisa que no se atreve a serlo deformándome la faz. Ante lo histórico de la visita presidencial yo me arrumbo en la melancolía, y me desenfoca la mirada el recuerdo de las vidas que viví en Perú, hace ya demasiado tiempo. La Historia, nuevamente, al alcance de mis manos. Pero yo le doy la espalda, demasiado inmerso en mi propio transcurso vital.

Sí, ciertamente tenemos la Historia remoloneando nuestros alrededores, pero quizás prestemos excesiva atención a los protagonistas de los futuros libros de texto y olvidemos que sólo nosotros deberíamos ser los protagonistas. Yo, por si acaso, me prepararé un Pisco Sour, y apagaré la televisión.





lunes, 23 de enero de 2012

la fama cuesta...

Me pretende incitar un amigo a comentar algo relativo al hundimiento del crucero Concordia. Me revuelvo replicando con mi ausencia de interés por tan desgraciado accidente. Ya está en boca de todos y no veo al asunto la más mínima importancia. Mayores desgracias suceden. Discúlpenme los familiares de las víctimas.
Pero debido, efectivamente, a la categoría de Gran Noticia de este iniciático inicio de año, que ha adquirido el citado naufragio, vamos desentrañando, día a día, las implicaciones y subterfugios de algo más parecido a un culebrón brasileño que a un accidente marítimo. El capitán, o sea, el gran culpable, y su extenso catálogo de faltas y delitos.

Pero no se crean, hay más culpables. Dígase los carabinieri que intervinieron en el rescate. Esto no es seguro, pero así se desprende de las indignadas soflamas que, contra ellos, barbotea uno de los supervivientes, sorprendido por las cámaras de televisión, incitado de esta manera a utilizar sus escasos minutos de fama. El caso es que el fallido viajero, se alarga en su explicación de las maniobras erróneas que los carabinieri utilizaron para sacarles con vida del buque. Ni que decir tiene que él lo habría hecho mejor. Sobra explicar que el espontáneo reportero conocía, mejor que los equipos de salvamento italianos, los métodos a utilizar en tan grave situación.

Anita Pallenberg & Brian Jones (cortesía de "la red")
Fue el artista Andy Warhol quien proclamó la total seguridad de que los nuevos tiempos darían a cada ciudadano sus 15 minutos de fama. No dió, el padre del arte pop, las indicaciones precisas para aprovechar esos 15 minutos al menos la mitad de bien que él lo había hecho. Sólo nos otorgó, al resto de la humanidad, la seguridad de que la popularidad aguardaba a la vuelta de la esquina. Profetizó la invasión inmisericorde de los mass media, y puso al alcance de los más despiertos la posibilidad de hacerse célebres utilizando los mismos. Así, siguiendo sus indicaciones, muchos se convirtieron en iconos de la sórdida modernidad del pasado siglo. Aprovecharon las cámaras, claro, para exhibir sus dotes artísticas o, a falta de éstas, al menos sus hermosos físicos. Ejemplos de ello fueron Anita Pallenberg (bella, hipercerebral modelo y artista) y Brian Jones (bello, incombustible drogata y músico).

Aparte que el agraviado turista hispano que se indigna frente a las cámaras de televisión no es especialmente agraciado, en el plano físico, menosprecia sus minutos de fama  vituperando y desdeñando las maniobras de aquellos que, en situación de emergencia, y con el ánimo de salvar su vida y la de los que en su mismo trance se hallaban, realizaron maniobras según él erróneas. Podría haber glosado su épica hazaña tratando de salvar a los compañeros de infortunio, por ejemplo, aunque fuese falso (nadie intentaría comprobarlo). Los cachorros de Warhol, frente a una cámara, sólo hablaban de elos mismos, o simplemente se exhibían, libres de ataduras tan sólidas y tramposas como el desprestigio del trabajo ajeno. Sabían lo que hacían.

