lunes, 31 de diciembre de 2012

despedida y cierre

Fin de año, fin de ciclo, o al menos eso dicen todos aquellos que gustan de encerrar la vida en períodos numéricos, al igual que la encierran en numéricos propósitos, monetarios objetivos.

Quisimos soñar, algunos, que este 2012 traería bordado, en su ajuar de fechas, aquella que remendaría los brutales descosidos con que la infame avaricia humana ha estado afeando, durante ya demasiados siglos, el vestido de gala de la fraternidad y el abrazo.

Pasó la fecha soñada, transcurre la que pone fin al calendario, ese loco baile de cifras que, al fin, todos podemos comprender. Nada ha sucedido, al menos nada reseñable. Las calles siguen atestadas de bolsillos reventones y esperanzas con fecha de caducidad impresa. Los comercios reventados de falsa apariencia y ansiedad al filo de la ignominia. Las mesas explosionadas de vacuo exceso y gula supletoria. Así llegamos al fin de año, así decidimos inaugurar el venidero.


Pero no quiero ahora recopilar indignidades, lejos de mi intención amargar a quien decida leer estas líneas el brindis y el sueño, el beso y la caricia. Prefiero, por contra, retornar a la cómoda caverna de la costumbre y, ahora que no tengo cerca a los mios, recordar que son bastantes, y que a ellos se han añadido, a lo largo de estos doce meses, muchos otros con quienes no contaba, nuevos corazones que han palpitado, aunque sea por unos minutos, al ritmo enloquecido del mío propio.

Finalizo 2012, sí, haciendo memoria y decorando esta estúpida lágrima que aún se niega a tatuar con destreza mi mejilla acalorada. Duda entre un suicidio de pena y un asidero de luz. Duda entre ser melancólico llanto o esperanzada ilusión. 

Echo la vista atrás, no mucho, y veo todos estos rostros que se engarzan a las líneas horadadas en mi rostro. Porque me hicieron sonreír y eso marca. Porque me hicieron soñar y eso marca. Porque están detrás de mí hasta cuando no los veo...y eso marca.

Así que fin de año y prefiero recolectar compañeros de viaje, antes que éxitos, fracasos, números o planes futuros. Son muchos, más de los que esperaba, y no sueño con que sean más al año próximo, tan sólo con poder mantener mi paso al ritmo delicioso con que han ido forjando, en mi rostro y mi reloj, la grandiosa sensación de sentir que la vida es tan sólo compartir momentos de calidad, calidez y belleza, con aquellos que, desnudos, a ti se acercan.

Finalmente, 2012, sí ha sido, para un servidor, cambio de ciclo. Gracias, amigos, hermanos, por formar parte del nuevo. Vosotros sabéis quienes sóis...no hace falta que os enumere.

Mirad a lo lejos 2012...adiós a tan anciana época...

jueves, 20 de diciembre de 2012

vuelo sin motor

A pesar de las calamidades y universales señas de fin de los tiempos que dan a diario los noticieros, queda el reverencial bálsamo de la anécdota que se convierte en noticia sin apenas quererlo. Al menos dudo que el protagonista de la noticia que hace unos días (sí, recuerden, escribo con retraso, como vivo, ¡ay!) pude leer, estuviese interesado en que saltase a los medios informativos su frustrada peripecia.

Resulta que un intrépido parapentista, una de esas personas que osan ignorar las leyes de la física y deciden dotar de falsas alas a sus, imagino, sinceros deseos de volar, vio interrumpido su apócrifo planeo por los cables de alta tensión de una torreta de ídem. Parece ser que el frustrado aeronauta de sí mismo, tuvo que sufrir largo tiempo suspendido en el vacío, a la espera de que llegasen las fuerzas del desorden para poner fin a su calvario.

Recuerdo numerosas ocasiones en las que he desado volar, desprender el hastiado chicle vital de las suelas de esos zapatos manufacturados con el cuero de las ilusiones que me calzo cada día, al despertar. Momentos en que un roce premeditado o un beso a media oscuridad me han sorprendido deseando despegar los pies del suelo, para mejor observarme desde lejos, para con seguridad cerciorarme de la realidad de lo vivido y no pensar que sólo soñaba. Es evidente, sí, hablo de esa raíz multiforme que hemos dado en llamar amor, y que es el salto en parapente a que se someten, sin calibrar bien las consecuencias de la caída, casi cada uno de los humanos. Digo casi cada uno porque hay quien afirma no encontrar más amor que el de Jesucristo y parientes, y me pregunto: ¿acaso no corría él peligro de chocar contra numerosos cables de alta tensión en su despiadado vuelo sin motor en pos del amor universal?


Allá cada uno con sus intimidades amatorias. Yo, más bien, prefiero refugiarme en el chapoteo húmedo de unas sábanas que hieden a noche en vela, en la embestida sutil de la carne a flor de labio, en el agreste aroma animal exhalado cuando el orgasmo, en la resudada refriega de las manos que se buscan, en la marea incesante de vientres que se dilatan y mejillas que se incendian, en el paladar loco e inexacto de las llamas como lenguas, en el laberinto voluble de la piel en retirada, y descubrir que no es realmente por objetivizar y ver desde fuera por lo que deseo volar, en tales instantes, sino por arrancar un pedazo de esa carne que me inunda y, sostenido entre mis garras, llevarlo lejos, pasearlo por las autopistas huérfanas del cielo, ascender a la roca más alta y devorarlo sin dar razón ni argumento a nadie de mi locura.

Volar, ya digo, burlar la gravitatoria ley que nos envejece a la tierra adheridos, y surcar los cielos de la gloria que el amor, tantas veces promete y tan pocas nos cede. Porque amar es rizar el viento en una cabriola loca de eternidad y deseo, y nada nos sería más grato que enredarnos por siempre en la cabellera aérea de su promesa de plenitud y suicidio.

Ignoro si el esforzado deportista de los cielos que quedó prendado a los cables de alta tensión como yo a la piel de las mujeres, tantas veces, buscaba eternizar los goces que la noche anterior le proporcionara su amada. Lo que es seguro es que su vuelo, ¿cómo no?, se vió interrumpido. Tal vez le hubiese venido mejor encomendarse a ese Cristo gimnasta que decidió suspender su ascenso a los cielos en la eternidad dolorosa de una crucifixión de sangre, madera y leyenda.

El parapentista de la noticia sufrió, en la espera de su rescate, varias descargas eléctricas. Como yo en cada una de las amorosas batallas perdidas, como Cristo en cada estigma en su piel tatuado durante el suplicio.

Tal vez debamos asumir definitivamente que volar es imposible, y que cuando creemos estar haciéndolo sólo seamos recolectores de intensidades que duran apenas un instante. O que todo vuelo sin motor acaba, inevitablemente, en desastre.

jueves, 13 de diciembre de 2012

epopeya del oso panda

La ciencia, que no cesa de sorprender a propios y extraños con su acelerado ritmo de descubrimientos y novedosas primicias, vuelve a dar buena cuenta, estos días de su loco empeño por reescribir los libros de Historia.
Resulta que un grupo de esforzados paleontólogos, luchando contra viento y marea (o contra recorte e idiocia gubernamental), ha desenmascarado uno de los grandes fraudes de la Historia Natural. Parece que el oso panda no es originario de la China, fíjate tú. Los restos fósiles de un pariente lejano del simpático osezno arlequinado han sido encontrados en la Península Ibérica, y resulta que la prueba del carbono 14 (o algo así) evidencia pruebas suficientes para afirmar que dicho pariente lejano es el más antiguo de la estirpe del que, hasta ayer, considerábamos oriental plantígrado.

Asisten hoy día, los habitantes de esta misma península en que ayer tropezaban los bosques esos bonachones osos como de peluche incierto, a un trasiego de maletas y pañuelos al aire, en sorda y melancólica despedida. Los aeropuertos envejecen de llanto y adioses, las autopistas se ciegan de velocidad culpable, los puertos se inundan de súplicas y besos de última hora, los caminos enmudecen de orfandad prematura. Es así que los españoles parten a la busca de mejor vida en lejanas latitudes, en ignotas geografías, hastiados de la verborrea salvaje y propietaria de quienes pretenden trocar campos por panales de acero y ladrillo que en vez de miel supuren billetes, odio y cena a la luz de las velas y a la sombra del hambre y el miedo.

La ferocidad de los mercados no repara en el hecho de que la carnaza que los alimenta sea humana o vegetal, lo mismo da. Lo importante es mantener la cuenta de ingresos siempre alta, siempre por encima de la competencia, aunque se trate ésta de la simple subsistencia del ser humano. De tal manera han lanzado dentelladas las fascistas fauces de la economía, en España, que muchos de los que ayer denostaban el sudor y la falta de sueño de los inmigrantes negros, latinos, rumanos, han comenzado hoy a preparar un ajuar viajero hecho de aguinaldos y de tristes esperanzas para cruzar el mar, las cordilleras, la zona euro, a la busca de nuevas oportunidades para poder reintegrarse como personas a la vida que notan se les comienza a escapar.

Quién sabe, tal vez dentro de un puñado de siglos, investiguen los paleontólogos del futuro el verdadero origen del "homo hispano", y hallen entre los escombros de una civilización calcinada, allá donde debía haber estado el centro geográfico de la península ibérica, los restos fósiles de una furibunda mandíbula que demuestre que aquel fue su lugar de origen, y no los mares del sur o las selvas amazónicas. Pasados los siglos bien podía pensarse que el español es raza originaria de la jungla asiática, y que su dieta es mayoritariamente vegetariana, lo vemos a diario en Españoles por el Mundo.

El oso panda, ya lo constatábamos al inicio, no nació en la China. Ahora esperemos a que los economistas nos iluminen y descubran que, tras placenteros siglos de holgada vida mediterránea, se vió forzado al exilio por la ferocidad insomne de algún felino que pretendía hacer de ellos simples esclavos que cultivasen bambú con que construir andamios o escaleras en que poder apoyarse para mejor poner en pie los edificios que definitivamente acabasen con la selva virgen en que antaño disfrutasen de la vida sin amos ni propietarios.

