sábado, 21 de abril de 2012

huelga de hambre

inspirado por el latido de "Poeta en Nueva York", de Federico García Lorca

La galería de arte portátil del suburbano. Esa galería en que, a dirario, se exponen, como evidentes prototipos del feísmo que ha llegado al arte contemporáneo (¡ay!, para quedarse), ciudadanos rostros atribulados por la derrota en que, sin remedio, ven naufragadas sus vidas.
Paseamos la mirada por entre las obras expuestas e intentamos desentrañar la técnica utilizada para cincelar el fastidio con tal grado de verosimilitud. Intuyo que los artífices de tal genialidad habitan los suburbanos inversos de un cielo que la ciudad quiere mancillar con sus rascacielos de avaricia y cemento salvaje. Abajo, pululando el amanecer apócrifo del metropolitano, todo un inventario de artísticas frustraciones en los semblantes ausentes de los trabajadores que regresan a la guarida hueca de la cena recalentada. Si el arte feísta no estuviese tan de moda creeríamos hallarnos en un recóndito vertedero de suburbiales fracasos.

Quieren pensar, aquellos que gustan de sembrar quimeras, en la revolución de las masas anónimas, en la definitiva huelga de brazos caídos y sonrisas enhiestas que desbanque, de su pedestal de miedo y nómina, a quienes engordan sus activos financieros con el suculento postre del general descontento.
Yo, lo lamento, no atisbo ni en lontananza la citada reivindicación salvífica. Tal vez, quizás, quién sabe, ojalá, en el marfil inquietante de la sonrisa africana, en el latido último de su expoliado flujo sanguíneo, o en el murmullo demoledor del sufrimiento andino, o en la prostituida piel magnífica de la cortesía asiática. Tal vez, ya digo, de venir la revolución lo haga con tambores ancestrales y cuchillas como miradas germinadas al calor de la mina y la malaria.

Si regreso al suburbano, no hallo más afán de huelga que el de la ya impuesta: huelga de hambre. Ni rastro de apetencia o curiosidad alguna. Vagan los ciudadanos de este decadente occidente como acobardados fantasmas de película de serie B. No hay hambre. Nadie quiere ya comer las flores que sembrasen los poetas. Sólo de hambre será, ya es, la huelga. Hambre de vida cuando la vida ya está en otra parte. En el África Negra, en la altiplanicie andina, en las selvas del monzón. Lejos, muy lejos.

Regresarán los trabajadores a casa y continuarán su huelga de hambre. Encenderán televisiones y apagarán sensaciones, se entregarán al fraudulento descanso del guerrero vencido para comenzar, mañana, un nuevo día de hambre y nada.

Discúlpenme, no me sumo a esta revuelta. Me refugiaré en el volátil abrazo del deseo y la frutal fragancia de la carne recién lavada. Hundiré mis colmillos en el tibio sueño del amor. Me atragantaré de experiencia, aunque sólo la halle en una caricia húmeda y hembra, en un mullido laberinto de sábanas revueltas, y ahí esperaré tumbado la negra navaja de rebelión que cercene mi garganta de palabra y beso.

No digo nada nuevo, ya lo profetizó el poeta:

El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo viene del África a Nueva York!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
!Arena, caimán y miedo sobre Nueva York!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York! 

El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!


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