Por cierto, no sé si he comentado que Anita Pallenberg y Brian Jones son dos de los protagonistas de mi novela Los Cuadernos del Hafa, de inminente publicación. Tengo que comenzar a utilizar los medios disponibles...la fama cuesta.

viernes, 20 de enero de 2012

vidas cruzadas

 inspirado por la canción homónima de Quique González

Hay un murmullo de piel recién vestida.
Hay un rizo de tiempo extirpado al calendario.
Hay una serena sombra de melancolía.
Hay una nociva gana de perder memoria.
Hay un estanque de besos cautivos del olvido.
Hay un rasguño de miedo lejano.
Hay una caricia ebria tropezada en el fango.
Hay una urgencia sonora escondida bajo la mesa.

Hay tantos caminos truncados, tantas esperanzas breves, tantos proyectos estrujados entre las fragantes vísceras de las vidas que dejamos cruzadas. Tantos embriones de sueños, tantos futuros nonatos, en ese ir y venir con que, alocados, recorremos el empedrado impreciso de nuestros días. Y de tanto en tanto regresan, para recordarnos que un día fuimos muy otros o, tan sólo, demasiado nosotros, al amparo de sonrisas, gestos, palabras, repudios o fraternidades de aquellos que, entonces, incendiaron nuestros calendarios y hoy, ya, no sabemos dónde esparcen las cenizas de el tiempo que con ellos compartimos.

Vidas cruzadas. Mirar atrás e intentar aprehender, con la imaginación, las huellas que en ellas dejamos: daño o provecho, felicidad o desamparo, igual da, ya nunca lo veremos.
Vienen en la noche ciega a cegarnos el sueño, a descorrer el visillo recio de la pesadilla. Se instalan en nuestro recuerdo, y lo violentan, engendrando nostalgias y pesadumbres.

Vidas cruzadas. Atropelladas por nuestro loco acelerón de urgencia y miedo. Maltrechas sobre el ruidoso asfalto de nuestros planes. Despedazadas por el rumbo salvaje que impusimos al velero etéreo de nuestras apetencias.
Amigos, amores, compañeros, personas que un día enhebraron su ritmo a la indolencia vital del nuestro. Lámparas que iluminaron la noche tierna de nuestros deseos y hoy, sólo, y ya no por mucho tiempo, semejan breves luciérnagas, en huida hacia la ciega ausencia del olvido.

Vidas que dejamos cruzadas, ¡tanta prisa llevábamos!, ¿cómo habrán sobrevivido a nuestro acelerón salvaje?, y ... ¿por qué decidimos seguir corriendo?, ¿cuándo habremos de parar, al menos un momento, e instalarnos sin rubor en la cálida morada del beso aún no dado, la palabra no dicha, la oportunidad no desdeñada? Corremos, creo, porque las sentimos pisándonos los talones, porque nos persiguen y tememos descubrir la herida tierno que, un día, tatuamos en su pecho.

Hoy no me apetece correr. Quiero ir despacio. Detenerme y recordaros.





miércoles, 18 de enero de 2012

nuestros nombres

No mal rato pasé anoche visionando The Artist, esa impecable película muda en blanco y negro facturada el pasado año, y que en el presente marcha en cabeza en la pugna por recolectar numerosos premios cinematográficos. Pero a pocos minutos de finalizada la proyección, llegan a abrevar a mi memoria, de manera inevitable, las noticias que hace no mucho nos informaron de que la Lotería del Niño había agraciado con su premio principal a los habitantes de Huerta del Rey, un pueblito de Burgos.
Resulta que la aldea de marras se precia de ser el municipio cuyos habitantes ostentan el mayor número de nombres "raros" de toda la península ibérica (sí, obvio las islas, si no entienden por qué...indaguen), y todos los televidentes que asistieron, el día del sorteo millonario, a las muestras de jolgorio y embriaguez de dichos ciudadanos, ocultaron por un momento la cicatriz de la envidia bajo los abigarrados ropajes de la sorna y la mofa. Sí, tuve que escuchar más de un comentario jocoso al respecto de las palabras con que el Documento Nacional de Identidad identifica a los agraciados pobladores de Huerta del Rey. Claro: Erótida, Especioso, Mayorico, Sindulfo, Veneranda, Gláfira o Filotero son nombres de mucha risa. Fueron apelativos de lo más usual en otros tiempos pero...¿quién recuerda ya esos tiempos? Tuvieron su significado y fueron delicadamente seleccionados por los progenitores en cada uno de los alumbramientos que se producían en el seno familiar, hace mucho, ya digo, en una época en que los nombres se escogían siguiendo unas escrupulosas normas no escritas entre las que destacaba la de marcar caracteres a los infantes que aún no los tenían. Eso ocurría en el pasado, antes de que los padres decidieran castigar a sus retoños con sus frustraciones e imponerles de por vida el castigo de llamarse Jonatan o Yessica sólo por aparentar más modernos, más al albur de los momentos actuales. 
Eran otros tiempos, ya digo, y parece que la moda de lo "vintage" no va a alcanzar aún el maravilloso mundo de los apelativos.