Al fin y al cabo, por más que pretendamos ignorarlo, la Madre Tierra es hervidero de enseñanzas. Siempre lo ha sido, siempre lo será. Aunque quizás estemos equivocados y sólo es que hemos olvidado la genética irremediablemente nómada de todo animal, incluido el hombre.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

elogio de la soledad

Existen ciudades cuyos próceres corren raudos tras una efímera gloria que los devenga memorables y, sobre todo, que les rellene los bolsillos como quien rellena un osito de peluche maltratado, pero de billetes en vez de gomaespuma. Quiero decir que hay ciudades que adoptan normas tendentes a convertirlas en modernas, habitables, ecológicas, respetuosas con el medio ambiente.

Ocurre esto en Madrid desde que alguien decidió abrir una vía alternativa en uno de los numerosos recorridos metropolitanos por los que miles de vehículos se trasladan cada día para mejor trasladar a los autómatas que los conducen hacia el centro de trabajo en que de eficientes autómatas ejercerán durante inacabables horas. En esta vía sólo pueden circular autobuses y vehículos en cuyo interior se traslade más de una persona. Digno de elogio el método, encomiable el fin. Muchos trabajadores prefieren circular ellos solos en su propio automóvil, aún sabiendo que muchos otros realizan cada día el mismo recorrido y podrían ahorrar, sumando fuerzas, monedas a sus cuentas bancarias y malos humos a la atmósfera.

El caso es que la tentación de la individualidad es dura de sobrellevar, y hace unos días fue sorprendido un ciudadano al que, desde el asiento del copiloto de su flamante automóvil, observaba una muñeca hinchable comedida pero elegantemente ataviada. Sí, el hombre había utilizado una de esas voluptuosas muñecas de fabricación oriental destinadas a calmar los momentos de desasosiego de sus propietarios para esquivar las normas ciudadanas y poder llegar antes que nadie a su puesto de trabajo, por la vía reservada a buses y automóviles con más de una persona en su interior.

Nunca he podido olvidar las suspicaces miradas de los parroquianos de El Mono Azul, un delicioso bistró ubicado en uno de los más bellos edificios de la ciudad de Arequipa, cada vez que yo entraba en el local para dar inicio a mi ronda de piscosours y salir al balcón a embriagarme de soledad, letras y alcoholes. Escribía, pretendía moldear palabras como si me fuese la vida en ello. Quién sabe, tal vez me fuese la vida en poder arrancar a mis pesadillas las palabras que las explicasen e hiciesen entendibles a un lector que, ¡ay!, bien sabía que nunca existiría.

En el interior del bistró las parejas se amaban y los amigos se abrazaban y reían. La camarera me destinaba tiernas miradas y pretendía entablar conversaciones que quedaban en desamparados monólogos. Yo respiraba el aire gélido del anochecer andino y añoraba una compañía que, día tras día, seguía sin llegar.

El día que la camarera se atrevió a preguntarme por qué siempre estaba tan solo, yo acerté a balbucear que era exactamente eso lo que necesitaba: soledad. Quizás ella necesitase otra cosa y yo no quise darme cuenta. Quizás mis letras hubiesen sido mejor trazadas si las hubiese, primero, ensayado sobre la piel incandescente de la bella camarera. Fue por eso que, tras varias etílicas visitas, decidí darle conversación. No por conseguir intercambio carnal, no, más bien por no aparentar tan sólo, por evitar de su parte pensamientos negativos hacia mi persona, a veces el ser humano tiene tales arranques de rubor.

La cruda realidad era que yo sólo quería estar solo. Pero me sentaba bien el disfraz de coloquio e intercambio de opiniones con la camarera. El resto de habituales del bar dejaron ya de mirarme. Al menos no lanzaban contra mi persona dardos (o miradas) de superioridad, más bien de envidia. Pobres infelices, pensaban que me estaba beneficiando a tan rotunda mujer. No me extenderé glosando su voluptuosa belleza, discúlpenme, eso lo reservo para mí y mis noches de ebria soledad y desasosiego.

Imagino que el descuidado conductor acompañado por la bella maniquí sólo quería disfrutar, cada mañana, de esa sensación de libertad que, dicen, produce el conducir un auto. Así lo entendieron las autoridades y, por ello, procedieron a extenderle cuantiosa multa por su grave infracción. Creo que, en este caso, nadie llegó a pensar que el incauto automovilista se beneficiaba a su acompañante de plástico. 

Claro, al fin y al cabo los agentes de la autoridad no están para psicoanalizar las curiosas soledades en que se amparan los ciudadanos. Eso queda para las parejas que se aman en los bares, para los amigos que se abrazan y ríen al calor de alcoholes varios. Sólo ellos, conscientes de lo difícil que es mantener el confraternizador disfraz de la compañía ajena, están en situación de reír de aquél que, sin trauma ni verguenza, pasea su soledad por las mismas barras en que ellos piden gustosos un daiquiri para su novia, o un tiesto de cerveza para su grupo de amigos.

En las ciudades modernas se juega, de tanto en tanto, a la solidaridad, la comunidad y las raíces familiares. Pero intuyo que no son pocos los que visten disfraces de comunidad para mejor esconder esa bendita soledad que, en ocasiones, tan imprescindible resulta al ser humano.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

ruta salvaje

Llega a mis oídos algo que numerosas parejas de holgada hipoteca y liberador colegio de pago (liberador para ellos, no para los escolares) ya están celebrando con alborozo: la reciente publicación de una serie de Guías de Viaje pensadas para que las visitas que realicen a capitales extranjeras, en compañía de toda la familia, no se conviertan en un suplicio. O sea, que las susodichas guías están enfocadas a los que viajan con niños. Para que estos se diviertan y también sus progenitores. Guías de Viaje en Familia han decidido, con sobrecogedora imaginación, denominarlas.

A nadie se le escapa, en esta sociedad del consumo y la ignominia, que muchos matrimonios ven sus períodos vacacionales constreñidos al hotel de playa peninsular dotado de piscina, campo de juego y animación alienante que permita que sus retoños permanezcan "entretenidos". Claro, hablamos de quien entiende el viaje como un entretenimiento y considera a sus vástagos (independientemente de la edad que estos alcancen) carentes de la tan humana capacidad de discernir. Al fin y al cabo a nadie le escapa el carácter decididamente salvaje que pueden adoptar ciertos infantes al no ver satisfechas sus demandas de golosinas, juegos, smartphones, iPads, dinero...

Fue en Corea del Sur, hace algunos años, que pude constatar algo que durante mis diversos viajes a lo largo de los años se había convertido en insidiosa sospecha: son gran número de nacionales franceses, belgas, alemanes, finlandeses, estadounidenses (evidente: en Estados Unidos caben innumerables países), etc. los que no sepultan su espíritu viajero, su afán por caminar nuevas tierras, bajo la sepulcral losa de la paternidad supuestamente responsable. Españoles o sureños en este plan no, lo lamento, no he visto

Durante el transcurso de los 25 días que empleé en atisbar la cultura, costumbres y parajes surcoreanos, tuve la fortuna de no tener que enfrentar la mirada a los atropellados y vociferantes espectáculos públicos que mis compatriotas gustan de representar cuando hacen turismo fuera de las fronteras patrias. Tampoco crucé mis pasos con los de ningún europeo, norteamericano u angloparlante, en general. Salvo en Gyeongju, la mirífica capital del antiguo Reino de Silla. Me encontraba allí alojado en el hanok de una amable familia, cuando el más anciano integrante de la misma me solicitó permiso para alojar en la habitación contigua a una "encantadora familia francesa" (estas fueron sus palabras). Es imposible plantear una negativa al solícito y amable carácter surcoreano, por lo que respondí que "sí, por supuesto".

Resultó que la "encantadora familia francesa" se componía de 5 miembros: joven madre, joven padre, jovencísimos hijos gemelos y can de indefinida edad. Según me comentaron viajaban por el mundo desde el año siguiente a aquel en que la mujer diese a luz a sus dos gemelos. Era su pretensión máxima lograr que los pequeños comprendiesen, una vez crecidos, el mundo que les rodeaba. Y nada mejor para esto que desgastarles la costumbre desde la más tierna infancia, emprendiendo con ellos el sinnúmero de viajes que ya tenía la pareja en mente antes del feliz alumbramiento.

Viajaba, la joven familia, de manera muy similar a la mía: mochila al hombro y sin guía de viaje. Lógicamente sus mochilas eran de mayor capacidad que la que yo portaba. Al calor de una agradable charla, compartiendo un delicioso té de bambú, pude comprobar, no obstante, que los trotamundos franceses añoraban la existencia de algún tipo de guía de viaje orientada a quienes se hacen acompañar, durante la excursión y el peregrinaje, por sus fieles mascotas.

He olvidado premeditadamente hacer intensiva mención al dócil perro (no me pregunten por su raza, ya demasiado difícil me resulta ubicar en alguna de éstas aciagas fronteras fisiológicas a los propios humanos) que acompañaba a la familia y que, según me confesaron era difícil fuese admitido en los establecimientos hoteleros de la península surcoreana.

Supongo que los imaginativos editores que han entregado a imprenta numerosos manuales de uso de capitales europeas orientados a conseguir que los responsables papás puedan entretener el exótico periplo a sus pequeños, han olvidado premeditadamente que las mascotas también pueden acompañar a sus dueños en los vagabundeos que estos decidan emprender por el globo. Aunque, bien pensado, dudo que a los publicistas del entretenimiento se les escape tal detalle, de seguro preparen las Guías de Viaje en Familia (y mascota) para sucesivas ediciones ampliadas.

Ellos también tienen derecho a emprender ruta en vez de quedar recluidos en hoteles caninos y otros establecimientos de esparcimiento animal del estilo. O peor aún, en casa del vecino donde, bien es cierto, pueden volverse realmente salvajes.