cortesía de "la red"
Me pregunto quién dicta lo que está bien y lo que no. Y lo hago porque, tras ver The Artist, invaden mis recuerdos toda la epopeya de alabanzas que, sobre su factura y "radicalmente transgresora mirada", han vertido tantos y tantos críticos de cine y, lo que es peor, gran parte del público. Sí, la película es perfecta, y entretenida. Pero no nos engañemos: es una película muda, una puesta al día del modo de hacer cine de hace muchos años, simplemente porque no tenían otra manera, porque aún no existía el sonoro, ni el color ni, por supuesto, las 3D en las salas de medio mundo. 

Visto que nos encontramos ante tamaña joya, propongo revisionar todos los clásicos que tantos bostezos han engendrado en muchos de los espectadores que hoy afirman, siguiendo el dictado de los tiempos (¿o los "mercados"?), haber recuperado con The Artist la magia del séptimo arte. Y...¿por qué no?: propongo también que los futuros descendientes de dichos espectadores recuperen la magia de la heráldica y la genealogía y porten en sus respectivos documentos identitarios nombres como Epigmenio, Respicio o Vrinedina.

Ya lo cantó Bunbury: "y no sabemos ni nuestros nombres, no ignoramos nuestros excesos"


lunes, 16 de enero de 2012

el renacimiento va a llegar

Día de lluvia copiosa y deseada. Jornada de aguacero gris y solitario que extiende sobre la ciudad un manto de lejanías imprevistas. Enciendo la tele con la insana pretensión de encarcelar la lluvia tras las 625 líneas que dan vida al aparato y, hastiado de tormentas encajonadas y avisos de alerta naranja en las distintas provincias, cambio de canal.
No consigo variar mi invernal sensación de abandono. Me siento ahora abrumado por una tempestad menos húmeda: el torrente de calificativos con que una presentadora televisiva engrandece la figura de una conocida integrante del show business: modelo, cantante, bailarina, diseñadora, pintora, perfumista... Lo juro: la distinguida presentadora casi pierde el aliento antes de llegar al calificativo final, la cumbre, el culmen: ARTISTA. Y conste que lo escribo en mayúsculas debido al énfasis con que ha pronunciado tal palabra.
Efectivamente: abundan en la actualidad los artistas multidisciplinares. Parece que se les quede corto el campo en que dieron sus primeros pasos hacia el sendero de la fama y el dólar, así que lo aprovechan cultivando otras muchas especialidades. Aplaudo su esfuerzo, aunque ignore sus logros (mea culpa)

Allá por los siglos XV y XVI, tuvieron los europeos la fortuna de asistir a una similar proliferación de creadores que, incontrolables en su pericia, abordaron, sin aparente esfuerzo y con notables resultados, las más distintas asignaturas del arte. Hubo así arquitectos que pintaban y esculpían, escultores que inventaban ingenios y pintaban, pintores que dominaban la arquitectura y el grabado... todo un vivero de mentes inquietas que si no hizo la vida más fácil si consiguió hacerla más amable, más bella. Renacimiento se dió en nombrar aquella época, y renacentistas se llamó en adelante a los artistas capaces de practicar con suma pericia distintas disciplinas. Miguel Ángel, Leonardo, Rafael, sólo son algunos de los nombres de dichos genios.

Intento recordar el nombre de la "artista" elogiada en televisión, pero creo que sus muchas capacidades y talentos han nublado mi memoria. Al menos se deduce del hecho de que sea cotizadísima modelo que estaremos hablando de una mujer cuyo físico reunirá los patrones con que se conforma la perfección femenina. 

Tendré que recurrir a "la red", sería un error por mi parte ignorar dicha belleza y, sobre todo, dar la espalda a este nuevo Renacimiento del que, parece, está gozando la civilización occidental. No llegó, amigo Arrabal, el milenarismo, equivocaste el término.

En mi humilde opinión, sólo ha llegado la lluvia, como un mal presagio vislumbrado hace tiempo, como una canción de acordes erróneos. Espero equivocarme.



domingo, 15 de enero de 2012

la tecnología de los sueños

En China, el "gigante" Apple se ha visto obligado a suspender la venta de su nuevo iPhone 4S (o algo así), debido a los disturbios (sí, leen bien) ocasionados por los ansiosos compradores del aparatito.
Veo en televisión el rostro lloroso de uno de los futuros poseedores de la nueva terminal telefónica (que para todo sirve mejor que para llamar, creo que hasta te ayuda en la cocina preparando las viandas...). Se lamenta porque de nada le han servido los 2 días haciendo cola en la calle, a -5º de temperatura, soportando estoicamente hambre y frío. La venta se ha cerrado y, de momento, no podrá disfrutar de "su" iPhone. Descubro en su mirada el desvalimiento propio de quien ha perdido la esperanza de unos momentos de intensidad tal que le permitan sentir que roza la inmortalidad. Y me apena, no se crean.

No puedo calificar como lacrimosa mi situación en esta mañana de domingo borrascoso en que el tierno algodón de la tormenta venidera nos malversa la luminosidad de un sol que ya ignoramos cuando volverá a encender nuestras miradas. Pero me siento un dolor inexacto, como una semilla de enfermedad irreparable, mirando el laberinto de trapo en que quiero imaginar quedaron atrapados tus movimientos, anoche, una noche, cualquier noche, entre las sábanas. Te marchaste después de ocultar tu desnudo con el vestido de la madrugada. Caminaste de puntillas las baldosas de la discrección y abandonaste mi abrazo, dejando en la atmósfera gris de la habitación pequeñas pinceladas morenas, brochazos de suspiro amortiguados por el gotelé insomne de las paredes.
He amanecido despojado de higienes y vestiduras. La luciérnaga de la borrasca venidera juguetea entre las persianas, e ilumina un breve desgarrón en que mi cuerpo pretende esculpir humedades, sobre este lecho carente de ti, de tu perfume tibio de deseo inacabado.
Despegar el hule infecto de mi piel de la mesa nupcial que fue este colchón en que hoy te añoro, o hundirme en la marea bravía de tus jugos, solidificados en imposibles arquitecturas de algodón, aquí, entre las sábanas que aún acarician la piel incierta de una noche que, siento, finalizó ya para siempre.

Así que los momentos plenos de vida nos niegan el regreso. Condenados por siempre a añorarlos. Corriendo el riesgo de equivocarlos por efecto de la memoria ingrata. Y es por ello que comprendo al chino que lamenta la pérdida de su ilusión, el carácter irreversible de esas horas que soñaba dedicar al uso de su recién adquirido smartphone. Quién sabe los planes que tenía reservados, el oriental, a su nuevo y flamante juguete, esa misma noche.

A más: de haber tenido yo un iPhone 4S, podría haber registrado en video de alta definición la danza insomne de nuestro deseo, anoche, o cualquier otra noche, y hoy me recrearía en la repetición digitalizada de nuestro amor. Supongo que no me dolería tanto tu ausencia. 