Deberían restituir a las mascotas el derecho al "entretenimiento". No va a ser todo, para tan solícitos animales, pensar en el bienestar de sus "propietarios", digo yo.

lunes, 12 de noviembre de 2012

el crepúsculo de los superhéroes

Andaron revueltos, hace no mucho, los diversos canales de "la red" dedicados a proporcionar a su público videos e imágenes, con la hazaña realizada por un deportista que decidió romper la barrera del sonido al saltar en caída libre desde 39.045 metros de altitud. Una gesta estratosférica, o sea.

Disculpen que no recuerde el nombre del citado hombre-pájaro, es austríaco, y cada vez me resulta más complejo retener palabras con excesivas consonantes. Aunque también de nacionalidad austríaca era otro deportista cuyo nombre si recuerdo: Heinrich Harrer. Tal vez sea por el hecho de que la proeza de éste fue más silenciosa, pausada, longeva y no fue registrada por las cámaras HD de media humanidad, no sé, o tal vez por tratarse tan sólo de una excursión que le llevó a coronar las numerosas cumbres nevadas que suponen ardua barrera a quienes desean acceder al Tíbet, lugar mucho más seductor para quien esto escribe que ese espacio etéreo denominado estratosfera.

Harrer decidió dejar testimonio escrito de sus andanzas tibetanas, que se desarrollaron a lo largo de siete longevos años en que el joven alpinista tuvo la ocasión de habitar en la entonces Ciudad Prohibida de Lhasa como invitado de honor y maestro particular del Dalai Lama, líder espiritual de los tibetanos. En Siete Años en el Tíbet, el voluminoso volumen que el austríaco dejó escrito, podemos recorrer en sosegada lectura una trepidante y convulsa época histórica en que finalizó la Segunda Guerra Mundial, surgió el Comunismo Chino y el mundo tuvo conocimiento de que otras profesiones de fe distintas de las monoteístas eran igualmente válidas para aquellos para quienes la vida ha de tener un sentido último más allá de vivirla.

Harrer fue, ya digo, testigo privilegiado de suculentos episodios históricos, a la par que protagonista desinteresado de los mismos. Su influencia en los ancestrales modos de vida del Dalai Lama pudo conseguir que a día de hoy la figura espiritual de tan alto mandatario de la fe budista sea mundialmente valorada y que sus maneras, sin alejarse de las atávicas disciplinas espirituales de sus antecesores, se hayan convertido a día de hoy en una suerte de vintage way of life (si es que algún sentido tiene eso). Hoy podemos observar la grácil sonrisa del Dalai tras las monturas de titanio de sus gafas graduadas, y el etéreo saludo de su majestuosa mano anudado al brillo inocuo de un reloj de diseño suizo.

Después, con la sibilina intención de desmontar la fama alcanzada por su libro, fue el alpinista austríaco vilipendiado por su pasado nazi, a la sombra herrumbrosa de un Reich que pretendía alcanzar distintas cimas que las que él pudo explorar. Como con Céline, ese otro poeta, aunque de la misma manera se le ha proporcionado a aquél una jugosa cuota de fama inesperada.

El deportista compatriota del alpinista, ese de nombre impronunciable que ha saltado desde un ingenio aeronaútico, cegado por el vértigo y por los focos de miles de cámaras, dudo que haya pertenecido en su tierna juventud a algún grupúsculo admirador de Hitler. O, de haberlo hecho, casi seguro que jamás alcanzaremos a saberlo. Su gesta ha sido fulgurante, veloz, trepidante, carente de la pausa y sosiego tibetanos, extirpada de toda glosa más allá del número de caracteres con que los grandes rotativos obligan a sus asalariados a garabatear sus crónicas periodísticas. Sí, cierto, queda la imagen, pero a Harrer ya le dedicaron un filme de larga duración, protagonizado además por una de las más relumbrantes estrellas hollywoodienses. La caída libre del hombre-pájaro no va mucho más allá de los 4 minutos.

No cabe la menor duda: vivimos tiempos vertiginosos y los superhéroes se disfrazan con llamativos colores o con tecnológicos trajes de astronauta. Sus hazañas son impactantes, en lo visual y lo grandilocuente, pero temo que su clausura alcance la misma espectacularidad dramática y nos hayamos dejado por el camino el dulce aroma de la pausa y la trascendencia. Ya lo decía mi abuelo, y soy yo respetuoso con la sabiduría de los mayores (como los tibetanos): quien mucho corre pronto para.

miércoles, 31 de octubre de 2012

rescatar la prostitución

Con gran fanfarria de voces disonantes y eruditos comentarios conocemos los españoles, como antes lo hiciesen los griegos, los italianos, los irlandeses, que la Gran Europa duda ante acudir o no, presta, a nuestro rescate, para librarnos de las feroces fauces de una crisis que ya instalado el tiempo de las sombras en la vida de numerosos ciudadanos. Digo que conocemos cuando en realidad nos sentimos abrumados, o directamente aburridos, por el incesante bailoteo de dimes y diretes que no hacen más que embrollar más el embrollo de esta crisis económica que, parece ser, asola el mundo.
Mientras tanto, el gobierno adalid de nuestro bienestar sube impuestos, recorta libertades que considera libertinajes y abre las puertas de esta mansión desvencijada que es la vieja Hispania a contrabandistas y extorsionadores de guante blanco (véase el caso del multimillonario mafioso dueño de casinos y otros lupanares de medio mundo que conseguirá acordonar con una nueva cadena de esclavos sumisos las baldías tierras del extrarradio madrileño). Y, ¿cómo no?, también duda entre suplicar o no el citado rescate.

Fue no hace mucho, en una de esas largas y sabrosas cenas entre amigos, cuando una de las mujeres que nos acompañaba se atrevió a extender, sobre el mantel previamente extendido, su ingeniosa receta para salir de la crisis: legalizar la prostitución.

Bien pensado, la supuesta legalización del más antiguo de los oficios proporcionaría no pocos beneficios a esta sociedad del malestar en que pretendemos acomodarnos. De lógica es que aumentarían las aportaciones a la seguridad social, y que crecerían vía tributo los numeritos que balancean las cuentas públicas. Efecto de un nuevo trabajo legalmente remunerado, especialmente teniendo en cuenta el gran número de trabajadoras/es del sector que nos ocupa. Lógicamente el sistema sanitario ahorraría gastos por enfermedades venéreas al existir un exhaustivo control médico previo de los sitemas inmunológicos de los/as trabajadores/as de lo lúbrico. El mercado inmobiliario podría ver incluso un inicio de renacer al tener capacidad, con los nuevos y controlados ingresos, de abandonar las calles tantas y tantas de las personas que surcan las horas nocturnas en el velero frío de la espera y el riesgo, siempre pendientes de la llegada de un salvífico vehículo portador de adinerado y respetuoso cliente. Y en este plan.

O sea, que sólo veo beneficios. Así se lo hice saber a mi amiga, así parecimos convenir todos: legalizar el lenocinio sería ventajoso avance. También las drogas, clamó uno de los contertulios. Y pienso que bien cierto es, pero eso me da para otra entrada en el blog, así que me lo reservo.

Lo dicho: todo beneficios, pero de ahí a que la legalización de la prostitución conllevase extirpar de una vez por todas la insana enfermedad monetaria que aqueja nuestra economía hay un largo trecho, creo. Me temo que los encargados de gestionar la labor de tan esforzadas mujeres (y hombres) buscarían las artimañas para poder seguir disfrutando de balde de los beneficios del trabajo ajeno.

Parece ser que las autoridades monetarias han pasado una noche de larga y sabrosa cena entre amigos, y que alguien ha tenido idéntica ocurrencia a la de mi amiga. Es por ello que confirman el rescate financiero como la más beneficiosa de las alternativas. Imagínense: legalizar la prostitución del trabajador a sueldo y dejarle a la ventura de matones, chulos, proxenetas, vestidos de Gucci y Valentino (algunos de Zara, que dada la honorable y representativa figura del éxito de su propietario poco importa que poco importen las prendas que comercializa), que gestionen sus esfuerzos y decidan el precio de los servicios ofertados. El trabajador no tendrá más salida que aceptar el precio indicado, caso contrario puede dar con sus huesos en el sucio y frío asfalto de la noche de la civilización. Ahí la duda: legalizar o no. Mientras toman la decisión alargan el banquete con profusión de licores, y pierden el hilo de sus propios razonamientos. Como el grupo de amigos del que formaba parte un servidor aquella noche de pitanza y charla. Como un servidor en estos mismos momentos.

Yo, en su caso, no dudaría. Al fin y al cabo ya han convertido el mercado laboral, hace tiempo, en un lupanar de baja estofa, y la sociedad en un baile de máscaras en que es difícil averiguar quién es el cliente y quién la prostituta. Tal vez con el rescate tendrían derecho los asalariados, al menos, a una exhaustiva revisión médica gratuita que les permitiese salir de dudas al respecto de una posible dolencia de la entrepierna contraída en una aciaga noche en que vieron cómo las últimas migajas de su sueldo sucumbían al sensual malabarismo de unas manos acostumbradas a provocar húmedas sensaciones.

Perdón, lo olvidaba, la sanidad también forma parte del banquete.


sábado, 20 de octubre de 2012

lucha de gigantes

Aún a riesgo de tacharme de cansino y reiterativo he de comenzar así: vivimos tiempos convulsos, extraños días. Sí, los días se aparecen hoy como fotografías movidas por el temblor aterrado de quien se sabe moribundo.

Hemos podido revulsionarnos, los que tenemos la fortuna de poseer dedos inquietos que teclean el ciberespacio, ante innumerables imágenes de ciudadanos en ejercicio del democrático derecho a proclamar pública repulsa ante políticas que, consideran lesivas para su moral y su bolsillo (derecho a huelga, lo llamaban) violentamente golpeados por aquellos aprendices de superhéroes a que las autoridades han osado regalarles el disfraz de ídem para que mejor entren en su papel de defensor del orden.