Quizás, incluso, podría llamarte, sin tener que salir a la calle en busca de una cabina teléfonica de esas que ya no quedan, y escuchar al fin tu voz.

viernes, 13 de enero de 2012

palabra de Dios

Proclamó el visionario poeta y pintor William Blake, mordisqueando ya la falsa frontera temporal frente a la que comenzaba a tomar forma el siglo XIX, que "el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría". Recién devorados, pero aún sin digerir, los pasados días de excesos, nos preguntamos si eran las demasías y exageraciones a que nos hemos entregado las que glosó el artista londinense. Nos permitimos dudarlo.
Han sido éstas, efectivamente, jornadas de marathon alcohólica, etapas de sobreesfuerzo digestivo, en que unos y otros hemos brindado con la pretensión única de alcanzar cierto estado de ebriedad en que, desgraciadamente, han quedado ahogados los más tiernos brotes de sabiduría que la embriaguez pudiese haber germinado. Entre excesos gástricos, libaciones insomnes y degluciones vehementes, han quedado sepultadas, sí, la lucidez y el entendimiento.

La televisión, siempre atenta a los errores de los ciudadanos, siempre vigilante y ojo avizor para evitarnos el desacierto, trae a nuestras vidas el recuerdo de un curioso concurso organizado en un pueblito castellano, allá por 1962, en plena época de recolección del hambre y la ignominia que devastaron las mejores cosechas de nuestro futuro patrio. El caso es que en dicho pueblo, la Iglesia organizó un concurso de cata de vinos en que los hábiles sumilleres habían de ser los distintos chavales que ofrecían parte de su tiempo a la institución ejerciendo de monaguillos. Esto es: menores. Es en este dato, quizás irrelevante, en el que la voz en off que ilustra las imágenes de aquella competición reprende, con tono festivo pero inflexible, el error cometido por las distintas autoridades al convertir a jóvenes infantes en potenciales alcohólicos. 
No puedo estar de acuerdo con la reflexión. Sólo preciso ver las miradas algo huidizas de los muchachos tras la deliciosa ingesta, su sonrisa azul y libérrima, la carcajada ausente de embocadura (no se escucha, nos escatiman la lucidez maltrecha de los ebrios comentarios, sólo la doctoral voz en off) de aquellos pilluelos que dejaron por un día de ofrecer el cáliz a sus conciudadanos para vaciarlo, ellos mismos, de un trago.

Se nos advierte de los perjuicios de la ebriedad. Se reprende cariñosamente a la Iglesia por haber instaurado tal certamen de exceso. Pero comprendemos que tan alta institución, dada su cercanía cierta a la sabiduría divina, sólo pretendía hacerla asequible a los más jóvenes de entre sus discípulos. 


Los excesos de los días pasados, sólo aceleran el proceso vital de cuyo seguro fin todos deseamos abdicar mientras pretendemos sentirnos inmortales. Cosas de la edad y el miedo, supongo. Al contrario, los excesos de los jóvenes monaguillos despertaron quizás, en ellos, el conocimiento supremo y la suprema asunción del fin que a todos nos espera. Aún eran jóvenes y, comprendiendo, reían y gozaban ese instante que ya jamás volvería. Nosotros ya no lo somos tanto y, queriendo ignorarlo, reímos y pretendemos disfrutar momentos que ya sabemos muertos.

miércoles, 11 de enero de 2012

ofrendas del Trópico (y II)


Quiso el plomo de la tarde esculpir,
en impecable quietud, tu mirada

Amarrado a tu piel mi porvenir
aderezaste mi aliento de escarcha,

y abrazado al compás de tu latir
coseché el trigo breve de tu savia









martes, 10 de enero de 2012

el pan nuestro de cada día

En la panadería, esta mañana, he de esperar largo rato hasta ser atendido. El motivo no es una excesiva afluencia de público. No, sólo ocurre que la señora que me precede en la fila de los compradores, se debate entre dos barras de pan: tostada la una, más blanquita la otra.
"Es que esa la veo demasiado tostadita". "Muy blancucha me parece esta". "Ay, hija, qué pan más malo traéis últimamente".
Y así transcurren los minutos, envueltos en fragancias de harina y dudas existenciales. La joven panadera, redibuja a cada instante una sonrisa que ya se antoja demasiado forzada, y me dirige algún que otro gesto irónico cuando la compradora indecisa no le mira directamente a los ojos.

Podemos pensar que es normal, que el pan con que se alimentará, hoy, la familia de la vacilante clienta ha de ser óptimo para el paladar y la vista. Yo prefiero pensar que sólo es pan y que, desgraciadamente, a día de hoy, lo mismo da pues todo es el mismo amasijo industrial, y sólo servirá como acompañamiento a la pitanza, más por costumbre hispana que por necesidad de agasajar el sentido del gusto. El pan como costumbre, creo, pierde sus deliciosos atributos.

Tom Petty (cortesía de "la red")
Al igual con la música, tan acostumbrados estamos a que alguna melodía (más o menos desafortunada) acompañe nuestros días y gran parte de las actividades que en ellos desarrollamos. Anoche dediqué un para de horas al visionado de un concierto de Tom Petty & The Heartbreakers. Me acosaba una noche excesivamente melancólica en que podría haberme abrazado a los lamentos ásperos y sepulcrales del Tom Waits más poético, o a la profundidad de duna portátil del Leonard Cohen más sarcástico. Pero, quizás por eso, por evadir la melancolía y acompañar las horas moribundas de música directa y carente de profundidades, subí el volumen del televisor y disfruté, sin mayores pretensiones que la de agotar el tiempo consumiendo contundentes riffs y melódicos juegos vocales, del laberinto de espejos eléctricos de la música de Petty. Al contrario que el pan, la música, como costumbre (si es a este gran artista a quien te habitúas), es simplemente deliciosa, tanto como pueda serlo esa barra de pan demasiado tostada, o aquella otra tan blanca. Sí, lo sé, es sólo rock and roll, pero me gusta.

Despachada la señora finalmente, llegado mi turno, la joven panadera muestra ante mí dos barras, una en cada mano, como rugosas extensiones de la seda niña de sus brazos, como retorcidas raíces a las que se aferra el tronco breve de su cintura cimbreante, como estriados frutos nacidos de ese frondoso árbol de piel adolescente y gloriosa que es su cuerpo. Ahora soy yo quien debe elegir entre las dos barras de pan y, de poder, ay, lo tengo claro: elegiría a la joven panadera. Por eso me limito a sonreír y decirle que elija ella por mí.

Tomo la barra de pan entre mis manos, la acaricio y, anticipando el momento en que sirva de cortejo al chuletón que hoy he decidido comerme, me dirijo a casa tarareando Free Fallin'.

domingo, 8 de enero de 2012

amor enfermo

Jornadas de invierno seco y combativo desmenuzan nuestras horas en una mezcolanza inconexa de virus que anhelan propagarse, desde nuestros labios, desde nuestra sonrisa, al cálido susurro de la respiración ajena.
Efectivamente, comparece ante nosotros, estos días, un invierno ausente de lluvias o nieves, despojado de humedades, carente de delicadezas tibias de aguacero que consigan hacer la vida más transitable, más amable, menos ardua. El batallón transparente de la gripe despliega su armamento de bacilos, y se distribuye por las calles de la ciudad dispuesto a obtener dulce victoria. Así, de boca en boca, de mano en mano, de abrazo en abrazo va extendiéndose una epidemia de estornudos y febrículas. 
Creo que es la ausencia de lluvia, ya digo, lo que hace que la enfermedad se propague a velocidad incierta pero constante. Y evitaré, a pesar de la evidencia, glosar las perversidades del cambio climático. No llueve, y de más está buscar explicaciones.

Entregados, en los días que finalizan, a la orgía sentimental del amor y la amistad, hemos sentido el cálido abrazo de la enfermedad entre los brazos del amigo, en los labios de la amada, sí. Y no hemos hecho nada por evitarlo. Pero, ahora, finalizadas las fiestas, los encuentros, los banquetes, las reuniones, ¿dónde queda  el amor?, ¿dónde la felicidad derrochada en esos mismos besos que nos transmitieron la dolencia invernal? Acurrucada como preso huido en la maleza opaca de nuestros sentimientos más íntimos.