Una rabia contenida ha forzado a muchos a reprimir, supongo, instintos humanos (demasiado humanos, decía el poeta), y no salir a las calles armados de palos y piedras. A pesar de todo, por algún resquicio informativo de esos que gustan de desinformar y alterar los nervios de los acomodados biepensantes, se han colado brutales escenas en que otros manifestantes, distintos a los que componen esa marea de pacífica indignación, expresaban su rabia con violentos arrebatos. Es así que, en muchas de las miríadas de manifestaciones que hoy encienden de primavera joven y rebelde los jardines metropolitanos, hemos podido observar cómo mientras unos alzaban las gargantas afónicas de pacífica consigna, otros alzaban el brazo para mejor impulsar piedras, botellas, desperdicios, contra las fuerzas del orden.

Gracias a la red de redes vengo estos días sumergiéndome de nuevo, una vez más, en la prosa elegante y certera de mi admirado Hermann Hesse. En algún lugar leo una frase, en otro una cita poética, en el siguiente una breve reseña de algunas de sus obras. Puebla estos días, la red, el autor alemán, y prefiero ignorar las evidentes causas.

Hermann Hesse (cortesía de "la red")
Como cada vez que regreso a Hesse, comienzo por El Lobo Estepario, y me enredo de nuevo en la violencia contenida de esa escena en que Harry Haller trepa los nudos rugosos de ese árbol hastiado de la cercanía del tráfico rodado sólo para ir descargando su escopeta sobre los conductores que enderezan su auto para mejor tomar la curva más cercana. Pocas escenas tan violentas como aquella, que sucede en ese Teatro Mágico y en que tan a gusto nos sentiríamos más de uno. Al fin y al cabo, sin salir el protagonista del laberíntico Teatro, asistimos excitados y ansiosos a esa otra escena en que la bella Armanda tartamudea su personalidad con un vertiginoso cambio de disfraces, dispuesta a envenenar los sentidos, la realidad y la hipocresía. Y...¿quién no se sentiría a gusto en los brazos de tan deliciosa matarife?

Entrar en El Lobo Estepario, en mi caso, lo reconozco, es no querer salir, ansiar quedarse a vivir en ese teatro para locos no para cualquiera en que la entrada sólo cuesta la razón. Pero tal vez sea diosa Fortuna quien me permite desmoronar el hechizo y salir a tomar aire...un instante...hasta que me interno en Demian, Narciso y Goldmundo, Entre las ruedas ó El Juego de los Abalorios, y tomo de nuevo conciencia de andar siempre varado en mis contradictorios afanes. 

Juego de contrarios, conjugación del plural que habita en cada individualidad, eterna lucha del Bien y el Mal, confrontación esquizofrénica de todo humano que como tal se reconozca. Así, leer a Hermann Hesse, aparte el placer de su prosa exquisita y penetrante, no nos deja mayor enseñanza que la de la dualidad moral del Ser Humano, esa constante lucha que en nuestro interior entablan Luz y Oscuridad. En Narciso y Goldmundo se sirve el autor de dos personajes distintos para mejor establecer los contrapuestos valores que nos habitan. Pero en El Lobo Estepario Hesse esculpe las trincheras del campo de batalla en los opuestos hemisferios cerebrales del un sólo hombre, una misma persona que, en ocasiones, semejan dos contrapuestas.

Pienso de nuevo en las manifestaciones. Releo los comentarios que tienden a acusar a los alborotadores de ser inflitrados de las fuerzas de el orden para mejor disolver la marea humana. Pero pienso si no resultarán, los manifestantes pacíficos y los violentos provocadores, ser las mismas personas.

Tal vez, como en Hesse, una persona desfila indignada pero pacífica, al son de la marea humana, al inicio de la marcha, cuando las consignas son festivas y la esperanza de poder cambiar el rumbo de la Historia aún es perfume fresco. Y tal vez, como en Hesse, esa misma persona, comience a corretear, indignada pero violenta, una vez que la Policía haya ejecutado la primera carga para devorar sus esperanzas demostrándoles que no, no hay esperanza de cambio y el rumbo de la Historia sólo tiende a escorarse más en busca de una zambullida definitiva, sin retorno, al más puro estilo Titanic.

Hay otros mundos pero están...en mi cabeza.

miércoles, 10 de octubre de 2012

élite insomne

Ha regresado la enfermedad, como una caricia imprecisa, a desordenarme las horas, los tiempos, los sentidos. Parece al menos que, cuando enfermos, algo de provecho hacemos: transgredir horarios, abaratar las responsabilidades al igual que abaratan el despido los prohombres de progreso. Quizás también lo hagan ellos por enfermedad, mental en este caso.

El caso es que amanecer a un día de enfermedad te permite leer la prensa prestándole aún menos atención que cualquier otro día y, paseando la mirada por entre las líneas en negrita de los titulares como lo haríamos con el perro del vecino por entre la hojarasca agreste del parque de enfrente, encontramos noticias que nos suenan a anécdota, o anécdotas que nos parecen noticias, quién sabe. Yo, hoy, algo he leído sobre la necesidad que tiene el ser humano de dormir al menos 8 horas diarias. ¿Sabiduría popular? No, viene en la prensa.

La noticia de marras parecía aludir a unos profusos y difusos estudios científicos relativos a la causa por la que algunos de nosotros necesitamos menor número de horas con el piloto automático de la vigilia desconectado para poder desarrollar una actividad laboral (siempre lo laboral, tan enquistado en nuestra piel) al día siguiente. Sinceramente, al comenzar a perder la mirada entre expresiones del tipo "molecular psychiatry", "Universidad de Ludwig", "mutación genética P385R", "cronobiólogo francés" y "short sleepers", he perdido el entendimiento todo y he volteado mi cuerpo en el jergón que acuna mis fiebres. Sólo he sacado en claro de mi lectura parcial que los que con 6 horas de reposo nocturno tenemos suficiente para enfrentarnos al nuevo día formamos parte de una élite. Lo juro, así lo afirman: formamos parte de una reducida élite.

Es cuando los renglones torcidos de la noche crean guarida en que guarecer la ausencia de sueño que las pesadillas asientan sus posaderas en el trono de la ansiedad. Pesadillas reales, no esas de las que sabes que despertarás pasado un tiempo. Guadañas que recortan la sombra de un ruido, mudos gritos que ahogan una rebanada de silencio que quería ser tu desayuno que no llegará...porque la noche se alarga se aquieta se agiganta y tú no puedes dormir y enredas el tictac mugriento de ese reloj que no tienes tartamudeando palabras, a oscuras (nunca despiertes a quien junto a tí descansa si es que tienes la suerte de poder enmudecer tu respiración agitada con el respirar calmo de un/a durmiente amado/a) en una libreta que recordabas haber dejado sobre la mesilla de noche, antes que tu mano sellase el acta de defunción de la bombilla del cuarto, ya ves, cosas de afortunados, es lo que tiene formar parte de esa élite que sólo necesita 6 horas para dormir antes de enfrentar el esplendoroso insulto del nuevo día. Y no hay soberbios sueños de ensoñadoras ninfas que te acaricien durante esas horas que se dirigen hacia el descanso como Sísifo lo hacía hacia la cumbre de la montaña, empujando segundos, minutos, como aquél una piedra y, como aquél, con el mismo nefasto resultado.

Rendimos, los que formamos parte de la "élite de las 6 horas", al día siguiente quizás tan sólo porque no tenemos trabajo que desempeñar, o porque no es el trabajo lo que nos quita el sueño. Tal vez sólo pretendamos dejar huella en este mundo al pasear esas horas de vigilia que arrebatamos al sueño para sentirnos tan sólo más desgraciados y envidiosos de el/la que a nuestro lado recompone su día entre ronquidos y planes para la jornada venidera. Vamos, lo que se dice una élite: la de aquellos que sueñan despiertos porque no les queda más remedio. Tal vez lleguen a ser élite aquellos que empleen su insomnio en elaborar nuevas recetas comerciales con las que enfermar a sus iguales...negocios, regateos, acciones, inmuebles, cifras, modas, etcéteras.

Yo hoy, por si acaso, aprovecharé la fiebre para echar una cabezadita. A ver si hay suerte y una ninfa madura de sabiduría carnal me enreda el cabello con el humo de un cigarro tardío.

Buenas noches y...que tengan dulces sueños...

jueves, 4 de octubre de 2012

economía del corazón

Estos días son propicios a que sepamos de extravagantes incidencias. Resulta que una marea de ciudadanos desesperados rompe una y otra vez contra la estridente orilla de la desesperación.
Así una mujer de avanzada edad que decidió encerrarse en la sucursal bancaria a que había confiado, desde hace años, sus escasos (o no tanto) ahorros. Creo que la cifra eran 24.000 €. Sí, en 24 ocasiones había, la buena mujer, ahorrado la cantidad de 1.000 € desde que hubiese decidido abrir cuenta corriente en la entidad financiera que hoy, tras años de cobro de comisiones y sugerencias de planes de pensiones, se negaba a reintegrar de inmediato a su legítima propietaria la cantidad confiada.

Nuestra protagonista decidió, no nos atrevemos a decir si con buen o mal criterio, encerrarse en la sucursal bancaria, junto a los asalariados del miedo y los clientes del terror que la circundaban, hasta que se le reintegrase céntimo a céntimo cada uno de los miles de unidades monetarias que esforzadamente había conseguido acumular, con el paso de los años y el desgaste de la vida. Es lógico que el Banco no quiera devolver su dinero a la ciudadana referida. El Banco vela por la fluidez del capital. Los Bancos existen para que el dinero fluya, y no quede estancado en el bolsillo de cualquier cliente malhumorado.