Un simple paseo por las calles es suficiente para que contagiemos a toda la ciudad nuestra dolencia respiratoria. Con sólo salir a la calle, ya digo, podemos contagiar a toda una ciudad, así de rápido viaja la enfermedad, ese entrenamiento con que la muerte va poniéndose a prueba. 

La gente ha sonreido, los rostros se han incendiado de júbilo y afecto en tantas y tantas reuniones que han alumbrado los días inmediatamente anteriores al presente, pero no, no hay contagio. Miro a los ojos de aquellos que recortan mi camino con el bélico deambular de sus pasos y no descubro en ellos un ápice de esa alegría derrochada hace apenas unas horas. Amor en retirada modelando fastidios y preocupaciones en las caras de la gente, eso parece. Podríamos asegurar que la melancolía que sigue a todo exceso impregna hasta el más minúsculo rincón del trazado urbano.

Lástima. Hoy tenía gana de sonreír. Sacar a pasear la felicidad que me habita y contagiar a toda la ciudad. 
Ser virus, sí, virus enamorado.

viernes, 6 de enero de 2012

¿los reyes son los padres?

Duele contemplar los rostros contrariados de tantos niños que hoy, tras despertar de un sueño inquieto e ilusionado, han acudido al salón familiar para descubrir que los regalos soñados, esos que solicitaron a los Reyes Magos en una carta que quizás tomó un camino equivocado, no están, no existen, no son. Son otros. Efectivamente, ha coloreado de envoltorios lumionosos, la noche, muchos hogares, numerosas viviendas. Pero detrás del celofán y el lazo aguardaban objetos no deseados por los niños, juguetes cuyo funcionamiento nunca desearon descubrir.
Cuesta asumir que, con sigilo de nocturno ratero, vamos desarmando el frágil castillo de naipes del juego y la ilusión niñas, equivocando y desbaratando el cuento de hadas de la infancia, y convertimos a nuestros vástagos en adultos sin edad, miniaturas del descontento, pequeños contenedores de frustración y carencias. Les ofrecemos todo y aniquilamos su capacidad de sorpresa. Secuestramos su infancia.

Es al alcanzar una edad más o menos madura cuando comprendemos la esencia perdida de la niñez: la vida como juego, e intentamos recuperarla despojándonos de verguenzas y pudores. Hay quien lo consigue.

Miller & Durrell en Corfú (colección Durrell)
Desde que adquirí un maravilloso volumen que contiene la correspondencia cruzada entre Henry Miller y Lawrence Durrel durante más de 40 años, amén del torrente verbal de sus estados de ánimo, sus miedos, sus esperanzas, proyectos y ausencias, quedé fascinado ante la foto que acompaña esta entrada: un Miller asomado ya al vértigo de los 50 años de edad disfruta, desnudo y descarado, de la caricia fresca de un mar en calma, mirando fijamente a la cámara que le retrata. Junto a él, un Durrell recién salido de su 27 cumpleaños, parece preferir la contemplación ausente del horizonte y esconder púdicamente su sexo. Ambos autores, letraheridos enamorados de la libertad de sintaxis y la ordalía de juego de la literatura más feroz y obscena, hicieron de su vida juego y del juego bandera, regalándonos páginas memorables e inolvidables. Pero el joven Durrell tardaría aún en descubrir que la vida te regala sorpresas, que no debemos exigir dádivas y regalos a los años por los que desplazamos todo nuestro catálogo de ilusiones, sino, más bien, abandonarnos al asombro de lo no esperado, lo no solicitado, no lo deseado. Recuperar la infancia, hacer acúmulo de todo el inventario de primicias con que la vida nos agasaja. Jugar, ser juego.

Tenemos ante nuestra mirada un anciano y un niño pero...¿quién es quién?

Afortunadamente, a la mueca contrariada del niño que abre el regalo que no deseaba, se contrapone la inextirpable sonrisa del adulto que recupera la infancia y espera encontrar reflejada en el semblante del pequeño la llamarada inconsciente del juego.
Niños y ancianos, hoy, en tantas casas. ¿Quién es quién?



martes, 3 de enero de 2012

amiga noche

Ya ha venido la noche a tomar asiento en mi salón. Ha descalzado sus pies de escarcha y, tomando mis babuchas preferidas, ha acomodado su cansancio venidero a la sombra que el mío tatúa en el sofá del salón.