Ahora que las líneas del corazón se trazan en otras geografías, comienza la distancia a traerme recuerdos de amigos, reflejos de momentos álgidos de sonrisas y plenos de efervescencia sentimental. Es ahora que transcurren los días alejado de aquellos que en tantas ocasiones han decidido rellenar con palabras, sonrisas, abrazos los inevitables huecos del corazón, que comienzo a valorar en mayor medida su palabra cercana, su cercanía silenciosa, su silencio cómplice, su complicidad sonriente y caudalosa.

Creo que buscamos, todos, en nuestras vidas, estabilidades que nos provean amistades periódicas como un salario a fin de mes, amistades de fin de semana o fiesta de guardar, camaraderías aseguradas como lo están nuestras viviendas o automóviles, cariños estables, fijos, planos como las tarifas que contratamos para nuestros teléfonos. Quiero decir que nos agrada y hace sentir seguros el abrazar a ese amigo al que sabemos abrazaremos de nuevo en un plazo no mayor de 15 días. Que desearíamos retener por siempre esos momentos de plenitud que nos provoca su compañía.

Pero es en la lejanía, digerido ya el espinoso momento de la separación, cierta ya la agria sensación de carencia, cuando la siguiente reunión se antoja lejana, que comenzamos a asimilar lo positivo de ver cómo la amistad fluye libre de cadenas y normas, y hacemos de ella cauce torrencial en vez de regato estancado. Es en la distancia que nuestro latido se torna vendaval en el recuerdo del abrazo amigo. Es con los sentimientos en fuga que mejor apreciamos su pureza o falsedad. La melancolía, bien lo saben los cantantes de fado, puede ser catálogo de eternidades.

Ahora que encuentro lejano el abrazo pero muy adentro la amistad cierta, me estoy volviendo un poco banquero del cariño. Creo que no está de más dejar fluir el amor o esas fraternales sensaciones que en más de una ocasión nos encadenaron a una madrugada sucia de alcoholes y tabacos, de sábanas revueltas y fluidos desperdiciados, sólo por seguir deseando a nuestro lado ese aliento permisivo que nos embadurnaba la vida de plenitud y ganas de vivirla sólo porque quien nos acompañaba, besaba, abrazaba, hablaba o miraba era ese alguien especial que desbarató nuestro rumbo al cruzarlo con su vértigo de caricia y afectos: ése al que ahora, en la distancia, estamos seguros de poder llamar amigo.

Puede, pues, que esté equivocada la señora que se encerró en la sucursal bancaria para reclamar su dinero. Tal vez debiese dejarlo que siga fluyendo, para mejor apreciarlo. Al recuperarlo no hará más que dilapidar su valía en unas vacaciones, cubrir parte de la hipoteca de sus hijos, o alguna nimiedad del estilo. 

Posible es que los dirigentes del mercado financiero sean los nuevos filósofos del corazón y apliquen a lo material aquello que más nos conviene aplicar a los espiritual: que fluya el dinero y tome distancia, para que aprendamos a dejar fluir los sentimientos y, en la lejanía, mejor aprendamos a valorarlos.


O simplemente pueda ser que a mí la distancia me está equivocando el entendimiento. En mi descargo diré que los sentimientos, al contrario que los flujos económicos, dudo que sean ciencia exacta.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

infarto aviar

Día de lectura, de tomar defensiva posición ante la prensa, esa uniformada milicia que pretende enterrar el tuétano de la información en el campo de batalla de la mercadotecnia. Una vez desbastada la feroz enredadera de cifras bursátiles y términos de alta economía que, parece, hoy debe comprender todo ciudadano si pretende acompañar la vertiginosa galopada de los tiempos, tomo conocimiento de una de esas noticias "curiosas" que últimamente, junto con las columnas de opinión, son lo menos despreciable de lo precipitado en los matraces de esto que pretenden vendernos como periodismo. 

Resulta que, por motivos que nunca comprenderé, viene hoy a ocupar un rincón de los noticiarios la historia de una mujer asturiana que, debido a un accidente en la serrería propiedad de su progenitor, a inicios del pasado siglo tuvo la desdicha de perder ambos brazos cuando recién había cruzado la tierna frontera de los ocho años de edad. Una triste historia hasta que descubrimos que la joven hizo de necesidad virtud y se convirtió en hábil tiradora al blanco, practicante de piano, violín y acordeón, experta mecanógrafa y habilidosa jugadora de billar y cartas, entre otras disciplinas. Una versión prematura de los artistas que, con los pies o la boca realizaban ensoñadores óleos que pasaban a decorar los calendarios de Artis Mutis, vendidos a tropel en épocas navideñas cuando mi más tierna infancia.

La crónica que relata la vida de la joven asturiana pasa casi de puntillas por su carrera profesional en teatros y foros públicos haciendo gala de sus habilidades, para centrarse en la estocada final de su desgracia, cuando fue arrestada por las tropas del dictador Francisco Franco por no levantar el brazo al paso del feroz mandatario. O sea que, no sé si porque vivimos tiempos guerracivilistas o por mero regodeo en la caricatura de la desgracia, los artículos que encuentro sobre la citada mujer extienden mayor número de frases para ensalzar su resistencia a las absurdas leyes fascistas que para glosar su obstinación frente a las despiadadas leyes físicas que le impusieron su condición de tullida.

Abandono la lectura para degustar un delicioso plato de pollo tikka, y queda anulada mi motrocidad alimenticia, al topar con una de esas pechugas especialmente jugosas y rollizas. Comemos, de tanto en tanto, esas porciones de jugosa carne que, en un pollo, por ejemplo, se antojan suculentas por presentarse bien hinchada la tajada. No tengo ni idea de zoología, biología ni demas disciplinas pero quiero imaginar que ese pedazo de pollo tal vez sea la consecuencia del colapso sanguíneo que produjo en el animal, en el momento de su muerte, la certeza de ir a perder la conciencia y, ¡ay!, también la cabeza. Así que nos comemos gustosos un pedazo de pollo infartado.

Es así la carne más sabrosa a nuestro paladar. O es así que nos embelesa y más grato se hace a nuestro paladar aquello que lleva el sello de garantía del sufrimiento, y nos esforzamos, por ello, en la busca y caza de carnes doloridas, enfermas o directamente fallecidas.

Regina García López, la asturiana mutilada de quien venimos hablando, sufrió cárcel por negarse a levantar el brazo que no tenía, frente al dictador. En prisión enloqueció y falleció en un infecto manicomio castrense. Pero eso no nos importa. Lo que más interiormente nos concierne es la insaciable voracidad del humano regodeándose en la protuberancia que hacía las veces de brazo en el caso de la tullida, obligándole a alzarlo al cielo. La misma voracidad insaciable que se regodea en el infarto del pollo (o el exceso de sustancias químicas de acelerado efecto sobrealimentario, vaya usté a saber) para más placenteramente hincar el diente. Nadie mira ya la valentía que obligó a Regina a inmolarse, sólo hincamos el diente en su muñón infartado de ausencia, en la anécdota. Igual con el pollo, no nos importa cómo viva ni muera, sólo la jugosa tajada de su carne infartada.

Finalizo la jornada escudriñando vía Google cualquier opción, por mínima que sea, de que mi teoría del pollo sea cierta. No encuentro argumento alguno que pueda sostener la misma. 

Apago el ordenador pensando que quizás debería leer menos la prensa, y dedicarme a mis elucubraciones que, aunque carentes de base científica, se me antojan más poéticas que las noticias del día.

lunes, 17 de septiembre de 2012

el peso del silencio

Inesperadamente, me asesinan la memoria ciertos mediodías del estío, a la sombra mermada del bochorno levantino, cuando aún húmedos de inmersión playera y ducha fría regresábamos al pequeño apartamento alquilado en que mi abuela se afanaba a los fogones, con un collar de sonrisas decorándole el delantal. Anticipaba, con su inequívoco entusiasmo, el festín de besos y carantoñas con que agradeceríamos, los nietos, las delicias que aún andaba cocinando.

Mi abuelo, por el contrario, derrochaba maña y prisa en disponer los cubiertos, platos y bandejas sobre el desvaído hule con que pretendíamos adecentar la desnudez amoratada de una mesa camilla maltratada por el transcurrir macho de años y uso excesivo. Quería terminar pronto con su labor, a tiempo para amordazar su osamenta sexagenaria a los musicales muelles del sofá del salón. Desde que sobre la mesa quedaban dispuestos los elementos no órganicos que ayudarían a más fácil devorar el festín, hasta que las viandas humeaban entre sus fronteras de aluminio inoxidable, remoloneaba un peluche de minutos muy querido por mi abuelo: la hora de "el parte".

Así llamaba él al noticiero o telediario: "el parte". Y nosotros respetábamos su avaricia de información ocupándonos, silenciosos, en diminutos quehaceres como sacudirnos el salitre en la bañera, o mudarnos la camiseta húmeda para evitar cortes de digestión. En silencio, ya digo, "el parte" era sagrado.

En estos días se ha organizado cierta algarada informativa, o más bien desinformativa, respecto al poco ético comportamiento de la televisión pública española, al relegar a la última fila del noticiero, como si de un alumno díscolo y bromista se tratase,  una información que al menos deberíamos considerar de "cierto calado", por tratarse de la pública manifestación de una importante parte de la ciudadanía de su deseo de independencia del Estado Español (y disculpen si equivoco los términos...estado nación país territorio y ese largo listado de términos más propios de un listín telefónico, en ocasiones, me nublan el entendimiento). La importancia del hecho en sí ha quedado casi oculta tras el chaparrón de opiniones encontradas al respecto de la manipulación televisiva. Pero no quiero detenerme en este breve tropiezo que sufre nuestra Historia.

Y no me detengo porque caigo en la cuenta, al intentar desentrañar la realidad, exponer a la luz la hipócrita y premeditada falsedad de unos y otros, de que sea cual sea la noticia, en realidad nadie presta atención a "el parte", y mientras las vísceras de la Historia son expuestas con mayor o menor rigor por los voceros de los mass media, todos hablan, nadie escucha.

No me vanagloriaré públicamente de la sabiduría de mi abuelo, pero sí quiero recordar aquellos momentos de silencio impuesto. Al más mínimo comentario o risotada que nuestras infantiles gargantas osasen proferir, restallaba el verbo grueso y grave de mi abuelo para espetarnos "silencio, dejadme oír el parte". Y es así que callábamos, obedientes y sumisos, y reptaba en nuestro sistema auditivo una serpiente de datos que, sin llegar a comprender, inoculaba tersamente en nuestro entendimiento su reflexivo veneno. Un veneno pesado y macilento que, intuyo, nos imposibilitaba para el comentario irreflexivo.

Es así, guardando silencio y escuchando "el parte", que podemos llegar a comprender los mecanismos con que se fabrica la mentira, la falacia, la partidista opinión que malbarata la Historia. Asimilamos así la gravedad del asunto. Caso de parlotear opiniones recién fecundadas al más mínimo comentario informativo nos convertimos en torpe remedo de torpe contertulio de los muchos que habitan las ondas hoy día. Opinar sin reflexionar, sin escuchar "el parte".

Añoro, ya digo, aquellos minutos que precedían a la comida familiar. Minutos de sosiego recogido en que sólo se escuchaba la voz de corresponsales y presentadores, incluso la de "el hombre del tiempo". Después, ya en la mesa, los adultos conversaban y opinaban sobre lo escuchado en "el parte", intentando desenmarañar el ovillo de medias verdades oculto en las noticias del día.

Descubrí así el valor del silencio. Ése que hace que las farsas y las manipulaciones caigan por su propio peso. O, como la manzana de Newton, quizás, por la gravedad que encierran.

viernes, 7 de septiembre de 2012

artístico deber

Me invade una incómoda sensación de déjà vu, últimamente, al escuchar y leer, de continuo, en rotativos y demás retoños de los mass-media, frases que imaginé ya sepultadas en el último reducto de la memoria y el tiempo. Evitaré circunloquios e iré al grano: "me debo a mi público", "todo se lo debo a mi público", y un sinfín de variantes de tan hipócrita frase se escuchan a menudo en boca de aquellos que el poder mercantil ha decidido erigir en nuevas personalidades públicas. Hablamos, claro está, de cantores, toreros, futbolistas y demás gloriosa troupe del mundo del espectáculo (sí, los futbolistas también, no me dirán que carece de espectacularidad ninguno de los spots televisivos que protagonizan, ni alguno de los deportivos utilitarios desde los que regalan autógrafos a sus enfervorecidos fans). Artistas los llaman, así en genérico, all right! Por cierto: curioso lo cool que me está quedando el artículo en cuanto a términos extranjeros (barbarismos) cuando de algo tan castizo vengo a disertar.

Porque fue en castizos períodos de la historia patria cuando algún popular cantaor de rumbas (o en ese plan) decidió acuñar la frase de marras: "yo me debo a mi público". No pocos adeptos le propició al artista. De bien nacido es ser agradecido, dicen, y el público siempre agradece que aquellos a quien admira le agradezcan el desembolso económico que por ellos realizan sin rechistar.

Aprendí de bien joven a enamorarme de la literatura, sin preocuparme en absoluto por el aspecto o íntimas creencias de aquellos que habían escrito aquellas palabras que me hacían estremecer.
Con el paso de los años y la implacable crecida de la irracional mitomanía, conseguí conocer los malcarados rasgos de un Baudelaire adicto a los estupefacientes, la ruleta de criminales tropelías a que gustó de jugar toda su vida Genet, las explícitas veleidades filonazis de Céline, o la dolorosa verbena lasciva en que gustaba de entretener sus días el Marqués de Sade, por poner sólo algunos ejemplos.

Todos ellos, entre tantos otros, engalanaron sus vidas con la podrida simiente de su cuestionable moralidad, pero también con la bendita siembra de la ineludible Belleza.

Louis-Ferdinand Céline (cortesía de "la red")
Louis-Ferdinand Céline agotó su ajetreada existencia entre ocultos rencores y públicas condenas, y arrastró sin remedio su estigma de criminal vocero de la furia antisemita. Claro, que también emprendió un desolador Viaje al Fin de la Noche en que, no pocos, aprenderíamos los líricos vericuetos de la desesperación y fraternidad humanas, y empezaríamos a venerar ese arte que se moldea con palabras y silencios, con ruidosos sentimientos y amortiguadas orquestas. Gracias a Céline, ese ogro racista, entramos algunos en el florido salón de la alta Literatura.
Habrían de pasar 50 años de su muerte para que el Gobierno francés pretendiese rendirle público homenaje. No sucedió. Pesó más la opinión de los guardianes de la moral.

Por su parte Jean Genet, ensució el paso de los años con los bizarros detritus que expelían las paredes de cárceles y comisarías, los besos de golfos y asesinos, llevando hasta sus consecuencias el total deseo de vivir en el mal absoluto. Sí, transformó al maleante en héroe, pero también tomó entre sus manos la cruel sordidez del crimen y la barbarie, y de entre el crujiente lodo de la abyección extrajo lirios tipográficos de cimbreante belleza, transformando el Diario del Ladrón en un catálogo de emociones fronterizas.
También el Gobierno francés quiso homenajear a Genet. En este caso lo consiguió, por obra y gracia del izquierdismo de postal de barraca de feria de la sociedad francesa. Fue aquí el autor quien denigró el homenaje mirando hacia otro lado.

Ninguno de los dos autores (ni el resto de literatos franceses citados antes) declararon o pretendieron simular hallarse en deuda con público alguno. Su arte se desarrolló como una revuelta carcelaria, como un maremoto provocado por unas pruebas nucleares, como la violación de una virgen en el Altar Mayor. Era Arte concebido en lo más profundo de las entrañas del ser humano. Y es esta Belleza, que brota como pincelada de lava o esfumatto de tormenta, la que yo aprendí a adorar, desde mi más tierna adolescencia, sin importarme lo más mínimo que sus creadores jamás fuesen a sentirse en deuda conmigo, ni siquiera incluso a desearme nada bueno (de haber estado vivos y haberme llegado a conocer). De hecho siguieron escribiendo a pesar de haberse granjeado viscerales odios. Escribían, tal vez, para saldar la deuda que con ellos mismos habían contraído, al nacer.

Hoy estarían mal vistos, y los noticiarios les usurparían incluso la gloria de televisivos minutos que profetizase Andy Warhol.

Tal vez sea culpa mía: quizas sólo admiro el Arte cimentado en las cloacas. Aunque bien pudiera ser que andemos ya chapoteando en las cloacas del Arte.

viernes, 31 de agosto de 2012

el muro

Resulta que algún gamberro cibernético de esos que, para dárselas de políglota, alguno gusta denominar hacker, ha decidido llevar a buen término la pueril aventura de piratear las cuentas personales, en una planetaria red social de las que utilizamos hoy los humanos para comunicarnos, de un nutrido grupo de futbolistas de fama mundial. Al parecer la intención era hacer mera mofa de los citados deportistas, poner en entredicho su popularidad haciendo creer a sus seguidores (fans, los denominan los avezados políglotas, también) que las frases surgidas de la imaginación del "gamberro" lo hacían de la de los que por todo el mundo persiguen el esférico de cuero para por todo el mundo recibir ovaciones y suculentos réditos.

Nada que objetar, allá cada uno con sus maneras de divertirse, o de vivir.

Fue durante mi estadía peruana que tuve la fortuna de conocer una manera de hacer propaganda política distinta a la que mi vida en Europa me tenía acostumbrado. En plena campaña electoral, los proselitistas de cada una de las fuerzas en pugna por la gobernanza del país, inundaban las fachadas de edificios con una marea de gruesa pintura que realzaba las bondades de cada candidato con un oleaje intermitente de nombres, siglas, invectivas, eslóganes. Y digo bien, intermitente, pues el nombre del candidato más populista se veía, al día siguiente, desvaído y deslavazado por las letras que configuraban el apellido del más liberal de los postulantes.

Gustan los peruanos, podríamos imaginar, de mostrar sus capacidades artísticas ensuciando muros, portadas, tapias, murallas, ya que ningún conglomerado de piedra o madera alzado a efectos de delimitar propiedades o terruños queda a salvo de la indeleble labor propagandística de los acólitos de la democracia. Hasta tal punto que, en ocasiones, de seguidas de los colores y nombres de los candidatos en liza, surgían nuevas pintadas que ponían en sus bocas consignas radicalmente opuestas a su manera de comprender la política. Que se mofan los seguidores de un partido de los del opuesto, o sea.

No falto quien me insistió, una vez regresado a la tierra en que nací, acerca de la ignorancia e incultura que supone el convertir las ciudades en un festival de paredes coloreadas, lo atrasado de tiznar el mobiliario público y las privadas paredes con los borbotones oscuros de la propaganda. Pueda ser.

Hoy, en esta misma nación que escuchó mis primeros aullidos, los medios de comunicación se hacen eco del escándalo que ha supuesto el que un anónimo utlice las personalidades cibernéticas de un puñado de deportistas para poner en su boca y pensamiento (a tal punto hemos llegado: lo proclamado en el ciberespacio va a misa) palabras opuestas a su pública imagen, burlas, ridiculeces, mofas. Habrá quien proclame la supuesta ignorancia e incultura de una sociedad que, aún mermada por el saqueo a que la someten políticos, "mercados" y el resto de poderosos, entretiene sus horas leyendo las frases falsamente escritas por un puñado de futbolistas cuya único designio es el enriquecimiento fulgurante y libre de impuestos. Pueda ser.

Tal vez alguien, a uno y otro lado del Atlántico, para satisfacer a los abanderados de la cultura y el buen hacer, debería poner freno a esta orgía de pintadas equívocas, tanto en las paredes de la ciudad como en los "muros" de las redes sociales. Pero temo que ese "alguien" esté al llegar y albergue nocivas intenciones dictatoriales.