Temíamos, cuando niños, la aparición opaca de la noche, su murmullo de nubes silenciosas, su aroma de tormenta gestante y su luz inversa que venía para equivocarnos los sueños. 
La llegada del atardecer, como la llamada a filas de un ejército de sombras, traspapelaba nuestras obligaciones y, antes de correr a guarecernos en la fragancia de fogones festivos que nos calentaban la cena, silbaba a nuestras espaldas misteriosas tonadas de pétalos suicidas, melodías de ventisca frígida que nos hacían voltear la mirada, sólo un instante, por intentar atrapar su destello de minutos ausentes. Pretendíamos hallar en la comparecencia dictatorial de la noche los sueños que nos disponíamos a vivir. Nos esperaban esas horas en que permaneceríamos, sí, ausentes de la vida, al dormir. 


Hoy la noche es mi más tierna aliada. En ella sepulto los minutos desperdiciados. A ella entrego el ramillete arrebolado de mis ilusiones.





lunes, 2 de enero de 2012

la vida en rebajas

Comienza hoy, en algunas ciudades, la barbarie reglamentada de las rebajas, y más de uno se abandona al metódico menoscabo de su particular cuenta de resultados. O sea, que pretendiendo ahorrar más el doble gastan. Pero ¿y esas prendas rescatadas de la inmundicia del abandono?, ¿y esos chollos que nos hacen sentir poseedores, por un instante, en primicia, del secreto del fuego? No menospreciemos la ilusión.

Tuve anoche la fortuna de inaugurar el nuevo año visionando la última peliícula de Mateo Gil, ese genio que descubrimos, hace años, a la sombra de ese otro maestro del celuloide, Alejandro Amenábar. Blackthorn ha querido titular el cineasta su nueva obra. Un film crepuscular que arrastra las delicadas interpretaciones de sus protagonistas, suavemente, por el polvo de siglos de la melancolía que los años malgastados y los crímenes no cometidos (más que los realmente cumplimentados) depositan a los pies del hombre. 

Sam Shepard (cortesía de "la red")
Recupera para el espectador, tan grata película, la palabra no dicha, el mascullar musitado, la mirada que no quiere mirar pero con sus pupilas embriaga, de Sam Shepard, ese intérprete que tan gratas alegrías ha dado ya a los que devoramos cine con la sencilla intención de anegar en melancolía nuestros períodos de ocio. El actor dibuja para nosotros un boceto de dolor y remordimiento que nos atenaza las sensaciones hasta el último minuto. Shepard es Butch Cassidy en Blackthorn. Un Cassidy a medio camino entre la derrota y la esperanza de redención que, a la sombra de una parquedad expresiva digna de encomio, nos hace sentir que su vida ya está de rebajas, y que el tiempo que le resta es mero producto de saldo: horas como prendas desenvueltas que yacen derrotadas ante el ansioso marasmo de los buscadores de ofertas, días como trajes pasados de moda que ya nadie vestirá pero que a alguien retribuirán el lodo de momentos ya difuntos que si regresan sólo lo harán desde la oscura penumbra de un armario desordenado y, quizás, olvidado. 
Así supongo que la vida va dejando regueros de sueños en abandono, pequeños charcos de ilusiones fracasadas, o simplemente traicionadas, a la espera del afortunado que sepa hallarlos y ofrendarles nuevo uso.

Y quiero suponer también que, de entre los miles de personas que hoy se lanzarán a las calles comerciales de nuestras ciudades, habrá siempre quien, optimista y esperanzado, quiera recuperar a bajo precio los anhelos que un día animaron sus vidas, poder cubrirse, al fin, con aquella prenda que, cuando los precios eran más elevados, hubiese vestido de esplendor sus cuerpos ahora menos gloriosos. Quién sabe, es posible que, entre las montañas de productos huérfanos de dueño de los grandes almacenes, sepa alguno hallar los restos de stock de los anhelos maltratados.

Les deseo buena compra y mejor hallazgo.