Estaremos atentos.

viernes, 24 de agosto de 2012

terapia educativa

Observamos, desde hace ya demasiado tiempo, el suburbano transformado en colorido desfile de eslóganes que juegan a esquivar las manos tendidas de los desheredados del bienestar occidental. O sea, que aparte numerosas personas, como usted y yo, pidiendo limosna y caridad para evitar la inanición y la expulsión de las "camas calientes", se observa a muchas otras que portan, serigrafiadas en su atuendo, consignas tendentes a concienciar al otro de las más diversas carestías sociales: la lucha por mantener la escuela pública, la pugna abierta contra el capitalismo salvaje, la urgente llamada a socorrer a los afectados por conflictos bélicos, y en este plan. Los hay que siguen portando, orgullosos, filigranas y firmas distintivas de la calidad de las prendas usadas: marcas registradas, logotipos, enseñas, etcéteras. Faltaría más.

A medio camino entre unos y otros, imagino, están aquellos cuyas prendas publicitan algún evento, identidad corporativa de segunda fila, o curso de mayor o menor relumbrón, pero que, en cualquier caso, en vez de precisar su onerosa compra, han sido distribuidas de manera gratuita para mejor divulgar su existencia. Me refiero a las camisetas publicitarias, símbolo evidente de que quien las porta aún tiene la fortuna de poder vestir de balde, y el orgullo de no gastar en prendas más caras, de mayor calidad.
Entre ellos me ha sorprendido hoy una mujer de mediana edad, no por su porte sino por el mensaje inscrito en su camiseta:
Formación para la prevención y terapias preventivas del estrés en el ámbito educativo

Fue en mi último viaje por La India que tuve la fortuna de conocer, de primera mano, los desvelos y sufrimientos de un esforzado profesor de primaria, en la localidad de Khajuraho, famosa por sus templos esculpidos con explícitas secuencias amatorias. Aparte el florido perímetro en que se ubican los citados templos, la ciudad se extiende, como la práctica totalidad de urbes del país, en una amalgama malsana de chabolas y viviendas puestas en pie con los materiales más dispares: desde restos arquitectónicos a bidones de gasolina, pasando por bostas vacunas.

Allí, el profesor local, como digo, me informó de que los más afortunados de entre sus alumnos podían acudir a clase en los pocos momentos libres que el trabajo en una cercana fábrica de ropa, regentada por una mundialmente reconocida firma, les permitían. Hacía poco que los patrones de la fábrica habían cedido a la escuela una remesa de camisetas de esas que aquí denominamos con "tara". Y ahí surgió la idea del pedagogo: decorar con tinturas altamente tóxicas pero totalmente indelebles las citadas camisetas, registrando en ellas el nombre de cada uno de los niños, para que mejor pudiesen seguir reconociendo su identidad maltrecha.

Es difícil pensar que en nuestra sociedad alguien pueda llegar a olvidar el nombre con que sus progenitores quisieron mentarle, al nacer. Pero en Khajuraho vive un niño de 12 años que no recuerda, o prefiere ignorar, el nombre con que le inscribieron al nacer, ya que sus compañeros de trifulca y juego siempre se han referido a él como Charlie, en dudoso homenaje a las desgarbadas figuras que sus piernas esculpen al caminar, producto de la poliomielitis, y semejantes a los andares de aquel famoso cómico de apellido Chaplin. Tras mantener atento coloquio con su profesor, cada día, Charlie tomada dificultoso y lento asiento en las esterillas que, sobre el terrado escueto de la escuela,  hacen las veces de pupitre, y continuaba trazando, moroso y firme, las líneas que terminarían por dar forma completa a su verdadero nombre: Navil.

Comprendo ahora mejor el eslogan que portaba, en su camiseta, la mujer del metro:
Formación para la prevención y terapias preventivas del estrés en el ámbito educativo
Imagino que no es fácil para un niño evadir la ansiedad que provoca el verse sometido, a diario, a un bombardeo de nombres concebidos para mejor reconocer las prendas que firman y distribuyen tantos y tan afamados modistos, creadores, comerciantes, sin alcanzar jamás a conocer siquiera el rostro de los mismos. Aunque tal vez las citadas terapias estén orientadas a evitar el estrés en el profesorado, y no en los alumnos, quién sabe, es posible que sea tal dolencia la que les haya empujado a crear un seminario con tan redundante título.

jueves, 16 de agosto de 2012

agua de fuego

Parece ser que en un pequeño comercio londinense, hace unos días, el dependiente pudo defenderse del imprevisto intento de robo de unos agresivos atracadores gracias a unas botellas de cerveza. Así lo deducimos viendo las imágenes que la cámara de seguridad del establecimiento registró el día de los hechos. Los encapuchados ladrones se acercan peligrosamente al dependiente, empuñando diversas armas blancas, hasta que éste comienza a lanzarles, con olímpicas celeridad y puntería, una tras otra, numerosas y voluminosas botellas de cerveza.
Finalmente los ladrones tuvieron que huir, con su cuerpo dañado seriamente por los impactos del vidrio, de tal manera que los agentes del orden pudieron darles alcance al poco tiempo. El dependiente, como consecuencia de su heroica gesta, fue nombrado "empleado del mes" por sus superiores. Sí, pensábamos que eso de entretener el maleable ego del sufrido trabajador con públicos nombramientos carentes de acompañamiento monetario era invento al que se suscriben únicamente los guionistas de telecomedia norteamericana, pero ya ven (signo de los tiempos) que es costumbre real y extendida.

Recuerdo, de cuando la adolescencia comenzaba a poblar de erupciones cutáneas la piel de mi rostro y de indecisiones e inquietudes la dermis etérea de mi alma, los sabios consejos de mis progenitores al advertirme, en las horas precedentes a cada nuevo fin de semana, de los insoslayables perjuicios que me causaría la ingesta desmedida de alcohol.

Salíamos a la calle, en atropellada manada de camaradería y feromonas, con la firme intención de embriagarnos para mejor ocultar la más sana necesidad de entregarnos a los brazos delicuescentes de alguna hembra niña dispuesta a pasar por alto nuestra falta de experiencia y lo poco agraciado de nuestro físico. Es así que bebíamos en los parques, a la sombra hiriente y presuntuosa del atardecer. Agotábamos botellas de litro de cerveza al mismo ritmo endiablado con que ibamos finiquitando las pocas opciones de gozar un frugal encuentro sexual, pues la ingesta de alcohol nos situaba, de inmediato, lejos de la órbita de interés de las chicas del grupo, que preferían siempre pasear los matorrales del parque en compañía de otros más serenos. Nada más patético que un adolescente borracho. Claro, que esto lo comprobamos ahora que la adolescencia es, tan sólo, una fotografía sepia con los bordes carcomidos por la digestión del tiempo.

Podemos resumir que tenían razón nuestros padres, y que aquel irresponsable consumo de cerveza (de alcoholes más agrestes los chicos que tenían "posibles") no nos producía mayor rédito que una torpe borrachera de la que tendríamos que dar cuenta una vez regresados al hogar.

Pero había siempre el compañero, amigo que, apurada ya la botella, aún tiritando en los labios el último trago, la tomaba entre sus manos para lanzarla con fuerza contra la pared más cercana. El vidrio se convertía, a su impacto con el hormigón, en una verbena de ruido y brillo esmerilado, y el autor de la fechoría proclamaba así esa rebeldía juvenil que a pesar de ser bien cierta no hallaba, de esta manera, el cauce adecuado para paliar sus desvelos. Era entonces que solía hacer acto de presencia algún adulto de los que gustan pasear al perro en la noche frondosa de los parques urbanos, o de los que ejecutan paquetes de tabaco asomados a la ventana, para recriminar nuestro vandalismo y espetarnos un par de violentas maldiciones.

¿Contra qué se rebelan los jóvenes? Difícil saberlo. Pero pienso que quizás, cuando adolescentes, cada vez que lanzábamos una agotada botella de cerveza contra ese muro cercano que hacía de beoda frontera a nuestros sueños e ilusiones, es posible, ya digo, que anduviésemos entrenando nuestra futura capacidad de lucha. Así, el joven dependiente británico, imagino que lanzaba vidrios contra los muros de su infancia, y lo que ayer fuese incordio para los vecinos circundantes hoy le ha capacitado para acometer cívica gesta que salvaguarda los beneficios de el propietario que le proporciona pan y salario a cambio de horas laborales.

Nunca se acierta del todo con el objeto de nuestra ira, con el receptor de nuestra rebeldía. Tal vez deberíamos ayudar a los adolescentes de hoy a canalizar su rebeldía, para que no acabe accidentada y moribunda a los pies de cualquier muro.

No hay más fuego que el que arde, y el que provocan el alcohol, o una rebeldía mal encauzada, queda normalmente extinto antes de inaugurar el incendio. Quien continúa lanzando botellas no podrá evitar que otro menos rebelde, siempre, se largue con la chica. O, con mucho, podrá beneficiarse de una breve mención pública, un torpe grabado perdido en el corcho de un comercio que asigne a su nombre el apellido de "empleado del mes".




viernes, 10 de agosto de 2012

mi muerte

Por favor, no se alarmen. Tampoco se alegren. Lo digo por el título de esta "entrada". Aún queda mucho por delante, o al menos eso quiero pensar...
Sólo se trata de una nueva torpe burda metáfora que añadir al torpe burdo catálogo de "variedades" en que he pretendido convertir este blog.

El caso es que vengo hoy aquí, de manera breve y fugaz, sólo por dejar cibernético y volátil testamento de los días pasados, por edificar desvencijado inventario anticipado de las jornadas venideras, no sé, tal vez únicamente buscaba una razón para hablar, de nuevo, de David Bowie.

Fue en 1973 cuando el maestro quiso dar por finalizada la gira de Ziggy Stardust y sus Arañas de Marte y, de paso, el violento fogonazo que fue la vida de aquel alienígena bisexual de nombre Ziggy. Como broche final eligió My Death, una canción de Jacques Brel: melancólica oda al final de una vida, o tal vez al comienzo de otra, en que el cantante belga desplegó todo el lirismo que sus voraces neuronas fueron capaces de esculpir. Y Bowie supo conducirla a un catártico paroxismo en que un público secuestrado en la caverna luminosa de su voz de extraterrestre profiriese, al final de la canción, gritos de socorro que a los menos avispados sólo parecieron fanáticos aullidos de sexual deseo. Quizás también lo fueran.

Repaso yo estos días un amplio inventario de momentos vividos con el vidrio de la sensación cicatrizando los labios del miedo, tras haberlos coloreado con riachuelos de plasma esencial. Recopilo abrazos, besos y caricias que han proporcionado belleza a este rostro que me evita, hoy, frente al espejo. Porque la belleza queda registrada en los surcos y alopecias que la superficialidad reinante denigra, en el amarillear de una mandíbula que dista mucho de poder encajar en los cánones mercantiles de lo que ha de ser una sonrisa perfecta, en la curvatura asimétrica de unos huesos mancillados por la carencia de calcio y el exceso de nicotina, cafeína, alcohol, horas de sueño y otras sustancias, en el tartamudeo bronco de una voz que no se atreve ya a proferir más verdades porque teme traicionarlas mañana.

Así, decido hoy cruzar el umbral que me sitúe al otro lado de una puerta en que me esperas tú, seas quien seas, ángel o demonio, qué importa. Lo imprescindible es conservar entre las manos la belleza desprendida de las horas compartidas, sabiendo que se renovará en novísimo latido.

Perdón, dije al inicio que haría una entrada breve, y me sale un largo soliloquio incomprensible. Pero...aún me resta confianza: quien tenga oídos que escuche. Si, aún así, no os llega alto y claro mi balbuceo, lo solucionará la voz de Bowie, con la que he querido rubricar este malherido tropel de palabras.

Mi muerte me espera al otro lado del atlántico como a Bowie le esperaba al otro lado de la puerta. Murió Ziggy y nació Aladdin Sane. A saber quién nace en esas tierras bolivianas que me aguardan. Pero es seguro que habrá un alumbramiento.

No abandonaré el Hafa. Ya dije, en el inicio de los tiempos, que el Hafa es únicamente un estado mental, emocional, que desde siglos atrás me tiene ya atrapado. Pero inicio andadura, en breve, por un nuevo estadio de conciencia, eso creo. Me aventuro en El Dorado, y a quienes habéis dado cuerda a este mecánico muñeco maltratado, amigos, hermanos, os invito a seguir mis pasos. Supongo, pues, que por aquí me seguiréis viendo,  ignoro ahora con qué frecuencia, pero allí también me encontraréis...


...so let's drink to that and the passing time 
-así que brindemos por ello y por el tiempo que pasa-


lunes, 6 de agosto de 2012

canción alienígena

Pasan por la tele, a horas en que todos deberíamos anidar ya las cálidas caricias del sueño o (mejor) el deseo, uno de esos telefilmes de alienígenas en los que la mucha pirotecnia visual y la no poca tempestad sónica de explosiones y ráfagas ametralladoras nos hacen olvidar, casi desde su inicio, la trama, la historia, el asunto.
Supongo que la película de marras ha conseguido su objetivo por partida doble pues, narrando la historia de unos excursionistas galácticos cuyos cuerpos son tomados por unos viscosos alienígenas, consigue que el espectador se vea a su vez, como los astronautas, alienado y absorto en una verbena de imágenes aceleradas, fogonazos de ruido y furia, fluorescentes impactos visuales. Advierto: no hablo de Alien, esa maravilla cinematográfica con la que nos deslumbrase Ridley Scott, allá por 1979, de manera más inteligente y taimada de lo que lo hace hoy la cinta que proyectan en uno de los mil canales teleinvasivos.

La vieja historia de la alienación que popularizase Carlos Marx (equívocamente, según la versión de Althusser).No, si yo trabajo en lo que me gusta...y zarandajas del estilo.

Vivo yo estos días alienado por la voz de gruta y misterio de un Nick Cave que se atreve a susurrarme una y otra vez, viril y dolorido, los versos incandescentes de The Ship Song. Así, me hallo víctima obsoleta de un naufragio de luz, insomne bastardo de un incesto no cometido, fraudulento filósofo de una redención imposible. 

Escuchar una y otra vez la misma canción tiene algo de catarsis. O al menos así lo pretendemos. Jugamos a remover las cenizas de una batalla que nuestro corazón debiera olvidar, para mantener la salud y el latido. Y es por ello que nos hundimos hasta las rodillas en esos versos que nos certifican el dolor que sufrimos, no porque Nick Cave, ni ningún otro cantante, músico, creador halla clavado en el centro de la diana el dardo certero de nuestros sentimientos, como aseguramos, sino por regodearnos en lo que creemos fue escrito, de manera casi exclusiva, para los trances que vivimos. 

Alienación, ya digo. Y más cerca de Marx que de los grandes psicoanalistas. Porque al fin, mientras levantamos una y otra vez la aguja de la felpa rugosa de ese vinilo que nos tortura, para volver a situarla al inicio de su surco de miedo y esperanza, no hacemos más que evadir nuestra capacidad de lucha y de subvertir el orden social que nos ha sido impuesto. Deberíamos romper el vinilo en mil pedazos y salir a la calle a quemar sucursales bancarias...o a destrozar con dentelladas rabiosas la raíz de esa enredadera que nos hace sufrir cada verso cantado como un navajazo de caramelo que convierte nuestro corazón en dulce membrillo de vida que, ¡ay!, devorarán otros. Por algo el cantante australiano bautizó a su grupo de músicos con el mesiánico nombre de las malas semillas.

A pesar de seguir tarareando mentalmente come sail your ships around me, me veo inmerso en la trepidación violenta de los viscosos extraterrestres que, en la pantalla del televisor, devoran uno a uno a los tripulantes de esa nave espacial que ha perdido el rumbo. Al final, el alienígena más violento de todos toma el cuerpo del último superviviente, pero queda la esperanza de que pueda desprenderse de él en siguientes capítulos.

Yo tengo la esperanza de poder sacar de mí la voz de Nick Cave. Claro que, al fin, su timbre de caverna iluminada sólo supone estos días la certificación de mis pesadillas. Y de los propios fantasmas es más difícil desalienarse.

miércoles, 1 de agosto de 2012

mi estrategia

En una entrevista, semioculta entre los innumerables canales con que la televisión gusta de enquistar nuestras neuronas en la somnolencia, se nos desvela, por boca de un avejentado gurú del ajedrez (ese campeonato de lentos silencios y enmudecidas estrategias), que resulta absolutamente imprescindible, si es que anhelamos la victoria, no lanzar nunca contraataques desesperados. Que lo mejor es afianzar lo que es tuyo, y esperar...sólo esperar.

Nada más lejos de mi intención que desacreditar las máximas de tan insigne "deportista", pero entran, sus declaraciones, en evidente pugna con la sabiduría popular que asegura que quien espera desespera, y mi natural tendencia a la contradicción y el equívoco me instala en la desvencijada poltrona de la duda.

Es también en televisión donde asisto, perplejo, a las quejas de uno de los miles de usuarios del iPad, esa maravilla de la técnica. Resulta que un inesperado fallo del fabricante ha dejado a numerosos consumidores sin acceso a una de las aplicaciones más importantes con que el citado ingenio puede engalanarse. Creo recordar que es algo para enviar a las redes sociales fotografías disfrazadas con máscaras vintage. O sea, que tomas una instántanea con el iPad, en pleno siglo XXI, y puedes lograr que parezca tomada cuando el albor de el hoy democratizado (¿o será desacreditado?) arte fotográfico, allá por mediados del XIX.

Todo bien. Los consumidores debemos sentirnos protegidos de los despropósitos de el empresariado. Pero el citado usuario incluía una y otra vez, en su enérgico discurso indignado, la adjetivación posesiva, de manera que el ingenio tecnológico dejaba de ser un iPad para convertirse en "mi" iPad. Enseguida recordé cómo, trabajando yo en una de las mil factorías de desatención telefónica que comenzaron a poblar el planeta hace un par de décadas, reíamos, los trabajadores, por la insistencia de los usuarios de una marca de automóviles, en anteponer el adjetivo posesivo cada vez que nombraban el vehículo que habían adquirido. Los más avispados de entre nosotros culpaban de tan nimio incidente a la publicidad televisiva.

Quizás sea, pues, la televisión, con su magmática autoridad social, la que nos embadurne la conciencia con el grumoso barniz que los grandes mercaderes de la propiedad y el vacío producen a destajo en las fábricas del miedo. Productos, ingenios, marcas, logotipos, todo un arseal de falsas identidades con que anular la capacidad de raciocinio y conseguir que nos consideremos dueños, propietarios, poseedores, hacendados, como ellos. Logran así instalarnos en una fantasía de bienestar que mucho dista de ser científicamente comprobable, y sonreímos al pronunciar "mi" iPad, "mi" chalet, "mi" gato e, incluso, "mi" mujer, cuando tal vez debiéramos decir la ilusión de comunicación, los ladrillos que nunca terminaré de pagar al banco, el animal que me evita cuando desea y me reclama cuando tiene hambre, y la mujer que soporta mis estupideces y malos humores, e incluso recordar que propietario rima con proletario.

Imagino que el laureado ajedrecista también ve la tele y comprende que, para ganar en el citado juego, al igual que para hacerlo en esta absurda partida sin tablero en que han convertido la vida, sea preciso mantener lo nuestro, e introduce en el saco de la propia propiedad todo aquello que constituye botín de bancos y mercados, y no tan sólo el sudor y la sangre que derramamos a diario para alimentar la fantasía.

Lástima que nunca me ha gustado el ajedrez. No lo crean, lo he intentado. Tal vez deba comenzar a asumir "mi" torpeza.